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¿Pecado o sufrimiento?

JOSÉ M. CASTILLO
 

  Lo que más preocupa a la Iglesia y su teología es el tema del pecado. Lo que más preocupa al común de los mortales es el problema del sufrimiento. En esto, como en todo, hay sus excepciones. Pero son excepciones que confirman la regla. Además, el tema del pecado ha preocupado (y preocupa) tanto a la Iglesia, que, por evitar pecados, los "hombres de Iglesia" no han dudado (ni dudan) en causar enormes sufrimientos. Desde las matanzas de infieles, herejes y brujas, en tiempos pasados, hasta la reciente excomunión contra los padres de la niña de nueve años que fue violada y quedó embarazada y tuvo que abortar, para salvar su vida. La Iglesia ha dado siempre pruebas abundantes de que el centro de sus preocupaciones no está en el sufrimiento humano, sino en la ofensa divina que es el pecado.

Esto quiere decir que los intereses de la Iglesia no coinciden con los intereses del ser humano. Y no sólo no coinciden, sino que, con frecuencia, todo el mundo ve que son intereses contrapuestos, contradictorios, en conflicto los unos con los otros. Con lo cual la Iglesia se hace, para unos, inaceptable; para otros, odiosa. Y lo peor es el motivo por el que ocurre todo esto: porque de esta manera la Iglesia da a entender que cree en un Dios al que le interesa más su honor, su dignidad, su autoridad, que el dolor del mundo. Es decir, desde el momento en que la Iglesia pone en el centro el tema del pecado, desde ese momento deja de creer en el Padre que predicó Jesús. Sin duda alguna, el Dios de Jesús no es como el Dios que presenta la Iglesia en su predicación centrada en el salvación del pecado y las consecuencias del pecado. Por otra parte, en estas condiciones, a nadie le tiene que extrañar que la teología y, en general, el discurso religioso interesen cada vez menos a la gente.

Al proceder de esta manera, la Iglesia sigue más a Juan bautista que a Jesús. En efecto, lo central, en la predicación y en el ministerio de Juan Bautista, fue el tema delpecado. Por eso, predicaba "un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados" (Mc 1, 4; Lc 3, 3). Y los que acudían a Juan "eran bautizados... confesando sus pecados" (Mt 3, 6). Por tanto, la misión de Juan estaba pensada y organizada en función del pecado. De ahí que los sermones de Juan eran una constante acusación contra los pecadores, a los que llama "raza de víboras" (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Y a los que amenaza con la "ira inminente" (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Por eso, "el hacha está puesta a la raíz de los árboles". Y el árbol que no dé fruto "es cortado y echado al fuego" (Mt 3, 10; Lc 3, 9). Esto explica que, para Juan Bautista, Jesús es el "cordero de Dios que quita el pecado del mundo" (Jn 1, 29). 0 sea, según el Bautista, Jesús era la "víctima" que sufre y muere por el "pecado". El Dios del Bautista era un Dios irritado y ofendido por causa del pecado. Un Dios airado contra los pecadores. Y, por tanto, un Dios amenazante y castigador. De donde resulta que, a juicio del Bautista, la razón de ser de Jesús y su destino era cumplir la función de "víctima". Es decir, la misión de Jesús no era una misión profético, para cambiar este mundo, sino una misión victimario, para cambiar a Dios.

Jesús predicaba también la "conversión". Pero no una conversión de los pecados", sino una conversión en función del "Reino de Dios" (Mc 1, 14-15). Ahora bien, Jesús anunciaba el Reino "curando todo achaque y enfermedad del pueblo" (Mt 4, 23). Por eso, cuando envía a "los doce apóstoles" (Mt 10, 2) a predicar el Reino, les da "autoridad" para "curar todo achaque y enfennedad" (Mt 10, l). De manera que el anuncio de la llegada inminente del Reino, se traduce en "curar enfermos, resucitar muertos, limpiar leprosos, echar demonios" (Mt 10, 7-8). Jesús tenía esta convicción tan clavada en su espíritu, que a eso se dedicó de forma que anteponía la curación de enfermos a la observancia de las normas religiosas, Por eso curó enfermos quebrantando la observancia del sábado (Mc 3, 1-6; Lc 13, 10-17; Jn 5, 1-181 9, 1-39). De manera que, por actuar así, se jugó la vida (Mc 3, 6; Jn 5, 18). De hecho, la decisión oficial de matar a Jesús se tomó cuando Jesús devolvió la vida a Lázaro (Jn 11, 45-57). El hecho histórico (no la interpretación teológico posterior) es que Jesús murió violentamente, no porque luchó contra el pecado, sino contra el sufrimiento. Y es que, para Jesús, el criterio determinante de salvación o perdición no es la actitud ante el pecado, ni siquiera ante la religión, ante la fe o ante Dios, sino la sensibilidad o insensibilidad que cada cual tiene ante el sufrimiento (Mt 25, 31-46; Lc 10, 31-32; 16, 19-3 l). Por otra parte, sabemos que Jesús se hizo amigo de pecadores y publicanos (Mc 2, 13-17; Mt 9, 9-13; Lc 5, 27-32; 15, 1-2). Y puso como modelo al hereje descreído (Lc 10, 30-35). Además, conviene recordar que las palabras de Jesús sobre el "pecado" (Mc 2, 5 par; Lc 7, 48; Jn 5, 14; 8, 1 1) hay que entenderlas a partir de la relación entre "pecado" y "sufrimiento", propia de la tradición judía. Al eliminar el pecado, lo que Jesús quiere eliminar es el sufrimiento.

