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La utopía secuestrada

JOSÉ M. CASTILLO
 

  Si estamos convencidos de que "otro mundo es posible" y si es que efectivamente queremos que ese "otro mundo" sea una realidad, lo primero y lo más indispensable que necesitamos es recuperar la conciencia utópica. Porque, como acertadamente dijo Max Horkheimer, la utopía representa, por una parte, la crítica de lo existente; por otra parte, la propuesta de lo que debería existir (1). Ahora bien, si no criticamos el mundo que tenemos, ni hacemos propuestas sobre el mundo que debería existir, es decir, si lo que rige nuestras vidas y nuestros proyectos no es la "razón utópica", ese estado de espíritu, esa forma de pensar y de sentir, vendría a poner en evidencia que nos va bien como estamos, o sea, nos encontramos satisfechos en el presente "orden" que nos han impuesto y que hemos aceptado gustosamente. Por otra parte y como es lógico, de gente satisfecha con lo que tiene no se puede esperar cambio alguno. Los "satisfechos" defenderán con uñas y dientes que otro mundo no es posible o, dicho de otra manera, los "satisfechos" defenderán siempre que el mejor mundo posible es el que estamos disfrutando ahora mismo. 

Sin duda alguna, lo más peligroso que está ocurriendo, para todos nosotros, en este momento es que los ·satisfechos" tenemos poder y medios para imponer en la "aldea global" en que vivimos lo que con toda razón se ha calificado de "ingenuidad utópica" (Franz Hinkelammert). La ingenuidad que consiste en asumir para nosotros e imponer a los demás la utopía de "una sociedad que no produzca más utopías" (2). Y eso, por desgracia, es lo que ya hemos alcanzado. Casi nadie piensa ya en utopías. Porque a casi todos nos han metido en la cabeza y casi todos hemos asimilado en la sangre misma de nuestras ideas más queridas que la economía de mercado es la única economía para la cual no existe alternativa (3). Pero, como es lógico, entre gentes que piensan y viven así, hablar de la utopía es hablar de una auténtica extravagancia. La utopía se ha visto así desplazada a lo marginal, a lo excluido, a lo extravagante. Es evidente que en tales condiciones hablar en serio de la posibilidad de "otro mundo" es tarea más que difícil, prácticamente imposible. ¿Por qué se ha producido esta situación? ¿tiene esto alguna salida?
 

El fracaso de las utopías

Karl R. Popper escribió en 1947, dos años después de acabar la segunda guerra mundial: "Considero a lo que llamo utopismo una teoría atrayente, y hasta enormemente atrayente, pero también la considero peligrosa y perniciosa. Creo que es autofrustrante y que conduce a la violencia" (4). No me interesa discutir aquí las razones de fondo que llevaron a Popper a tomar una postura tan decididamente contraria a la utopía. En cualquier caso, es evidente que cuando Popper escribió eso tenía sus razones para decirlo. La utopía del comunismo, tal como se desarrolló en la Unión Soviética, y la utopía nietzscheana sin esperanzas, desarrollada por el nazismo, habían causado muchos millones de víctimas inocentes. Lo que Popper no podía prever en 1947 es que La sociedad abierta, que él proponía como ideal, se iba a desarrollar (de hecho) en la forma neoliberal del mercado total generando más autofrustración y más violencia que el comunismo de Stalin y que el nazismo de Hitler. Hoy sabemos, en efecto, que el capitalismo neoliberal, debido a la creciente concentración de riqueza que produce el mercado total, está causando más de setenta mil muertos cada veinticuatro horas por causa del hambre, la desnutrición y las pandemias consiguientes, según los Informes sobre desarrollo humano que cada año publica la ONU. Ni Stalin ni Hitler, con toda su barbarie, alcanzaron tales niveles de brutalidad y de violencia.

Sin duda alguna, las tres grandes utopías del siglo XX nos prometieron un mundo mejor. Pero la experiencia histórica nos ha enseñado que esas tres utopías han tenido como resultado el siglo más violento y más frustrante de toda la historia de la humanidad. Entre otras razones, porque esas tres utopías no han permitido la más mínima crítica del proyecto que cada una de ellas nos ha ofrecido. El hecho es que esas tres grandes utopías han terminado siento, de facto, tres agentes de violencia que han sobrepasado los límites de lo inimaginable. 

