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  Magnanimidad y perdón

EDGAR MORIN 
 
Perdonemos, pero no olvidemos.
Nelson Mandela
Amnistía, no amnesia. 
Adam Michnik

Del talión al perdón

La idea arcaica de justicia se expresa con el talión. Ojo por ojo, diente por diente, asesinato por asesinato. El talión es a la vez venganza y castigo. Cuando una justicia de Estado sustituye a la justicia tribal del talión, el castigo previsto por la ley, decidido por un juez, de hecho ha institucionalizado la venganza, castigando el mal cometido con el mal que es el encarcelamiento o la muerte.

La idea arcaica de la justicia por el talión/venganza está profundamente anclada en nuestras mentes, y sentimos su exigencia cuando leemos El conde de Montecristo, o cuando vemos una del oeste. La siento como cualquier otro, pero siento también la inanidad de la venganza y sé que el mal cometido es irreparable: justamente por ello es preciso hacerlo todo no sólo para impedir la injusticia y el mal, sino también para intentar impedir el contagio del mal en nosotros. «Que el hombre se vea libre de la venganza» (Nietzsche). La resistencia al talión necesita una ética de la comprensión y una ética de la magnanimidad.

En el siglo XVII, Hobbes superaba la idea de venganza para fundar el castigo en el pavor que debe suscitar: «El fin del castigo no es la venganza, sino el terror» (Leviatán II, 28). Y más tarde, bajo el reinado ilustrado del gran duque de Toscana, Beccaria justificó el encarcelamiento, ya no por el castigo, sino por la protección de la población.

Una primera verdadera conquista de civilización es detener el ciclo de la venganza y renunciar al talión. La venganza arrastra a la venganza en un círculo vicioso permanente. Las enemistades jamás se apaciguan con la enemistad. Se apaciguan con el tiempo, con la reconciliación, con la clemencia, con la mansedumbre, con el perdón. 

Por encima del castigo y de la venganza, la magnanimidad, la mansedumbre, la clemencia son las precursoras del perdón. La clemencia: en 403 a.C., los demócratas de Atenas, poniendo fin a la dictadura instaurada por los Treinta, rompieron con la práctica en vigor en las otras ciudades griegas; renunciaron ala venganza y proclamaron la amnistía.

El clásico ejemplo de la clemencia de Augusto hacia Cneius Cornelius Cinna, el ejemplo literario de la clemencia de Don Carlos, que se convertiría en Carlos V, para con Hernani, el ejemplo reciente del papa Juan Pablo II para con el asesino que atentó contra su vida indican que la clemencia puede determinar la transformación moral de aquel que se beneficia de ella.
 

El perdón

Aunque en todas las civilizaciones existen la falta, el sacrilegio, la vergüenza de sí mismo, la culpabilidad, y aunque en muchas se recomiende practicar clemencia y magnanimidad, el perdón en tanto que tal surge de la religión de Moisés como acto divino anual que absuelve al pueblo elegido de sus pecados. Este perdón es humanizado y transformado a la vez por el totalmente humano (aunque al mismo tiempo sea totalmente divino por decisión conciliar) Jesús, y el perdón pudo luego emanciparse de la religión. 

El perdón de Jesús se funda en un doble argumento. El primero es enunciado a los hombres que lapidan a la mujer adúltera: «El que esté libre de pecado que tire la primera piedra». Le pide al lapidador que vuelva sobre sí mismo y, tomando conciencia de que él mismo sería condenable por otros pecados, renuncie al castigo. Sustrayéndola del suplicio, Jesús le ofrece el perdón a la mujer adúltera.

El segundo argumento se funda en la comprensión de la ceguera humana: el «No saben lo que hacen» de Jesús en la cruz justifica el «Perdónalos, Padre mío» que dirige a su Dios. El «No saben lo que hacen» recupera una idea de los filósofos griegos para quienes el malo es un ignorante, un imbécil, que vuelve a ser recuperada por la constatación de Karl Marx en el comienzo de La ideología alemana: «Los hombres no saben lo que son ni lo que hacen». 

El «No saben lo que hacen» de Marx es una constatación de antroposociólogo. Es la expresión del conocimiento de los engranajes, de las posesiones que hacen que el ser humano esté determinado, manipulado, poseído. Es éste el conocimiento que subyace en el mensaje, superior en justicia, del perdón en la cruz. Mientras que el «No saben lo que hacen» de Jesús en la cruz legitima el perdón, esta misma consciencia no suscita ninguna consecuencia moral en Marx. Un amigo me recuerda una frase mía, cuya proveniencia ha olvidado (también yo), en la que dije que la pequeña prostituta Sonia de Crimen y castigo, que perdona a Raskolnikov, está millones de años luz por delante de Marx. 

