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¿Dios se ha dado de baja de todas las religiones?

JOSÉ MARÍA GONZÁLEZ RUIZ

El genial humorista Roto hacía con cierta candidez esta pregunta ante las múltiples interpelaciones a las que hoy nos vemos sometidos. Ni los teólogos ni los fieles cristianos nos escandalizamos cuando el tema religioso es tratado con humor; pero eso sí, con un humor serio y exento de todo morbo porque a decir verdad, en los últimos tiempos los medios de comunicación social les han dado una demesurada atención a ciertas noticias de tipo religioso, que en realidad no merecían tanto interés. Aún más, frecuentemente había en ello un indiscutible morbo de mal gusto. 

La última explicación de este tipo de información religiosa quizá se halle en el subconsciente. Sinceramente, entre nosotros se ha superado aquel viejo anticlericalismo que se manifestaba en un humor de muy mal gusto, que contribuía a perpetuar esas dos Españas, de las que hablaba Antonio Machado. Y ambas, cada una por su parte, nos helaban el corazón.

Recientemente la prensa y demás medios de comunicación aireaban un manifiesto firmado por 71 sacerdotes de la diócesis catalana de Gerona, en el que, con serenidad pero con firmeza, exponen su pensamiento sobre temas todavía tan discutidos como el celibato exigido a los sacerdotes y la ordenación de las mujeres.

Los primero que hay que decir es que no se trata de un tema por así decirlo «dogmático», sino puramente disciplinar. Y en cuanto al celibato, sólo se refiere a una parte del clero católico romano. Hay, en efecto, sacerdotes de estricta obediencia romana que están canónicamente casados y ejercen legalmente su ministerio. El celibato se exigió, y ya muy tardíamente, a los presbíteros católicos de rito latino.

Los de otros ritos no están obligados al celibato, como son los orientales de rito griego, los maronitas, los coptos, los etíopes, etc.

A este propósito recuerdo que, a mediados de los años cincuenta, durante mi estancia en Jerusalén, tuve la ocasión de visitar, en la República de El Líbano, un pueblecito del interior del país, llamado Jarisa. Estaba escondido entre los típicos cedros de la región. Allí me recibió muy amablemente el cura del pueblo, de rito maronita, que estaba casado canónicamente y tenía.. once hijos. Me pude entender fácilmente con él porque hablaba francés con soltura, ya que había estudiado en la Universidad Católica de Beirut, regentada por jesuítas franceses.

La introducción del celibato clerical en el Derecho eclesiástico latino se debió, en último lugar, a motivos económicos. Y es que, dado que la Iglesia poseía muchos bienes, si los clérigos tenían hijos legítimos, éstos heredarían esos bienes y la Iglesia como tal los perdería. Y así vemos algo que hoy nos parece paradójico. Y es que a los clérigos se les «toleraba» más o menos tener «amantes», ya que sus hijos, al no ser legítimos, no tenían derecho a la herencia. Y así en la misma ciudad de Trento el guía, después de haber enseñado la catedral, donde se celebró el famoso Concilio, muestra un palacio adjunto, donde se hospedaban las «amantes» de los obispos.

Remontándonos más arriba, vemos cómo los cristianos de la comunidad de Corinto, al observar que su «ministro», Pablo de Tarso, era célibe, le preguntan si para ejercer el ministerio de evangelizador había que ser célibe. Pablo contesta rotundamente que no «ya que el Señor no dejó dicho nada sobre esto». Eso sí, un celibato libremente asumido sería muy conveniente para la vida difícil de un predicador itinerante como eran aquello primeros apóstoles.

Pero en todo caso también los casados pueden ser ministros, aunque tendrán que superar muchos «conflictos». La palabra que usa Pablo en griego (zlipsis) no significa propiamente «tribulación», sino más bien «lucha».

Por lo que se refiere a la reivindicación de los curas de Gerona sobre la ordenación sacerdotal de las mujeres, tenemos que partir de una afirmación formal que hizo San Pablo dentro del entramado esencial de su teología. Escribiendo a los cristianos de Galacia y en otras ocasiones declaró solemnemente: «En Cristo no hay varón ni hembra ni esclavo ni libre ni judío ni griego».

Se trataba ciertamente de una aspiración, pero que contenía lo más esencial de su evangelio. Pero apoyadas, sin duda, en esta predicación, claramente feminista, algunas mujeres de la comunidad de Corinto, a imitación de las mil sacerdotisas del templo de Venus en Corinto, querían también ejercer un ministerio sagrado en la Iglesia. Pablo se ve en un tremendo apuro frente a estas pretensiones. En el fondo, aquellas mujeres no hacían más que sacar las últimas consecuencias del feminismo paulino; pero, por otra parte, estaba allí la realidad sociológica de una humanidad anclada todavía en un estadio evolutivo que no permitía la inmediata puesta en práctica del eslogan paulino. Por eso, Pablo responde lleno de nerviosismo, buscando argumentos de su buena época rabínica, que en el fondo no le satisfacen a él mismo. Pablo, se deshace finalmente de ellos y da la verdadera razón: «Entre nosotros no se da esa costumbre, ni en las demás comunidades». Se trataba de un freno sociohistórico que había que aguantar por el momento.

Así hay que plantear hoy este problema de la ordenación femenina de la mujer: atendiendo a 'los signos de los tiempos', como decía Juan XXIII. Y estos signos apuntan claramente a la apremiante integración de la mujer en los ministerios eclesiles. Las afirmaciones de las jerarquias de la Iglesia hay que situarlas en el contexto histórico de la sociedad en que vivimos.

En una palabra: el informe de los curas catalanes es teológicamente ortodoxo y social e históricamente correcto y oportuno, aunque, como es natural, a muchos les cueste trabajo su asimilación.
 

Abril 2002

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