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Las guerras santas: pasión y razón

UMBERTO ECO 
 

Este profesor y filólogo italiano se hizo mundialmente conocido con la novela 'El nombre de la rosa', hace ya casi veinte años, a la que le siguieron 'El péndulo de Foucault' o 'Baudolino', de reciente aparición. En este artículo, y al hilo de las declaraciones del presidente del Gobierno italiano, Silvio Berlusconi, en torno a la supremacía de la civilización occidental sobre el islam, Eco se refiere a los distintos parámetros que se utilizan para defender culturas diferentes

Que alguien, en días pasados, haya pronunciado palabras inoportunas sobre la superioridad de la cultura occidental es algo secundario. Es secundario que alguien diga algo que considera correcto, pero que lo haga en el momento equivocado, y es secundario que alguien crea en algo injusto, o de todas formas equivocado, porque el mundo está lleno de gente que cree en cosas injustas o equivocadas, incluso un señor que se llama Bin Laden, que quizá sea más rico que nuestro presidente del consejo y haya estudiado en mejores universidades. Lo que no es secundario, y que debe preocuparnos un poco a todos, políticos, líderes religiosos, educadores, es que determinadas expresiones o incluso artículos enteros y apasionados, que de alguna forma las han legitimado, se conviertan en materia de discusión general, ocupen la mente de los jóvenes y quizá les induzcan a conclusiones pasionales dictadas por la emoción del momento. Me preocupo por los jóvenes porque, de todas formas, a los viejos ya no se les puede cambiar la cabeza.

Todas las guerras de religión que han ensangrentado el mundo durante siglos nacieron de adhesiones pasionales a contraposiciones simplistas, como nosotros y los otros, buenos y malos, blancos y negros. Si la cultura occidental se ha mostrado fecunda (no sólo desde la Ilustración hasta ahora, sino también antes, cuando el franciscano Roger Bacon invitaba a aprender idiomas, porque siempre tendremos algo que aprender de los infieles) es también porque se ha esforzado en 'liberarse', a la luz de la investigación y del espíritu crítico, de las simplificaciones dañinas. Naturalmente, no siempre lo ha hecho, porque también forman parte de la historia de la cultura occidental Hitler, que quemaba libros, o el fascismo, que en el colegio me enseñaba a recitar: 'Dios maldiga a los ingleses', porque eran 'el pueblo de las cinco comidas' y, por tanto, glotones inferiores al pueblo italiano, parco y espartano.

Pero son los mejores aspectos de nuestra cultura los que debemos discutir con los jóvenes, y de cualquier color, si no queremos que se derrumben nuevas torres también en los días que ellos vivan después de nosotros. Un elemento de confusión es que a menudo no se consigue captar la diferencia entre la identificación con las propias raíces, entender a quien tiene otras raíces y juzgar lo que está bien o mal. En cuanto a las raíces, si me preguntaran si preferiría vivir mis años de jubilado en un pueblecito del Monferrato, en la majestuosa cordillera de los Abruzos, o en las dulces colinas de Siena, elegiría el Monferrato. Pero esto no implica que considere las otras regiones inferiores al Piamonte.

Por tanto, si con sus palabras (pronunciadas para los occidentales, pero borradas para los árabes) el presidente del consejo quería decir que prefiere vivir en Arcore antes que en Kabul, y que le cuiden en un hospital milanés antes que en uno de Bagdad, yo estoy dispuesto a suscribir su opinión (Arcore aparte). Y esto aunque me dijeran que en Bagdad han establecido el hospital mejor equipado del mundo: en Milán me encontraría más como en mi casa, y esto influiría en mi capacidad de recuperación. Las raíces pueden ser más o menos amplias que las regionales o nacionales. Preferiría vivir en Limoges, por decir algo, antes que en Moscú. Pero cómo, ¿no es Moscú una ciudad preciosa? Desde luego, pero en Limoges entendería el idioma. En resumidas cuentas, cada uno se identifica con la cultura en la que ha crecido, y los casos de trasplante radical, que los hay, son una minoría. El propio Lawrence de Arabia vestía como los árabes, pero al final volvió a su casa. 

