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Mi fe en Jesús y el Jesús de mi fe
(Reflexiones en voz alta)

POPE GODOY

popegodoy@telefonica.net

El título puede chocar como demasiado personalista. Intento explicarme. Estudios documentados sobre el Jesús Histórico o sobre el Cristo de la Fe los hay a montones. Jamás se me ocurriría meterme por esos caminos. También hay magníficas Cristologías, algunas muy modernas con enfoques sugestivos y con gran amplitud de miras. Otro campo en el que sería una ridícula osadía pretender entrar. De modo que descarto con toda claridad lo que pueda sonar a estudio o exposición científica de estos temas.

Por eso he preferido un título más personalizado, aunque tiene el riesgo de chocar a primera vista. Como todo creyente, reivindico mi derecho a "hacer teología". No me refiero a la teología científica de la que hablaba antes, sino a la teología vital, cercana y diaria. A ese andar por casa "en zapatillas teológicas", según la chispeante fórmula que usó José Mª Díez Alegría hace muchísimos años, en una de sus clases. Unas zapatillas más o menos usadas y hasta impresentables, si queréis, en medios oficiales, pero que nos resultan indispensables y cómodas para movernos durante este largo invierno eclesial en que nos encontramos.

Toda persona creyente, si quiere o se ve obligada a superar la fe del carbonero, no tiene más remedio que hacerse preguntas, interpelarse y dejarse interpelar por la realidad en que está inmersa, asumir la perplejidad y el desconcierto, convivir con la duda y hasta experimentar el vértigo del agnosticismo o de la increencia. En una palabra, caminar hacia la adultez cristiana, lo mismo que caminamos con mayor o menor éxito hacia la adultez humana.

A veces nos encontramos con personas muy críticas en su campo técnico profesional (medicina, ciencias, informática…), pero que mantienen un desconcertante espíritu pre-critico respecto a los temas religiosos. Se produce una especie de esquizofrenia mental entre la capacidad para analizar, discutir, criticar y hasta rechazar cualquier posible enunciado científico y el absoluto bloqueo que experimentan ante la menor duda o crítica en temas religiosos. Me resulta complicado imaginar cómo puede vivirse en esa dualidad.

Por otra parte, las generaciones jóvenes que no han pasado por la etapa infantil o mágica en que hemos vivido inmersas otras generaciones mayores despachan de forma expeditiva multitud de enunciados religiosos porque a la simple vista les resultan incoherentes o incomprensibles. Eso del "misterio", con el que nos embaucaban en otro tiempo, les suena a cuento chino y a mentalidades pre-técnicas que no resisten el menor análisis.

De modo que nos debatimos entre dos fuegos (sin ganas de dramatizar, por supuesto): gente que se escandaliza a la menor sugerencia o sospecha que ponga en cuestión las creencias o doctrinas religiosas tradicionales y gente que nos desborda por la izquierda eliminando de una sola tacada el envase y el contenido, el fondo y la forma, el ropaje cultural y el mensaje permanente.

Hay otro aspecto que me parece importante. Las revistas teológicas especializadas abordan todos los temas espinosos y ofrecen nuevos puntos de vista con bastante claridad y soltura, aunque siempre con cautela y mirando de reojo a la censura eclesiástica. Aún así, esos avances teológicos quedan fuera del alcance de la gran mayoría cristiana a la que se pretende preservar cuidadosamente de todo contagio. Nos encontramos así con un dualismo eclesial que considero peligroso y desolador. Un grupo de especialistas, con grandes avances en sus investigaciones teológicas, y un gran sector que vive rutinario, ausente o inconformista, pero que tiene escasos medios para superar su situación.

No es un panorama halagüeño, desde luego. Pero ni remotamente penséis que estas páginas pretenden compensar las carencias detectadas. ¡Faltaría más! Pretendo algo más modesto aunque no me resulta tan fácil como pensaba al principio. Sencillamente, pensar en voz alta, intentar formular mi camino de fe en Jesús y hacia Jesús. Podía apostillar mis afirmaciones con muchas citas de gente muy importante que me da sopas con honda. Pero sería otro tipo de artículo. Por eso, he decidido citar sólo lo indispensable para mostrar, al menos, que no me saco mis afirmaciones de la manga. Claro que con estas citas no pretendo cargar mis afirmaciones personales sobre nadie (1). En fin, no me quiero liar más… Y entro ya en materia.
 

Primeros pasos

Cuando terminó la guerra civil española tenía yo cinco años y medio. Algunas imágenes se te quedan grabadas con nitidez y otras las reconstruyes o las rehaces en función de muchos factores no siempre conscientes. Mi padre fue movilizado por la República en aquella última leva que se llamó "la quinta del saco". Mi madre me enviaba todos los días "a ver al Niño Jesús". Después me enteré de que efectivamente una familia mantuvo el sagrario durante toda la guerra y hasta se celebraron algunas misas. Mi madre me mandaba para pedirle al Niño Jesús que vuelva pronto mi papá. 

El mundo que me transmitió mi madre en aquellas condiciones tan excepcionales era extremadamente simple. Las personas se dividían en dos clases: las que eran amigas y las que no eran amigas del Niño Jesús. Aunque lloviera, yo iba todos los días puntualmente a ver al Niño Jesús. Me estaba un ratito en aquella habitación especialmente adornada, rezaba el padrenuestro y volvía a la casa. El camino más cómodo pasaba ante una especie de cuartelillo con unos cuantos milicianos. Me fascinaba un camión militar, enorme y exótico a la vez, ya que nunca había visto circular un vehículo por mi pueblo. 

Uno de aquellos milicianos que debía ser casi un muchacho o quizá un padre de familia que añoraba a su hijo me subió a la cabina del camión. ¡Fascinante! Es increíble lo que un niño puede soñar y disfrutar en unos pocos segundos. Volví a casa exultante. Pero mi madre se alarmó angustiada. -¡Ese hombre no es amigo del Niño Jesús!, me repetía una y otra vez para contrarrestar mi entusiasmo. Y me insistía en ir por otra calle a ver al Niño Jesús.

A pesar de la prohibición de mi madre más de una vez volví por aquella calle para encontrarme con el miliciano. La fascinación era más poderosa que la prohibición. Recuerdo vagamente lo que ahora puedo formular como un primer paso en mi propia autonomía moral. Mi experiencia me decía que aquel hombre era bueno, que era cariñoso conmigo y que disfrutaba al verme disfrutar. Más de una vez en mi vida me ha aflorado este recuerdo como la primera y difusa expresión de conciencia individual y de libertad personal en las decisiones.