¿Por qué ha ocurrido esto? En primer lugar, porque ninguna de las tres utopías mencionadas han sido propiamente utopías, si es que nos atenemos al significado que normalmente se le suele dar a la palabra utopía. Porque un elemento constitutivo de la utopía, como ya he indicado, es la crítica de lo existente. Pero ni el comunismo stalinista, ni el nazismo hitleriano, ni el capitalismo neoliberal de libre mercado han permitido una crítica radical de tales sistemas. Esto es evidente en los casos del comunismo stalinista y del nazismo hitleriano porque fueron sistemas totalitarios. Sin embargo, la cosa no parece tan evidente cuando hablamos del capitalismo neoliberal. Porque, a primera vista al menos, el sistema capitalista es el sistema de las libertades, de la democracia, del respeto y la tolerancia. Sin embargo, es un hecho que el marco categorial del pensamiento neoliberal se nos ha presentado siempre de una manera "polarizada", es decir, el mercado perfecto es un polo, mientras que en el polo opuesto se sitúa el caos (5). Como es lógico, esta polarización entre "perfección" y "caos" desemboca en una situación en la que quien no está con el mercado se hunde en la miseria. O sea, el sistema neoliberal descalifica radicalmente a quienes no se identifican con él hasta el extremo de considerarlos sujetos extremadamente peligrosos, gente que nos lleva al caos, lo que es tanto como decir la perdición, la ruina total. Ahora bien, esto quiere decir que el capitalismo neoliberal, con la apariencia de ser un sistema de libertades, en realidad tolera solamente la libertad de aquellos que no cuestionan el sistema capitalista. Es decir, el sistema capitalista permite la libertad de aquellos que aceptan tal sistema. A los demás, los condena sin remedio a las tinieblas exteriores. Lo cual quiere decir que el capitalismo, al igual que el comunismo stalinista o el nazismo hitleriano, es un sistema que tolera toda clase de agresiones, menos lo que represente una agresión en serio al propio sistema. En este sentido es también un sistema sin libertad, puesto que permite la libertad solamente dentro de los límites que marca el propio sistema y de acuerdo con los intereses del propio sistema. 

Pero en el fracaso de las utopías del siglo XX hay algo que resulta más significativo. El problema más fuerte, que han presentado las tres grandes utopías mencionadas, no es que hayan sido incapaces de hacer la crítica de lo existente. Lo peor de todo es que, a la vista de los fracasos y frustraciones que nos han acarreado, tampoco han sido capaces de ofrecer la propuesta de lo que debería existir. Todo lo contrario, el comunismo stalinista, primero, el nazismo hitleriano, después, y el capitalismo de libre mercado, finalmente, precisamente porque no han sido capaces de hacer la crítica de lo que nos han aportado, por eso tampoco han podido proponer lo que nos puede sacar de este mundo desquiciado y "desbocado" (6). Por eso el siglo XX ha sido el siglo de la crisis del pensamiento utópico, siendo esta crisis uno de los signos que han configurado la llamada postmodernidad(7). Se acabaron las grandes palabras: para la gran mayoría de la gente ya no tienen sentido ni los grandes proyectos ni los ideales sublimes. Y nos tenemos que resignar al "pensamiento débil" que entraña, entre otras cosas, el convencimiento de que nuestra vida en la historia humana no tiene ningún sentido liberador, según las conocidas ideas de Vattimo y Lyotard (8). Al final del siglo XX y comienzos del XXI, hemos tocado fondo en el oscuro camino de la desesperanza y, para muchos, en la tragedia de la desesperación. Así están las cosas, creo yo, en este momento, si exceptuamos los movimientos alternativos que afortunadamente no han muerto y que representan la esperanza que nos queda.
 

Utopía y esperanza

Una sociedad en la que no pueden nacer y fomentarse las utopías es una sociedad en la que la esperanza histórica se ve reducida a la limitada aspiración que consiste en mantener lo que se tiene. En pocas palabras, una sociedad sin utopía es una sociedad sin esperanza. Y, por tanto, es una sociedad en la que algunos ,los privilegiados, centran sus aspiraciones en no perder lo que tienen, mientras que la gran mayoría, los marginados y excluidos, no pasan del desesperado deseo de supervivencia, expresión mínima del instinto de conservación. 

