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  - Declaración Dominus Iesus [texto completo]
Ante la declaracion vaticana 'Dominus Iesus'
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Le Declaración Dominus Iesus, firmada por el prefecto de la Congregación para la Doctrina de la Fe, ratificada y confirmada por el papa Juan Pablo II el 6 de agosto de 2000 y hecha pública el 5 de septiembre, está siendo comentada ampliamente en los medios de comunicación social de todo el mundo. Por sus repercusiones negativas en el campo del ecumenismo y del diálogo interreligioso, y porque afecta directamente a la reflexión teológica de las Iglesias, los teólogos y teólogas abajo firmantes queremos expresar algunas observaciones críticas en estos momentos de desconcierto, tanto en ambientes católicos como entre quienes vienen trabajando por un diálogo constructivo en otras iglesias cristianas y en las grandes religiones universales.

Queremos subrayar, en primer lugar, la inoportunidad de su publicación. Mientras que la carta papal Tertio millennio ddveniente expresaba el deseo de entrar en el nuevo milenio alcanzada la plena comunión entre los cristianos" (n. 16), la presente Declaración abre una brecha entre las iglesias cristianas que durará tiempo en cerrarse. Dominus Iesus nos parece inoportuna porque, en el año del perdón y la reconciliación, ha sacado a la luz viejos contenciosos que creíamos ya superados. ¿Cómo puede seguir hablándose hoy de "la Iglesia verdadera" (la católica) frente a las "iglesias particulares" (ortodoxas) y las "comunidades eclesiales" (protestantes y anglicanas) "que no son Iglesia en sentido propio" (n. 17). ¿Cómo puede decirse que los no cristianos se encuentran "en situación gravemente deficitaria" (n. 22) en relación con la salvación?

Resulta inoportuna también en la descripción negativa que hace de la sociedad y de la cultura de Occidente. Ante un horizonte tan sombrío como el que, según Dominus Iesus, acecha a la Iglesia católica, ésta se cree en el deber de adoptar posturas beligerantes contra "teorías de tipo relativista, que tratan de justificar el pluralismo religioso, no sólo de facto sino también de iure (o de principio)" (n. 4) y "cuyas raíces... hay que buscarlas en algunos presupuestos, ya sean de naturaleza teológica o filosófica, que obstaculizan la inteligencia y la acogida de la verdad revelada" (n. 4). Con esta actitud se está cuestonando, cuando no negando, el pluralismo, que es uno de los valores funmdamentales de la cultura actual.

El estilo de la Declaración está más próximo al Syllabus de Pío IX que a los documentos del concilio Vaticano II o a los textos de Juan XXIII, Pablo VI y Juan Pablo II.

El texto de la Congregación vaticana muestra una clara insensibilidad ante algunos de los logros alcanzados a lo largo de varias décadas de actividad ecuménica, tanto en el terreno doctrinal -recuérdese la Declaración conjunta luterano-católica sobre la doctrina de la justificación de la fe- como en el pastoral. Conviene recordar que las iglesias no sólo hablan a través de la doctrina. Su mensaje llega también por medio de signos elocuentes y de gestos proféticos, como los siguientes: la entrega por el papa Pablo VI de su anillo pastoral al arzobispo de Canterbury; el abrazo del mismo papa al patriarca Atenágoras en Jerusalén; la plegaria convocada por el papa Juan Pablo II en Asís junto a los líderes religiosos del mundo; la visita del mismo papa, por primera vez, a la sinagoga de Roma y su proclamación solemne ante los rabinos allí congregados de que "los judíos son nuestros hermanos mayores"; la oración de Juan Pablo II en el muro de las Lamentaciones; la reciente petición de perdón por los pecados cometidos por la Iglesia católica; la apertura de la Puerta del Año Jubilar por el papa, acompañado del primado de la Comunión Anglicana y de un representante del Patriarcado de Constantinopla.

Tres son los aspectos de la Declaración que nos parecen especialmente preocupantes: su estrecha concepción del diálogo, la expresión "subsiste en" y el concepto de "salvación".

El horizonte de fondo de Dominus Iesus es el diálogo ecuménico e interreligioso, cada uno en su propio estatuto. Sin embargo, su concepción del diálogo resulta claramente reduccionista. Lo considera, es verdad, "parte de la misión evangelizadora" de la Iglesia católica. Pero, cuando afirma que "la paridad, que es presupuesto del diálogo se refiere a la dignidad de la dignidad personal de las partes, no a los contenidos doctrinales" (n. 22), no dice toda la verdad sobre el diálogo. El decreto del Vaticano II sobre ecumenismo considera necesaria la paridad dialogal, "de igual a igual", de donde puede surgir una mayor esclarecimiento, no sólo de las doctrinas de los otros, sino "incluso de la verdadera naturaleza de la Iglesia" (n. 9). El diálogo implica siempre "enriquecimiento mutuo".

