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Las grandes líneas de la reforma de la Iglesia
 
Juan José Tamayo-Acosta
Director de la Cátedra de Teología y Ciencias de
las Religiones "Ignacio Ellacuría", de la Universidad Carlos III de Madrid

El punto de partida de esta conferencia ha sido la publicación de un artículo mío sobre Un Concilio para el Siglo XXI, aparecido en el diario EL PAÍS, que se ha reproducido en numerosos medios de comunicación tanto en España como en América Latina y ha tenido un amplísimo eco entre las comunidades de base y movimientos cristianos críticos así como entre algunos colectivos sociales preocupados por el rumbo neoconservador que sigue hoy la iglesia católica. .

Voy a dividir mi intervención en dos partes. En la primera haré algunos cortes en la historia del cristianismo para mostrar cómo la reforma de la iglesia no la hemos inventado nosotros, sino que arranca de los orígenes del cristianismo y es una corriente permanente dentro de la iglesia a lo largo de su historia bimilenaria. En la segunda expondré los puntos en los que creo debe centrarse la reforma de la iglesia hoy

1. LAS REFORMAS HAN EXISTIDO SIEMPRE

Los movimientos de reforma siempre han existido en la historia del cristianismo como ha existido en la historia de la política, de la economía o de la cultura. El propio cristianismo surge como movimiento de reforma dentro de judaísmo. No podemos olvidar que las raíces del cristianismo son judías, lo que pasa es que muy pronto, y, a partir del siglo IV, de una manera especial con el reconocimiento de la iglesia como religión oficial del Imperio Romano, el cristianismo adopta un talante antijudío que no se corresponde con sus orígenes. En realidad el cristianismo surge en un momento de mucha vitalidad y de un amplio pluralismo dentro del judaísmo. Movimientos de reforma o de renovación de judaísmo eran bastante frecuentes en tiempos de Jesús. Entre ellos cabe citar el movimiento penitencial liderado por Juan Bautista, los grupos llamados terapéuticos y, por supuesto, el movimiento de reforma que pone en marcha Jesús de Nazaret.
 

1.1. La reforma de Jesús

Jesús fue un judío confeso y convicto que vive su experiencia de fe en la tradición religiosa de su pueblo, de sus padres y madres, de los patriarcas y matriarcal, si bien en el marco de la Libertad (más adelante, hablaré de las mujeres como elemento revitalizador de esta reforma). Jesús sintoniza con algunas de las tradiciones liberadoras de la religión de Israel: el éxodo, el profetismo, la tradición sapiencial, la experiencia orante de los salmistas, las mujeres que animaron la fe del pueblo. Y siempre en conexión con la fe de Abraham, el padre de los creyentes de las tres religiones monoteístas: judaísmo, cristianismo e Islam.

Jesús crítica todo lo que dentro de la religión esclaviza, aliena, mata. Critica las tradiciones deshumanizadoras. Cuestiona lo que no contribuye a la liberación de la persona, como la práctica de la ley, del templo, del sábado, etc., porque no va acompañada de la práctica de la justicia. Corrige las leyes que priorizan el cumplimiento de los reglamentos sobre la atención al ser humano necesitado. En la crítica de la religión, Jesús se adelanta en muchos siglos a la crítica moderna de la religión que van a hacer los llamados maestros de la sospecha.

Jesús introduce una innovación fundamental dentro del judaísmo legalizado y patriarcalizado. Pone en marcha un movimiento alternativo de creyentes y de discípulos, de seguidores y seguidoras, como germen del Reino de Dios. Movimiento marginal que sigue a un marginado e intenta hacer realidad su causa. Dos de las más certeras definiciones de Jesús de Nazaret son las que dan título a dos obras de gran repercusión e influencia durante la última década en la recuperación del Jesús histórico conocida con el nombre de "Third Quest": Un judío marginal, del biblista norteamericano John P. Meier, y Jesús: vida de un campesíno judío, de John D. Crossan, también biblista norteamericano del grupo de investigación "Jesús Seminar'. Jesús lucha desde la marginalidad contra la marginación de que son objeto las personas y los colectivos marginados por la religión y la sociedad judía y por el poder imperial

Unos años más tarde es Pablo, considerado por no pocos historiadores y pensadores el verdadero fundador del cristianismo, quien radicaliza y lleva a término dicha Reforma, liberando a los creyentes procedentes del mundo del paganismo del cumplimiento de las prácticas judías. A partir de su encuentro con el Resucitado, descubre cómo en Jesús de Nazaret la ley es sustituida por la gracia, la esclavitud de la ley por la libertad del Espíritu y las tradiciones del judaísmo por el Evangelio. La resurrección se presenta como la alternativa frente al poder destructivo de la muerte.

Pero la radicalización del proyecto termina por romper con la tradición religiosa del judaísmo y, después de Pablo, los teólogos y los diferentes dirigentes de la iglesia van a presentar el judaísmo como adversario del cristianismo. Lo que supone una perversión de¡ proyecto originario del judío Jesús.
 

