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- Proceso a Jesús de Nazaret 

JUAN JOSÉ TAMAYO 

El proceso y la muerte de Jesús de Nazaret han sido interpretados en clave sacrificial, conforme a la lógica de la violencia de lo sagrado, inherente a la mayoría de las religiones cultuales. La formulación más extrema de esta interpretación es obra del teólogo medieval san Anselmo. Según ella, Jesús, víctima inocente, se somete a la muerte por decisión de Dios, su Padre, para reparar la ofensa cometida por la humanidad contra Él. Como la ofensa es infinita, debe ser reparada por una persona que sea al mismo tiempo humana y divina. Esa persona es Cristo. Y la forma de pagarla es la muerte. Pero no una muerte cualquiera, sino la más dolorosa que mente humana alguna pueda imaginar: la crucifixión.

Cris to habría cargado gustoso con la cruz camino del Gólgota y habría aceptado la muerte sin rechistar en cumplimiento de la voluntad de Dios. En él se haría realidad, en su literalidad, la descripción que hace el profeta Isaías de la figura simbólica del Siervo de Yahvé: "Lo vimos sin aspecto atrayente, despreciado y rechazado por todos, abrumado por los dolores y familiarizado con el sufrimiento, ante el que se ocultan los rostros. Él soportó nuestros sufrimientos y aguantó nuestros dolores; nosotros lo estimamos leproso, herido de Dios y humillado. Sufrió el castigo por nuestro bien y con sus llagas nos curó... El Señor cargó sobre él todas nuestras culpas. Cuando era maltratado, se sometía y no abría la boca; como cordero llevado al matadero, como oveja ante el esquilador, enmudecía y no abría la boca... El Señor quiso triturarlo con el sufrimiento y entregar su vida como expiación" (Isaías 53, 3-7).

El Dios que aparece en esta interpretación tiene un gran parecido con los señores feudales del medievo. El trato que da a su hijo es peor incluso que el dado por aquéllos a los siervos de la gleba. Se trata de un Dios violento, vengativo, sin entrañas, más sanguinario que Moloc, que exigía el sacrificio de niños para aplacar su ira y conseguir sus favores; un Dios no sólo impasible e insensible a los sufrimientos humanos, sino causante de ellos; un Dios que necesita el derramamiento de la sangre de su hijo, hasta la última gota, para sentirse rehabilitado en su honor herido.

El sacrificio de la muerte de Cristo tendría carácter expiatorio: una víctima inocente paga por todos, y, así, la humanidad es redimida de sus pecados y consigue la salvación. El mismo Cristo habría dado sentido redentor a su muerte, entregando su vida como rescate por todos los seres humanos y derramando su sangre para el perdón de los pecados.

Esta interpretación sintoniza, en cierta medida, con el sentido salvador atribuido a la muerte de determinados personajes míticos o históricos. Es el caso de Andrómeda, encadenada a una roca para ser devorada con el fin de apaciguar al monstruo que había arrasado el país, o de Ifigenia, sacrificada por su padre, Agamenón, para lograr que el viento se tornara favorable a los griegos y pudieran conquistar Troya. No han faltado revolucionarios de los diferentes movimientos de liberación que han dado un sentido redentor a su muerte, como han puesto de manifiesto el escritor AlbertCamus y el filósofo ErnstBloch en dos textos antológicos. El primero, en Los justos, donde el revolucionario Kaliayev define su muerte como "mi suprema protesta contra el mundo de lágrimas y sangre". El segundo, en El principio esperanza, donde presenta al héroe rojo sacrificando su vida en aras de un mundo mejor para todos los proletarios del mundo.

La interpretación sacrificial del proceso y de la muerte de Jesús ha sido la más extendida en la historia del cristianismo, la que más influyó en la piedad cristiana y la que más marcas, incluso físicas, ha dejado en los cuerpos macerados de los penitentes y en los cuerpos violados y violentados de las mujeres maltratadas. Desde ella se ha justificado la necesidad de las víctimas como condición necesaria para la reconciliación de los seres humanos.

