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Poder político de los arzobispos de Toledo en el siglo XV

JOSÉ RODRÍGUEZ MOLINA
Universidad de Granada
 

  La estrecha relación mantenida por la Iglesia y el Estado en el siglo XV, responde a una fundamental tendencia histórica, originada en el siglo IV. La declaración solemne del cristianismo como doctrina oficial del Imperio por Teodosio, el año 380, determina el largo camino que recorrerá la Institución Católica (universal) en compañía de los poderes públicos hasta bien entrado el siglo XIX.

Como el emperador romano, reyes y nobles se sentirán poderosamente interesados en la influencia ejercida por el episcopado sobre las gentes. Motivadas éstas por el temor al Infierno o el razonable deseo de salir del Purgatorio, hacen numerosas aportaciones a la Iglesia en forma de limosnas o mandas testamentarias. La misma Institución, en calidad de mediadora entre Dios y los hombres, exige y distribuye el Diezmo eclesiástico, tributo de origen divino. Fruto de la estrecha relación anudada, los príncipes la colman de privilegios, exenciones y reconocimientos. Se consolida desde esos lejanos tiempos la fuerza de la catedral, donde queda instalada la sede del obispo que, rodeado de su presbiterio, trata de convencer a sus fieles del orden eterno emanado de Dios. El atractivo centro de poder despierta la ambición de los príncipes quienes, a la vez que buscan su apoyo, intentan controlarlo, siempre bajo el preexto de protección o ayuda.

La tendencia, con sus correspondientes avances y retrocesos ha dejado marcadas huellas en la historia del Occidente Europeo y en los reinos hispánicos medievales. La diócesis de Toledo presenta durante el siglo XV un clarificador modelo de dicho fenómeno. Ella, como otras sedes episcopales de la cristiandad, consiguió especial preeminancia administrativa convirtiéndose en Primada de Hispania y cabeza de una extensa metrópoli. Su catedral, obispos y cabildo jugaron un papel importante en el ámbito de la política, desde su privilegiada plataforma eclesiástica.
 

Estructura política de la Iglesia desde el 380

A partir del impropiamente llamado Edicto de Milán, emitido por Constantino y Licinio, en 313, las gentes del Imperio Romano ven reconocida "la libertad de practicar la religión que prefieran", a la vez que constatan la devolución de casas y bienes confiscados. La Iglesia, perseguida como una secta religiosa a la que hay que extinguir, "sale de las catacumbas" e inicia una carrera de éxitos, fruto de la victoria del emperador en Puente Milvio (312), que se sustancia en el referido Edicto, "tolerante" para todos los credos.

Respaldados por las nuevas condiciones los cristianos construyen templos para su culto, celebrado antes en casas privadas, y los empiezan a adornar no de frescos, como ocurría en los corredores de las catacumbas, sino con mosáicos y otras pinturas, que representan el triunfo de Cristo en su gloria, vestido de púrpura y oro, como un emperador. Con la libertad, recupera la vida en paz, y las comunidades cristianas son objeto de grandes y numerosos reconocimientos por parte de la autoridad. El mismo Constantino cedió su Palacio de Letrán al obispo de la ciudad eterna, convirtiéndose desde entonces en su sede y hasta hoy su única catedral, San Juan de Letrán. Su madre tomaría una determinación parecida con su palacio de Tréveris.

Culmina su curso ascendente con la conversión en religión oficial a finales del siglo IV, cuando Teodosio acuña el término católico - universal - para designar con él a todos los que creen en la fe ortodoxa, la defendida por una mayoría de obispos reunidos bajo sus auspicios en un concilio ecuménico. Los tradicionales dioses paganos son perseguidos, desplazados del Foro y reemplazados por los símbolos cristianos. En su lugar se instalan los templos matrices de la Iglesia Católica, las catedrales, ocupando el centro de la organización imperial, que es la civitas, donde se concentran los edificios administrativos de mayor vitalidad, como la residencia del prefecto, los cuarteles y las dependencias edilicias. Se configuraba definitivamente el centro emblemático ciudadano y eclesiástico, con la residencia del prefecto, heredada más tarde por el príncipe o su equivalente, y la catedral con su obispo y presbiterio. El modelo se prolongaría, con leves modificaciones, hasta bien entrados los tiempos modernos. Y aunque se desplace en el espacio con la expansión de la población, buscando establecimientos más adecuados a los nuevos tiempos, nunca perderá su sentido y monumentalidad, mostrando de forma ostensible su firme contenido simbólico de centralidad civil y religiosa.

La Catedral, sede del obispo y cabeza de la comunidad cristiana, acoge también al órgano asesor de aquel, formado por el presbiterio, luego cabildo de canónigos, cuyo consejo y asentimiento son ineludibles para la administración de la vida diocesana. Es el órgano colegiado que cubre las necesidades de la sede vacante y marca las normas de conducta a todas las parroquias del obispado, incluidas colegiatas, templos de casas religiosas o capillas funerarias. Todas las iglesias y clérigos deben conformarse, según los sínodos, "con la dicha nuestra iglesia mayor como con cabeça, madre y maestra de todas las otras iglesias de nuestro obispado".

Por todas estas razones, "porque la iglesia catedral toma mayores afanes así como aquella que ha de complir la mengua de las otras iglesias perrochiales que en ella se facen de su obispado, e que las ha de çertificar de las dubdas que acaesçen...", participará en mayor medida de los ingresos proporcionados por las rentas del obispado, especialmente las derivadas del Diezmo eclesiástico, que ella administra, junto con el obispo, al menos, desde el siglo XIII. Sus afanes en clarificar las pautas a las parroquias le autorizan a mayores y más numerosas ofrendas de los fieles y a cuestaciones especiales celebradas en su beneficio.

Su capitalidad, en cuanto sede de la cátedra del obispo y casa de la comunidad cristiana la constituye en lugar donde se lleva a cabo la elección de su pastor, en los primeros tiempos, por el pueblo, presbíteros y obispos vecinos. Es conocida la de San Ambrosio, cónsul y catecúmeno, en 355, por aclamación de todo el pueblo reunido en la catedral de Milán, a la voz de ¡Ambrosio obispo!, cuando en su condición de autoridad pública irrumpe en ella para poner orden entre las facciones enfrentadas por los derechos de su propio candidato. Es parecida a la iniciativa del pueblo llano que saca del Monasterio a San Martín de Tours y lo elige obispo, ratificando los obispos vecinos dicho nombramiento. Todavía mantenía el VI Concilio de Toledo, en 633, la elección del obispo por el pueblo y el clero, con el consentimiento de los obispos de la provincia y la aprobación del metropolitano.

Su progresivo y destacado prestigio atrae las ambiciones de monarcas y aristocracias, interesados en ocupar las sillas episcopales y controlar al poderoso presbiterio, privando al clero y pueblo de la diócesis de su primitiva y genuina facultad de elegir a su pastor. La estrecha unión entre poder político y religioso propicia la celebración de concilios nacionales y provinciales, convertidos en foros de deliberación sobre asuntos espirituales y temporales, pues según la doctrina de San Agustín la misión última de ambos poderes es la salvación de los hombres. El III Concilio de Toledo, celebrado en 589, tras consagrar, una vez más, al catolicismo como religión oficial del Estado en Hispania, toma determinaciones sobre cuestiones políticas y religiosas y potencia la intervención de los obispos católicos en todos los ámbitos del poder estatal. En el IV Concilio de Toledo del año 633, S. Isidoro, arzobispo de Sevilla, pone las bases institucionales de la Monarquía y del Estado Visigodo.

La poderosa dinastía carolingia es paradigma de la situación generalizada vivida durante la Edad Media en Occidente. Cruzó sus intereses con los del papado, prestando éste ayuda a su legitimación, a cambio de protección armada contra las ambiciones de los Lombardos en Italia. El hijo de Carlos Martel, Pipino el Breve, es coronado como Rey de los Francos con el respaldo papal. Childerico III, último representante de la denostada dinastía de los "reyes holgazanes", es confinado en un monasterio, en 751, con la aquiescencia del pontífice. Una asamblea reunida en Soissons confirmaba a Pipino como Rey, y el legado papal Bonifacio lo ungía como nuevo monarca de los francos. A partir de ese momento, quedaba claro que aquel no necesitaba ser confirmado por los guerreros, pues era un Ungido del Señor y era Rey por la gracia de Dios.

