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Derecho a la igualdad en una sociedad plural

Conferencia pronunciada en el Parlamento Europeo
Bruselas, 8.XII.04

JOSÉ M. CASTILLO
 

 
1. El problema

El proyecto de La Constitución Europea establece en el artículo 2 del Título primero, los valores que deben regir en la convivencia de los ciudadanos. Entre estos valores, se establece como uno de los más fundamentales el de la igualdad. Y el texto constitucional afirma que esta igualdad tiene que realizarse en una sociedad caracterizada por el pluralismo. Esto supuesto, una pregunta fundamental, que los ciudadanos de la Unión nos hacemos, es ésta: ¿En qué condiciones es posible llevar a la práctica el derecho a la "igualdad" en una sociedad "caracterizada por el pluralismo"? (art. I-2). Esta pregunta equivale a la siguiente: ¿es posible armonizar la igualdad de derechos de los ciudadanos con el pluralismo de creencias, concretamente las creencias religiosas? (Cf. II, 20, 21 y 22). Como es lógico, esta pregunta se hace teniendo presente que el pluralismo de creencias y de valores es un hecho sociológico, en tanto que la igualdad es un derecho fundamental de los ciudadanos.
 

2. La tesis

Planteado el problema en estos términos, la única respuesta que, en principio, parece razonable es la siguiente: la conditio sine qua non para que la igualdad sea posible, en una sociedad plural, es que los poderes constitutivos del Estado de Derecho no privilegien a ninguna confesión religiosa sobre las demás. Porque únicamente en una sociedad en la que nadie es privilegiado será posible la "no discriminación" (art. I-2). Es evidente que, desde el momento en que una confesión religiosa es privilegiada legalmente (o se da pie para que lo sea), los adeptos a esa confesión gozan de unos privilegios que rompen la igualdad de derechos con los demás ciudadanos. Como es lógico, si se privilegia legalmente o económicamente a la Iglesia católica, pongamos por ejemplo, inevitablemente los no católicos quedan en inferioridad de condiciones. Es decir, se establece un principio de desigualdad que es anticonstitucional. Esta tesis, por tanto, quiere decir que toda ley o toda decisión económica que tenga como consecuencia favorecer los intereses legales, económicos, docentes o de cualquier clase de una determinada institución religiosa, anteponiendo esos intereses a los de las demás confesiones religiosas, introduce en la convivencia de los ciudadanos de la Unión un principio de discriminación que rompe la igualdad de todos. Pensemos que en los países de la Unión se obligase, por decreto ley, a las mujeres a vestirse de una manera determinada; o que se prohibiera el trabajo los sábados; o que se castigase legalmente a los homosexuales, en estos y en tantos otros casos, en los que los criterios y normas religiosas se convirtieran en normas civiles, es evidente que eso supondría un principio de discriminación que haría extremadamente difícil la convivencia ciudadana en la sociedad plural que, de hecho, es la Unión Europea.
 

3. La dificultad

A primera vista, este problema parce resuelto en la Unión. Porque, como sabemos, la Constitución Europea establece con claridad y firmeza la igualdad de derechos y, por tanto, es evidente que, desde el punto de vista constitucional, la Unión no privilegia a ninguna confesión religiosa sobre las demás confesiones que, de hecho, cuentan con seguidores en Europa. Pero lo que acabo de decir es verdad solamente si la situación se analiza a primera vista, es decir, de manera superficial. Porque, como sabe todo el mundo, la religión cristiana ha sido en Europa, durante siglos, no sólo la religión privilegiada, sino sobre todo la religión única y, en gran medida, se puede decir que ha sido también la religión oficial. Lo que es cierto hasta el punto de que el cristianismo ha sido uno de los pilares constitutivos de la cultura occidental. Más aún, esta religión única y, en buena medida, oficial sigue teniendo su centro organizativo y administrativo en Europa. Y desde Europa ha sido exportada a otros continentes. Con un agravante: la vinculación entre religión y política ha sido tan fuerte que las verdades (llamadas "absolutas") y los poderes (considerados como "sobrenaturales") de esta religión se han utilizado para justificar, con argumentos presuntamente serios, el llamado "derecho natural". Con lo que se ha pretendido demostrar que todos los pueblos y culturas, que no han coincidido o no se adecuan al pensamiento y a las forma de conducta de los ciudadanos de Europa, han vivido o viven de una manera anti-natural. O lo que es lo mismo en estado de perversión, cosa que ha merecido, durante siglos, y sigue mereciendo (en el pensamiento de no pocos europeos) el rechazo y el desprecio. De esta manera, la religión condena "a las tinieblas exteriores" a todos los que no se ajustan a sus normas morales. Y el resultado es inevitablemente la desigualdad. Tal es el caso, por ejemplo, de los homosexuales, según la normativa de la Iglesia católica, o el caso de las mujeres, de acuerdo con los principios que emanan de la normativa islámica.

