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El Dios de Bush

JAUME BOTEY VALLÈS
 

  1. SOCIOLOGÍA: LA RELIGIOSIDAD EN LOS ESTADOS UNIDOS
2. HISTORIA E IDEOLOGÍA DE LA NACIÓN
3. LA CUESTIÓN MORAL
4. EL DIOS DE BUSH
5. POSIBILIDAD DE UN DISCURSO SOBRE DIOS
 
Este título puede parecer extraño. Pero son también extrañas en Occidente las continuas referencias de George W. Bush a la Biblia, a la religión, a Dios como garantía pública de sus decisiones. En Occidente es inusual que un presidente confiese que lo es por expreso designio de Dios, que las sesiones de un Consejo de Ministros comiencen con un rato de oración o que el viernes por la tarde las oficinas del gobierno cierren para que los trabajadores puedan asistir a sesiones de estudio de la Biblia.
El discurso religioso, siempre presente en la vida pública norteamericana a pesar de la separación de poderes establecida por la Constitución después de la independencia en 1776, se ha incrementado en los últimos años. Y a menudo, ha explicado el mismo presidente, este discurso ha sido la razón última de las decisiones de la actual administración republicana. Un discurso que conecta tanto con la tradición calvinista como con la cuestión de las identidades y el enfrentamiento entre culturas, el máximo exponente de la cual fue Samuel Huntington con el “choque de civilizaciones”. Tanto Huntington como el clásico El final de la historia de Fukuyama fundamentan sus tesis indemostrables en una especie de categorización religiosa de los pueblos, etnias y culturas en función del modelo occidental y norteamericano, al cual se considera que se tienen que parecer todas las culturas. 
He aquí tres textos: 
— “He oído una llamada. Sé que Dios quiere que me presente a las elecciones presidenciales” [Bush al telepredicador James Robinson en 1998]. 
— “Ha sido una desgracia nacional. Ha sido un acto de guerra. La libertad y la democracia han sido atacadas [...]. El terrorismo contra nuestro país no quedará impune. Aquellos que han cometido estas acciones y aquellos que las protegen pagarán un precio muy alto por lo que han hecho [...]. La guerra que nos espera es una lucha monumental entre el bien y el mal [...]. Será larga y sucia [...]. Aquellos que nos han atacado han elegido su propia destrucción [...]. O se está con nosotros o con el terrorismo [...]. Dios está con nosotros [...]. Dios bendiga América” [El mismo Bush, después de los atentados del 11 de septiembre de 2001]. 

— “Aquel que no está con nosotros está contra nosotros”; “sabemos que Dios no es neutral”; “Estamos al inicio de una intervención militar que será larga. La intervención en Afganistán tan sólo es el principio de la guerra contra el terror. Durante muchos años y en todo el planeta tendremos que combatir a los malvados. Es nuestra misión, y estamos seguros que ganaremos” [Bush ante los militares destinados en Afganistán, el 21 de noviembre de 2001]. 

Que a nadie se le escape la importancia de estos textos. En ellos se encuentran todos los elementos que me propongo analizar en esta pequeña publicación. Son muy parecidos, pero, a los de la otra cara de la moneda, a los discursos de Osama Bin Laden, en aquellos mismos días. Es un mensaje teñido de sentencias apocalípticas, morales y teológicas, que convierten la acción política que propone en una amenaza particularmente peligrosa por su proximidad al fanatismo y porque quien las ha pronunciado, el presidente del estado mayor del ejército más poderoso del mundo, ha demostrado que no es retórica, que cumplirá la amenaza con sangre y fuego.
 

1. SOCIOLOGÍA: LA RELIGIOSIDAD EN LOS EEUU
Por desconcertantes que estas afirmaciones de Bush puedan parecer a los ojos de un europeo, no lo son para el público norteamericano. Ya hace mucho tiempo que los presidentes norteamericanos adoptaron el lenguaje y simbolismo de la religión. Las imágenes de Clinton saliendo de los oficios baptistas, las invocaciones a Dios de Reagan o la confesión de “cristiano renacido” de Jimmy Carter, conectaban con las afirmaciones de los fundadores de la patria, Jefferson, Franklin, Lincoln o Tocqueville, por ejemplo. No ha habido ningún presidente norteamericano que no se declarase creyente y practicante. La religión y la práctica religiosa serán elementos esenciales en la simbología del poder en EUA.
Después de la independencia, mientras en la Europa del siglo XIX se extendía el laicismo, en los EUA crecía la religiosidad popular y se incrementaba el número de confesiones religiosas. E incluso ahora, más del 90% de norteamericanos afirma creer en Dios, un 82% cree en la vida eterna, el cumplimiento dominical es de un 60%, y otro 60% dice que cada día reza. Se trata, pues, de una población con un alto nivel de religiosidad. Aproximadamente un 60% de la población en EUA se declara protestante, un 25% católica, y el resto de otras confesiones, especialmente judíos (6 millones, hay más judíos en EUA que en Israel) y musulmanes (3 millones, descendientes, en parte, de los esclavos del siglo XVIII y de la inmigración del siglo XX). Se calcula que hay más de 1.500 confesiones protestantes diferentes: calvinismo puritano, luteranismo, presbiterianismo y baptistas del primer momento, que vieron cómo se incrementaba el número de Iglesias con confesiones procedentes de Europa (metodistas, adventistas, pentecostales, episcopalianos, etc.) y con otras nacidas en el mismo EUA como, por ejemplo, mormones, amish, dunkers, amana, angloisraelíes, apostólicos, etc.
Esta diversidad siempre ha ido acompañada de una gran tolerancia, que en EUA no es sinónimo de indiferencia sino, al contrario, señal de la vitalidad de un modelo de “religión a la carta”. La coexistencia pacífica de tan­tas confesiones en ámbito de igualdad tenía que significar la renuncia de cada una de ellas a considerarse superior a las otras. Por este motivo para ninguna de ellas la verdad dogmática no es el elemento esencial de identificación. Se trata de una identidad religiosa que sólo puede referirse a una vaga herencia judeocristiana común. En consecuencia, las razones para explicar la adhesión personal a una u otra confesión sólo pueden ser de carácter subjetivo, histórico o cultural, no por argumentos teológicos. 
Los sociólogos afirman que, con el tiempo, las diferencias entre confesiones y sus expresiones van desapareciendo. Parece como si las diferentes teologías que las sustentan se hayan adaptado al modelo del pluralismo democrático de la sociedad norteamericana y que incluso haya una progresiva homogeneización con las nuevas formas religiosas propias de los recientemente inmigrados hacia un modelo “americanizante” de la religión, que Robert N. Bellah en los sesenta  llamó “religión civil” (Civil Religion in America). Esta “religión civil” tiene un alto grado de ductilidad o adaptación al sistema económico y a su lógica. 
Es una cultura que impregna a toda la sociedad norteamericana, en la cual los símbolos más pregones del Estado, himnos, banderas y solemnes liturgias políticas, se vinculan explícitamente o implícitamente a Dios: desde el “In God we trust” impreso en cada dólar hasta la moral calvinista de la eficacia, la convicción puritana de la necesidad de sacrificio para obtener la salvación, el ejercicio cotidiano de la máxima de Franklin que “el tiempo es oro” entendida en el sentido literal de interés bancario, la identificación, como en el Antiguo Testamento, entre éxito material y bendición de Dios, el sentido familiar y comunitario de la vida junto con el individualismo, el concepto de libertad individual como bien supremo y la predicación de la misericordia como virtud, etc. 