La contrapartida a tan precioso reconocimiento sería el sometimiento del pueblo Lombardo por Pipino el Breve y la oferta al Papado de buena parte del Exarcado de Rávena y la Pentápolis, regiones que el Corredor de Perugia empalmaba territorialmente con el Ducado de Roma, ya en poder del Pontífice. Quedaba así constituido, el llamado "Patrimonio de San Pedro".

La legitimación de ambos actos corrió a cargo de la Cancillería Pontificia que alumbra la conocida como "Falsa Donación de Constantino", a mediados del siglo VIII, mediante la que el emperador, en vísperas de su partida hacia Bizancio, aparece concediendo toda la parte Occidental del Imperio al Pontífice Silvestre I:"... concedemos al susodicho pontífice Silvestre, papa universal... como posesiones de la Santa Sede de Roma, no sólo nuestro Palacio, como se ha dicho, sino también la ciudad de Roma y todas las Provincias, distritos y ciudades de Italia y de Occidente...".

Quedaba firmemente establecido el instrumento que serviría a la Iglesia, en adelante, para legitimar el cambio de coronas y la construcción de ricos y extensos patrimonios. Su falsedad no sería descubierta y divulgada hasta mediados del siglo XV por el humanista Lorenzo Valla, clérigo de la curia romana, quizás despechado por no haber conseguido sus pretensiones de ésta.

La conjunción de ambos poderes dieron a determinadas catedrales una gran proyección nacional. Desde los carolingios y, sobre todo, en los siglos XII y XIII, estaba muy generalizado que los monarcas de los reinos occidentales hicieran juramento con carácter sagrado ante los representantes de su Iglesia, en el momento de la coronación. En Reims se coronaron los reyes de Francia, desde época merovingia hasta los comienzos del siglo XIX. La catedral de Toledo tuvo similares cometidos en la unción regia, que se mantuvo desde la Monarquía Visigoda hasta Juan I, último monarca que observó la tradición. Los esplendorosos tiempos del Renacimiento revistieron de grandeza el carácter emblemático de la catedral de Granada, una de cuyas capillas elegía Isabel la Católica como sepultura. En su altar mayor pensó Carlos V ubicar el mausoleo de su familia, lo que hizo que fuese concebida como amplio y deslumbrante espacio donde se manifestara la fuerza de la irradiación imperial, con el soberano como campeón de la cristiandad. En estos actos los obispos alcanzaban una relevancia política muy señalada al actuar como legitimadores de la sucesión y del esplendor real.

El gran poder de la Iglesia, manifiesto en la Falsa Donación de Constantino, propiciaría los famosos enfrentamientos entre Cesaropapismo y Hierocracia, Iglesia y Monarquías nacionales. Consolidada, de otra parte, la mentalidad de cristiandad en Occidente a raíz de la doctrina de San Agustín, contenida en su obra De civitate Dei, el fin primordial de los hombres era su salvación o búsqueda de la ciudad eterna. Los poderes civil y religioso, cada uno a su manera, debían colaborar estrechamente en ese cometido. Ello implantó la exigencia de una relación armónica entre poder político y eclesiástico, recordada, a menudo, en los privilegios concedidos por el Rey Sabio: "Que el poder temporal e el espiritual, que viene todo de Dios, se acuerde en uno".

No obstante, siempre intentó sobreponerse alguna de las instancias. Reyes y nobles, apoyados en ese pretexto nombran prelados, para mejor disponer de su poder económico e influencia social. La situación estalló en el siglo XI en la famosa lucha de las investiduras en que el papa Gregorio VII (1073-1085) trata de controlar el derecho del nombramiento de obispos. El problema no definitivamente resuelto, permanecería candente durante más de una centuria, hasta que las sucesivas reformas terminaron por responsabilizar de la elección episcopal al colegio de canónigos, en el Conc. Lateranense IV (1215). La determinación tendría una relativa eficiencia, pues desde el siglo XIII, entre las monarquías europeas se abre paso la teoría política de ejercer su poder sobre las distintas organizaciones que formaban parte del reino, comprendida la Iglesia. La intervención real sobre ella deriva hacia una marcada protección paternalista, como se ve en el Fuero Real, en Las Partidas y en la práctica política. Cabildos y episcopado quedaban, en definitiva, convertidos en un resorte más de poder en manos de la Corona.
 

Iglesia y monarquías peninsulares (siglos XIII-XV)

Entre los siglos XIII y XV la colaboración de la jerarquía eclesiástica peninsular con la Corona fue especialmente intensa. Destacados miembros del alto clero participaban en la administración del reino, y numerosos servidores de la corte recibían en recompensa de sus servicios sedes episcopales o importantes canonjías. La estrecha interdependencia tuvo sus repercusiones en los campos de la política, de la economía y de la justicia.

En el ámbito de la política algunos prelados desempeñaron funciones de consejeros privados del monarca o detentaron los altos puestos de canciller o notario en los reinos de Castilla y León. El título de Canciller Mayor de Castilla estuvo reservado al arzobispo de Toledo, al igual que el del reino de León, lo ocuparon los arzobispos de Santiago. La carencia de personalidades aptas para ejercer funciones diplomáticas, abrió las puertas a la representación de la corona por parte de los prelados ante las diferentes cortes extranjeras.

Los eclesiásticos participaron con singular interés en la que fue línea política por excelencia de los reinos peninsulares, volcada en la expansión territorial, con la necesaria guerra de frontera y subsiguiente actividad repobladora. Contribuyeron a ello con su actividad pastoral, su participación directa en la guerra o con ayudas económicas.

Papa y obispos caldearon los ánimos de las gentes mediante la predicación de cruzadas o fomentando la aparición de Vírgenes soterradas, cerca de caminos o puntos claves para la reconquista. En ese contexto se gestaron la aparición de la Virgen de Guadalupe en las Villuercas, la de la Virgen de la Cabeza en Andújar y, más tarde, en 1260, la de la Virgen del Puerto de Santa María, protectora de la campaña militar de Alfonso X en el Norte de África.

Participaron directamente los prelados en la acción bélica, como enfervorizados guerreros. Como a otros destacados hombres de guerra el monarca les otorgó la tenencia de castillos fronterizos. Los obispos de Córdoba detentaron los de Anzur y de Tiñosa. Los de Jaén, tuvieron la Torre de Tiédar, Chincoya, Caztalla y Cárchel. Los de Cartagena, el castillo de Lubrín. Los arzobispos de Sevilla, el castillo y villa de Cazalla. Los de Toledo, el Adelantamiento de Cazorla y la promesa de la tierra de Baza, aún sin conquistar. El propio Cisneros interviene en Orán y crea en ella una Colegiata dependiente del arzobispado de Toledo. Para cumplir su misión guerrera el obispo de Jaén exige, en 1247, a los pobladores de su Torre de Tiédar, la participación con él en la guerra durante tres meses en el año.

La restauración o fundación de una nueva sede episcopal revistió una singular importancia para la repoblación. De ahí que el propio rey Fernando III solicite al Pontífice el traslado de sede episcopal desde Baeza a Jaén, conquistada en 1246 y con excelentes condiciones para convertirse en inexpugnable bastión defensivo, organizador de la repoblación y de la vida administrativa del reino y obispado de Jaén.

Los servicios prestados por la Iglesia eran generosamente recompensados por los monarcas que dotaban a las diócesis restauradas, les otorgaban privilegios y exenciones y premiaban a sus prelados con preciados donadíos en los repartimientos.

La Iglesia, seriamente interesada en el proceso y en reconocimiento de los beneficios recibidos de la corona, participaba en el gasto económico de las campañas militares, unas veces de forma espontánea, otras bajo presiones reales. La colaboración se materializó en diferentes tipos fiscales, como Tercias Reales, Décimas, Cruzadas o Servicios Extraordinarios. Los dos novenos del Diezmo eclesiástico que Fernando III pide al Papa para ayudarse en la lucha contra los infieles, acaban por convertirse en un tributo real, conocido como Tercias Reales que, en el siglo XV, forma junto con las Alcabalas el ingreso más notable de la Corona de Castilla. Los propios clérigos eran obligados, en circunstancias extraordinarias, a contribuir con el diez por ciento de sus ingresos en ayuda de la guerra contra el infiel, dando lugar al tributo conocido como Décima Pontificia. La Bula de Cruzada, de más significación políticorreligiosa que económica, fomentó la recaudación de limosnas, algunas condicionadas a determinadas compensaciones como el consumo de carne en ciertos días del año, especialmente, en la Cuaresma. Pero más allá de estos tributos normalizados, los reyes castellanos negociaron con los obispos, con motivo de necesidades concretas, la tributación de Servicios Extraordinarios exigidos al clero.

