DOCUMENTO Página anterior
Dios y la Iglesia
Hacia un rostro humano de Dios y de la Iglesia
 
José M. Castillo
En la XI Semana Andaluza de Teología. Málaga

¿POR QUÉ CREO QUE ESTE TEMA ES IMPORTANTE Y URGENTE HOY?

En la Iglesia se está produciendo desde hace unos 30-40 años un éxodo masivo, silencioso, en aumento, de gente que se desentiende de ella. En el siglo XIX se perdieron los trabajadores. En el siglo XX los intelectuales y a finales del siglo XX y en los comienzos del XXI los jóvenes y las mujeres. Ya no queda casi nadie. Y a este paso, dentro de 30-40 años, o a esto de le pone remedio rápido y eficaz, o esto se queda desierto. 

Este éxodo masivo, silencioso, creciente, está camuflado por dos hechos: los grupos fundamentalistas (Opus Dei, Kikos...) que fácilmente llenan las iglesias, una catedral, incluso la plaza de San Pedro. La TV los enfoca en directo y toda la gente dice: esto sigue funcionando. Pero no, no funciona. ¿Qué son muchos?. ¿Qué son en realidad frente a los 6.000 millones de criaturas que hay en el mundo?.El segundo hecho es el fenómeno de la religiosidad (cofradías, procesiones, fiestas populares...) que eso sí ha crecido y sigue y seguirá creciendo, pero que es algo que muy poco tiene que ver con la persona y el mensaje de Jesús.

A ello hay que añadir el comportamiento que la Iglesia viene produciendo en las últimas décadas, que está provocando la fractura entre estos grupos fundamentalistas, que son mimados, protegidos, presentados como modelos y ejemplo y los demás, y los demás, que, a lo más, somos tolerados. Tolerados porque, entre otras cosas, tendría un costo social muy alto el que de pronto saliera en la prensa, por ejemplo, que se suspende, porque ha sido condenada, esta Semana Andaluza de Teología que traemos entre manos. Se nos tolera. Pero no nos sentimos en la Iglesia como en nuestra casa. Llevamos más de 20 años invitando a todos los Obispos de Andalucía y jamás he visto uno entre nosotros. Y todos sabemos que van a otros sitios. Y, que no nos digan que nos hemos desviado de la fe. ¿quién dice aquí herejías? Que no nos digan que no queremos a la Iglesia. ¡Dios mío de mi vida!, ¡si llevamos 30 años aguantando, porque nos interesa y nos preocupa y la queremos!

Esto no funciona porque sencillamente el Dios que presentamos está tan deshumanizado, es tan inhumano, que no es algo de recibo. La gente quiere ser feliz, quiere tener paz, esperanza, y lo que las religiones ofrecen son fundamentalismos, guerras, enfrentamientos políticos. Y la deshumanización de Dios tiene sus fundamentos en la deshumanización de la Iglesia. Mientras Dios y la Iglesia sigan presentándose como algo que no tiene nada que ver, es más, que atenta contra lo más humano que hay en nosotros, lo que realmente desea el hombre, Dios y la Iglesia no tienen nada que hacer en este mundo. Le pregunté en Roma a un obispo. ¿Cómo ve Ud. desde aquí la situación actual de la Iglesia? Y me dijo: ¿Lo que vemos es que nosotros vamos por aquí y la sociedad va por allí? No enchufamos

A los filósofos les preocupa el problema metafísico del mal. ¿ por qué este mundo no es mejor de lo que es? A los teólogos les preocupa el mal moral, el pecado, fruto de la libertad humana. Y a la gente lo que les preocupa es el sufrimiento, quieren no sufrir, quieren vivir felices. 

La pregunta que tenemos que tener el coraje de hacernos es ¿Jesús vino a salvarnos del mal moral, el pecado, o vino a salvarnos del mal físico, el sufrimiento? Es una pregunta importante y trascendental, pues según como la contestemos, nuestra visión de Dios, de la religión, y consecuentemente de la iglesia, va a 
tener unas connotaciones distintas, con frecuencia contrapuestas.

Jesús cambio el sentido de la trascendencia de Dios.

