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XXIV Congreso de Teología
ESPIRITUALIDAD PARA UN MUNDO NUEVO

Mensaje final del congreso 'Espiritualidad para un mundo nuevo'
 

  Del 9 al 12 de septiembre del 2004, más de un millar de personas hemos celebrado en Madrid el XXIV Congreso de Teología bajo el lema "Espiritualidad para un mundo nuevo". Nos acercamos a las bodas de plata de nuestros congresos que, con la ayuda del Espíritu renovador de Dios y la activa participación de centenares de participantes, esperamos celebrar el próximo año. Como conclusiones del actual congreso destacamos las siguientes.

1. La espiritualidad sobrepasa el dominio de lo cristiano e incluso de lo religioso. Ningún ser humano puede vivir sin espíritu, especialmente si se mueve con hondas convicciones y motivaciones. La espiritualidad pertenece, pues, al sustrato más profundo del ser humano. Pero ni todos nos movemos con el mismo espíritu o con los mismos valores, ni todos percibimos del mismo modo la realidad histórica o los hechos sociales con criterios iguales de interpretación desde un plano ético. Las espiritualidades no son iguales. Nuestro amigo y mártir Ignacio Ellacuría, maestro de los congresos, confesó que poseen genuina espiritualidad los capaces de ver los hechos con honradez para "hacerse cargo" misericordiosamente de la realidad, "cargar con" la realidad mediante un compromiso personal y "encargarse" de su transformación, con miras a una liberación de opresiones e injusticias.

2. La espiritualidad cristiana intenta asumir y dar cumplimiento a todas las espiritualidades. Su raíz está puesta en el Espíritu de Jesús el Señor. El evangelio es el criterio y la norma de nuestra espiritualidad, enraizada en la actitud amorosa de Jesús, de cara a la construcción del reino. La presencia de los cristianos y cristianas en el mundo es constitutivo de la espiritualidad, ya que su manera de vivir en la sociedad es lugar privilegiado de santificación, puesto que el cristianismo no es desprecio del mundo sino asunción, consagración y perfeccionamiento del mismo hasta su plenitud.

3. No es fácil trazar un diagnóstico espiritual de los cristianos y cristianas en el entramado del mundo actual. La involución de los poderes políticos, económicos y religiosos, atentos a la defensa de sus intereses o privilegios, así como la de los gobiernos preocupados por sus miras nacionales, hace que casi se olviden las necesidades materiales y espirituales de la humanidad menesterosa del Tercer Mundo. Esta peligrosa reducción de horizontes repercute en la alienación de la conciencia, con la consiguiente pérdida de interés por la acción política, junto al descrédito de las Iglesias y religiones organizadas, el crecimiento del individualismo y la disgregación de postulados éticos fundamentales.

4. A comienzos del tercer milenio la Iglesia católica, concentrada en su dirección papal, se muestra preocupada por rehacer la unidad, a partir de una regeneración disciplinar (nuevo código), moral (ética tradicional sin fisuras) y dogmática (retorno a la ortodoxia normativa), con discursos frecuentes y repetitivos que inciden escasamente en la conciencia espiritual de la humanidad. Advertimos que nuestra Iglesia mira con recelo los cambios, el pluralismo, la laicidad y la democracia. Nunca nos gustó el sentido de la expresión "humanismo cristiano", casi tan inadecuado como el "humanismo de tradición occidental".

5. Los intentos posconciliares de encontrar una nueva espiritualidad son todavía fragmentarios e insuficientemente unificados. Nótese que en estas últimas décadas, la espiritualidad cristiana se debate entre la involución o retorno a la espiritualidad del barroco, propia del s. XIX y primera mitad del s. XX, y la asunción de un cristianismo encarnado, comprometido, evangélico y evangelizador. Al mismo tiempo, frente a un abandono de la práctica religiosa e incluso de la fe cristiana por una parte de la sociedad occidental, se mantiene una clara preocupación por la espiritualidad. Este congreso es una muestra.

6. Nuevas formas de espiritualidad sustituyen a las tradicionales, incluso en el ámbito difícil e imprevisible de la juventud. Para explicar el doble fenómeno de la secularización y el retorno la religión, conviene tener en cuenta la recuperación del cristianismo evangélico liberado de muchas sospechas y el desencanto de un optimismo secular de años anteriores. Todo eso fomentó la búsqueda de una nueva espiritualidad, que abarca cuerpo y espíritu, persona y masas, transcendencia e inmanencia. Influyen asimismo las espiritualidades orientales, especialmente las asiáticas, gracias al mutuo diálogo cultural y religioso de personas creyentes entre Occidente y Oriente.

7. Hacemos nuestra la espiritualidad de la liberación, cuyos rasgos más sobresalientes son la fe en el Dios de la vida, la solidaridad con los excluídos, la opción por los pobres, el reconocimiento de la gratuidad del amor de Dios, la alegría pascual, la "infancia espiritual" y el "seguimiento" de Jesús.