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Historia de la elección papal

JOSEP M. COLOMER
 

  Existe la infundada creencia de que el procedimiento de elección del Papa es secreto. Pero oficialmente sólo son secretas las deliberaciones y votaciones en el cónclave; aun así hay muchos datos publicados sobre las sucesivas rondas de votaciones en la mayor parte de los cónclaves desde el siglo XIII. Hasta llegar al procedimiento actual, la Iglesia pasó por azarosas y conflictivas pruebas y errores, en parte provocadas por su renuencia a pensar en términos prácticos y estratégicos sobre una elección que, según la doctrina, debería ser inspirada por el Espíritu Santo. Inicialmente, el obispo de Roma era elegido como los demás obispos, es decir, por aclamación asamblearia de los fieles. Sin embargo, ya en los tiempos de las catacumbas, antes de que el cristianismo fuera oficialmente aceptado por el emperador Constantino, los desacuerdos en la elección provocaron numerosas protestas, tumultos violentos y cismas. Hasta el siglo XII, al menos treinta y un "antipapas" fueron proclamados en pugna con otros ganadores y reconocidos por algunas facciones. En apenas cien años en torno al año 1000, 12 papas fueron expulsados del trono, cinco fueron enviados al exilio y cinco fueron asesinados. Esta debilidad institucional interna de la Iglesia para elegir a su máximo pontífice estuvo en la base de la protección a que fue sometida por los sucesivos emperadores romanos y germánicos, los cuales a menudo arbitraron en las disputas entre candidatos enfrentados o nombraron sin más al Papa de turno.

 La Iglesia sólo pudo conquistar una mayor autonomía e incluso imponer su relativo dominio al emperador mediante la adopción de un sistema electoral más efectivo. La primera reforma, en el siglo XI, consistió en eliminar a los fieles y al bajo clero de la elección y ponerla en manos de los cardenales. Sin embargo, la elección continuó siendo concebida como una vía para conocer la voluntad de Dios, por lo que requería una inequívoca decisión por unanimidad. Ante los frecuentes desacuerdos, se intentó dar prioridad a la "parte más sensata y mayor", lo cual solía significar que los cardenales-obispos se impusieran sobre los cardenales-sacerdotes o los cardenales-diáconos. Pero la persistencia de los conflictos finalmente decidió al papa Alejandro III, quien había competido también con un antipapa, a establecer, desde 1179, la regla de la mayoría cualificada de dos tercios, aún vigente en la actualidad. El abandono del requerimiento de unanimidad, que había sido identificado con la inspiración divina, y su sustitución por una regla de mayoría cualificada se inspiró en algunos procedimientos de elección de gobernantes usados en la época en varias ciudades italianas, incluido el duque de la república de Venecia. La regla de los dos tercios permite esperar que el elegido no sea cuestionado por ningún rival creíble, ya que ello requeriría que cambiara de opinión una mayoría de aquellos que hubieran apoyado originalmente al ganador. Esto permitió a la Iglesia postular que también el elegido mediante esta regla reflejaría la voluntad divina. Según dijo el papa Pío II sobre su propia elección a mediados del siglo XV: "Lo que se hace por dos tercios del Sacro Colegio (de cardenales) está hecho sin duda por el Espíritu Santo, y no cabe oponerse". La regla de los dos tercios también fue adoptada para las elecciones de obispos por los sacerdotes de la diócesis, que no fueron oficialmente suprimidas hasta principios del siglo XX, y de los abades y abadesas por los monjes y monjas, todavía en vigor.

 Sin embargo, la regla de los dos tercios requiere un acuerdo muy amplio entre cardenales que, en muchos casos, no han tenido apenas oportunidades de interactuar, por lo que, inicialmente, tendió a provocar morosas negociaciones y duraderas vacantes en la Santa Sede de hasta varios años. Estas demoras indujeron al papa Celestino V, que no había sido cardenal y era conocido como "el ermitaño octogenario", a imponer, en el siglo XIII, el encierro de los cardenales hasta que tomaran una decisión. Este procedimiento, asimismo copiado de varias ciudades italianas y de la orden de los dominicos, vino a llamarse cónclave, del latín con llave. Inmediatamente después de imponer tan drástica medida, Celestino V dimitió, convocando así el cónclave, pero esto no le salvó de ser perseguido y encarcelado hasta su muerte por su sucesor.

 Durante varios siglos, los cardenales reunidos en el cónclave eran privados de la paga, compartían los aseos, dormían en camastros y veían gradualmente restringida su dieta (la cual, a partir del noveno día, se limitaba a pan, agua y vino). Como puede imaginarse, tenían muchos incentivos para llegar rápidamente a un acuerdo y abandonar el lugar. Pero una decisión tomada bajo unas condiciones tan apremiantes puede ser precipitada y ha sido a menudo inesperada y sorprendente. Los cardenales en el cónclave proceden a votar cuatro veces al día, dos por la mañana y dos por la tarde, en papeletas cerradas y anónimas, hasta que un candidato obtiene los dos tercios requeridos. Los pactos explícitos, el soborno y la coerción están formalmente prohibidos bajo pena de excomunión y anulación de la elección. Normalmente, los cardenales observan atentamente los resultados de cada ronda y tienden a decantarse hacia los candidatos que aparecen con mayores probabilidades de ganar, tratando de provocar una bola de nieve a favor de alguno de ellos -lo cual puede dar la impresión de una repentina "inspiración" colectiva-. Así, muchos candidatos mencionados como "papables" en los círculos eclesiásticos y periodísticos antes de la elección pueden quedar eliminados. Como se ha dicho tradicionalmente: "Quien entra en el cónclave como Papa, sale como cardenal". En el próximo cónclave, los cardenales no dormirán en la Capilla Sixtina, sino que usarán por primera vez una cómoda residencia, lo cual puede facilitar los intercambios de información y las negociaciones. Pero la reducción del apremio también podría retrasar la decisión.


EL PAÍS  -  Internacional - 06-04-2005