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La teología política de Bush, una teología de la muerte

JUAN JOSÉ TAMAYO
 

  Bush, "teólogo" fundamentalista de la seguridad

Presentar a George W. Bush como "teólogo" fundamentalista de la seguridad no es ninguna figura literaria, sino la descripción de uno de los principales rasgos de su personalidad, si no el principal. El fundamentalismo es la forma que tiene de ser creyente y de presentarse como tal tanto en su vida privada como en su actividad política. Lo que está en plena sintonía con el clima religioso norteamericano. Sirvan estos tres datos que recoge Lewis H. Lapham, jefe de redacción de Harpers, Nueva York y autor de Theater of War: el 48% consideran el evolucionismo una herejía; el 68% dicen creer en el diablo, más aún, afirman verlo o haberlo visto alguna vez; más de 50 millones compran novelas sobre el Rapto. Por la senda del fundamentalismo camina Midland (Texas), ciudad donde se crió Bush, que no alcanza los.000 habitantes y cuenta con 250 iglesias. Sus habitantes leen la Biblia en su literalidad sin recurso alguno a la interpretación, rechazan el matrimonio homosexual y creen en el "Rapto", el Juicio Final que arrojará a los pecadores al fuego eterno del infierno y transportará por el aire a los elegidos, elevándolos junto a Dios y librándolos de la Gran tribulación. 

En los Estados Unidos, Partido Republicano y movimientos fundamentalistas se encuentran desde hace varias décadas en plena sintonía. Fue a finales de la década de los setenta y durante toda la década de los 80 cuando los fundamentalistas jugaron un papel importante en la esfera política con la creación de la Mayoría Moral S. A., del pastor bautista y teleevangelista Jerry Falwell, y de la Coalición Cristiana, del teleevangelista Pat Robertson. Rompían así el aislamiento político en el que se encontraban y colocaban la "Mayoría Moral" al servicio de una política ultraconservadora en lo político, lo religioso, lo cultural, lo educativo y lo moral, que contrarrestara la decadencia de la religión en todos los campos. El apoyo de los fundamentalistas fue decisivo en los dos triunfos electorales de Ronald Reagan, en 1980 y 1984, y en el de George Bush padre en 1988. Bush hijo sirvió de enlace con el mundo evangélico conservador en la campaña de reelección de su padre, durante la cual hablaba sólo de su testimonio personal de fe, se autopresentaba como un cristiano "renacido" y decía ser con orgullo "un hombre con Jesús en el corazón", ya que le había librado de su adición al alcohol. 

El actual presidente de los Estados Unidos es una persona que siempre tiene el nombre de Dios en labios, con ocasión y sin ella, oportuna e importunamente, y es partidario de mantenerlo en los actos políticos y en las manifestaciones patrióticas. Durante el segundo debate de la campaña electoral con Kerry, Bush dijo que nunca nombraría a alguien que fuera partidario de eliminar las palabras "bajo Dios" del juramento a la bandera. 

Es verdad que también Jimmy Carter y Bill Clinton explotaron políticamente la fe religiosa durante sus mandatos presidenciales, pero no hasta el extremo de la burda manipulación de Bush hijo durante su primer mandato y en la campaña electoral de 2004. 

En las elecciones de 2000, un elevado porcentaje de los votos a favor de Bush venía de los cristianos evangélicos; porcentaje que se ha incrementado en las recientes elecciones del 2 de noviembre, a los que hay que sumar los apoyos, al menos indirectos, de la jerarquía católica, que demonizó al candidato demócrata John Kerry por defender la interrupción voluntaria del embarazo. Efectivamente, el discurso religioso de Bush durante la campaña electoral ha movilizado a los cristianos evangélicos, que representan una quinta parte de los votantes norteamericanos, porque sintonizaba plenamente con sus valores morales. La estrategia de convertir el voto de los evangélicos en pieza fundamental de la campaña, perfectamente diseñada por Karl Rove, brazo derecho de Bush, ha dado los resultados esperados. Más que como un político, Bush actuó durante la campaña como un predicador apocalíptico y amenazador. Cada uno de los escenarios de campaña se convirtió por unos meses en una especie de púlpito desde el que dirigía severas condenas contra el matrimonio homosexual, contra el aborto y la investigación con células madre embrionarias. La oposición a los matrimonios homosexuales, asevera Carrie Gordon, portavoz de Focus on the Family, sirvió para "renovar la energía que se había disipado en el movimiento evangélico". Dicho apoyo le obliga ahora a Bush defender la enmienda constitucional para la prohibición explícita de loa matrimonios entre homosexuales. 

