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    - Diez tesis sobre Euskadi
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Al Consejo Directivo de “Cristianisme i Justicia”

FERNANDO GARCÍA DE CORTÁZAR

Leo con interés, como todas la publicaciones de Cristianisme i Justicia, el panfleto Diez tesis sobre Euskadi, firmado por el Consejo Directivo de esta institución. Mentiría si dijera que me ha sorprendido, pues en este tema ya mi capacidad de asombro es casi nula. Por otro lado, la dedicatoria a Ernest Lluch, “hermanador de pueblos” ya manifiesta la óptica nacionalista-romántica en la que se sitúa el escrito. Las sociedades del siglo XXI son heterogéneas, plurales, compuestas por ciudadanos y difícilmente encajables en la categoría de “pueblos”. Aun admitiendo la licencia, el escrito hace pensar que el nacionalismo catalán no es tan distinto del vasco como a veces se pretende hacer creer para no contagiar aquél de las excrecencias fanáticas e irracionales de éste. 

Además, respecto del escrito comentado, uno no sabe qué ponderar más si la frivolidad de los redactores, su ignorancia o su mala intención. Por supuesto que se repiten los tópicos y latiguillos nacionalistas de las “dos fuerzas enfrentadas” para hablar de ETA y el Estado, la no oportunidad de la “solución exclusivamente policial”, la “doble radicalización” o la teoría de la confrontación, según la cual no es conveniente que los amenazados nos indignemos, que reivindiquemos libertad y cambios políticos, porque eso crispa mucho a los nacionalistas que pasean tranquilos por las calles. Tantos años de violencia e imposición del imaginario nacionalista han trastornado las percepciones de algunos ciudadanos y han popularizado un discurso hipócritamente neutral que somete a la sociedad a las ambiciones políticas de sus verdugos. 

El apartado séptimo no tiene desperdicio ni en cuanto al fondo ni en cuanto a la forma, aun cuando la palabra comodín “reconciliación” se reserva para el final del manifiesto. No es nuevo, dentro de la literatura eclesial, aludir al “gran pecado de todas las fuerzas vascas” y al “diálogo paciente” como solución. Con ello se afirma una especie de culpa colectiva; se viene a decir que todos somos culpables del terrorismo de ETA, como si la responsabilidad de éste fuera de toda la sociedad y quienes lo padecen no hicieran bastante para evitarlo. Insistir en la “reconciliación” hace pensar que las víctimas se hubieran tomado alguna venganza o la pidieran, y no designa con suficiente claridad los culpables del asesinato, del terror y de la falta de libertad que sufre el País Vasco. La oración de la Iglesia vasca de ‘todos culpables, todos sufrientes, todos perdonantes y todos perdonados’ es la gran coartada para no oponerse frontalmente a los verdaderos responsables de la muerte y el terror, con sus nombres, apellidos o siglas. Conceptos como “diálogo” y “paz”, convenientemente manipulados, están actuando de gasolina que activa el fuego de los terroristas, contribuyendo al mantenimiento de la inicua equidistancia entre asesinos y víctimas. Por algo ETA y HB han utilizado de continuo y desde el principio esos dos términos. Las plataformas Basta Ya o el Foro de Ermua han denunciado el empleo de la palabra “diálogo” como un alucinógeno compartido tanto por los más ingenuos como por los más cínicos y avisados. El diálogo en democracia es tautología. 

Mientras se hable de “diálogo” como solución al terrorismo, ETA sabe que puede seguir matando porque al final habrá diálogo y con él una contrapartida al cese de sus crímenes. También la palabra “paz” se ha pervertido. Si se habla de “paz”, sin más, es que se está de acuerdo en que en el País Vasco hay una guerra, es decir, dos enemigos militares, tan legítimo el uno como el otro, y no una sola banda criminal que mata y aterroriza. Si lo más importante es el diálogo y la paz, quiere decir que los que no dialogan con los terroristas, incluidas sus víctimas de todo tipo, son culpables de no acceder a firmar la paz. 

