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Actualizar el jubileo

JUAN A. ESTRADA
 

- El año de gracia del Señor (Isaías  61,1-2) es uno de los símbolos fundamentales de la concepción de Dios en la tradición hebrea. Dios es ante todo, el que salvó al pueblo de la esclavitud de Egipto, el Dios del éxodo, que ofrece un futuro a un pueblo de esclavos y  promete una tierra a unas tribus nómadas, como era Israel. Sabemos que la concepción hebrea es la de un Dios de la historia y que sólo tardíamente se incorporan otras dimensiones al credo nacional israelita, como la del Dios creador. Dios no es para Israel una potencia cósmica, ni siquiera una fuerza trascendente más allá de la historia, sino alguien que interviene en favor del pueblo y que hace de los débiles, los huérfanos y los extranjeros, que son distintas tipologías para hablar de los pobres en el Oriente próximo, los destinatarios principales de su acción salvadora. El año de gracia expresa esta concepción desde una llamada a restituir la tierra pérdida a los desposeídos, a perdonar las deudas, a liberar los esclavos y a restablecer la fraternidad hebrea.

Jesús continúa esta tradición y la actualiza (Lucas 4,18-19). El signo fundamental de su actividad está en que hay buena noticia para los pobres, libertad para los cautivos y oprimidos y vista para los ciegos. Desde ahí hay que comprender sus exorcismos y milagros, sus disputas con las autoridades religiosas, su impugnación de la ley, así como sus críticas a los fariseos y personas religiosas que se creen puros y mejores que los demás. No cabe duda de que Jesús se inscribe en la tradición profética del Antiguo Testamento y que desplaza el centro de la religión, de la ley y el culto, a la relación interpersonal, que es aquella en la que se juega la misma vinculación con Dios. Ahí es donde hay una radicalización, ya que no sólo se critica el hacer el mal a los otros, sino también los pecados de omisión, es decir, la indiferencia ante las situaciones de sufrimiento humano (Mateo 25, 31-46), el pasar de largo ante el prójimo caído en el camino (Lucas 10.25-37).

El cristianismo primitivo continúa con esa tradición, que tiene en las cartas de Santiago y Juan testimonios significativos (Santiago 2,5-18; 1 Juan 1,9-11). Hay que continuar la obra liberadora de Jesús, que se traduce en evangelio para los pobres y oprimidos. De ahí, la rica tradición patrística, que pone la justicia y la solidaridad como eje vertebral de la religión. En buena parte, la historia de la pobreza en Occidente se confunde con la de la misma Iglesia, ya que ha sido ésta la que se convirtió en plataforma de atención a los pobres, en refugio de los enfermos y en institución asistencial por antonomasia para los más débiles. Antes de que el Estado asumiera muchas funciones asistenciales, ha sido la Iglesia, con todas sus inconsecuencias y contradicciones, la gran institución benefactora, asistencial y caritativa de Occidente.

Esta larga tradición ha conocido tres fases fundamentales, que hay que tener en cuenta al celebrar el Jubileo del año 2000. Por un parte, una primera que se extiende hasta la modernidad en la que la Iglesia fue sobre todo institución asistencial, con una red de hospitales, refugios, orfanatos, centros de distribución de alimentos, etc. En ellos encontraba cobijo buena parte de la población más indigente que subsistía por medio de las obras caritativas. Había que practicar las obras de misericordia y para eso nacieron muchas órdenes religiosas, en la que la asistencia a los pobres, en sus diversas facetas, era un elemento fundamental del carisma fundacional.

Una segunda etapa comienza con la modernidad, a partir de la invención de la imprenta, de la generalización progresiva de la educación, y del acceso de las clases bajas a la enseñanza. Cambia la manera de entender la buena noticia para los pobres. Ya no se trata de dar de comer al hambriento, sino de enseñarlo a ganarse el pan. Proliferan las órdenes educativas que tienen como objetivo la enseñanza a los pobres y se crea una tupida red de escuelas y colegios católicos, que hacen de la Iglesia la gran institución educativa de Occidente, durante siglos, mucho antes de que lo hiciera el Estado. Hay conciencia de que el capital por excelencia es el humano y de que enseñar a ganarse la vida es mucho más importante que repartir alimentos. La formación de las clases pobres se convierte en el objetivo preferente de los grupos eclesiales con mayor dinamismo evangélico.

La tercera etapa es la actual y tiene como punto de partida la revolución industrial y la revolución francesa. Se inició hace dos siglos, aunque la Iglesia se incorporó a ella con un retraso de casi un siglo, como consecuencia de su identificación con la aristocracia y la burguesía terrateniente, así como por su lejanía del creciente proletariado industrial de las ciudades. El siglo XIX fue el de la pérdida de la clase obrera, sobre todo en los países del sur de Europa, y hay que esperar a finales de siglo para que se comience a desarrollar una doctrina social que traduzca la buena noticia evangélica a las condiciones de vida del proletariado industrial de las nuevas sociedades. Poco a poco se va tomando conciencia de que hay que evolucionar en la defensa de los pobres y surgen jalones que van cristalizando una nueva mentalidad, que madura en torno a los años sesenta con el concilio Vaticano II.