Pero hay más. Porque las verdades de la religión cristiana y sus normas han sido utilizadas por los europeos para legitimar la colonización, la dominación y el imperialismo de las potencias europeas (de tiempos pasados) y de la cultura occidental (el llamado "eurocentrismo") sobre el resto del mundo. Como es lógico, una historia que ha estado marcada de manera tan profunda y con consecuencias tan graves no se puede borrar por la fuerza de unas normas constitucionales, por mucho consenso parlamentario que obtengan en este momento. Porque, al hablar de todo este asunto, estamos ante una cultura de siglos, asumida e integrada en la sangre misma de las ideas más queridas por millones de ciudadanos de la Unión. En este sentido, parece lógico afirmar que el Parlamento Europeo debe vigilar cuidadosamente para que las verdades y las normas religiosas, que vienen dictando las iglesias cristianas desde hace siglos, no tengan ningún tratamiento de preferencia en la Unión. Los europeos no deberíamos olvidar nunca que tenemos asimiladas las enseñanzas y las normas de nuestra vieja tradición cristiana como algo enteramente lógico y natural, cosa que no es así para los millones de personas que conviven en Europa y que proceden de tradiciones culturales y religiosas que poco o nada tienen que ver con el cristianismo. 

Ahora bien, esta historia está ahí. No la podemos borrar. Y además esta historia sigue marcando a Europa, no obstante la Ilustración y todo lo que ha supuesto la modernidad e incluso la reciente posmodernidad. Lo que inevitablemente obliga a replantear la pregunta: ¿se dan ahora mismo en la Unión Europea las condiciones indispensables para que resulte efectivo y real el principio de "no discriminación" de los ciudadanos por motivos religiosos? 
 

4. La complicada situación de los países católicos

Para nadie es un secreto que este problema se agrava en el caso de los países en los que el catolicismo tiene una implantación histórica y sociológica más fuerte. Tal es el caso, entre otros, de Francia, Italia y España, por más que existan notables diferencias entre estos tres países. No olvidemos que, cuando se trata del catolicismo, la pertenencia a una Iglesia multinacional obliga a los católicos a profesar fe y obediencia a una instancia que se escapa al control de los Estados. Porque, aparte de su carácter multinacional, cuando hablamos de la Iglesia católica, estamos hablando, no sólo de una religión, sino además de un Estado. Un Estado que tiene sus embajadores (los Nuncios), sus relaciones diplomáticas internacionales, y que, si se me permite la expresión, tiene la ventaja de que puede jugar, en el gran juego de la política, con dos barajas: la baraja que usa las cartas marcadas por la ley (concordatos, acuerdos, pactos internacionales...) Y la baraja que usa las cartas marcadas por la conciencia, es decir, se sirve (como lo hacen otras religiones) de la presión de los sentimientos de culpa sobre las conciencias de muchos ciudadanos. Lo cual es "jugar con ventaja". Porque, cuando los obispos ven que les conviene, utilizan los procedimientos propios de la diplomacia y los derechos que se derivan de los acuerdos de Estado. Y cuando consideran que es más eficaz actuar como pastores de almas, sacan a relucir los argumentos y el lenguaje que se deriva del Evangelio. 
 

5. Pecados y delitos

En lo que acabo de decir, encontramos una técnica muy antigua que, aparte de su falta de claridad, precisión y transparencia, entraña un peligro serio. El peligro que consiste en la pretensión de convertir las convicciones religiosas de un grupo en leyes civiles obligatorias para todos. Lo que es lo mismo que utilizar las prohibiciones divinas, cuyas violaciones se definen como pecados, para convertirlas en leyes humanas, que cuando no se cumplen se consideran delitos. Cuando se hace o se pretende esto, en realidad, lo que sucede es que se produce un asombroso retroceso de más de quince siglos. Porque volvemos a lo tiempos del papa Gelasio, que, el año 495, escribía al emperador Anastasio: "Existen dos realidades mediante las que principalmente se rige este mundo: la autoridad sagrada de los pontífices y la potestad real" (Duo quippe sunt quibus principaliter mundus hic regitur: auctoriras sacra pontificuam et regalis potestas. PL 59, 108-109). Lo mismo que, con otras plabras, se afirma en las Novellae de Justiniano: "Los dones supremos de Dios, dados a los hombres por la suprema clemencia son el Sacerdocio y el Imperio". Y ambos proceden de un solo e idéntico principio (Maxima quidem inter homines dona Dei sunt a superna collata clementia, sacerdotium et imperium.... es uno eodemque principio". Nov. VI. PL 72, 930 C-D). Resulta así evidente que la religión cristiana, como las grandes tradiciones religiosas de la humanidad, nacieron y se organizaron en culturas y sociedades que ya no existen. El problema está en que no pocos hombres de Iglesia producen la impresión, a veces, de que viven más en aquellas culturas antiguas que en la cultura actual. 
 

