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Cuando las mujeres eran sacerdotes

POPE GODOY

No me gusta utilizar la palabra "sacerdote" porque en ningún libro del Nuevo Testamento se emplea, ni siquiera por equivocación, para aplicarla a quienes ejercían alguna forma de ministerio en la comunidad cristiana. Sólo la carta a los hebreos, de autor desconocido, se adentra en una comparación entre el sumo sacerdote de los ritos judíos y Jesús, el Cristo, como único y definitivo sacerdote. Pero el libro que quiero comentar se titula precisamente Cuando las mujeres eran sacerdotes. El reclamo periodístico está más que justificado. Pero el libro lo publicó Ediciones El Almendro en 1996. De haber leído este libro sobrarían muchas discusiones. La autora, Karen Jo Torjesen, es catedrática de Estudios sobre la Religión y la Mujer, además de ser profesora asociada en el Instituto para la Antigüedad y el Cristianismo. Su investigación ha oscilado entre Alemania y Estados Unidos, según indica en el prólogo. No se trata de un libro teológico o exegético, sino de un análisis histórico, sociológico y cultural del mundo grecorromano.

Con estilo sencillo y con abundante soporte documental, la autora va desmenuzando la ideología social de la época en que nace el cristianismo. Antes deja muy claro, como de pasada, que Jesús desafiaba las convenciones sociales de su época, que trataba a las mujeres como iguales y que entre sus discípulos destacaban también mujeres. Las mismas cartas de Pablo reflejan un mundo cristiano en el que las mujeres eran bien conocidas en tareas de evangelistas, apóstoles, presidentes de iglesias y portadoras de autoridad profética. El punto central del libro consiste en desgranar todo el curioso entramado ideológico y cultural que dividía la sociedad en dos ámbitos: la ciudad (la polis) como espacio masculino y la familia (el oikos griego) como espacio femenino. Mientras leo, voy descubriendo, para asombro mío, la cantidad de condicionantes culturales que todavía arrastramos y que tienen su arranque o su justificación en aquella cultura.

La radical diferencia y hasta la incompatibilidad entre lo público y lo privado es el soporte político y económico de la sociedad grecorromana. La esfera pública es un espacio netamente superior a la esfera privada familiar. Es el ámbito de la libertad, de la cultura y de la movilidad. Y es, desde luego, el espacio primario de la identidad masculina. La familia aparece como la otra cara de la sociedad, el espacio privado, estático e inferior. El ámbito específico para la identidad femenina. Esta división de funciones exige valores y virtudes diferentes. Al varón se le exige el valor, la hombría, el coraje y la disciplina. Todas son cualidades de origen guerrero. Parece un contrasentido, pero hasta la palabra virtud viene de vir (varón). En cambio, a la mujer se le exigía la castidad (cuestión de fidelidad sexual), el silencio y la obediencia. Ya Aristóteles insistía en que el silencio era la virtud femenina por excelencia.

Todas las personas con inquietudes feministas encontrarán en este libro un acervo inmenso de documentación para desmontar los ingentes lastres de la cultura machista. Pero sigo con el hilo argumental de la autora. Las primeras comunidades cristianas se consolidan dentro del marco de la estructura familiar grecorromana. Los primitivos cristianos se consideraban explícitamente una familia alternativa. Se saludan llamándose hermano y hermana, pero es significativo que el término "padre" se reserva sólo a Dios. También son "siervos" entre sí, pero solamente Dios es "amo" o "ama". Hasta mediados del siglo III, las reuniones cristianas se celebraban en las casas de personas más bien acomodadas. El hecho de permanecer en la esfera privada, que facilitaba un cierto secretismo en cuanto a sus miembros y lugares de reunión, permitió superar las persecuciones de los dos primeros siglos.

Dentro de esa esfera privada, el papel de la mujer era muy relevante, como muestra la autora de modo exhaustivo. Invito a las personas interesadas a que lean con detenimiento este libro, por encima de todos los prejuicios que inevitablemente nos condicionan. Baste un ejemplo desconcertante que figura precisamente en la portada del libro. Se trata de un mosaico situado bajo el arco triunfal de una basílica romana dedicada a las santas Prudenciana y Práxedes. Hay cuatro mujeres: María, la madre de Jesús con una santa a cada lado y más a la derecha de María se encuentra otra mujer con una inscripción claramente legible: THEODORA EPISCOPA. El mosaico resultó sin duda incómodo y se ha raspado toscamente la tesela donde figura la 'A' de Theodora, aunque se conserva con toda claridad la 'A' de epíscopa. El atuendo de Teodora, con un recuadro rectangular en lugar de la aureola de los otras tres mujeres, indica que la tal epíscopa vive en el momento de hacer el mosaico. Menudo botón de muestra, pero el libro entero no tiene desperdicio.

He recuperado todas estas reflexiones tras oír una entrevista televisiva al obispo de Málaga, don Antonio Dorado. Me asombró la rotundidad con que hablaba de la "voluntad de Cristo" al instituir el sacerdocio sólo para los varones. A estas alturas de la película, cuando cualquier persona de cultura media tiene estos datos al alcance de su mano, creo que tenemos derecho a exigir a los dirigentes eclesiásticos más rigor en la información. La autora del libro deja muy claro que se trata de una cuestión estrictamente cultural y sociológica. En efecto, mientras el cristianismo se mantuvo en la esfera privada, el protagonismo de la mujer fue claro e indiscutible. A partir de Constantino y, sobre todo, cuando el cristianismo se convierte en religión del Imperio, en la segunda mitad del siglo IV, se produce una inversión de valores. "Desde el momento en que el cristianismo penetró en la esfera pública, los dirigentes varones empezaron a exigir de las mujeres la misma sumisión que les era impuesta generalmente en la sociedad grecorromana". 

La autora pone un subtítulo a su libro, que es como un resumen de toda su investigación: El liderazgo de las mujeres en la Iglesia primitiva y el escándalo de su subordinación con el auge del cristianismo

José Godoy López
elisadescalzo@terra.es


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