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- La reconstitución de una izquierda anémica 

RAFAEL DÍAZ-SALAZAR 

Cual antiguo boxeador "sonado", así se encuentra la izquierda española. Desde luego, no va a salir de su estado de postración si no capta que su bajón electoral es sólo un indicador de un problema más profundo que desde hace tiempo le ha ido inoculando la anemia que hoy padece. Me refiero a una derrota cultural de carácter prepolítico, pero con evidentes repercusiones políticas. Nuestra plural izquierda se encuentra desconcertada ante el surgimiento de esta nueva figura cívica: el "progre de derecha" travestido de centrista. Un sujeto cada vez más extendido en ámbitos juveniles y en clases medias urbanas.

Tanto la izquierda socialista en el Gobierno como la izquierda neocomunista en la oposición no han sabido ver que a lo largo de las dos últimas décadas se ha asentado en nuestro país la cultura del individualismo posesivo, encarnada en un creciente número de personas que constituyen lo que Ramoneda ha denominado tan acertadamente el ciudadano NIF, aquel que condiciona su voto a una creciente bajada de impuestos sin tener en cuenta sus repercusiones para la lucha contra la pobreza y la desigualdad. No olvidemos, además, que España es uno de los países europeos con menor grado de asociacionismo cívico-político, especialmente entre los jóvenes. ¿Qué contracultura socialista en la sociedad civil ha sido capaz de desarrollar la izquierda para que sus propuestas de política económica y social pudieran tener una base y una plausibilidad socio-cultural? Ingenuamente, la izquierda pretende que la ciudadanía la siga y apoye y no percibe que los deseos y objetivos vitales de las personas se están configurando desde instancias económico-culturales que son ajenas y antagónicas a un proyecto socialista de democracia radical y ciudadanía solidaria. Y lo que es peor, permanece ciega e inerte en medio de un espacio en el que crece la enseñanza y decrece un proyecto educativo de ciudadanía altruista. Al final, la cultura cívica dominante ha terminado encontrando su asiento en el inteligente proyecto de un progresismo de centroderecha liberal. Y me temo que por este anclaje cultural podemos tener Gobiernos de esta orientación para un tiempo largo. Especialmente si la izquierda plural no acierta en el diagnóstico de su anemia, en el diseño de su proyecto y, sobre todo, en la constitución de un sujeto cívico contracultural como base del inicio de un nuevo ciclo del socialismo.

La izquierda radical de IU y del PSOE no tiene quien la quiera, en el sentido de que tiene un apoyo social muy débil. En España es la expresión política y cultural de una minoría ciudadana. La izquierda del socialismo liberal ha sido abandonada por las clases medias que han encontrado en la nueva derecha centrada un espacio natural que les permite combinar conservadurismo socio-económico y ejercicio de actitudes y comportamientos de "nuevos progres" laicos y liberales. Para volver a conquistar hegemonía ciudadana, nuestra izquierda plural debería ser consciente de que no basta con renovar líderes y programas o cambiar a los partidos por dentro. Lo fundamental está en otro plano: qué proyecto de sociedad y qué sujeto cívico que lo asuma como propio. Máximo planteaba muy bien este problema en una de sus magníficas viñetas: "España va bien, ¿pero hacia dónde?".

La cuestión, por lo tanto, no es la ausencia de programas. Si fuera ésta, bastaría con saber reunir, articular y traducir operativamente el rico pensamiento político y económico existente en Europa y en España; tanto el de orientación roja, verde y violeta, como el de orientación neosocialdemócrata. Pero, insisto, no es éste el nudo central de la cuestión. De un modo un tanto exagerado, para ir al fondo de la tesis aquí expuesta, considero que nos sobran programas y nos faltan sujetos. Conviene recordar, desde una perspectiva europea, que un asunto tan elemental como el de los impuestos ecológicos sobre el consumo de gasolinas provocó en Alemania una reacción airada de la ciudadanía, asentada en lo que Galbraith ha llamado la cultura de la satisfacción, y dividió a la izquierda.