Es probable que, a estas alturas, los cristianos no hayamos pensado debidamente y no hayamos sacado todavía las consecuencias que entraña eso que llamamos el "misterio de la encarnación". Sobre este asunto, lo primero que es necesario recordar es que, cuando hablamos de ese misterio, estamos hablando de la encarnación de Dios. Es decir, estamos afirmando que el Dios en el que creemos los cristianos es un Dios que se ha fundido y se ha confundido con lo humano. De manera que lo que hacemos o dejamos de hacer, con cada ser humano, es a Dios a quien se lo hacemos o se lo dejamos de hacer. Tal es el sentido que tiene el juicio definitivo que, según el Evangelio, Dios va a hacer sobre la vida y la historia de los seres humanos: "lo que hicisteis con cada uno de estos, a mí me lo hicisteis" (Mt 25, 40-45. Por eso, Jesús afirmó, en repetidas ocasiones, que el que "acoge", "rechaza" o "escucha" a un ser humano, sea quien sea, a quien acoge, rechaza o escucha es a Dios mismo (Mt 10, 40; Mc 9, 37; Mt 18, 5; Lc 10, 16; Jn 13, 20). 

Sin duda alguna, lo más desconcertante y revolucionario, que hay en este lenguaje del Evangelio, es que Jesús cambió radicalmente el concepto mismo de Dios y el sentido de la trascendencia divina. Por supuesto, según Jesús, Dios es Dios y el hombre es el hombre. Pero tan cierto como eso es que, para Jesús, la trascendencia de Dios no se debe entender hacia arriba, sino hacia abajo. No en línea ascendente, sino en línea descendente. La trascendencia divina no consiste en que Dios posee, sin limitación alguna, todo lo que nosotros apetecemos en la dirección ascendente del poder, del saber y del tener. Si Dios fuera así, Dios no sería sino la expresión más patética de todas nuestras deformaciones. El Dios que se nos dio a conocer en Jesús nos trasciende a todos. Pero no nos trasciende porque puede y sabe y tiene más que todos, sino porque es indeciblemente más humano, más cercano, más entrañable que todos los humanos. Cuando Jesús le dijo a Felipe, "quien me ve a mí, ve al Padre" (Dios) (Jn 14, 9), lo que le estaba diciendo es que la "encarnación" no fue sólo la divinización del hombre, sino antes que nada la humanización de Dios

Por eso, desde el momento mismo de la "encarnación", Dios es tan humano como Jesús. Y tan sensible a todo lo humano como lo fue Jesús. Por eso san Pablo pudo hablar, con toda razón, de la "locura de Dios" y de la "debilidad de Dios" (1 Cor 1, 25). Al decir estas cosas, el apóstol Pablo no estaba usando metáforas llamativas o expresiones retóricas. Pablo estaba utilizando el lenguaje más desconcertante de la fe cristiana. Ese lenguaje que es la piedra dura en la que los hombres religiosos nos vamos a partir los dientes hasta el final de los tiempos. Porque la religión se sostiene sobre la base y el fundamento de un Dios de poder. Pero la religión no sabe qué hacer y se desconcierta cuando se las tiene que ver con el Dios de la debilidad. Y es que la religión les ofrece a los hombres divinizarse, ser más que hombres. Mientras que el Evangelio les exige a los hombres que se contenten con ser humanos, que se limiten a ser profundamente humanos, y que se esfuercen por superar la deshumanización que todos llevamos inscrita en la sangre misma de nuestras aspiraciones más profundas. 

En definitiva, todo esto es lo que explica la actitud tan tajante y tan crítica que Jesús tuvo con la religión y sus patologías, hasta terminar en el conflicto mortal que lo llevó a la cruz, para acabar sus días colgado entre dos lestaí (Mc 15, 27 par), dos subversivos contra el sistema establecido. Lo mismo que todo esto explica también la actitud tan cercana y comprensiva (hasta el escándalo) (cf. Mt 11, 6), que tuvo Jesús con los pecadores y las gentes peor vistas por los dirigentes religiosos de su tiempo y de su pueblo. Y es que la subversión de Dios y sus divinos atributos arrastró consigo la subversión de la religión y sus divinas obligaciones. Al tiempo que presentó, en toda su fuerza profética, las exigencias de humanidad, cercanía y ternura que muestra el Evangelio ante todos los que van por la vida "rendidos y abrumados" (Mt 11, 28) por el sufrimiento.
 