Este comportamiento de Jesús desconcertó incluso al propio Juan Bautista. Por eso se comprende el envío de los discípulos de Juan a preguntar a Jesús si era él el que tenía que venir o había que esperar a otro (Mt 1 1, 2-4). Esta pregunta tuvo que ser lógica. Porque el Mesías, luchador contra el pecado, que había anunciado Juan, no cuadraba con lo que hacía Jesús ("las obras del Mesías") (Mt 1 1, 2). La respuesta de Jesús lo deja todo claro. Jesús no apela, para nada, al tema del pecado. Se limita a hacer una lista de las situaciones de sufrimiento que él remediaba (Mt 11, 5). Y termina con la advertencia: "Dichoso el que no se se escandalice de mí" (Mt 1 1, 6). Un "profeta", un "hombre de Dios", que no lucha contra el pecado, que se hace amigo de pecadores, y se enfrenta al problema del sufrimiento violando incluso las normas establecidas, es una persona que provoca escándalos y escandaliza a los piadosos y observantes. Por otra parte, en el evangelio de Lucas, la misión profético de Jesús se describe igualmente como remedio de situaciones de sufrimiento (Lc 4, 18-21).

La Iglesia y su teología, ya desde el Nuevo Testamento, ha "interpretado" la misión y la muerte de Cristo en'función del pecado, "para la redención de nuestros pecados". Para ello, la teología ha utilizado tres conceptos clave: sacrificio, expiación,satisfacción. El "sacrificio" (Ef 5, 2; 1 Cor 10, 14-22; 11, 24-25; Heb 9, 11-12) y la "expiación" (Rom 3, 25; 1 Jn 2, 22; Heb 2, 17) son conceptos que la tradición cristiana tomó de la teología del Antiguo Testamento. ¿Por qué se "interpretó" el hecho histórico del asesinato de un defensor de los que sufren como la realización del "plan de Dios", en cuanto "sacrificio" por los "pecados"? Porque, en aquella cultura, un "crucificado" era, no sólo el ser más despreciable humanamente hablando,- sino también un "maldito" de Dios (Dt 21, 22-23; Gal 3, 13). Por eso, cuando los cristianos se pusieron a decir que creían en un "Dios crucificado", se les tenía por "ateos". Era, pues, necesario dar una explicación. Por eso la muerte en cruz se justificó como el "sacrificio" y la "expiación" en los que se realizó el "plan de Dios" para salvar al mundo. Más tarde, desde el siglo 111, se introduce la idea de "satisfacción" (Tertuliano), que desarrolla Anselmo de Canterbury en el s. XI. De esta manera, el centro del cristianismo dejó de ser la lucha contra el sufrimiento, Y ese centro lo ocupó la lucha contra el pecado. Más aún, la cosa se llevó hasta el extremo de que el remedio contra el pecado es precisamente el sufrimiento en su expresión suprema, la muerte cruel de un crucificado. Así, el centro del cristianismo se desplazó: la tarea por la dignidad y el honor del hombre f-Ue sustituida por la tarea en favor de la dignidad y el honor de Dios. Pero aquí es decisivo advertir que la teología cristiana no ha tenido en cuenta que ya el N.T. modifica radicalmente el concepto de "sacrificio". Según Heb 13, 16, los sacrificios que agradan a Dios son la "solidaridad" y "hacer el bien". En última instancia, lo que está en juego es el concepto de "pecado". Tomás de Aquino se pregunta si el hombre puede ofender a Dios. Y responde: "Dios no se siente ofendido por nosotros, si no es porque actuamos contra nuestro propio bien" (Sum. contra gent. III, 122). Lo que ofende a Dios es el sufrimiento que nos causamos unos a otros. Por eso, lo que aparta del Reino definitivo es desentenderse del sufrimiento humano (Mt 25, 45).

A medida que la estructura de la Iglesia se fue configurando como una organización "jurídica" de poder, la teología no tuvo más remedio que acentuar el argumento del "pecado" y, por eso mismo, marginar el proyecto del "sufrimiento". Por una razón muy clara: el tema del "pecado" se gestiona desde el poder, mientras que el problema del "sufrimiento" se tiene que gestionar desde la solidaridad. Contra el sufrimiento humano no se lucha desde arriba, sino desde la igualdad, la debilidad y la fusión con el que sufre. La carta a los hebreos dice: "Por eso tuvo que hacerse semejante en todo a sus hermanos... pues por haber pasado él la prueba del sufrimiento, por eso puede auxiliar a los que ahora la están pasando" (Heb 2, 17-18). Incluso Dios, para liberar del sufrimiento, tuvo que hacerse igual, sufrir como sufren los demás y pasar por donde pasan lo que peor lo pasan. El sufrimiento humano no tiene otra solución. De ahí que Jesús, que tomó en serio este proyecto, terminó en el supremo sufrimiento. Y sólo así dio vida y felicidad. La organización jurídica exige "sumisión", en tanto que una estructura sacramental se traduce en "comunión". Hoy, en la Iglesia, es más determinante lo jurídico y la obediencia (que no tolera sino la "uniformidad"), que lo sacramental y la comunión (que se traduce en "pluralismo"). Es otra consecuencia del predominio del tema del "pecado" sobre el problema del "sufrimiento".

