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Culpa y sacrificio

JUAN JOSÉ TAMAYO

Sobre el libro de José M. Castillo, Víctimas del pecado.
 

  La mayoría de las iglesias y de las teologías cristianas viven obsesionadas con el problema del pecado, que colocan en el centro de la moral, y se olvidan con frecuencia de los sufrimientos de los seres humanos. Llegan incluso a establecer una relación causal entre pecado y sufrimiento, y a dar a éste un sentido redentor. Tal planteamiento está muy presente en el imaginario de muchos cristianos y cristianas y de otras personas que, más allá de las creencias religiosas, consideran sus sufrimientos consecuencia de su mal comportamiento, y en esa medida los justifican y terminan por soportarlos resignadamente, sin luchar por aliviarlos. Cuando en este imaginario entra la culpa -sucede con frecuencia-, se dejan sentir los efectos negativos en el plano psicológico. ¿Resultado? Conciencias invertidas, vidas destruidas, presas del sacrificio y "víctimas del pecado". Y todo ello con la complicidad de las instituciones religiosas, a quienes son aplicables las palabras de Nietzsche: ver sufrir produce bienestar, hacer sufrir, más bienestar todavía, hasta convertirse en una auténtica fiesta.

Ésta es la trama del excelente libro del teólogo José María Castillo, donde desenmascara la mentalidad sacrificial y culpabilizadora del sufrimiento vigente en la moral cristiana tradicional, a través de un análisis crítico muy riguroso de algunas de las más importantes tradiciones del Nuevo Testamento, entre ellas la de Pablo. Y lo hace desde una lectura liberadora, en sintonía con la interpretación no sacrificial del cristianismo del antropólogo René Girard, teniendo como referencia los estudios sobre el pecado, el miedo y la culpa en Occidente de Jean Delimeau y con la ayuda, obligada en este caso, del Nietzsche de La genealogía de la moral.

 Lo que Castillo descubre en este análisis es la existencia de una teología del sacrificio y de la expiación, que considera la sangre condición necesaria para la salvación. Una teología presente en las cartas del apóstol Pablo, quien habla del sentido expiatorio de la muerte de Cristo. Dios entrega a la muerte a su Hijo para redimir a la humanidad de sus pecados. La imagen de Dios no puede ser más monstruosa: es lo más parecida a la de Moloc, divinidad cananea que exigía el sacrificio de niños para aplacar su ira. Más aún, la violencia de Dios contra su Hijo se presenta como la manifestación de su amor a la humanidad. Sin sangre no hay remisión posible de los pecados, como tampoco salvación ni esperanza. Una imagen así de Dios, subraya el autor, impone miedo, provoca rechazo, lleva derechamente a la incredulidad o, mejor, a la increencia y, en definitiva -añado yo-, a su negación.

 Castillo contrapone esta imagen sanguinaria de Dios y la interpretación sacrificial de la muerte de Cristo a la experiencia humana y religiosa de Jesús de Nazaret, cuya preocupación fundamental no se centra en el pecado ni en el sacrificio, sino en la felicidad de los seres humanos y, por ende, en liberarlos de sus sufrimientos. Mira por dónde Jesús de Nazaret y Epicuro, considerados tan distantes en ideas y estilo de vida, coinciden en lo fundamental. El mensaje de Jesús se resume en la máxima "misericordia quiero, no sacrificios", tomada del profeta Oseas. La mejor síntesis de la enseñanza de Epicuro son sus propias palabras: "Vana es la palabra del filósofo que no sirva para curar algún sufrimiento de los seres humanos". José María Castillo lo ha formulado con nitidez y convicción en este libro.
 

EL PAÍS - BABELIA - 19-06-2004