A los redactores de la Diez tesis sobre Euskadi yo les hubiera pedido que en vez de “diálogo paciente” hablaran de “justicia y libertad”, términos que sorprendentemente no aparecen mencionados ni una sola vez en el escrito. Y cuya ausencia sorprende mucho más en una institución que se llama Cristianismo y Justicia, caracterizada por su admirable denuncia de situaciones de injusticia en otras latitudes. Tampoco esto es nuevo. Se condenan los atentados contra la libertad en los países iberoamericanos, por ejemplo, pero no se extiende la denuncia ni el profetismo a lugares más próximos como el País Vasco ni se lucha contra el euskonazismo ni se apoya a los que allí luchan por los derechos individuales. Bajo la dictadura franquista los resistentes no pedíamos paz sino libertad y justicia. 

La conclusión del apartado séptimo de Diez tesis sobre Euskadi me parece tan gravemente sectaria y partidista que he necesitado releerla. Es muy grave porque se reviste de juicio moral una presumible apuesta política de los redactores. “Si se tomara la decisión de aprovechar la criminalidad de ETA como peldaño para que una fuerza no nacionalista se encarame al poder, sería una decisión moralmente rechazable”. Así de claro para el Consejo Directivo de Cristianisme i Justicia. Tiene que saber este Consejo que ETA es la principal culpable de los males del País Vasco pero que la organización terrorista no es un fenómeno aislado y su perpetuación se debe a un clima político del cual en parte son responsables las autoridades nacionalistas que están en el poder desde hace más de veinte años. Los etarras son jóvenes educados en el fanatismo étnico, en el odio a más de la mitad de sus conciudadanos y a todo lo considerado “español”, son jóvenes a quienes se ha imbuido en la “escuela borroka”, diseñada por el PNV, una historia distorsionada y una antropología demencial que les hacen creerse víctimas y les convierten en verdugos. El PNV participó en el chantaje a la democracia, suscrito en Estella y fue el principal muñidor de la tregua trampa que sirvió para la reorganización de ETA y el intento violento de construcción nacional vasca, a costa de la mitad de la población del País Vasco. ¿Cómo se puede considerar “moralmente rechazable” que una fuerza no nacionalista se encarame al poder, argumentando con la “criminalidad de ETA” y con la promesa de acabar con ella y con todos sus semilleros y canteras? Lo que me parece “moralmente rechazable” es que los papeles de Cristianisme i Justicia, bajo capa de iluminación cristiana, se sitúen en un terreno que no es precisamente el que en el País Vasco exige justicia y libertad. 

El apartado octavo sólo se puede tomar a broma. Uno se pregunta ¿por qué se meten en camisa de once varas, haciendo sus disquisiciones históricas? Pero en seguida puede uno contestarse: porque sin historia no hay nación. Y aquí otra vez les traiciona el lenguaje y el imaginario nacionalista. Pero en el País Vasco tenemos la suerte de que la Historia goza de buena salud a pesar de las manipulaciones y mistificaciones nacionalistas. Lo malo es que éstas, por su simplicidad y la combatividad de sus autores, prenden cómodamente incluso fuera del País Vasco. Decir que “el independentismo vasco ha nacido principalmente de una serie de ofensas inferidas a Euskadi (sic) por el gobierno español” es sencillamente una barbaridad y una muestra de ignorancia que se ve en los ejemplos que proponen los redactores del panfleto. La “abolición de los fueros” en 1876 pudo tener algún efecto negativo en la sensibilidad romántica de una parte de la población vizcaína, pero no se puede considerar, en absoluto, una “ofensa a Euskadi” (término inventado más tarde por Sabino Arana) y fue saludada con gozo por otra parte bien dinámica de la sociedad vizcaína, la burguesía bilbaína que, a partir de la supresión, iniciaría su despegue industrial y el gran desarrollo de Vizcaya. Otro ejemplo aducido, “la represión de lo vasco durante el franquismo” -me figuro que se refiere a ciertas manifestaciones culturales autóctonas- no debe olvidar que el proteccionismo del gobierno español benefició en tal medida a las provincias vascas que se pusieron a la cabeza del desarrollo y progreso de los años sesenta en España. En fin, no parece que “la negativa a la plena aplicación del Estatuto y el cumplimiento de todas las transferencias previstas en él” pueden ser causa del independentismo vasco, cuando son los independentistas y sus allegados los que quieren desbordar la Constitución y el Estatuto y desprecian un texto que no nace de la “soberanía vasca”. A pesar de todo ello el Consejo Directivo de Cristianisme i Justicia se permite afirmar con suficiencia “que el ciudadano medio español no está suficientemente informado” de tales ofensas. Sugiero a los miembros de Cristianisme i Justicia que en otra comunicación se fijen en Sabino Arana. Éste es el verdadero inventor del nacionalismo e independentismo vasco, cuyas fobias y racismo se han transmitido a sus herederos, que sólo en ocasiones los han disimulado, matizado o escondido. 