La Declaración ignora afirmaciones fundamentales de la encíclica Ut unum sint de Juan Pablo II (nn. 28-39) sobre el diálogo ecuménico y sus estructuras locales, el diálogo como examen de conciencia y como método para dirimir las divergencias. En esta encíclica se afirma que "el diálogo ecuménico, que anima a las partes implicadas a interrogarse, comprenderse y explicarse recíprocamente, permite descubrimientos inesperados" (n. 38). La rigidez de la Dominus Iesus contrasta con el talante esperanzado y la apertura de otros documentos como Ecclesiam suam de Pablo VI y la encíclica antes citada de Juan Pablo II.

Buena parte del malestar producido por la Declaración en ambientes cristianos se refiere a una fórmula que, en su momento, despertó esperanzas ecuménicas: "La Iglesia de Cristo subsiste en la Iglesia católica romana", que sustituía a la fórmula "La Iglesia de Cristo es la Iglesia católica". Dicha sustitución, llevada a cabo por el concilio Vaticano II, era más que un mero cambio de vocabulario. Con la nueva formulación, el concilio pretendía evitar la identificación exclusiva y excluyente de la "Iglesia de Cristo" con la "Iglesia católica". El que la Iglesia de Cristo subsista en la Iglesia católica no excluye que subsista también en otras comunidades cristianas. Si se obvió la identificación total entre Iglesia de Cristo e Iglesia católica romana fue para reconocer la eclesialidad de las otras comunidades cristianas. Pues bien, el reduccionismo que en este punto se observa en la Dominus Iesus nos parece peocupante.

La categoría de salvación, implicada directamente en el diálogo interreligioso, es tratada en la Declaración de manera exclusivista. Por ello ha irritado, creemos que con razón, a no pocas personas creyentes de las grandes tradiciones religiosas de la humanidad. Según el texto, la idea de que "la Iglesia peregrinante es necesaria para la salvación... no se contrapone a la voluntad salvadora universal de Dios" (n. 20). Sin embargo, a la hora de aclarar la referida compatibilidad se recurre a expresiones confusas y crípticas como "la misteriosa relación" con la Iglesia católica de quienes no son formal y visiblemente miembros de ella" (n. 20).

Algunas expresiones de la Declaración nos parecen, cuando menos, discutibles desde el punto de vista doctrinal y ciertamente ofensivas para las personas creyentes de otras religiones. Así, por ejemplo, cuando afirma que "a las oraciones y ritos (no cristianos)... no se les puede atribuir un origen divino ni una eficacia salvadora ex opere operato, que es propia de los sacramentos cristianos" (n. 21). O, cuando dice que "los no cristianos objetivamente se hallan en una situación gravemente deficitaria si se compara con la de aquellos que, en la Iglesia, tienen la plenitud de los medios salvadores" (n. 22).

Dominus Iesus afirma solemnemente que "Dios quiere la salvación de todos por el conocimiento de la verdad. La salvación se encuentra en la verdad". Nosotros preguntamos críticamente: ¿sólo es posible la salvación cuando la verdad es conocida y poseída? ¿No asegura la salvación la búsqueda de la verdad? Creemos que hubiera sido más acertado e inteligente en este punto que la Declaración llamara a seguir los dictámenes de la propia conciencia y a la coherencia entre la vida y las creencias, aunque no sean cristianas, en relación con la salvación.

Con la publicación de este documento de la Congregación para la Doctrina de la Fe se ven afectados negativamente, sin duda, la larga trayectoria ecuménica en la Iglesia católica y el diálogo interreligioso e intercultural en el que estamos comprometidos numerosos creyentes de las distintas religiones del mundo.


Firman este documento: E. Aguiló (Sevilla); J. Bosch (Valencia); J.-Mª Castillo (Granada); J.-Mª Díez-Alegría (Madrid); L. Diumenge (Madrid); C. Domínguez (Granada); J.-A. Estrada (Granada); J. Equiza (Navarra); C. Floristán (Madrid); B. Forcano (Madrid); M. García-Ruiz (Madrid); J. Gómez-Caffarena (Madrid); J.-I. González Faus (Barcelona); J.-Mª González Ruiz (Málaga); A. Ibáñez (Madrid); J. Lois (Madrid); J. Llopis (Bacelona); C. Martí (Barcelona); Fco. Martín (Badajoz); E. Miret (Madrid); A. Moliner (Barcelona); J.-L. Moral (Madrid); S. Movilla (Madrid); J. Ortigosa (Madrid); F. Pastor (Madrid); J. Peláez (Córdoba); M. Pintos (Madrid); R. Pou (Vic); J. Ruiz-Díaz (Madrid); F. Sanz (Avila); J.-J. Tamayo-Acosta (Madrid); A. Tamayo-Ayesterán; A. Torres Queiruga (Santiago de Compostela); R. Velasco (Madrid); J. Vico (Madrid); E. Villar (Madrid); J. Vives (Barcelona).

Apoyan el documento los/as siguientes teólogos/as latinoamericanos/as y europeos/as: L. Boff (Brasil); J. Sobrino (El Salvador); Mª.-P. Aquino; S. Arce (Cuba); J.-Mª Vigil (Nicaragua); M. Villamán (R. Domincana); L. Gallo (Colombia); N. Lozano (Colombia); J. Torres (Argentina); Irma Hernández (Puerto Rico); E. de la Lerma (Argentina); V. García (Nicaragua); F. Albertini (Alemania); M. Soler Palá (Puerto Rico).