Las preocupaciones de Juan Bautista y las preocupaciones de Jesús

La desconcertante humanidad de Jesús (y del Dios que se nos dio a conocer en Jesús) es mucho más llamativa y sorprendente de lo que la mayoría de los cristianos se imaginan. Porque Jesús desconcertó, no sólo a los dirigentes de la religión de su tiempo con sus inhumanas normativas, sino también a los ascetas de entonces con sus estrafalarias exigencias. El caso más claro, en este sentido, lo tenemos en la diferencia neta, que los evangelios establecen, entre Juan Bautista y Jesús 

Con frecuencia, se nos presenta a Juan Bautista como el precursor de Jesús, es decir, el que le preparó el camino a Jesús. Lo cual es cierto. Pero se hace esto de manera que no se establece con claridad la diferencia neta que existe entre Juan y su mensaje, por una parte, y Jesús con su proyecto, por otra. Juan Bautista y Jesús vivieron de manera muy distinta. Pensaron de manera muy distinta. Y dijeron cosas tan distintas que, si queremos entender a Jesús, lo primero que hay que hacer es comprender que las preocupaciones de Juan y las preocupaciones de Jesús fueron por caminos completamente diferentes. 

Todos sabemos que Juan fue un asceta del desierto, que vestía y comía de una manera extravagante, mientras que Jesús no hizo nada de eso. Es más, los evangelios nos dicen que, por más grande que fuera Juan Bautista, "el más pequeño en el Reino de Dios es más grande" que Juan (Mt 11, 11). Más aún, el evangelio de Lucas afirma que "la Ley y los profetas terminan en Juan; desde entonces se anuncia la Buena Noticia del Reino de Dios" (Lc 16, 16). Es decir, Juan Bautista es la línea divisoria entre dos situaciones completamente distintas. Hay, por tanto, un antes y un después de Juan. 

Ahora bien, la cuestión capital en este asunto está en lo siguiente: la preocupación fundamental de Juan Bautista estuvo en la lucha contra el pecado, mientras que la preocupación fundamental de Jesús estuvo en la lucha contra el sufrimiento. Juan y Jesús, por lo tanto, tuvieron dos proyectos distintos. Y vieron la vida, y el proyecto de Dios sobre la vida, de dos maneras enteramente distintas. Lo que Juan quería era acabar con las ofensas que se cometen contra Dios. Lo que Jesús quiso fue aliviar el sufrimiento que padecen los seres humanos. El interés de Juan se centraba en suprimir las agresiones que se cometen contra la divinidad. El interés de Jesús se centraba en liberar a los mortales de las agresiones que se cometen contra la humanidad. No se trata de que Juan tuviera su fe puesta en lo divino, mientras que Jesús la tuviera puesta en lo humano. La diferencia está en que el Dios de Juan era el Dios trascendente, alejado y distante de lo humano, mientras que el Dios de Jesús es el Dios que se funde y se confunde con lo humano. En esto está la clave de todo lo de

Lo que acabo de decir no son afirmaciones retóricas para llamar la atención. Se trata de datos que están sólidamente documentados en los evangelios. En efecto, en los relatos evangélicos se dice que Juan Bautista "se presentó en el desierto predicando un bautismo de penitencia para el perdón de los pecados" (Mc 1, 4; Lc 3, 3. Por eso, la gente que acudía a donde estaba Juan "eran bautizados en el río Jordán confesando sus pecados" (Mt 3, 6. Las actividad de Juan Bautista, por tanto, estaba encaminada al perdón de los pecados. Por eso sus sermones eran una constante acusación contra los pecadores, a los que llama "raza de víboras" (Mt 3, 7; Lc 3, 7). Y a los que amenaza contra la "ira inminente" (Mt 3, 7; Lc 3, 7. Porque "el hacha está puesta a la raíz de los árboles, de forma que el árbol que no dé fruto "es cortado y echado al fuego" (Mt 3, 10; Lc 3, 9. Es decir, Juan entendía a Dios como un Dios irritado y airado por causa de los pecados y contra los pecados. El Dios de Juan Bautista era un Dios amenazante y castigador. 

La predicación de Jesús, su actitud ante la vida y su actividad en general fueron algo completamente distinto de todo lo que hizo y dijo Juan. Jesús, al igual que Juan, predicó la "conversión". Pero, mientras que la conversión que pedía Juan era la conversión de los pecados, en el caso de Jesús se trata de la conversión en función de la llegada del Reino de Dios (Mc 1, 14-15. Ahora bien, Jesús anunciaba el Reino "curando todo achaque y enfermedad del pueblo" (Mt 4, 23; cf. 10, 8) . De ahí, la actitud de Jesús ante enfermos, endemoniados, pecadores, marginados, mujeres, samaritanos y gentes excluidas en general. Por eso se comprende que, mientras Juan fustigó y amenazó a los pecadores, Jesús se hizo amigo de ellos, comiendo y viviendo con ellos (Lc 15, 1-2), hasta el extremo de ser tenido él mismo por un pecador (Jn 9, 31), un blasfemo (Mc 2, 6; Mt 26, 65) y un escandaloso (Mt 11, 6. 