Y, sin embargo, no parece que ésa sea la más acorde con los hechos. La vida y la muerte de Jesús constituyen la más rotunda negación de la violencia de lo sagrado y de la lógica sacrificial, como se ha encargado de demostrar con gran lucidez Girard en su obra El misterio de nuestro mundo y como se deduce de las más recientes investigaciones históricas al respecto.

Jesús no fue sacerdote, ni perteneció a ninguna familia sacerdotal. Puso en marcha un movimiento religioso igualitario de hombres y mujeres, entre los que no había ningún clérigo. Vivió y se comportó como un laico crítico con la institución sacerdotal y con sus prácticas cultuales legitimadoras del orden religioso y político establecido. Asistía con frecuencia a la sinagoga, lugar de reunión y de proclamación de la palabra de Dios como Buena Noticia de liberación para los oprimidos. Su relación con el templo fue, sin embargo, distante, crítica y conflictiva, como muestran la expulsión de los vendedores y el anuncio de su destrucción. Vivió en permanente conflicto con las autoridades religiosas, desafió a los poderes políticos y denunció sin contemplaciones a quienes oprimían a los pobres.

Las razones de fondo alegadas en el proceso contra Jesús ante el tribunal romano son preferentemente de carácter político. Jesús no es condenado por blasfemo, sino por incitar a la nación a la rebelión, por prohibir el pago del tributo al César y por pretender ser rey (Lc,23,2). Esta última acusación fue la que más pesó en el juicio, como consta en la tablilla de la cruz: "Jesús el Nazareno, Rey de los judíos", que es recogida por los cuatro evangelistas y cuenta con una sólida base histórica. Arrogarse la realeza de Israel constituía un atentado contra el Imperio y comportaba todo un desafío a la máxima autoridad romana. En definitiva, Jesús es condenado como enemigo del Imperio y, según la lógica imperial, como enemigo de la humanidad.

Si todavía quedara alguna duda sobre las causas de la condena se despejan con sólo fijarse en el tipo de muerte a que fue sometido: la crucifixión, el suplicio más cruel e ignominioso entonces, según Cicerón. Era un castigo reservado a los delitos de carácter civil o militar, que se aplicaba a menudo a esclavos, criminales y traidores, así como a rebeldes y sediciosos de las provincias sometidas al Imperio Romano, como era el caso de Galilea.

La muerte de Jesús en la cruz -atestiguada no sólo por los evangelios y otros escritos del Nuevo Testamento, sino también por historiadores romanos y judíos- no fue precisamente un plácido sueño del que uno ya no despierta, ni se debió a un error del tribunal romano, como creía Bultmann. Se enmarca en el horizonte ético-subversivo en el que se desarrolló su vida. Jesús vive su muerte no de manera impasible, no como un héroe en olor de multitudes, sino como una persona fracasada, que es abandonada por sus más cercanos seguidores, excepto un grupo de mujeres que lo acompañan hasta el final. Siente pavor, tristeza y angustia, como atestiguan los evangelios. En el momento supremo, comenta el teólogo alemán Moltmann, "sintió desesperación". Es una muerte trágica, de un patetismo inenarrable y de una crueldad extrema. En nada se parece a la muerte de Sócrates.

Jesús rompe con la lógica necrófila del sacrificio, que genera víctimas, y apuesta por la lógica biófila de la compasión, que crea una corriente cálida de solidaridad. Aquí radica, a mi juicio, la novedad del cristianismo, que la historia no supo captar y que es necesario activar hoy, desenmascarando la violencia sacrificial, tan presente en la cultura moderna bajo formas secularizadas. De esto hay una lección a sacar para el futuro, que formula el antropólogo Girard con gran lucidez: "La humanidad entera se encuentra enfrentada a un dilema ineludible: es necesario que los seres humanos se reconcilien por siempre sin intermediarios sacrificiales o bien que se resignen a su extinción próxima".

Juan José Tamayo es teólogo y autor de Por eso lo mataron.

El País, 20 abril 2000

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