Este juicio de lo que ocurre en nuestra sociedad globalizada es, sin duda, un juicio duro, quizá demasiado negativo, en todo caso, pesimista. Pero, por más desagradable que resulte, es necesario plantear así las cosas y ver así lo que está ocurriendo. Las utopías han sido el motor de la historia. Si en la historia de la humanidad ha habido cambios y la gente ha alimentado esperanzas, eso se ha debido a que hubo personas o grupos humanos influyentes que no se conformaron con lo que tenían y, en consecuencia, quisieron que la sociedad y la vida de la gente fuera distinta y, en cualquier caso, mejor, más digna, más segura y más esperanzada. Eso hoy es bastante problemático, por no decir prácticamente imposible, al menos de momento y a corto plazo. ¿Por qué?

Cuando, hace más de cuarenta años Leszek Kolakowski publicó El hombre sin alternativa(9), había ya quienes pensaban que, no sólo para la economía stalinista, sino igualmente para las relaciones capitalistas de producción, no hay alternativa. Porque el capitalismo es el sistema más eficiente, en cuanto que produce las tasas de crecimiento económico más altas que se han inventado hasta este momento. Y, efectivamente, el crecimiento económico que se ha producido en los últimos cuarenta años ha dado la razón a quienes pensaban así ya en la década de los 60 del s. XX. De lo cual se han sacado dos consecuencias: 1) la economía de mercado es la única economía para la cual no hay alternativa; 2) la eficacia del mercado se ha erigido en criterio supremo de valores (10). Lo cual significa que lo más eficaz para el mercado ha terminado por ser considerado como lo mejor para el ser humano. En consecuencia, la eficacia económica se ha convertido, para mucha gente, en principio determinante del comportamiento ético. De hecho, muchos empresarios y economistas de los países ricos están convencidos de que la miseria de los países pobres se explica porque los políticos y los empresarios de esos pobres son unos corruptos. O sea, hay mal comportamiento ético donde la economía de mercado funciona mal, en tanto que los buenos son aquellos que prosperan económicamente. El criterio de la eficacia económica se ha erigido, a juicio de los "satisfechos", en criterio de moralidad. 

No hay que calentarse mucho la cabeza para comprender que, en la medida en que esta consecuencia refleja algo que realmente está ocurriendo, en esa misma medida podemos asegurar que estamos viviendo en una cultura desquiciada y en una situación sumamente peligrosa. Porque, entre otras cosas, todo esto nos ha llevado a vivir satisfechos en una sociedad en la que el desarrollo económico, es decir, la producción de bienes privados, ha resultado ser más importante y más eficaz que el desarrollo social, esto es, la producción de bienes públicos. Con lo cual hemos organizado una sociedad en la que los satisfechos (que son la minoría) viven cada día más satisfechos y sin querer que nada cambie, mientras que los insatisfechos (que son la gran mayoría) viven resignados a sobrevivir y sin poder aspirar a cambios que modifiquen sustancialmente sus expectativas de futuro. 

¿Cómo se explica que esto esté sucediendo y que la enorme mayoría de los insatisfechos no se rebele contra la minoría de los que mejor viven? O dicho de manera más directa, ¿qué explicación tiene que, estando las cosas como están, no surjan utopías realizables a corto y medio plazo? Mucha gente ha leído, en los tres últimos años, el libro de la joven y brillante escritora Naomi Klein, No logo, el poder de las marcas (Toronto, 2000). La hipótesis que plantea N. Klein es que "a medida que los secretos que yacen detrás de la red mundial de las marcas (comerciales) sean conocidos por una cantidad cada vez mayor de personas, su exasperación provocará la gran conmoción política del futuro, que consistirá en una vasta ola de rechazo frontal a las empresas transnacionales y especialmente a aquellas cuyas marcas son más conocidas" (11). O sea, la idea de esta autora es que no se buscan alternativas porque no se conoce lo que realmente está pasando. En otras palabras, lo que hay en juego es un problema de información. En eso estamos de acuerdo. Pero, ¿es eso solamente lo que explica la apatía de unos y la resignación de otros? ¿es únicamente la ignorancia lo que da razón de la ausencia de utopía?