6. El peligro de los fundamentalismos religiosos

Esta pretensión, este deslizamiento, que quiere hacer de las convicciones religiosas de un grupo las leyes que obligan a todos, es una de las características más fuertes (y más peligrosas) de los movimientos fundamnetalistas de las últimas décadas. Por ejemplo, en 1992, el predicador norteamericano Jerry Falwell anunció que, con la elección de Bill Clinton para la Casa Blanca, Satanás se había liberado en Estados Unidos. Según Falwell, Clinton pretendía destruir el ejército y la nación al dejar que los gays tomaran el mando. Las órdenes médicas que permitían el aborto en las clínicas financiadas por el gobierno federal, la investigación sobre los tejidos fetales y la sanción oficial de los derechos de los homosexuales eran signos de que Estados Unidos "había declarado la guerra a Dios" (Susan Harding, "Imagining the Last Days: The Politics of Apocalyptic Langiuage", en Martin E. Marty y R. Scott Appleby (eds.), Accounting for Fundamentalisms, Chicago and London, 1994, p. 75. Cf. Karen Armstrong, Los orígenes del fundamentalismo en el judaísmo, el cristianismo y el isam, Barcelona, Tusquets, 2004, p. 444). Este lenguaje expresa literalmente lo que he dicho antes: la pretensión de convertir los "pecados" (que prohíbe la Religión) en "delitos" (que sanciona el Estado). 

Por lo demás, resulta sorprendente y al mismo tiempo aleccionador que este lenguaje y el planteamiento de estos problemas, todo esto no es algo exclusivo de los predicadores protestantes de Estados Unidos. El mismo lenguaje y los mismos problemas se encuentran ampliamente utilizados, en estos mismos días, por el episcopado español. Cuestiones como el aborto y la eutanasia, la investigación con embriones humanos, las leyes relativas al matrimonio y la familia, las uniones homosexuales, la adopción de niños por parejas del mismo sexo, todo eso, que es interpretado con criterios sumamente restrictivos por parte de la moral católica, pretende ser convertido, por las presiones de la Conferencia Episcopal Española, en leyes civiles que obliguen a todos los ciudadanos, sean de la confesión que sean o incluso si no tienen confesión religiosa alguna. 

Por otra parte, si hablamos de fundamentalismo, no deberíamos olvidar que, como se ha dicho muy bien, el fundamentalismo es "tradición acorralada" (Anthony Giddens). Y es un hecho que, en determinados sectores del catolicismo, se tiene la impresión de que la Iglesia se siente acorralada e incluso perseguida. Se dice, en estos días, que la Iglesia católica atraviesa una fase que podría definirse a la vez como victimista (reflejada en las frecuentes referencias a una supuesta persecución laicista contra su fe) y resistencialista ante esa misma supuesta persecución. En este sentido se han expresado recientemente, en los medios de comunicación, los cardenales Julián Herránz, español, miembro del Opus Dei, presidente del Consejo Pontificio para la Interpretación de los Textos Legislativos, el cardenal Renato Raffaele Martino, presidente del Pontificio Consejo para la Justicia y la Paz, y el cardenal Joseph Ratzinger, presidente de la Congregación para la Doctrina de la Fe (cf. Enric González, España, frontera del laicismo: El País. Domingo. 28. XI. 04). 
 

7. La Iglesia, ¿"perseguida" o "privilegiada"?

La pura verdad es que, si la cosa se analiza despacio, es patente que en Europa nadie persigue a la Iglesia. Ni los textos legales vigentes hoy en la Unión Europea dan pie para eso. Ni la praxis de lo que hacen las autoridades civiles o la gente en general tampoco nos indica que en ningún país de la Unión se persiga a la Iglesia o a los católicos. Entonces, ¿qué es lo que está sucediendo? ¿Por qué las frecuentes quejas de clérigos y grupos de católicos integristas en el sentido de que son víctimas de un plan persecutorio premeditado por las autoridades laicistas, sobre todo en Francia, Italia y España? 

Hay un hecho bien comprobado por la experiencia: en las últimas décadas, en todas las sociedades industriales avanzadas hay evidencias de un alejamiento a largo plazo de las normas culturales y religiosas tradicionales. Esta decadencia de las normas tradicionales está estrechamente ligada al cambio rápido y profundo de valores y creencias que se viene acentuando desde hace más de vente años (cf. R. Inglehart, Modernización y posmodernización. El cambio cultural, económico y político en 43 sociedades, Madrid, CIS, 2001, 54, ID., Human Values and Social Change: Findings from the Values Surveys, Netherlands, E. J. Brills, 2003). El cambio de valores y la decadencia de las normas sexuales y religiosas tradicionales se suelen producir al mismo tiempo , porque ambos fenómenos comparten una causa común: el nivel de seguridad existencial sin precedentes históricos alcanzado en las sociedades industriales avanzadas y en el llamado estado del bienestar (R. Inglehart, Modernización..., 55). Aquí es importante recordar que una de las funciones clave de la religión ha sido proporcionar un sentimiento de seguridad en un entorno inseguro. No sólo la inseguridad económica produce esta necesidad. El viejo dicho de que "no hay ateos en las trincheras" refleja el hecho de que el peligro psicológico también genera la necesidad de creer en un poder superior. Pero como no ha habido guerras, la prosperidad y el estado de bienestar han generado un sentimiento de seguridad sin precedentes concernientes a la supervivencia del individuo, todo esto ha producido la disminución de la necesidad de consuelo que tradicionalmente proporcionaban las creencias y las prácticas religiosas (O.c., 55). 