A la vista de estos datos, se comprende por qué llegó el momento en que el mismo Juan Bautista terminó dudando de si Jesús era el que tenía que venir o si, más bien, había que esperar a otro (Mt 11, 2-3; Lc 7, 18-19). Juan había presentado, en su predicación, a un Mesías que venía a luchar contra los pecados y los pecadores. Pero se enteró en la cárcel, por las obras que hacía Jesús (Mt 11, 2), que éste no hacía eso, sino que su preocupación y sus afanes iban dirigidos, no contra el pecado, sino contra el sufrimiento. Y eso es lo que Juan no pudo entender. Ahora bien, ante las dudas de Juan, la respuesta de Jesús no fue decir que él era el Mesías, sino remitir a su actividad, a lo que todo el mundo veía y oía: "los ciegos ven, los cojos andan, los leprosos quedan limpios, los muertos resucitan y a los pobres se les anuncia la Buena Noticia" (Mt 11, 4-5. Las señas de identidad de Jesús son su lucha contra el sufrimiento de los pobres y enfermos. Y hasta contra la muerte de los muertos. Con una añadidura final sorprendente: "Y dichoso el que no se escandaliza de mí" (Mt 11, 6. Por más extraño que resulte, es así: la lucha contra el pecado es edificante; la lucha contra el sufrimiento humano resulta ser un escándalo para mucha gente. Porque el acercamiento a Dios se suele relacionar con la liberación y el perdón de los pecados, no con la liberación del sufrimiento y con la felicidad de la vida. Pero, sin duda alguna, donde aparece con más fuerza la mentalidad de Jesús es en el famoso texto del juicio de las naciones, el juicio definitivo de Dios sobre la historia humana (Mt 25, 31-46) Cuando llegue la hora definitiva, lo que, a juicio de Jesús, se va a tener en cuenta del comportamiento de cada uno, no va a ser ni la fe, ni el pecado, ni la religión, ni siquiera el trascendental asunto de Dios. De nada de eso hace mención Jesús. Lo único que va a contar, cuando llegue la hora de la verdad, es lo que cada cual ha hecho o ha dejado de hacer ante el sufrimiento de los seres humanos. Ni más ni menos que eso. Sin duda, porque, en las ideas de Jesús, eso es lo único que importa. 

¿Es que a Jesús no le importaba Dios? ¿Es que a Jesús no le interesaba para nada el pecado contra Dios? Seguramente el fondo del problema está en la profunda intuición que santo Tomás de Aquino supo formular de manera genial. Se pregunta santo Tomás si el hombre puede ofender a Dios. Y responde de esta manera: "Dios no se siente ofendido por nosotros, si no es porque actuamos contra nuestro propio bien" (1)[8]. A Jesús le importaban (y mucho) los pecados que se cometen contra Dios. Lo que pasa es que Jesús comprendió como nadie que sólo ofende a Dios lo que es una agresión contra el ser humano y, por tanto, lo que causa sufrimiento a cualquier persona, sea quien sea.
 

La lucha contra el pecado como principio de deshumanización

La historia nos enseña que una de las cosas que más han deshumanizado la vida y la convivencia en este mundo ha sido la lucha contra el pecado. Todos sabemos que, por acabar con el pecado, los hombres religiosos de todos los tiempos se han perseguido y se han odiado, se han agredido y se han torturado, han organizado guerras entre ellos, se han violentado y hasta se han matado unos a otros. La lucha contra el pecado ha sido, y sigue siendo, uno de los agentes de violencia más brutales que ha conocido la violenta historia de los hombres. Por no hablar de la violencia más cruel que desencadena la lucha contra el pecado, que es la violencia que cada cual se hace a sí mismo, fracturando su propia intimidad en la lucha del espíritu contra la carne, en la agresión del alma contra el cuerpo y, sobre todo, en los oscuros sentimientos de culpa que atormentan a tantas personas hasta hacerlas enloquecer en la desesperanza o incluso en la desesperación. Es evidente que el principio más peligroso de deshumanización, que actúa en este mundo, es la lucha contra el pecado. Porque esa lucha deshumaniza a Dios, al que lo convierte en un Dios amenazante y justiciero, castigador y peligroso. Deshumaniza a la Religión, que se constituye en un solemne tinglado de normas y prohibiciones, de enfrentamientos y rencillas que dividen a las personas y a los grupos humanos. Deshumaniza a los representantes de la Religión, que van por la vida con sus diatribas y sus amenazas, asustando y hasta amargando la vida de la gente. Y deshumaniza a la Iglesia, que nos presenta a un Dios al que tenemos que presentarnos cada día suplicando que tenga misericordia de nosotros y perdone nuestros pecados. ¿Es imaginable que, en una familia cualquiera, cuando los hijos van a ver a su padre, lo primero que tuvieran que hacer cada día fuera tirarse por tierra diciendo que han ofendido a su padre y suplicando de él misericordia y perdón? ¿No diría la gente que en esa familia todos están locos? Pues eso es lo que la Iglesia nos enseña a hacer y nos obliga a hacer siempre que nos reunimos los cristianos delante de nuestro Padre. ¿En qué Padre cree la Iglesia? ¿Puede resultar creíble y soportable una institución que obliga a hacer eso, con todo lo que eso supone y lleva consigo

