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Posmodernidad europea y
cristianismo latinoamericano
José I. González Faus
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SUMARIO

1. Experiencias constitutivas de la posmodernidad
1.1. La revolución imposible
1.2. La sordidez de lo real
1.3. Conclusión: la «calle Melancolía»
 

2. Posmodernidad como antimodernidad
2.1. El milenarismo de la Modernidad primermundista
(o «Dios ha muerto; viva Marx»)
2.2. Contra el aura marxista de la Modernidad
(o «Marx ha muerto, viva Joaquín Sabina»)
 

3. Ambigüedades, preguntas y amenazas de la posmodernidad
    (o «..Joaquin Sabina también ha muerto, viva Rambo»?)
3.1. Valores de la posmodernidad
3.2. Preguntas y amenazas de la posmodernidad
 

4. Balance

5. Posmodernidad e Iglesia institución

6. La interpelación de las Iglesias latinoamericanas

Notas


En un trabajo como este no es bueno exponer de manera genética todos los pasos de un proceso de análisis. Voy a intentar, pues, una exposición ya sistematizada, porque es mucho más clara y pedagógica. He de remitirme al libro de G. Vattimo (1), y he de dar por conocidos los recientes análisis de Rovira Belloso sobre Milan Kundera y Umberto Eco (2). Para este escrito, yo he preferido echar mano de puntos de referencia más cercanos a nosotros y de más rápida evocación. Y creo haber encontrado un material para ese empeño en uno de los ídolos de nuestra juventud actual: el cantante Joaquín Sabina. Su estilo esloganístico resulta muy apto para vehicular conclusiones. Por eso me referiré principalmente a él en forma de comentario a la letra de sus canciones (3). Sin perjuicio de que añada alguna que otra alusión a nuestros materiales de cada día, cuando me parezca que tienen esa misma capacidad de vehicular conclusiones o de formar lo que seria el resumen de todo un proceso.

 
Puede parecer superficial o poco serio eso de tomar la canción como material para una reflexión que quiere ser teológica. A esto cabe responder, en primer lugar, que la posmodernidad, precisamente porque renuncia a saberes y respuestas ..últimas», tampoco es demasiado pretenciosa en sus formulaciones. Por otro lado se puede responder también que la canción tiene hoy un innegable valor sintomático, desde el punto de vista sociocultural. Y la prueba de ello está en su misma evolución. Si dispusiéramos de más espacio podríamos comparar al Sabina que aquí comentaremos, con alguno de los «clásicos» de los anos sesenta: por ejemplo aquel Paco Ibáñez que, en el Olimpia de París, cantaba a los andaluces de Jaén: «decidme en el alma de quién, de quién son esos 0livos»... y cantaba al soldadito boliviano, armado «con un rifle americano regalo de Mister Johnson, para matar a su hermano» ., o salmodiaba la «amarga verdad» de Quevedo sobre el dinero y la pobreza. Igualmente seria posible comparar esa misma evolución en un mismo cantante, como podría ser J M. Serrat: ¡que diferencia entre sus canciones actuales y aquellas letras de Machado, «golpe a golpe, verso a verso», o aquel ignoto Manuel que «nació en España», cuya casa era de barro, «de barro y caña» y cayo sudor y cayo llanto «humedecían las tierras del señor día tras día,.. Todo aquello ha terminado, y esta evolución es significativa.

 
A mi modo de ver, no entenderemos bien todo eso que se ha dado en llamar «posmodernidad» (PM), si no percibimos que está hecha de dolor o, al menos, de decepción. Un dolor al que cabria aplicar aquellas famosas palabras de Buda: «esta es la noble verdad sobre el origen del sufrimiento:... del deseo brota el dolor; del dolor brota el miedo» A. En este caso ha sido el deseo loco y convencido del cambio histórico total, que nos movía hace unos años, y que fue bandera de la Modernidad. De aquí me gustaría que brotaran nuestras reflexiones. Porque la PM, antes que una filosofía o un sistema racional, es una experiencia y un estado de ánimo. Eso es lo que hemos de intentar describir.



1. EXPERIENCIAS CONSTITUTIVAS DE LA POSMODERNIDAD

1.1. LA REVOLUCIÓN IMPOSIBLE

Quiero recordar que, antes de hablar de PM (posmodernidad), estuvimos durante una temporada hablando del «desencanto»: esta palabra me parece importante porque hace de eslabón-de-empalme entre Modernidad y PM. La PM comienza a nacer cuando parece constatarse palpablemente la imposibilidad de ese cambio histórico soñado. Cuando el hombre cae en la cuenta de que ya «hace siglos que pensaron: las cosas mañana irán mejor», (CC) y, por tanto, cuando la ilusión de Prometeo se transforma en la repetida constatacion de Sísifo.

 
Notemos además que ese desengaño de la revolución viene a continuación del desengaño sobre la metafísica. La famosa frase de Marx, de que no hay que interpretar el mundo, sino transformarlo, había ido siendo leída en el sentido de que no es posible interpretar adecuadamente al mundo, pero sí que es posible transformarlo (aunque pueda discutirse si era ése su sentido original). Ahora se constata que tampoco es posible transformarlo.

 
Por consiguiente, si Marx escribió antaño con pasión que «Prometeo es el santo mayor del calendario laico», los posmodernos proclaman hoy, con pasión no menor, que Prometeo solo era la mayor idiota de la historia. Algunos incluso afirmarían que ni siquiera fue idiota sino aprovechado: que Prometeo no robó el fuego a los dioses para darlo a los hombres, sino para montarse con él algún «holding» transnacional.