También Kerry, consciente de que el factor religioso era decisivo para ganar la presidencia de los Estados Unidos, contó con asesores religiosos que facilitaron su acceso a las comunidades religiosas, para conseguir el voto favorable de 25 millones de cristianos moderados que eran claves en Estados como Florida, Missouri, Ohio, Nueva Jersey y Pennsylvania. Pero no logró conectar, y menos sintonizar, como lo hizo Bush. Y no porque no hiciera profesión pública de sus creencias religiosas, que las hizo, sino porque los votantes no le creyeron o porque no supo transmitirlas adecuadamente. "La fe me ha dado valores y esperanza, desde Vietnam hasta hoy, de domingo a domingo", afirmó cuando aceptó ser candidato del Partido Demócrata a la presidencia. Con una fórmula retórica no exenta de teísmo político, Kerry osó afirmar: "No quiero presumir de que Dios está de nuestro lado", para, a continuación, decir, citando a Abraham Lincoln: "quiero rezar humildemente que nosotros estemos de su lado". 

Los resultados electorales muestran que el 60% de los votantes de Bush son cristianos practicantes que asisten a la iglesia una vez por semana, frente al 39% de los votantes de Kerry. Un estudio reciente sobre religión y política realizado por la Universidad de Akron revela que el 68% de los norteamericanos desea tener un presidente de fuertes convicciones religiosas y que el 63% está a gusto cuando oye a los candidatos hablar de su fe. Está claro que los criterios morales y religiosos así como la lucha contra el terrorismo han primado sobre los criterios políticos, económicos y sociales. Los votantes de Bush están entre quienes consideran más grave el terrorismo que el paro.

Pero no es oro todo lo que reluce entre los evangélicos. También hubo dentro de ellos críticas severas a Bush por su teología de la guerra., que llamaba a los cristianos a sumarse a la cruzada contra los enemigos. Así, por ejemplo, Glen Stassen, profesor de Ética cristiana en el Seminario Teológico Fuller, el más grande de los seminarios evangélicos de los Estados Unidos, quien acusó a la retórica religiosa de Bush de confundir la causa del cristianismo con la causa de una nación en guerra. En octubre de 2004 dicho Seminario hizo pública la Declaración Confesando a Cristo en un mundo de violencia, en la que criticaba el mal uso de las Escrituras Sagradas por Bush durante el discurso del primer aniversario del 11-S. En concreto se refería al conocido texto de Isaías: "la luz resplandece en las tinieblas, y las tinieblas no prevalecieron contra ellas", identificando a Estados Unidos con la luz y las tinieblas con el "Eje del Mal", del que hablaré más adelante. Cristo, afirma la declaración, no conoce fronteras, y los cristianos no pueden confiar en la guerra. Ya en septiembre de 2002 un grupo de 40 profesores del Seminario Evangélico Fuller había firmado una carta contra la defensa de la guerra preventiva por parte de Bush. 
 

Contra el humanismo secular

Desde los orígenes del movimiento fundamentalista, el principal objetivo de la derecha religiosa, aliada con la derecha neoconservadora, era condenar el humanismo secular, ideología que, a su juicio, estaba a punto de destruir América, minando su fibra moral. Con la expresión humanismo secular se refería al ateísmo, el evolucionismo, el materialismo, el antropocentrismo, el amoralismo, el socialismo y el pacifismo. El pastor bautista Jerry Falwell explicaba el avance del humanismo secular en estos términos:

"Hasta hace treinta años, las escuelas públicas americanas servían como orientación y ayuda a nuestros niños y niñas. La Biblia se leía en todas las escuelas de la Nación. Pero la decadencia en nuestro sistema político sufrió una enorme fatalidad cuando la Corte Suprema retiró de las clases la lectura de la Biblia. Nuestro sistema público está ahora perneado por el humanismo secular, que cree que cada hombre es su propio dios y que los valores son relativos. Bajo el presunto propósito de la educación sexual, los libros de texto están pervirtiendo las mentes de millones de estudiantes. Yo creo que la grandeza de América puede atribuirse al Gran Libro, así como a los buenos libros científicos, literarios e históricos que nos han llevado a asimilar los hechos necesarios para construir una gran República bajo la tutela de Dios".

La Mayoría Moral defendía los valores tradicionales del modo de vida americano, mostró su apoyo a la "Contra" de Nicaragua y creó un lobby favorable al gobierno racista de Sur África, país visitado por Jerry Falwell. 