Durante bastantes años no distinguí entre Jesús y Dios. Jesús lo sabía todo y lo podía todo. No había más problemas. Pero a medida que avanzaba en conciencia moral, tengo ahora la impresión de que aquel Jesucristo se me alejaba. Este hecho estaba conectado con una desazón interior ante lo complicado e incierto que era eso de "salvarse". Ya se entiende que me refiero a la otra vida. Como una sensación de agobio por la cantidad de cosas que había que hacer. Supongo que aquí se acumulaban las numerosas normas y órdenes que recibías de tus padres y en la escuela y que forma difusa y culpabilizadora asociabas con lo que ahora podemos llamar normas morales.

Nos aprendíamos de memoria el catecismo de Ripalda. Lo agradezco porque desde luego me hizo desarrollar la capacidad retentiva de forma bastante aceptable. Claro que muchas cosas no las entendía, y las repetía como un papagayo, como por ejemplo, aquello de las naturalezas, las voluntades, las memorias y las personas que había en Cristo. 

Las cosas se me complicaron en el primero o segundo año de seminario diocesano (a los 10 u 11 años!). En una clase de religión, el profesor me preguntó sobre el número de naturalezas o personas que había en Cristo. Me equivoqué en la respuesta. Me armó el follón y con mucha frecuencia volvía a preguntarme de improviso, hasta en los pasillos, a ver si me cazaba, medio en broma medio en serio. Aquel acoso me provocó un verdadero bloqueo mental, hasta el punto de no dar pie con bola. Sólo recuerdo con alivio el final de aquel galimatías: -"¿Cuántas memorias? -Una y humana, porque en cuanto Dios todo lo tiene presente."

Durante mi etapa de novicio jesuita, hubo sin duda aspectos negativos en cantidad. Pero mi experiencia más positiva y gratificante fue la admiración, el entusiasmo y la voluntad de seguimiento hacia la persona de Jesucristo. Es la gran herencia que nos inculcó Gómez Crespo, el maestro de novicios. Se trataba, es verdad, de un Jesucristo ahistórico en un doble sentido: fuera de la historia en que vivió Jesús y fuera de la historia en que nosotros vivíamos. Además, la imitación de Cristo se formulaba como algo externo a ti mismo, como un modelo exterior que debías imitar. A pesar de estas y otras muchas carencias, puedo afirmar con sencillez y agradecimiento que aquella imagen incipiente de Jesucristo me ha servido como punto de referencia a lo largo de mi vida. Con todas las evoluciones posteriores, sigue siendo a la vez fuente de alegría y de interpelación, elemento dinamizador y cautelosa sospecha sobre mis propias convicciones. 
 

Empiezan las preguntas

Durante mis años de teología se celebró el Concilio Vaticano II. Fueron tiempos de apasionante efervescencia teológica, de apertura mental y de entusiasmo desbordante. Pero me atengo al tema de este artículo. Me entero muy pronto de que Jesús no tenía concupiscencia. ¿Y eso qué es? El diccionario de la Real Academia la define así: "En la moral católica, apetito desordenado de placeres deshonestos". Vaya, por aquí iban los tiros. Pero en teología la definían de otro modo: Una apetencia, deseo o sentimiento que no está controlado por la razón.

Aquello me dejó perplejo. Acudí al despacho del profesor con mi desconcierto. O sea, que Jesús no tuvo nunca, por ejemplo, hambre o sed como necesidades biológicas elementales y primarias. Jesús hacía una reflexión (¡todo debía estar controlado por la razón!) y se decía: llevo tantas horas sin comer y debo tener hambre. En ese momento le venía el hambre. Por la forma en que me miraba el profesor tuve la impresión de que nunca se había hecho esta pregunta. Pero el proceso mental era inevitable y hasta imparable. ¡Entonces Jesús era un muñeco! (Dicho sea con todo respeto, por favor).

Aquí entran la infinidad de preguntas que se hace tanta gente. Si Jesús era Dios y lo sabía todo, en realidad no llevaba una vida humana como el común de los mortales. Jugaba con doble baraja. Sabía lo que iba a pasar, cómo iba a reaccionar cada persona, cada uno de los acontecimientos desde los más inmediatos hasta los más lejanos… en una palabra sabía el final de la película. Este perfil de Jesús tiene dos pegas tremendas. Por una parte, la vida de Jesús fue una inmensa comedia de cara a la galería: su asombro, su admiración, su extrañeza, su indignación o sus lágrimas… ¡eran puro teatro! Todo aquello estaba ya previsto en el guión. Me resisto rotundamente a esa farsa porque la considero totalmente irrespetuosa para con Dios y para con los seres humanos.

Pero hay otra pega que tiene también un enorme calado. Una vida tan prevista y programada se sustrae a esos avatares que son el componente inseparable de toda existencia humana: la incertidumbre ante el futuro, el desconcierto o la perplejidad, el error y la metedura de pata, el no saber muchas veces qué hacer... Quedan eliminadas todas las angustias y todas las dudas. ¡Menudo chollo! Un muchacho de 14 ó 15 años lo formuló de manera magistral en uno de los primeros ejercicios espirituales que di. Nos dijo durante la puesta en común: -Yo a Jesucristo no le veo ningún mérito. Está tan feliz en el cielo. Viene aquí durante 33 años y se vuelve después al cielo… ¡Eso lo hace cualquiera! El avispado chaval expresó con toda naturalidad y agudeza lo que mucha gente piensa y no se atreve a decir en voz alta, como la niña del cuento: -¡el rey está desnudo!

Así es. Una larga trayectoria teológica consiguió despojar a Jesús, no de sus vestiduras, sino de su intrínseca realidad humana. Durante siglos hemos estado repitiendo un Credo, donde el hombre Jesús queda literalmente anulado por el Verbo de Dios. La vida de Jesús se reduce a su nacimiento de María, la virgen, y a su muerte en cruz. El resto de su vida no interesa. ¿Cómo vivió? ¿Qué hizo y qué dijo? Si los Evangelios son escuetos en suministrarnos información sobre la vida de Jesús, no digamos ya el Credo. Queda en el aire la gran pregunta insoslayable: ¿por qué murió crucificado? Su muerte en cruz, ¿fue pura casualidad, estaba ya prevista o tiene que ver algo con su forma de vivir? El Credo ya se encarga de decir que fue crucificado "por nuestra causa"… pero nos deja, como quien dice, con los mismos interrogantes.
 

Por nuestros pecados

La muerte de Jesús fue horrenda, injusta y despiadada. De manera especial resultó desestabilizadora para el colectivo de gente que lo seguía. Significó un choque mental de dimensiones insuperables. No me refiero sólo al atropello que supuso la condena de un hombre inocente, que además era no-violento. Para más inri (¡aquí es donde pega la palabra!) fue crucificado precisamente en medio de dos malhechores (¿ejecuciones políticas?). Todo este enunciado ya es descomunal por sí solo.