La religión civil se convierte, de este modo, en un factor político de primer orden porque dará a la sociedad aquella cohesión que el individualismo social y económico le niega. Cumple una función integradora y podrá teñir de sublimación religiosa el discurso político del individualismo. El poder político y económico puede quedar convertido, de esta forma, en la sublime encarnación de la voluntad de Dios. Por este motivo, aunque la Constitución de 1787 consagra la separación entre Estado e Iglesia o Iglesias, el gobierno de EUA utiliza un lenguaje cercano a la teología elaborado por expertos teólogos laicos. Es el discurso del “Pueblo Elegido”.

 
2. HISTORIA E IDEOLOGÍA DE LA NACIÓN. NACIMIENTO DE UNA TEOLOGÍA POLÍTICA
En el año 1845, el periodista John O’Sullivan inventa la expresión “destino manifiesto” (Manifest Destiny), para justificar la anexión de México y el imperialismo de EUA, expresión que hará fortuna porque conecta con el sentimiento de Pueblo Elegido que tenían los Padres Fundadores de la Patria y que hoy perdura con más fuerza que nunca. Esta doctrina legitima la expansión territorial y económica como voluntad de Dios. En contrapartida, EUA asume la pesada carga de ser el portavoz de los designios de Dios para todo el mundo. Impulso expansionista y sentimiento de Pueblo Elegido están íntimamente relacionados. Algunos lo llamaron “espíritu de frontera”. En 1902, Woodrow Wilson lo justificaba afirmando: “En nuestro pueblo siempre ha estado presente una poderosa presión desplazándose continuamente en busca de nuevas fronteras y nuevos territorios, en la búsqueda de mayor poder, de total libertad en un mundo virgen. Es un destino divino que ha configurado nuestra política”.
2.1. Pueblo elegido. Mitología fundacional
Los primeros pobladores de EUA procedentes de Inglaterra y Escocia hacen suya la metáfora de Israel Pueblo de Dios. Se trata de una de las metáforas más potentes de la historia, que se encuentra en las raíces del judaísmo, cristianismo e islamismo, y que ha configurado la cosmología de cada una de estas tres grandes culturas. Los pioneros, procedentes de Europa, la interiorizan de tal forma que es un implícito siempre presente en el imaginario colectivo de la población. Elia Kazan lo describe magistralmente en América, América, en la figura del pobre Stavros, el griego que quiere huir de la opresión turca. EUA es “el Nuevo Israel de Dios”. Habían huido de los terratenientes y comerciantes de la época feudal e inicios del capitalismo, habían leído la Biblia como libro inspirado por Dios y encuentran parecidos entre la mística del pueblo judío en la conquista de Canaan, la Tierra Prometida, y lo que ellos hacen, la conquista del territorio indio hacia el oeste. La metáfora incluye, además, un pacto, como una nueva Alianza del Sinaí sellada con Dios: si somos fieles, Dios cumplirá su promesa y de pueblo pequeño nos hará pueblo grande, de esclavos nos hará libres, de nómadas nos dará en propiedad toda la tierra.
Muy parecido a la teología veterotestamentaria, en la cual la prosperidad material no sólo significa ser elegido, sino también justo, la facilidad con que los primeros pobladores han ocupado la tierra de los indios no sólo es un indicio que han obrado correctamente, sino que son un pueblo justo a los ojos de Dios. Al contrario, el fracaso no necesariamente habría indicado que los medios eran injustos, sino que podría ser consecuencia de faltas morales del pueblo, es decir, de la rotura de la Alianza. Sólo después de corregir las faltas podrán restablecer las relaciones con Dios. 
Esto funciona también en las relaciones internacionales. Este pueblo tiene confiada una gran misión. John Adams, el segundo presidente, consideraba que EUA tendría la misión de liberar a toda la humanidad. Benjamin Franklin creía que la providencia había designado a EUA un lugar de honor en la lucha por la dignidad humana. Samuel Cooper afirmaba que EUA tenía que cumplir la misión providencial de transformar la humanidad en sede de libertad. Albert Beveridge, senador de Indiana en 1900, decía: 

“Dios preparó al pueblo norteamericano para ser maestros y organizadores del mundo, para instituir el orden donde reina el caos. Dios ha designado al pueblo norteamericano como nación elegida para iniciar la regeneración del mundo”. 

John Ashcroft, actual Fiscal General y Secretario de Justicia, el 8 de mayo de 1999, al recibir un diploma de la ultraderechista universidad Bob Jones, conocida por impulsar políticas de segregación racial, declaraba: 

“Única entre las naciones, EUA ha reconocido la fuente de nuestro carácter como divina y eterna, no cívica o temporal. Y como hemos entendido que nuestra fuente es eterna, los EUA somos diferentes. No tenemos otro rey que Jesús”. 

Con expresiones como ‘Pueblo Elegido’, ‘nación querida’, ‘representante de Dios en la tierra’ y ‘portavoz de su mensaje entre los hombres’, Estados Unidos se sitúa más cerca de Dios que cualquier otro país; no puede haber nadie entre Dios y EUA. No sólo puede jugar un papel único de intermediarios entre Dios y el resto de pueblos, sino que tiene obligación de hacerlo. Es el instrumento de Dios, el Mesías salvador. Como dice Johan Galtung, tiene la obligación mesiánica de asumir aspectos divinos de omnipotencia, omnisciencia y de bondad y misericordia infinitas. Para hacerlo, necesitará dinero, poder e información. Querrá decir que es por voluntad divina que tiene obligación de ser la nación más poderosa económicamente y militarmente del mundo y es también por mandato de Dios que debe tener el servicio de inteligencia más eficaz del mundo. Se trata de un mesianismo vigoroso. EUA no está en igualdad de condiciones con los otros países: sólo EUA tiene derecho a poseer el arma final y a tener información ilimitada y por todos los medios. 

2.2. Mesianismo

El papel sagrado de Mesías que EUA ha de cumplir le obliga a saberlo todo y a ejercer el castigo donde haga falta para liberar a la gente de las garras del Mal. Si existe un único Dios y los  EUA son su representante, es lógico que exista un único o principal enemigo de Dios contra el cual los EUA tienen que luchar. Si hay un Pueblo Elegido, una Nación Santa, Estados de Salvación, en definitiva, un eje del Bien, es lógico que exista un Pueblo Maldito, una Nación Malvada, Estados de Perdición, en definitiva, un eje del Mal. En términos teológicos, estamos hablando de salvación o perdición, de gracia o pecado. En términos económicos, de prosperidad o pobreza. 