Ejercía la Iglesia su propia jurisdicción sobre todas aquellas cosas y personas que de alguna manera, espiritual o material, caían bajo su competencia. Para hacer efectivas sus actuaciones judiciales contaba con sus propios resortes coercitivos de tipo jurídico-moral - excomunión, suspensión o entredicho -, o de tipo temporal-eclesiástico, concretado en la organización de un cuerpo de alguaciles episcopales que en calidad de fuerza ejecutiva castigaban las infracciones en cuestiones espirituales o materiales por medio de una variada serie de sanciones pecuniarias, castigos corporales o prisión en las cárceles episcopales. Cuando en determinadas ocasiones la institución eclesiástica recabó la colaboración del brazo secular, la Corona acudió diligente a prestarle sus servicios, como se detecta, con frecuencia, en el cobro de los Diezmos o en la ejecución de las sentencias de excomunión.

Sólo cuando el poder secular fue más allá de lo permitido, usurpando derechos o conculcando privilegios mediante cartas desaforadas, la jerarquía protagonizó prolongados y tensos debates, que dieron lugar al conocido conflicto de jurisdicciones.

Se crearon espacios, sin embargo, donde la Corona pudo intervenir por derecho propio. Así ocurrió con las dotaciones y donaciones hechas por los Reyes a la Iglesia de castillos, jurisdicciones señoriales o amplias propiedades, de las que seguía manteniendo el derecho eminente, dejando a obispos y cabildos sólo el derecho útil. En tales campos el episcopado quedaba vinculado a la monarquía mediante el juramento de obediencia, debido por los derechos señoriales cedidos o estableciendo lazos de tipo material, a través de las posesiones episcopales, haciendo que cuando moría el prelado las propiedades quedasen en manos del otorgante. Este fenómeno se capta con claridad en las poblaciones sometidas a jurisdicción episcopal.

Ciudades como Sigüenza, Palencia, Lugo, Santiago, Osma, Tuy, Orense, Mondoñedo y sus villas de Vivero y Castro Oro, fueron concejos de señorío episcopal, en cuyas sedes los monarcas procuraron colocar prelados adictos. No ocurría exactamente lo mismo en la ciudad de Toledo, sobre la que el arzobispo no tenía el señorío, aunque sí lo detentaba sobre un conjunto de importantes villas de la archidiócesis, como Brihuega, Alcalá de Henares, Illescas o Talavera. En ellas, el monarca protegió la jurisdicción de los respectivos prelados, siempre que éstos le fueron adictos.

Pero las aspiraciones de la monarquía iban más allá. Pretendía garantizar la fidelidad de los eclesiásticos en los diferentes ámbitos de la actividad administrativa. El procedimiento más eficaz para ello era la intervención real en la designación de obispos y provisión de beneficios. Pese a que en el siglo XI quedaran frenados los intentos de los poderes temporales para controlar las sedes episcopales, con el robustecimiento de la autoridad papal, y se hubiera conseguido establecer en el Concilio Lateranense IV (1215) la elección de los obispos por parte de sus respectivos cabildos, quedarían abiertas numerosas fisuras por donde se introduciría la sede romana y, a su amparo, los intereses reales.

La normativa establecida por el Concilio exigía que el candidato a ocupar la sede vacante fuese persona idónea de entre los componentes de la propia iglesia o, caso de no encontrarlo en ella, se buscase en las diócesis vecinas. Los capitulares se atuvieron a un procedimiento versátil, bien exigiendo la votación de cada uno de los componentes o, más frecuentemente, haciendo la elección mediante compromisarios. También se contemplaba la proclamación unánime por todos, como si se produjese por inspiración divina.

Era un sistema muy parecido al que aún se continúa manteniendo para la elección del Papa. Muerto el obispo, en el plazo de tres meses es convocado el cabildo catedralicio para la designación del sucesor. La fórmula más comúnmente aceptada fue la vía del compromiso, concediendo a los compromisarios - de uno a cuatro miembros - plena, general y libre potestad para elegir obispo, de entre ellos mismos, de los miembros del cabildo de la propia catedral o de las catedrales más próximas. Anunciada su elección mediante la fumata blanca, el nuevo obispo era entronizado al canto del Te Deum. A continuación, el Deán del cabildo comunicaba al clero y al pueblo el nombre del nuevo pastor. Enseguida se solicitaba del metropolitano la confirmación y consagración del elegido, quien en el tiempo oportuno prestaba el correspondiente juramento ante el metropolitano y ante el cabildo de la catedral.

La formalidad de la elección no excluía presiones previas, ni exigencias posteriores por parte de los soberanos, que no renunciaron a sus tradicionales atribuciones. Consistían éstas en la notificación por parte del cabildo cuando quedaba la sede vacante, a fin de que diese licencia para que los canónigos procediesen a la elección del nuevo prelado (consensus), y en la aprobación del nuevo electo (assenssus). Justificaron tales prerrogativas en la necesidad de vigilar y guardar los bienes episcopales y transferirlos íntegros al nuevo titular de la sede.

Recurrieron, sobre todo, a presiones externas, formulando solicitudes a los papas para compensar con un obispado a personal de su entorno, o exigiendo a los nuevos prelados la reverencia debida. Fue así como Fernando III conseguía, en 1237, del Papa Gregorio IX el derecho de presentar candidatos para las iglesias que arrebatase a los sarracenos, y como quedó fijada en el Ordenamiento de Alcalá de Henares, de 1348, la exigencia de acatamiento reverencial al rey por parte del nuevo electo, al que advierte que "ante que fuese a su yglesia, viniese fazer reuerencia al Rey".

Estos y otros procedimientos dieron lugar a que, durante los siglos XIV y XV, la elección de los obispos escapase cada vez más de los cabildos. Los papas, que no habían renunciado a su derecho de recomendar candidatos, incrementaron progresivamente sus atribuciones, y de recomendar pasaron al sistema de reservas, que culmina en la Corte Papal de Aviñón, en el siglo XIV. El control sobre las instituciones eclesiásticas, llegó incluso al procedimiento de expectativa, proponiendo el papa la persona que ocuparía un beneficio, aún ocupado, cuando quedase vacante, a pesar de la críticas vertidas en el III Concilio de Letrán, dado que se podía desear la muerte del tenente.

Menudearon por doquier los conflictos producidos por derechos encontrados. Los cabildos se aferraron a sus antiguas prerrogativas, mientras Roma se apresuraba a designar sus propios candidatos. Fue ello la causa de con mayor frecuencia de lo sospechado dos electos exhibieran sus legítimos derechos a una misma sede. Tal fue el caso en Jaén, a mediados del siglo XIV, del obispo D. Alonso Pecha, cofundador de la Orden de los Jerónimos, que había sido nombrado por el Papa, mientras el cabildo elegía otro candidato. Ambos estuvieron firmando como obispos de la sede andaluza durante algunos años.

Utilizando el arbitraje papal, los reyes pasan de la práctica de la suplicación a la firme intervención. El auge progresivo de ésta durante el siglo XV siguió en la Península tres etapas sucesivas.

1. El joven monarca Juan II presiona, frente a las pretensiones papales contenidas en el Concordato firmado por Martín V, en 1418, hasta conseguir del Papa, en 1421, la bula Sedis Apostolicae, por la que se le reconoce la antigua costumbre castellana de que los cabildos en la elección de vacantes oyeran los consejos de los reyes, es decir, se rehabilita el derecho de "suplicación". El monarca se considera respaldado por el reconocimiento pontificio y responde con dureza contra los intentos autonomistas de los capitulares, reduciendo al mínimo las sedes castellanas provistas libremente por los cabildos.

2. El reinado de Enrique IV sirvió para afianzar más aún los derechos regios, a través de la bula "Cum tibi Deus" otorgada por Calixto III, en 1456, y de un nuevo documento de Pío II, en 1459. En ambos se renueva el citado derecho de suplicación, ampliado con la práctica intervencionista del monarca en los diferentes nombramientos episcopales de su reino. Sin embargo, la debilidad del rey y la complicada guerra civil en Castilla es aprovechada por los cabildos para recuperar el terreno perdido, a la vez que los papas deciden retomar su arbitraje.

