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La crítica en la Iglesia
JOSÉ Mª GONZÁLEZ RUIZ
 
Mons. John R.Quinn fue arzobispo de San Francisco y presidente de la Conferencia Episcopal Norteamericana de Obispos Católicos. Posteriormente dimitió para dedicarse a la tarea de escritor, impartir retiros espirituales y pronunciar conferencias. De su obra La reforma del papado (Herder 1999) extraigo lo más esencial sobre "La crítica en la Iglesia": 

El Concilio Vaticano II habló de la reforma de la Iglesia. Y así, el Decreto sobre el Ecumenismo afirma:

"La Iglesia, peregrina en este mundo, es llamada por Cristo a esta reforma permanente de la que ella, como institución terrena y humana, necesita continuamente"(§6).

Al escuchar estas palabras, podría pensarse que el Concilio está hablando únicamente de la conversión de cada uno de los cristianos. Pero no es así. El Decreto continúa: 

"De modo que si algunas cosas, por circunstancias de tiempo y lugar, hubieran sido observadas menos cuidadosamente en las costumbres, en la disciplina eclesiástica o incluso en el modo de exponer la doctrina -que debe distinguirse cuidadosamente del depósito mismo de la fe-, deben restaurarse en el momento oportuno recta y debidamente"(§6). 

La práctica de la Iglesia, las leyes eclesiásticas, incluso la doctrina de la Iglesia, están sujetas a reforma y "deben restaurarse en el momento oportuna y debidamente". 

Según el Vaticano II la reforma continua de la Iglesia no sólo es necesaria para los individuos y para la Iglesia como tal, sino que es de importancia crucial para cualquier esperanza de alcanzar la unidad cristiana. Esto parece una perogrullada, pero el texto latino del Decreto utiliza la palabra insigne, queno significa simplemente "notable" (sino la nota distintiva que hace que algo sobresalga.

Pero si hay resistencia a la reforma dentro de la Iglesia, hay más resistencia todavía a la crítica. El periodista italiano Giancarlo Zizola refiere que el cardenal Angelo Sodano, secretario de Estado del Vaticano, afirmó: "Si amas, entonces no criticas". Estas palabras recogen muy bien la actitud de muchas personas en Roma y de muchos católicos en todo el mundo. ¿Por qué sucede esto? ¿Ha sido siempre así? La historia, que es maestra de la vida, indica que esta aversión a la crítica no fue siempre la actitud predominante. Durante los siglos XV y XVI, con anterioridad al Concilio de Trento, una crítica vigorosa, asociada frecuentemente con la reforma, era formulada por los predicadores de la corte pontificia, incluso cuando predicaban en presencia del papa. La crítica abierta contra el papa y contra las autoridades eclesiásticas se iba haciendo clamorosa. Pero no comenzó en el siglo XV. A principios del pontificado de Gregorio VII, en el siglo XI, sus reformas fueron criticadas por los obispos alemanes en el Sínodo de Worms del año 1076. Acusaban al papa de violar las estructuras apostólicas y de arrebatar a los obispos el poder de atar y desatar. La literatura sigue la misma trayectoria. Por ejemplo, Dante, en La divina comedia, condena al castigo eterno incluso a sus contemporáneos Nicolás III, Bonifacio VIII y Clemente V.

La crítica era también un rasgo común de los santos y de los intelectuales de ese período. En un sermón dice san Bernardo: 

"Ayer decíamos que debemos querer tener dirigentes que nos guíen realmente por nuestra senda, en vez de los dirigentes que tenemos ahora. Nuestros 'dirigentes' actuales son precisamente todo lo contrario. Les gustan las prebendas y las aman más que el amor que sienten por Cristo. Pues se han entregado a sí mismos a Mammón. Mostradme un obispo que no se preocupe más de vaciar de dinero las bolsas de su pueblo que de librar de pecados las almas de ellos". 

En noviembre de 1536, el papa Paulo III, que pensaba en la celebración de un gran concilio, creó una comisión para que formulara recomendaciones acerca de las apremiantes cuestiones con que la Iglesia tenía que enfrentarse. El presidente de esta comisión era el cardenal Gasparo Contarini, un hombre docto, distinguido y santo. Formaban parte también de la comisión el futuro papa Paulo IV y el cardenal inglés Reginald Pole. Es significativo que Paulo III, como Juan Pablo II en un época posterior, tomara la iniciativa de solicitar críticas acerca de la situación existente. El informe fue presentado el 9 de marzo de 1537, después de una pequeña preparación que duró aproximadamente cuatro meses. El informe de Contarini refería claramente que "todos los abusos eran el resultado de las exageradas pretensiones formuladas por los juristas curiales acerca de la naturaleza absoluta del poder pontificio. Y criticaba especialmente la doctrina de que el papa era libre de hacer lo que le viniera en gana con los bienes materiales y espirituales de la Iglesia. Roma era considerada responsable de la falta de disciplina, del desorden y de los abusos existentes en toda la Iglesia". 