Pero el conflicto mental y religioso va mucho más allá. A sus seguidores y seguidoras se les caen todos los palos del sombrajo y se quedan rigurosamente a la intemperie. No sólo pierden sus esperanzas mesiánicas individuales y colectivas; es que además pierden toda su fe en Jesús: todo lo que él hizo y todo lo que dijo es falso. Su muerte en cruz es la prueba más descorazonadora de que Dios lo ha abandonado. Lo que él ha dicho y lo que ha hecho no viene de Dios. En el mejor de los casos, Jesús no es un impostor pero está claro que se ha equivocado y que Dios no lo respalda.

Las tinieblas que cubren la tierra entera hasta media tarde, según los sinópticos, representan la escenificación simbólica de esa desoladora oscuridad en que se encuentran quienes seguían a Jesús. Pero no sólo ellos. El propio Jesús clamó dando una gran voz: Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado? (Mc 15,34). Esta es la única "palabra" que pronunció Jesús en la cruz, según Marcos y Mateo. Aquel hombre, Jesús, se vio sometido al desconcierto inexorable, a la oscuridad y a la duda más aterradora: ¿de verdad lo había abandonado Dios? Porque hasta su experiencia de la paternidad divina queda aquí en entredicho.

Las primeras comunidades cristianas necesitaron suavizar aquella muerte tan escandalosa y tan hiriente. Necesitaron explicarla, reinterpretarla, sacralizarla. Y yo estoy de acuerdo. Pero a condición de que se sacralicen todos los demás atropellos contra cualquier vida humana. El significado de la muerte de Jesús cobra relieve en la medida en que representa e incluye la muerte de todas las víctimas en ese estremecedor rosario de crueldades y de injusticias a lo largo de la historia.

Vuelvo a la sacralización. La formulación más tranquilizadora de aquel desastre es que "todo estaba ya escrito". Fórmula que desde nuestra perspectiva resulta ambigua y hasta escandalosa, porque nos suena a fatalismo. Como si toda la vida de Jesús y su trágico desenlace estuvieran ya diseñados y programados… desde toda la eternidad. Para apostillar esta interpretación se acude a fórmulas tan desafortunadas como la de San Pablo: No escatimó a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros (Rom 8,32). Uno tiene la impresión de volver a los rasgos más duros del Antiguo Testamento, con un Dios implacable, necesitado de expiación y de castigo.

En un sermón de las siete palabras escuché hace muchos años esta curiosa interpretación. Jesús no podía sufrir porque gozaba siempre de la visión beatífica divina, pero en la cruz hizo un milagro: ocultó misteriosamente su visión beatífica de Dios… ¡para poder sufrir! Asombrosa y espeluznante esta visión de Jesús y del sufrimiento.

Juan Mateos habla de "lenguaje arcaico" del que quedan bastantes resabios tanto en los Evangelios como en las Cartas (2). Atribuyendo a la acción divina todo lo que le sucede al ser humano, hasta cierto punto nos sentimos aliviados. Pero esa visión ya no es aceptable para una mentalidad moderna. Hay que decirlo con claridad: la muerte de Jesús no estaba prevista. Ni programada. Podemos decir, eso sí, que una posible muerte violenta era incluso altamente previsible. Hablamos, por tanto, de dos perspectivas diferenciadas con nitidez.

No se desafía impunemente a los poderes establecidos. Sobre todo cuando ese desafío se realiza desde la desnudez de la palabra y desde la solidaridad con los excluidos religiosos y sociales. Jesús fue víctima de su propia manera de vivir, de su enfrentamiento con la religión ritualista e inhumana, de su cercanía hacia las personas marginadas… En una palabra, fue víctima de su propia ingenuidad al proponer una sociedad alternativa basada en cosas tan sencillas como el servicio fraternal frente a toda forma de poder y la mesa compartida frente a la riqueza acumuladora.

Los Evangelios, aunque nos ofrecen relatos teológicos, nos permiten adivinar hechos históricos. Jesús estuvo completamente solo en la cruz. Bastantes mujeres que lo seguían y algunos discípulos contemplaban el sangriento espectáculo "desde lejos" (Mt 27,55; Mc 15,40; Lc 23,49). Por otra parte, es bastante obvio que los soldados romanos no permitieran a nadie acercarse a los condenados. En este contexto, la "palabra" de Jesús cobra un dramatismo estremecedor, mucho más cuando "lanzando un gran grito, expiró" (Mc 15,37). Es como si Jesús gritara a Dios su soledad y su desamparo.

Marcos, el evangelista más antiguo, parece hacer un guiño a la sociedad romana, cuando pone en boca del centurión esta primera confesión de fe: El centurión que estaba allí presente frente a él, al ver que había expirado de aquel modo, dijo: -Verdaderamente, este hombre era Hijo de Dios (Mc 15,39). Mateo incorpora nuevos datos: El centurión y los soldados que con él custodiaban a Jesús, viendo el terremoto y todo lo que pasaba, dijeron aterrados: -Verdaderamente éste era Hijo de Dios (Mt 27,54). Lucas refiere más escueto: Viendo lo que había ocurrido, el centurión alababa a Dios diciendo: -Realmente este hombre era justo (Lc 23,47).

Bajo estas lecturas, matizadas según la teología de cada evangelista, subyace la fe de las primeras comunidades. La adhesión a Jesús está motivada desde luego por el modo en que él vivió, pero también por la forma en que murió. 
 

El Hijo de Dios

Los Evangelios, que en definitiva son catequesis de la fe cristiana, interpelan a cada creyente. Hacia la mitad de la vida pública de Jesús los tres sinópticos hacen la misma pregunta:¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?... Y vosotros, ¿quién decís que soy?. La respuesta de Pedro tiene matices en cada Evangelio. Según Mateo, Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo (Mt 16,16). Marcos, el más antiguo, es más escueto: Tú eres el Mesías (Mc 8,29). Y lo mismo Lucas: El Mesías de Dios (Lc 9,20). 

¡Claro que yo me he hecho personalmente muchas veces esta pregunta! No sólo ni principalmente como curiosidad intelectual, sino como interpelación vital, como planteamiento existencial que embarca la vida entera y que no deja indiferente. Podemos repetir miméticamente la respuesta de Pedro, pero aunque coincidamos en la formulación, las palabras pueden tener sentidos muy distintos desde cada vivencia personal.

Ya en mis estudios de teología me llamó mucho la atención aquel texto de Pablo en la carta a los romanos: fue constituido Hijo de Dios en plena fuerza a partir de su resurrección de la muerte: Jesús, Mesías, Señor nuestro (Rom 1,4). En una nota a pie de página, una Biblia decía algo así: la filiación divina arranca desde toda la eternidad, pero a partir de la resurrección la filiación divina se ha manifestado en plena fuerza. Curiosa e inteligente manera de conciliar las posibles contradicciones.