3. Con el acceso al poder de los Reyes Católicos se puso fin a las aspiraciones de cabildos y papas. El acuerdo para la gobernación del reino firmado en Segovia, en 1475, unido a las Cortes de Toledo de 1480 y a los escritos de algunos canonistas que reiteran con fuerza el tradicional derecho de suplicación de la reina y las presiones practicadas sobre los cabildos a la hora de proveer una sede episcopal, convierten la elección en una mera formalidad jurídica. Son los reyes con el apoyo papal, quienes designan el candidato que ha de ser elegido.

Los papas, que a finales del siglo XV, habían logrado centralizar el poder para nombrar obispos, se vieron inmersos en la necesidad de conceder amplias facultades a la Corona. Las aspiraciones de Isabel y Fernando respecto de las elecciones de obispos y beneficios, iban más allá de la confirmación del tradicional derecho de suplicación que Juan II y Enrique IV habían arrancado a Martín V y Calixto III. Buscaban un marco legal más amplio en el que se asegurara la obligada aceptación por Roma del candidato propuesto por ellos. Era el marco legal, cuya fórmula es conocida como Derecho de Patronato o Patronato Regio. Los Papas, reticentes a poner en sus manos tanto poder, sólo lo otorgaron para algunas sedes de nueva creación, como Granada, Canarias o la villa de Puerto Real, entre Jerez y Cádiz, y, desde luego, para sus posesiones de Indias, pero no para el conjunto de sus reinos, como hubiera sido su deseo. El derecho de Patronato sería, por fin, concedido a Carlos I, en 1523, por el Papa Adriano VI.

La intencionalidad de los monarcas era que los siete arzobispados y cuarenta obispados de sus reinos no escaparan a su control y estuvieran ocupados por personas fieles que supieran llevar a la práctica sus objetivos. Con ese fin redactaron una declaración programática de criterios para provisión de obispos: ser naturales de los reinos, comportarse de forma íntegra y honesta, ser personas pertenecientes a la clase media y no a familias nobles y poderosas, ser hombres letrados. Aumentaban con ello las posibilidades de contar con aliados políticos, evitaban la fuga de capitales hacia el extranjero, conjuraban las intrigas de la alta nobleza y se acompañaban de hombres aptos para su programa de reformas. El hábil manejo de la situación puso en sus manos un episcopado colaboracionista con su política, al que ellos procuraron tener más sumiso, premiando sus servicios con importantes compensaciones personales.
 

Importancia político-económica del arzobispado de Toledo

Los sólidos lazos que unen a Iglesia y poder real se aprietan singularmente en la sede toledana, en otros tiempos confundida con el estado visigodo. En aquellos decisivos acontecimientos había fraguado su categoría de metropolitana y primada de Hispania, convirtiéndose en diócesis poderosa y rica.

Sus pastores administraban el amplio espacio eclesiástico que cubría la práctica totalidad de la actual comunidad de Castilla-La Mancha, salvo una pequeña zona al Noreste de la misma, que pertenecía a las diócesis sufragáneas de Sigüenza y Cuenca. En concreto, ocupaba las actuales provincias de Toledo, Ciudad Real, Madrid y buena parte de las de Albacete, Guadalajara, Badajoz y Cáceres.

Estaba sometida a su jurisdicción una extensa provincia eclesiástica, comprendida, en el siglo XV, entre la franja cántabra y el valle del Guadalquivir. Siete diócesis sufragáneas se incluían en ella: Palencia, Osma, Segovia, Sigüenza, Cuenca, Jaén y Córdoba. La bula Cunctis Sanctorum, de 1088, reafirmaba a los titulares de la sede toledana la dignidad de metropolitanos, que habían detentado en época visigoda sobre la extensa provincia cartaginense, compuesta de veinte sedes.

La categoría de primada, reconocida por Urbano II, en la referida bula, colocaba al arzobispo de Toledo, tras el prolongado intermedio musulmán, en el rango que había ostentado sobre las iglesias de España desde el año 687. El título, que acabó siendo meramente honorífico, comportó importantes funciones y proporcionó gran prestigio, preeminencia y poder a los prelados, no sólo ante el Papado, sino ante los príncipes europeos y los obispos peninsulares.

Sus cometidos, ingresos y prestigio hacían del arzobispo de Toledo y de su consejo asesor, el cabildo catedralicio, la institución eclesiástica más destacada de la Península.

Contaba la mitra con un vasto patrimonio que extendía su jurisdicción temporal sobre 20.000 vasallos, distribuidos por 200 aldeas y villas. Las rentas proporcionadas por sus bienes, más las dimanadas de sus derechos estrictamente eclesiásticos, le proporcionaban ingresos que duplicaban a los del arzobispado de Sevilla, su inmediato seguidor en la escala económica. Así lo muestra la relación de ingresos anuales de los obispos de Castilla, de 1536-1537, (1) y con mayor claridad aún, los de 1566, (2) que a continuación reseñamos:

Arz. Toledo 154.000 ducados (57.750.000 mrs.)
Sevilla 76.000 ducados (28.500.000 mrs.)
Santiago 34.000 ducados (12.750.000 mrs.)
Granada 24.000 ducados ( 9.000.000 mrs.)
Obisp. Burgos 33.000 ducados (12.375.000 mrs.)
Sigüenza 36.000 ducados (13.500.000 mrs.)
Cuenca 32.000 ducados (12.000.000 mrs.)
Plasencia 32.000 ducados (12.000.000 mrs.)
Córdoba 36.000 ducados (13.500.000 mrs.)
Salamanca 19.000 ducados ( 7.125.000 mrs.)
Segovia 19.000 ducados ( 7.125.000 mrs.)
Osma 18.000 ducados ( 6.750.000 mrs.)
Badajoz 18.000 ducados ( 6.750.000 mrs.)
Palencia 18.000 ducados ( 6.750.000 mrs.)
Málaga 22.000 ducados ( 8.250.000 mrs.)
Jaén 26.000 ducados ( 9.750.000 mrs.)
Zamora 18.000 ducados ( 6.750.000 mrs.)
Coria 18.000 ducados ( 6.750.000 mrs.)
Ávila 14.000 ducados ( 5.250.000 mrs.)
Calahorra 14.000 ducados ( 5.250.000 mrs.)
Pamplona 17.000 ducados ( 6.375.000 mrs.)
Cádiz 10.000 ducados ( 3.750.000 mrs.)
Canarias 11.000 ducados ( 4.125.000 mrs.)
León 11.000 ducados ( 4.125.000 mrs.)
Cartagena 14.000 ducados ( 5.250.000 mrs.)
Astorga 10.000 ducados ( 3.750.000 mrs.)
Oviedo 10.000 ducados ( 3.750.000 mrs.)
Orense 7.000 ducados ( 2.625.000 mrs.)
Ciudad Rodrigo 8.000 ducados ( 3.000.000 mrs.)
Tuy 6.000 ducados ( 2.250.000 mrs.)
Lugo 5.000 ducados ( 1.875.000 mrs.)
Coria 5.000 ducados ( 1.875.000 mrs.)
Mondoñedo 4.000 ducados ( 1.500.000 mrs.)
Almería 4.000 ducados ( 1.500.000 mrs.)

El último lugar estaría ocupado por el obispado de Guadix que no aparece en esta relación, pero sí en la de 1536-37, en la que su comparación con el de Mondoñedo nos facilita una idea de sus proporciones económicas:

Mondoñedo 2.000 ducados ( 750.000 mrs.)
Guadix 1.000 ducados ( 375.000 mrs.)

Cuenta Toledo con un influyente cabildo catedralicio, fuertemente conectado a las principales familias aristocráticas. Sus pingües ingresos siguen caminos paralelos a los de la mitra. Aparte de los proporcionados por sus grandes propiedades, comparte con el arzobispo un tercio de todos los diezmos de la diócesis. Sus bienes gozaban de exención tributaria, cuyo privilegio defendió la jerarquía eclesiástica con severas medidas, entre las que no faltó la máxima pena de excomunión.

Admirado de la opulencia el embajador veneciano Andrés Navaggiero escribe, en 1525, que "los canónigos son muchos y ninguno goza menos de setecientos ducados", unos 262.500 mrs. anuales, más de seis veces que un canónigo de Granada, cuyos ingresos anuales eran de 40.000 mrs.