Pues bien, estando así las cosas, se comprende que en la Iglesia haya personas y grupos que experimentan la penosa sensación de ser "tradición acorralada". De ahí, la inevitable revitalización de grupos funtamentalistas. Y es comprensible que, en una situación así, los dirigentes religiosos se apoyen en tales grupos y los protejan, ya que los mismos dirigentes se sienten apoyados por esos grupos. En tales condiciones, la sociedad se fractura religiosamente: por una parte, los que se aferran a la fidelidad a un pasado que ya no sirve para configurar a la sociedad actual; por otra parte, los que asumen el cambio de valores y creencias y, en consecuencia, no tienen inconveniente en aceptar a otros grupos de creyentes y adoptan una postura de respeto incondicional hacia otras creencias, otras tradiciones y otras normas.

Pero entonces es cuando se plantea el verdadero problema para el legislador. Porque quien tiene que legislar y gobernar en una sociedad así, tiene que ser legislador y gobernador de todos. Y de todos por igual. Y eso lleva consigo la penosa tarea de privar de sus privilegios a quienes han gozado de ellos quizá durante siglos. Lo cual no es perseguir a nadie, sino igualar a todos. Una cosa es quitar privilegios. Y otra cosa es perseguir. En la Unión Europea nadie persigue a las religiones. Lo que se pretende en los países de la Unión es igualar a todos los ciudadanos y evitar así las discriminaciones que desestabilizan la convivencia. Pero, como es lógico, los que se ven despojados de sus privilegios ancestrales, seguramente se sienten, por eso mismo, amenazados y quizá perseguidos. Esto es lo que está ocurriendo en este momento en los países de la Unión.

Por eso, se vuelve a replantear la pregunta del comienzo: ¿se dan hoy en la Unión Europea las condiciones básicas elementales para que, en esta sociedad cada día más plural, se pueda hacer realidad la igualdad, no sólo legal (que ésa ya existe), sino además la igualdad efectiva de todos los ciudadanos que convivimos en la Unión? 
 

8. Los cuatro grandes problemas

Tengo la impresión, más aún el convencimiento, de que somos muchos los ciudadanos europeos que vemos con suficiente claridad que, en este momento, por más que podamos tener una Constitución, que garantiza legalmente la igualdad de todos en una sociedad plural, de facto no se dan las condiciones para que esa igualdad deje de ser un problema y se convierta en una realidad palpable. Pues bien, precisamente para que se puedan ir creando esas condiciones para conseguir la igualdad efectiva de todos los ciudadanos, sería necesario que el Parlamento Europeo proponga e incluso apremie a los Estados miembros de la Unión en la toma de decisiones, que se refieren a cuatro órdenes de problemas:

1. Problemas legales

En la Unión hay numerosos Estados que tienen en vigor Concordatos con la Santa Sede o Acuerdos con ese mismo Estado o quizá con los dirigentes de otras confesiones religiosas. En la medida en que tales pactos internacionales privilegian (en determinados asuntos de importancia) a los católicos o a otros colectivos cristianos, parece necesario, incluso urgente, que el Parlamento recomiende a los Estados miembros de la Unión que revisen esos pactos, de manera que, al menos progresivamente, se ponga fin a los privilegios legales existentes. Hay países en los que la presión social de determinados sectores de la población sobre la gestión del gobierno es todavía muy fuerte, de forma que bien puede ocurrir que los gobernantes no tengan la suficiente libertad para asumir decisiones de esta envergadura. Por eso quizá uno de los mejores servicios que, en este momento, podría prestar el Parlamento Europeo a los Estados miembros sería impulsar y apoyar las decisiones que progresivamente los gobiernos tendrán que ir adoptando. Hasta conseguir que la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley sea una realidad concreta. 

Es evidente que, por ejemplo, en el caso de España, los Acuerdos que el Estado Español firmó con la Santa Sede, en 1979, privilegian a la los españoles católicos en asuntos económicos, en cuanto se refiere a la enseñanza de la religión en las escuelas públicas, y en la asistencia religiosa a las Fuerzas Armadas (cf. J. J. Tamayo, Adiós a la cristiandad. La Iglesia católica española en la democracia, Barcelona, Ediciones B.S.A., 2003, 52-60). 