Expansión económica

Pasemos ahora al enfrentamiento de civilizaciones, porque éste es el punto principal. Occidente ha sentido curiosidad por otras civilizaciones, aunque a menudo por razones de expansión económica. Muchas veces las ha liquidado con desprecio: los griegos llamaban bárbaros, es decir, tartamudos, a los que no hablaban su idioma, y por tanto era como si no hablasen en absoluto. Pero algunos griegos más maduros, como los estoicos (quizá porque algunos de ellos eran de origen fenicio), advirtieron muy pronto que los bárbaros usaban palabras diferentes a las griegas, pero se referían a los mismos pensamientos. Marco Polo intentó describir con gran respeto los usos y costumbres de los chinos; los grandes maestros de la teología cristiana medieval intentaban que se tradujeran los textos de los filósofos, médicos y astrólogos árabes; incluso los hombres del Renacimiento exageraron en su intento de recuperar las sabidurías perdidas orientales, de los caldeos a los egipcios: Montesquieu intentó entender de qué forma veía un persa a los franceses, y antropólogos modernos realizaron sus primeros estudios sobre los informes de los salesianos, que iban al territorio de los Bororo para intentar convertirlos, es cierto, pero también para entender cuál era su forma de pensar y de vivir, recordando quizá el hecho de que unos siglos antes otros misioneros no habían conseguido entender a las civilizaciones amerindias y habían impulsado su exterminio. 

He citado a los antropólogos. No digo nada nuevo si recuerdo que, desde mediados del siglo XIX en adelante, la antropología cultural se desarrolló como un intento de sanar el remordimiento de Occidente respecto a los otros, y especialmente esos otros a los que se definía como salvajes, sociedades sin historia, pueblos primitivos. Occidente no se había portado muy bien con los salvajes: los descubrió, intentó evangelizarlos, los explotó, redujo a muchos a la esclavitud, también con ayuda de los árabes, porque refinados gentilhombres de origen francés descargaban los barcos de esclavos en Nueva Orleans, pero los traficantes musulmanes los cargaban en las costas africanas. La antropología cultural (que podía prosperar gracias a la expansión colonial) intentaba reparar los pecados del colonialismo mostrando que esas 'otras' culturas eran precisamente culturas, con sus creencias, sus ritos, sus costumbres, completamente razonables en el contexto en que se habían desarrollado, es decir, que se regían por su propia lógica interna. El deber del antropólogo cultural era demostrar que existían lógicas diferentes a las occidentales y que había que tomarlas en serio, no despreciarlas y reprimirlas.

Esto no quería decir que los antropólogos, una vez explicada la lógica de los otros, decidieran vivir con ellos: al contrario, exceptuando pocos casos, al acabar su trabajo plurianual más allá del mar, volvían para consumir los años de su vejez en Devonshire o en Picardía. Pero al leer sus libros alguien podría pensar que la antropología cultural mantiene una postura relativista y afirma que una cultura vale tanto como otra. No creo que sea así. Como mucho, el antropólogo decía que mientras los otros se queden en su casa, hay que respetar su forma de vida. 

La auténtica lección que hay que sacar de la antropología cultural es más bien que para decir si una cultura es superior a otra hay que fijar unos parámetros. Una cosa es decir qué es una cultura y otra decir según qué parámetros la juzgamos. Una cultura se puede describir de forma pasablemente objetiva: estas personas se comportan así, creen en los espíritus o en una única divinidad que lo invade todo con su misma naturaleza, se unen en clanes parentales según estas reglas, consideran hermoso atravesarse la nariz con anillas (podría ser una descripción de la cultura juvenil en Occidente), consideran impura la carne de cerdo, se circuncidan, crían perros para echarlos en el puchero los días de fiesta o, como siguen diciendo los norteamericanos de los franceses, comen ranas. 

El antropólogo, obviamente, sabe que hay muchos factores que ponen en crisis la objetividad. El año pasado estuve en el país Dogon, y le pregunté a un chico si era musulmán. Él me contestó en francés: 'Soy animista'. Pero, créanme, un animista no se define como animista si no tiene por lo menos un título de la École des Hautes Études de París y, por tanto, ese niño hablaba de su propia cultura tal y como se la habían definido los antropólogos. Los antropólogos africanos me contaban que cuando llegaba un antropólogo europeo, los dogon, ya muy espabilados, le contaban lo que había escrito hacía años un antropólogo, Griaule (al que, sin embargo, o por lo menos eso decían los amigos africanos cultos, los informadores indígenas le habían contado cosas bastante desligadas entre sí que después había reunido en un sistema fascinante, pero de dudosa autenticidad). Sin embargo, si eliminamos todos los malentendidos posibles de una cultura diferente, se puede obtener una descripción bastante 'neutra'.