Las dignidades catedralicias - deán, arcedianos, maestreescuela, etc. - doblaban y, en algún caso, triplicaban tales cantidades, llegando a superar la renta de algunos obispos.

La imponente catedral, terminada en la segunda mitad del siglo XV, estuvo servida por numerosos clérigos que solemnizaron actos de coronaciones regias y otros eventos celebrados en ella.

La nómina de clérigos de la catedral primada estaría compuesta por 14 dignidades, 40 canónigos prebendados, 20 canónigos extravagantes, 50 racioneros, más de 100 capellanes y 40 clerizones. La cifra debió dispararse por encima de los cuatrocientos miembros. Decía Felipe II al referirse a los beneficiados de Toledo "toda esta multitud se contiene en tres quatros", es decir, 444. No todos podían estar presentes al mismo tiempo en el coro, pues contaba con 70 asientos en la sillería alta y 54 en la baja.

Ellos fueron actores principales en el solemne teatro de sonadas fiestas políticas, conmemorativas de importantes acontecimientos de la vida del reino, tales como bodas, nacimientos o victorias. Sirva de ejemplo la celebración de la victoriosa Batalla de La Higueruela, entre 27 de agosto y 3 de septiembre de 1431. La magna procesión de más de dos horas, convertida en una auténtica "apoteosis ceremonial" recorrió las calles de la ciudad hasta llegar a la catedral en la que se exhibieron imágenes, reliquias, las armas reales y los pendones, portados por dos canónigos y depositados por el rey en la Capilla de los Reyes Nuevos, ante la tumba de sus padres. No menos significativa fue la celebración, en los primeros años del reinado de los Reyes Católicos, de un acto de profundo significado y alcance político, como fue la jura de D. Juan, heredero de los monarcas, con ocasión de la celebración en Toledo de uno de los acontecimientos más importantes de su reinado, las Cortes de 1480.

La trascendencia política de la catedral dejaría indeleble huella en la grabación que, a iniciativa del Cardenal Mendoza, fiel servidor de los Reyes, se haría en la sillería del coro, registrando los episodios más significativos de la Guerra de Granada. Era exponente, en definitiva, de la tradicional unión de la Iglesia con los poderes públicos, plasmada en el lejano siglo XI, con motivo de la conquista de Inglaterra, realizada desde Normandía por Guillermo el Conquistador. Entonces fue el obispo, Odón de Conteville, hermano del Príncipe, quien mandó tejer el célebre Tapiz de Bayeux, conmemorativo de los episodios más relevantes del evento, para exponerlo en la catedral de esta ciudad a la contemplación de los fieles.

También se convirtió el templo primado en escenario de enfrentamientos y refugio de rebeldes. La procedencia nobiliaria de los capitulares y el realce político del prelado de Toledo hicieron del templo catedralicio el centro instigador y protagonista de la conflictiva década de los años 60 del siglo XV. Fue señera de tales acontecimientos la figura de su arzobispo D. Alonso Carrillo. En 1465, tras la Farsa de Ávila, se alzan al lado del Infante D. Alfonso. En 1467, los desórdenes que enfrentaron a cristianos viejos y a conversos estallan en la catedral el día de la Magdalena, produciendo el caos de incendios, albortos callejeros y víctimas mortales, conocidos con el nombre de "Fuego de la Magdalena". En 1468, son los partidarios de don Alfonso, respaldados por el arzobispo Carrillo, quienes, reacios a aceptar a Enrique IV, protagonizan los enfrentamientos. En 1472, el poderoso arzobispo se proclama en defensa de Isabel, dando lugar a nuevos disturbios en su lucha contra los partidarios de Enrique IV, entre los que se contaban influyentes canónigos. Desde 1474, Carrillo se revuelve contra Isabel, defiende a "La Beltraneja" y milita junto a Portugal. La paz no vuelve a las naves de la catedral hasta que Carrillo es relegado en Alcalá, tras la victoria de Toro de 1476. Los conflictos no alterarán la convivencia de la ciudad y de la catedral hasta las revueltas comuneras de Carlos I.
 

La política y los arzobispos toledanos (siglo XV)

El conjunto político inseparable entre monarquía, nobleza y episcopado se constata con gran claridad en los arzobispos de Toledo, que puestos al frente de la sede por los reyes o sus privados, formaban parte de las familias más influyentes del reino. En la corte de Juan II fue el Condestable Álvaro de Luna, quien seleccionó los candidatos para la sede primada. A la muerte del arzobispo Martínez Contreras, en 1434, el elegido fue Juan de Cerezuela (1434-1442), hermano de madre del Condestable. El nombramiento de Gutierre Álvarez de Toledo (1442-1446) fue, asimismo, promovido por el poderoso cortesano, en quien influyó el sobrino de aquel, Fernando Álvarez de Toledo, Conde de Alba. La habilidad de D. Alvaro llegó al culmen de la osadía, cambiando el candidato del rey por D. Alonso Carrillo. La sucesión de éste no se produce hasta el reinado de los Reyes Católicos, quienes asumen la designación directa de los prelados, prescindiendo incluso del "simulacro" de elección por el cabildo. Es la reina Isabel la que nombra a Mendoza y luego, aconsejada de éste, a Cisneros.

Instalados en esa plataforma con la confianza de los Reyes, los tres últimos prelados de la centuria escalan la cumbre de la actividad política y protagonizan los cambios más candentes de la Península.
 

Alfonso Carrillo de Acuña

Nacido en Cuenca, en 1412, era el tercer hijo del matrimonio formado por Lope Vázquez de Acuña, caballero de ascendencia portuguesa y Teresa Carrillo de Albornoz, señora de Buendía y Azañón. Pese a su peldaño de segundo orden ocupado en la escala nobiliaria, guardaba estrecho parentesco con destacados linajes portugueses, aragoneses y castellanos, entre los que se contaban los Luna y los Pacheco. Desde los once años permaneció junto a su tío materno, Alfonso Carrillo, obispo de Sigüenza y cardenal de San Eustaquio (1384-1434), destacado eclesiástico de la primera mitad del siglo XV. Le sigue a Italia, donde contacta, entre otras personalidades, con el Papa Eugenio IV que, a la muerte de su tío, le protege y orienta.

En 1434, con sólo 22 años, inicia, con el título de protonotario apostólico, una meteórica carrera de cargos eclesiásticos. Al año siguiente, con 23 años, es nombrado administrador del obispado de Sigüenza, sede que había ocupado su tío el cardenal. Con 24 años Carrillo regresa a Castilla y es designado obispo de Sigüenza (1436). Entre 1440 y 1446, se hace cargo del obispado de forma efectiva. El 10 de agosto de 1446, a una edad temprana para la responsabilidad que adquiría - 34 años - su protector, el Papa Eugenio IV, le confiere el arzobispado de Toledo, la sede más apetecida y poderosa de la Península, e insta al cabildo a prestar obediencia al nuevo prelado mediante la bula Credite nobis de 13 de agosto. (3) En su nombramiento había tenido un papel importante, su pariente el Condestable Alvaro de Luna, que logró situarlo por delante del amigo y candidato del Rey, el obispo de Cuenca, Lope Barrientos. (4) Durante 36 años (1446-1482) permaneció al frente de la sede primada.

Los crecidos ingresos que le proporcionó la mitra toledana, le permitieron mantener un envidiable tren de vida, una nutrida hueste y financiar empresas de la monarquía. El "omme belicoso", descrito por Hernando del Pulgar, destacó como excelente guerrero en las principales batallas de su época. En su condición de poderoso cortesano, procuró labrar buen futuro a sus hijos Troilo Carrillo y Lope Vázquez, nacidos de sendas relaciones concubinarias.

Más allá de otras proyecciones, desplegó una intensa actividad política que pronto le convirtió en la pieza clave del reinado de Juan II. Se mantuvo al lado de su pariente Álvaro de Luna, hasta su caída en desgracia, tras la que se desvincula de él. Durante el reinado de Enrique IV, el astuto prelado hizo causa común con el hombre fuerte del monarca, su sobrino Juan Pacheco, marqués de Villena, a cuyo lado peleó contra buena parte de la nobleza castellana. Al tomar la familia Mendoza el poder en Castilla, en 1464, y colocar a don Pedro González de Mendoza al frente del Consejo Real, Carrillo pasa a encabezar la facción nobiliaria que un año después depone al Rey en Ávila, y presta su apoyo a los infantes Alfonso e Isabel. Él fue quien preparó el contrato matrimonial de Isabel con Fernando, sembrando así el germen de la unidad de España.