1.2. Reforma protestante

Un segundo corte que me parece importante para este tema es el que se refiere a la Reforma Protestante en el siglo XVI. El fenómeno de la Reforma va precedido por una etapa de pre-reforma y es seguida por la etapa de Contra-reforma católica. Ahora mismo estamos en plena Contra-reforma. La Edad Media es un constante fluir de movimientos de reforma, que coinciden básicamente en los objetivos, los proyectos y las propuestas. 

Uno de los objetivos de todos los movimientos medievales de reforma es la desclericalización del cristianismo, porque el clericalismo es visto como una de las más graves perversiones y posiblemente uno de los fenómenos más traumáticos que han desfigurado el rostro de la iglesia y han cambiado su rumbo. Durante buena parte de la historia del cristianismo, la iglesia ha sido identificada con el clero, y con razón, porque éste se apropió desde muy pronto de la eclesialidad que pertenecía a todo el pueblo de Dios

Otro de los objetivos era el protagonismo de los seglares en los distintos campos, sobre todo en la predicación del evangelio, a partir de la igualdad de todos los cristianos y cristianas por el bautismo. 

En todos los movimientos, de reforma hay una llamada a la conversión de la Iglesia a los pobres, marginados y excluidos, que eran mayoría entonces. El momento en que estos tres objetivos están a punto de hacerse de realidad es la Reforma Protestante, liderada por teólogos con una gran visión y lucidez como Lutero, Calvino y Zuinglio y por otros menos conocidos pero de especial relevancia sobre todo en la radical de la Reforma, como Tomas Müntzer, calificado por Ernst Bloch muy certeramente como "teólogo de la revolución" en una obra que tiene este mismo título

¿Cuáles son los principales cambios que implica la Reforma protestante para el cristianismo?

El primero es el de la subjetividad. Estamos en el siglo XVI, en pleno Renacimiento, y el valor por excelencia que se fomenta dentro de esa cultura es la subjetividad. La fe no es un fenómeno institucional, sino una opción personal, una experiencia del creyente en su relación con Dios, que implica a la persona en su totalidad, sin compartimentos estancos. Por tanto, hay que vivirla en el ámbito de la interioridad y de la dimensión profunda del ser para que pueda irradiarse al exterior. Esto, que debemos en buena medida a la Reforma protestante, que todavía hoy, dentro del cristianismo institucional, no es valorado suficientemente, dado que vivimos en plena época de cristianismo institucional y jerarquizado

La Reforma subraya, en segundo lugar, la centralidad de la Biblia, que tuvo efectos positivos cara toda la Iglesia. Gracias a ella hoy la Biblia es un libro que está al alcance de todo el mundo. La Biblia como palabra de Dios está por encima del magisterio, por encima de las declaraciones papales, por encima de las órdenes y las normas de la jerarquía eclesiástica Pero la Biblia no como letra muerta sino como un texto vivo, interpretada desde la propia subjetividad y no desde instancias superiores. Ése es un elemento que en la -iglesia católica todavía no está vigente. El peso del magisterio es decisivo y determinante a la hora de interpretar los textos de la Escritura

Pongamos un ejemplo concreto. Cualquiera de los siete sacramentos tiene, según el magisterio oficial, un texto literal en el que se fundamenta la constitución de ese sacramento. El bautismo: "Yo te bautizo en el nombre del padre y del Hijo....... La penitencia: "Todo lo que atares en la tierra, será atado en el cielo...". La Eucaristía: "Esto es mi cuerpo... Ésta es mi sangre". Y así sucesivamente. (Hasta los propios canónigos se consideraban instituidos por Cristo en el Huerto de los Olivos cuando Jesús, al encontrarlos dormidos, les dice: "Dormid ya y descansad").

La tercera aportación de la Reforma protestante al cristianismo es su sentido congregacional, comunitario. La comunidad es el centro de la vida religiosa de las iglesias protestantes tanto en el culto como en el servicio de la palabra. Es ella la que tiene el protagonismo a la hora de elegir al pastor de la comunidad en función de las necesidades de la comunidad, tras un cuidadoso proceso de selección y sin interferencias de instancias superiores.

Me parece fundamental en la Reforma protestante la importancia concedida a la teología de la cruz en la línea paulina ("No quiero predicar más que a Cristo, y a éste Crucificado"), frente a la triunfalista teología de la gloria del catolicismo con el símbolo del Pantocrátor dominando los pórticos de las iglesias. Lutero llega a decir que la cruz es el principio de toda teología. Siguiendo a Lutero y a Pablo, Moltmann habla de " el Dios crucificado" 'y de la cruz como crítica de toda teología cristiana. Sin embargo, creo que Lutero no sacó las consecuencias revolucionarias de dicha teología en el terreno político y social.
 