Entre las organizaciones consideradas pilares de este humanismo a combartir estaban los sindicatos obreros, las Naciones Unidas, la Liga de los derechos del Hombre y el movimiento feminista.

En el plano económico-político hay una coincidencia entre ambas derechas, que viene a reforzar el programa de los neo-conservadores actuales: enriquecimiento individual, reducción del papel de los gobiernos, concretada en la reducción de impuestos y de ayudas sociales; refuerzo del patriotismo y de la lucha contra el islam, considerada la religión más intolerante y belicista de las tres religiones monoteístas. 
 

Fundamentalismo norteamericano y ortodoxia judía

En la política internacional los fundamentalistas cristianos conceden un papel fundamental a Israel. Ven en la restauración del Estado de Israel el signo de la inminencia del reino de Dios y de la llegada de Cristo para instaurar su reino de los mil años. La relación entre los fundamentalistas cristianos norteamericanos y los ultraortodoxos judíos es muy estrecha. Los dos grupos han recuperado dos conceptos teólogos cuya traducción política resulta peligrosa: "Pueblo Elegido" y "Tierra Prometida".

Pueblo elegido. Dios ha elegido al pueblo judío para que cumpla los mandamientos divinos contenidos en la Torá y así se convierta en signo para todas las naciones de la tierra. En consecuencia, sólo posee plena legitimidad un Estado que se rige por la Torá. En consecuencia con este principio, los grupos citados creen necesario desecularizar las instituciones políticas y judiciales e introducir elementos teocráticos en el ordenamiento estatal. Se concede especial relevancia a temas como la observancia del sábado, la disciplina religiosa del matrimonio, el servicio militar para estudiantes de escuelas talmúdicas. La mayor dificultad radica en la elaboración de una Constitución, ya que se considera que la única Constitución es la Torá, que ha de convertirse en fuente primaria de las leyes del Estado.

Tierra Prometida. En el planteamiento de los sionistas religiosos, el retorno de los judíos a Israel forma parte del plan de redención del pueblo judío y, a través de él, de toda la humanidad, por parte de Dios. Y esto sólo es posible con la ocupación de los territorios cuyos límites fijo Dios desde el principio. "La totalidad de la posesión de la Tierra de Israel marca un avance en el proceso mesiánico", escribe Alain Dieckhoff. Cualquier concesión en este avance supone un retroceso en la obra de la redención del mundo, del que Dios haría responsable a Israel. 

Los sectores minoritarios ultraortodoxos se han integrado en el sistema político de Israel pero no por convicciones democráticas y menos aún por la defensa del Estado laico, sino con el objetivo de subordinar el Estado a la autoridad religiosa. Los sionistas religiosos defienden la reunificación del pueblo de Israel con la Tierra de Israel como exigencia irrenunciable para que puedan observarse los mandamientos divinos en su totalidad. Para unos y otros, Estado y derecho tienen una finalidad religiosa, no política. 
 

Fundamentalismos en racimo

Las prácticas políticas de Bush son inequívocamente fundamentalistas, o mejor, la suma de los distintos fundamentalismos perfectamente armonizados y en racimo: el religioso, el político, el económico y el cultural. El fundamentalismo político se traduce en la religión del Imperio, presentado como expresiones eufemísticas como "imperio de la paz" "imperio de la libertad", e incluso "imperio democrático", pero siempre Imperio especializado en derrocar gobiernos como en Irán y Guatemala, siendo presidente Eisenhower, en Chile bajo Nixon en 1973, en guerras preventivas: contra Iraq en 1991 siendo presidente George H. W. Bush, contra Afganistán en 2002 y contra Iraq, de nuevo, en 2003, las dos última s bajo la presidencia George W. Bush hijo, y en amenazas contra otros países como Corea del Norte e Irán. 

Siguiendo la mejor tradición de quienes le precedieron en el cargo, Bush se cree bendecido por Dios para realizar una misión histórica y tiene conciencia de estar dirigiendo el país del "Destino Manifiesto", que el senador disidente Pettigrew definía críticamente como "el grito del fuerte para justificar su expolio del débil". No pocos fundamentalistas religiosos americanos lo consideran "el preferido de Dios", sobre el que ha vuelto a posarse el Espíritu Santo en forma de paloma como sobre Jesús en el bautismo de Juan para declarar: "Éste es mi hijo amado, escuchadle".