Con gran lujo de detalles el informe hablaba de los casos de simonía, de lo difundido que estaba el abuso de que los obispos no residieran en sus diócesis ni se preocuparan de ellas, del fomento de devociones supersticiosas entre la gente, de lo fácilmnte que se administraban las sagradas ordenes a personas que no estaban cualificadas ni preparadas para ello, y también de otros abusos, demasiado numerosos para ser enumerdos aquí.

El informe se filtró a un impresor romano, y una traducción alemana se publicó en 1538, que provocó comentarios mordaces de Lutero y que sólo sirvió para confirmar sus ataques contra la Iglesia católica. Esto hizo que se desarrollara la convicción de que la crítica se expresara en círculos restringidos, y defenderlo todo a ultranza. Habían pasado los días de san Bernardo y de santa Catalina de Siena. 
 

La reverencia al papa: una razón contra la crítica 

El temor a incitar ataques contra la Iglesia se convirtió en un motivo destacado para oponerse a las críticas nacidas dentro del seno de la Iglesia. La reverencia al papa "especialmente la que se desarrolló a partir del siglo XIX, fue otro factor que militó contra las críticas nacidas dentro del seno de la Iglesia. Durante el siglo XIX las grandes agitaciones sciales y culturales de Europa y la situación de acoso en que vivía el papa a causa de los ataques contra los Estados Pontificios y de la final ocupación de los mismos,hicieron que el papa llegara a ser considerado como fuente de estabilidad y de verdad, y que incluso llegara a identificársele con Cristo Un obispo suizo, en un sermón pronunciado al comienzo del Concilio Vaticano I, hablaba de la "encarnación del Hijo de Dios... en el anciano del Vaticano". Hasta entonces el motivo tradicional para peregrinar a Roma había sido el de orar ante las tumbas de los apóstoles san Pedro y san Pablo. Pero ahora el motivo para ir a Roma era el de ver al papa. Y así comenzó a desarrollarse la alta prioridad de la "devoción al papa". Contribuyó también a este desarrollo de las cosas la definición de la infalibilidad del papa. Para entenderlo tenemos que distinguir entre lo que el Vaticano I enseñó realmente y la conciencia popular acerca del sentido de esta doctrina. El Conilio Vaticano I, reafirmado por el Concilio Vaticano II (Lumen gentium §18), enseñó que el papa, como cabeza del Colegio de los Obispos y Sucesor de Pedro, tenía la misma infalibilidad que se garantiza a la Iglesia. Cuando la Iglesia entera se halla unida en la creencia de que una verdad ha sido revelada, entonces la Iglesia no puede incurrir error. Tal fue el principio enunciado por san Agustín y que resultó tan importante para Newman en su Essay on the development of christian doctrine: 'Securus iudicat orbis terrarum' ("El juicio del mundo entero es cierto").

La infalibilidad no garantiza que una definicion pontificia sea prudente, sabia u oportuna. No garantiza que los argumentos utilizados para apoyar la definición sean concluyentes e incluso correctos. La prerrogativa de la infalibilidd garantiza únicamente que lo que se ha definido es verdadero. Newman, por ejemplo, insistia mucho en su creencia en que la definición de la infalibilidad pontificia no era sabia ni prudente. Por una cosa: él sentía que esa definición crearía un obstáculo insuperable para la conversión a la Iglesia católica. Pero, cosa intresante, él también creía que sería prácticamente imposible expresar en palabras con suficiente exactitud la verdad sobre la infalibilidad, y que, una vez definida, conduciría a innumerbles debates acerca de si talo cual declaración del papa era infalible o no.

Pero hay más. La doctrina católica enseña que la infalibilidad pontificia se produce por asistencia divina, no por inspiración. Esto significa que la infalibilidad pontificia no se origina porque el papa reciba alguna clase de iluminación o visión sobrenatural, o porque él posea dotes personales de inteligencia o intuición que no hayan sido concedidas a otros. La infalibilidad pontificia se produce por la providencia de Dios sobre la Iglesia, lo cual significa que el papa debe recurrir a todos los medios disponibles para descubrir la verdad, y que está obligado a sopesar con prudencia los pasos que conducen a una definición.