El fondo del asunto, que estamos tratando, está en que el asunto del pecado se gestiona desde el poder, mientras que el asunto del sufrimiento se gestiona desde la solidaridad. Es decir, contra el pecado se lucha desde arriba, mientras que el sufrimiento se alivia desde abajo. Hablar del poder sobre el pecado es hablar del poder para distinguir el bien del mal, que es el poder que hace a los hombres "como Dios" (Gen 3, 5). Y es hablar del poder para perdonar el pecado, que es el poder que caracteriza a Dios (Mc 2, 7) Por el contrario, cuando lo que tenemos que hacer es liberar a la gente del sufrimiento, todos sabemos que eso no se hace imponiéndose desde arriba, sino igualándose con el que sufre, empatizando con el dolor del otro, compartiendo la tristeza y el desamparo del que se siente abandonado y solo. Jesús se tiró por los suelos para lavar los pies de sus amigos (Jn 13, 1-17. Y sólo después de eso, les dijo que se tenían que querer unos a otros como él los había amado (Jn 13, 33-35).
 

Humanizar la Iglesia para humanizar a Dios

Si todo lo que acabo de decir se toma verdaderamente en serio, lo primero que tendría que hacer la Iglesia es centrar su tarea y su misión en la lucha contra el sufrimiento y no en la lucha contra el pecado. Con lo cual la Iglesia no haría sino seguir fielmente los pasos de Jesús en quien la Iglesia tiene su origen y cuyo mensaje debe anunciar, no sólo con sus palabras, sino, sobre todo, con su vida y su ejemplo. 

El problema está en que seguramente ni nos damos cuenta del cambio que esto supondría. Porque, ante todo, esto exigiría renunciar al modo de ejercer el poder que los "hombres de Iglesia" hemos asumido como un deber sagrado al que seguramente no estamos dispuestos a renunciar. El poder sobre las conciencias es algo que seduce tanto, que, de alguna manera, se puede decir que no hay cosa ni más sublime, ni más atractiva. Porque el que tiene ese poder, toca donde nada ni nadie puede tocar, en la intimidad secreta de cada ser humano, allí donde uno se ve a sí mismo como una persona honrada o, por el contrario, como un miserable y un perdido. Pero, es claro, tener el poder de decidir eso, el poder de salvar o condenar, eso nos parece tan importante, tan necesario, tan sublime, que nada se le puede igualar. Y, por otra parte, eso hace que haya quienes dependen del que tiene ese poder hasta el extremo de que ven al sacerdote como el ser privilegiado que les da motivos para tener esperanza o, por el contrario, para desesperarse definitivamente. Como es lógico, un poder así crea adicción, es una especie de "droga divina" con la que hay personas que se sienten más felices que nadie en este mundo. Pero, como suele suceder en tantas otras cosas, un "drogadicto" del poder sagrado puede ser un sujeto sumamente peligroso. Sencillamente, porque puede amargarle la vida a mucha gente. Y hasta hundir a algunos en la desesperanza y en el más tremendo desprecio de sí mismos. Por lo demás, cuando uno ve cómo están hoy las cosas en la Iglesia, inevitablemente se tiene la fundada sospecha de que en esta institución hay demasiados adictos al poder sagrado, que decide autoritativamente cuál es la verdad de Dios, en qué consiste la voluntad de Dios y qué es, por tanto, lo que Dios dispone en cada situación y en cada momento. Yo comprendo que desenganchar a tantos drogadictos de una droga que engancha tanto, como es el poder sagrado sobre las conciencias y sobre la salvación, es una tarea complicada. Pero no hay más remedio que acometerla. Porque en ello nos jugamos mucho. Nos jugamos el ser o no ser de la Iglesia. Nos jugamos el ser o no ser de Dios. Y nos jugamos la felicidad o la desgracia de muchas personas. En este sentido, podríamos soñar con una Iglesia dedicada en cuerpo y alma, no a legislar sobre verdades y pecados, sino a lograr que la gente se sienta menos desamparada, más protegida, más segura, con más futuro y más esperanza. Una Iglesia que presente a un Dios tan humano que no tolera la desigualdad, ni la violencia, ni los privilegios del poder, sea el que sea. Una Iglesia, además, libre y liberadora. Una Iglesia que, como Jesús, pasa haciendo el bien y "curando todo achaque y enfermedad del pueblo". Tenemos derecho a soñar con semejante Iglesia. Porque tenemos fe en la humanidad del Dios y Padre de nuestro Señor Jesús.
 