Otro texto que resulta sorprendente es el primer discurso de Pedro: Entérese bien todo Israel de que Dios ha constituido Señor y Mesías a ese Jesús a quien vosotros crucificasteis (Hch 2,36).Pienso que los dos textos dicen lo mismo. Pedro se dirige a un público judío y habla en términos comprensibles para ellos: Jesús es constituido Señor (¡un título divino!) y Mesías (enviado). Pablo se dirige a un público de cultura helenista y prefiere un título más comprensible para ellos: Hijo de Dios. Aunque al final remacha: Jesús, Mesías, Señor nuestro. 

En nuestra cultura religiosa tradicional tenemos una dificultad de comprensión porque los términos Dios e Hijo de Dios se consideran sinónimos. Pero no era ése el sentido corriente en las culturas de la época. Hijo de Dios era el faraón desde el momento en que llegaba al poder. Hijo de Dios era el emperador romano, revestido del poder divino. Hijo de Dios era el rey de Israel y, de forma colectiva, todo el pueblo elegido. Está claro que, en estos contextos, "Hijo de Dios" no tiene el sentido fuerte que después ha ido adquiriendo en la teología. 

Por otra parte, conviene recordar que la expresión Hijo de Dios aparece 38 veces en los Evangelios frente a las 98 veces que usa la fórmula: Hijo del hombre (3). Parece bastante seguro, desde el punto de vista histórico, que Jesús nunca reivindicó para sí el título de Hijo de Dios. En cambio, se apropia el título de Hijo del hombre. No es casualidad. Se trata de un planteamiento muy madurado donde el centro del mensaje de Jesús no es Dios sino el hombre. Mejor dicho, nos introduce en una dinámica de confluencia entre Hijo del hombre e Hijo de Dios.
 

El Proyecto de Dios

Me fascina el prólogo al Evangelio de Juan. Hablé varias veces con Juan Mateos sobre este prólogo, a partir de su primer comentario (4). Me abrió enormes perspectivas la explicación de que el "Logos" griego puede traducirse perfectamente por "Palabra", "Proyecto". Era el propio Juan Mateos quien se entusiasmaba hablando de estos temas. Y contagiaba su entusiasmo y su convencimiento. Le pregunté: -¿Y por qué no has traducido más directamente "Proyecto" en lugar de "Palabra"? A medias entre la seriedad y la sonrisa, me dijo: -Ya era demasiado. Efectivamente, aún así tuvo sus complicaciones con la Conferencia Episcopal Española.

He comprobado que, en el nuevo comentario resumido al mismo Evangelio, los autores son más explícitos y explican, aunque no sea en la traducción, todo este trasfondo del que quiero hablar. Cito textualmente: "La traducción del v. 1 puede, por tanto, hacerse así: Al principio ya existía el Proyecto, y el Proyecto se dirigía / interpelaba a Dios, y un ser divino era el Proyecto" (5).

El evangelista tiene la osadía de formular una teología de la historia, condensada en unos pocos versículos del prólogo. Destaco lo que me llama más la atención:

El Proyecto de Dios es la vida, una Vida con mayúscula, en su sentido más pleno y totalizador. Desde el nivel biológico (¡pan para todo el mundo!) hasta las calidades de vida que podemos ir añadiendo a medida que nuestro desarrollo va ganando en sensibilidad: la paz, la alegría, la felicidad, la comunicación humana, el bienestar, la ternura, la armonía con la naturaleza, etc. La vida personal, la colectiva y la planetaria. 

La Vida es la luz de los hombres. El criterio ético por antonomasia, el punto de referencia para calibrar las actitudes y las decisiones es justamente aquello que crea vida. Lo que protege, favorece y fomenta la vida. Por ejemplo, las guerras van claramente contra el proyecto de Dios porque generan sufrimiento, destrucción y muerte. Pero también el hambre, la marginación, la incultura, la exclusión…

La luz y la tiniebla. El autor constata la existencia de la tiniebla. No se mete en disquisiciones sobre su origen. Afirma que la vida, como luz, brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado. Una visión optimista de la historia, a pesar de todas las frustraciones y de todas las oscuridades. Y, si nos paramos a reflexionar, reconocemos agradecidos que vivimos de un capital de generosidad y ternura acumulado durante siglos. Un río que atraviesa toda la historia humana y que sigue aumentando su caudal con nuevos aportes. Vale la pena recordar la feliz frase del obispo, Pedro Casaldáliga: "Somos soldados derrotados de una causa invencible".

Quienes aceptan el Proyecto se van haciendo hijos de Dios. Una visión dinámica de la maduración humana y de la filiación divina al alcance de cualquier bolsillo. No hacen falta muchas elucubraciones para asumir el proyecto divino. Ni siquiera hace falta conocerlo. Se trata de ir profundizando la sensibilidad ante la vida, la apuesta por la vida en todas sus dimensiones, la defensa de la vida. Aquí podemos encontrarnos ¡tanta gente! Por encima de credos religiosos y de credos políticos. Millones de personas a lo largo de la historia han aceptado este Proyecto y lo han realizado en mayor o menor medida. No hablamos de una especulación teórica. Al contrario, la verificación diaria de estas realizaciones lleva a su formulación teológica como afirmación más global y esperanzadora. 

Hacerse hijos de Dios significa imitar a Dios en su capacidad de crear vida, de dar amor y alegría, de suscitar esperanza y confianza entre las personas… Porque quienes mantienen la adhesión al Proyecto, esos han nacido de Dios.
 

El Proyecto se hizo hombre

"Carne" (sarx) dice el texto del prólogo. Con el doble sentido de realidad visible, palpable, verificable y de fragilidad/debilidad humana. No es puro sueño el Proyecto de Dios. Ni es tampoco una realidad para el mundo futuro. La apuesta por la vida se hace aquí, en esta tierra, con estas personas que nos rodean o que viven a miles de kilómetros. Aquel hombre, Jesús, se fue haciendo hijo de Dios a lo largo de su vida. Su comportamiento se fue pareciendo cada día más a la forma de comportarse Dios.

Los seguidores de Jesús necesitaron una reflexión enorme para digerir tantos acontecimientos como habían vivido en tan poco tiempo. Tras la muerte de Jesús, rebobinaron la película muchas veces para recuperar detalles, pararon la moviola para entender gestos y palabras que se les habían escapado, discutieron entre sí a la hora de interpretar hechos y valorar su alcance. Sencillamente, hicieron lo que hacen tantas personas que han vivido colectivamente hechos impactantes.

En ese proceso de reflexión colectiva fueron sacando sus conclusiones. Aquel hombre, Jesús, había superado todas las marcas y había batido todos los listones. No sólo en longitud y en altura sino también en una nueva dimensión de profundidad humana: su apuesta en favor de las víctimas, excluidas y marginadas por la sociedad y por la religión. 