Perdonar es un acto límite, muy dificil, que no es solamente la renuncia al castigo; comporta una disimetría esencial: en lugar del mal por el mal, devuelve el bien por el mal. Es un acto individual, mientras que la clemencia a menudo es un acto político. Es un acto de caridad en el sentido original del término caritas, acto de bondad y generosidad. 

El perdón supone a la vez la comprensión y el rechazo de la venganza. Victor Hugo dice: «Intento comprender a fin de perdonar». El perdón se basa en una comprensión. Comprender a un ser humano significa no reducir su persona a la fechoría o al crimen que ha cometido y saber que tiene posibilidades de redención. 
 

La apuesta por el perdón

Llego a este punto capital: el perdón es una apuesta ética; es una apuesta por la regeneración de quien ha faltado o fallado; es una apuesta por la posibilidad de transformación y de conversión al bien de aquel que ha cometido el mal. Pues el ser humano, repitámoslo, no es inmutable: puede evolucionar hacia lo mejor o hacia lo peor. El doctor Tomkiewick evoca a «un niño que lo tenía todo en su entorno para convertirse en un canalla pero que, a los seis años, tuvo un instructor formidable que lo sacó del atolladero». Tenemos innumerables ejemplos de transformaciones interiores de «niños perdidos».

Algunos, adolescentes o adultos, han sacado justamente de sus experiencias en el límite de la delincuencia o del crimen su madurez y su redención. Las memorias de Hans-Joachim Klein, ex terrorista de la banda de Baader, nos muestran la andadura de una toma de conciencia del horror hacia lo que durante mucho tiempo creyó que eran actos revolucionarios para la salvación de la humanidad.

Jean-Marie Lustiger llegó a proponer la beatificación de Jacques Fesch, asesino de un policía, arrepentido en prisión y guillotinado en 1957: «El asesino que fue, el criminal arrepentido se convirtió en un santo». Reacción indignada del responsable de un sindicato de policía, y sin duda de muchos otros. Existe una frontera entre quienes encierran al criminal en su crimen, haya hecho lo que haya hecho antes y sobre todo sea lo que sea en lo que se haya convertido después, y los que se ponen de parte de la evolución piensan que todo criminal puede transformarse por el arrepentimiento, creen en la redención por este arrepentimiento mismo. Tengo la experiencia de lo que hablo. Me hice amigo de un encarcelado condenado por el asesinato de su mujer. Este hombre en la cárcel se dedicó a los codetenidos, educando a los analfabetos, enseñando su saber, empujando a hacer exámenes escolares o universitarios, creando un centro cultural, ayudando de todas las maneras a los otros a salir de aquello antes incluso de volver a encontrarse con el mundo libre donde al exrecluso le es difícil reinsertarse. La prueba, los remordimientos lo habían transformado, o mejor le habían permitido desarrollar las mejores potencialidades de su ser. Hay quienes comprenden que un «criminal pueda convertirse en un santo», y aquellos para los que sólo puede haber castigo. ¿Se puede encerrar al criminal en su crimen, haya hecho lo que haya hecho antes y, sobre todo, sea lo que sea en lo que después se haya convertido? ¿No se puede más bien hacer la apuesta de que un criminal pueda ser transformado por una toma de conciencia y el arrepentimiento? ¿No sabemos que los seres que han cometido las peores fechorías han podido transformarse con el tiempo? 

También sabemos el papel importante de una presencia benéfica que va a permitir la redención. Éste fue el caso del «instructor formidable» como el de tantos y tantas para quienes la comprensión y el perdón fueron salvadores. 

¿Hay que subordinar el perdón al arrepentimiento? El arrepentimiento le abre la vía al perdón, pero creo también que el perdón puede abrir la vía al arrepentimiento, y que ofrece también una posibilidad de transformación. Hay ejemplos literarios muy hermosos. Raskolnikov es llevado al arrepentimiento por la pequeña prostituta Sonia (Crimen y castigo). En Los miserables, monseñor Myriel, a quien Jean Valjean le ha robado los candelabros, hace un puro acto de perdón. Es una apuesta ética incierta; no estaba dicho que Jean Valjean fuera a transformarse después de este acto generoso. Es cierto que nuestros actos éticos pueden volverse contra nosotros, el perdón incluido es el riesgo de toda iniciativa humana en el seno dialógico de la ecología de la acción. Siguiendo con Hugo, en Noventa y tres, un pobre campesino salva al marqués de Lantenac, jefe chúan, que después hace fusilar a tres mujeres. El campesino lamenta entonces su buena acción con esta frase maravillosa: «¿Una buena acción puede pues ser una mala acción?»

