DOCUMENTO
Página anterior

MANIFIESTO SOBRE EL TERRORISMO DE LA INJUSTICIA

A propósito de la campaña internacional contra el terrorismo

BENJAMÍN FORCANO, RAFAEL DÍAZ SALAZAR, JULIO LOIS, EVARISTO VILLAR. Madrid.

  En medio del conflicto, no se puede ser neutral

Convencidos de que la humanidad tiene un destino común, de que todos los pueblos poseen la misma dignidad y derechos, de que las relaciones entre ellos tiene que establecerse sobre la confianza mutua, el respeto y la cooperación, deseamos expresar públicamente nuestra palabra, como un aportación más a esclarecer los problemas de las actuales tensiones internacionales.

Nunca en temas de ética, y menos de esta envergadura, se puede ser neutral. El silencio delata por lo menos un implícito asentimiento a lo que está ocurriendo y una pérdida de la actitud evangelizadora profética que debe distinguir a los que siguen a Jesús de Nazaret.

Esta nuestra declaración tiene como base la situación creada entre los países desarrollados y subdesarrollados. Es ya un dato evidente que esta situación no ha surgido al azar, sino como consecuencia de una serie de políticas dirigidas por el egoísmo nacional, el lucro y el afán de dominar a otras naciones. Tales políticas producen marginación, atraso, enfermedad, analfabetismo, pobreza, hambre, exclusión, humillación, sufrimiento, emigración y otros efectos que pesan negativamente sobre los pueblos que se intenta explotar y dominar.
 

La violencia de las religiones manipuladas

En este sentido, queremos desenmascarar el chantaje que la política occidental, con EE UU a la cabeza, pretende producir sobre la opinión pública presentando el fenómeno del terrorismo actual como efecto de un choque de etnias, culturas o religiones. 

No negamos la presencia que el factor religioso ha representado en la violencia y en las guerras de la historia, pero tal presencia ha estado no pocas veces manipulada por intereses y poderes políticos, logrando de esta manera que las religiones se apartaran de su misión primigenia de asegurar la fraternidad y la paz. 

Los fanatismos religiosos son reales, pero más que originantes de la violencia son las más de las veces derivados de otros factores primordiales. En ese sentido, el factor religioso puede desempeñar una labor de legitimación del fundamentalismo económico más bárbaro. Todavía hay quienes creen que el neoliberalismo es enemigo de la irreligión y que defiende los grandes valores religiosos, cuando en realidad lo que ese neoliberalismo produce es injusticia y, como consecuencia, violencia, represión y hasta terror.


La violencia original y originante de la injusticia

En nuestra opinión, el factor primordial de la violencia es la injusticia impuesta por el capitalismo mundial a través de las multinacionales y otras instituciones en colaboración con poderes económicos y políticos dominantes.

Queremos subrayar que la violencia original y originante, la primera y más importante, es la producida en nuestro tiempo y en tiempos pasados, por la injusticia estructural, que pertenece a los Estados con mayor poder económico y que se vincula con el Orden Mundial, que es el que genera desigualdades entre los pueblos ricos y pobres. 

No hay más que reparar en estos datos:

- En 1997 el 20 % de la población más rica del planeta se repartió el 86 % de la riqueza mundial.

- Sólo en 1999 los países endeudados realizaron a favor de sus acreedores una transferencia de 114.600 millones de dólares. 

- La deuda externa es un instrumento de guerra contra los países pobres: la deuda de los países pobres es del orden de 2,5 billones de dólares. La devuelven con un cuchillo en la garganta. La de EE UU es de seis billones de dólares. Y nadie obliga a EE UU a devolverla.

- De los 800 millones de habitantes de África, más de 400 viven con menos de un dólar al día y están desnutridos. En el año 2000 las multinacionales invirtieron en el mundo por valor de 1 billón 270.000 millones de dólares. África sólo logró atraer un 1 % de esa inversión. 

-Mil millones de personas se acuestan todas las noches con hambre. La cuarta parte de la población nunca ha tenido un vaso de agua potable.

- Sólo a causa del sida han muerto 22 millones de personas y hay 36 millones contagiados.

- No es de extrañar que la diferencia entre países ricos y pobres lejos de disminuir haya ido en aumento. En el año 1820 era de 3 a 1; en el 1992 es de 72 a 1. 

Es un engaño colosal querer sobrepasar la vista sobre esta realidad y achacarla sin más a episodios de fanatismo religioso. La realidad es como es y no hay más camino para la comprensión y solución de sus contradicciones que mirarla de frente y llamarla por su nombre. Hay políticas que son injustas y execrables, basadas sobre el egoísmo, la dominación y la desigualdad, que niegan la dignidad y derechos fundamentales de las personas y de los pueblos. Esas políticas generan injusticia, provocan miseria y opresión y acrecientan la frustración y el odio hasta la desesperación.

No deja de ser aleccionador y confortante que, a pesar de todas las cortinas de humo, el análisis que hacen la mayor parte de científicos, sociólogos y politólogos va en este camino: no se puede eliminar el terrorismo sin acabar con aquellas situaciones que propician y almacenan injusticia.