1.3. Reforma del concilio Vaticano II

El tercer corte histórico que me gustaría hacer es el de la Reforma del concilio Vaticano II (Roma, 1962-1965), impulsada por un papa profético, Juan XXIII (¿Papa y profeta? ¿No es eso una contradicción? En el caso de Juan XXII, al menos, no), tras una etapa de pre-reforma que se inicia después de la Segunda Guerra Mundial en el terreno teológico, litúrgico y bíblico, y culmina con la Reforma conciliar . El Vaticano II puede considerarse el movimiento de reforma más importante que se ha producido en la iglesia católica desde el siglo XVI. El concilio de Trento fue de Contrarreforma y el concilio Vaticano 1, de reafirmación de la catolicidad frente a la modernidad. Juan XXIII, con una perspectiva histórica que creo que no ha tenido ningún papa en el siglo XX y el XIX, ni siquiera León XIII con su "Rerum novarum", orientó a la Iglesia hacia 1a opción por los pobres y por los marginados y hacia el cambio dentro de la comunidad cristiana.

Hay un texto de Juan XXIII que es muy poco conocido y apenas citado donde, a mi juicio, está la clave y la base de las distintas Teología de la Liberación y de la opción por los pobres. En un discurso pronunciado el 1 el 1de septiembre de 1962 afirma: "La iglesia de Jesucristo es Iglesia de todos, pero para los paísessubdesarrollados es la iglesia de los pobres". Este texto estaba marcando la orientación a seguir por el concilio, pero pocos fueron los padres conciliares que siguieron por esa senda. Uno de ellos fue el cardenal Lercaro quien, en un memorable discurso pronunciado en el aula conciliar, afirmó que los pobres son los verdaderos sujetos de la evangelización y que la opción por los pobres era la que debía seguir el concilio. Pero muy pronto los obispos se olvidaron de esa orientación y centraron sus debates en torno a otras dos cuestiones, también de gran interés: la renovación interna de la iglesia y el diálogo con el mundo moderno. Y ahí hicieron importantes aportaciones. En el orden interno pusieron las bases para la democratización de la Iglesia. Con el paso del tiempo, ese programa se quedó en papel mojado. Nunca llegó a producirse el "cambio estructural de la Iglesia", por el que abogaba el teólogo Karl Rahner en un espléndido libro con ese mismo título, que sigue teniendo la misma vigencia que cuando lo escribió hace 30 años. Durante el actual pontificado se han reforzado las prácticas autoritarias y la estructura jerárquico-patriarcal de la Iglesia y se ha olvidado la primavera eclesial del Vaticano II

Los tres momentos del proceso, pre-reforma, reforma y contra-reforma, pueden apreciarse en la actitud adoptada por la jerarquía romana en relación con los propios teólogos que hicieron el Vaticano II. En la encíclica Humani generis (1950), comparable en intolerancia y antimodernismo al Syllabus, Pío XII condena severamente a los teólogos que intentaban desarrollar su reflexión cristiana en diálogo con la modernidad. Condena el evolucionismo, los movimientos histórico-críticos, la vuelta a las fuentes del cristianismo, etc. Algunos de ellos son expulsados de sus cátedras e incluso desterrados etc. (Chenu, Congar, de Lubac... ). Pues bien, los mismos teólogos condenados por Pío XI y la Humani generis fueron llamados 10 años después por Juan XXIII para que liderar y fundamentar la reforma de la iglesia desde el punto de vista teológico. El concilio Vaticano II fue un concilio más bien de teólogos que de obispos, aunque tuvo un componente pastoral importantísimo. Una parte de los documentos y de los contenidos de esos documentos del Vaticano II es tan tomados y extraídos de las obras de teólogos como Rahner, Haering, González Ruiz, Congar, Chenu, etc. Y, sin embargo, los mismo teólogos llamados por Juan XXIII como peritos del concilio, cayeron bajo sospecha durante el pontificado de Juan Pablo 11 y fueron condenados de nuevo, sin que hasta el presente se haya producido su rehabilitación. El casó más emblemático ha sido el Hans Küng, teólogo de Juan XXIII y, casi cuatro lustros después, expulsado de la cátedra de teología de Tubinga ¡Una universidad civil!

La reforma del Vaticano II, en fin, desemboca en su contrario: la contra-reforma y la restauración de Juan Pablo ll y del cardenal Ratzinger con la colaboración necesaria del Opus Dei y de los Nuevos Movimientos Religiosos de corte neoconfesional.
 

2. REFORMA DE LA IGLESIA DE HOY

Cuarenta años después del Vaticano II (el 40 aniversario se celebra el 1 de octubre de 2002) se hace necesaria una nueva Reforma que retome el espíritu del Vaticano II y vaya más allá, intentando responder a los nuevos problemas. Voy a ofrecer algunas de las líneas por donde debería avanzar la Reforma de la Iglesia hoy.
 