Bush defiende también el fundamentalismo económico, es decir, la religión del mercado, encarnada en el FMI, el BM y la OMC y formulada paradigmáticamente en el "consenso de Washington", cuya aplicación unívoca ha conducido derechamente a la ruina a muchos país del Tercer Mundo, especialmente a quienes han llevado a la práctica de manera más ortodoxa las recetas neoliberales. En alianza con el fundamentalismo económico camina el fundamentalismo cultural, que defiende la superioridad de la cultura norteamericana, quintaesencia de la cultura occidental, que se pretende exportar al mundo entero, eliminando las culturas indígenas del propio territorio de los Estados Unidos y de América Latina por considerarlas subdesarrolladas.

Bush practica el fundamentalismo democrático que pretende imponer, incluso por la fuerza de las armas, su modelo de democracia como único válido a todo el mundo, y que sofoca la libertad y la democracia, bajo su propia invocación, cuando no sirven a sus intereses. Es éste el fundamentalismo de una democracia que, como observa Juan Luis Cebrián en su obra El fundamentalismo democrático, "se aparta con peligrosa insistencia de los senderos de la duda, para revestirse de certezas cada vez más resonantes: mercado, globalización, competencia", tres artículos del credo del fundamentalismo democrático neoliberal. 
 

Providencialismo, maniqueísmo y teísmo político

Característica del fundamentalismo religioso es el providencialismo, rasgo de la personalidad religiosa y política de Bush, quien se olvida de varios siglos de filosofía de la historia y retorna a una trasnochada teología providencialista de la historia: Dios guía el destino de la humanidad y ésta no tiene que hacer más que dejarse llevar. "Los acontecimientos -afirma- no son movidos por cambios ciegos ni por el azar sino por la mano de Dios justo y fiel". Interpreta la libertad del ser humano no en clave antropológica, sino trascendente. El discurso del Estado de la Nación de 28 de enero de 2003, dos meses antes de la invasión de Iraq terminaba con estas palabras:

"La libertad que nosotros apreciamos no es el don de América al mundo, sino el don de Dios a la humanidad. Nosotros, los Americanos, confiamos en nosotros mismos… No pretendemos conocer todos los caminos de la providencia. Sin embargo, podemos creer en ellos poniendo nuestra confianza en el Dios Amor que está detrás de toda vida, de toda historia. Que él nos guíe ahora. Y que Dios siga bendiciendo los Estados Unidos de América". 

La expresión "que Dios siga bendiciendo a los Estados Unidos de América", tan habitual en el discurso de los políticos norteamericanos, tiene aquí todo el peso de la justificación, de la legitimación religiosa. América es la mediadora de la libertad entre Dios y la humanidad. En la cruzada contra el Eje del Mal, Dios está de su lado. Su misión imperial es derecho divino. 

Después del ataque a Iraq el Congreso de los Estados Unidos decidió por amplia mayoría que el 31 de marzo de 2003 sería un "día de humildad, de oración y de ayuno" para que Dios siga ayudando a América en la difícil y trascendental misión que le ha confiado. Tony Blair ratificaba la trascendencia de dicha misión en el discurso dirigido a los miembros del Congreso Norteamericano en el que consideraba la guerra contra Iraq como una guerra justa: "El destino os ha colocado en este lugar en la historia, en este momento en el tiempo". Es la ratificación del Destino Manifiesto, en el que creen no pocos norteamericanos desde el momento de su fundación. 

En nombre de la obediencia a la ley moral, Bush lleva a los norteamericanos a rechazar los valores que ellos tienen por sagrados: igualdad, libertad, democracia, para dar paso al valor supremo, que es la voluntad de Dios. En la medida en que estos ideales pueden constituir un obstáculo a la misión que Dios ha confiado a los Estados Unidos de ser faro y guía para otras naciones, pierden su primacía. 

El providencialismo desemboca derechamente en el teísmo político -más propio de sistemas teocráticos que democráticos-, que consiste en la implicación de Dios en la vida pública como legitimación de la misma y de los dirigentes políticos. "No sería gobernador -aseveraba Bush en su etapa de gobernante tejano- si no creyera en la existencia de un plan divino que reemplaza todo plano humano". Preguntado, siendo ya presidente, por un periodista en una rueda de prensa si consultaba con su padre las grandes decisiones, respondió que sólo lo hacía con su Padre del cielo. A ello va unida la manipulación de la oración con fines políticos, una de sus prácticas preferidas, que seguía también el Secretario de Justicia Ashcroft durante el anterior mandato, quien cada mañana comenzaba su actividad rezando y leyendo la Biblia con sus colaboradores 