 
Pero quedémonos con que Prometeo fue sólo un idiota. La razón de su idiotez es que se dejó devorar las entrañas por una empresa desprovista de sentido. Pues todo cambio histórico radical que apunte a realizar mas Justicia, más libertad y más humanidad, es un círculo cuadrado histórico. Justicia, libertad y humanidad son palabras que no significan nada o, en todo caso, son realidades que el hombre sólo puede buscar por sí solo y para sí solo, y con cuentagotas. Esta es una experiencia histórica innegable. Valdrá la pena preguntar a la PM cómo teoriza esa experiencia, y por qué cree tan inamoviblemente que toda revolución es imposible.

 
Y, substancialmente, yo creo encontrar dos tipos de respuestas:

 
a) la revolución es imposible porque el hombre no es de fiar, y el hombre es precisamente el sujeto de la revolución pendiente. Al menos vale esto del hombre blanco: «hombre blanco hablar con lengua de serpiente», le canta J. Sabina a Felipe González. Y frente a esa lengua de serpiente, todo presunto revolucionario sincero no pasa de ser un «cuervo ingenuo». Preciosa y dolorida expresion!(4)

 
Releyendo lo del .«hombre blanco» quizás habría que decir que la PM es la crítica más atroz a las posibilidades de hacer esa revolución soñada, dentro de los cánones y las coordenadas de la ilustración occidental. En algún sentido esto mismo va lo había insinuado H. Marcuse, pero sin proponer otra alternativa que la de un romántico .«NO absoluto», y sin acabar de percibir que nosotros los occidentales ni debemos, ni queremos, ni sabemos cómo renunciar a esa ilustración. Este mismo error de esperar la revolución dentro de los cánones de la Modernidad Occidental, ha sido probablemente el gran fallo histórico del marxismo, del que algunas voces críticas ya habían dicho antaño que era «hijo de la misma madre» que el capitalismo occidental. Aquellas voces críticas y desatendidas quizás reciben ahora una tardía legitimación inútil.

 
b) Y una segunda razón: la revolución es imposible además porque crea represión, y la represión actúa sobre el mundo nuevo como «la soda con el güisqui» (GSS), es decir: lo agua y lo falsifica.

 
Esta constatacion revela una curiosa confesión sobre el papel del deseo en la pasada Modernidad. En el fondo fondo, la revolución se quería hacer en realidad para «liberar el deseo,», aunque luego (para hacerla creíble) se la presentaba como imperativo de la historia. Con ello resultó que se aspiraba a liberar el deseo, pero por medios que exigían la represión del deseo, y una represión que no iba a ser sólo momentánea (el compromiso, la militancia y, en resumen, la entrega de la vida). Esta contradicción tenía que saltar en algún momento. Y ahora que ha saltado, el posmoderno decide no apuntarse ni al engaño de una revolución que no libera al deseo ni, menos aun, al esfuerzo de una revolución que exige reprimir el deseo. El posmoderno opina con Sade que al deseo los frenos le sientan fatal, (GSS). El posmoderno no tiene ante el deseo otra argumentación ni otra salida que la del «¿qué voy a hacerle yo?»:
 
«¿qué voy a hacerle yo?
si me gusta el güisqui sin soda,
el sexo sin boda,
las penas con pan?»...(GSS).


Sólo que, con una confesión de este tipo, la PM se pone a la altura del «hombre blanco». Y Felipe González podría contestarle a Joaquin Sabina: ¿qué voy a hacerle yo, si me gusta el poder sin ellos, como a ti el güisqui sin soda?. Y todos contentos, que es como decir: nadie contento porque ya se ve que no hay cambio posible.

 

1.2. LA SORDIDEZ DE LO REAL

La PM ha hecho también la experiencia, dura pero innegable, de que nuestra realidad es sórdida, y que la ilusión moderna no había mas que enmascarar esa sordidez con bellas palabras altisonantes o de color de rosa, pero que (para aludir a la famosa novela de Eco), de rosa no tenían más que «el nombre».

 
Me parece sintomático, en este contexto, el que un director español haya decidido filmar recientemente las «Divinas Palabras» del viejo Valle Inclán. Sospecho que hay aquí algo mas que un retorno al clásico tema de la España negra. Aparte de que la película le haya salido con cierta belleza y cierta dignidad (un detalle que también es muy posmoderno), lo significativo de ella está más bien en su tema y en su titulo, es decir: la puesta en evidencia de una realidad sórdida, cuyos únicos contenidos son avaricia secreta, envidia corrosiva y afán de poder destructor; pero en la que todos esos contenidos van envueltos siempre con palabras altisonantes de amor al desvalido, de defensa de la moral, o de citas del evangelio. El significado de la película me parece entonces claro: sólo las palabras son divinas; y todo envoltorio verbalmente tranquilizador o racionalmente convincente, vehicula en realidad unos contenidos sórdidos. (Puede ser interesante insinuar cómo una critica de este género habrá de afectar más intensamente a la Iglesia, dado que ésta es la que mas pretende manejar palabras divinas o razones absolutas. Pero esto no podemos desarrollarlo ahora, y nos hemos de limitar a apuntarlo).

 
En este sentido, la PM es simplemente el intento honrado de quitarle a la realidad sus «divinas palabras», sus «nombres de rosa», encarando mas bien al hombre con la «insoportable levedad» de lo real. Para quitar a la realidad todas esas palabras pseudodivinas, la PM se vale sustancialmente de este doble recurso:

 

 
 
 

        a) El uso destructor de la palabra

 El empeño de «poner sus sucias manos sobre Mozart», para decirlo con otro titulo conocido. Hay en la PM un afán ingénuo de escandalizar, de «epater le bourgeois», de decir cosas fuertes, como modo de defenderse contra ellas. Ahí esta la canción de Sabina sobre este ,«fin de siglo cansado», (otra vez llamo la atención sobre el adjetivo): hacia el fin de siglo, en lugar de llegar a «una tierra que ponga libertad». hemos llegado a un «espectáculo» en el que «perversas jóvenes rubias se masturban para Vds.», en el que «hermosos jóvenes nazis bailan el rock and roll» y «el marqués de Sade sodomiza a una monja» (OL). Es el uso demoledor de las palabras, erigido en criterio o en defensa contra el engaño de las «divinas palabras».
 

