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Disenso en la Curia vaticana

José María González Ruiz
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Cuando recientemente hemos visto, a través de la televisión, el espectáculo de los cardenales, perfectamente uniformados con una púrpura deslumbrante y militarmente colocados en la plaza de San Pedro de Roma, no hemos podido menos de acordarnos de la pregunta de Stalin: "¿Con cuantas divisiones cuenta el papa?" Stalin desapareció y ha sido execrado por toda la humanidad, incluso por los "suyos". Pero el papa de Roma preside una "parada" cardenalicia que no deja de ser una exhibición de poder, con el que cuentan todos los que mandan en este tercer milenío: políticos, financíeros, religiones. Sin embargo, a muchos de los de "casa" esa manifestación nos provoca un grave malestar y nos empuja a adherirnos fuertemente a nuestra fe y a nuestra esperanza cristiana.
A pesar de esto, acabamos de respirar hondo cuando hemos recibido una información, que difícilmente llega al hombre de la calle, incluso si es un obispo católico. Se trata del teólogo Walter Kasper. Fue y es un teólogo excelente, muy consecuente con las exigencias del Concilio Vaticano II. Empezó siendo adjunto de cátedra del teólogo suizo alemán Hans Küng, que por sus magníficas "osadías" teológicas fue depuesto por la Congregación romana de la Doctrina de la Fe (antigua inquisición), regida por su "colega" Joseph Ratzinger. Éste último, hace pocos meses, ha ofrecido un documento, titulado Dominus Jesus, en que el más o menos viene a decir que las Iglesias cristianas no católicas tienen que ajustar sus cuentas con Roma para entrar en el auténtico redil eclesial y, quién sabe, en la vía de la salvación. Como es natural, esto produjo una tremenda incomodidad no solamente a las Iglesias no católicas, que desde el Concilio Vaticano II buscaban la unión de todas las iglesias, sino a muchos católicos que se sintieron, nos sentimos, decepcionados, porque un alto personaje de la Curia se despegaba nada menos que del Concilio Vaticano II. 

Pero he aquí que a W. Kasper, que después de teólogo adjunto de Küng fue obispo de Stuttgart y secretario del Pontificio Consejo para la Unidad de los Cristianos, el Papa lo hace inesperadamente cardenal. Yo temí que en ese momento se había acabado el teólogo y le sucedía el funcionario eclesiástico. Pero la sorpresa fue que precisamente al día siguiente de su nombramiento como cardenal el diario alemán Frankfurter Aligemeine Zeitung lo entrevistó. Y Kasper no se cosió la lengua ni mucho menos. 

El flamante cardenal reconoce abiertamente que la afirmación de Ratzinger, según la cual las Iglesias nacidas de la Reforma no son Iglesias en sentido propio, ha producido un profundo malestar. "Esto ha herido a los otros y me hiere también a mí, en cuanto que mis amigos se sienten heridos. Esta afirmación es deplorable porque es una salida desgraciada y equívoca". Kasper, sin embargo, sabe que hay que matizar y admite como algo no discutido que "estas Iglesias no quieren ser Iglesias como la católica, no tienen la sucesión apostólica del episcopado o el ministerio petrino que para nosotros es esencial". 

El periodista entrevistador pretende hilar más fino y le pregunta a Kasper: ¿qué entiende el papa por "ecumene"? ¿Se trata de integrar a los otras Iglesias en la católica? Los documentos más recientes parecen ir precisamente en esta dirección.

El cardenal (que por cierto parece que será nombrado presidente del Pontificio Consejo para la unidad de los Cristianos) no se echa atrás y supera valientemente la ambigüedad. Ésta es sustancialmente su respuesta: 

La decisión del Vaticano II, a la que se atiene el papa, es absolutamente clara: entendemos la ecumene hoy no ya en el sentido de la ecumene del regreso, según el cual los otros deben "convertirse" y "hacerse católicos". Esto ha sido expresamente abandonado por el Vaticano II. Hoy se la considera como camino común: todos deben convertirse al seguimiento de Cristo, y en Cristo todos se encuentran finalmente. Sin embargo, partamos del hecho de que la esencia del catolicismo se reencuentra en esta única Iglesia, pero este catolicismo deberá ser enriquecido por las muchísimas cosas que aprendemos los unos de los otros. El papa mismo, entre otras cosas, describe la ecumene en su encíclica Ut unum sint como un intercambio de dones. Es algo verdaderamente bello: cada Iglesia tiene sus riquezas y dones del Espíritu, y éste es el intercambio del que se trata, no del hecho de que nosotros nos hagamos "protestantes" o los otros se hagan "católicos" en el sentido de la forma confesíonal del catolicismo. Kasper termina afirmando: nosotros quisiéramos mantener la sucesión apostólica y el ministerio petrino, porque estamos convencidos de que es un don del Espíritu, una riqueza de la que hoy la Iglesia tiene necesidad. En un mundo que se está globalizando tenemos necesidad -dicho en forma profana- de un punto de referencia, de un portavoz del cristianismo. Los ortodoxos muestran lo difícil que es cuando no se tiene este punto de referencia. El ministerio petrino tiene potencialidad también a nivel ecuménico. 

Hasta aquí Kasper. Pero ya el papa en su encíclica Ut unum sint dijo que ese ministerio petrino tiene urgente necesidad de ser purificado, ya que hoy los papas de "la edad de hierro" del pontificado, en vez de unir a las lglesias, las dispersarían y las destruirían. 

La invitación de Juan Pablo II en su encíclica Ut unum sint al hablar sobre el primado del papa y sobre su ejercicio concreto ha sido, de alguna manera, "secuestrada" por muchos altos "funcionarios" de su entorno, a los que no les convendría un papa "constitucional". A ellos les viene muy bien un papa "monarca absoluto", porque en definitiva es el que puede ser manipulado a su antojo. Esto lo ha comprendido muy bien un personaje tan representativo como Mons. Quinn, arzobispo emérito de Los Ángeles y ex presidente de la Conferencia Episcopal norteamericana. En un reciente librito sobre el tema, publicado en castellano por la Editorial Desclée, expone con profundidad el problema y da a entender que la Iglesia católica no puede ya soportar ese régimen absolutista y totalitario, sobre todo cuando ahora el catolicismo tiene una magnitud cuantitativa y una expansión territorial imposible de ser controlado por una persona por muy cualificada que esté. 

Un buen amigo sociólogo, interesado en una encuesta sobre temas como éste, me decía que le interesaba conocer la opinión de los teólogos, pero no de los teólogos “orgánicos", sino de los teólogos "de pasillo". Aquéllos tienen miedo de perder su status y su sueldo; por eso callan o dísimulan; los segundos se expresan con libertad, porque no tienen que temer nada por expresar su libre pensamiento.

Quizá es lo que ha hecho mons. Quinn. Ha pedido la jubilación antes de tiempo, ya que así dejará de ser "teólogo" orgánico, y tendrá la suficiente libertad para exponer su pensamiento, que es francamente rico y científicamente muy seguro. Por eso, una vez jubilado se ha dedicado a dar conferencias en las mejores universidades norteamericanas y a escribir libros sobre la materia. 

En una palabra: la chispa que el nuevo cardenal Kasper ha encendido en la misma cumbre vaticana puede prender a lo largo y a lo ancho del catolicismo y hacer posible ese sueño del cardenal Martini, arzobispo de Milán, de que pronto la Iglesia católica podría embarcarse en su gran hazaña del tercer milenio: el Concilio Vaticano III, o el I Concilio Brasileño o Mejicano.


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