DOCUMENTO Página anterior

Creo en la resurrección de Jesús, pero de otro modo

JUAN JOSÉ TAMAYO
 

  Hace algo más de un año la Comisión Episcopal para la Doctrina de la Fe, apoyándose en un documento de la Congregación romana para la Doctrina de la Fe -que nunca me fue entregado- publicó una nota de censura contra mi libro 'Dios y Jesús. El horizonte religioso de Jesús de Nazaret', en la que se me acusaba de negar la divinidad y el carácter histórico de la resurrección de Cristo. La nota de condena tuvo un amplio eco en los medios de comunicación y generó una corriente cálida de solidaridad, que agradezco desde estas páginas, pero dejó algunas dudas en el aire. Con la distancia del tiempo transcurrido voy a hacer una reflexión serena sobre aquella censura. 

Empezaré por decir que no existe un solo texto en el libro que niegue ni la divinidad ni la resurrección de Jesús de Nazaret. Lo que hago es presentarlas con categorías propias de nuestro tiempo, para una mejor comprensión del mensaje cristiano, desde la opción por los excluidos y en diálogo intercultural e interreligioso. 

Para llegar a la condena de Dios y Jesús, los censores manipularon, y en algunos casos falsificaron, mis textos, hasta hacerles decir lo contrario a lo que dicen. Los errores no se encuentran en las páginas del libro, sino en la mente y en los textos de los censores. Para demostrar que reduzco la persona de Jesús a mero líder humano se cita este texto: Jesús es una «persona que cree con fe limitada», cuando yo digo lo contrario: «Jesús aparece aquí como una persona que cree con fe ilimitada» (p. 45). Y no se diga que es un error de trascripción, porque en la cita se hace descansar la fuerza de la argumentación episcopal. 

Sin resurrección no habría cristianismo. ¿Quién va a negarlo? De principio a fin del libro afirmo la resurrección, que es inseparable de su divinidad: «Según el Nuevo Testamento, Jesús es constituido Hijo de Dios por la Resurrección» (p. 146). Estamos, ciertamente, ante una cuestión compleja que no admite respuestas simples. Un teólogo no puede limitarse a afirmar o a creer. Para eso, con recitar el Credo sería suficiente. En cuyo caso no se necesitaría la teología. Los teólogos y las teólogas debemos estudiar los textos fundantes a través de los métodos histórico-críticos, interpretarlos, preguntar por su significado y descubrir su sentido hoy. En el tema de la resurrección las interpretaciones han sido plurales, ya desde el propio Nuevo Testamento, y lo siguen siendo hoy. El problema no se plantea en el terreno de la fe, sino en el de la hermenéutica, que es como el 'abc' y la gramática de la teología.

Las acusaciones contra los teólogos de negar la resurrección han arreciado en los últimos cuarenta años, justo después del Concilio Vaticano II, y yo he sido el último inculpado. Pero yo no niego la resurrección, como tampoco lo hacen otros colegas acusados de similar negación. Lo que no aceptamos es que se entienda como la reanimación de un cadáver y la vuelta de Jesús a la vida cotidiana en las mismas condiciones anteriores a su muerte. Lo que yo quiero decir cuando afirmo que la resurrección no es un hecho histórico es que se sitúa fuera del ámbito de lo empírica e históricamente verificable. El Resucitado no es una persona que pueda detectarse de forma física. ¿O es que la Comisión Episcopal sitúa la resurrección en el plano físico? Me parece que en este campo se está cayendo en un fundamentalismo teológico, cuya característica principal es la renuncia a la interpretación. Y eso significa el final de la teología. Creo en la resurrección, pero de otro modo, más en sintonía ciertamente con la experiencia de los primeros testigos que con la credulidad que intentan imponernos los censores conservadores, más en sintonía con las grandes utopías tejidas por la Humanidad a lo largo de la historia que con una fe mitológica que aliena al creyente y lo aleja del compromiso con la historia, más en sintonía con la gran utopía del triunfo de la vida sobre la muerte, de la rehabilitación de las víctimas y con la esperanza de que los verdugos no triunfen definitivamente. Eso es la teología para el filósofo de la Escuela de Frankfurt Max Horkheimer. 