Cuando los explotados y sometidos deciden exigir sus derechos y acabar con la injusticia impuesta, entonces la violencia original reacciona con violencia represiva y, llegado el caso, con violencia terrorista. Porque terrorismo, escribe Ignacio Ellacuría, "no es lo que hacen los que son llamados terroristas de antemano, sino que son terroristas los que hacen terrorismo, objetivamente definido como tal". Y, en este sentido, la violencia estructural original actúa muchas veces como violencia terrorista.


La farsa ofensiva del dualismo entre el Bien y el Mal

No podemos admitir que, en contra de la realidad personal e histórica del ser humano, se intente establecer una línea divisoria entre el Bien y el Mal, alistando a unos de una parte (los terroristas) y a otros de la otra (los no terroristas): "Quien no está con nosotros, está con el terrorismo".

Esta afirmación denota una gran simpleza. Por la sencilla razón de que es uno sólo (el hoy emperador del mundo) quien, por sí y ante sí, define quiénes son los terroristas, sin definir antes en qué consiste el terrorismo y porque la definición la hace dándose a sí mismo como exento del terrorismo. Sólo desde esta premisa, se puede convocar una campaña unilateral antiterrorista, en la seguridad de que, quienes la compartan, la obedecerán más por miedo que por convicción.

Conviene señalar hasta qué punto esta postura encubre una actitud de soberbia y desprecio de los demás pueblos, la convicción racista y xenófoba de que su superior nivel de vida les es debido connaturalmente y la blasfema confesión de que esta diferencia abismal se debe, en última instancia a Dios, y es El quien la bendice.

Con un poco de sentido común y una pizca de filosofía se entiende que este planteamiento es burdo. Nunca el Bien y el Mal, tratándose de humanos, se halla de una u otra parte, así puramente. No hay seres que encarnen lo uno o lo otro. Pero a Bush le resulta útil , en el tablero de la humanidad, jugar con el dualismo del bien y del mal, como quien juega con fichas blancas o negras, con la particularidad de que él marca quiénes son las fichas negras. Es el juego peligrosamente insinuante de las palabras, sobre todo a partir del 11 de septiembre de 2001. 

La caída de las Torres Gemelas de Nueva York fue un atentado trágico, pero también un pretexto de oro para urdir la campaña mundial contra el terrorismo, es decir, contra el mal. Todo el mundo sabe que ese acto de violencia terrorista no ha sido el primero ni el mayor. Ha habido masacres tan desoladoras como ésta, aunque seguramente menos espectaculares. Pero en este caso señalaba un corte histórico, porque las Torres Gemelas eran el santuario del dios dinero, de la ley del comercio global, del mercado total. Y ese dios fue asesinado , en su propio templo, por quienes hacía tiempo se sublevaban contra su dominio. 

En nuestros días el imperio norteamericano, con la cohorte de Estados que le secundan, no toleran que nadie se salga del ámbito de su dios: el mercado total, que debe dominar todos los rincones del mundo.


La muerte de la justicia y de la democracia 

La justicia, decía J. Saramago en la conclusión de Porto Alegre, sigue muriendo todos los días. Muchos han confiado en ella, la han esperado en el día a día, 

"Como una justicia compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para la felicidad como indispensable para la vida es el alimento del cuerpo, una justicia en la que se manifestase , como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que asiste a cada ser humano... Si hubiere esa justicia , ni un solo ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería , para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible que ha sido".

La justicia, la única que acabará con el terrorismo y traerá la paz, nos obliga a ponernos en pie, a revisar el incumplimiento de esos Derechos Humanos hace cincuenta años promulgados, a vivificar partidos políticos caducos y movimientos sindicales burocratizados, a examinar la decadencia de las llamadas democracias y rellenarlas con una participación directa del pueblo, a establecer unas nuevas relaciones entre los Estados y el poder económico y financiero mundial.

Hace años que las Naciones Unidas establecieron una dinámica de conferencias y cumbres internacionales con el fín de abordar un conjunto de problemas producidos por la asimetría de la globalización, con la convicción de que la lucha contra la pobreza era, además de un imperativo moral, una exigencia práctica para la estabilidad del sistema. 

La conferencia intergubernamental celebrada últimamente en Méjico concluyó con el documento de "Consenso de Monterrey", el cual deja poco espacio para el optimismo. En él se exigen claras reformas y se imponen estrictas condiciones a los países pobres, en tanto que a los países desarrollados apenas si se les exige cambios en las instituciones más importantes y que son las que regulan los mecanismos de intercambio comercial y de ayuda a los países más necesitados. La ayuda ( un 0,39 % del PIB como promedio para el año 2006) es inferior a la acordada ya en los 90 (un 44 %). La unilateralidad de los países donantes va a ser la que se imponga, ya que son ellos mismos los que acaparan un 66 % de los votos en el FMI y en otras instituciones. Nadie va a creer que van a hacer efectiva la ayuda para los objetivos de la Declaración del Milenio y que el Banco Mundial evaluó entre 40.000 y 60.000 millones de dólares anuales. 