Para cumplir la voluntad de Dios y conseguir el triunfo final del Bien, EUA tiene que ser intransigente con el Mal. Hay que destruirlo como a un peligro contagioso. Será una lucha universal y hasta la victoria final. Si el país malvado reconoce el pecado, hay que extirpar para siempre, por común acuerdo o por la fuerza, toda raíz del mal, como hacía en la Edad Media la Inquisición con el acusado en el caso que confesase. Si no lo reconoce, la negativa sería la demostración manifiesta que está poseído por el diablo y tiene que actuar con más decisión que nunca, como también hacía en la Edad Media la Inquisición con el acusado en el caso que no confesase. Si EUA se ha visto obligado a entrar en conflicto, jamás lo ha hecho por venganza o para conseguir espurios intereses materiales como cualquier otra nación, sino como un doloroso acto de la manifestación de bondad y misericordia, en el nombre de Dios, ayudando a las fuerzas del Bien a combatir las fuerzas del Mal, para liberar a la gente de las garras del demonio. 

Por esta máxima responsabilidad ‘quasi-divina’, EUA puede verse obligado a actuar a menudo en solitario. Este hecho puede provocar desconfianzas en las otras naciones, las cuales exigen acuerdos, diálogo o el funcionamiento de los organismos multilaterales de decisión, pero EUA sólo tiene que dar explicaciones a Dios. 

¿Cuál es el mensaje divino que EUA tiene obligación de transmitir a todo el mundo en tanto que Pueblo Elegido? ¿Qué es el Bien y qué es el Mal? ¿Qué frontera pone entre el eje del Bien y el eje del Mal? ‘Bien’ será todo aquello que se acerque al modelo de vida norteamericano y ‘Mal’ todo aquello que se separe. Serán considerados eje del Bien aquellos países que reconozcan la bondad intrínseca de los principios económicos, políticos y culturales de los EUA y su papel de supremo interlocutor con Dios, y eje del Mal las naciones que no reconozcan este papel o no acepten estos principios. Brevemente, se consideran eje del Bien los que acepten tres elementos centrales: 

1.  En economía, el mercado como única posibilidad. 

2.  En política, la democracia formal de las elecciones. 

3.  En cultura, el modelo de cultura americana, incluida la religión. 

Será eje del Mal aquel pueblo o estado que rechace estos tres principios. Durante muchos años, en la Guerra Fría, el comunismo y la Unión Soviética han sido la encarnación del Mal. 

Esta ideología siempre ha estado viva en la derecha de EUA y se ha retomado con fuerza por el Partido Republicano y en especial durante las presidencias de Reagan, de George Bush padre y con el actual George W. Bush. Hacen una referencia continua a la “superioridad moral de EUA” para justificar las invasiones políticas, económicas y militares por el mundo y especialmente al armamentismo durante la Guerra Fría. Pat Buchanan, ultraconservador y frustrado candidado presidencial por el Partido Republicano en 1992 y en 1996, asegura: 

“Nuestra cultura es superior porque nuestra religión es el cristianismo. Y el cristianismo es la verdad. Y la verdad hace libres a los hombres”. 

He aquí, por ejemplo, el discurso de Reagan en Orlando, Florida, el 8 de marzo de 1983, en la Asamblea Nacional de Evangélicos: 

“Son ellos, los comunistas, el verdadero foco del mal en el mundo. Los que consideran la carrera armamentística como un malentendido o los que no saben leer en los hechos de la historia la penetración del imperio del mal, se apartan de la lucha entre la verdad y el error, entre el Bien y el Mal. El pecado está presente en el mundo, y en la Escritura el mismo Señor Jesús nos ha encomendado que nos opongamos con todas nuestras fuerzas. Nuestra nación también tiene una herencia de Mal que tenemos que purificar. Porque la gloria de nuestra tierra ha sido la capacidad que hemos tenido para superar los males morales de nuestro pasado”. 

Caído aquel enemigo, hacía falta conceptualizar otro ante el imaginario colectivo que fuese suficientemente potente para polarizar la opinión interior de EUA y la opinión exterior. Y la ocasión la ofreció el 11 de septiembre de 2001 y el ataque a las Torres Gemelas. A partir de aquel momento, el terrorismo internacional como fenómeno difuso, identificado con el mundo árabe, y aquellos que EUA, según su omnisciente criterio, considere que están directamente o indirectamente implicados, serán llamados eje del Mal. Y el gobierno de EUA considerará que, por mandato de Dios, tiene obligación de aplastarlos. Los judíos y el estado de Israel están de acuerdo con esta nueva personificación del Mal, pero, obviamente, no pueden estar de acuerdo los musulmanes ni los países musulmanes. El Dios de Bush tiene un fuerte componente antimusulmán. 

Sin embargo, incluso antes del 11 de septiembre de 2001, la doctrina del papel hegemónico que por voluntad de Dios tenían que ocupar en el mundo los EUA se había formulado en el “Proyecto para el Nuevo Siglo de Estados Unidos” (PNAC, correspondientes a las siglas de The Project for the New American Century), fundado en 1997 por un grupo de estrategas neoconservadores “ante la deriva de la política exterior y de defensa de EUA”, con la finalidad de “concentrar esfuerzos para preparar el nuevo liderazgo mundial de EUA” y reclama “una nueva política reaganista de fortaleza militar y rearme moral”. La declaración está firmada por Dick Cheney, Jeb Bush, Donald Rumsfeld, Paul Wolfowitz y Scooter Libby. En resumen, la propuesta es el intervencionismo militar directo y unilateral con el único objetivo de hacer irreversible la hegemonía norteamericana en el mundo. 

Un año después del 11 de septiembre, la propuesta del PNAC quedó consagrada en el documento de la nueva Doctrina de Seguridad Nacional presentada por Bush el 20 de septiembre de 2002. Fue la proclamación oficial del unilateralismo que, desde el PNAC, habían ido construyendo, junto con los anteriores, Robert Kagan, Richard Perle y Condolezza Rice. 

El documento, de unas 20 páginas, se puede resumir en cuatro puntos: 

1.  EUA se autootorga el derecho a definir quién es terrorista. Será considerado terrorista aquella organización o Estado que (a) atente contra los intereses de EUA en cualquier lugar del mundo o (b) ponga en peligro el suministro de las materias primas esenciales: petróleo, gas, uranio y agua. 

2.  EUA tiene el armamento más poderoso del mundo y con mayor capacidad “mortífera”. Es el único país que tiene derecho a tenerlo. Cualquier país o grupo de países que pretendan equipararse serán igualmente considerados terroristas. 

3.  EUA se someterá a las decisiones de los organismos multilaterales de decisión cuando con­si­dere que estas decisiones están de acuerdo con sus intereses. En caso contrario, EUA se considera con el derecho y con el deber de actuar por su cuenta y unilateralmente. 

4.  EUA se considera con el derecho de juzgar a los otros no según los hechos sino según la presuposición de las intenciones. Esta actuación se considerará actuación en legítima defensa aunque no haya habido ataque previo. Se trata de la doctrina de la guerra preventiva. 

Las razones de estas decisiones las ha explicado con una insultante claridad el asesor presidencial Robert Kagan en Poder y debilidad (Barcelona, Taurus, 2003). Por ejemplo, en cuanto a las relaciones con la ONU, Kagan afirma que la ONU e incluso los tribunales de Justicia pueden determinar contra EUA y no pasa nada. ¿Por qué? Porque la mayoría de sus miembros son “comunistas, no cristianos, dictaduras o antimercado” (!). Pero, sobre todo, porque la ONU tiene intenciones imperdonables: interponerse entre Dios y EUA. O, peor, sustituir a Dios. O sustituir a EUA. Por este motivo, la ONU es el verdadero enemigo. La ONU no ha querido entender que EUA tiene el monopolio del ejercicio legítimo del poder en el mundo, no por egoísmo o voluntad de poder, sino por designio de Dios.