Ahora bien, la definición de la infalibilidad pontificia, la reverencia hacía el papa y el orientarse tanto hacia su persona, así como la centralización cada vez mayor del Vaticano, son factores que han tendido -todos ellos -a ampliar la idea de una asistencia divina ya convertirla en una especie de inspiración divina continua. Esta mística, que ha llegado a envolver y rodear de un nimbo a la persona del papa, especialmente desde el siglo XIX, crea una barrera psicológica que impide hablar en términos críticos sobre las políticas, declaraciones o acciones del papa.

Por ejemplo, hay divergentes opiniones acerca de los procedimientos relativos a la evaluación, inquisición y condenación de los escritos de teólogos, acerca de las políticas de Roma en sus relaciones con las conferencias episcopales, acerca de los procedimientos para el nombramiento de obispos. Puesto que todos esots actos forman parte de la categoría de las decisiones administrativas o de la adopción de políticas, no hay ninguna virtud ni principio alguno de fe o de razón que prohíba una variedad de puntos de vista sobre tales temas. Pero existe una actitud reacia por parte de muchos católicos y especialmente de obispos a decir nada que sea negativo, por temor a quebrantar la reverencia debida al ministerio pontificio. La referencia al papa es entonces otro factor que refuerza la resistencia a la crítica en el seno de la Iglesia.
 

Los medios de difusión: una causa moderna de resistencia a la crítica

Además de las dos causas, ya mencionadas, para que los dirigentes eclesiásticos se resistan a la crítica (la reverencia hacia el papa y el temor de contribuir a los ataques contra a Iglesia), habrá que mencionar otra tercera causa: el impacto negativo originado por la forma en que los medios de difusión suelen tratar de estos temas. Esta resistencia procede de la preocupación pastoral de los dirigentes eclesiásticos y de su obligación de evitar el escándalo. Los mismos medios de difusión reconocen sus propias defíciencias. Por ejemplo, en junio de 1998, la CNN y el Time Magazine acusaron conjuntamente de que los Estados Unidos habían empleado gas enervante para matar a los desertores durante la Guerra del Vietnam. Pero el 2 de julio se retractaron de esa información. Un artículo editorial del New York Time, enumerando algunas de las razones para ese cambio radical de postura, comentaba:

"Los chismes de los cuarteles y recuerdos no fiables reconstruidos intervinieron en esa acusación dramática, pero realizada sin pruebas. No tienen testimonios suficientes para formular esas acusaciones explosivas. Lo más importante de todo: tenían tanto interés en probar sus acusaciones, que no escucharon lo suficiente a numerosas fuentes que insistían en que sus sospechas no estaban en lo cierto". 

Pocos periodistas, exceptuados algunos que trabajan para los principales medios de difusión, han tenido una verdadera formación en cuestiones teológicas o religiosas. Mientras que los medios de difusión no destinarían a informar sobre acontecimientos deportivos a periodistas que no tuvieran idea de deporte, o a informar sobre acontecimientos políticos a los que no tuvieran idea de la política, no vacilan en destinar a informar sobre asuntos religiosos a periodistas que no tienen idea alguna de la religión, del lenguaje religioso o de las estructuras y de la historia de la Iglesia. Nada de esto oscurece el hecho de que hay también periodistas extraordinariamente competentes, leales y responsables que, incluso (y quizá especialmente) cuando tienen que dar informaciones responsablemente críticas, prestan de este modo valiosos servicios ala sociedad, a la Iglesia ya la libertad.
 

El secreto: una manera de contener la crítica 

Sea lo que sea lo que sucediera en el pasado, tenemos que afrontar el hecho de que en el mundo de hoy día hay pocas cosas que se puedan mantener confidenciales de manera indefinida. Si la política de las autoridades eclesiásticas consiste en retener la información, en proporcionar el menor número posible de informaciones, y en limitarse en buena parte a reaccionar, entonces se ha perdido la posibilidad de presentar en forma exacta y equilibrada un artículo informativo.

Esta deficiencia no puede subsanarse adecuadamente mediante esfuerzos posteriores para esclarecer o corregir distorsiones, sino que causará en la opinión pública la impresión de que se ha ocultado algo, de que ha habido falta de sinceridad, y entonces la credibilidad de la Iglesia sufrirá. Por ejemplo, un mes después de su elección, el papa Juan Pablo I murió de manera repentina e inesperada en el año 1978. El Vaticano tardó muchas horas en anunciar la muerte, e informó que el papa había muerto mientras leía una obra medieval de espiritualidad, titulada La imitación de Cristo. Más tarde se reveló que no era verdadera la noticia de que el papa estuviera leyendo esa obra de espiritualidad. El retraso en el anuncio y la noticia inventada acerca de lo que el papa estaba haciendo al morir, juntamente con la falta de una investigación a fondo sobre las circunstancias que rodearon la muerte del papa, sirvieron tan sólo para reforzar las sospechas de un acto criminal y debilitaron los intentos posteriores para explicar y esclarecer el asunto.
 