2.1. Democratización radical de la Iglesia

La primera línea es la democratización radical de la iglesia. Es un tema prioritario. La democratización radical pasa por la democracia representativa aunque no se reduzca ni se limite a ella. Me parece fundamental tener esto en cuenta. Porque si nuestro proyecto de democratización no se concreta en estructuras democráticas concretas se queda en un discurso idealista, como tantas veces ha sucedido en la teología y en la vida de los grupos proféticos, incluidas nuestras comunidades. ¿Qué quiero decir con esto? Que no se puede seguir hablando de "corresponsabilidad" y de "participación" en abstracto. Al papa y a los obispos se les llena la boca utilizando esas palabras. Y, sin embargo, siguen donde están, en lo alto de la pirámide, sin moverse un ápice. Esas palabras están vacías de contenido y no generan ningún proceso democrático en la iglesia. No dicen nada. No transforman nada.

Hay que hablar abiertamente de democracia dentro de la iglesia. Además, fue el Vaticano II quien puso las bases para ponerla en práctica en el capítulo 2 de la constitución sobre la Iglesia, cuando define a ésta como Pueblo de Dios. Pero ese mismo concilio debe ser leído críticamente, porque en sus propios textos está la contradicción. Si en el capítulo 2 habla del Pueblo de Dios, en el siguiente reafirma la estructura jerárquica de la iglesia por voluntad divina. Al final de la constitución sobre la Iglesia el concilio ratifica la definición de la infalibilidad del papa del Vaticano 1, a cuya luz deben interpretarse los documentos conciliares. (Fue una idea de Pablo VI, una personalidad muy dubitativo, como es sabido, que daba un pasito adelante y dos pasos largos para atrás). Eso supone que los citados documentos, aprobados por todos los obispos del mundo, los interpreta y aplica según su personalísimo criterio el papa, que tiene la última palabra. ¡El papa por encima del concilio! ¿Para qué un concilio entonces? ¿Qué capacidad vinculante tienen sus conclusiones? Así desaparece toda posibilidad de reforma.

En el haber de Juan Pablo II hay que citar las encíclicas sociales innovadoras Populorum progressio y Octogesima adveníens, pero en su debe hay que colocar la Humanae vitae, que publicó en contra del parecer de los propios asesores como Haering que le disuadieron de hacerlo, o la famosa frase ultramontana "el humo del infierno ha entrado en la iglesia".

En suma, el Vaticano 11 presenta a la Iglesia como pueblo de Dios, pero no establece cauces para que ese pueblo exprese su opinión, intervenga en las decisiones y elija a sus representantes. Es un pueblo maniatado, mudo, sin voz ni voto. Los únicos que tienen voto son los cardenales para elegir al papa y los obispos en sus respectivas conferencias episcopales para elegir a sus directivos.

Hay que dar, por tanto, contenido concreto a la democracia en la Iglesia. Y este contenido se traduce en las siguientes prioridades:

Crar un tejido comunitario de base. El tejido comunitario de base está hoy muy debilitado, mientras que crecen numéricamente y se refuerzan los nuevos movimientos religiosos neoconservadores de tendencia espiritualista (neocatecumenales, Comunión y Liberación, Legionarios de Cristo...) ¡Y no digamos el Opus Dei, que controla el escenario del catolicismo oficial Es necesario seguir creando redes comunitarias cristianas de base comprometidas en los distintos ámbitos de marginación y exclusión. Hay que cuidar, alimentar, incluso mimar, las redes que ya existen. Pero no podemos conformarnos con mantener lo que hay. Hay que buscar nuevos espacios donde puedan surgir tejidos comunitarios con savia renovada.

A partir de ese tejido es necesario poner en marcha un proceso conciliar, en la. línea del programa de la corriente Somos Iglesia, que ha sido apoyado por un colectivo de 40 obispos en su mayoría latinoamericanos. Ésta es una de las ideas fundamentales que yo exponía en el artículo Un Concilio para el siglo 00. No podemos pedir un concilio al estilo tradicional: celebrado en Roma, convocado por el Papa y con participación sólo de cardenales, arzobispos, obispos y superiores religiosos mayores. Eso refuerza la estructura jerárquico-autoritaria de la iglesia. La puesta en marcha de un proceso conciliar requiere un movimiento comunitario vivo y fuerte. Sí éste es débil, el proceso conciliar será controlado por la jerarquía y su brazo largo, los movimientos neoconservadores.. Tiene que ser un proceso constituyente o, si se quiere, recreador de la iglesia dentro del nuevo contexto social y cultural.. Y con capacidad de decisión. Hay que recuperar la vieja tesis conciliarista de algunos concilios del siglo XV ¡El concilio por encima del papa! El concilio puede ser un espacio privilegiado de dialogo, debate y confrontación entre tendencias plurales, de argumentación y de consenso, respetando siempre el disenso, que también tiene sus derechos; pero nunca de exclusión.