Lamentablemente, gran parte de los acuerdos del pasado han quedado relegados al capítulo de las buenas intenciones y otro tanto va a va a ocurrir con los presentes.


Propuestas para el cambio y mejoramiento

Señalamos algunas propuestas que, de una y otra parte, se sugieren como clave imprescindible para un cambio operativo en el Orden Internacional:

- Acabar con la dictadura de los mercados financieros mediante la creación de mecanismos democráticos planetarios.

- Acabar con el capitalismo financiero que, a través de la Organización Mundial del Comercio (OMC), decide sin ningún control político la suerte de los pueblos basándose únicamente en el criterio del beneficio y siempre a favor de los más fuertes.

- Acabar con el Fondo Monetario Internacional (FMI) que, después de cambiar su función a partir de los años 70, opera antidemocráticamente, dispone de mecanismos de bloqueo y es el principal responsable del fracaso del desarrollo de los países pobres. El FMI no es reformable: hay que suprimirlo. Y sustituirlo por un sistema de representación rotatoria para todos los Gobiernos del Planeta.

- Acabar con el Banco Mundial (BM) que, con su política inversora, provoca daños irreparables en el medio ambiente. Su política debe ser sometida al control democrático de los parlamentos nacionales y ser objeto de negociaciones transparentes.

- Impedir que, frente a la globalización neoliberal, sectores fundamentales de la vida humana caigan bajo la dinámica y dominio mercantilizador. Vigilar y reglamentar los mercados financieros para que no hagan lo que les da la gana. Controlar los movimientos de capitales , combatir los paraísos fiscales , inspirándose en el impuesto Tobin y hacer realidad la solidaridad con los países del Sur, poniendo fín a los planes de ajuste estructural que deslegitiman a los Estados, devalúan la Soberanía Nacional y someten a las sociedades, no a las élites, a las obligaciones inflexibles del FMI.

Idolatría del dinero o ateísmo religioso

Desde la situación de pobreza, los países del Tercer Mundo difícilmente plantean la cuestión de Dios en términos de negar su existencia como condición para salir de la alienación y permitir que el hombre sea él mismo y recupere sus poderes. En Occidente, sí que el camino hacia la liberación humana se lo hace pasar modernamente por esta negación de Dios.

Sin embargo, el mismo Occidente seguramente sospecha que, tras su decretada muerte de Dios, ha erigido otros dioses que lo suplen y cumplen con sus funciones. Es significativo que los poderes fundamentalmente económico-políticos se presenten como defensores de la religión y de Dios mismo, cuando en realidad de verdad el dios que ellos adoran es el dios Mammón, venerado secretamente en el santuario de sus negocios.

Este dios materialista es el que representa una negación frontal de la fe cristiana, es la idolatría del dinero, con la injusticia que genera, la que se constituye en incompatibilidad con la fe.

En este sentido, la tarea fundamental de los que creemos en Jesús de Nazaret, es desidolatrizar, pero entendiendo como tal el desenmascaramiento de dioses históricos que, en nuestro contexto actual, configuran y dominan la vida social, sobre todo en su aspecto económico injusto y en otros aspectos que le acompañan como derivación y justificación. La dominación que estos ídolos ejercen se presenta como inapelable, incuestionable e intocable, como si de dioses se tratara, imponen su ortodoxia (ideología) y se alimentan del sacrificio de millones de víctimas.

El planteamiento de Jesús de Nazaret es inequívoco: "No se puede servir a dos señores: la fe en Dios excluye la fe en el dios dinero". Porque los señores del dinero, si logran entronizarse en el corazón humano y en las instituciones del poder, exigen su propio culto, un culto que se convierte, si es preciso, en asesino.

Nos duele que la Iglesia Católica, de la que nosotros somos miembros, y que acumula una sabiduría y experiencia más que seculares sobre la unidad y fraternidad de los pueblos, no haya hecho sentir en estos momentos , con el relieve y fuerza necesarios, la autoridad moral de su enseñanza y la haya ocultado vergonzosamente , dando lugar a una significativa e imperdonable omisión y el consiguiente descrédito entre quienes forman parte de ella y la contemplan desde fuera.

Creemos que, con ser importante los problemas de la moral familiar y sexual , no lo son menos los que se ventilan en el campo de las relaciones socioeconómicas y políticas. Sin embargo, es en las primeras donde la Iglesia muestra una solicitud puntual y extrema y en las segundas un desentendimiento clamoroso que resulta intolerable en las actuales circunstancias.

Denunciamos esta postura seudocristiana , que rehúye comprometerse en la trama y conflictividad de la historia, como si tal tarea no le incumbiese o hubiera de remandarla para después de la vida. Esta fuga contradice el espíritu del Evangelio. Pensamos que la fe es inseparable de la justicia, de la fraternidad y del amor, que hay que verificar en la historia y sociedad terrenas y que, cuando se procede en sentido contrario, se mutilan aspectos esenciales del mensaje evangélico.

Éxodo, Nº 63, abril de 2002

Página principal