Se conoce el argumento: que los señores asesinos comiencen, que se han arrepentido de antemano. Pero la magnanimidad o el perdón pueden suscitar el arrepentimiento. Condicionar el perdón al arrepentimiento es perder el sentido profundo del perdón que es una apuesta por lo humano. El perdón verdadero como el de la hija de Aldo Moro, que fue a ver a la cárcel al asesino de su padre, es anterior al arrepentimiento; es un acto capaz de desencadenar el arrepentimiento o al menos la toma de conciencia del horror por el crimen. Y son las víctimas o sus allegados quienes pueden suscitar el arrepentimiento. 

El perdón es un acto de confianza. Las relaciones humanas sólo son posibles en una dialógica de confianza y desconfianza que comporta la desconfianza en la desconfianza. Es cierto que se puede burlar la confianza. Pero la confianza misma puede vencer a la desconfianza. La confianza es incierta pero necesaria. Esa es la razón de que el perdón, acto de confianza en la naturaleza humana, sea una apuesta.
 

El perdón político

La concesión del perdón, en política, no puede reducirse al cálculo, aunque lo comporta. Así, Nelson Mandela se fijó como meta no disociar África del Sur, sino integrar a los negros en ella, y, tras su victoria política, integrar en ella a los blancos. Comprendió que el castigo o la venganza hubieran conducido al desastre. Hay además, en la nobleza personal ejemplar de Mandela, la herencia universalista del marxismo.

Entre Israel y Palestina, el perdón mutuo de crímenes terroríficos cometidos de una parte y de la otra es una necesidad de paz. Rabin en un momento de su historia, Arafat en un momento de la suya supieron operar una conjunción moral que integra y supera el cálculo político. Pero su esfuerzo fue roto por el odio y la venganza.

La mansedumbre concedida a los dirigentes del régimen dictatorial caído como en España o en Chile fue el precio que se pagó para comprar la paz y la democracia. Se puede llegar, en ciertos casos, a una contradicción ética: ¿hay que dejar impunes los crímenes acompañados de tortura? Los negociadores demócratas chilenos pudieron pensar que la compra de ventajas para la democracia podía ser pagada con la impunidad de los crímenes de la dictadura. Una vez lograda la democracia, quedó una pestilencia ética pues verdaderamente no hubo perdón y no podía haber olvido. 
 

Memoria y perdón

¿El no castigo significa olvido, como piensan aquellos para quienes castigar serviría para mantener la memoria de los crímenes sufridos? Las dos nociones están disjuntas de hecho. Mandela dijo: «Perdonemos pero no olvidemos». El opositor polaco Adam Michnik le hizo eco con su fórmula: «Amnistía, no amnesia». Los dos le tendieron la mano por otra parte a quienes les habían encarcelado. Los indios de América no han olvidado el expolio y las masacres que sufrieron, aunque quienes los martirizaron nunca hayan sido castigados. Los Negros víctimas de la esclavitud nunca han visto castigar a sus verdugos, y sin embargo no han olvidado. Cuando los viejos del Gúlag y otras víctimas de la represión crearon la asociación Memorial en la Unión Soviética, reclamaron la memoria y no el castigo. La memoria de Auschwitz no será reforzada porque Papón pase eventualmente diez años en la cárcel.

Por esa razón me inscribo en la línea de Beccaria: no tengo la ética del castigo. Y soy como los del memorial, la asociación de víctimas de la represión estaliniana, para quienes la memorización de los crímenes del totalitarismo no es sinónimo de procesos ni de condenas. Memorial no ha pedido el castigo, sino que se reúnan datos y pruebas. Cuando, a propósito del debate francés sobre Vichy, Jean-Marie Cavada quiso hacer un paralelismo con la Polonia de Jaruzelski e invitó al resistente Michnik, encarcelado muchísimo tiempo, encontré noble y justa la actitud de este último que, cuando todo ha acabado, se esfuerza por comprender al «colaborador», al «traidor» Jaruzelski. 

Lo que me aterroriza es más la degradación y la pérdida de la experiencia. En Israel, salvo una minoría, los descendientes de los judíos secularmente humillados y perseguidos han humillado y despreciado a los palestinos. El riesgo no es solamente el olvido de los crímenes cometidos, es también el del olvido para el prójimo de la lección de los sufrimientos vividos. 
 