 

3. LA CUESTIÓN MORAL

 
Los “padres” de los EUA fundaron la patria hablando de sociedad nueva, de hombre nuevo, de filantropía, de caridad, de hijos también de la Libertad, Igualdad y Fraternidad de la Ilustración. Estos últimos fueron, en definitiva, los eslóganes y punto de partida de la independencia en 1776, que en Europa quedaron consagrados a finales del siglo XVIII. Tocqueville habla de libertad, de democracia, de la defensa de los derechos individuales, de las nuevas formas de representación política. Para Franklin, además de los anteriores, serán los valores del trabajo, eficacia, ahorro, disciplina, austeridad, rendimiento, etc., vinculando estos valores al sentido del deber social y muy especialmente al cumplimiento de las obligaciones derivadas del ejercicio de la profesión. 
3.1. Moral individual
Es la cultura heredada del puritanismo calvinista escocés y centroeuropeo. La sociedad protestante había introducido un individualismo radical en la economía y había facilitado la destrucción de las relaciones y redes sociales tradicionales. Por este motivo, la antropología de esta nueva sociedad tendrá como referente el individualismo, el individuo en solitario ante Dios, sin mediaciones para la salvación, y el individuo en solitario ante el deber de la eficacia en el trabajo como obligación sagrada para transformar el mundo. La nueva sociedad norteamericana se fundamentará sobre el individuo y el riesgo individual, no sobre el sentimiento comunitario. 
Posteriormente, estos principios morales fueron desvirtuados hacia una moral utilitarista y hacia la supremacía de la política y moral interior por encima de la política y moral exterior o comunitaria, como explicó Weber en la clásica tesis sobre La ética protestante y el espíritu del capitalismo. Para los fundadores, para construir una sociedad nueva, se tenía que pensar sobre todo en la virtud de sus miembros más que en prever las estructuras que regularían la justicia. El verdadero cambio de la sociedad se producirá por el cambio de las personas una a una, porque la raíz de los problemas no es la economía sino la crisis moral y espiritual. Si las personas eran virtuosas harían, sin ninguna duda, una sociedad virtuosa. Habría que apartarse de los vicios de la vieja sociedad europea: embrutecimiento colectivo, degradación personal, disolución de la familia, libertinaje, promiscuidad, depravación de costumbres. 
La sociedad entera, pero sobre todo aquellos que hayan pasado en momentos anteriores de su vida por temporadas de vicios y vida disoluta, tienen que reconocer públicamente su pecado y “renacer” en Jesucristo. Es una “confesión positiva” que los hará “re-born” o “renacidos”. Habrán recibido una revelación personal de Dios y serán para siempre testimonios de la bondad de Jesús que salva pecadores. El ex-presidente Jimmy Carter se consideraba un “renacido”, y también Bush, que ha explicado reiteradamente que Jesús en persona lo salvó del alcoholismo. 

A principios del siglo XX, un grupo de profesores de teología de Princeton, bajo la dirección de Lyman Stewart, publican una pequeña colección de doce libritos bajo el nombre genérico de Fundamentals. A testimony of the truth, con la propuesta de un cristianismo extremadamente riguroso y dogmáticamente cerrado, frente al alud de modernidad que consideraban que caía sobre EUA. El término “fundamentalista” surge de allí. El movimiento se ve con simpatía sobre todo por los miembros del Partido Republicano. Proclamaban una interpretación literal de la Biblia frente los primeros intentos de interpretarla por el elemental método de los géneros literarios. Se llamaron creacionistas porque lucharon contra la teoría evolutiva: si Darwin tenía razón podríamos ser considerados iguales a las monas. Exigían formas de vida integristas, la represión de la vida sexual hacia márgenes muy estrictos y siempre en el ámbito de la privacidad, e impulsaron la prohibición del alcohol en la época de Al Capone, entre otras. 

Así, organizaciones como Liga de América, Cruzada cristiana, Cruzada anticomunista cristiana o los Protestantes Blancos Angloparlantes (White Anglo Saxon Protestant, WASP, grupo nacido ya a mitad del siglo XIX, en 1865, y antecedente del Ku Klux Klan), pretendían representar los valores que tenían que ser considerados respetables para todo norteamericano, dispuestos a defenderlos incluso con amenazas y las armas. 

Ante la ola de cambio de valores que recorrió Europa y todo el Occidente después de 1968 y durante los años setenta, el fundamentalismo norteamericano reaccionó radicalizándose. El nuevo modelo de libertad, la actitud crítica frente al poder, la normalidad con la que la sociedad toleraba la declaración pública de la no-fe, los intentos de separación más clara entre Iglesia y Estado, la nueva cultura en las relaciones personales y entre sexos, el tratamiento abierto de la homosexualidad, etc., provocaron reacciones de reafirmación en los movimientos fundamentalistas. No estaban dispuestos a aceptar estos cambios. EUA, además, vivía el fortísimo movimiento de protesta contra la guerra de Vietnam y la humillación de la derrota. La juventud descubría la crueldad del sistema. Es el movimiento hippy, de los grandes conciertos de rock, del pacifismo de Joan Baez. 

Pero la clase media norteamericana y los fundamentalistas de la década de los setenta habían sufrido también importantes mutaciones. Y una, nada menospreciable, era que vivían mejor y era difícil exigirles ahora la ascética y el rigor moral de los puritanos de antes. Brevemente: dejaron de ser fundamentalistas. La ética protestante, como explicaba Daniel Bell (Las contradicciones culturales del capitalismo), había sido socavada, no por la modernidad, sino por el propio capitalismo. El sistema se transformó a causa de la producción y el consumo masivos y por la creación de nuevas necesidades y nuevos medios para satisfacerlas. Finalmente, la renuncia de vida ascética comprometía la peculiar teología moral de los conservadores. Quedaba el hedonismo. 

3.2. Mayoría moral, Coalición Cristiana y telepredicadores

Aquello que quedaba de fundamentalismo y conservadurismo se agrupó en torno a figuras emblemáticas formando un movimiento llamado la Nueva Derecha Cristiana. Utilizaban nuevos procedimientos de convocatoria, un lenguaje agresivo y una clara voluntad de intervenir en política. Muy pronto se constituyeron en corriente organizada en el interior del Partido Republicano. Jerry Falwell, conocido predicador fundamentalista de Virginia, fundó una organización llamada Mayoría Moral. EUA está en declive, decía, porque había dado la espalda a los valores morales y religiosos que habían hecho fuerte a esta nación. Se trataba de retornar a los valores originales y hacía falta, por tanto, intervenir en política. Disponiendo de una enorme cantidad de dinero, se promulgaron campañas de agitación moral y política con mítines, documentación y, sobre todo, con nuevos programas de televisión de extraordinaria resonancia, en los que se presentaba a los que no compartían sus ideas como enemigos de la familia, de la religión, de EUA y de Dios. Fue el origen de los llamados telepredicadores. Consiguieron que el tema religioso fuese tema de programa electoral durante la campaña que llevó a Reagan, su candidato republicano, a la presidencia. Falwell fue sustituido por Pat Robertson, pentecostalista, el más conocido de los telepredicadores, quien deja de utilizar los canales comerciales de TV y funda su propia cadena (Christian Broadcasting Network, CBN, rebautizada después con el nombre de Canal de la Familia). En 1989 fundó Coalición Cristiana, la más conocida de las organizaciones ultraconservadoras y con una gran influencia dentro del Partido Republicano: el propio Pat Robertson se presentó en la nominación de presidente en 1988, Pat Buchanan lo fue para las elecciones del 1992 y muchos de la actual administración de Bush forman parte de ella. 