El discurso y la actividad política de Bush se caracterizan por el maniqueísmo con tonos apocalípticos y espíritu de venganza, que desemboca en violencia e incluso en terrorismo de Estado. Bush aparece como uno de los más puros herederos de la vieja teoría maniquea que establecía una división rígida en la realidad, en toda realidad: el Mal Absoluto y el Bien Absoluto. Maniqueísmo inconsciente en la mentalidad norteamericana e irracional en Bush. Esta doctrina, que predica la intolerancia, la negación de la libertad y el dualismo, se remonta al siglo IV antes de la Era Común y es incompatible con el Dios de la Biblia en que dice basarse. No se entiende fácilmente que pueda ser defendida por un político como Bush que alardea de cristiano ferviente. 

La mejor traducción de este maniqueísmo es su teoría del Eje del Bien y del Eje del Mal, repetida insistentemente y cada vez de manera políticamente más simplista. Coloca del lado del Eje del mal a tres países: Irán, república islámica; Iraq, población de mayoría musulmana, y Corea del Norte, que tiene régimen comunista. Y todo ello para justificar su particular cruzada contra la civilización islámica y contra el comunismo ateo. Como observa el teólogo y biblista norteamericano Juan Stam, rector de la Universidad Evangélica de las Américas en San José de Costa Rica, la expresión inglesa axis of evil posee connotaciones diferentes a la del castellano "eje del mal". Axis aquí recuerda mayormente a Hitler y a los nazis. Evil es un término con una carga teológica y moral muy negativa, y hace referencia a algo siniestro, incluso diabólico.

El país que mejor representa el Eje del Bien, como no podía ser de otra manera, es Estados Unidos. De ahí su legitimidad "manifiesta" para luchar contra el mal. Así lo reconocía Bush en una conferencia de prensa el 15 de octubre de 2001 con una simpleza rayana en la estupidez, si no fuera por el cinismo que esconde: "Me confunde ver que hay tanto malentendido de lo que es nuestro país, y que la gente nos pueda odiar… Simplemente no puedo creerlo, por que yo sé cuán buenos somos. Tenemos que hacer un mejor trabajo al representar a nuestro país ante el mundo. Tenemos que explicar a la gente de Oriente Medio, por ejemplo, que es contra el mal contra el que estamos luchando, no contra ellos". Ni siquiera se le ocurre pensar que el eje del mal puede pasar por Estados Unidos y menos aún, como señala Ignacio Ramonet, que el eje del mal esté constituido por el FMI, el BM y la OMC. 

En la lucha entre ambos ejes hay que tomar postura: no vale la neutralidad o la indiferencia, que se consideran complicidad con el enemigo y agresión contra el Imperio. Y para exigir esa toma de postura, Bush se apropia de las palabras de Cristo y usurpa su personalidad cuando afirma: "Quien no está conmigo, está contra mí". 
 

Prioridad de lo militar y teología de la seguridad

Este razonamiento dinamita lo político como mediación, elimina toda posibilidad de negociación y torna prioritario lo militar, que se sitúa por encima de lo político. En el discurso del Estado de la nación de enero de 2002 afirmó: "No habrá lugar para malos entendidos. El compromiso más básico de nuestro gobierno será la seguridad de nuestro país… Nuestra primera prioridad es lo militar".

El maniqueísmo bushiano es inseparable de la venganza. El primer nombre dado a la operación militar contra Afganistán como respuesta a los atentados del 11-S, fue "Justicia Infinita", nombre que posee innegables connotaciones religiosas, y no precisamente pacificadoras. Al aplicar a dicha operación el adjetivo "Infinita", que las religiones sólo aplican a Dios, se la estaba revistiendo de un aura sacral y divina. Y ello remite derechamente a desmesura en el castigo y la venganza, tan frecuente en el comportamiento de los dioses. La expresión "Justicia Infinita" comporta la puesta en práctica de la ley del talión con el consiguiente retroceso en la conciencia ética de la humanidad. El conflicto se convierte así en "guerra santa", como la guerra del Golfo Pérsico desencadenada diez años antes por Bush padre, entrando así en lo que el antropólogo René Girard llama "violencia de lo sagrado". A la vista de los resultados, devastación de Afganistán, la Justicia Infinita desembocó en una Injusticia Sin Fin.

En el "sermón" pronunciado por Bush durante el memorial celebrado en la Catedral Nacional de Washington tres días después del atentado contra las Torres Gemelas, afirmó amenazante: "Esta nación es pacífica, pero feroz cuando se la provoca a la ira". Es uno de los nuevos cruzados del siglo XXI, junto con Blair y Aznar, a quienes dirigí mi "Carta abierta de un teólogo a los nuevos cruzados del siglo XXI". 