Conclusiones

1. Una moral distinta

La moral cristiana, y cualquier tratado del comportamiento moral que podamos imaginar, ha tenido y tiene siempre el peligro de ser enjuiciado como una construcción humana, para utilidad y provecho de los "moralistas", los que dicen que saben lo que es bueno y lo que es malo, los que distinguen desde su competencia, entre el bien y el mal. F. Nietzsche, en La genealogía de la moral, escribió esto: "Para mí es evidente que esta teoría busca y sitúa en un lugar falso el auténtico hogar nativo del concepto "bueno": ¡el juicio "bueno" no procede de aquellos a quienes se dispensa "bondad" Antes bien, fueron "los buenos" mismos, es decir, los nobles, los poderosos, los hombres de posición superior y elevados sentimientos quienes se sintieron y se valoraron a sí mismos y su obrar como buenos, o sea como algo de primer rango, en contraposición a todo lo bajo, abyecto, vulgar y plebeyo" (2)[9]. La crispada y punzante denuncia de Nietzsche tiene su buena parte de razón. Porque todos sabemos de sobra hasta qué punto la distinción entre el "bien" y el "mal" ha estado, y sigue estando, condicionada por quienes tienen el privilegio de definir y delimitar lo que está "bien" y lo que está "mal". ¿Por qué la Iglesia - por poner un ejemplo - ha afinado tanto en lo que se refiere al sexo y se ha descuidado tanto en lo que se refiere al dinero? Por más que resulte molesta, no podemos evitar este tipo de preguntas. De ahí, la importancia que tiene, en este momento, afrontar con audacia y libertad la cuestión capital que nos plantea el comportamiento y la enseñanza de Jesús. Porque, según este comportamiento y esta enseñanza, la disyuntiva que a todos se nos presenta, no es la opción entre el bien o el mal, sino la opción entre la felicidad y el sufrimiento. O más exactamente, la decisión entre los comportamientos que producen felicidad (por poca que sea) y las conductas que generan sufrimiento (por poco que sea). 

Se impone con urgencia darle este giro a la moral. Primero, por fidelidad al Evangelio de Jesús, a la vida y a la enseñanza de Jesús. Segundo, por honestidad con lo real, con la realidad que supera la subjetividad inevitablemente interesada de los "moralistas". Decir que esto está "bien" o que esto está "mal" es, no sólo arriesgado, sino que además puede (y suele) ser "interesado". Ha habido, y sigue habiendo, gente que dice que es bueno matar, organizar guerras, denunciar al que no se ajusta a mis criterios y cosas así. Por el contrario, decir que esto nos produce "felicidad" o nos causa "sufrimiento" es hablar de cosas muy reales y concretas, en eso difícilmente puede haber engaño. Porque entonces ya no estamos hablando de criterios o valores, sino de experiencias concretas y de situaciones que se pueden palpar o que quizá se meten por los ojos. Por otra parte, lo que más brutalmente nos golpea cada día no es el bien o el mal (en abstracto), sino el sufrimiento que sentimos cada cual o que vemos que sienten otras personas. Y todos sabemos que, en este mundo que nos ha tocado vivir, hay ya demasiado sufrimiento y muy escasa felicidad. Sin duda alguna, la tarea apremiante del momento no es delimitar dónde está el bien y dónde está el mal, sino luchar contra tanto dolor y tanto sufrimiento, para que esta vida resulte más soportable y más feliz. Esa es la moral en la que yo creo. 