A diferencia de otras organizaciones parecidas, el objetivo de Coalición Cristiana era presionar a los partidos para adoptar las posturas morales de la derecha conservadora, aunque a menudo la lucha por la moralidad escondía intereses no tan nobles. Por ejemplo, el asedio informativo al que fue sometido Clinton a causa de un desafortunado asunto de su vida privada tenía mucho que ver con intereses del Partido Republicano. A James Baker, republicano, de Moral Majority, se lo sorprendió en una situación parecida y no pasó nada. Detrás de la denuncia contra Clinton se encontraban Cheney y Rumsfeld, quienes exigían un modelo de política internacional diferente, y, sobre todo, el incremento de presupuesto militar y el rearme. 

Recordemos, pero, que el empuje creciente del neoconservadurismo es un fenómeno que afecta a todo el mundo y a todas las religiones, desde la escisión de Léfèvre en el catolicismo hasta Jomeini. El hombre moderno tuvo la inútil pretensión de buscar la fundamentación universal de la moral en la razón y ahora sufre las consecuencias. El conservador responsabiliza la modernidad del relativismo en los valores, rechaza la sociedad moderna, su funcionalismo y los cambios en los valores tradicionales de la moral. Y, por otro lado, hay intentos como los de Hayek o de Novak (El espíritu del capitalismo democrático) con la pretensión ridícula de buscar las raíces teológicas y bíblicas del capitalismo, pero que tienen gran resonancia gracias al empuje del neoliberalismo y a los experimentos que la escuela de Chicago empieza a hacer, especialmente a partir de los golpes de estado en América Latina. 

En EUA la ultraderecha recupera el mito fundacional de Nación Elegida y el mesianismo para renacer en política y en religión. En política, para justificar el unilateralismo en las relaciones internacionales y el militarismo como estrategia; y en religión, con el objetivo de recuperar la primacía pública de su cultura y eliminar los obstáculos que los años de separación constitucional Iglesia-Estado han introducido. Como afirmaba hace poco Vidal-Beneyto (”Integrismo político en EEUU”, El País, 5 de junio 2004), es la reacción ante la ausencia de valores del laicismo o ante los valores introducidos subrepticiamente por otras culturas y que pueden poner en peligro no sólo la identidad religiosa sino la identidad política. Para el integrismo, las dos, la identidad religiosa y la política, están inseparablemente unidas alimentándose mutuamente, (véase también Amin Maalouf, Identidades asesinas, Alianza Editorial, 1999). El pro­grama es muy sencillo: retorno de la re­li­gión a la escuela, protección de la familia, lucha encarnizada contra el divorcio, el aborto y la homosexualidad, demonización de las feministas, de la New Age y de todo movimiento progresista como un castigo de Dios.

Permítaseme citar algunos textos, limitándome a los dos predicadores citados anteriormente: 

— “Las guerras de exterminio han perturbado a mucha gente porque no saben lo que estaba pasando. La gente de la tierra de Palestina era muy malvada. Se habían abandonado a la idolatría; sacrificaban a sus hijos; tenían todo tipo de prácticas sexuales abominables; estaban teniendo relaciones, aparentemente, con animales; estaban teniendo sexo hombres con hombres y mujeres con mujeres; estaban cometiendo adulterio, fornicación; adoraban ídolos, dándoles a sus hijos como ofrenda; y estaban abandonando a Dios. Dios les dijo a los israelitas que los mataran a todos, a los hombres, mujeres y niños, para destruirlos. Y eso parece algo terrible de hacer. ¿Lo es? ¿O no? Bueno, asumamos que hubiera dos mil de ellos, o diez mil, viviendo en esa tierra, o cualquier otra cantidad. No tengo el número exacto. Tomemos un número. Dios dijo: “Mátenlos a todos”. Bueno, eso parecería duro, ¿no? Serían diez mil personas que probablemente irían al infierno. Pero, si se quedaran allí y se reprodujeran, en treinta o cuarenta o cincuenta o sesenta o cien años más, podrían concebiblemente ser... diez mil que se irían a cien mil... cien mil a un millón. ¡Y luego habría un millón de personas que tendrían que pasar la eternidad en el infierno! Y es mucho más misericordioso quitar a unos pocos que ver en el futuro, cien años más tarde, y decir, “Bien, tengo que borrar a un millón de personas que estarían separadas de Dios por siempre”, porque la abominación estaba allí como una enfermedad contagiosa. Dios vio que no había cura para ella. No iban a cambiar; sus corazones no iban a cambiar; y lo único que harían sería causar problemas a los israelitas, y alejar a los israelitas de Dios, y evitar que la verdad de Dios alcanzara la Tierra. Así que Dios, en su amor, quitó a un pequeño número, para no tener que quitar un gran número más tarde” [Pat Robertson, El Club 700, 6 de mayo de 1985]. 

— “Nunca habrá paz en el mundo hasta que la casa de Dios y el pueblo de Dios reciban su recto lugar de liderazgo en la cima del mundo. ¿Cómo puede haber paz cuando borrachos, traficantes de drogas, comunistas, ateos, adoradores de Satán de la Nueva Era, humanistas seculares, dictadores opresivos, cambiadores de moneda ambiciosos, asesinos revolucionarios, adúlteros y homosexuales están en la cima?”  [Pat Robertson, The New World Order, 1991]. 

— “La agenda feminista no se trata de iguales derechos para las mujeres. Se trata de un movimiento socialista y anti-familia que alienta a las mujeres a dejar a sus esposos, matar a sus niños, practicar la brujería, destruir el capitalismo y hacerse lesbianas.” [Carta de la campaña de recaudación de fondos de Pat Robertson, ex-candidato presidencial norteamericano, presidente de la Coalición Cristiana, en The Washington Post, 23 de agosto de 1993]. 

— “El SIDA es la ira de un Dios justo contra los homosexuales. No sólo es el castigo de Dios a los homosexuales; es el castigo de Dios a una sociedad que tolera a los homosexuales. Oponérsele sería como si un israelita saltase en el Mar Rojo para salvar a uno de los soldados del Faraón” [Jerry Falwell, 1993]. 

La predicación del oficio religioso en honor de los caídos el 11 de septiembre fue encargada al reverendo Billy Graham, que hizo un llamamiento al arrepentimiento de EUA. Dijo que si EUA quería volver a vivir bajo la protección del Dios de Israel, tenía que arrepentirse de sus pecados y seguir defendiendo el derecho del Estado de Israel a existir: 

— “Hemos pecado contra el Dios Todopoderoso en los estratos más altos de nuestro gobierno, te hemos escupido en tu propia cara. La Suprema Corte te ha insultado una y otra vez. Señor, han expulsado tu Palabra de las escuelas. En las escuelas del Estado han prohibido que los niños puedan levantar una plegaria antes de hacer un examen. Han expulsado todo lo que tiene que ver contigo de la mejor forma que han podido y varias organizaciones han venido a las cortes a solicitar que se prohíba el conocimiento de Dios en la arena pública de Estados Unidos. ¡Perdónanos!”. 