Parámetros

Los parámetros de juicio son otra cosa, dependen de nuestras raíces, de nuestras preferencias, de nuestras costumbres, de nuestras pasiones, de un sistema nuestro de valores. Pongamos un ejemplo: ¿consideramos nosotros que el prolongar la vida media de los cuarenta a los ochenta años es un valor? Yo, personalmente, lo creo, pero muchos místicos podrían decirme que entre un crápula que viva ochenta años y san Luis Gonzaga que vivió 23 años, el segundo tuvo una vida más plena. Pero admitamos que la prolongación de la vida es un valor: si es así, la medicina y la ciencia occidental son ciertamente superiores a muchos otros saberes y prácticas médicas.

¿Creemos que el desarrollo tecnológico, la expansión de los comercios, la rapidez de los transportes son un valor? Muchos creen que sí, y tienen derecho a considerar superior nuestra civilización tecnológica. Pero, precisamente dentro del mundo occidental, hay quienes consideran un valor primordial la vida en armonía con un ambiente sin corromper y, por tanto, están dispuestos a renunciar a los aviones, coches, neveras, para trenzar canastas y moverse a pie de un pueblo a otro, con tal de no tener el agujero de ozono. Así, pues, ya ven que para considerar una cultura mejor que otra no basta con describirla (como hace el antropólogo), sino que hay que remontarse a un sistema de valores que consideramos irrenunciable. Sólo llegados a este punto podemos decir que nuestra cultura, para nosotros, es mejor. 

En estos días he asistido a varias defensas de culturas diferentes según parámetros discutibles. Precisamente, el otro día leía una carta enviada a un gran diario en la que el autor se preguntaba sarcásticamente cómo es posible que los premios Nobel recaigan sólo en occidentales y no en orientales. Aparte del hecho de que se trataba de un ignorante que no sabía cuántos premios Nobel de literatura han recaído en personas de piel negra y en grandes escritores islámicos, aparte de que el premio Nobel de Física de 1979 recayó en un paquistaní que se llama Abdus Salam, afirmar que los reconocimientos debidos a la ciencia recaen naturalmente en quien trabaja en el ámbito de la ciencia occidental es descubrir la pólvora, porque nunca nadie ha dudado que la ciencia y la tecnología occidentales están hoy a la vanguardia. ¿A la vanguardia de qué? De la ciencia y la tecnología. ¿Cuándo es absoluto el parámetro del desarrollo tecnológico? Pakistán tiene bomba atómica e Italia, no. ¿Somos por tanto una civilización inferior? ¿Es mejor vivir en Islamabad que en Arcore?

Los que apoyan el diálogo nos llaman la atención sobre el mundo islámico, recordando que ha dado hombres como Avicena (que, por otra parte, nació en Buchara, no muy lejos de Afganistán) y Averroes, y es una pena que se cite siempre sólo a estos dos, como si fueran los únicos, y no se hable de Al Kindi, Avempace, Avicebrón, Ibn Tufayl, o de ese gran historiador del siglo XIV que fue Ibn Jaldun, al que Occidente considera incluso iniciador de las ciencias sociales. Nos recuerdan que los árabes de España cultivaban la geografía, la astronomía, las matemáticas, o la medicina cuando en el mundo cristiano estaban mucho más atrasados.

Todo muy cierto, pero éstos no son argumentos válidos, porque si razonamos así, deberíamos decir que Vinci, noble pueblo toscano, es superior a Nueva York, porque en Vinci nació Leonardo, mientras que en Manhattan cuatro indios esperaron sentados en el suelo durante más de 150 años a que llegaran los holandeses a comprarles toda la península por 24 dólares. Y, en cambio, sin ofender a nadie, hoy el centro del mundo es Nueva York, y no Vinci.

Las cosas cambian. No sirve de nada recordar que los árabes de España eran muy tolerantes con los cristianos y los judíos, mientras nosotros asaltábamos los guetos, o que Saladino, cuando reconquistó Jerusalén, fue más misericordioso con los cristianos de lo que habían sido los cristianos con los sarracenos cuando conquistaron Jerusalén. Todo exacto, pero en el mundo islámico existen hoy regímenes fundamentalistas y teocráticos que los cristianos no toleran, y Bin Laden no ha sido misericordioso con Nueva York. La Batriana fue un cruce de grandes civilizaciones, pero hoy los talibán la emprenden a cañonazos con los Budas. Al contrario, los franceses hicieron la matanza de la noche de San Bartolomé, pero esto no autoriza a nadie a decir que hoy son unos bárbaros.