El interés mostrado por la joven pareja hacia los Mendoza y la singular acogida dispensada a D. Pedro, jefe de la casa, motiva el acercamiento de Carrillo al rey Alfonso V de Portugal, anteriormente pospuesto a Fernando de Aragón. Defiende en la Batalla de Toro de 1476 los derechos de "La Beltraneja", contra los ejércitos de Isabel, capitaneados por Mendoza. Derrotado en ella, se retira a la villa de Alcalá de Henares, donde vive silenciado, desde 1479, una vez que le han sido secuestrados todos los bienes y fortalezas de su señorío temporal.

Le había perdido su forma de entender el poder y la autoridad monárquica. Apostó, en la más pura línea medieval, por una solución oligárquica y por una nobleza fuerte que controlara a la monarquía. Dejaba así las puertas abiertas al ascendente arzobispo de Sevilla, Pedro González de Mendoza, quien en sintonía con la política de los Reyes Católicos, defendía una monarquía autoritaria y moderna.

Su actividad eclesiástica, más que en la vida pastoral, se proyectó en el control de la economía de su diócesis y en la provisión de las ricas prebendas catedralicias a clérigos que le eran adictos. Con esa finalidad, elevó a rango de dignidad los oficios de Vicario de la ciudad y Capellán Mayor, en las constituciones de 1462 y 1468, aumentando a 14 el número de dignidades del cabildo. (5)

Las mismas reformas, que impulsó, muy al final de su vida episcopal, estuvieron condicionadas por las exigencias de la vida política del momento. La convocatoria de asambleas y concilios, desde 1473, en que se ve desplazado por el imparable ascenso de Mendoza, primero como cardenal de España y enseguida como consejero de los Reyes Católicos, pretenden, ante todo, poner de manifiesto, que él, como el que más, es hombre de Iglesia deseoso de acabar con el Cisma y corrupción que había tenido dividida y postrada a la Iglesia, desde 1378, y que está dispuesto a romper con ese pasado. Es entonces cuando se interesa por la reforma del clero de su diócesis, tratando de elevar su preparación litúrgica, acabar con sus malos hábitos y neutralizar la infrenable acumulación de beneficios. Presta atención en ese contexto al lamentable estado que arrastraban las parroquias mozárabes de la ciudad, ordenando que sus beneficios sólo fuesen concedidos a clérigos instruidos en su liturgia.

Pero donde incide con especial fuerza es en la defensa de la inmunidad y libertad de la Iglesia frente a una corona cada vez más controladora y que menos le tiene en cuenta.

Su talante personal, en cambio, parece influido por la tolerancia y, en los últimos años de su vida, también por la cultura. Se opone a la intransigencia de que eran objeto judíos y conversos, a quienes, en torno a 1467, se les vetaba el acceso a los cargos públicos. En el Sínodo de 1480 prohíbe las cofradías basadas en el principio de la Limpieza de Sangre de sus componentes. No permitió la implantación en Toledo del Tribunal de la Inquisición, que tiene que instalarse en Ciudad Real, en 1483. En consonancia con su época, desplegó cierta actividad de mecenazgo artístico y cultural en su villa de Alcalá de Henares, donde coloca los precedentes de la futura universidad con la creación de varias cátedras y deja algunas huellas artísticas. Tras su muerte, el 1 de julio de 1482, (6) fue sepultado en la Capilla Mayor del convento de San Francisco, en un magnífico sepulcro de alabastro de estilo gótico florido con estatua yacente, que él mismo había mandado labrar.
 

Don Pedro González de Mendoza

Nace en Guadalajara, en 1428, en el seno de uno de los linajes más poderosos e influyentes de Castilla, la familia Mendoza, futuros duques del Infantado. Era el quinto de los diez hijos nacidos del matrimonio formado por el Marqués de Santillana, Íñigo López de Mendoza y Catalina Suárez de Figueroa.

Su padre, hombre de extraordinaria cultura, procuró para él una cuidadosa educación en el marco de una sólida preparación humanística, orientada a ocupar destacados puestos en la Iglesia. De ahí que los primeros pasos de su formación los dé junto a su tío, el arzobispo de la sede primada, Gutierre Álvarez de Toledo (1442-1446), quien le aveza en el conocimiento del Latín y la Retórica. Pasó después a Salamanca, donde se doctoró en Cánones y Leyes.

Entre tanto, sus influyentes familiares le procuraron beneficios eclesiásticos cerca de Guadalajara, solar de su familia: con sólo 9 años obtuvo el curato de la villa de Hita y, algo después (1442), con 14 años, su tío, el arzobispo, le procuró el arcedianato de Guadalajara, poderosa dignidad del cabildo toledano, a la que correspondía la jurisdicción eclesiástica de todos los arciprestazgos de esa zona, unas 40 parroquias.

Debidamente preparado inicia su carrera eclesiástica y política en estrecho contacto con la corte de Juan II, donde desde 1452, con 24 años, es nombrado capellán por el Rey. Empieza aquí para él una meteórica escalada de importantes y bien remunerados cargos eclesiásticos. En 1454, con sólo 26 años, consigue el soberano que se le elija obispo de Calahorra-La Calzada (1454-1468) con el propósito de atraerse a su familia. Durante el reinado de Enrique IV, en premio a su apoyo frente a los nobles, recibió el obispado de Sigüenza (1467-1495). El 7 de marzo de 1473 es investido cardenal, a instancias de Rodrigo Borja, futuro Alejandro VI, de quien había sido anfitrión, en 1472, cuando el entonces purpurado desplegaba su legación en Castilla, a fin de limar diferencias entre el monarca y su hermana Isabel. A finales de 1473 es designado arzobispo de Sevilla por Sixto IV, a súplicas del Rey, pero no se desprendió de la sede de Sigüenza. En 1478 fue nombrado administrador perpetuo de la sede de Osma, que cedería, en 1483, para un sobrino del pontífice, a fin de asegurarse la mitra de Toledo.

Acumuló grandes beneficios como la abadía de Valladolid, la de San Zoilo de Carrión de los Condes, la de Moreruela y la de Fécamp, en Normandía. Esta última concedida por Luis XI, en pago a sus buenos oficios diplomáticos, por los que evitó que Aragón y Francia entrasen en guerra a causa del Rosellón. Recibió, también, el título de patriarca de Alejandría.

Desde 1458 era jefe de la poderosa familia Mendoza, al recibir de su hermano y primogénito, Diego Hurtado de Mendoza, la jefatura de la familia, en atención a sus dotes personales y a las malas relaciones de aquel con el rey Enrique IV. Tal circunstancia le convierte en pieza indiscutible del juego político. En 1464 la familia Mendoza apoya a Enrique IV y a su descendiente Juana "La Beltraneja", y don Pedro González de Mendoza se sitúa al frente del Consejo Real y se convierte, durante 20 años, en la persona más influyente de la corte y en quien deposita el rey toda su confianza.

Todo cambió con el prometedor futuro de Isabel y las insistentes propuestas de la joven reina para que acepte su proyecto. Desde el 2 de enero de 1475, en que Fernando jura en Segovia como rey de Castilla y León, en presencia de la reina y del cardenal Mendoza, éste se convierte en el más fiel consejero de los monarcas y en pieza indispensable de su monarquía autoritaria. El 13 de diciembre de 1482 veía compensada su fidelidad con el arzobispado de Toledo, a lo que accedió gustoso Sixto IV, interesado en que Mendoza dejara libre la sede hispalense para su sobrino Rafael Riario. Renuentes los monarcas a que una sede de tal categoría fuese provista en un extranjero, el cardenal no dudó en renunciar a la administración perpetua sobre Osma, para satisfacer con ella las apetencias del Papa.