La necesidad de democratizar de iglesia surge de la igualdad radical de todos los cristianos y cristianas en cuanto hijos e hijas de Dios, bautizados y bautizadas, discípulos y discípulas. Dios no discrimina en función del género, la cultura, la etnia o la clase social. Tampoco lo hace el bautismo, que es un sacramento inclusivo, no excluyente. Por él, todos los cristianos y las cristianas tenemos la misma dignidad. El rasgo común a todos los bautizados es el discipulado en el seguimiento de Jesús. Si alguna diferencia hubiera sería en función de la radicalidad del seguimiento, pero no por el estatus o el rango.

Esta igualdad radical implica eliminar las oposiciones sobre las que se estructura hoy la iglesia. Primero, la oposición clérigos-laicos: la existencia de clérigos remite derechamente a la existencia de laicos como subordinados; la existencia de laicos remite a la existencia de clérigos como los que protegen los derechos de los laicos. Y. eso es una trampa, porque los clérigos ni conceden los derechos ni los protegen, sino que se apropian de ellos y se los arrebatan a los cristianos y cristianas. Siempre he estado en contra de una teología del laicado, porque remite a una teología de la clerecía. La oposición clérigos-laicos debe ser eliminada porque genera en si misma dependencia y subordinación en los llamados "laicos", y ser sustituida por el binomio comunidad-ministerios.

Otra segunda oposición a eliminar de raíz es iglesia docente -iglesia discente. Es una de las que más me indignan, porque parte de la idea de que en la iglesia hay personas que lo saben todo y generalmente coinciden con los que mandan; a los obispos se les da el título de doctores en el momento de la consagración episcopal, aunque no sean ni licenciados; se ve que el Espíritu Santo que le llega con la imposición de la mitra les sopla el saber, cosa que no nos sucede al común de los mortales, que tenemos que estudiar mucho para saber muy poquito y hay gente que no sabe nada y que pueden decir mucho a los que tienen el báculo de mando, aunque sean doctores. Según esa división, hay una iglesia sabia y otra analfabeta. Y a ésta hay que mantenerla en su ignorancia porque., es la mejor forma de tenerla sometida. El saber da poder, y la ignorancia, impotencia.

En la comunidad cristiana, todos aprendemos y todo enseñamos. En la iglesia no hay señores ni maestros. Jesús prohíbe llamar señor y maestro a nadie más que a Dios y dice que los primeros serán los últimos y que quienes mandan deben servir, empezando por dar ejemplo él mismo.

La tercera oposición a suprimir es la de jerarquía-pueblo, quizá la más arraigada en el imaginario colectivo de los cristianos. Se trata, igualmente, de una oposición contraria al espíritu y a la práctica del movimiento igualitario de Jesús.

La democratización de la iglesia requiere mantener siempre viva la dialéctica consenso-disenso, sin demonizar a quienes viven, piensan y actúan de otra forma "incorrectamente", a los ojos de la ortodoxia claro está-, ni absolutizar el punto de vista oficial. La disidencia y la heterodoxia tienen sus derechos irrenunciables, y los disidentes tienen su derecho a ejercerlos en un clima de libertad. Además, el derecho al disenso y a la disidencia está inscrito en el corazón mismo del cristianismo. Conviene que haya heterodoxos, recomendaba san Pablo. En la misma línea se expresa el filósofo Ernst Bloch, que abre su libro El ateísmo en el cristianismo con el un aforismo que para mi se, ha convertido en imperativo categórico: "lo mejor de la religión es que crea herejes" Pero no para quemarlos o anatematizarlos, sino para tener en cuenta sus puntos de vista. Pues lo que en un primer momento se considera una desviación, es muchas veces una visión anticipadora de algo que termina por aceptarse de forma generalizada.
 

2.2 Elaboración de una declaración de derechos y de deberes de los cristianos y cristianas dentro de la comunidad.

Sin una declaración y una reglamentación de derechos humanos, no es posible la democracia. Y ese es uno de los déficitmás serios de la iglesia católica. ¿Por qué una declaración? Porque los creyentes y las creyentes somos mayores de edad y adultos y tenemos unos derechos a los que no podemos renunciar, salvo que queramos mantenernos en una permanente minoría de edad en el campo de la fe. En una comunidad de hermanos y de hermanas, como es la comunidad cristiana, hay que eliminar todo paternalismo, que prolonga indefinidamente el estado de minoría. "Queremos los derechos humanos dentro de la iglesia, los queremos todos y los queremos ya" Ése podía ser un bueno slogan reivindicativo y enseguida ejercerlos de hecho, aunque no se nos reconozcan, porque están inscritos en la naturaleza misma de la persona y del ser cristiano, y son irrenunciables.

Es necesario recuperar la estructura carismática y ministerial de la iglesia. Los carismas y los ministerios son constitutivos de toda la iglesia y de toda la comunidad. Eso es lo permanente y nuclear. Y el criterio a tener en cuenta para su ejercicio es el servicio y la disponibilidad. En ningún caso el genero, ni la clase social, ni la cultura, ni el color de la piel, ni la procedencia geográfica. En la comunidad cristiana debe haber animadores de la fe, no jerarcas, servidores, no señoresseres humanosadultos, no personas sagradas, testigos de/ amor de Dios entre nuestrossemejantes, no representantes suyos.