Las alusiones que acabo de hacer, tanto a U. Eco como a «la insoportable levedad del ser», están más largamente comentadas en el estudio de J.M. Rovira Belloso ya citado. que califica como «cultura del gran Vacío» más o menos lo mismo que yo he calificado aquí como «divinas palabras». Remito pues a sus análisis, que son excelentes. Y quiero recoger otra evocación que allí se hace? muy de pasada pero muy intuitivamente: una alusión al cineasta M. A. Antonioni. Al leer a Rovira no pude menos de revivir una escena de una de las películas de Antonioni (no sé con certeza cuál, pero quizá sea El desierto rojo). En ella reaparece Mónica Vitti en su primer papel de deprimida perpetua. Y cuando, en un momento dado, explica la solución que dan los sabios a su desesperación insuperable, todo se reduce a que tiene que comprender que «lle cose che mi capitano sono la mia vita,l. Así de simple: no hay que apelar a nada ni a nadie: nl a Dios, ni al psiquiatra, ni a traumas infantiles, ni al confesor, ni a algún encuentro prometedor que deje todavía flotando la esperanza de un «rayo verde» en medio del «desierto rojo». Nada de eso. No hay que apelar más que a ese positivimos absolutizado de que «las cosas que pasan son la vida». Esa canonización de lo fáctico, esa renuncia a combatirlo o a cambiarlo que la protagonista de Antonioni aún no lograba digerir, eso es lo que la PM parece haber digerido ya.

 
b) El recurso a la «pequeña palabra»

 Al pequeño envoltorio del que uno puede sospechar que, al menos, podrá encerrar menos sordidez que el gran envoltorio. A ver si así el «pequeño placer», que no tiene otra pretensión ni otro nombre que ése, y que no esconde su afán de ser sólo pequeño placer, consigue evitar la inagotable sordidez de la avaricia y del afán de poder. Por aquí, la PM se abrirá al «carpe diem» y a la «áurea mediocritas» del lejano poeta Horacio. Y este pequeño placer tiene además su raíz y su justificación en toda la cosmovisión propia de la PM, que podría resumirse en esta frase: la vida es tan dura y tan insoportable, que vale más morirse viviendo a bien», que conservarse la vida privándose de vivir bien. En el fondo, la ética del ,"egoísmo ilustrado" de Fernando Savater, es todavía demasiado moderna y, por eso mismo, demasiado anticuada. Al posmoderno ya no podemos decirle: «eh, eh, Sabina, ten cuidado con la Josefina»... porque la respuesta invariable será: «naranjas de la China» (ES). La rima es inevitable vulgar, deliberadamente vulgar. Pero la notable capacidad esloganesca con que formula el cantante da a sus palabras una fuerza y una penetración, que son totalmente lo contrario de la seductora poesía vácua de muchos mesianismos de antaño.
 
Y, para concluir este segundo apartado, quisiera llamar la atención sobre cómo complementa al anterior: la PM no ha sido sólo la destrucción de un mito (el mito moderno de la revolución), sino la destrucción de todos los mitos. En la «divina» palabra de la revolución no había sólo un error de cálculo histórico, que dejaba intactas otras grandes palabras, sino un error metafísico de visión de la vida: en esta vida no cabe ninguna gran palabra y, por eso, la PM se desmarca incómodamente tanto de la izquierda como de la derecha, y hace que a nosotros nos sea tan difícil enjuiciarla, o que la enjuicemos sólo parcialmente, desde nuestras posturas previas más revolucionarias o más conservadoras.

 
Pero de hecho, además del mito de la revolución social, quedan destrozados otros mil mitos que enumeraré aludiendo otra vez a canciones de Sabina:

El mito del progreso

El tan cacareado progreso se reduce a la cenestesia que uno tiene cuando es joven: «mañana era nunca y nunca llegaba pasado mañana»; y por eso era posible esperar. Pero cuando «mañana» llega, se acaba toda esperanza, y se acaba de la manera más ramplona: «pasaron los años, terminé la mili, me metí en un piso -hice algunos discos, senté la cabeza, me instalé en Madrid,» Y eso es todo. Eso es la vida, como tenía que aprender Mónica Vitti. Podrá ser que uno añore el ayer, que uno sepa que «cuando era más joven la vida era dura, distinta y feliz». Mientras que ahora: «hoy como caliente, pago mis impuestos, tengo pasaporte- pero algunas veces pierdo el apetito y no puedo dormir» (CMJ). Eso podrá ocurrir y ocurre. Pero no queda más que el derecho a la añoranza. «Hacen quinielas, hacen hijos, van al bar»: esto es lo que queda de los componentes de un antiguo grupo, y a esto se han limitado las seductoras promesas de los antiguos pontífices del progreso.

El mito del amor y de la mujer

El Sabina que quiere «sexo sin boda» y «sexo y rock and roll», siente sin embargo así de sus compañeras de relación:

 
hay mujeres envueltas en pieles sin cuerpo debajo,
hay mujeres que van al amor como van al trabajo...
hay mujeres que dicen que sí cuando dicen que no,
hay mujeres que buscan deseo y encuentran piedad,
hay mujeres que ni cuando mienten dicen la verdad,
hay mujeres que empiezan la guerra firmando la paz»...(HM).