La toma de posesión de la sede primada la harían en su nombre, el 20 de marzo de 1483, una delegación de canónigos de Toledo y Sigüenza. Él no iría personalmente a la ciudad hasta 1484. Las múltiples ocupaciones exigidas por el servicio de los Reyes y del reino le aconsejaron nombrar en abril de ese año a Fray Juan de Quemada como visitador general del arzobispado, lamentando no poder "por nuestra persona, asy como queríamos, entender estrechamente en la administraçion de las cosas espirituales e temporales de nuestro arçobispado e diócesis de Toledo". (7)

Vivió más de acuerdo con su vida pública que con su condición de alto dignatario eclesiástico. Su ambición y encumbrada dignidad le reportaron una enorme fortuna, que le permitió atender a los numerosos gastos de su casa, financiar determinadas empresas de la monarquía y mantener su propia hueste. A los fabulosos ingresos proporcionados por el arzobispado de Toledo, unió los del obispado de Sigüenza, y las diferentes abadías que le fueron otorgadas. Aparte de ello, recibió dádivas de los reyes, como las Tercias Reales de Guadalajara, que le donara Enrique IV, en 1466.

Las ocupaciones políticas y guerreras le absorbieron prácticamente todo su tiempo. Fue Capitán General de los ejércitos de Castilla en la Batalla de Toro de 1476, que da el espaldarazo definitivo a la ocupación del reino de Castilla por Isabel la Católica. Su influencia fue determinante en las decisiones más relevantes del reino: sumisión de la nobleza, establecimiento de la Inquisición, Conquista de Granada, restauración de diócesis tomadas al Islam, expulsión de los judíos y descubrimiento de América. Su anterior amistad con Colón, facilitó la presentación de su proyecto a los Reyes. Cuando regresó el almirante de viaje a las Indias, en 1493, fue introducido en la nobleza por el Cardenal.

Como cualquier otro noble del reino labró un destacado futuro a los hijos nacidos de sus relaciones concubinarias: el cardenal Mendoza tuvo, en palabras de la reina, tres "bellos pecados" nacidos de sus relaciones con dos mujeres, doña Mancía de Lemos, portuguesa, y doña Inés de Tovar, vallisoletana. De la primera nacieron Rodrigo Díaz de Vivar y de Mendoza, marqués del Zenete y conde del Cid, y Diego Hurtado de Mendoza, conde de Mélito y señor de Almenara. El tercer hijo, Juan, nacido de su segunda relación, se dedicó a las armas y murió joven en Francia. Los dos primeros eran legitimados por Isabel la Católica, el 15 de junio de 1476, tras el triunfo de la Batalla de Toro, reconociendo los servicios del Cardenal al frente de la tropas en dicha victoria. En 1478, Sixto IV le otorgaba la autorización para que pudiera testar en favor de ellos. En 1486, recibía la verdadera legitimación de sus hijos de manos del pontífice Inocencio VIII, lo que confirmaba Isabel la Católica el 3 y el 12 de mayo de 1487. Desde 1486 obtuvo el prelado autorizaciones de la reina y del papa para fundar diversos mayorazgos y legar a sus hijos un sólido patrimonio.

Su política eclesiástica, como la de Carrillo y la de tantos prelados de la época se ocupó, especialmente, en el control de las prebendas catedralicias, consolidando sus derechos de provisión de las mismas, mediante la elaboración de los correspondientes estatutos. Cuidó de las numerosas capillas fundadas en la catedral a lo largo de los siglos, en cuyo servicio andaban empleados cientos de capellanes. Trató de sanear la administración de la Obra y Fábrica catedralicia, cuyos abultados bienes y rentas dependían del cabildo.

Su política de reformas siguió las pautas señaladas por la Reina Católica, que buscaba un clero dócil y apto para las ritualidades del coro. Procuró, en consecuencia, mediante asambleas, sínodos y concilios señalar el camino por el que la soberana creía que debía discurrir la vida, costumbres y práctica pastoral del estamento eclesiástico. El programa, iniciado con la asamblea general de clero, celebrada en Sevilla, en 1478, continuó en Toledo con la congregación, en 1483, de "honrrados procuradores de las iglesias colegiales, arciprestes e vicarios e clerecía del dicho su arzobispado", volcada especialmente en contrarrestar las censuras, penas de excomunión y privación de bienes, impuestas por Carrillo contra el clero.

Sacó de la penuria económica a las parroquias mozárabes, permitiendo que cada una pudiese contar con diez parroquianos latinos, diezmeros medianos y pequeños.

Tolerante, en su calidad de humanista, prohibió, como Carrillo, las cofradías basadas en el principio de limpieza de sangre. Y aunque acabó por permitir la implantación en Toledo del Tribunal de la Inquisición, en 1485, se había inclinado con anterioridad hacia un método más dialogante y pastoral.

En su condición de hombre culto, formado en las ideas renacentistas de su tiempo, desarrolló importantes actividades de mecenazgo artístico y cultural. En opinión de Nebrija era en Castilla el primero de los mecenas y el patrono especial de las letras. Entre sus fundaciones se cuentan el Colegio Mayor de Santa Cruz de Valladolid, donde era abad de su Colegiata y donde conoció a la hermosa Inés de Tovar, la madre de su tercer hijo; el Hospital de Santa Cruz en Toledo para albergar niños expósitos, que surgió de su colaboración con el Cabildo en la puesta en funcionamiento de un arca de limosna para pobres; prestó su apoyo al vicario general del obispado de Sigüenza para la creación en la ciudad, en 1477, del Colegio Grande de San Antonio de Portaceli, al que siguió la Universidad de Sigüenza; colaboró activamente con su secretario personal, en la fundación del Colegio Mayor de San Salvador de Salamanca y con el Maestreescuela de Toledo en la fundación, en 1485, del Colegio de Santa Catalina, que fue el primer paso para la creación de una universidad. También dio los primeros pasos de las que luego serían fundaciones culturales de Cisneros: el Colegio Mayor de San Ildefonso de Alcalá y, sobre todo, la Universidad. Llevó a cabo una gran actividad en construcciones y restauraciones de edificios, iglesias, monasterios y conventos en Guadalajara, Sigüenza, Santo Domingo de la Calzada y el Burgo de Osma.

Fallecía en Guadalajara el 11 de enero de 1495, tras una larga enfermedad y en plena cúspide de su poder político y eclesiástico. Su cuerpo fue trasladado a la catedral de Toledo. (8) Allí continúa en un tumba levantada al efecto, según las instrucciones dadas por el propio cardenal en su testamento.
 

Cisneros

La figura de este asceta franciscano de familia hidalga es la idónea para los proyectos políticos de los Reyes Católicos, que desconfiados de las levantiscas facciones nobiliarias, prefieren en la administración y en la Iglesia a personalidades de clase media, cultas y honestas.

Había nacido en Torrelaguna (Madrid) en 1436 y acabaría su vida en Roa (1517). Su preparación académica le lleva de Alcalá de Henares a Salamanca, donde estudia Teología y Derecho. Culmina su formación en Roma en contacto con los tribunales eclesiásticos de la ciudad. Las buenas relaciones anudadas en los internos de la curia romana y con relevantes eclesiásticos castellanos, le abren las puertas a una carrera ascendente de prebendas y dignidades. En 1471 el Papa Paulo II le confería a título personal el cargo de Arcipreste de Uceda, lo que provocó la oposición del arzobispo de Toledo, D. Alonso Carrillo, molesto por la injerencia del pontífice en la asignación del cargo, que él reservaba para un pariente suyo. Las negativas de Cisneros a renunciar a sus derechos le llevan a la cárcel en el castillo de Uceda y, más tarde, en la fortaleza de Santorcaz, durante unos meses y no durante varios años como se sostenía hasta hace poco. Toma, por último, posesión del arciprestazgo con el probable apoyo de Mendoza, obispo de Sigüenza y adversario de Carrillo. Cisneros supo hacer una prometedora opción de futuro, alineándose bajo don Pedro, quien procura al docto clérigo la Capellanía Mayor de la Catedral de Sigüenza, a fines de 1476, y le sitúa al frente de destacadas magistraturas políticas de la ciudad episcopal.

En 1484 una profunda crisis de fe le condujo a la Orden Franciscana, en la que cambió el nombre de Gonzalo por el de Francisco. Eran los tiempos de la Devotio Moderna que tanto inculcaba el contemptus mundi, del que nacería el Kempis. El viraje místico, lejos de sumirle en el olvido, acrecentó su fama. Poco después de hacer el noviciado en el Convento del Castañar es destinado al de la Salceda, del que es elegido superior. Su fama de duro asceta y la protección del cardenal Mendoza le llevan a cubrir la plaza de confesor de la reina, vacante, en 1492, por designación de Hernando de Talavera para arzobispo de Granada. Ello marca el comienzo de su intensa vida político-eclesiástica. En 1494 se convierte en el principal consejero de la reina y es elegido Provincial de la Orden en Castilla. Al año siguiente, accede al Arzobispado de Toledo.