Hasta aquí se trata de un proceso que puede ser asumido desde el agnosticismo o desde la increencia. Más aún, desde un punto de vista histórico, es muy verosímil que las cosas transcurrieran de este modo. Porque nadie pone en duda la categoría ética de Jesús de Nazaret y ese impulso de esperanza movilizadora que introdujo en la historia. Cualquier persona puede valorar la aportación que realizó el Jesús de la historia en defensa de lo que ahora llamamos los derechos humanos. 

Pero indisociablemente enlazada con este proceso de recuperación y de relectura sobre la vida de Jesús, los discípulos van madurando una reflexión teológica. Aquí es donde aparece el salto hasta la fe en toda su grandeza y en toda su fragilidad. Aquel Jesús con quien habían convivido era "El hombre que venía de Dios" (6). Era el Cristo, el Enviado. Jesús era la encarnación de Dios, la manifestación de Dios, la revelación de Dios. Realmente era EL HIJO DE DIOS con mayúscula, de una forma excepcional y definitiva. Como nadie lo había sido nunca ni nunca más se iba a dar en la historia.

La prueba definitiva de que Dios le daba la razón a Jesús es que lo había resucitado y lo había sentado a su derecha, forma simbólica de formular el respaldo y la identificación. No es baladí este tema. Jesús había muerto, entre otras causas, por blasfemia. Es decir, la imagen que difundía de Dios y la forma de relacionarse con Él eran blasfemas, según la religión oficial. Mira por dónde, el propio Dios respalda a Jesús y dice que llevaba razón: por eso lo resucita y lo constituye Hijo de Dios, Mesías y Señor nuestro. 

Nos resulta casi imposible meternos en la mentalidad de aquel primer grupo cristiano, de aquel pequeño pueblo judío y de aquella cultura tan limitada en el tiempo y en el espacio. Por eso no podemos imaginar lo que ellos hubieran formulado con nuestra mentalidad actual, abierta a todo el planeta y hasta con ciertas perspectivas cósmicas. No se trata de comparar unos líderes religiosos con otros ni su mayor o menor aportación histórica a la cultura y a la religión. Pero es forzoso admitir que las actuales comunidades creyentes necesitan encuadrar la imagen de Jesús en un contexto mundial, para hacer realmente posible un diálogo interreligioso.

En ese diálogo interreligioso, tan necesario y tan urgente, comparto la opinión de Franz Alt: "Jesús fue tanto por sí mismo que puede prescindir para siempre de todos los títulos y distinciones que la iglesia le ha concedido" (7). Y también comparto lo que formuló el teólogo Manuel Fraijó en una conferencia: Si los Santos Padres del siglo IV y V levantaran la cabeza, dirían: Pero ¡qué perezosos son estos cristianos! Siguen repitiendo rutinariamente lo mismo que nosotros dijimos hace quince siglos.

Nosotros hemos contemplado su gloria. (Jn 1,14) ¡Fascinante! Fascinante y sobrecogedor este salto de la fe. La sola formulación produce vértigo. La gloria,el resplandor de la presencia divina, ya no está sobre el santuario como en el Éxodo (40,34ss), sino que se sitúa sobre un hombre concreto, frágil y débil, expuesto a todos los avatares de la existencia y que muere en el desprestigio y en el fracaso total.

Las cosas se nos complican porque ese Hijo de Dios empieza pronto a ser entendido en términos de filosofía griega. En términos de naturaleza y de esencia. Y, ya se sabe, las esencias son permanentes y eternas, de donde pasamos a la preexistencia eterna del Verbo. Los textos bíblicos no andan por estos derroteros. Ser hijo de alguien significa parecerse al padre en la forma de comportarse. Es una realidad mucho más dinámica, menos especulativa y más pragmática. Es un proceso, es un camino donde cabemos todas y todos, y donde cada cual marcha a su paso, superando sus propias dificultades y sus desalientos. "Nos vamos haciendo hijos de Dios". Para sorpresa y tranquilidad nuestra, esta concepción bíblica combina mejor con la mentalidad y la filosofía modernas. 
 

Se cambian las tornas

A partir de esta experiencia de fe, se produce un cambio copernicano hasta en la manera misma de hacernos preguntas sobre Jesús. La cuestión no es ya afirmar que Jesús es Dios. La afirmación es mucho más osada y más desconcertante. Lo que se deduce del prólogo de Juan es que Dios se refleja en Jesús. Efectivamente, avanzamos hacia lo desconocido (Dios) a través de lo conocido (Jesús). El término cercano e inmediato es Jesús, su forma de vivir y su forma de morir. Su manera de apostar por la felicidad y por la vida. A partir de su vida tomada en su totalidad podemos barruntar lo que es Dios. Porque a la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación (Jn 1,18).

Por supuesto, es necesario dejar muy claro que Jesús no hace teorías, no especula ni construye edificios filosóficos o teológicos. Jesús vive. Entra en contacto con la realidad y se deja interpelar por ella. A partir de los hechos, reacciona a favor de la vida, defiende la vida allí donde ésta se encuentra más amenazada. Ese es el sentido profundo de su cercanía a los excluidos y marginados, a las prostitutas y a los publicanos… No sienten necesidad de médico los sanos sino los que se encuentran mal (Lc 5,31).

Desde la perspectiva de Jesús, necesita una severa revisión el Dios de la filosofía griega. No tiene nada que ver con el Dios de Jesús la imagen de un dios lejano e inaccesible, impasible e inmutable, ajeno y ausente de los avatares humanos. Resulta difícilmente conciliable con el Dios de Jesús un dios que todo lo tiene en un puño: el presente, el pasado y el futuro; para quien no hay sorpresas ni imprevistos, que tiene todo bajo control….

Jesús cuestiona también importantes aspectos del Dios del Antiguo Testamento. Es cierto que el AT nos describe un Dios cercano, apasionado y comprometido con su pueblo. Pero, junto a esta cercanía, posee también rasgos de exclusivismo y de intransigencia. Es un Dios celoso y vengativo que se compagina poco con el Dios universal del que nos habla Jesús, ese Dios vuestro Padre del cielo que hace salir su sol sobre malos y buenos y manda la lluvia sobre justo e injustos (Mt 5,45).

Jesús nos desmonta incluso la misma forma de entender la trascendencia divina. Con demasiada frecuencia la hemos entendido como la proyección hacia arriba de nuestras aspiraciones, nuestras frustraciones y nuestras carencias: saberlo todo, poderlo todo, controlarlo todo, estar por encima del bien y del mal… Desde el agnosticismo y la increencia se ha denunciado con lucidez este ídolo religioso. La tragedia de las religiones es que deshumanizan a sus adeptos. Por eso generan violencia y muerte. Para Jesús no van por ahí los tiros: La trascendencia de Dios se hace presente en la plena humanización del ser humano. El Dios de Jesús nos trasciende porque es la expresión más profunda de la humanidad, liberada de las deshumanizaciones que todos llevamos dentro.