 
El amor será por tanto otra «divina palabra». Es posible que alguna vez le toque a uno la lotería en alguna «rebaja de enero» (título de Sabina que expresa precisamente la historia de un amor que resulta inesperadamente afortunado). Y seguramente los hombres seguirán soñando con esa lotería rápida, porque también «hay mujeres capaces de hacerme perder la razón» y contra eso no puede hacerse nada. Pero al menos será conveniente no abrigar ilusiones desrazonadas y, por supuesto, no arriesgar nada para que, si el asunto falla, quede el consuelo de decir: «aquella noche que fallaste, tampoco fui a la cita yo» (TI). Eso es todo. Hay un claro deseo de no sufrir: «cómo decirte que el bien es el espejo del mal, cómo contarte que al tren del desconsuelo, si subes no es tan fácil bajar»... (CDCC). Pero se trasluce también un deseo vengativo de aprovecharse de esta realidad que obliga al hombre a arriesgar tanto: deseo calculado, incapaz de entregar nada, y muy semejante al de Ulises en los mitos de Circe o de las sirenas: «el cielo está en el suelo» y «el alquitrán del camino embriaga mas que el suave vino del hogar» (CDCC).

El mito de la diversión

En nuestra juventud de modernos la diversión apuntaba a «pasárselo de puta madre»: expresión pretendidamente desaforada y contradictoria, que utilizaba el insulto mayor para expresar la felicidad mayor, y que traslucía así un afán no sólo de traspasar todo limite y toda barrera de finitud, sino incluso de encontrar la armonía plena en esa transgresión. Ahora no: la diversión es simplemente «zumo de neón -contra la depresión» (ZN). Es simplemente «una especie de mueca en lugar de sonrisa» (P). Quizá los ingénuos padres modernos continúen recelosos ante los posibles «desmanes nocturnos» de sus hijos posmodernos. Pero deberían saber que no hay tal. Que lo único que ocurre es que «el club del desengaño -de madrugada está superpoblado»: este club en el que «todos se miran, na-na-nadie se toca»; y en el que a lo mejor «acabo vomitando en los lavabos de un antro moderno» mientras que, en perfecta desconexión con lo que pasa por el interior de nadie, «un grupo está tocando rock and roll a las puertas del infierno» (ZN).

 
Estas son las posibilidades posmodernas de felicidad. A pesar de todo, se mantiene la voluntad de no salir de ellas: «¿que voy a hacerle yo?»,

El mito del empeño ético

¿Por qué se mantiene esa voluntad? Pues porque el empeño ético no pasa de ser otro mito a derribar: «después de toda una vida sublimando los instintos... después de toda una vida poniendo diques al mar... de pronto un día pasaste de pensar qué pensarían tu mujer, tus hijos, tu portera, cuando supieran...» (JL). Si tales son las perspectivas «¿qué voy a hacerle yo?»

 
Y es así porque la PM está convencida de que el empeño ético no tiene más objetivo que el «qué dirán» ambiental (5). En cuando se ve desligado de ese que dirán, el hombre se muestra como realmente es: carente de todo norte ético, ancestralmente insolidario e incansablemente trepador. Lo saben muy bien el cantante joven, el pintor inexperto, el escritor primerizo, el «joven aprendiz» de lo que sea, que se vieron duramente rechazados por todos cuando comenzaban y, ahora que han llegado, perciben cómo todos se les acercan amablemente:

 
«La propia Caballé que me negó sus favores,
la diva que pasaba tanto de cantautores,
llamó para decirme: estoy en deuda contigo,
mola más tu Madrid que el Aranjuez de Rodrigo....»
«Y ¿qué decir del manager audaz y decidido,
que no me recibió, que siempre estaba reunido?
Hoy, moviendo la cola, se acercó como un perro
a pedir que le diéramos vela en este entierro»...(JAP)

 
Eso es el ser humano. Y aquel famoso «hombre nuevo» por el que tanto se desvivió el Che Guevara, no era más que otro mito estúpido, del que no quedan mas que esos escombros humanos por entre los que debe aprender a caminar «el joven aprendiz».

 
Y así sucesivamente: «cada noche un rollo nuevo. Ayer el yoga, el tarot, la meditación. Hoy el alcohol y la droga. Mañana el aerobic y la reencarnación» (CDCC)... Ya he aludido antes a la destrucción del mito de la política (otra de las divinas palabras de la Modernidad) que se contiene en la canción «cuervo ingenuo». Yo personalmente he echado de menos alguna alusión al «mito de la ciencia», porque quizás es el único mito que se mantiene en pie entre los budas de esta España posmoderna; y se mantiene precisamente cuando ya ha caído -como mito- en el resto de Europa. Pero este detalle no hace ahora al caso. El resultado de toda esta destrucción es el descompromiso mas absoluto. No hay partido, ni iglesia, ni causa, ni ser humano, ni objetivo histórico con el que valga la pena comprometerse: «desconfía de quien te dice "ten cuidado" -solo busca que no escapes de su lado» (PA). Pero desconfía también de quien parezca tocarte el corazón:

 
«cuando unos labios amenazan
con devorarme el corazón,
enciendo la señal de alarma
y escapo en otra dirección (AA).

 
Y así, del descompromiso mas absoluto, la PM pasa a la soledad mas total: soledad de padres y hermanos, de maestros y de amigos, de dioses y de amantes..Unos y otros solo buscan siempre «que no escapes de su lado». Y por eso, el único consejo que se atreve a dar J. Sabina es el de «pisar el acelerador»: «sientete viva, no este cautiva -mientras tengas gasolina tu motor, pisa el acelerador».

 

1.3. CONCLUSIÓN: LA CALLE MELANCOLÍA

En conclusión: no hay salida. Y como no hay salida, sólo queda la misma realidad de antes (y de siempre), pero con burla cínica en lugar de exaltación mítica. En todo caso cabrá preguntar por el papel catártico que, en esa realidad sórdida, juegan la música, la burla, la misma calidad de la frase.