En definitiva, lo prepolítico es absolutamente esencial para una izquierda transformadora que quiera ser operativa políticamente, que desee ser algo más que un movimiento social o un grupo ético y contracultural. Con palabras de Gramsci, se trata de que descubramos la importancia política de la reforma intelectual y moral, que sepamos que mientras ciertos valores morales no sean hegemónicos en la cultura de la sociedad civil, la izquierda está destinada al fracaso en su intento de lograr el Gobierno del Estado. Es suicida para una formación política que tiene un proyecto de sociedad no incidir con una propuesta ético-educativa de ciudadanía en las esferas que configuran los valores, deseos y demandas de las personas y las familias. La acción política de la izquierda está asfixiada por los deseos y aspiraciones vitales de unos ciudadanos educados por la cultura del materialismo capitalista.

La izquierda plural necesita acudir a fuentes prepolíticas para impulsar su hegemonía, su crecimiento en la sociedad civil que se irá traduciendo en un incremento del apoyo electoral. Desde esta perspectiva, considero que es necesario desprivatizar e integrar en el nuevo proyecto socialista que la izquierda plural está buscando aquellas culturas prepolíticas que pueden contribuir a la configuración de un sujeto cívico que haga propio ese proyecto. La socialización de los ciudadanos en los valores del ecologismo político, el feminismo y, especialmente, el cristianismo de liberación es una operación fundamental para un proyecto socialista con consistencia a medio plazo. Evidentemente, se trata de constituir un sujeto ciudadano para un proyecto de socialismo específico. Me atrevería a denominarlo como el socialismo de la democracia radical, aquel que sitúa los temas relacionados con la democracia económica y la democracia ecológica con una perspectiva claramente internacionalista, en el núcleo de su propuesta.

Si considero que el cristianismo de liberación es "especialmente" importante para esta operación, independientemente de que sea cristiano o no, ello se debe a varias razones. Ya Ernest Bloch, uno de los máximos representantes de la cultura laica del siglo XX, afirmó en su obra Ateísmo en el cristianismo que "sólo un buen ateo puede ser un buen cristiano, y sólo un buen cristiano puede ser un buen ateo". Él supo ver la importancia del hilo rojo del cristianismo para los proyectos emancipatorios. Personalmente, me baso en tres razones. En primer lugar, para el cristianismo es central la primacía de los últimos. El socialismo ha de tener como objetivo la emancipación de los sectores más empobrecidos dentro y fuera de nuestras fronteras. Los valores del cristianismo originario orientan sobre cuáles deben ser las prioridades de la política de la izquierda. En segundo lugar, el cristianismo propone a los seres humanos un estilo de vida basado en asumir como propio el problema del empobrecimiento y la opresión de los otros y en luchar por erradicar esta situación. La izquierda debería asumir y difundir una evangélica "cultura samaritana" que es antagónica a este dominio del apoliticismo y del individualismo posesivo que quiebran su base cívico-cultural de apoyo. Sin la construcción de una nueva antropología ciudadana, los días de la izquierda están contados y el socialismo terminará siendo carcomido por la cultura burguesa del materialismo capitalista como sueño de masas. En tercer lugar, el mismo cristianismo que exige la liberación de los pobres es el que proclama "bienaventurados los que eligen ser pobres". No es una glorificación de la miseria, sino una propuesta de vida. El itinerario vital para nuestros hijos y nuestros conciudadanos no puede seguir siendo el de acumular más y más bienes de consumo. Hay que proponer y trazar un modelo de sociedad basado en repartir y compartir los bienes. El ecosocialismo no puede avanzar si no crecen las personas que "eligen ser pobres", es decir, que rompen individual y colectivamente con los estilos de vida propios de la cultura del materialismo capitalista. No podemos llegar a un Estado roji-verde sin ciudadanos verdi-rojos.

Existen tres ámbitos de intervención y tres problemas sociales que son muy determinantes en los cristianos fieles al cristianismo originario: a) la miseria en el Sur y la necesidad de una nueva política de internacionalismo solidario; b) el "cuarto mundo" de la marginación y las políticas contra la exclusión social; c) la subproletarización creciente en el mundo del trabajo, especialmente entre los jóvenes y los trabajadores poco cualificados, y el imperativo de establecer una nueva democracia económica en la empresa. La acción y las propuestas de significados sectores del cristianismo español en estos ámbitos plantea la necesidad de que la izquierda plural se contamine y contagie con ellos para revitalizarse y salir de la anemia que la tiene postrada. 

Rafael Díaz-Salazar es profesor de Sociología en la Universidad Complutense.

El País, 22 julio 2000

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