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Ser de izquierdas en la perspectiva cristiana
 
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JOSÉ Mª GONZÁLEZ RUIZ 
 
El prestigioso filósofo Julián Marías acaba de escribir un librito, verdadera joya, titulado Perspectiva cristiana (Madrid 1999), En él define lo que él entiende por esta expresión: «El cristianismo –escribe– lleva consigo una visión de la realidad, enteramente original y que se añade a su contenido religioso, del cual emerge y que no se reduce a él. El hombre cristiano, por serlo, atiende a ciertos aspectos de lo real, establece entre ellos una jerarquía, descubre problemas y acaso evidencias que de otro modo le serían ajenos. Esto es lo que yo llamo la perspectiva cristiana».

 
Para esto nos resulta excelente la definición que de «izquierda» nos da la famosa actriz Pilar Bardem: «Se entiende por izquierda la apertura, la creencia en que es posible cambiar las cosas, estar al lado de los más desfavorecidos, luchar por los derechos humanos».

 
Como vemos, no se trata escuetamente de una formación política, sino de una actitud que, en nuestro caso, parte irremediablemente del ser cristiano, de suerte que la ausencia de este contenido denota unadegradación del mismo cristianismo.

 
Julián Marías sigue advirtiendo muy acertadamente que se tiene una imagen del cristianismo como un apartamiento del mundo, una orientación exclusiva al otro, un desinterés por lo presente. Pero esto es falso. Hay que observar el puesto que en la historia de la humanidad han tenido los pueblos cristianos. Independientemente del estado de la fe, de la vivacidad de la creencia, los pueblos condicionados por el cristianismo, los que han recibido la visión de la realidad procedente de él, la perspectiva cristiana, han sido los más interesados por este mundo, por su conocimiento, exploración, transformación, orientación hacia lo que han creído valioso y deseable. El cristianismo, en cuya historia se hallan muchas infidelidades, puede, sin embargo, orientarse acudiendo a sus grandes puntos de referencia, de los cuales el principal es el Nuevo Testamento.

 
Lógicamente, la fragilidad humana ha hecho posible que, a lo largo de su historia, el cristianismo haya caído en la gran tentación, a la que fue sometido el mismo Jesús: el poder. El poder de suyo tiende, ante la transformación y la atención a los marginados, a mirar para otro lado. Las iglesias, o se han aliado con este poder o se han dejado extorsionar por él o ellas mismas se han convertido en poder. Y en estas circunstancias su fuerza profética se ha debilitado o incluso se ha desvanecido. Pero siempre dentro del cristianismo abundaron los «disidentes», que, sin romper con su iglesia, han tomado una actitud de resistencia, asumiendo las dolorosas consecuencias de los conflictos, que emanaban de la cumbre de las instituciones eclesiales. Sin embargo, estos disidentes son los que, en gran parte, han mantenido la pureza de esa perspectiva cristiana e incluso han sido rehabilitados, casi siempre póstumamente, por la institución que los condenó o que los degradó.

 
Actualmente la misma Iglesia católica expresa su deseo de que el Jubileo del año 2000 implique una «conversión» (metanoia) y una consiguiente petición de perdón por el daño que «la Iglesia, aun en nombre de la fe, ha hecho en el pasado», como explícitamente ha declarado el papa Juan Pablo II. No obstante, los cristianos «de izquierdas» piden mucho más. No basta con la ceremonia solemne del arrepentimiento, ni tampoco con pedir perdón por la pasada historia. Es necesario que hoy y ahora los cristianos, no sólo las bases, que ya lo hacen, sino la llamada «Iglesia docente» se comprometa en el sentido que marca la gran referencia vangélica. Por eso nos preguntamos si la perspectiva cristiana puede mantenerse en una actitud neutral, solamente orientada al interior, al espíritu, a los claustros sin comprometerse pública y claramente por las actitudes políticas y sociales. Y siendo esto así, la pregunta es sencillamente ésta: los cristianos ¿pueden ser igualmente de derecha o de izquierda? ¿Están obligados por su fe a optar por una o por otra?

 
 
Jesús ¿era de izquierda?

 
Esta pregunta se la han hecho, sobre todo a partir de la Modernidad, muchos partidarios de los diversos movimientos de izquierda, como los anarquistas, los comunistas y los socialistas. Muchos de ellos no querían renunciar al cristianismo, al que consideraban entrañable.

 
Emblemática es la postura de los fundadoresdel Partido Socialista Español. Uno de éstos, quizá el más preclaro, Fernando de los Ríos, muy alejado del racionalismo materialista y cientificista que ha marcado la misma historia del PSOE y del resto de la izquierda española, se sitúa en lo que hoy denominaríamos «inteligencia sentiente» (Zubiri) o «inteligencia emocional»,
en definitiva, en un ámbito de reconciliación de la esfera de la razón y la esfera del reconocimiento. Para Fernando de los Ríos «religiosidad es emoción, es anhelo de libertad expresada en plegarias, mudas las más veces; el corazón, con razón a lo religioso, es un material despotenciado, muerto; toda oración férvidamente cristiana lleva en sí una negación de la limitación de la vida: el deseo de vivir en Dios sin deja de ser individuo. La más grande de las oraciones es el padrenuestro».
 