Una política oficial de apertura 

Por una ironía del destino, seis años antes de la muerte de Juan Pablo I, el Vaticano había publicado un documento sobre la comunicación, en el que dice lo siguiente acerca del secreto: "Cuando las autoridades eclesiásticas no están dispuestas a proporcionar información o son incapaces de hacerlo, entonces se desencadena un rumor, y el rumor no es portador de verdad, sino que transmite verdades a medias.

El papa Juan Pablo II se refiere al tema de la crítica en la Iglesia actual cuando dice: "Reconocer los fracasos de ayer es un acto de lealtad y de valentía que nos ayuda a reforzar nuestra fe, haciéndonos capaces y dispuestos para afrontar las tentaciones y las dificultades de hoy". 

Estas palabras pudieran inducirnos a creer que es suficiente reconocer las deficiencias del pasado, y que no quedan incluidas las realidades del presente que merecen crítica. Pero el papa sigue diciendo: 

"Un serio examen de conciencia ha sido auspiciado por numerosos cardenales y obispos sobre todo para la Iglesia presente... El examen de conciencia debe mirar también la recepción del Concilio... ¿Se consolida la eclesiología de comunión de la Lumen gentium?" (Tertio millennio adveniente §36). 

Otro ejemplo de crítica contemporánea en el seno de la Iglesia procede del obispo Reinhold Stecher de Innsbruck (Austria), cuyas críticas del papa y de la curia romana tuvieron amplia publicidad. Una quinta parte de los sacerdotes de Austria firmaron la declaración formulada por el obispo Stecher. Teniendo bien presente la reducción cada vez mayor del número de sacerdotes y refiriéndose al decreto del Concilio Vaticano II sobre el apostolado de los laicos, el obispo Stecher afirmaba: 

"Mi verdadera preocupación es la negativa a reconocer la situación pastoral que existe en muchos países del mundo entero, y la negativa a reconocer la importancia teológica de la eucaristía. El Decreto sobre el apostolado de los laicos se preocupa enteramente de defender los derechos de los ministros ordenados. No muestra ninguna preocupación por la salud de la comunidad. De algún tiempo a esta parte hemos venido ofreciendo al pueblo, tácita pero realmente, un camino no sacramental de salvación. Los que están familiarizados con la teología escolástica no podrán menos de dar señales manifiestas de no creer lo que están viendo. Pues esta teología acentúa vigorosamente que, para la salvación, son necesarias la eucaristía, la penitencia y la unción de los enfermos".

Estos ejemplos de crítica formulada en el seno de la Iglesia contemporánea proceden de diversos obispos. Ahora bien, hay otro ejemplo de una crítica más colegial, expresada el 21 de noviembre de 1998 por los obispos de Nueva Zelanda en una audiencia con el papa Juan Pablo II. La declaración de estos obispos tiene el mérito de ser respetuosa y sincera, pero de transmitir al mismo tiempo claramente la conciencia de responsabilidad que estos obispos sienten por la Iglesia -en la comunión que mantienen con el papa-. El portavoz de los prelados, el obispo Cullinane, dijo: 

"Por lo que a nosotros respecta, no queremos ser como aquellos falsos profetas que buscaban su provecho personal diciéndole al pueblo que todo iba bien. Ni para nosotros sería acorde con el espíritu de los apóstoles Pedro y Pablo el hablar de una manera que no fuese sincera sobre nuestras preocupaciones por la Iglesia.
 

La opinión pública: una forma necesaria de crítica hoy día 

No son únicamente dirigentes destacados de la Iglesia los que critican, sino que además hay un conjunto de enseñanzas de la Iglesia que apoyan la crítica formulada bajo el concepto de opinión pública. 

El papa Pio XII (1939-1958) fue el primer papa que utilizó la expresión "opinión pública" refriéndose a la Iglesia: 

"La opinión pública es parte del patrimonio de cualquier sociedad normal constituida por personas. Nos deseamos añadir una palabra acerca de la opinión pública en la Iglesia en aquellas cuestiones que están abiertas a la libre discusión. La expresión de tal opinión sorprenderá únicamente a quienes no conozcan a la Iglesia católica o tengan una opinión equivocada sobre ella. Pues también la Iglesia es un organismo vivo, y le faltaría a su vida un elemento importante, si no se expresara en ella la opinión pública. La culpa de esta deficiencia correspondería a los pastores y a los fieles de la Iglesia" (L'Osservatore Romano, 18/2/1950).