Los nuevos tópicos de esta mentalidad son los del pecado colectivo y las estructuras de pecado. Se toma conciencia de que no hay pobres por designio divino ni por la incapacidad productiva de la naturaleza, sino que hay empobrecidos. Las condiciones socioeconómicas de vida son las que determinan el destino de mucha gente, de tal modo que podemos predecir con bastante dosis de acierto el promedio de delincuencia, marginación y pobreza que van a afrontar muchos niños que nacen en la periferia de nuestras ciudades, con condiciones de vida deplorables. Tras la fase asistencial y la educativa, surge una nueva conciencia política: La pobreza es el resultado de determinada organización de la sociedad. La revolución científico-técnica la llevado consigo un incremento de la productividad, que haría posible acabar con la miseria de pueblos y clases sociales enteras. El problema ha dejado de ser el de incapacidad tecnológica, para convertirse en un problema ético, político y también religioso. Por primera vez en la historia humana es posible un cambio cualitativo, que acabe con la miseria de pueblos enteros y que asegure la satisfacción de las necesidades primarias y secundarias a la práctica totalidad de la población.

Surge así una teología social y política, una espiritualidad del compromiso, una opción por los pobres, y una mayor integración de los cristianos y de la misma Iglesia en cuanto comunidad e institución en la construcción de una sociedad solidaria, que asegure un mínimo a todos los ciudadanos. El Estado social, las leyes de educación obligatoria, la jubilación y el derecho a la asistencia sanitaria son también reflejo de esta nueva conciencia que, poco a poco, se ha ido imponiendo en la conciencia de la mayoría de los ciudadanos. Es lo que lleva también a la intervención creciente de la Iglesia y los cristianos en los problemas socioeconómicos. La evangelización de los pobres forma parte de la construcción del reinado de Dios en la sociedad humana. De ahí, el significado simbólico de la doctrina social jerárquica, de la teología política centroeuropea y de la teología de la liberación latinoamericana. El símbolo de esta nueva actitud es el obispo Helder Camara, una figura relevante del profetismo católico en el siglo XX. Cuando me ven alimentar a los pobres dicen que soy un santo, afirmaba Helder Camara, cuando pregunto por qué hay tantos pobres dicen que soy comunista. La suerte de los pobres comienza a convertirse en piedra de toque de la capacidad evangélica de la propia Iglesia. Y cambia el concepto de pecado, que pasa de la sexualidad a la justicia como ámbito fundamental en el que se expresa la relación con Dios y con los demás.

En el contexto del Jubileo del año 2000, hay que abrirse a la nueva situación que se está creando. Es el final de una época de cambios, la del siglo XX, en favor de un cambio de época: Un nuevo orden internacional, la globalización como hecho y como ideología, que llevan consigo grandes convulsiones. Aparecen nuevas categorías de pobres: países enteros que viven en la miseria y que tienen a África como símbolo fundamental; mujeres y niños que son sobreexplotados económicamente; inmigrantes e «ilegales» que huyen de la pobreza y, a veces, de la violencia y la persecución política; amplios sectores de la población, incluso en los países ricos, que quedan marginados de la prosperidad colectiva (jubilados, parados jóvenes, trabajadores con contratos basura, subsidiados que reciben un escaso salario social, indigentes, presos, etc.). Surgen las nuevas formas de pobreza dentro de las sociedades ricas y en el contexto de un orden planetario que debilita las barreras nacionales y estatales.

El Jubileo del año 2000 plantea a las Iglesias su capacidad evangélica para continuar con la tradición del Dios que salva a los pobres y libera a los oprimidos. La instalación de las viejas Iglesias en las ricas cristiandades primermundistas las incapacita para asumir un papel profético, asistencial, educativo y de toma de conciencia sociopolítica, ante el nuevo orden internacional que se está creando. La imagen que tienen los nuevos pobres de la Iglesia católica, así como la función que ésta ejerce en favor o en contra de sus intereses, luchas y problemas, es la que va a determinar el tipo de catolicismo del siglo XXI.

El Jubileo del 2000 es también una llamada a la conciencia eclesial colectiva ante los crecientes problemas de la deuda externa, que bloquea a los países subdesarrollados, la existencia de un cuarto mundo que no tiene salida ninguna con el actual orden internacional y la política policiaca y jurídicamente represora con respecto de los emigrantes que se está imponiendo en Europa. 
La Iglesia tiene una posibilidad nueva hoy de recuperar terrenos perdidos desde el siglo XIX. La caída del comunismo puede contribuir a eliminar fantasmas y miedos eclesiales para redescubrir el rostro inhumano de la sociedad de mercado que hoy se nos impone: Un orden neoliberal que absolutiza la competitividad y el individualismo; la explotación indiscriminada de los recursos, que hipoteca la suerte de las generaciones venideras; el desequilibrio creciente del planeta, que genera crisis ecológicas cada vez más agudas; el desmantelamiento del Estado social, que deja indefensos a los más pobres; el despilfarro de las sociedades consumistas en base a bajos precios de las materias primas, que son las que ofrecen los países pobres, etc. 

Hay que cobrar una conciencia eclesial planetaria y suscitar la solidaridad internacional para que el Jubileo del 2000 no sea una oportunidad perdida, ni se quede en meros fastos ornamentales, sin más consecuencias para el cristianismo. Son los pobres los que tienen que devolver a la Iglesia su lugar evangélico, porque sólo desde ahí se puede descubrir al Dios de la tradición bíblica, que cada vez tiene menos lugar en nuestras sociedades secularizadas de la abundancia. Ahí se juega el futuro del cristianismo y éste es el reto más decisivo que afrontamos a comienzos del tercer milenio. Y es que una Iglesia al margen de los pobres y de los pecados estructurales que los generan habría dejado de ser cristiana. Se degradaría a mera institución religiosa, asistencial y educativa de las sociedades europeas. Habría perdido toda capacidad de contraste y sería una Iglesia sin futuro cristiano, aunque subsistiera desde la perspectiva sociológica y política.
 

Utopía, nº 35, 2000: 17-19.

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