Es necesario pensar en otra Iglesia. No aceptarnos una Iglesia para el pecado y, por tanto, en función del poder. Aceptarnos una Iglesia para la felicidad y, por tanto, que lucha contra el sufrimiento. En consecuencia, no podemos aceptar la Iglesia que se ha Gt organizado" como una "monarquía absoluta" (can. 331; 333, 3; 1404; 1372), es decir, como una institución "anacrónico" y "antievangélica", que no tiene resuelto el problema teológico de saber quién es el sujeto de suprema potestad (LG 22), ni cómo se tiene que ejercer teológicamente y evangélicamente esa suprema potestad. De ahí, la inadmisible situación en que nos vemos y que consiste en que la Curia, cuyo estatuto teológico no está claro, se superponga al Colegio Episcopal, cuyo estatuto teológico es de fe. Se trata, pues, de una organización de poder, que teológicamente sólo puede gestionar eficazmente el problema del pecado. El problema del sufrimiento queda a merced de la generosidad de los fieles. 0 incluso es visto como elemento perturbador y que genera sospecha, cosa que se ha puesto en evidencia en el comportamiento de la Curia y muchos obispos ante la Teología de la Liberación, La primera teología que se ha centrado de verdad en el problema de los que sufren ha sido descalificada y los hombres de la Curia no han parado hasta conseguir marginar a, esa teología en la que se ha visto "el mayor peligro" para la Iglesia.

Es necesario pensar en otra moral Esto se tiene que plantear en dos sentidos fundamentales: 1) No estructurar la moral sobre el eje del bien y del mal. Sino estructurarla sobre el eje de la felicidad y el sufrimiento. Porque el "bien" y el "mal" son siempre e inevitablemente conceptos subjetivos. En nombre del bien, se han hecho guerras, se ha perseguido, se ha torturado, se ha matado, se ha causado demasiado sufrimiento. Otro tanto hay que decir de los conceptos lo "bueno" y lo "malo", incluso lo "intrínsecamente malo". Por el contrario, la felicidad y el sufrimiento son hechos objetivos. La gente se siente feliz o sufre. Otra cosa es armonizar lo "feliz" con lo culturalmente "razonable". No es lo mismo "felicidad" que "diversión". Por otra parte, la felicidad incluye siempre el "sentido de la vida", aquello que da sentido y esperanza a la vida de las personas. En todo caso, lo que hacer felices a los seres humanos, y no atropellar ni su dignidad ni sus derechos, es lomoralmente bueno y correcto. 2) No estructurar la moral a partir del deber, sino a partir de la necesidad. Se trata de una moral que responde, no sólo a las necesidades propias, sino a la necesidades de los seres humanos, de todos los seres humanos. Esto es lo que hizo Jesús cuando curó a los enfermos y fue tenido por un pecador, un escandaloso, un subversivo. Por satisfacer necesidades ajenas, Jesús faltó a los propios deberes y se jugó su imagen pública.

Es necesario pensar en otra espiritualidad. Se nos ha enseñado una ascética y una espiritualidad en la que implícitamente se nos presenta a un Dios, que es un Padre que nos quiere. Pero nos quiere de tal forma que, al mismo tiempo, quiere también y le gusta que sacrifiquemos los instintos naturales que el mismo Dios ha puesto en nuestra vida. Además, ese Dios se satisface mediante el sufrimiento de su Hijo y de sus hijos. Un Padre al que hay que estar pidiéndole perdón obsesivamente todos los días. Un Padre que encuentra la debida "satisfacción" en el sufrimiento y en la muerte. Es un Dios que lo que más detesta es el pecado, pero que paradójicamente el pecado es lo que más necesita, para que sus hijos sean los culpables y él resulte inocente de tanto mal y de tanto sufrimiento. Por eso, las 1ª víctima del pecado es Dios. La 2ª víctima es Jesús, que queda reducido a una "víctima programada" para satisfacer por los pecados. La 3ª víctima es la Iglesia, que se hace odiosa por su obsesión por el pecado. La 4ª víctima es el hombre, responsable del pecado, acto de maldad infinita y que merece un castigo infinito. De ahí que la espiritualidad cristiana se tiene qué centrar en la lucha contra el sufrimiento en el mundoy en hacer felices a los que nos rodean. Las renuncias que eso exige (que son muchas) son el camino hacia Dios. Entonces la vida tiene sentido. Y el mundo se humaniza. Lo más urgente en este momento. Y lo que quiso y quiere Jesús, el Señor.

 Marzo 2003