Por eso parece que el Parlamento Europeo debería ser extremadamente cuidadoso a la hora poner en práctica el artículo I-52 de la Constitución. Es evidente que ese artículo ha sido un logro para la Iglesia católica que, sin duda, se podrá servir de ese artículo como fundamento para seguir manteniendo las situaciones de privilegio que ya tiene en países como España, Italia o Alemania. Pero es urgente que el Parlamento tome conciencia de que, mientras tales situaciones de privilegio para una confesión religiosa determinada, no se supriman, la igualdad real y efectiva de todos los ciudadanos va a resultar imposible. Lo que será motivo y causa de roces y posibles conflictos en la convivencia y en el desarrollo de la pacífica vida de los Estados miembros.

2. Problemas educativos

Ante todo, parece que muchos ciudadanos y quizá algunos políticos no han advertido con toda claridad la importancia capital que el hecho religioso tiene en este momento, en todo el mundo y concretamente en Europa. Todos sabemos que la religión desencadena hoy la violencia más brutal. Ya sea porque la religión legitima la violencia política. O bien porque la violencia política se disfraza de violencia religiosa. En cualquier caso, es un hecho que la fe en Dios y la esperanza en la otra vida son, ahora mismo, un peligro público, la raíz del peligro que más asusta a millones de personas. Tenemos argumentos para pensar que los terroristas suicidas se inmolan porque, aparte de los motivos políticos o económicos que seguramente les impulsan, en ellos son determinantes la fe en Dios y la esperanza en una recompensa más allá de este mundo. Como igualmente se puede decir que, si el Sr. Bush invocaba a Dios cuando empezó la guerra de Irak, eso se hizo porque la religión tiene mucho que ver con la violencia terrorista. Y cuando hablo de religión, me refiero también al cristianismo. Es un hecho que Bush ha matado a más gente que Ben Laden. Es decir, el terrorismo "cristiano" está siendo más destructivo que el terrorismo "islámico". Como es lógico, detrás de estos comportamientos, hay una determinada idea de la religión y una idea también de Dios y de la salvación religiosa. Es evidente que los ciudadanos deben tener ideas claras sobre estas cosas. Como es igualmente cierto que tales ideas no las pueden tener si no se las enseñan a la gente en las escuelas y en las universidades. 

De lo dicho se deduce la necesidad urgente de programar una enseñanza religiosa "no-confesional". Es decir, se trataría de enseñar creencias sin enseñar a creer. Una enseñanza, por tanto, que informa del hecho religioso, su naturaleza, su especificidad, su importancia para la vida de los individuos y de la sociedad. Y también una adecuada información de los peligros que entraña el hecho religioso cuando se plantea de manera que tiene como consecuencia cualquier forma de agresión a la vida, a la dignidad de las personas o a los derechos humanos. Sólo así se podrá evitar la discriminación educativa de los ciudadanos en cuanto se refiere a la enseñanza de la religión. Por lo tanto, esto supondría que el adoctrinamiento confesional quedaría a cargo de cada confesión religiosa. De tal forma que los Estados deben vigilar para que en ningún país las distintas confesiones religiosas puedan pretender que el Estado desempeñe las tareas confesionales que solamente los dirigentes religiosos tiene que cumplir, no los poderes públicos.

3. Problemas económicos 

¿Debe el estado financiar a las religiones? Por supuesto, las creencias religiosas son importantes en la vida de los individuos y como factor de cohesión y de integración social. Pero los servicios, que las religiones prestan en este orden de cosas, no parece que tengan que ser costeados por el Estado. Las convicciones que cada persona asume libremente, y la paz social que tales convicciones puedan proporcionar, son cosas que el Estado no tiene por qué costear. En la sociedad es importante el hecho religioso. Como también es importante el hecho cultural, el hecho artístico o el hecho deportivo, por poner algunos ejemplos. Por eso el Estado debe financiar el arte, la cultura o el deporte. Pero lo que el Estado no tiene que hacer es pagar los gastos de una determinada orquesta de música o el presupuesto de un equipo de futbol. De la misma manera se puede afirmar que el hecho religioso es importante en la vida de un país y de una sociedad determinada. Por eso el Estado debe financiar los gastos que sean necesarios para el mantenimiento de los templos o para la educación religiosa "no-confesional", como ya se ha dicho. Pero eso no significa que el Estado debe costear los gastos de cada confesión religiosa. Eso es asunto de los fieles que libremente asumen las creencias de cada confesión. Nadie duda que los psicólogos y psicoterapeutas ayudan a mucha gente a sentirse mejor y a vivir con más paz y más armonía social. Pero no por eso el Estado se ve obligado a costear a los profesionales de la terapia psicológica. Sin embargo, vemos con naturalidad que el Estado siga costeando a los confesores y predicadores que, durante siglos, enseñaron la religión cristiana al pueblo o devolvieron la paz a las conciencias y a los grupos humanos y, por eso, prestaron a la sociedad un servicio parecido al que ahora hacen muchos profesionales de la psicología. 