Esta interpretación desemboca en una política de seguridad con un fuerte componente militarista, que Bush justifica en la llamada "guerra contra el terrorismo" y en la protección de la vida de los estadounidenses tanto dentro del territorio nacional como en el exterior, aunque ello lleve a considerar delincuente o cómplice del terrorismo a cualquier ciudadano. Es la política desarrollada en el documento Estrategia de la Seguridad Nacional, publicado por la Casa Blanca en septiembre de 2002, donde se hace pública la nueva doctrina de la "guerra preventiva": "Desde hace tiempo los Estados Unidos son favorables a una reacción anticipada cuando se trata de responder a una amenaza velando por la seguridad nacional… Para impedir o prevenir que tales actos sean perpetrados, los Estados Unidos se reservan la posibilidad de actuar anticipadamente". 

Política ésta que, a la postre, tiene su base en una teología de las seguridad, que en realidad es una teología necrófila, de la muerte. "Vamos a exportar la muerte y la violencia a los cuatro rincones del planeta para defender nuestra gran nación", dijo en otra ocasión. La defensa de la gran nación justifica la extensión de la violencia y de la muerte por todo el mundo, sin parar mientes en la población civil, que actualmente está sufriendo las consecuencias de las agresiones militares estadounidenses en Iraq y Afganistán. Dentro de la lógica de su teología necrófila de la seguridad está su defensa de la pena de muerte con la ejecución de 152 personas durante su mandato como gobernador de Texas. Es posible, no lo sé, que esas penas de muerte fueron firmadas delante del crucifijo; lo que supondría la legitimación de su modo de actuar necrófilo por parte del Crucificado. 

Manuel Vázquez Montalbán resumía así la alianza entre la teología de la seguridad y la teología neoliberal en un excelente artículo publicado en este mismo diario el 8 de abril de 2002 bajo el título "Imperialismo": 

"Si prospera la lógica neoimperial, el valor de lo política, económica y estratégicamente correcto, quedaría por encima de los presupuestos beneficiantes del liberalismo. La Teología Neoliberal, revelada por un Dios a Hayek en la cumbre de Monte Peregrino, se supeditaría a la Teología de la Seguridad, revelada a Ariel Sharon en el Sinaí. Probablemente se trataba del mismo Dios. Ese Dios especializado en aparecerse en montañas sagradas para anunciar los cambios de horarios éticos y las rebajas de los derechos humanos, gran liquidación, fin de temporada". 
 

Dios, "la palabra más vilipendiada"

Ante el uso y abuso del nombre de Dios por parte de Bush para justificar sus comportamientos personales y sus acciones bélicas, habría que recordar un texto del filósofo Martin Buber, que tiene hoy tanta vigencia, o más, que cuando lo escribió: 

"Dios es la palabra más vilipendiada de todas las palabras humanas. Ninguna ha sido tan mancillada, tan mutilada... Las generaciones humanas han hecho rodar sobre ella el peso de su vida angustiada, y la han oprimido contra el suelo. Yace en el polvo y sostiene el peso de todas ellas. Las generaciones humanas, con sus partidismos religiosos, han desgarrado esta palabra. Han matado y se han dejado matar por ella. Esta palabra lleva sus huellas dactilares y su sangre... Los hombres dibujan un monigote y escriben debajo la palabra 'Dios'. Se asesinan unos a otros, y dicen: 'lo hacemos en nombre de Dios'... Debemos respetar a los que prohíben esta palabra, porque se rebelan contra la injusticia y los excesos que con tanta facilidad se cometen con una supuesta autorización de 'Dios' ¡Qué bien se comprende que muchos propongan callar, durante algún tiempo, acerca de las 'últimas cosas' para redimir esas palabras de las que tanto se ha abusado".

Ése es también el camino que yo he elegido: no utilizar apenas la palabra de Dios por miedo a hacerlo en vano o a justificar en su nombre las guerras del Imperio o del Fundamentalismo Terrorista. Prefiero ser acusado de teólogo "ateo", como se acusaba los cristianos primitivos por negarse a adorar al Emperador, que ser señalado como teólogo "idólatra", por adorar al nuevo Emperador Bush. 


Para un desarrollo más amplio y fundamentado de las ideas aquí expuestas, remito a mi obra Fundamentalismos y diálogo entre religiones (Trotta, Madrid, 2004).