Quince años después de estas palabras de Pio XII, el Vaticano II recogió el tema de la opinión pública: 

"Todos esto exige que el hombre, salvados el orden moral y la utilidad común, pueda buscar libremente la verdad, declarar y divulgar su opinión, cultivar cualquier ocupación y, finalmente, informarse verazmente sobre los conocimientos públicos" (Gaudium et spes §59). 

Siete años después del Concilio, la Santa Sede publicó un extenso documento sobre las comunicaciones, en el cual declara que la opinión pública en la Iglesia no es un simple derecho, sino que es además una necesidad: 

"La Iglesia, por ser un cuerpo vivo, necesita la opinión pública. para mantener un intercambio de ideas entre sus miembros. Sin esto, la Iglesia no puede avanzar en el pensamiento y en la acción. Los católicos deben ser plenamente conscientes de la verdadera libertad para expresar lo que piensan, una libertad que procede de un "sentir de fe" y del amor. Los que ejercen autoridad en la Iglesia tendrán buen cuidado de asegurar que haya un intercambio responsable de opiniones libremente mantenidas y expresadas entre el pueblo de Dios. 

Puesto que es esencial el desarrollo de la opinión pública en el seno de la Iglesia, cada uno de los católicos tiene derecho a toda la información que necesita para desempeñar su papel activo en la vida de la Iglesia" (29 de enero de 1971).
 

Crítica y paciencia 

El crítico evangélico tiene que poseer paciencia evangélica. Los que aman a la Iglesia han de sufrir por la Iglesia. A menudo han de padecer también sufrimientos originados por la Iglesia. Un eximio especialista en ciencias bíblicas, Carlo Martini, señala exactamente lo mismo: 

"'I'odas estas situaciones, que a primera vista nos parecen incomprensibles e inadmisibles -cuando surge en nosotros el clamor: ¡cualquier cosa, pero no eso!- son en realidad las que nos sitúan en el corazón de la manifestación del misterio de Dios". Una persona que padeció mucho a manos de la Iglesia y que, a pesar de todo, amaba a la Iglesia, fue el teólogo francés Yves Congar. Su monumental obra Verdaderas y falsas reformas en la Iglesia, cuando se publicó a comienzos de los años cincuenta, fue eliminada de las bibliotecas católicas, y se prohibió su ulterior venta.

Congar habla de haber recibido de Roma durante un período de nueve años una serie incesante de denuncias, advertencias e intervenciones llenas de desconfianza. Le exigieron que sometiera a Roma todo cuanto escribiese, incluso las breves recensiones de libros. 

Los sufrimientos personales de Congar en la Iglesia -y originados por la Iglesia-, en este caso y en otros casos sucesivos, proporcionan inmensa credibilidad a sus palabras. Después de señalar que la paciencia evangélica significa que los que sufren en la Iglesia tienen que tener la valentía de no negar en la oscuridad lo que han visto en la luz, prosigue diciendo: 

"La paciencia es cierta cualidad de la mente o, mejor dicho, del alma, que se halla enraizada en las siguientes convicciones profundas: primeramente, que Dios reparte las cartas y cumple en nosotros su plan de gracia; en segundo lugar, que, en lo que respecta a las grandes cosas, son necesarias ciertas demoras para que las cosas maduren. 

Los que no saben cómo sufrir no saben ya cómo esperar. Si la paciencia es la del sembrador, entonces tiene que ir acompafiada por la cruz. Los que siembran con lágrimas cosecharán con cánticos. La cruz es la condición para toda obra santa. Tan sólo por medio de la cruz nosotros mismos logramos autenticidad y profundidad en la existencia. Nada es digno de hacerse, a menos que estemos dispuestos a pagar el precio". 

El papa Pablo VI encarna la valentia de la Iglesia y la apertura a la crítica en las siguientes palabras dirigidas a la curia romana: 

"Nos aceptamos con humildad y reflexión la crítica y admitimos lo que se señala con justicia. Roma no necesita ponerse a la defensiva, cerrando los oídos a las observaciones que procedan de fuentes respetadas, y menos aún cuando esas fuentes son amigas y hermanas" (Alocución a Curia Romana de septiembre de 1963). 


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