Pero esto tiene una consecuencia inevitable. Si optamos por la moral de la felicidad, y no por la moral del bien, no tenemos más remedio que anteponer la moral de la necesidad a la moral del deber. No se trata, como es lógico, de anteponer las necesidades propias a los deberes para con los demás. Porque eso sería implantar la ley de la selva y, por tanto, acabar con toda posible concepción de la moral. No. Se trata de anteponer las necesidades de los que sufren a los deberes de los observantes. Exactamente como hizo Jesús en tantas ocasiones. Jesús antepuso la necesidad de salud, que tenían los enfermos, al deber de observancia que le imponían los sacerdotes. Y se trata también de anteponer la necesidad de felicidad, que tienen las personas, al deber de observancia, que imponen las instituciones. "No se hizo el hombre para el sábado, sino el sábado para el hombre", dijo Jesús. He aquí el criterio determinante de la moral. El criterio que antepone la moral de la necesidad a la moral del deber. Sólo cuando este criterio se toma en serio es posible humanizar a Dios, humanizar la Religión, y humanizar la Iglesia.
 

2. Una mística distinta

Entiendo que la "humanización de Dios" y la "humanización de la Iglesia" nos tienen que llevar derechamente a sustituir la mística de la ayuda por la mística del cariño. La Iglesia habla constantemente de la caridad y el amor. Pero difícilmente habla del cariño. Porque esta palabra le parece profana y peligrosa. Por eso, en los ambientes religiosos, se educa para la ayuda. Y se previene a la gente de los peligros y tentaciones que lleva consigo el cariño. Esto se ve como la cosa más natural del mundo. Por eso se nos dice tantas veces que tenemos que ayudar a los demás. Lo cual es bueno. Y es necesario en tantas situaciones que a diario nos presenta la vida.

Pero, de una vez por todas, se hace necesario poner a cada cosa en su sitio. La ayuda, por supuesto, es buena. Pero la ayuda no llega al fondo de la experiencia humana. Por eso es insuficiente. Y, en ocasiones, puede resultar humillante y hasta dolorosa para que el es ayudado. Con un ejemplo, la cosa se entiende enseguida. Un día, una mujer que vino a consultarme sus problemas, me hizo esta pregunta: ¿Usted me quiere ayudar o Usted me quiere? Confieso que me quedé desconcertado y no supe contestar. Porque esa pregunta, tan sencilla y tan directa, tocó fibras de mi intimidad en las que ni yo mismo me había atrevido a tocar. Seguramente porque el miedo me paralizaba al rozar esas fibras de lo más íntimo mío. 

La relación de ayuda presenta dos problemas. En primer lugar, se trata de una relación asimétrica. Es decir, el que ayuda se sitúa inevitablemente en un plano superior al plano en que se encuentra el que es ayudado. Por eso, la relación de ayuda es siempre relación de superioridad. Y por tanto, la relación de ayuda, en el fondo, resulta dolorosa y hasta humillante. Nadie se atreve a decir que vive "de la ayuda" que le prestan otros, sean quienes sean. En segundo lugar, la relación de ayuda depende siempre del que presta la ayuda. Y por eso es controlada. El que ayuda, presta su servicio hasta donde puede o quiere. Y lo presta mientras quiere. 

En la relación de cariño, las cosas son de otra manera. Primero, porque el cariño exige, como conditio sine qua non, absoluta igualdad. Desde el momento en que alguien pretende situarse por encima de otro o de otros, el cariño se hace imposible. Segundo, porque el cariño exige, además, fusión y sintonía. Lo cual quiere decir que el cariño, a diferencia de lo que pasa con la ayuda, no se puede controlar. Querer de verdad a alguien es embarcarse en una aventura que no sabemos hasta dónde nos puede llevar ni qué consecuencias puede tener. Por eso la ayuda nos hace sentirnos bien, mientras que el cariño nos produce miedo. De ahí, la dificultad que todos tenemos para entablar relaciones a fondo, ya sea en el plano de la amistad o del enamoramiento. 

Ahora se comprende lo arriesgada que es la mística del cariño. Todos tenemos que arrimar el hombro en acciones solidarias de ayuda. Pero con tal que seamos conscientes de que sólo el amor, que llega a cariño auténtico, es capaz de llenar los vacíos más profundos y oscuros del corazón humano. Y es claro que la humanidad de Dios nos tiene que llevar hasta estos profundos niveles de humanidad con las personas que la vida va poniendo en nuestro camino.
 