Para mí, el dato más relevante y, sin duda, más desconcertante es que, través de Jesús, se nos manifiesta la imagen de un Dios "débil". Nunca se nos dice en los evangelios que Dios es todopoderoso. Se nos repite de mil maneras que Dios es amoroso y cercano y que su fuerza o, si preferimos, su "poder" está en el amor. Resulta desconcertante encajar esa imagen de impotencia y debilidad que va unida al dinamismo de la gratuidad absoluta. No encontramos palabras para cuadrar todos estos triángulos. Al final, el misterio de Dios sigue ahí, con todos sus interrogantes. Sólo que en Jesús tenemos un punto de referencia para no desorientar la búsqueda.
 

Historia y Teología

Ni Copérnico ni Reimarus se atrevieron a publicar las conclusiones de sus estudios. El libro de Copérnico, canónigo polaco, se publicó en 1543, un año después de su muerte. Aunque el prólogo afirma claramente que se trata de una hipótesis, el libro quedó prohibido y la doctrina fue declarada herética. Noventa años después Galileo fue sometido al juicio de la Inquisición por defender la misma teoría. Una hipótesis científica necesitó siglos para abrirse camino entre los intelectuales y mucho más tiempo hasta llegar a su aceptación universal.

Lo de Reimarus se sitúa en el campo de la investigación histórica y podemos decir que todavía no se ha abierto camino de modo generalizado. Tampoco se atrevió a publicar sus conclusiones por temor a las represalias. El libro apareció diez años después de su muerte, en 1778. Sin entrar en el contenido de sus afirmaciones y en su odio visceral hacia Jesús y el cristianismo, la palanca que puso en marcha todo el método histórico-crítico era una afirmación muy sencilla: los relatos evangélicos no son documentos históricos que reflejen los hechos y dichos de Jesús. Para echar más leña al fuego lanzó la afirmación de que se trata de narraciones ficticias y hasta falsificadas.

Las hipótesis científicas necesitan pasar por la criba de la historia para separar el trigo de la granza. Tenemos que agradecer a la tradición protestante su postura crítica ante la Biblia. A partir de ahí hemos llegado a una conclusión trabajosamente conseguida y todavía no universalmente aceptada: que la Biblia es palabra de Dios, pero también, de forma indisociable, palabra humana. Es un libro religioso, no es un libro científico ni un libro histórico. A partir de esta relativización ha sido posible superar los fanatismos y los integrismos interpretativos que nos llevaban a callejones sin salida, como el de Galileo. Ojalá que en el mundo islámico también se vaya abriendo camino una relativización equivalente del Corán que facilite la superación de los integrismos religiosos.

Pero el tema tiene sus complicaciones a la hora de comprender lo que es un relato teológico. Por ejemplo, está claro que el relato de la creación no es una narración de carácter científico y, mucho menos, de carácter histórico. Su contenido es netamente teológico y, hasta si queremos, también catequético. El relato afirma que Dios es creador del universo en un lenguaje poético, "de pintor primitivista", como dice el credo de la misa nicaragüense. Como conclusión, el autor se permite el lujo de añadir ingredientes de carácter moral como que hasta Dios respeta el día de sábado: Y bendijo Dios el día séptimo y lo consagró, porque ese día descansó Dios de toda su tarea de crear (Gn 2,3).

Los desconciertos surgen cuanto intentamos aplicar esta técnica de análisis a las narraciones del Nuevo Testamento. Permitidme una anécdota simpática. Una monja bastante puesta al día en estos temas comentó de pasada a una compañera que el magníficat no lo había dicho María. Sorpresa y escándalo de su compañera. A los pocos días tienen ocasión de desayunar con un obispo y, ya en clima de confianza, salió la pregunta que escocía por dentro. El magníficat ¿lo dijo la virgen? El obispo se encuentra entre la espada y la pared y con elegancia y agilidad mental comenta: Bueno, allí no había un periodista que tomara nota de lo que se decía. Esta anécdota pone de manifiesto ese abismo del que hablé al principio entre la fe tradicional, la del carbonero, y el análisis histórico-crítico de la Biblia.

Jesús es un personaje histórico y puede ser estudiado con los criterios históricos que se aplican a cualquier otro personaje. Se analizan las fuentes, se miran con lupa su autenticidad y su historicidad, se contrastan los diversos estratos de redacción, etc. Y se llega a conclusiones provisionales, desde luego, y con ese margen de probabilidad/certeza que suministran las ciencias históricas. La gran ventaja de estos estudios históricos es que escapan al control ideológico de la institución eclesiástica (8)

Hay otro dato importante. Jesús de Nazaret no es propiedad de la Iglesia. Ni siquiera es propiedad pro indiviso de las iglesias cristianas. Jesús es patrimonio de la humanidad y, como tal, puede ser estudiado, analizado, admirado, ignorado, seguido o rechazado como cualquier otro personaje relevante. En cualquier caso, nadie puede negar su aportación a nuestra historia colectiva, sobre todo en lo que llamamos civilización occidental. A pesar de posibles desconciertos iniciales, esas investigaciones históricas ayudan, favorecen y hacen madurar la fe de las personas creyentes.
 

El bosque encantado 

¡Qué desilusión cuando caímos en la cuenta de que los Reyes Magos no existen! ¡Y qué desamparo! El paso de la fantasía a la realidad es doloroso y desconcertante, pero necesario para la maduración humana. Sin embargo, en nuestra educación religiosa seguimos anclados con frecuencia en una mentalidad mágico-infantil. No podemos ocultar el peligro de que, al abandonar el elemento mágico/mítico, tiremos también por la borda todo el capital simbólico y todo el trasfondo de realidad que contienen esos relatos.

Respecto a los evangelios, sabemos que los autores no hacen teología especulativa o discursiva, sino teología narrativa (9). Es decir, a través de un relato transmiten amplios contenidos de fe dentro de un horizonte simbólico. Me atrevo a recomendaros que hagáis una prueba, como ejemplo. Poned en paralelo las dos anunciaciones de Lucas: a Zacarías (1,8-22) y a María (1,26-38). Comparad los rasgos de cada personaje, el entorno ambiental, la respuesta de cada uno… ¡Eso es hacer teología de la fina! Con elegancia, con una sencillez pasmosa, con una profundidad de contenido y hasta con velada ironía, Lucas deja bien claros los dos comportamientos. Por una parte, el de un sacerdote, justo delante de Dios, pero que pide una garantía, y, por otra, la respuesta de una muchacha aldeana, de la que nada se sabe y que contesta: cúmplase en mí lo que has dicho. ¡Ojalá que las catequesis actuales tuvieran esa dimensión tan asequible y tan profunda! Otro gallo nos cantaría a la hora de transmitir el mensaje de Jesús.