A la luz de estos criterios deben revisarse los fundamentos teológico-bíblicos de los actuales ministerios eclesiales, sobre todo de los llamados "ordenados", y de su ejercicio, para ver en qué medida responden al espíritu y a la práctica de servicio de los orígenes del cristianismo. Y es urgente hacerlo para no considerar como "Revelación" lo que es fruto, de una convención humana de otra época que nada tiene que ver con la nuestra, ni para dar por históricamente consolidado algo que creo que es una deformación. Por lo demás, la historia no tiene que ser el argumento definitivo para mantener determinadas formas de ministerio que son contrarias al proyecto igualitario de Jesús de Nazaret.
 

2.3. Nuevas formas de ministerio

Es necesario reinventar nuevas formas de ministerio, en las que se elimine incompatibilidades como "ministerio y sexualidad", "sacerdocio y vida en pareja," y se establezca otro régimen de incompatibilidades, por ejemplo, entre "ministerio y usura" (no vendría mal que se estableciera ya en algunas diócesis españolas, como las de Valladolid, Bilbao.... ), "ministerio y racionalidad económica neoliberal", "ministerio y alianza con el poder", "ministerio y sexismo", etc. Actualmente es en las primeras incompatibilidades en las que se pone el acento, mientras que las segundas se consideran irrelevantes. Y, sin embargo, son éstas y no..aquéllas la que se establecen en el evangelio con una radicalidad inusitada. Jesús dice que no se puede servir a Dios y al Dinero(Mamóm, con mayúscula: el dinero convertido en ídolo). En el evangelio no hay sola prohibición que impida disfrutar del cuerpo, de la sexualidad, del amor.
 

2.4. Perspectiva de género

La reforma de la iglesia tiene que hacerse desde la perspectiva de género. Sin ella tendríamos una iglesia reformada, democrática, abierta a la modernidad, comprometida con- los pobres, pero en definitiva ¡patriarcal!, donde el ejercicio del poder, la interpretación de los textos, la razón teológica, la verdad serían detentados por los varones conforme a la lógica androcéntrica, considerada el canon de toda lógica.

El análisis de género se utiliza hoy en todos los campos del quehacer humano, del saber y de la ciencia, la política, la economía, etc. El fenómeno mismo de la globalización es objeto de estudio en clave de género, para demostrar que la desigualdad que genera afecta más a las mujeres que a los varones. En el XXII Congreso sobre de Teología CRISTIANISMO, GLOBALIZACIÓN hay una conferencia que lleva por título "Globalización y desigualdad desde la perspectiva de género". Los estudios del PNUD sobre pobreza y desarrollo hace tiempo que han incorporado ya la categoría de género.

El lugar donde menos, se está aplicando esa variable es en la Iglesia católica. Y hay que empezar a hacerlo con normalidad tanto en los estudios sociológicos y teológicos como en la propia organización de la Iglesia. ¿Para qué? No para activar una guerra de hombres y mujeres por el poder, ni para excluir a nadie. Todo lo contrario: como categoría inclusivo.

La utilización de la categoría de género nos lleva, en primer lugar, a Reconstruirel modo de pensar androcéntrico presente en la reflexión teológica y la organizaciónpatriarcal ("kiriárquica", según Elisabeth Schüssler Fiorenza) de la Iglesia católica. Un análisis del dogma de la Trinidad, central en el cristianismo desde la categoría de género permite descubrir que estamos ante una doctrina patriarcal de principio a fin. La doctrina católica sobre la Trinidad es un ejemplo acabado del patriarcado en estado puro. En Dios, representado como varón, hay tres personas, Padre, Hijo y Espíritu Santo, las tres varones aunque espíritu en hebreo (ruah) es femenino. Nada hay femenino en el misterio de la Trinidad (¡ahí radique quizá el misterio!).

Todos los atributos que la vieja teodicea y la teología tradicional aplicaban a Dios eran atributos de varón: todopoderoso, omnisciente, creador, providente. Jesús es el hijo varón del Padre Dios varón y sólo puede ser representado dignamente por varones. Los títulos que se le aplican a Jesús son relacionados con el poder de las varonías. Las fiestas en su honor también: Cristo Rey, con la que se cierra el año litúrgico, Jesucristo de Sumo y Eterno sacerdote. Y así sucesivamente.

El Espíritu Santo, aunque representado en forma de paloma, es detentado en la Iglesia católica por los varones, quienes creen disponer de él y controlarlo en exclusiva. Son los jerarcas varones quienes disciernen si los carismas, las manifestaciones del Espíritu que se dan en los cristianos y cristianas son auténticas o no. Pues bien, la iglesia se estructura a imagen y semejanza de la Trinidad. El concilio Vaticano II en la constitución Luz de la Gentes arranca precisamente de esta idea: la iglesia en el misterio de la Santísima Trinidad.
 