A muchos de nosotros nos ha dado vergüenza observar que se hacía una ecuación entre ser católico y ser de derecha. Esto último comprendía la resistencia a toda innovación, que alterara sus posturas prepotentes en la sociedad y que implicara una generosa «apostasía» a su estado de bienestar a costa de los marginados. Igualmente hemos sufrido al ver que los cristianos comprometidos, desde su fe, con movimientos y posturas de izquierda fueran condenados o recriminados por los responsables de su Iglesia. Por eso nos preguntamos: ¿se podría decir que Jesús fue de izquierda? José M.ª Castillo (Cuadernos Cristianisme i justicia . Barcelona, n.º 88, marzo 1999) subraya muy acertadamente que hablar de «pobres», desde el punto de vista de la religión y, más concretamente, desde el punto de vista del cristianismo, no es hablar simplemente de una cuestión de «dinero», sino, sobre todo, de un asunto de «poder», de valer y de dignidad.
 
Si repasamos los evangelios, descubrimos que para Jesús los «pobres» incluían a los publicanos y pecadores, los enfermos, las mujeres aun cuando fueran prostitutas, paganas, impuras, adúlteras o samaritanas. Es decir, para Jesús hablar de «pobres» era hablar de gentes débiles y marginales, situándolas en el centro mismo de la vida, en el primer plano de sus proyectos y preferencias. Sería imposible reducir aquí tanto los mensajes como la praxis de Jesús, que pueden caber en la definición de «izquierda» que nos da Pilar Bardem. Pero lo más sobresaliente es la presentación que de su programa mesiánico hace en la sinagoga de su propio pueblo. Nos lo narra así Lucas (1,16-19): «Y vino a Nazaret, donde se había criado, y entró como de costumbre en el día de sábado en la sinagoga y se levantó para leer. Y le fue entregado el libro del profeta Isaías, y desenrollando el libro encontró este pasaje: El espíritu del Señor ha recaído sobre mí, por eso me ha ungido para evangelizar a los pobres, me ha enviado a proclamar a los cautivos amnistía y a los ciegos recuperación de la vista, a poner en libertad a los oprimidos, a proclamar un año de gracia del Señor». Y tras la lectura Jesús se atrevió a decir: «Hoy se ha cumplido esta escritura en vuestros oídos». Esto produjo excitación e indignación entre los oyentes, para los cuales Jesús no era más que «el hijo de José», uno más de los habitantes de la insignificante aldea, que no figuraba ni en los mapas.

 
Después, leyendo los relatos evangélicos, comprobamos que Jesús cumplió sobradamente su proyecto, sanando a los enfermos, animando a los decaídos, concienciando a los oprimidos, denunciando a los grupos dominantes (fariseos, escribas, saduceos, sacerdotes, sumos sacerdotes, reyes). En tiempos recientes los cristianos que han sacudido el sopor de la «cristiandad», volviendo al Evangelio no han dudado en ejercer esa «denuncia profética», arrostrando la terrible venganza de los amos de este mundo globalizado y a veces de los mismos responsables eclesiales que se dejan manchar por el poder sometiéndose a él, aliándose con él o dejándose extorsionar.

 
Como vemos en el caso emblemático de Jesús, en la esencia del mensaje evangélico está la condición de «público» frente a la privacidad a la que han pretendido condenarlo algunos movimientos pretendidamente de izquierda. Ahora bien, la condición de mensaje público, evangélicamente hablando, no es de orden «técnico», sino «profético». El cristianismo no pretende aportar soluciones políticas o económicas a los males de la sociedad; simplemente ofrece el tesoro de sus valores, que indudablemente serán reconocidos y agradecidos no solamente por los creyentes cristianos, sino por todos los constructores sociales de buena voluntad.

 
 
Renovarse o morir

 
E n el capítulo 5 del Evangelio de Mateo vemos cómo Jesús adopta una postura dialéctica, esencial en todo proceso revolucionario. En primer lugar se resiste a la iconoclastia: No he venido a abolir, sino a cumplir. Pero al mismo tiempo se empeña radicalmente en una renovación, dejando atrás lo arcaico: «Habéis oído que se dijo a los antiguos... pero yo os digo». Las revoluciones han fracasado frecuentemente porque sus iniciadores se han creído dioses, capaces de construir una absoluta novedad sobre los escombros de un pasado convertido en ruina. Pero como quiera que la realidad de la historia no es maniquea, sino mezclada, al destruir absolutamente lo antiguo se prepara automáticamente el fracaso del ingenuo entusiasmo seudo revolucionario de primera hora. Hay que asumir los valores antiguos, aunque se deseche lo viejo. En caso contrario, lo antiguo, tras haberse refugiado durante la tormenta, reaparece quizá con más vigor y con pretensiones de prepotencia.

 
Éste quizá haya sido el fallo de muchos cristianos en sus loables intentos de «renovar».