En aquella ceremonia religiosa del 13 de septiembre de 2001, en el momento de máxima emoción en EUA y en el mundo entero, Jerry Falwell pronunció las siguientes palabras: 

— “Yo creo que los paganos, los abortistas, los feministas, los homosexuales y lesbianas, quienes están activamente tratando de hacer de sus prácticas un estilo de vida alternativo, además de la gente de la Unión de Libertades Civiles de América (ACLU), la Gente de People For the American Way, y todos aquellos que han tratado de secularizar a Estados Unidos, yo los señalo a la cara y les digo que ellos han ayudado a que todo esto [los atentados del 11 de septiembre] suceda […]. Habiendo expulsado a Dios del tapete público y habiendo expulsado a Dios de nuestras escuelas públicas, los abortistas tienen que cargar con una parte de la carga, porque Dios no será burlado. Yo creo, como teólogo que soy, basado en muchísimas Escrituras, que la ACLU y otras organizaciones han intentado secularizar a Estados Unidos y han alterado la relación de esta nación con Cristo en quien hemos sido fundados. Yo creo que ellos han creado un ambiente en el cual Dios ha permitido que el velo de Su protección sea levantado”. 
 
 

4. EL DIOS DE BUSH
Hasta el momento, he querido  hablar del contexto y de la teología moral del fundamentalismo en EUA no sólo por exigencias de método, sino porque aquello que para los ojos europeos puede tener de extraordinario el caso Bush no es él como persona, sino que él mismo pueda considerarse líder y que la población pueda considerar que él, objeto de tantas burlas, represente sus aspiraciones y forma de pensar. Esto es lo que lo hace extraordinario y preocupante.
Hay que tomar a Bush seriamente. Se trata de un ideólogo, permitidme la boutade, no en el sentido intelectual de la palabra sino en un sentido mucho más importante, por la capacidad de personificar la metáfora fundacional y porque, quizás por su simplicidad, sintoniza con las mayorías. Parecido a lo que pasa estos días con los homenajes a Reagan. Lo que Bush dice no sólo es compatible con el sistema sino que precisamente es la expresión de las fuerzas que han construido el sistema. Por este motivo es un error creer que desaparecerá cuando él desaparezca de la escena política.
El planteamiento es simple, la lucha entre buenos y malos, blanco y negro. La encarnación del Bien contra la encarnación del Mal. Probablemente esta simplicidad tan maniquea, tan de película “de indios” es su fuerza: se trata de polarizar las fuerzas sociales en un solo enemigo ya que para los caracteres débiles o demasiado informados saber que hay muchos enemigos puede inducir a dudas sobre la propia causa, y así, en cambio, todos los adversarios de los diferentes campos aparecen formando parte de una única categoría. Para Hitler, la personificación del Mal fue el sionismo. Para Reagan, el comunismo. El mérito del equipo de Bush en un momento en el que después de la Guerra Fría no hay ningún enemigo visible que pueda hacer frente a EUA es haber encontrado este enemigo en un elemento difuso, el terrorismo, que permite actuar, bajo esta excusa, en cualquier lugar del mundo en el nombre de Dios. Este fue el regalo que recibió la administración Bush el 11 de septiembre de 2001. 
4.1. Modelo de darwinismo social
El individualismo extremo como propuesta económica y social convierte al pobre en responsable de su pobreza. No tiene presente ni las causas estructurales ni los condicionantes personales, y por tanto despolitiza la economía y quita toda responsabilidad personal con relación a los efectos sociales perniciosos. El sistema funciona sólo bajo la única norma del máximo beneficio y no es cuestionable. Más aún, aproximándose a la mentalidad veterotestamentaria, probablemente el pobre debe ser también pecador porque no ha recibido las bendiciones de Dios. El modelo es el darwinismo social, la segregación. Pondré algunos ejemplos: 

Pobreza. El índice Down Jones del viernes 26 de septiembre de 2003 y la Oficina del Censo de EUA informaron que los índices de pobreza en EUA han aumentado por segundo año consecutivo. La tasa de pobreza del año anterior, en 2001, fue del 11,7%, y en 2002 pasó al 12,1%. Quiere decir que 34,6 millones de personas, 1,7 millones más que el año pasado, viven en condiciones de pobreza, y de las cuales, casi 14 millones viven en condiciones de pobreza extrema, 800.000 más que el año anterior. El 16,7% de los niños, 12.100.000, viven en condiciones de pobreza, 400.000 más que el año anterior. 

Estas fuentes informan igualmente que la distancia entre ricos y pobres ha aumentado: en 1985 la quinta parte más rica tenía el 45% de la riqueza, y en 2001 tiene el 55%; en cambio, la quinta parte más pobre recibe un 1% menos que en 1985. Sólo entre 1998 y 2001 la diferencia entre el 10% más rico y el 20% más pobre se ha incrementado en un 70%. 

La pobreza afecta fundamentalmente a la inmigración afroamericana: es más del doble que la media nacional, el 22,7%. En cambio, se mantuvo estable para los blancos. 

Desaparición de programas sociales. Han desaparecido multitud de programas de soporte social. En relación con el problema de la drogodependencia, Bush afirmó que suspendía el soporte económico para los tratamientos y que sería sustituido por programas que facilitasen la rehabilitación a través de la oración: “Llevaremos este mensaje de esperanza a todos los norteamericanos que luchen contra un problema de drogadicción: el milagro de la recuperación es posible a través de la oración. Y el protagonista podría ser usted” [Informe presidencial sobre el Estado de la Nación, 2002]. 

Gastos en armamento. Contradictoriamente, el último presupuesto se incrementó hasta 400.000 millones de dólares en armamento, (recordemos que 1.000 millones de personas viven en el mundo con 1 dólar al día). 

Cárceles y segregación racial. La población reclusa ha alcanzado una cifra récord en 2002: 2,1 millones. Casi un 10 por mil (10 veces más que en España, que es un 1 por mil). Pero mientras que la población negra no llega a un 13% del total de la población de EUA, un 60% de la población reclusa es de color. Y mientras que el índice general de paro es del 6,2%, entre la población negra es del 10%. 

Violencia social. En 2002 siguió aumentando la tasa de delincuencia en EUA. En 2002 se produjeron 11,8 millones de delitos, que significa un incremento del 2,1% en relación con el año anterior. 15.980 personas fueron asesinadas, 44 cada día, y 90.491 mujeres denunciaron que habían sido violadas. Como consecuencia de los 200 millones de armas privadas, la tasa de asesinatos en EUA es entre cinco y siete veces superior a la de otros Estados industrializados. 