2.5. Caminos de inclusión de las mujeres

El segundo momento es la reconstrucción y la inclusión. Podemos empezar preguntándonos cuáles son los caminos incorrectos de inclusión de las mujeres en una iglesia democrática. Hay caminos inadecuados que no habría que seguir y caminos adecuados por donde sí habría que transitar. Entre los inadecuados hay dos. 

El acceso de las mujeres al ministerio ordenado en su actual configuración patriarcal, ya que, lejos de incluir a las mujeres en la comunidad cristiana, posiblemente reforzaría todavía más el modelo patriarcal de iglesia y de ministerio. Es necesario revisar críticamente tanto el fundamento teológico del ministerio ordenado como las formas de su ejercicio hoy. 

La vinculación de la mujer a la concepción clásica del servicio. Eso es una trampa como una catedral. ¿Por qué? Porque se sigue interiorizando, asumiendo y dando por bueno el estereotipo que establece una relación intrínseca entre ser mujer y servir, sacrificarse, cuidar de los demás, funciones todas ellas que se consideran inherentes al hecho de ser mujer. El servicio no es un carisma específico de ¡A mujeres. Es una función común a hombres y mujeres que desean vivir el seguimiento de Jesús en toda su radicalidad.

Entre los caminos adecuados para la inclusión cabe citar, en primer lugar: 

La visibilidad, que ha de estar en la base de cualquier proyecto igualitario dentro de la comunidad cristiana. Lo que es invisible no existe. Cuando las mujeres son excluidas del altar y del púlpito, es porque son lugares visibles, representativos, significativos relevantes, lugares de autoridad y de prestigio, lugares de la palabra. Y los varones clérigos se resisten a compartirlos con las mujeres, así como con los varones laicos.

Otro camino adecuado, junto a la visibilidad, es el acceso directo de las mujeres a los textos fundamentales de la fe, sobre todo a la Biblia, donde pueden encontrarse prácticas verdaderamente revolucionarias a favor de la liberación de la mujer de las ataduras a las que se veía sometida en una cultura androcéntrica. La lectura de la Biblia desde una hermenéutica de la sospecha, en clave de género, hace que emerja y salga a la luz todo aquello que en la Biblia está oculto o disimulado o que la hermenéutica androcéntrica ha eliminado. Lo que el texto bíblico y las interpretaciones posteriores han reprimido tiene que emerger. Y eso no es sólo tarea de las mujeres teólogas sino de teólogos y teólogas trabajando en la construcción del nuevo paradigma en el que hay que articular la perspectiva de género con otras perspectivas como etnia, clase, cultura, religión, etc. El estudio de la Biblia, de la teología y de la historia de la iglesia desde la perspectiva de género nos obliga también a implicarnos a los varones en ese proceso de deconstrucción y de reconstrucción.

Otro camino por el que transitar es la incorporación de las mujeres a los "ministerios y carismas", que no tienen porqué ser ordenados, y menos aún controlados por varones clérigos. Los teólogos representantes de la institución eclesiásticas suelen apelar a Jesús de Nazaret para poner límites en este punto. Pero esos límites no proceden de Jesús de Nazaret, sino que han sido impuestos por los propios jerarcas. Los requisitos para el ejercicio de los ministerios y los carismas en la comunidad cristiana tienen que ver con la disponibilidad, la opción libre de la persona y la capacidad de servicio, no con el género.

El protagonismo y la capacidad de decisión de las mujeres no tienen porqué someterse a las normas y los modelos patriarcales. Un ejemplo extraordinario de libertad de decisión lo dio un convento de monjas benedictinas que acordó democráticamente participar en un Congreso sobre la Ordenación de la Mujer, a pesar de que el Vaticano se lo había prohibido. Los acuerdos adoptados democráticamente por una comunidad son vinculantes y están por encima de las órdenes superiores que pretendan limitar la libertad de decisión. Éste es el camino a seguir no sólo en el mbito de la vida religiosa sino en la vida y actividad de todas las comunidades cristianas.
 

2.5. Desoccidentalización del cristianismo

Hay que inculturar el cristianismo en las diferentes tradiciones culturales donde está implantado. Ahora mismo el cristianismo es occidental. En el lenguaje normal se habla indistintamente de Civilización Cristiana y de Occidente como formando un todo. Una y otro son intercambiables y difícilmente separables: Occidente es cristiano y el cristianismo es occidental. Y eso constituye una contradicción en su propia raíz, porque el cristianismo no nace como religión occidental, sino más bien como una religión oriental. Si algo tendría que ser el cristianismo es religión oriental y sin embargo se ha desorientalizado y se ha occidentalizado de manera extrema. Se produce así una pérdida considerable de la universalidad.