La historia, arma de doble filo

No incomodemos a la historia, porque es un arma de doble filo. Los turcos empalaban (y está mal), pero los bizantinos ortodoxos sacaban los ojos a los parientes peligrosos, y los católicos quemaron a Giordano Bruno; los piratas sarracenos hacían locuras, pero los corsarios de su majestad británica, con patente, prendían fuego a las colonias españolas en el Caribe; Bin Laden y Sadam Husein son enemigos feroces de la civilización occidental, pero en la civilización occidental hemos tenido señores que se llamaban Hitler o Stalin (Stalin era tan malo que siempre se le ha definido como oriental, aunque había estudiado en un seminario y leído a Marx). 

No. El problema de los parámetros no se plantea en clave histórica, sino en clave contemporánea. Ahora bien, una de las cosas dignas de alabanza de las culturas occidentales (libres y pluralistas, y éstos son los valores que nosotros consideramos irrenunciables) es que se dieron cuenta hace tiempo de que una misma persona puede ser llevada a maniobrar con parámetros diferentes, y contradictorios entre sí, sobre cuestiones diferentes. Por ejemplo, se considera un bien la prolongación de la vida, y un mal, la contaminación atmosférica, pero nos damos perfecta cuenta de que quizá para tener los grandes laboratorios en que se estudia la prolongación de la vida hay que tener un sistema de comunicaciones y aprovisionamiento de energía que después, por su parte, produce contaminación. La cultura occidental ha elaborado la capacidad de poner libremente al desnudo sus propias contradicciones. Quizá no las resuelva, pero sabe que existen y lo dice.

A fin de cuentas, todo el debate sobre global sí, global no, está aquí, excepto para los rompetodo con monos negros. ¿Cómo es posible soportar una cuota de globalización positiva evitando los riesgos y las injusticias de la globalización perversa, cómo se puede prolongar la vida también de millones de africanos que mueren de sida (y al mismo tiempo prolongar también la nuestra) sin aceptar una economía planetaria que hace que los enfermos de sida mueran de hambre y a nosotros nos hace comer alimentos contaminados?

Pero precisamente esta crítica de los parámetros, que Occidente persigue y anima, nos ayuda a comprender lo delicada que es la cuestión de los parámetros. ¿Es justo y cívico proteger el secreto bancario? Muchos creen que sí. ¿Pero y si este secreto permite a los terroristas tener su dinero en la city de Londres? Entonces, ¿es la defensa de la llamada intimidad un valor positivo o dudoso? Nosotros ponemos continuamente en tela de juicio nuestros parámetros. El mundo occidental lo hace hasta tal punto que consiente a sus propios ciudadanos rechazar como positivo el parámetro del desarrollo tecnológico y hacerse budistas o irse a vivir a comunidades donde no se usan neumáticos, y ni siquiera carros de caballos. El colegio debe enseñar a analizar y discutir los parámetros por los que se rigen nuestras afirmaciones pasionales.

El problema que la antropología cultural no ha resuelto es qué hay que hacer cuando un miembro de una cultura, cuyos principios quizá hemos aprendido a respetar, viene a vivir a nuestro país. En realidad, la mayor parte de las reacciones racistas de Occidente no se deben al hecho de que los animistas vivan en Malí (basta con que se queden en su casa, dice en efecto la Liga del Norte), sino en el hecho de que los animistas vengan a vivir a nuestro país. Y pase con los animistas, o los que quieran rezar en dirección a La Meca, pero, ¿y si quieren llevar el chador, infibular a sus muchachas, si (como ocurre con algunas sectas occidentales) rechazan las transfusiones de sangre para sus niños enfermos, si el último caníbal de Nueva Guinea (si es que todavía quedan) quiere emigrar a nuestro país y comerse todos los domingos un niño asado?

Por lo que respecta a los caníbales, estamos todos de acuerdo: se les mete en la cárcel (especialmente porque no son miles); sobre las niñas que van al colegio con el chador, no veo la necesidad de dramatizar, si a ellas les gusta así; en cambio, sobre la infibulación, el debate está abierto (hay incluso quien ha sido tan tolerante como para sugerir que lo gestionen los ambulatorios locales, así la higiene está a salvo), ¿pero qué hacemos, por ejemplo, con la petición de que las mujeres musulmanas puedan ser fotografiadas con el velo para el pasaporte? Tenemos leyes iguales para todos, que establecen criterios de identificación de los ciudadanos, y no creo que podamos ceder. Yo, cuando he visitado una mezquita, me he quitado los zapatos, porque respetaba las leyes y las costumbres del país que me hospedaba. ¿Qué hacemos con la foto con velo?