Pena de muerte. Las autoridades han confirmado que desde 1973 han sido ejecutados erróneamente más de 100 condenados inocentes. Como gobernador de Texas, Bush presidió 152 ejecuciones. Más que en cualquier otro estado. En una tercera parte, los abogados fueron expulsados del juicio, en 40 casos la condena se basó en un único testimonio y en otros 30 casos los fiscales presentaron testimonio psiquiátrico de expertos que jamás habían entrevistado al acusado. Incluso así, Bush ha reiterado que “toda persona que bajo mi mandato en Texas fue ejecutada tuvo garantías totales de defensa. Todos tuvieron acceso a un juicio justo”. También ha declarado que antes de cada ejecución se pasaba ratos rezando por la salvación eterna de aquel que iba a ser ejecutado. EUA es uno de los pocos países del mundo que impone la pena capital a adolescentes y a disminuidos psíquicos. Ha sido en EUA donde se han producido más de la mitad de estas ejecuciones durante los últimos 10 años. El telepredicador reverendo R. H. Charles, en apoyo a la campaña de Bush, decía: “Aquellos que se opongan a la pena de muerte y a la guerra son pervertidos morales y degenerados, han perdido la capacidad de indignación moral”. 

Medio ambiente. Negativa a firmar los acuerdos de Kioto. En el pensamiento de Bush, Dios ha colocado la Naturaleza al servicio del hombre para que éste pueda hacer un uso inmediato y total: árboles, animales, aire, agua, etc. Considera que “aquellos que afirman que hay que corregir la diferencia entre los países desarrollados que contaminan mucho y los menos que contaminan menos […] incitan a la guerra de clases”. 

4.2. Teología del pecado o teología del sufrimiento

El Dios de Bush, este Dios que abandona a las criaturas a su desgracia, que ve impasible como por las leyes inmutables de la economía dos terceras partes del mundo viven con menos de dos dólares al día, que no sabe compadecerse, es un Dios vinculado a una determinada teología del poder. Pero no es el Dios compasivo y benigno de la Biblia ni el Dios-Padre de bondad y misericordia del que habla Jesús, el Dios que da salud a los enfermos y devuelve la vida a los muertos, y en primer lugar al mismo Jesús. 

Este es el Dios que vivió Jesús y del cual la primera comunidad quedó tan conmocionada. Pero, probablemente de manera imperceptible, a partir del siglo IV, el cristianismo fue asumiendo como base de su visión del mundo la filosofía griega y el pensamiento jurídico del Derecho Romano, que piensan el ser humano desde el poder. Fue perdiendo sensibilidad por el sufrimiento y adquirió mayor preocupación por la trasgresión, por el pecado y los pecadores. Se pasó de una moral del dolor a una moral del pecado. La pregunta por Dios ante el dolor pasó a ser pregunta sobre la salvación del alma. 

El mensaje de Jesús, concebido desde la perspectiva de la víctima y entendido así por los primeros cristianos como un mensaje para la liberación de todo tipo de esclavitudes, se fue convirtiendo en un mensaje desde el poder, del Dios que castiga con la muerte cualquier desviación. Dios podrá ser concebido como un Dios de muerte, que conduce a Jesús hacia la muerte para expiar los pecados de todos, en lugar de un Dios de vida y de un Jesús que se somete a la muerte contra su voluntad para liberarnos del poder de toda Ley de muerte. La salvación no se concibe como liberación, vida, esperanza, rebelión a favor de la vida, sino a partir de una teología que habla de sacrificio, muerte, pecado, culpa o castigo, que habla el lenguaje de Mel Gibson en la película La Pasión

Este Dios-de-muerte no tiene nada que ver con el sufrimiento en el mundo. No hay lugar, no es posible llamar o invocar a Dios. La humanidad, independiente de Dios, se ha hecho pecadora y arrastra las consecuencias del pecado. Dios queda subordinado a la libertad humana y la redención es pensada exclusivamente como redención del pecado. El problema del hambre y la sed de justicia como problema de Dios, es decir, el problema de la justicia de Dios, es sustituido por el problema antropológico de la culpa. 

De alguna forma estas dos teologías se reflejan en las dos traducciones del padrenuestro: “perdonad nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” ha sido sustituida por “perdonad nuestras culpas así como nosotros perdonamos a los que nos han ofendido”. La “deuda”, problema escatológico y social, ha sido sustituida por la “culpa”, problema antropológico y moral. 

También san Agustín da al pecado la máxima responsabilidad en la existencia del mal y el sufrimiento en el mundo. En gran parte es también el gran problema del fundamentalismo. Habiendo determinado que la causa del cambio social es exclusivamente la buena o mala voluntad humana, el fundamentalista convierte los hechos sociales en asuntos morales: las cosas malas pasan porque hay personas malas que las han provocado, no se cree que las cosas malas pueden pasar porque el sistema es perverso. 

Parece como si la única forma de entender la acción política de Bush sea aceptar el dogma luterano y calvinista del pecado original y que la naturaleza humana es intrínsecamente corrupta, que la esfera política, en última instancia, está condicionada por la enemistad entre unos y otros, y que vivimos en el mundo de Hobbes. Para el fundamentalismo, el sueño utópico del liberalismo en el que los conflictos económicos tenían que quedar reducidos a controversia y la guerra eliminada, sería un mundo aburrido y triste, sin antítesis importantes que requiriesen sacrificios importantes, hechos heroicos, incluso de la entrega de la vida o la necesidad de competencia. De lo que se trata es de la lucha de unos contra otros. 

4.3. Teología del poder y del conflicto permanente

El Dios de Bush es un Dios que se expresa a través del poder y de la extensión continuada del poder, como un intento de sueño de Sacro Imperio en la Edad Media. Se trata de un modelo cercano al totalitarismo. Comparte con Ariel Sharon, al que califica “de hombre de paz”, la idea del “Gran Israel”, y hace suya aquella frase de Napoleón que “Dios está a favor de aquel que tiene los cañones” o la idea de Pat Roberson que, a pesar de invocar un cierto retorno a la teocracia, proclamaba: “Todos los medios de comunicación, de noticias, la televisión, las emisoras de radio, el cine, las artes, el gobierno, las empresas, las finanzas, serán nuestras. Dios los dará a su Pueblo Elegido. Tenemos que prepararnos para reinar en el mundo y gobernarlo juntamente con Jesucristo”. 

Es un Dios que se expresa también a través de castigo, que aparece en la escena mundial en la forma de ejército americano y en la escena nacional en la forma de pena de muerte. En sus expresiones religiosas y políticas parece el paralelo occidental de aquel Dios rencoroso y vengativo de Jomeini. La actual administración republicana y Bush juegan el rol de sheriff, el que dicta justicia en la lucha entre el Bien y el Mal, considerándose el instrumento del castigo justo. 

Es un Dios que hace del dominio del mundo la razón de su presencia y, en consecuencia, del conflicto permanente una estrategia necesaria. Pero también Nietzsche reclamaba el conflicto como estrategia de progreso. El telepredicador Buster Dobbs (editor de la revista Firm Foundation, junio 1994) decía: “La incapacidad o falta de voluntad para odiar hace inservible a una persona. Si no odiamos las cosas detestables, la calidad de nuestro carácter es sospechosa. La Biblia manda que odiemos”. Recuerdo La Genealogía de la Moral: “Un orden legal pensado como soberano y universal, pensado como medio para prevenir conflictos y cualquier lucha en general [...] sería un orden contrario a la vida, un agente de disolución y destrucción de la energía, el intento de asesinar el futuro del hombre, signo de asco, camino secreto hacia la nada”. 