Con esa concepción del cristianismo, la evangelización se convierte en un acto de expansión territorial y de proselitismo de la cultura y de la religión mayoritaria de Occidente. Los cristianismos de otras áreas culturales se reducen a simple sucursal, remedo o imitación de la fe cristiana tal como se piensa, se elabora teológicamente y se vive en Occidente. El verdadero cristianismo es el occidental. Que luego hay una iglesia cristiana en la India o en Haití, ésa tiene que adaptarse al modelo de iglesia occidental. Y cuanto más se adapte, más auténtica es.

Uno de los ejemplos más escandalosos de dicha ocidentalización fue -y sigue siendo todavía hoy- la actuación destructiva de las culturas y religiones indígenas llevada a cabo por el cristianismo a lo largo de buena parte de su historia en Asia, América Latina, África, etc. He oído a sacerdotes indígenas de América Latina narrar cómo para ser ordenados sacerdotes tuvieron que pasar por un proceso de desindigenización. Al entrar en el seminario tuvieron que renunciar a sus creencias, sus ritos, su cultura, porque el cristianismo colonial los consideraba supersticiosos. Sólo tras haber conseguido abdicar de sus creencias y de su cultura y después de haber prestado su adhesión incondicional a las creencias cristianas entendidas al modo occidental, eran ordenados sacerdotes. Todo resto de actitud indígena era reprimido hasta no quedar la más mínima huella. Sin embargo, cuando recuperaron la identidad indígena, tuvieron que hacer el camino inverso: liberarse de las formas occidentales del cristianismo y reformular y vivir la fe en la clave cultural propia.

Creo necesario cuestionar este modelo de cristianismo occidental porque no es auténticamente universal sino imperial. Para ello hay que empezar por criticar severamente el viejo concepto de misión, detrás del cual se encuentra un proyecto colonizador contrario a la libertad del Evangelio y al pluralismo religioso, que es uno de los hechos mayores de nuestro tiempo. La actitud ante dicho pluralismo no puede ser la de la imposición de las creencias de una determinada religión y cultura a comunidades que poseen otra cultura y viven otras religiones, sino el diálogo intercultural e interreligioso. Hay que enterrar definitivamente viejas tesis de nuestra más rancia eclesiología, como las que defendían que "fuera de la Iglesia no hay salvación", que "la Iglesia católica es la única depositaria de la verdad", que "el error no tiene derechos", que "Jesucristo es el único mediador de salvación", todavía muy arraigadas en el imaginario colectivo de los cristianos y muy activas en la Iglesia oficial. Si de "verdad" se trata, parece razonable que hay más verdad en todas las religiones que en una sola. Si de "manifestaciones de Dios" se trata, con la historia en la mano puede demostrarse que Dios se ha revelado de múltiples formas y a través de plurales mediadores. 

Para los cristianos, el mediador de salvación es Jesús de Nazaret el Cristo Liberador, pero no podemos imponerlo a los creyentes de otras religiones, como tampoco ellos a nosotros los suyos. Las actitudes religiosas más coherentes son el respeto a las creencias de los demás, el diálogo entre los creyentes de las distintas tradiciones religiosas, la oración en común, el trabajo conjunto en proyectos de cooperación desde el criterio ético de la opción por los excluidosque está presente en todas las religiones, el debate teológico, etc. Existen ya experiencias muy granadas de espiritualidad interreligiosa, de teologías macro-ecuménicas, de colaboraciones conjuntas en el terreno social, etc. Sin embargo, ése no es el camino seguido por el Vaticano, que condena a los teólogos, teólogas y comunidades cristianas que viven su fe cristiana y trabajan intelectualmente en dialogo con otras culturas y otras religiones.
 

2.6. Correcta ubicación social

La Reforma de la Iglesia implica una correcta ubicación, un saber desde dónde se hace y para quién se hace. La Reforma debe realizarse desde un determinado lugar social. Todas las Reformas se han llevado a cabo desde un determinado lugar social: el giro constantiniano en el siglo IV se hizo desde el poder político, que reconocía al catolicismo como religión Protegida; la Reforma gregoriana en la Edad Media, desde arriba, desde el papado, para afirmar el poder papal frente y sobre el poder imperial; la Reforma anglicana tuvo lugar desde la Posición privilegiada del monarca Enroque VIII la Reforma protestante triunfó, en cierta medida, con el apoyo de los príncipes; el lugar desde donde el Vaticano II intentó reformar la Iglesia católica fue el Primer Mundo.

Creo que la reforma de la iglesia del siglo XXI no tiene que venir ni de Roma ni de Wittenberg. Ha de hacersedesde el mundo de la exclusión en toda su amplitud: social, cultural, étnica, religiosa, de género, que es el lugar social prioritario de los cristianos. Y tiene que hacerse junto a y dentro de los movimientos que luchan contra la exclusión: movimientos sociales, movimientos de resistencia global, movimientos de derechos humanos, movimientos sin tierra, movimientos indígenas, etc.
 


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