3. Más allá de la preocupación por las víctima

Se ha dicho, con razón, que "nunca una sociedad se ha preocupado tanto por las víctimas como la nuestra. Este hecho es innegable y, que sepamos, jamás sucedió algo parecido en siglos precedentes. Lo cual explica la cantidad de ONG, voluntariados y movimientos sociales de toda índole que proliferan por el mundo entero. Esto es esperanzador y quizá alumbra un futuro mejor para las generaciones venideras.

Sin embargo, no nos precipitemos en cantar victoria. No sólo, ni principalmente, por la fuerza que tienen las instituciones económicas y políticas del sistema establecido. Además de eso, es decisivo tener presente la "fractura interior" que este sistema ha causado en la intimidad de cada uno de nosotros. Me refiero a la fractura que se ha producido entre nuestra preocupación por las víctimas y nuestra sensibilidad ante el sufrimiento de las víctimas. Porque no es lo mismo preocupación que sensibilidad. Se puede estar muy preocupado por las víctimas y, al mismo tiempo, ser insensible al dolor de esas víctimas. La preocupación brota de las razones, de los argumentos, de las ideas. La sensibilidad brota de algo que es previo a todo eso. La sensibilidad nace de lo sensible, de lo más primario que vive en nosotros desde que empezamos a sentir, ya en el seno materno. De ahí que la sensibilidad es lo más determinante en nuestra vida. Cada uno hace aquello para lo que es sensible. Y deja de hacer las cosas a las que es insensible. Esto explica que andemos preocupados con el hambre en el Tercer Mundo y, al mismo tiempo, nos gastemos en consumir y disfrutar lo que el Tercer Mundo necesita para salir de su miseria. Es la prueba más evidente de que nuestras preocupaciones van por una sitio y nuestra sensibilidad por otro. 

Esto supuesto, la gran tarea del momento es unificar nuestra interioridad. Es decir, se trata de hacer coincidir, en armonía y convergencia, nuestras preocupaciones y nuestra sensibilidad. De lo contrario, podemos vivir perfectamente engañados. Porque la preocupación engaña, ya que nos hace creer que estamos vivamente interesados por el dolor de las víctimas. En la sensibilidad, sin embargo, no hay engaño. Porque lo sensible se refiere siempre a lo que vemos y palpamos, o sea a lo cercano, lo inmediato. Seguramente esto explica por qué hay tantas personas que se sienten "solidarias" con las lejanas gentes del Tercer Mundo, pero al mismo tiempo son insensibles al sufrimiento de quienes están a su lado. 

Los evangelios no hablan nunca de la preocupación de Jesús por las injusticias que cometían los emperadores de Roma o por la dura situación de los esclavos en el Imperio. Los evangelios se refieren siempre a lo cercano, lo inmediato. Y nos explican las reacciones de Jesús ante el sufrimiento a partir de su sensibilidad. En este sentido, es elocuente la utilización del verbo splagchnizomai, que se refiere a la reacción visceral ante lo sensible, lo que se ve y se palpa. Este verbo aparece en tres parábolas: en la reacción del buen samaritano (Lc 10, 33), en la experiencia del padre del hijo pródigo (Lc 15, 20) y en el perdón asombroso del gran deudor (Mt 18, 27. A partir de tales reacciones y sentimientos, se comprende el comportamiento de Jesús con las gentes desamparadas y hambrientas de su pueblo (Mt 9, 36; 14, 14; 20, 34). Jesús fue tan profundamente humano porque fue profundamente sensible ante el dolor y el sufrimiento de personas concretas y cercanas. Todo lo que no sea vivir y sentir de esta manera es vivir expuestos al engaño y la mentira.
 

De la humanización de la Iglesia a la humanización de Dios

Para terminar, sólo una observación que me parece fundamental. Vivimos en unos tiempos en los que los atropellos contra lo humano son tan violentos y tan frecuentes que se ha super-desarrollado la sensibilidad de las gentes y de la cultura ante todo lo que sea o aparezca como inhumano. Por eso hoy a la Iglesia ya no le está permitido lo que le estuvo permitido durante siglos. La gente ya no le tolera a la Iglesia la más mínima agresión a la humanidad de cada persona. Y menos aún se tolera que la Iglesia eche mano de Dios y sus misterios para justificar cualquier forma de agresión a seres humanos. Esto explica que, hoy en día, la humanización de Dios es más urgente que nunca. Pero a sabiendas que la humanización de Dios no es posible sino sobre la base de la humanización de la Iglesia, de sus instituciones y personas, de su moral y su espiritualidad, de su presencia en la sociedad y de sus relaciones con los poderes que tanto deshumanizan la convivencia humana.