Creo que en estos casos se puede negociar. En el fondo, las fotos de los pasaportes nunca son fieles, y sirven para lo que sirven; que se estudien carnés magnéticos que reaccionen a la huella del pulgar, y el que quiera este tratamiento, que pague un suplemento. Y si luego estas mujeres frecuentan nuestras escuelas, podrían llegar a conocer unos derechos que no creían tener, igual que muchos occidentales han ido a escuelas coránicas y han decidido libremente hacerse musulmanes. Reflexionar sobre nuestros parámetros significa también decidir que estamos dispuestos a tolerarlo todo, pero hay ciertas cosas que para nosotros son intolerables.

Los otros

Occidente ha dedicado fondos y energías a estudiar los usos y costumbres de los otros, pero nunca nadie ha consentido realmente a los otros estudiar los usos y costumbres de Occidente, a no ser en las escuelas dirigidas por blancos al otro lado del mar, o consintiendo a los otros más ricos ir a estudiar a Oxford o a París, y luego se ve lo que pasa, estudian en Occidente y después vuelven a casa para organizar movimientos fundamentalistas porque se sienten ligados a sus compatriotas que no han podido realizar esos estudios (por otra parte, es una vieja historia, y muchos intelectuales que habían estudiado con los ingleses lucharon por la independencia de India). 

Antiguos viajeros árabes y chinos estudiaron algo sobre los países donde se pone el sol, pero son cosas de las que sabemos bastante poco. ¿Cuántos antropólogos africanos o chinos han venido a estudiar cómo es Occidente para contárselo no sólo a sus propios conciudadanos, sino también a nosotros? Me refiero a contarnos cómo nos ven ellos. Existe desde hace algunos años una organización internacional llamada Transcultura que lucha por una 'antropología alternativa'. Ha llevado a estudiosos africanos que nunca habían estado en Occidente a describir la provincia francesa y la sociedad boloñesa, y les aseguro que cuando nosotros, los europeos, leímos que dos de las observaciones que más les habían asombrado se referían al hecho de que los europeos llevan de paseo a sus perros y que se ponen desnudos a la orilla del mar, bueno, me digo, la mirada recíproca ha empezado a funcionar en ambas partes, y han surgido discusiones interesantes. 

En este momento, con vistas a un congreso final que tendrá lugar en Bruselas en noviembre, tres chinos, un filósofo, un antropólogo y un artista, están terminando su viaje de Marco Polo al contrario, sólo que en lugar de limitarse a escribir su Millón, graban y filman. Al final no sé lo que sus observaciones podrán explicar a los chinos, pero sé lo que nos podrán explicar a nosotros. Imaginen que se invita a fundamentalistas musulmanes a realizar estudios sobre el fundamentalismo cristiano (esta vez no tienen nada que ver los católicos, son protestantes norteamericanos, más fanáticos que un ayatolá, que intentan eliminar de las escuelas cualquier referencia a Darwin). Bien, yo creo que el estudio antropológico del fundamentalismo de los demás puede servir para entender mejor la naturaleza del propio. Que vengan a estudiar nuestro concepto de guerra santa (podría aconsejarles muchos escritos interesantes, incluso recientes) y quizá verían con una mirada más crítica la idea de una guerra santa en su casa. En el fondo, nosotros, los occidentales, hemos reflexionado sobre los límites de nuestro propio modo de pensar describiendo la pensée sauvage (pensamiento salvaje). Uno de los valores de los que habla mucho la civilización occidental es la aceptación de las diferencias. Teóricamente estamos todos de acuerdo, es políticamente correcto decir en público que alguien es gay, pero después, en casa, se dice entre risitas que es marica. ¿Cómo podemos enseñar la aceptación de las diferencias? La Academie Universelle des Cultures ha puesto en la red un sitio donde se están elaborando materiales sobre diferentes temas (color, religión, usos y costumbres, y así sucesivamente) para los educadores de cualquier país que quieran enseñar a sus colegiales a aceptar a los que son diferentes a ellos. Ante todo, se ha decidido no mentir a los niños afirmando que todos somos iguales. Los niños se dan perfecta cuenta de que algunos vecinos o compañeros de colegio no son iguales a ellos, tienen la piel de otro color, los ojos rasgados, el pelo más liso o más rizado, comen cosas raras, no hacen la primera comunión. Y tampoco basta con decirles que todos son hijos de Dios, porque también los animales son hijos de Dios y, sin embargo, los niños nunca han visto a una cabra en la cátedra enseñándoles ortografía. Por tanto, hay que decir a los niños que los seres humanos son muy diferentes entre sí, y explicarles bien en qué son diferentes, para enseñarles después que estas diferencias pueden ser una fuente de riqueza. 