 
Esta es quizá la conclusión mas llamativa y más destacable: la PM tampoco es feliz. Quizás es incluso menos feliz que aquella Modernidad esforzada y voluntarista, y supuestamente engañada. La PM sabe que «si dos no se engañan, mal pueden tener desengaños» (RE). Perfecto. Pero esta receta resulta también insuficiente porque, eliminada la posibilidad del desengaño, queda aún la nostalgia producida por la prohibición de soñar, queda la melancolía, y la añoranza de algo en lo que ya no se cree. Ante una constatación así, Camus daría, como es sabido, el consejo de «imaginarse a Sísifo dichoso», como única salida para el ser humano. La PM tampoco se aviene a eso: y unas veces prefiere imaginarse a Sísifo cínicamente corrosivo, mientras que otras veces optará por otra pequeña cátharsis romántica que consiste en cantar la propia desdicha. Ahí está esa canción, terriblemente nostálgica, pero también terriblemente egótica:

 
«Vivo en el número siete. calle Melancolía,
quiero mudarme hace años al barrio de la alegría.
Pero siempre que lo intento, ha salido ya el tranvía.
Y en la escalera me siento, a silbar mi melodía» (CM).

 
¿Por qué esa imposibilidad de subir al vehículo que lleva a la alegría? Porque todo es inalcanzable: el cielo está «cada vez más lejano y más alto». Pero ¿y la tierra? ¿Y esa tierra nueva en la que tanto creyeron los modernos? En la tierra, es verdad, hay campos verdes y primaveras; pero «el barrio donde habito no es ninguna pradera - desolado paisaje de antenas y de cables» (CM). En la tierra parece haber también tiendas y puertas, pero son sólo «puertas que niegan lo que esconden» (CM). Y es cierto que existen en la tierra grandes supermercados repletos; pero el posmoderno se pasea a veces por ellos gritando: «¿quién me vende un poco de autenticidad?» (CDCC). En la tierra, el hombre presiente la posibilidad de «un encuentro que me ilumine el día», pero luego ese presentimiento es «como una enredadera que no encuentra ventanas donde agarrarse»; y no le queda más salida que «abrazarse a la ausencia que dejas en mi cama» (CM). Esta es, no ya la calle, sino la ciudad Melancolía; porque la melancolía ya no es nombre de un sólo individuo, sino que engloba a todos sus moradores; y deja de ser enfermedad personal para convertirse en epidemia: «esa absurda epidemia que sufren las aceras». O para convertirse en «un barco enloquecido que viene de la noche y no va a ninguna parte» (CM). Sólo queda efectivamente cantar la desdicha.

 
Y la razón de esa melancolía es un desequilibrio que parece inherente, no ya a la realidad ambiental, sino al ser humano mismo: el desequilibrio entre lo que llamaríamos «esperanza expectante» y la «esperanza esperada». La primera es la que «busca acaso un encuentro que le ilumine el día», como acabamos de decir. Pero la esperanza esperada se ha de limitar a «encender un cigarrillo y resolver un crucigrama». En estas condiciones siempre ocurrirá que «es pronto para el deseo y muy tarde para el amor» (CC). Doy importancia a esta frase, que me parece una de las definiciones más intuitivas del fenómeno que estamos analizando: siempre será «pronto para el deseo» porque éste lo quema todo; pero también «muy tarde para el amor» porque en el amor uno ya no se atreve a creer. Será pronto para el deseo porque, por culpa del deseo.

 
«vivo del cáncer a un paso,
del trabajo me han echado,
....
me he quedado tan delgado
como un papel de fumar»(ES)

 
Pero, a pesar de ello, «¿qué voy a hacerle yo si me gusta...?» Y sobre todo: ¿cómo voy a hacer caso de los que me dicen: «eh cuidado», si no creo que me lo digan por amor a mí, sino «para que no escape de su lado»? Decididamente, es pronto para el deseo y tarde para el amor. Esta es la vida.

 
Y si es así, ¿cómo no va a vivir el hombre en el número 7 (que además es el número perfecto) de la Calle Melancolía?


2. POSMODERNIDAD COMO ANTIMODERNIDAD

Una vez hecha esta breve descripción, quisiera mostrar ahora, en un comentario sociocultural, que la PM no se limita simplemente a suceder en el tiempo a la Modernidad, sino que más bien reacciona (y muy duramente) contra ella. Es por eso antimodernidad más que posmodernidad. Quiero mostrar esto aunque yo sospecho que, a pesar de todo y por paradójico que parezca (pero por una ley que se repite en muchos procesos históricos), la PM no deja de estar marcada por la Modernidad, aun en medio de su dura reacción contra ella (6).

 
Esta última observación dejara abierta una pregunta futura a la que aun no podemos responder, a saber: que pesará mas a la larga: si el ser hijo de tal padre, o la reacción contra el padre. A esta pregunta responderán los años futuros. Nosotros ahora nos limitamos a analizar qué factores son aquellos en los que se percibe el talante reactivo y hostil de la PM para con la Modernidad, Esos factores componen en mi opinión un proceso que podemos describir así: la Modernidad puso la utopía humana en lugar de Dios; y la PM ha puesto el pequeño burgués en lugar de la utopía.

 
Con ello tenemos, casi sin querer, las dos partes de este apartado 2.

 

2.1. EL MILENARISMO PRIMER MUNDISTA DE LA MODERNIDAD O: "DIOS HA MUERTO, VIVA MARX"

Hay un detalle elemental, pero no sé si olvidado en muchos discursos, y es que lo que llamamos Modernidad no se identifica sin más con todo empeño «revolucionario» o de transformación del mundo, sino sólo con la revolución europea o primermundista. Y una característica fundamental de esas revoluciones europeas (desde la revolución francesa hasta mayo del 68), han sido sus escatologismos, sus promesas de felicidad paradisíaca, y su falta de respeto a los medios. Nuestra Modernidad confundió probablemente la llamada de la solidaridad (y de la libertad), con el mito voluntarista del «cielo en la tierra».