 
En este mismo sentido se expresa San Pablo, aludiendo al ritmo de renovación que de por sí implica el cristianismo: «Todo el que está en Cristo es una nueva creación; lo viejo ya pasó, y ha empezado lo nuevo (2 Corintios 5,17). El cristiano se distingue por su adhesión a «la novedad de la vida» (Romanos 6,4). Y comparándose implícitamente con el atleta confiesa: No digo que ya he conseguido el premio, sino que voy corriendo. Y aun cuando poseo el premio (ya que fui agraciado con él por Cristo Jesús), yo, hermanos, a mí mismo me considero como si aún no lo hubiera conseguido, sino que busco una cosa: olvidándome de lo que queda atrás y lanzándome hacia lo que está delante, corro hacia la meta, en vista del premio de la convocación celestial de Dios, en Cristo Jesús (Filipenses 3,12-14). Como vemos, Pablo en varios pasajes de sus epístolas utiliza como términos de comparación el lenguaje técnico de los juegos olímpicos, demostrando con ello que era un asiduo espectador de las olimpiadas. Pues bien, aquí tiene por delante al atleta, que se dirige incansablemente hacia la meta. Para ello tiene que olvidarse relativamente de lo que queda atrás, ya que para él el cristianismo es lo que desde el principio fue definido como «el Camino» (Hechos 24,14). Por consiguiente, la auténtica actitud cristiana no puede ser de suyo inmovilismo, o sea sentar de una vez para siempre los contenidos de la fe, las normas de la moral y las relaciones con la sociedad en que se mueve el pueblo de Dios.

 
Esto hace que el que profesa en profundidad y con sinceridad la fe no puede ser un hombre buscador de seguridades y persiguiendo afanosamente el modo de instalarse en una determinada forma, que cree absoluta e inamovible. Por eso, el «conservadurismo» no puede ser la meta del creyente, sino más bien lo que se llama el proceso histórico. Y esto lo prepara psíquica y moralmente para inclinarse por esa «izquierda», que precisamente exige la práctica de los mejores valores cristianos.

 

Conclusión
 

De todo esto se deduce que no puede haber dos tipos de cristianismo: uno espiritualista y evasivo y otro encarnado y comprometido. El cristianismo espiritualista empalma con aquella herejía llamada «docetismo», que ya los primeros cristianos rechazaron incluso en los concilios. Se trataba de suponer que la humanidad de Jesús era sólo «aparente» (dokein = aparecer). Con ello se negaba algo tan esencial como la Encarnación. La filosofía griega, que cundía entonces, despreciaba al cuerpo, que sería sólo una jaula, donde el alma estaba cautiva. Por el contrario, todo el Nuevo Testamento concibe al hombre como un ser total y el mismo término «soma» no puede traducirse exactamente por «cuerpo», ya que este vocablo presupone la dualidad, sino por «ser entero» (persona). Un tipo «encarnacionista» de cristianismo es el único aceptable para la esencia del mensaje cristiano. Pero ello no supone maniqueamente la renuncia al quehacer temporal, ni mucho menos. El Concilio Vaticano II lo dejó bien claro: «La misión confiada a la Iglesia no es de orden políticosocial, sino de orden religioso. De este orden religioso, que es propio de la Iglesia, brotan luces y energías capaces de contribuir a la consolidación de la sociedad humana. La Iglesia reconoce todo cuanto de bueno hay en el dinamismo social con-temporáneo, sobre todo la evolución hacia la unidad y la sana socialización» (Gaudium et spes, 42).

 
Por consiguiente, el cristianismo no puede optar por la posición «espiritualista», encerrándose en el templo, tapando los oídos al ruido de la calle, por miedo a que los de fuera –sobre todo los poderes– la recriminen diciendo que se ingiere en terreno que no le compete. La Iglesia, como hemos visto, debe ser esencialmente profética, y no encogerse ante el riesgo que ello inevitablemente comporta.

 
Finalmente, hay que denunciar el pecado que con cierta frecuencia cometen las iglesias, cuando justifican su adhesión, su compromiso o su silencio frente a los males sociales, como son las dictaduras, los absolutismos y, en general, la falta de respeto por los derechos humanos, aduciendo la excusa de que solamente así pueden mantener la institución, que de otra manera se vería seriamente afectada. Esta postura equivale simplemente a confesar que el fin justifica los medios, siendo así que el comprometerse con la verdad, la libertad y la claridad de conciencia es un bien mucho mayor que la supervivencia de la institución.

 
Por todo ello, aparece claro que en la perspectiva cristiana la izquierda, entendida en esa actitud ética, imperada por el propio sentido común y por los exquisitos valores que como tesoro inapreciable posee el cristianismo, no puede ser meramente optativa, sino en conciencia obligatoria para todos los cristianos, sobre todo para los más responsables.

 
Si la cosa no funciona así, se corre el peligro seguro de una pérdida de fe entre los cristianos y un doloroso alejamiento de éstos frente al mismo cristianismo.

José Mª González Ruiz es teólogo.

Tomado de: Centro Evangelio y Liberación. Revista Éxodo. 
www.exodo.org 

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