El maestro de una ciudad italiana debería ayudar a sus niños italianos a entender por qué otros niños rezan a una divinidad diferente, o tocan una música que no se parece al rock. Naturalmente, lo mismo debería hacer un educador chino con niños chinos que vivan junto a una comunidad cristiana. El paso siguiente será mostrar que hay algo en común entre nuestra música y la suya, y que también su Dios recomienda algunas cosas buenas. Objeción posible: nosotros lo haríamos en Florencia, ¿pero lo harán también en Kabul? Bien, esta objeción es lo más alejado que pueda haber de los valores de la civilización occidental. Nosotros somos una civilización pluralista, porque consentimos que en nuestro país se levanten mezquitas, y no podemos renunciar a ello sólo porque en Kabul encarcelan a los propagandistas cristianos. Si lo hiciéramos, nos convertiríamos también nosotros en talibán.

El parámetro de la tolerancia y la diversidad es desde luego uno de los más fuertes y menos discutibles, y nosotros consideramos que nuestra cultura es madura porque sabe tolerar la diversidad, y nos parecen bárbaros aquellos que pertenecen a nuestra cultura y no toleran esta diversidad. Punto. De otra forma, sería como si decidiéramos que si en determinada zona del mundo hay todavía caníbales, nosotros vamos a ir a comérnoslos, para que aprendan. Nosotros esperamos que, en vista de que permitimos las mezquitas en nuestro país, algún día haya iglesias cristianas o no se bombardee a los budas en el suyo. Esto si creemos en la validez de nuestros parámetros.

Confusión bajo el cielo

Hay mucha confusión bajo el cielo. En estos tiempos ocurren cosas muy curiosas. Parece que la defensa de los valores de Occidente se ha convertido en un estandarte de la derecha, mientras que la izquierda, como de costumbre, es partidaria de los islámicos. Ahora bien, aparte del hecho de que hay una derecha y hay un catolicismo integrista decididamente tercermundista, filoárabe y demás, no se tiene en cuenta un fenómeno histórico que está a la vista de todos: la defensa de los valores de la ciencia, del desarrollo tecnológico y de la cultura occidental moderna siempre ha sido en general una característica de las alas laica y progresista. No sólo eso, sino también que todos los regímenes comunistas se remontan a una idea de progreso tecnológico y científico. El manifiesto de 1848 se abre con un elogio desapasionado de la expansión burguesa; Marx no dice que hay que invertir el rumbo y pasar al modo de producción asiático, sólo dice que los proletarios se deben adueñar de estos valores y de estos éxitos.

Por el contrario, siempre ha sido el pensamiento reaccionario (en el sentido más noble de la palabra), por lo menos empezando con el rechazo a la revolución francesa, el que se ha opuesto a la ideología laica del progreso afirmando que hay que volver a los valores de la tradición. Sólo algunos grupos neonazis se remontan a una idea mítica de Occidente y estarían dispuestos a degollar a todos los musulmanes en Stonehenge. Los pensadores más serios de la tradición (entre ellos, también muchos que votan a Alianza Nacional ) siempre han recurrido, además de a ritos y mitos de los pueblos primitivos, o a la lección budista, precisamente al islam, como fuente todavía actual de espiritualidad alternativa. Siempre han estado ahí para recordarnos que nosotros no somos superiores, sino que estamos enardecidos por la ideología del progreso y que debemos buscar la verdad entre los místicos sufíes o los derviches danzantes. Y esto no lo digo yo, siempre lo han dicho ellos. Basta con acudir a una librería y buscar en los estantes adecuados.

En este sentido se está abriendo en la derecha una curiosa brecha. Pero quizá sea sólo una señal de que en los momentos de desconcierto (y desde luego estamos viviendo uno) nadie sabe ya de qué parte está. Pero precisamente en los momentos de desconcierto hay que saber utilizar el arma del análisis y de la crítica, de nuestras supersticiones y de las ajenas. Espero que esto se discuta en las escuelas, y no sólo en las conferencias de prensa.
 

El País, 14 octubre 2001

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