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¿Tiene remedio la Iglesia católica?

JUAN G. BEDOYA 

Hans Küng, uno de los grandes teólogos cristianos, convocado en 1962 por Juan XXIII para asesorar al Concilio Vaticano II y castigado en 1979 por Juan Pablo II, publica una deslumbrante historia de la Iglesia católica como persona involucrada en ella y poniéndose, dice, 'del lado de las víctimas'. 
 

La exuberante pasión teológica de Hans Küng (Sursee, Suiza, 1928), que tanto jugo ha dado al cristianismo en los últimos cincuenta años, culmina de momento con una joya inesperada: la breve historia de la Iglesia católica, titulada sin más La Iglesia católica, una pieza maestra en el género, a la manera de Tácito. Küng, sacerdote, creyente, incluso víctima, no se limita a narrar sucesos, como un historiador neutral, a lo Tito Livio, sino que se implica e interpreta, comprende fenómenos y sucesos dolorosos de esa larga historia, incita a la reflexión relacionando unos hechos con otros y conduce al lector a una serie de conclusiones que, contenidas ya en algunas de sus grandes obras (Ser cristiano, El judaísmo e ¿Infalible? Un interrogante, sobre todo), adquieren aquí valor de soberbio manifiesto. Así, el último capítulo, el ocho, titulado 'La Iglesia católica, presente y futuro', o las cinco páginas que, a modo de conclusión, el teólogo suizo meticulosamente castigado por Roma titula sin tapujos con la pregunta: '¿Qué Iglesia tiene futuro?'. En medio de tantas polémicas y tragedias que sufre o produce, hoy como ayer, la Iglesia romana, Küng se impone como lo que siempre ha proclamado ser: un cura de buena reputación, perseguido por la Inquisición pero, a pesar de todo, capaz de escribir una historia de la Iglesia católica que es al mismo tiempo devota y objetiva.

Un libro ciertamente singular.

Aquí está el Hans Küng brillante, de estilo directo y léxico preciso, pero sobre todo el cristiano sabio, uno de los más grandes sabios del siglo, con frecuentes incursiones en terrenos filosóficos. La Teología como ciencia ('la emperatriz de las ciencias', presumió Roma tras la imponente tarea de Tomás de Aquino: hasta que los castigos, la censura y los miedos redujeron aquella ciencia de conclusiones en un oficio de catequesis) todavía produce estos grandes pensadores, ninguno tan libre, polémico, inquietante, rompedor y, por lo mismo, famoso como este teólogo suizo al que, con apenas 30 años, llamó a Roma el papa Juan XXIII para que le asesorase en los comienzos del Concilio Vaticano II, donde coincidió con el igualmente prometedor Joseph Ratzinger, a la sazón amigo y colega. La deriva posconciliar los separó de raíz en un duelo que, cuando se produjo, en el otoño de 1979, ocupó las primeras páginas de la mejor prensa del mundo.

Aquel severo reproche, el primero de Roma contra Küng, por un texto titulado 'Un año de pontificado de Juan Pablo II' (EL PAÍS lo publicó íntegro el 21 de octubre de 1979), se colmaría con creces un año más tarde con un castigo más académico que eclesial (incluía la inhabilitación para la docencia en la universidad pública alemana), pero no entorpeció ni un ápice la inmensa obra teológica del brillante protegido del revolucionario pontífice Roncalli. Paralelamente, Ratzinger ascendería al rango de inquisidor principal, como cardenal de la implacable Congregación para la Doctrina de la Fe, en premio a la soberbia habilidad con que condujo, siendo arzobispo de Múnich, el encaje legislativo por el que el Estado alemán se vio forzado a despojar al profesor Küng de su condición de funcionario, en aplicación, todavía, del indecente concordato firmado en 1933 entre Adolfo Hitler y el Vaticano, con la rúbrica del principesco Eugenio Pacelli, futuro papa Pío XII, también concordatario de la dictadura del general Francisco Franco.

Tiempos eclesiásticos que parecen ayer. Todavía hoy, a punto de cumplir ambos los 75 años, Ratzinger y Küng encarnan como nadie las dos caras de la Iglesia romana: patriarcal, intransigente, estrecha y eurocentrista la de Ratzinger, como un segundo imperio romano; ecuménica, dialogante, conciliar, evangélica a la manera de Jesús, la de Küng. No es difícil decir, en cambio, quién ha tenido mayor relevancia doctrinal en el pensamiento cristiano. Principios definitivamente derrumbados, como sostener que fuera de la Iglesia católica no había salvación, y, también, la cancelación de la idea del Cielo, el Infierno y el Purgatorio como lugares concretos en el firmamento precopernicano, a la manera de Dante, ya estaban argumentados claramente por Küng en 1974, en el libro Ser cristiano. En cambio, Juan Pablo II no hizo esas correcciones del Más Allá hasta el verano de 1999, en unas predicaciones en las que, como se subrayó entonces, el Papa usó a veces las mismas palabras que Küng veinticinco años antes.

Roma no ha pedido perdón a Küng, a pesar de todo, ni a tantos otros teólogos maltratados, porque Roma, cabeza de una Iglesia de enormes éxitos y méritos, no se reconoce en la historia de sus errores y crímenes. Es la soberbia de la infalibilidad, un asunto sobre el que esta breve historia se extiende con algún detalle. Todo hubiera sido distinto si este pensador preferido de Juan XXIII hubiera seguido contando con las complacencias del carismático pontífice actual. La Iglesia que inició el camino en el Vaticano II sería hoy otra, sin duda, a juzgar por esta anécdota que desvela la esencia de lo cristiano que anida en Küng. En los años sesenta recibió la visita privada de un cardenal y, como al prelado le fuera imposible acudir a una iglesia para celebrar la eucaristía, el teólogo Küng le propuso hacerlo sentados los dos a la mesa de su austero cuarto de estar. El cardenal, confuso, preguntó inseguro: '¿Así de sencillo?, ¿sencillamente así?'. La respuesta de Küng fue: '¿Así de sencillo? ¿Tuvo acaso más Jesús?'. Fue su manera de decirle a un jerarca que, a pesar de la opulenta decadencia de la Iglesia, Jesucristo, rebelde y pobre, nunca se ha perdido.

EL PAÍS, 25 mayo 2002

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