Con esto quiero decir que las creencias religiosas se las tiene que costear el que las acepta y las asume libremente. Y eso significa que son los creyentes de cada confesión los que deben financiar los gastos que lleve consigo el sostenimiento de cada religión. Otra cosa es el mantenimiento de los servicios sociales que algunas instituciones religiosas prestan a la sociedad, ya sea en el ámbito de la sanidad o de la atención a los grupos más marginales en la sociedad. Pero en eso la religiones no tienen por qué recibir más ayudas económicas que otras ONGs o colectivos similares. Y algo parecido hay que decir por cuanto se refiere al sostenimiento del patrimonio histórico, artístico y cultural que las religiones suelen gestionar para servicio de la sociedad. Es evidente que, en este punto concreto, las religiones deben recibir las ayudas que necesitan para seguir desempeñando esa importante labor en beneficio de la cultura y de la sociedad.

4. El problema de fondo

Con frecuencia, las creencias religiosas son asimiladas y vividas como verdades absolutas. Así se suele enseñar la religión a mucha gente y así es puesta en práctica por no pocas personas, especialmente por los grupos de carácter más integrista o fundamentalista. Ahora bien, las llamadas verdades absolutas son vividas de manera que no admiten ser cuestionadas desde ningún punto de vista. Y, sobre todo, tales verdades imponen normas absolutas, que se consideran igualmente obligatorias para todos. Pero, entonces, una sociedad, en la que se predican tales verdades y tales normas, es una sociedad inevitablemente amenazada por los demonios de la confrontación, el enfrentamiento y la violencia. Porque los predicadores de esas verdades y de esas normas son personas que, seguramente sin darse cuenta de lo que hacen, pueden deslizar sus discursos de la mera opinión del ciudadano a la imposición autoritaria del dirigente religioso. En España, por ejemplo, los obispos se quejan de que el gobierno socialista no les permite opinar, en sus sermones, sobre determinados asuntos. En realidad, el problema no está en eso. El problema está en que, con frecuencia, los obispos deslizan sus discursos de la mera opinión a la imposición obligatoria. Más aún, con frecuencia, se pretende convertir las convicciones libres, que emanan de la fe religiosa, en obligaciones civiles, que sólo pueden ser dictadas por los poderes públicos. 

Parece lógico afirmar que, en este punto concreto, tocamos uno de los problemas que necesitan una solución más urgente en la Unión Europea en este momento. La teología cristiana ha enseñado siempre que la fe es un acto libre. Porque, de no ser una convicción libre, no podría ser un acto religioso. Por eso no se puede hablar de la misma forma de los derechos del ciudadano que de los derechos del creyente. Ser creyente de una determinada confesión es una decisión que se asume libremente, mientras que la condición de ciudadano se tiene que asumir obligatoriamente, a no ser que un individuo pretenda convertirse en un "apátrida". 
 

9. Repensar la Religión

La conclusión lógica, que se deduce de todo lo dicho, parece ser la necesidad de repensar cómo debe concretarse la presencia de la Religión en la sociedad. Se trata de comprender lo siguiente: cuando hablamos de Religión, no hablamos solamente de la fe en Dios, sino que nos referimos, además de la fe en Dios, a las mediaciones a través de las cuales creemos los mortales que nos relacionamos con Dios. Ahora bien, el conjunto de "mediaciones", que configuran una Religión determinada, pueden ser de orden sagrado o pueden ser de condición laica. En el primer caso, la Religión representa un orden de cosas aparte, un orden privilegiado, de carácter superior a los demás ámbitos de la vida de la sociedad y de los ciudadanos. Un orden de mediaciones, por tanto, que inevitablemente se traduce en la búsqueda de poder sobre los demás. Es lo que, por lo general, han sido (y siguen siendo) las religiones todavía, en las modernas sociedades, incluso en el momento presente. Pero la experiencia nos enseña que, por el tradicional camino de la "sacralidad" privilegiada y superior, la sacralidad que se traduce en la búsqueda de poder, las religiones se convierten, en las sociedades humanas, en un factor extraño, un factor de confrontación, que busca a toda costa privilegios y poderes que entran en conflicto con los privilegios y los poderes que buscan los demás grupos religiosos. Esto ha ocurrido siempre en la historia de la humanidad y en la historia de las religiones. Por eso pensamos que ha llegado el momento de repensar la Religión y su presencia en la sociedad. Mientras las religiones sigan siendo lo que han sido hasta ahora, las religiones serán un factor de confrontación y de inevitables conflictos con los poderes públicos y con las demás religiones. De ahí, la necesidad de pensar la Religión de otra manera. 