Esta teología narrativa se realiza con mucha frecuencia mediante relatos de anticipación. Es normal. Los autores conocen el final de la película y anticipan muchos contenidos a lo largo del acontecimiento narrado y supuestamente anterior. Esta técnica anticipatoria es familiar en el Antiguo Testamento y los evangelistas la asumen con toda naturalidad. Somos nosotros, a más de dos mil años de distancia histórica y cultural, quienes nos extrañamos de estos "artificios" literarios. Por ejemplo, anunciaciones hay muchas en el AT. En ellas se adelanta la historia futura al momento de la concepción. A la madre de Sansón se le dice: Eres estéril y no has tenido hijos. Pero concebirás y darás a luz un hijo… El niño estará consagrado a Dios desde antes de nacer. Él empezará a salvar a Israel de los filisteos (Jue 13,3-6).

Soy muy consciente de mi desestabilización interior cuando "caí en la cuenta" de que esta misma técnica anticipatoria se utiliza en los evangelios y de forma muy llamativa en los relatos de la infancia. Con enorme libertad, con gran vigor teológico y con una sencillez deslumbrante, Mateo y Lucas confeccionan catequesis que resumen condensadamente lo que va a ser la vida de Jesús. Claro, la primera tentación que uno tiene es mandarlo todo a paseo. Una sensación de que te han tomado el pelo. Después reflexionas y empiezas a descubrir los entresijos de esta técnica: los relatos no son históricos pero son verdaderos. Y no es un trabalenguas lo que digo.

La virginidad de María, el nacimiento de Jesús en Belén, la estrella y los magos, la matanza de los inocentes, la huida a Egipto… son hechos que no están constatados históricamente. En cambio, su significado teológico es luminoso y anticipativo: María siempre virgen es la madre siempre fiel, frente a la infidelidad del antiguo Israel que se iba con otros dioses (baales/maridos). Jesús es el heredero que recoge y realiza todas las esperanzas de Israel, por eso "nace" en Belén. La estrella de la fe no se ve en Jerusalén, símbolo del poder político y religioso que rechaza a Jesús-Mesías; pero es percibida y seguida por los paganos/los magos. Jesús es el nuevo Moisés y recorre el mismo camino que aquel personaje: la estancia en Egipto, la matanza de los primogénitos…

Nuestra tarea como creyentes es descubrir y analizar el trasfondo teológico de estos relatos. A medida que se profundiza en los contenidos, se va relativizando cada vez más su posible historicidad. Porque existe un peligro nada desdeñable: si se insiste en la historicidad como componente fundamental, habrá personas que tendrán dificultades insalvables para aceptar el mensaje. Y sería muy lamentable que un elemento secundario se llevara por la borda los elementos esenciales. 
 

Señales y prodigios

También yo me hago esa pregunta: Y de los milagros, ¿qué? La tradición oficial ha terminado por aceptar la vertiente menos cristiana de los "milagros". Se identifican con lo maravilloso y extraordinario de carácter físico. Y así lo define la Real Academia: "Hecho no explicable por las leyes naturales y que se atribuye a intervención sobrenatural de origen divino". Según esta concepción, Dios, desde fuera y desde arriba, actúa sobre las leyes naturales para suspenderlas o cambiarlas cuando lo cree conveniente. Y, desde luego, está en consonancia con el juridicismo romano que necesita la verificación para tener certezas sobrenaturales a la hora de las canonizaciones (sin comentarios).

La tendencia desorbitada es potenciar el maravillosismo milagrero y los favores concedidos por intercesión de tal o cual santa o santo. Posiblemente se trata de una necesidad humana bastante generalizada. Personalmente, me resulta chirriante pensar que Dios "se entretiene" en sanar una enfermedad "incurable" de la piel, saltándose las leyes naturales y que, en cambio, deje funcionar con normalidad esas leyes, aun a costa de miles de muertos en un terremoto…

Jesús lo tenía claro: Dios actúa de otra forma. Actúa desde dentro y desde abajo. Desde dentro, dinamizando las mejores potencialidades de nuestro ser para que consigamos la madurez humana, la filiación divina. Y desde abajo, buscando la liberación/sanación de las personas excluidas y marginadas. Por eso, "milagro", "prodigio" (teras) aparece sólo tres veces en los evangelios, mientras que "signo", "señal" (semeion) se utiliza 48 veces. Este vocabulario nos pone en la pista de que las señales o prodigios realizados por Jesús no pueden utilizarse como pruebas apologéticas sino como confirmaciones de fe.

Parece bastante aceptado, desde el punto de vista histórico, que Jesús fue un gran "sanador". Al contacto con Jesús, las personas recobraban la confianza y la seguridad en sí mismas. Los sinópticos usan al menos siete veces la fórmula Tu fe te ha salvado (Mt 9,22…). Esta expresión puede traducirse igualmente por esta otra: Tu confianza te ha curado. Es notable la apreciación de F. Alt: "El gran descubrimiento de Jesús fue éste: los hombres enferman por el miedo, pero se curan por la confianza" (10). Nadie cuestionó la realidad de las sanaciones realizadas por Jesús, aunque se hicieran diferentes lecturas sobre el mismo hecho: la fuerza de Dios, el diablo o la magia. 

Un dato importante es que los sucesos maravillosos narrados en los evangelios son comunes a la cultura de la época (11). Cada una de estas sanaciones iba siendo progresivamente magnificada y amplificada a través de la transmisión oral. Las noticias corrían de boca en boca con todo el colorido que le añadía la imaginación popular. Los especialistas reconocen que es casi imposible identificar los sucesivos estratos narrativos para llegar al núcleo primero. Pero afirman que tuvo que existir un punto de partida ciertamente histórico sobre el que se basa la gran riqueza de narraciones posteriores… No se llega a más.

Respecto a los milagros de carácter físico, me inclino a pesar que Jesús no realizó actuaciones de este tipo. Los contextos tienen siempre un marcado contenido simbólico. Remito a estudios que analizan las claves de lectura y los criterios de interpretación de los textos bíblicos, porque con demasiada frecuencia leemos los evangelios desde nuestra cultura y llegamos a conclusiones que nada tienen que ver con el significado del pasaje (12)

Tradicionalmente se nos encomiaba el poder de Jesús que se ponía de manifiesto en los milagros. A través de ese poder quedaba probada su divinidad de forma incontrovertible. No me identifico con esa prueba ni con ese Jesús poderoso. Lo que más admiro en Jesús es su experiencia tan asimilada de Dios como Padre y su sencilla y comprometedora consecuencia de que vosotros todos sois hermanos (Mt 23,8). Estas no son "zapatillas teológicas" para andar por casa, sino anchurosa autopista por donde puede circular placentera y holgadamente todo la familia humana.
 