El camino para suceder en la sede fue allanado por el propio Mendoza antes de su muerte, producida el 11 de enero de 1495. Defendió firmemente en su testamento de 23 de junio de 1494 los derechos a la elección de la corona y limitó las atribuciones del cabildo. (9) En función de ello ordenó que sus propiedades y fortalezas fuesen puestas a disposición de la reina por sus alcaides y tenentes. (10) Según algunos cronistas recomendó para que le sucediese en Toledo a su protegido, el severo franciscano. La decidida determinación de los monarcas a controlar una sede tan inmensamente rica y poderosa, contó con las gestiones de Mendoza y las facultades concedidas por Alejandro VI para actuar en sede vacante. El 20 de febrero de 1495 se recibía una bula de Roma, que proveía a Cisneros para la mitra toledana.

Conseguían así una pieza clave para su política centralizadora y reformista. El nombramiento era un duro golpe para la nobleza y la elite eclesiástica toledana. Dignidades y canónigos de la catedral rechazan el método y la persona elegida, que representa una clara amenaza para sus privilegios y exenciones. Una prolongada etapa de tensiones y conflictividad dio en la cárcel con algunos canónigos.

La toma de posesión del nuevo prelado la haría en su nombre el Maestreescuela de Toledo, el 24 de septiembre de 1495. Cisneros no entraría en la ciudad el 20 de septiembre de 1497, no por otros motivos que su completa ocupación al servicio de los monarcas.

Su política, a semejanza de la de su predecesor y protector, el fiel servidor de la reina, cardenal Mendoza, estuvo al servicio de las líneas marcadas por la soberana, interesada en un monarquía controladora y en unas reformas eclesiásticas en pro de un clero dócil a los reyes y presentable ante sus feligresías. Su fidelidad al proyecto centralizador de Isabel quedó bien probada en momentos cruciales del reino. Cuando fallece Felipe el Hermoso, en 1506, Cisneros lucha por el regreso a Castilla de Fernando el Católico, enfrentándose para ello al fuerte poder nobiliario. Su recompensa sería el cardenalato, conseguido en 1507, gracias al apoyo real. Obedeció la política expansionista del monarca, dirigiendo las conquistas de Mazalquivir (1507) y Orán (1509).

Tras el fallecimiento de Fernando, en 1516, el cardenal ocupa de nuevo la regencia, a pesar de la oposición de una gran parte de la nobleza. En su lucha contra éstos que pretendían recuperar los privilegios perdidos durante el reinado centralizador de Isabel la Católica y con el fin de mantener el orden público, organizó una milicia urbana, la "Gente de la Ordenanza", que le permitió decir "estos son mis poderes" a quienes ponían en duda su legitimidad.

La actividad reformista de Cisneros completó las iniciativas de sus predecesores. Su carácter austero, inquieto y decidido le convirtió en el verdadero artífice de la reforma eclesiástica en los reinos hispanos y principal encargado de llevar a efecto los planes de los Reyes Católicos. El 5 de julio de 1495 el pontífice Alejandro VI le había encomendado la reforma de los religiosos de su diócesis. Influido el papa por la fuerte presión de los monarcas, le nombró, el 26 de diciembre de 1496, "Reformador de los Conventos de Castilla y de las Órdenes Mendicantes".

Sus desmedidos autoritarismo y represión provocaron en Granada, en 1499, la rebelión musulmana de la ciudad y de las Alpujarras, obligando al prelado a defenderse de su furia en la casa de los Mendoza, actual colegio de la Tiña, en el Albaicín. Ello provocó el Decreto de 11 de febrero de 1502 por el que los musulmanes de Castilla fueron obligados a convertirse al cristianismo o a abandonar España.

El 15 de junio de 1507 fue nombrado Inquisidor General de Castilla, instrumento de gran influencia política y religiosa que, ejercido con gran energía, le ayudó en el desarrollo de las reformas. Reunió asambleas, sínodos y concilios de los que emanaron normas encaminadas a cambiar la vida del clero y a mejorar el recitado superficial y ritualista del oficio divino en el recinto de la catedral.

Sus iniciativas reformistas encontraron una dura reacción en el cabildo, que ve amenazados sus privilegios, exenciones y su tren de vida. Como buena parte de los obispos y como los arzobispos Carrillo y Mendoza, vivían con sus hijos y las madres de éstos, proporcionando a su prole ricas herencias o prebendas catedralicias e importantes mandas testamentarias a sus compañeras, con la sola condición de que para disfrutarlas "guardasen viudes e castidat".

Sus aspiraciones de reforma le aconsejaron la reconstrucción de la Colegiata de los Santos Justo y pastor (1497-1514), en Alcalá de Henares, dotándola para que se convirtiese en centro modélico de vida sacerdotal. Fue en esta ciudad en la que volcó sus inquietudes transformándola de simple burgo de mercaderes medievales en una ciudad renacentista. A partir de las tres cátedras instituidas por Carrillo en el convento franciscano de Santa María de Jesús, trabajó en la fundación de una universidad que renovara la formación teológica y cultural del clero y profundizara en el estudio exegético de las Sagradas Escrituras, oponiéndose así a los avances del protestantismo. Sus esfuerzos eran compensados por las tres bulas fundacionales de Alejandro VI, autorizándole, en 1499, a la creación del Colegio de San Ildefonso, cuya primera piedra se colocaba en marzo de 1501. A él se irían agregando, a lo largo de los siglos, unos 27 colegios menores, hospitales, imprenta y hasta cárcel para estudiantes. El mismo Papa autorizaba la creación de una universidad para el estudio de la Teología, Filosofía, Humanidades clásicas, Medicina y Derecho Canónico. El día de S. Lucas de 1508 abría las puertas a los estudiantes.

La Universidad de Alcalá se convirtió en referente obligado de la vida universitaria española, en la que contó con profesores destacados, como Antonio de Nebrija. Desde 1504 había iniciado los trabajos de la Biblia Políglota Complutense en lengua griega, hebrea, aramea y latina, que fue impresa entre 1514 y 1517 y distribuida a partir de 1520.

Acometió, además de la remodelación de la ciudad, diferentes obras de asistencia social e intentó dar una solución real a la deplorable situación económica de las parroquias mozárabes, fundando la Capilla Mozárabe, a la que enriqueció con el Misal y el Breviario propios de su rito.

Entre las muchas conclusiones a que llega nuestra reflexión, podríamos destacar la interconexión de los brazos secular y religioso, que permitió a los prelados desarrollar una influyente actividad política desde los organismos mejor situados del reino. Esas posibilidades fueron singularmente aprovechadas por los arzobispos de Toledo del siglo XV, gracias a su privilegiada plataforma eclesiástica. Sus fabulosos ingresos, el control de las ricas prebendas y la antigua e importante proyección de la archidiócesis posibilitaron su estrecha colaboración con los monarcas, aún a costa del olvido de su actividad pastoral. Destaca, sin embargo, su influencia humanista que los convirtió en grandes mecenas de la cultura, de la enseñanza y el arte. Carrillo y Mendoza muestran un acusado talante de tolerancia, en abierto contraste con la intransigencia reformista y maniquea de Cisneros. En cualquier caso los tres son modelo del mundo de cristiandad en el que Iglesia y Estado unen hasta confundirlas sus funciones.


BIBLIOGRAFÍA

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Notas

1. A. G. S., Patronato Eclesiástico, Legajo 155. Sólo se pondrán en nota las noticias tomadas directamente de archivos. La fundamentación de las reflexiones hechas en el trabajo se encuentra en la bibliografía final.

2. A. G. S., Patronato Eclesiástico, Legajo 6.

3. A.C.T. A.9. A.1.1..

4. A.C.T.A.9.A.1.1.

5. A.C.T.I.6.C.1.5.

6. B. N. Mss. 13020, f. 65r.-68v: 1482, junio, 29. Alcalá de Henares.

7. A.C.T.Z.9.N.1.1.

8. Libro Arcayos, B.C.T., Ms. 42-29, f. 178r.-v.

9. A.D.P.T., Santa Cruz, Leg. 59, nº 1.

10. A.D.P.T., Santa Cruz, Leg. 59, nº 1.