Se trata de la religión laica, que consiste en mantener la fe en Dios, pero a través de las mediaciones que la convivencia en la sociedad puede tolerar para que esa convivencia de los pueblos, de los grupos humanos y de los ciudadanos resulte, no sólo soportable, sino sobre todo que sea una convivencia en paz, en respeto al pluralismo de creencias y tradiciones, y en la colaboración de todos para que los derechos de todos sean respetados y protegidos. Al decir esto, no se trata de defender lo que se ha llamado "religión civil", la forma de entender la Religión que tiene sus representantes más cualificados en Maquiavelo, Hobbes y, sobre todo, Rousseau. Como es sabido, más reciente ha sido el conocido ensayo de Robert Bellah, La religión civil en Amérca, de 1967. Esa forma de entender la Religión, en la medida en que prescinde de la fe en Dios, en esa misma medida deja de ser Religión y se convierte en un programa de convivencia para el ciudadano. Por eso parece más coherente hablar de Religión laica, es decir, la Religión que se fundamenta en la fe en el Trascendente, pero viviendo esa fe a través de mediaciones inscritas en la vida de la sociedad, en la vida de lo cotidiano, de los más humano entre los humanos y, sobre todo, de aquello que nos hace más humanos, superando la deshumanización que todos llevamos inscrita en la sangre misma de nuestras vidas. De ahí que la Religión, así entendida, tendría que ser un factor determinante de convivencia en paz, de armonía social y, sobre todo, de comportamientos éticos que den sentido a la vida de los humanos. 
 

10. El Cristianismo como religión laica

¿Es compatible esta visión de la Religión con el cristianismo? Esta pregunta tiene una importancia decisiva para la Unión Europea. Por la sencilla razón de que el cristianismo ha sido, durante siglos, la religión privilegiada en Europa. Y sigue siendo, la religión que tiene mayor presencia en los países de la Unión. Como es lógico, el Parlamento Europeo ha de tener en cuenta los problemas que originan las distintas confesiones religiosas. Pero, sin duda, los problema derivados del cristianismo sobre todo. Por tanto, se trata de saber si la tradición cristiana original resulta compatible con el hecho de una religión que busca a Dios a través de mediaciones laicas, es decir, mediaciones no basadas en lo sagrado, ni por tanto en lo privilegiado, ni menos aún en la búsqueda del poder.

Ahora bien, planteada la cuestión en estos términos, hay que decir, sin duda alguna, que la inspiración original del cristianismo fue laica. Es decir, el cristianismo nació y se organizó, en sus orígenes, como una religión laica. Por eso se comprende que el cristianismo tuvo unos orígenes enormemente conflictivos, primero con la sacralidad y los poderes del judaísmo; después, con la sacralidad y los poderes de las religiones del Imperio. De ahí, el trágico destino que tuvo el fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret. Y de ahí igualmente, el trágico destino que tuvieron que soportar tantos seguidores de Jesús en una sociedad y en un Imperio que, tolerando todas las religiones, encontró en el cristianismo algo que, en aquella cultura, resultaba absolutamente intolerable. La razón parece estar clara: el cristianismo nunca se fundamentó en la sacralidad de los sacerdotes, los templos, los ritos ceremoniales y todos los poderes que van anejos a semejante forma de comprender y practicar la religión. Jesús, el fundador, no fue sacerdote, sino un laico que nunca quiso renunciar a su laicidad. Además, Jesús resultó un ser un hombre conflictivo para los hombres "sagrados" y "consagrados" de la religión oficial. De ahí, los constante enfrentamientos que Jesús tuvo con sacerdotes, letrados, fariseos y cuantos se identificaban incondicionalmente con aquella forma de entender y vivir la religión. Y, sobre todo, cuando Jesús precisó la señal distintiva de los cristianos, concretó tal señal en un el criterio del amor a los otros: "En esto conocerán que sois discípulos míos, en que os queréis los unos a los otros" (Jn 13, 34-35). Ahora bien, el amor de los seres humanos entre sí no es un criterio "sagrado", ni siquiera "religioso". El amor es una experiencia humana, común a todos los seres humanos. El amor, por tanto, es un criterio laico. Porque se sustenta, no sobre un deber sagrado, sino sobre una necesidad profana y, en ese sentido, una necesidad simplemente laica, común a todos los seres humanos. Más aún, cuando el mismo Jesús quiso concretar, en un ejemplo sencillo, cómo se debe realizar este amor, puso como modelo ejemplar a un samaritano, es decir a un no-creyente, un hereje, un excluido por la religión, frente a los modelos que nunca se deben copiar, que son precisamente los representantes oficiales de la religión, el sacerdote y el levita (Lc 10, 25-37). Es evidente, pues, que el cristianismo no nació de un proyecto "sacerdotal" y, menos aún, "clerical". 