 
Y este mito es infinitamente nefasto, porque acaba generando la convicción inconsciente de que no es necesaria la educación del hombre (pues está claro que, para vivir en el cielo, no necesitamos educación: ¡el cielo mismo nos la comunica!). Yo me he planteado varias veces esta pregunta por las relaciones entre Modernidad y educación; y no precisamente ahora que tengo que hablar sobre la PM, sino mucho antes, en el contacto con gente joven o en el trato con sus padres preocupados. No hace demasiado tiempo que un matrimonio obstinadamente ateo, que andaba buscando un lugar de estudios para su hijo mayor (y ya problemático), me decían textualmente que les importaba un comino que fuera un lugar confesional o no, «carca» o «progre»: que lo único que querían es que el chico aprendiera «que no todo el monte es orégano». Sólo eso.

 
Y efectivamente, habría que preguntar hasta que punto nuestra modernidad europea y prometeica, prometiendo el cielo en la tierra o el paraíso en la historia, educó a sus hijos inculcándoles la tácita convicción de que "todo el monte es orégano" (7). La airada reacción posmoderna se produce entonces ante la constatación cruel de que no es así. Más aún: que la gran mayoría del monte no es orégano. Y que la raíz de ese desengaño no puede reducirse a que uno tiene la particular desgracia de que «sus padres -o sus familiares- no le quieren» (que es lo que piensa todo adolescente hijo de la Modernidad, antes de cuajar como posmoderno). Sino que eso pertenece a la estructura misma de la realidad. De toda realidad.

 
Y este detalle me parece muy importante porque, en su despertar aún balbuciente, nuestra Modernidad había cifrado todas sus esperanzas en «la educación del género humano». Dos siglos después hay que constatar quizás que esa educación es lo que no se ha dado. En su lugar, la Modernidad «real» prefirió la capacitación técnica del género humano (y hasta llegó a confundir capacitación técnica con educación). Quizá porque el mito del «cielo en la tierra» le hizo apartar cada vez más los ojos del interior del hombre, y volverlos hacia el exterior de la tecnología, único lugar en el que siguen pareciendo posibles todos los milagros y hasta la llegada al cielo (8). Pero esa desviación ha acabado por pasar su factura: y el hecho es que los posmodernos se han limitado a rebelarse con toda razón contra aquella seguridad, gestada en el desarrollismo v el consumo loco, de que la vida era un camino de rosas. Ellos han vuelto a descubrir con horror que la vida es un valle de lágrimas (aunque en ese valle también crezcan las rosas, regadas tantas veces por las lágrimas. Pero ahora este inciso les importa poco: ellos han hecho su descubrimiento sin la posibilidad de otra patria que permita percibir este valle de lágrimas como destierro (y a si mismos como «desterrados hijos de Eva»), y sin la posibilidad de algún Rostro materno al que acudir «gimiendo y llorando en este valle de lágrimas».

 
Y, una vez hecha esta primera constatación, se imponen unas breves observaciones sobre ella.
 
a) En primer lugar cabe señalar que todo el continente latinoamericano (a pesar de la impresionante colonización cultural por parte nuestra), no tuvo exactamente la misma «modernidad» que Europa y, por eso, tampoco está teniendo (hoy por hoy al menos) la misma posmodernidad. La historia de A.L. siguió siendo (no sólo tras la conquista, sino incluso) tras la independencia, una historia de despojo y esclavitud. El mito del «cielo en la tierra» resulta bastante innecesario cuando uno se sentiría satisfecho con una simple «tierra habitable». Y las posibilidades de enmascaramiento del proceso transformador o modernizador, son mucho más escasas y más burdas, por cuanto las tareas primeras o urgentes siguen siendo mucho más evidentes: sólo con una ceguera voluntaria se podría, por ejemplo, calificar a la Contra nicaragüense como «luchadores de la libertad» y este juicio es absolutamente independiente de la hipotética o real degradación del proceso nicaragüense a lo largo de estos últimos años.

 
Este parece ser el aspecto de la Teología de la Liberación que nosotros europeos percibimos peor, quizás porque hay que estar hambriento o sangrando para poder percibirlo. La Teología de la Liberación no es hija de la modernidad europea sino del dolor latinoamericano. Uno de los importantes errores científicos (no precisamente teológico) del primer documento del cardenal Ratzinger contra la Teología de la Liberación, era la confusión imperdonable entre los elementos marxistas que puede haber en algunas teologías de la liberación, y el marxismo cosmovisional y pseudoescatológico de aquellos »marxistas bien alimentados» que Ratzinger debió conocer en la Alemania del 68 (y que según algunos están en las raíces psicológicas de su involución). Recuerdo la impresión de un obispo latinoamericano (de la que fui testigo), cuando leía alguno de los papeles previos a aquel Documento: el pobre hombre no sabía literalmente de qué le estaban hablando. Su reacción era algo parecido a la reacción de Domitila Barrios, cuando ve confundido su feminismo con el de las lesbianas norteamericanas (9).

 
b) En segundo lugar, resulta casi una obviedad el decir que, en la PM que hemos presentado, se adivina con facilidad un triunfo de elementos existencialistas y anarquistas sobre el marxismo revolucionario. De este último -del derrotado- hablaremos dentro de poco. Ahora quisiera decir una rápida palabra sobre los vencedores del momento. Pues ese triunfo tiene algo de venganza contra aquel ambiente de nuestros años setenta, en el que citar a Heidegger o a Proudhon, entre la gente más de vanguardia, equivalía a traicionar toda la revolución y a privarse de toda credibilidad. Mi comentario va a ser muy breve:

 
b.1.-Por lo que toca al existencialismo me parece que, en la PM, falta aquella altura trágica que fue típica de éste. Hay si una cierta dignidad, pero... sin demasiados riesgos. Más que con la belleza de lo trágico, el posmoderno se contenta con la tragedia de lo limitadamente bello. Más que asumir heroicamente la nada, la contingencia o la muerte, el posmoderno procura paliarla o acallarla con la pequeña evasión, la mujer del momento, «un vino y una buena titi» como ya hemos citado.