Conocemos un hecho que está bien comprobado por la experiencia: la oferta de satisfacción inmediata, que presenta el mercado neoliberal, ha demostrado ser mucho más fuerte y determinante, para el común de los mortales, que las ofertas que hacen los movimientos sociales y las religiones (12). Por esto se explica que haya muchas personas que se saben de memoria las manipulaciones del mercado, que no están de acuerdo con semejantes atrocidades, y sin embargo se sienten satisfechos en este modelo de economía y de sociedad y no quieren que cambien las cosas. Porque, en la vida del común de los mortales, es más decisiva la satisfacción de las necesidades que la coherencia de las ideas. Seguramente, esto es lo que da de sí el ser humano. Por supuesto, desde el punto de vista de la reflexión teórica, no estamos de acuerdo con eso. Pero la experiencia nos enseña que eso es lo que hace la mayoría de la gente en su vida cotidiana. Porque lo primero y lo más fuerte que todos experimentamos, cuando venimos a este mundo, son necesidades. Luego, con el paso del tiempo, aprendemos empezamos a tener ideas. Por eso, normalmente, las necesidades son más determinantes que las ideas. Y por eso también ocurre con tanta frecuencia la disociación que tantas veces se da entre lo que pensamos y lo que hacemos. Por supuesto, al decir estas cosas, no hablo de la vida de los héroes. Pero ocurre que, en este mundo, los héroes suelen ser una minoría muy escasa. 
 

¿Cómo recuperar la utopía?

La experiencia nos viene enseñando, desde hace más de cincuenta años, que existe una profunda conexión entre mentalidad conservadora, por una parte, mentalidad capitalista, por otra parte, y mentalidad anti-utópica, en tercer lugar. Uno de los autores que mejor ha expresado esta conexión ha sido David Stockman en su libro El triunfo de la política (1986). Estas tres mentalidades, enlazadas entre sí, conforman las bases del pensamiento dominante en este momento. Una forma de pensar que el mismo Stockman resumió perfectamente cuando describió así una de sus experiencias más elocuentes: 

"... con qué temor me encontraba en el hall del edificio de la ONU,
aquel bastión de los defensores de la distensión, de los comunistas
y de los herejes izquierdistas. Temblaba pensando en la ira de Dios
sobre mi estancia en ese mercado de la maldad..." (13).

Es verdad que esta forma de pensar es extrema porque está en el límite de lo real, por no decir que está más allá de cualquier forma de la realidad que se pueda constatar. Pero lo grave del asunto está en que esta forma de pensar es la que comparten no pocos de los magnates del gran capital mundial y los gestores de la política más violenta en el momento histórico que estamos viviendo. Por otra parte - y esto es decisivo - esta forma de pensamiento se alimenta, en gran medida, de la religión. Lo cual es comprensible. Un pensamiento tan agresivo y brutal necesita una debida "legitimación" para justificarse ante la opinión pública. Pero semejante "legitimación" sólo puede ser proporcionada por la religión. De ahí la implicación decisiva que están teniendo ahora mismo las religiones en la violencia mundial, incluida la violencia terrorista. Por eso, entre otras razones, las grandes instituciones religiosas ya no son inspiradoras de utopías, sino fuerzas que ayudan poderosamente a sostener el sistema establecido. 

Ahora bien, esto quiere decir dos cosas: 1) Mientras las religiones sigan integradas en el sistema (económico y político), no será posible recuperar la utopía. 2) Las religiones seguirán integradas en el sistema, y seguirán "legitimando" este sistema violento y hasta criminal, mientras el sistema siga aportando medios económicos, legales y políticos para que las religiones sostengan a su personal, sus templos, su culto y, por supuesto, para que las religiones continúen fomentando una moralidad pública y privada que apoya la violencia, se calla ante las agresiones a los derechos humanos y justifica semejante comportamiento con el pretexto de sus condenas contra el sexo, el aborto o la defensa de la educación religiosa que cada confesión fomenta para catequizar a sus adeptos. 


Notas

1. M. Horkheimer, La Utopía, en A. Neusüss, Utopía, Barcelona, Barral, 1971, 97.

2. F. Hinkelammert, Crítica de la razón utópica, Bilbao, Desclée, 2002, 10.

3. F. Hinkelammert, o.c., 261.

4. K. Popper, Utopía y violencia, en A. Neusüss, o. c., 133.

5. F. Hinkelammert, o. c., 135.

6. A. Giddens, Un mundo desbocado. Los efectos de la globalización en nuestras vidas, Madrid, Taurus, 2000.

7. J. A. Pérez Tapias, Filosofía y crítica de la cultura, Madrid, Trotta, 1995, 102.

8. Cf. J. A. Pérez Tapias, o. c., 114-117.

9. L. Kolakowski, Der Mensch ohne Alternative, München, Piper, 1960.

10. F. Hinkelammert, o. c., 260-261.

11. N. Klein, No logo, Barcelona, Paidós, 2001, 24.

12. Cf. Susan George, Le rapport Lugano, Paris, Fayard, 2000, 17.

13. Der Spiegel, nº 17 (1986) p. 177. Citado por F. Hinkelammert, o. c., 282.