Hay una nueva reflexión política hoy en día, véase Carl Schmitt, que parece que regresemos a la vieja filosofía del poder-por-el-poder sin muchos principios. 

Palabras, estrategias, voluntad de poder y de sacralizar el poder que nos recuerdan tiempos que creíamos pasados, por ejemplo los del nacionalsocialismo, con una misma teología del poder, la misma concepción mesiánica de Pueblo Elegido, la misma exigencia de expansionismo como “espacio vital”, la misma voluntad militarista, la misma demonización de un sector de la propia sociedad como encarnación del Mal. 

Tras las llamadas de Bush a la paz no es posible esconder la relación entre guerra, política, religión y naturaleza humana. Es el fundamentalismo. Si a la visión política y estratégica se añade  la concepción de Pueblo Elegido, fácilmente se llegará a la justificación teológica de la guerra preventiva o a la posibilidad de plantearse, por ejemplo, atacar al mundo árabe como un acto de homenaje a Dios. 

4.4. Milenarismo, escatología, apocalipsis

El fundamentalismo religioso siem­pre ha estado vinculado al Milenarismo y a la mentalidad apocalíptica del fin del mundo. Se alimenta de la literatura apocalíptica de la Biblia. Isaías, Ezequiel y Daniel se interpretan en el sentido literal: Yahvé luchando contra les fuerzas del caos, personificadas en Satanás. 

Se trata de una interpretación global de la historia en la que los enemigos del Pueblo de Dios, los que han puesto dificultades en la construcción del Israel de las Promesas, son también los enemigos de Dios. La historia comporta el enfrentamiento continuado entre Yahvé y las fuerzas del Mal. El Mal será vencido y la serpiente, encarnación de Satanás, será destruida. La personificación del Mal en la figura del Anticristo (Mt 24, Mc 13 o Lc 21) enlaza con el cuadro dualista de todo el Antiguo Testamento y con el dualismo maniqueo del fundamentalismo. Ven nuestros días marcados por el enfrentamiento entre el Bien y el Mal, por guerras devastadoras y por la actuación del Anticristo. Estamos cerca de la segunda llegada de Cristo, que instaurará la era perfecta, preparando la llegada definitiva cuando los fieles serán conducidos a la gloria para recibir el cuerpo resucitado. 

El fragmento del Apocalipsis 16,16-21 habla de Armagedón como el lugar de la gran batalla en el que quedará manifiesto para siempre el triunfo del Bien y la destrucción del Mal. Toda la historia actual del mundo no es sino la preparación del combate final. Para el fundamentalista este momento no hay que temerlo. Por este motivo Armagedón se ha convertido en cita obligada para el fundamentalismo. Será el lugar de la destrucción, incluso del posible holocausto nuclear, y del juicio en el cual los justos y los injustos son separados. Será el punto final de la historia de las relaciones de Dios con los hombres.

 

5. POSIBILIDAD DE UN DISCURSO SOBRE DIOS ANTE LAS GRANDES TRAGEDIAS

 
El fundamentalismo es una enfermedad de la fe en Dios y de la religión, resultado de la inseguridad y del infantilismo, que convierte los medios en fines. Pero se tendrían que evitar explicaciones excesivamente simplistas del fundamentalismo. Se lo demoniza demasiado fácilmente, se cree que nuestro análisis es el correcto y la visión fundamentalista es la equivocada. Nosotros somos los normales, por tanto ellos son los extraños. Aunque pueda parecer sorprendente, el fundamentalismo es coherente con la lógica de la tradición religiosa de la que procede. Las creencias religiosas nos abocan hacia el sentido de aquello incomprensible para la razón humana, hacia una especie de misterio imposible de explicar. Entendámonos: si alguien cree que la razón por la que Dios nos envió a su hijo era para que muriese por nosotros o que el imán número doce, como afirman los chiítas, no está muerto sino escondido, todo lo demás es posible.
5.1. Fundamentalismo cristiano y fundamentalismo musulmán
Pero el fundamentalismo no está vinculado al dogma, a la creencia, sino a la utilización que se hace y al servicio de qué causa se pone. No es, pues, un tema teológico sino político. Todas las religiones han tenido y tienen fieles fundamentalistas en los extremos opuestos del abanico político, reclamándose todos herederos del mensaje fundacional. Por ejemplo, el radicalismo protestante dio lugar, desde sus orígenes, a sectas combativas en el nombre de Dios, como Thomas Müntzer y la revuelta anabaptista de los campesinos y mineros contra Lutero, pero también creó grupos pacifistas, como sería el caso de los cuáqueros. La constante histórica es que cuando un grupo religioso se apodera del poder, tiende a convertirse en intolerante y a justificar en el nombre de Dios las intolerancias políticas e incluso los crímenes. Es el caso de Calvino en Ginebra, Savonarola en Florencia, las guerras de religión y masacres en la Europa de todo el siglo XVI que acaban con el edicto de Nantes. Mucho antes, Bartolomé de las Casas deja aquel aterrador retrato titulado Brevísima relación de la destrucción de las Indias. Recomiendo la extraordinaria crónica histórica Las cruzadas vistas por los árabes de Amin Maalouf como saludable ejercicio para entender la instrumentalización que hacemos de la historia. Hay que recordar también que, recientemente, la Iglesia ha pedido perdón, tanto de las Cruzadas como de la conquista de América. 
En el mundo del Islam encontramos lo mismo. Aceptamos sin cuestionarnos nada, por ejemplo, el estereotipo que Yihad islámica es sinónimo de Guerra Santa, identificándola con violencia y últimamente casi con Bin Laden o terrorismo. No queremos tener presente que, para millones de musulmanes pobres, Yihad no tiene otro significado que fidelidad a Dios, oración, defensa de la fe ante los infieles, combate contra las pasiones de uno mismo. El mismo significado que para nosotros cristianos han tenido estas mismas palabras. Son fuertes también dentro del Islam las corrientes que, a pesar de la oleada general de fundamentalismo, luchan por una interpretación del Corán más a fondo. Quizás el ejemplo más nítido sería Mahmud Mohamed Taha, “el Gandhi de Sudán”, autor de El segundo mensaje del Islam y que fue ejecutado en defensa de estas ideas. 
La cultura cristiana y la cultura musulmana tienen, sobre todo, tradiciones muy diferentes en relación con su vinculación con el poder. El cristianismo de los primeros siglos fue un movimiento disidente de Jerusalén y del Imperio Romano; no empezó a reclutar los primeros adeptos entre las clases altas hasta unos cien años después de la muerte de Jesús y no fue autorizado hasta el año 380. Tuvo una larga vida marginal y clandestina de catacumbas. Jesús, además, había dicho “dad al César lo que es del César”, que podía presuponer la necesaria distinción entre lo sagrado y lo político. Al contrario, el Islam tuvo poder político ya en vida del fundador y se extendió por conquistas militares, y el profeta y los califas siguientes fueron líderes espirituales y políticos. No tenemos que extrañarnos que el Islam reclame una presencia decisiva en el mundo político. Jomeini no es más fanático que Falwell o Robertson, sencillamente vive en un lugar más difícil.