Por esto se comprende que, más tarde, cuando los primeros cristianos se empezaron a organizar como grupo de creyentes en el Dios que se había manifestado en Jesús, no construyeron templos, ni tuvieron altares con sus ceremoniales y ritos sagrados. Es más, a los ministros o responsables de las comunidades cristianas nunca se les consideró como "sacerdotes". De ahí que esa palabra no aparece en el vocabulario de los escritos cristianos de los siglos primero y segundo cuando en ellos se habla de los ministros de la comunidad. Todo lo contrario, a los dirigentes de las comunidades se les designaba con títulos tomados de las asociaciones profanas o laicas. Así, los episkopoi (obispos) eran los inspectores de las instituciones públicas. Los resbiteroi (presbíteros) eran los senadores de la nobleza laica. Los diakonoi (diáconos) eran simples camareros o sirvientes. Y lo mismo hay que decir de otros títulos que se aplican a los que dirigen en las comunidades: proistamenoi (presidentes) o hegoumenoi (directores). Es evidente que un movimiento religioso que no tenía sacerdotes, ni templos, ni altares. Y que además designaba a sus dirigentes con títulos tomados de las instiuciones públicas o civiles, tenía que resultar "sospechoso" en aquella sociedad y en aquella cultura. De ahí, la acusación de "ateos" que se repite insistentemente contra los cristianos en los tres primeros siglos de nuestra era. A. von Harnack analizó la amplia documentación que poseemos sobre este asunto.

La convicción de fondo, que subyacía a todo este modo de proceder, quedó perfectamente descrita en la carta de Santiago: "Religión pura y auténtica a los ojos de Dios Padre es ésta: mirar por los huérfanos y las viudas en sus necesidades y no dejarse contaminar por el mundo" (Sant 1, 27). Se trata de la Religión que inspira y moviliza la Ética. Pero no una ética "religiosa" y, menos aún, una moral "clerical". Se trata de la ética "civil" de la que Rousseau dijo en frase lapidaria: "Todo lo que rompe la unidad de la vida social, nada vale; todas las instituciones que ponen al hombre en contradicción consigo mismo, nada valen". Al decir esto, estamos tocando el corazón mismo de la mejor aportación que las religiones pueden hacer a la sociedad plural y laica en la que es posible la igualdad de todos.
 

12. Conclusión

Termino ya. Se ha dicho, con toda razón, que las Iglesias fueron en Europa, y en parte lo siguen siendo hoy, las instancias con más capacidad para sustraerse al dominio estatal y para influir en el orden público. A partir de ahí, se pueden comprender los esfuerzos de los Estados por someterlas, en un primer momento, o por servirse de ellas y ponerlas a su servicio, en un segundo momento (cf. J. A. Estrada, Imágenes de Dios. La filosofía ante el lenguaje religioso, Madrid, Trotta, 2003, 125-126). De ahí, el peligro que amenaza, tanto a los Estados como a las Religiones. A los Estados, para obtener la legitimidad social y los votos que necesitan. A las Religiones, para conseguir los privilegios y las ayudas (legales y económicas) que buscan. Cuando los Estados y las Religiones ceden ante este peligro, sin duda alguna, los Estados obtienen beneficios a costa de lesionar la democracia, al tiempo que las Religiones consiguen fines temporales a costa de dañar su verdadera razón de ser. 

Maquiavelo escribió esto: "Los que estén a la cabeza de una república o un reino deben, pues, mantener las bases de la religión y, hecho esto, les será más fácil mantener al país religioso y, por tanto, bueno y unido. Y deben favorecer y acrecentar todas las cosas que sean beneficiosas para la religión aunque las juzguen falsas" (Discursos sobre la primera década de Tito Livio, I, 12). La Constitución Europea establece: "La Unión respeta la diversidad cultural, religiosa y lingüística" (art. II-22). Este respeto, tan importante para la Religión, es también importante para el Estado. Lo que interesa es fijar y llevar a cabo las condiciones que hagan posible ese mutuo respeto. 

Seguramente, la conclusión más razonable, que cabe deducir de lo dicho en este trabajo, es que, en primer lugar, los Estados miembros de la Unión deberían extremar sus cuidados para que, en el tratamiento del hecho religioso, se ponga toda la máxima atención para no ceder al posible chantaje de las iglesia, que pueden ofrecer acuerdos y pactos políticos, a cambio de la legitimación necesaria para obtener votos en las urnas. Y, en segundo lugar, las iglesia cristianas deberían repensar si, por el camino que están siguiendo, que consiste en buscar influencias, privilegios y poder, por ese camino responden a la intuición genial del fundador del cristianismo, Jesús de Nazaret. Es evidente, para quien lee los documentos originales de la tradición cristiana, que Jesús presentó en su mensaje y dejó a este mundo un proyecto que no basa su eficacia en el poder, sino en la ejemplaridad. Por eso se puede afirmar, sin duda alguna, que uno de los peligros que amenazan a la Religión en Europa es la búsqueda de poderes e influencias. Una tentación sutil y antigua que los poderes públicos de la Unión Europea deben vigilar cuidadosamente para que semejante tentación no se traduzca jamás en favores, ayudas o privilegios para ninguna de las iglesias que viven instalas desde hace tantos siglos en nuestro viejo continente.