Termino…

He disfrutado mucho escribiendo estas páginas. He tenido momentos de intensa alegría y de serena emoción. También he pasado por etapas de perplejidad y de bloqueo, con ganas de abandonar. Lo he dejado dormir y he vuelto a la carga. Necesitaba formular lo que llevo por dentro, aunque es imposible desmenuzarlo todo. A lo largo de mi vida, la imagen de Jesús se me ha ido haciendo más cercana y más normal, más compañera de penas y fatigas. Una persona limitada por su entorno social, su cultura y hasta sus tradiciones religiosas. Enraizado en su mundo, condicionado y potenciado por él. Ahora lo valoro mucho más que antes, cuando lo veía deshumanizado y atemporal.

Seguimos atisbando a Jesús por las rendijas de la historia. Con los datos de que disponemos, podemos decir que Jesús de Nazaret llamó la atención, sorprendió, interesó, desconcertó, despertó esperanzas, desestabilizó, ilusionó, irritó, fascinó, exasperó, sembró alegría y ganas de vivir, entusiasmó… Sacó a flote lo mejor que hay en el ser humano: la generosidad, el amor, la compasión… y quizá también lo peor que llevamos dentro: la envidia, el odio, la crueldad… Como expresa Lucas en uno de sus relatos anticipatorios, éste está puesto para que en Israel unos caigan y otros se levanten, y como bandera discutida… Así quedarán al descubierto las ideas de muchos (Lc 2,34-35).

Tanto sus seguidores como sus perseguidores llegaron a la misma conclusión: con la muerte de Jesús todo había terminado… Los dos grupos se equivocaron. A lo largo de la historia, incontable número de personas han tenido en Jesús, el Cristo, su consuelo, su esperanza y su fortaleza. También han surgido fanáticos seguidores y fanáticos detractores. Unos y otros han contribuido a deformar la imagen de Jesús. Las aguas de la historia se van reposando y, en beneficio universal, podemos ir viendo con más claridad y objetividad aquel rostro desdibujado. La búsqueda y la curiosidad se abren sin límites.

Termino con unas palabras de alguien con muchísima más enjundia que yo: Albert Schweitzer, magnífico historiador, teólogo y hasta excelente intérprete de Bach. En un momento de su vida se sintió insatisfecho del estudio especulativo sobre Jesús y pensó que el seguimiento era algo más. Renunció a su cátedra de teología, estudió medicina tropical y en 1913 fundó un hospital que todavía existe en Lambaréné (actual Gabón), donde estuvo atendiendo enfermos hasta su muerte en 1965. Premio Nobel de la Paz en 1952. 

Schweitzer escribía en 1906: "En la investigación sobre la vida de Jesús ha tenido lugar un hecho llamativo. Se puso en marcha con el fin de encontrar al Jesús histórico y creyó que, una vez encontrado, podría situarlo en nuestro tiempo tal como fue, como Maestro y Salvador. Desató las ataduras con las que estaba amarrado desde siglos a la doctrina de la iglesia y se alegró cuando su figura volvió a adquirir vida y movimiento, y vio que el hombre histórico Jesús se le acercaba. Pero no se detuvo, sino que pasó de largo por nuestra época y volvió a la suya... Como un desconocido e innominado se acerca hoy a nosotros, del mismo modo que un día se presentó junto a la orilla del mar a aquellos hombres que no sabían quién era. Y dice las mismas palabras: Tú sígueme" (13)


NOTAS

1. Cito de forma preferente libros de Ediciones El Almendro por tres razones: 1) están escritos por autores de gran calidad, 2) utilizan un estilo sencillo al alcance de una cultura media, 3) son libros breves y económicos.

2. Juan Mateos-Fernando Camacho: El horizonte humano. La propuesta de Jesús. El Almendro, Córdoba, 1988; p. 122: "Puede decirse que la tendencia primitiva era atribuir a la acción divina todo lo que sucede al hombre y en el mundo; se hacía una teologización de la historia (lenguaje arcaico)."

3. J. Mateos-F. Camacho: El Hijo del hombre. Hacia la plenitud humana. El Almendro, Córdoba 1995; p. 2 ss.

4. J. Mateos-J. Barreto: El Evangelio de Juan. Análisis lingüístico y comentario exegético. Cristiandad, Madrid, 1979.

5. J. Mateos-J. Barreto: Juan. Texto y comentario. El Almendro, Córdoba, 2002; p. 21.

6. Así titula J. Moingt una de las cristologías más sugerentes y esclarecedoras que conozco: El hombre que venía de Dios. 2 tomos. Desclée De Brouwer, Bilbao, 1995.

7. F. Alt: Jesús, el primer hombre nuevo. El Almendro, Córdoba, 1993; p. 43. Me permito recomendar este libro de un periodista alemán por su estilo directo, su desenfado, su sensibilidad hacia la mujer y su agudeza de análisis, generalmente bien documentado. Vaya otra cita como ejemplo: "Jesús fue 'hijo de Dios' lo mismo que usted, querida lectora, es hija de Dios, y usted, querido lector, es hijo de Dios". (p. 42) 

8. A. Pragrasam: La búsqueda del Jesús histórico en los estudios contemporáneos. (Las siete imágenes del Jesús histórico). (Resumen del artículo en Selecciones de Teología, núm. 154, junio 2000; pp. 109-115.) Santiago Guijarro: El Jesús histórico. Curso por internet con bibliografía y numerosos enlaces temáticos: http://Jesús.upsa.es 

9. M. Coleridge: Nueva lectura de la Infancia de Jesús. La narrativa como cristología en Lucas 1-2. El Almendro, Córdoba 2000. 

10. F. Alt: Ob. Cit. p. 12.

11. H. Clark Kee: Medicina, milagro y magia en tiempos del Nuevo Testamento. El Almendro, Córdoba, 1992. El autor suministra abundante información bíblica y extrabíblica para situarse en ese contexto cultural y social que nos resulta tan lejano.

12. J. Mateos-F. Camacho: Evangelio, figuras y símbolos. El Almendro, Córdoba 1989.- A. Maggi: Cómo leer el Evangelio y no perder la fe. El Almendro, Córdoba 1999.- Tomo II: Galería de personajes del Evangelio. Ibid. 2003.

13. A. Schweitzer: El secreto histórico de la vida de Jesús. Leviatán, Buenos Aires, 1990. Ver J. I. González. Faus: La humanidad nueva. Ensayo de cristología. Sal Térrea, Santander, 1984, p. 21.- J. Lois: Estado actual de la investigación histórica sobre Jesús. Revista Electrónica Latinoamericana de Teología (RELaT 245).