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Por qué todos somos cristianos

ANDRÉS IBÁÑEZ 

VEO A SATÁN CAER COMO EL RELÁMPAGO
René Girard Traducción de Francisco Díez del Corral Anagrama. Barcelona, 2002 248 páginas. 13,80 euros

René Girard explica en su último libro la violencia y la crueldad de los mitos y el sentido mimético que adquiere, por ejemplo, el victimismo en los Evangelios.

Para Girard, el mandamiento más importante de todos es el décimo: 'No codiciarás la casa de tu prójimo; no codiciarás su mujer, ni su siervo, ni su criada, ni su toro, ni su asno, ni nada de lo que a tu prójimo pertenece'. La prohibición de ese 'deseo' nos descubre la verdad más importante del ser humano y de las sociedades humanas: el hombre es un ser que desea las posesiones de su prójimo porque desea ser y actuar como su prójimo. El hombre es un ser mimético. La sociedad es un resultado de estos deseos miméticos que, fatalmente, colisionan entre sí y crean tensiones y malestar. ¿Cuál es la forma de aliviar estas tensiones, de proporcionar unidad a la sociedad, de lograr que la convivencia se desarrolle por cauces más o menos pacíficos? La única solución, que es la adoptada por todas las sociedades antiguas y también por aquellas que las emulan, es la de encontrar una víctima. La víctima, el proverbial 'chivo expiatorio', puede ser en verdad un chivo que se arroja al desierto (éste es el nivel simbólico), pero más corrientemente es un ser humano, la víctima del sacrificio, o bien una raza, o una cierta minoría. La destrucción implacable y ritual de la víctima da sentido a la sociedad y la libera de su carga de tensión y deseo irrealizado. Para Girard, este carácter mimético es lo que en los Evangelios se llama 'Satán' o 'el diablo'. Satán es, por tanto, esa fuerza que impide a una sociedad verse a sí misma, la que hace que los hombres se alíen contra el más débil y justifiquen su crueldad y su violencia. Satán o el diablo es, para Girard, el nombre que en los Evangelios se da al victimismo mimético. En este sentido se puede hablar del carácter 'satánico' de una sociedad o de un sistema político como el régimen nazi, por ejemplo.

Girard define un campo  de batalla dialéctico en el que se enfrentan el cristianismo, por un lado, y los mitos, por el otro. Para Girard, el cristianismo no es, como se esfuerzan en interpretar los etnólogos o antropólogos, un mito más, y es inútil y mistificador insistir en la estructura mítica de la pasión de Cristo. Lo cierto es que entre los mitos y la revelación cristiana hay una diferencia radical: los mitos son confusas narraciones de violencia mimética porque son, en sí mismos, miméticos; la narración evangélica, por el contrario, expone con rutilante claridad esta estructura mimética de los mitos. Los Evangelios no sólo no son mitos, sino que son, para Girard, el lugar donde se descifra el verdadero sentido de los mitos. Todos los mitos tratan de la violencia mimética ejercida contra una víctima que es culpable. La gran innovación de los Evangelios, culminación de una intuición que estaba ya por doquier en el Antiguo Testamento, está en la defensa de la víctima. Edipo, el niño abandonado por sus padres por causa de una profecía, es culpable, pero José, abandonado por sus hermanos en el desierto, no lo es. En las culturas antiguas, la víctima merece el castigo que se le inflige: en el Evangelio, la víctima, por primera vez, es inocente.

¿Por qué no tomar al pie de la letra la violencia y la crueldad de los mitos? Los mitos, advierte Girard, no son metáforas de una sociedad 'hedonista' y 'lúdica' (la griega), sino una defensa de la multitud linchadora. Lo divino surge en los mitos como consecuencia de una victimización mimética: se lapida al chivo expiatorio y luego se le convierte en dios. El mensaje del cristianismo, el 'triunfo de la cruz', consiste en desenmascarar para siempre la realidad de los mitos y cambiar, de este modo, el curso de la historia humana. Los Evangelios revelan la raíz mimética del hombre, ese deseo completamente inconsciente (y, por tanto, 'satánico') de actuar todos juntos, de pensar lo mismo, de eliminar al otro diferente y débil, y sustituye la cultura de la venganza por una cultura del perdón. El resultado es nuestra moderna sociedad libre y democrática, la moderna civilización occidental que es, a pesar de sus muchos y evidentes defectos, la más respetuosa, compasiva y libre que ha existido jamás.  Me parece que hay poco que discutir en las afirmaciones contenidas en los párrafos anteriores. Las críticas que les puede hacer el moderno 'incrédulo', el sutil posmoderno o el que cree en el relativismo total de los valores, resultan inmediatamente tautológicas e inútiles, porque el alegato de Girard está escrito para contestar precisamente a todas esas críticas. Sin despreciar a nadie, sin triunfalismo, yo diría incluso que sin 'etnocentrismo' alguno, sino ateniéndonos simplemente a la verdad objetiva de los hechos, podemos decir que la cultura occidental, cuya raíz está en el cristianismo es, desde el punto de vista social, el logro supremo del hombre. El hecho de que haya que escribir un libro construido con la pasión y el fuego de un manifiesto para realizar afirmaciones que deberían ser verdades generalmente admitidas resulta más que curioso. 

EL PAÍS, 4 mayo 2002

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