Una prueba de que no rechazo -y menos frontalmente- la tradición de la Iglesia en sus definiciones dogmáticas es que en mi libro cito literalmente la definición del Concilio de Calcedonia. Además, mis análisis de este Concilio se basan en cualificados especialistas en historia de los dogmas, como K. Rahner, T. Van Bavel, Joseph Moingt, P. Schoonenberg, que cuentan con un amplio respaldo en la comunidad teológica internacional. El peligro de la Comisión Episcopal consiste en leer el Nuevo Testamento a la luz de las definiciones dogmáticas, lo cual es contrario al propio magisterio eclesiástico. Me gustaría recordar a este respecto lo que afirmaba el teólogo alemán y hoy cardenal Walter Kasper a finales de los sesenta: «El Evangelio es anterior al dogma y éste debe ser leído a la luz de aquél». En este punto la Comisión ha podido caer -por supuesto, sin pretenderlo- en un fundamentalismo niceno-constantinopolitano. 

La acusación de arriano es una de las que más ha calado en la opinión pública. Para llegar a ella falsearon el pensamiento de Arrio y deformaron el mío hasta hacer ambos irreconocibles. Arrio nunca reduce a Cristo a puro ser humano, Para él el Verbo fue creado antes que las demás criaturas, es superior a todas ellas y está más cerca de Dios que ninguna, pero no puede ser Dios, porque si lo fuera el cristianismo dejaría de ser una religión monoteísta. Yo, sin embargo, no niego la divinidad de Cristo. Mal puede ser mi concepción de Cristo una «versión renovada del antiguo error arriano». 

En cierta medida, Arrio lo tuvo mejor que yo, ya que para dilucidar el tema se le interrogó y se convocó un Concilio, el de Nicea (año 325), que falló en su contra con la ayuda del emperador Constantino. En mi caso, ni se me ha interrogado, ni se ha convocado una Asamblea para, tras la discusión, dar el veredicto. Es muy fácil acusar a una persona de arriana, pero resulta difícil probarlo. Sin embargo, quien hace esa acusación tiende a incurrir en la negación de la humanidad de Cristo y a convertir a Jesús en un mito que pasa por la historia como por brasas. 

Mis censores utilizan un lenguaje sacrificial, dogmático y patriarcal: redención, sacrificio, reparación, hombre. No emplean ni una sola vez palabras como liberación, libertad, justicia, fraternidad, comunidad, misericordia-compasión, pobres, opción por los pobres, centrales en el Nuevo Testamento y muy presentes en la mayoría de las tendencias teológicas actuales y en las encíclicas de Juan Pablo II. Tampoco emplean la palabra símbolo, una de las más propias de las religiones y de la teología. Su teología es mítica y ahistórica. Pasan por la historia como por brasas.

Invito a leer el libro para comprobar el respeto y la admiración con que hablo de Jesús de Nazaret. Ciertamente no tiene parecido alguno con los libros de piedad que presentan a un Jesús apergaminado y ajeno a la realidad; se parece al Jesús de los Evangelios. El centro de atención es la experiencia religiosa del Nazareno en cinco momentos clave: el primero, Jesús como persona creyente y sujeto de fe; el segundo, Jesús como persona que espera en la realización de la utopía del reino de Dios; el tercero, como persona que, a través de la oración, expresa su confianza en Dios Padre-Madre, pero también sus dudas de fe y de esperanza («Pase de mí este cáliz»; «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?»); el cuarto, el análisis del título de Hijo de Dios y la evolución de su carácter simbólico al dogmático; el quinto, la resurrección como triunfo de la vida y rehabilitación de las víctimas.
 

EL CORREO (Bilbao), 18 de abril de 2004