El nacionalismo es el único movimiento que no ha revisado sus principios fundacionales; antes al contrario ha reforzado su ideario sabiniano para competir con ETA. La negación de la ciudadanía vasca motivada por la no aceptación del núcleo duro de la ideología abertzale, es una idea cada vez más utilizada por el PNV (en el caso de una hipotética independencia de Euskadi, los vascos que se sienten españoles “serían tratados como alemanes en Mallorca o como portugueses en Dinamarca”, “no deberían votar quienes no tengan un conocimiento adecuado de la situación”). Son racistas quienes dicen apoyar a los inmigrantes pero pretenden que los derechos políticos los da la lengua y la ideología, la sumisión al proyecto fanático y totalitario de ETA. 

Hace ya unos años que Egíbar saltó a la fama afirmando que a él le daba más miedo España que ETA. Desde entonces muchas personas han sido asesinadas pero no las suficientes para que Egíbar se desdiga. Arzálluz ha dicho que nunca pedirá a ETA que se disuelva mientras quede un preso en la cárcel pero sí una tregua. Esto demuestra que lo que Arzálluz quiere es una paz tutelada por las armas de ETA, porque sabe que así siempre dispondrá de la amenaza de la violencia para pasearla cuando sea rentable. Una amenaza sobre los enemigos declarados o potenciales del proyecto soberanista. 

Nada dice el decálogo de Cristianisme i Justicia del nuevo nazismo que emerge en el País Vasco, sin lo cual cualquier reflexión que se haga sobre éste puede quedar invalidada. Cuando los disidentes de la construcción nacional vasca hablamos del neonazismo vasco no estamos diciendo que ETA vaya a tomar París. Lo que se está diciendo es que, hechas todas las salvedades pertinentes en la comparación, nadie que haya vivido en el País Vasco en los últimos veinte años tiene derecho a decir que no comprende lo que sucedió en la Alemania de los años treinta. Cuando alguien dice que no todo el PNV piensa como Arzálluz, está descubriendo el Mediterráneo. Tampoco en el partido de Hítler. Ese es el rasgo característico del nazismo: saber aglutinar junto a la fuerza decidida de los fanáticos las escasas fuerzas de los hombres comunes. Los redactores de las Diez tesis sobre Euskadi debían saber que actitudes tibias en defensa de las libertades han dado paso a horrores que la humanidad debiera haber evitado. Fue el católico Von Papen, el hombre educado que no tenía nada en común con los energúmenos de las SA, quien con su política de pactos entregó a Hítler los instrumentos necesarios para el genocidio, el colaborador necesario para las muertes aisladas, primero, y los campos de exterminio, después. 

El máximo imperativo intelectual es la búsqueda de claridad que debe ir acompañada del coraje cívico y la dignidad moral. La gran obligación de los que escribimos es proyectar luz o anticipar un diagnóstico. Y hoy en el País Vasco se dan síntomas de una grave patología moral, un síndrome de sumisión voluntaria que puede hacer relajar los resortes de la ciudadanía ante las imposiciones fascistas. La forma más segura de calmar a un tigre es dejar que te devore, dijo Adenauer. Hay muestras de un deslizamiento hacia el fango totalitario, impuesto por el terror. Y por supuesto hay mucho silencio cómplice, abundan los colaboracionistas, incapaces de decir en público ¡basta ya!, aunque en la intimidad abominen del nazismo nacionalista; también los que miran hacia otro lado o compran su tranquilidad, en una atmósfera de debilidad y desarme moral. Por ello hubiéramos agradecido a Cristianisme i Justicia un mensaje nítido de denuncia de los culpables, no sólo de los asesinatos sino de cualquier agresión a la libertad y un compromiso ético con quienes sufren la violencia y contra quienes la imponen.


Marzo de 2001

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