Imposibilidad del perdón y del castigo

Vladimir Jankélevitch planteó muy bien la paradoja del perdón y de lo imperdonable. El perdón, como lo imperdonable, no conoce límite. Jankélevitch, aunque siempre haya insistido en el carácter imperdonable del crimen nazi contra los judíos, llega, al final de su libro sobre el perdón, a dos infinitos que no pueden juntarse, el de lo imperdonable y el del perdón, sin darle finalmente superioridad a uno o a otro. «La fuerza infinita del perdón es más fuerte que la fuerza infinita del hecho-de-haber-hecho; y recíprocamente». 

Sin duda, en un límite, como el asesinato acompañado de suplicio de un niño, el perdón desfallece. El castigo es irrisorio, el perdón es impensable. 

Hay numerosos casos de imposibilidad de perdón y de castigo, cuando el mal ha surgido de una de las enormes máquinas tecnoburocráticas contemporáneas, como el asunto de la sangre contaminada. En aquel momento escribí un artículo: «Busquen al irresponsable», porque el mal era el resultado de la suma de cegueras surgidas de la burocratización, de la compartimentación, de la hiperespecialización, de la rutina. Los informes alarmantes surgidos de algunos médicos de hospitales ni siquieran eran leídos, y los grandes mandarines de la ciencia y la medicina no creían que un virus pudiera provocar el sida. La responsabilidad es parcelada, la culpabilidad es disuelta. ¿No habría que juzgar y reformar el sistema, más que buscar al culpable singular? 

Vayamos a las enormes hecatombes provocadas por el Estado nazi y por el Estado soviético. Hay responsabilidades en cadena desde la cima, Hitler, Stalin, hasta los ejecutores de los campos de la muerte. Pero estas responsabilidades están parceladas en el seno de una enorme máquina burocrática de muerte. Cuando Hannah Arendt escribe sobre Eichmann, lo ve como un engranaje de la máquina criminal y lo que le asombra es la mediocridad de este perfecto funcionario. Veía también que la enormidad de Auschwitz no podía ser compensada con una pena de muerte. También aquí el castigo es irrisorio, el perdón impensable.

Y cuando, después de cincuenta años o más, sólo quedan unos pocos supervivientes entre los funcionarios que obedecían a Berlin o a Vichy, ¿deben asumir ellos la responsabilidad de todo el sistema? ¿Es preciso que expíen ellos los crímenes de la máquina de deportar?

Cuanto más dificil es localizar al autor del mal, más se desarrolla una necesidad de encontrar al culpable. Se comprende el sufrimiento renovado de las partes civiles en el proceso Papón, que reviven la partida hacia la muerte de su allegado. Se comprende el sufrimiento de las familias de las víctimas de la sangre contaminada. Encuentran inevitablemente el talión al reclamar el castigo. ¿No se les ofrece entonces un chivo expiatorio? 

Los valores de comprensión son universales y las víctimas no están exentas de ellos. Marx decía que son las víctimas de la explotación quienes podían acceder a una ética universal y suprimir la explotación del hombre por el hombre. Esto no se ha realizado, pero sigue siendo deseable. Dicho esto, sería inconveniente pedirle a una víctima que empezara a perdonar, pero desearía convencerla de que el castigo no le resulta necesario.

Los humillados, los odiados, las víctimas no deben transformarse en humillantes, odiadores, opresores: ése es el imperativo ético. Queda el carácter atroz del mal que está más allá de todo perdón y de todo castigo, el mal irreparable que no ha dejado de devastar a la historia de la humanidad. Ése es el desastre de la condición humana. 

Cuando las palabras «magnanimidad», «misericordia», «perdón» son olvidadas, ignoradas, cuando se reclama un castigo que es venganza y talión, entonces hay progreso de nuestra barbarie interior. 
 

El autoexamen 

El perdón no es aislable. Supone comprensión del prójimo y comprensión de sí, que conducen a concebir la posibilidad de regeneración.

Favorecer la posibilidad de regeneración es más necesario que nunca en este mundo despiadado. Hay, en la ética del perdón, una ética de la redención.

Si cada uno de entre nosotros supiera que hay en sí terroríficas potencialidades asesinas, dejaría de considerar a quien ha matado como un extraño radical o un monstruo; le daría la posibilidad de cambiar.

Lo que une la comprensión con la magnanimidad y el perdón es la resistencia a nuestra crueldad y a nuestra barbarie interiores.
 

(Edgar Morin, Ética. Madrid, Cátedra, 2006, capítulo 5: 139-147.)