 
b.2.-Y, por lo que toca al anarquismo, no tiene demasiado mérito indicar esto, cuando el propio autor comentado afirmaba que, por lo «zurdo» de sus ideas, «escora Bakunin». Sin embargo si que merecería un comentario un poco más detenido. Antaño afirmé varias veces que el contencioso marxismo-anarquismo había sido la gran tragedia y el «pecado original» de la revolución moderna en el primer mundo. Ahora sólo quiero evocar que esa enemistad secular contribuye a que todas las osicilaciones del péndulo de la historia hacia un lado o al otro, sean siempre reactivas y unilaterales. Y entonces, si el marxismo acabó confundiendo solidaridad con imposición, será casi inevitable que el Bakunin sabiniano, al reaccionar hostilmente contra la imposición, arrastre con ella a la solidaridad. Ello hace aflorar la cuestión de si lo que «escora» por el izquierdismo sabiniano es Bakunin, o más bien Nietzsche como ahora diremos. Pues me parece válida la ley que afirma que, así como Marx sin Bakunin degenera en Stalin, así Bakunin sin Marx acaba travestido en Nietzsche (10).

 
c) Estas dos observaciones permiten comprender en qué sentido lo que se ha llamado posmodernidad es, en el fondo, una antimodernidad, como habíamos apuntado. En este contexto sólo quisiera añadir aquí, en otro rápido comentario, que la verdadera posmodernidad fue quizás eso que se llama «Escuela de Frankfurt», primera corriente que constató las decepciones de la Modernidad, mucho antes de que fueran moneda de uso común; y que se preguntó preocupada por sus causas, pero desde dentro de los afanes mismos de la Modernidad, y sin renunciar a ella. Esta creo yo que seria la diferencia entre un Horkheimer o un Adorno, y cualquiera de los filósofos posmodernos que ya tienen algo o mucho de antimodernos. Pero habría que preguntarse además por qué fracasó también el intento de la Escuela de Frankfurt, dando lugar, o a una integración excesiva y resignada en el sistema (algo de eso sería la que se llama «segunda generación»), o a una mera «nostalgia de lo enteramente otro», cuando no a una intranquilizadora profecía de ''autodestrucción'' (11).


2.2. CONTRA EL AURA MARXISTA DE LA MODERNIDAD O: "MARX HA MUERTO, VIVA JOAQUIN SABINA"

Además de esa protesta genérica contra la ambición prometeica de la Modernidad, hay en el talante posmoderno una reacción muy clara contra otra forma particular de aquel prometeísmo: me estoy refiriendo al profundo desengaño frente al marxismo. Que el lenguaje de «crisis del marxismo» es coetáneo del lenguaje de «posmodernidad», constituye un dato de observación cotidiana. Pero pienso que conviene precisar bien y centrar lo más posible ese desengaño, dado que puede servir para usos muy interesados.

 
En realidad, y en paralelismo con la reacción antimilenarista ya comentada, habría que decir ahora que la PM no niega los análisis de Marx, sino sus soluciones. Que la sociedad capitalista no es más que sordidez envuelta en divinas palabras (como la de «libertad»), debe haber quedado claro a estas alturas de nuestra exposición. Por si acaso, evoquemos otra vez lo que piensa el «cuervo ingenuo» de J. Sabina:

 
«Tú no tener nada claro
Cómo acabar con el paro.
Tú ser en eso paciente.
Pero hacer reconversión,
y, aunque haber grave tensión,
tú actuar radicalmente».

 
Digamos entre paréntesis que esta canción es anterior a Reinosa, por ejemplo. Pese a ello, la crítica de la PM al marxismo no ha sido menos brutal. Y, si tomamos como punto de partida que el verdadero nervio de esa crítica reside en las promesas no cumplidas más que en las injusticias denunciadas, creo que podremos llegar hasta su raíz más claramente marxiana (no ya simplemente marxista): me refiero a los duros ataques de Marx y Engels contra los llamados «socialistas utópicos» de su época. En el fondo, aquellos ataques, que pretendían sustituir toda la interpretación utópica o ética por una garantía científica, acabaron convirtiéndose en una utilización de la ciencia como seguridad tecnocrática, para eludir así la «travesía por el desierto» necesaria para toda liberación. Marx y Engels solían decir que «cuando se es hombre de ciencia no se tienen ideales». No sospechaban ellos de qué distinta manera suena hoy esa frase, y cómo puede volverse contra ellos bajo la forma de esta respuesta (que es, a la vez, una deducción lógica): «cuando no se tienen ideales hay que conformarse con los hechos». No lo sospecharon porque ellos estaban religiosamente (¡que no científicamente!) convencidos de que los hechos estaban a su favor. Pero hoy, cuando ya hemos experimentado los hechos, sí que podemos dar esa respuesta a los padres del marxismo.

 
El engaño de Marx y Engels consistió por tanto en llamar ciencia a lo que (secretamente) eran sólo sus ideales, sus más nobles ilusiones humanas. Se enseñaron con los socialistas utópicos no porque éstos no tuvieran nada que aportar, sino porque podían descubrirles ese cortocircuito tan anticientífico. Pero luego, la venganza de la PM ha sido cruel: la verdad de los posmodernos ha consistido en quitar los ideales. (Debemos dejar colgada la pregunta de si, en la raíz de la actitud de Marx y Engels, no estaba precisamente su ateísmo: una vez eliminado Dios, Marx no sabía dónde fundar los ideales humanos; no quedaba más remedio que fundamentarlos en la ignorancia, pero ésta, naturalmente, se supone vencida en el hombre de ciencia. Esta pregunta es importante, pero no vamos a seguir en ella). Ahora nos interesa descubrir ese fallo-raíz que estamos comentando, aun en épocas posteriores a la de Marx y Engels. Para ello voy a hacer una rápida alusión a nuestro pasado reciente.

 
En la España de nuestros años setenta, poblada de generosos marxistas en lucha, en aquellos días en que «mañana era nunca y nunca llegaba pasado mañana», la inmensa mayoría de los militantes se caracterizaban por una «furiosa hostilidad contra todo reformismo» o revisionismo. Estas eran las palabras-tabú de aquel momento. De este modo, los luchadores utilizaban fraudulentamente la utopía y la ética, para eludir la gradualidad y la lentitud típicas de todo proceso creador humano. Pero las utilizaban no como tales, sino enmascaradas como ciencia: pues eso era lo que Marx había hecho al no saber integrarlas como utopía y como ética. Y eso es lo que trajo como consecuencia el que ahora reaparecieran triunfantes la utopía y la ética. pero en la forma en que suele reaparecer todo lo reprimido: camufladas.

 
¿Qué ocurrió después, a partir de esa situación? Pues probablemente lo que tenía que ocurrir: desaparecidas oficialmente la utopía y la ética nos quedamos prácticamente donde estábamos: con unos márgenes mínimos de maniobra. Y por eso, de aquel rechazo radical de todo reformismo se ha pasado ahora en la reacción posmodernas a un triunfo del posibilismo más pragmático. Pero ahora se trata de un posibilismo sin generosidad ya que antes la generosidad había desparecido, pretendidamente sustituída por la ciencia.

 
Y si de nuestro cercano ayer pasamos a nuestro hoy, la referencia antimarxista reviste otra forma. Así, p. ej., la PM no ignorará las enormes posibilidades que abre la actual revolución informática. Pero de lo que duda muy seriamente es de que los hombres vayan a usarlas para bien. En cambio Marx no dudó ni un momento de que la revolución industrial de su epoca iba a ser utilizada por los hombres «para bien». Este es probablemente el último punto de la gran distancia entre modernos y posmodernos (12).

 
A partir de esta evolución se asienta un dogma fundamental: visto lo inútil que es la generosidad, y el poco fundamento que tiene, se concluye que «nadie tiene que morir por nadie» (13).Lo cual significa: nadie tiene que sacrificarse por nadie (14). Los antiguos revolucionarios inconformes se convierten así en los actuales pequeños funcionarios florecientes. Y el que no quiera entrar por ahí, se verá reducido a formar parte de una auténtica «reserva de indios» (y además de indios delincuentes) de nuestra sociedad occidental.

 
Y, una vez establecido ese dogma de que «nadie tiene que morir por nadie», ya no se dice naturalmente que la ciencia va a aportar todo lo que los ingenuos utópicos asignaban a la generosidad (esto es lo que quedó enterrado con Marx y el marxismo). Ahora se dice solamente, y más modestamente, que vamos a ver qué es lo que puede dar de sí la racionalidad, a partir de ese principio de que nadie tiene que morir por nadie. Estamos con eso en el pragmatismo actual del PSOE. Lo que todavía no se dice es que esa racionalidad pragmática da de sí poquísimo: puede, p. ej., inventar los semáforos, pero no puede evitar que se encuentren poblados de mendigos en desesperada espera. Y es que, como bien escribió M. Horheimer, «la añoranza de que el verdugo no triunfe sobre la víctima no es una verdad científica» desde luego. Pues «la ciencia no puede producir ni justificar un solo acto de amor» como más tarde ha dicho J.B. Metz. Quizá pues lo único que puede dar de sí esa racionalidad es que el verdugo se coma a la víctima «con tenedor y cuchillo», en lugar de a mordisco limpio.

 
Al llegar aquí, quizás quepa resumir, de una manera gráfica, que lo ocurrido con la política económica de Reagan se convierte en una parábola cultural de la PM. La supresión de impuestos lleva a un aumento insoportable del déficit publico, el cual se traduce en fuertes bajadas de la Bolsa que amenazan cuartear el sistema. De modo parecido, la negación de toda obligación comunitaria o de esos «impuestos» no simplemente económicos: el dar un poquito de nuestra vida a los demás), lleva a una sociedad con un brutal déficit de solidaridad, que se traduce en un desconfiado deshacerse de toda participación en la construcción de este mundo. El problema es que, en mera política económica, la cosa puede arreglarse si Reagan se decide a imponer impuestos. Pero en el campo moral ¿quien puede imponernos alguna obligación comunitaria? Y ¿qué le vamos a hacer si nos gusta más «el güisqui sin soda»?

 
Y, con esta ultima observación entramos en un nuevo apartado: el paso de una descripción cultural a un intento de valoración humana de la PM (15).


3. AMBIGÜEDADES, PREGUNTAS Y AMENAZAS DE LAS POSMODERNIDAD O: JOAQUIN SABINA TAMBIÉN HA MUERTO. ¿VIVA RAMBO?...

Para quienes hemos cuajado como hombres y como creyentes en el difícil despertar de España (y de la Iglesia del Vaticano II) a la Modernidad, sería ahora muy tentador pronunciar ya de entrada una condena global. Tampoco nos sería difícil: nuestros esquemas mentales suministrarían para ello palabras y razones abundantes. Pero precisamente por eso, semejante balance resultaría muy sospechoso. Seguramente, y aunque se dijera hecho en nombre de la fe, estaría mucho más hecho desde la Modernidad que desde el cristianismo. No nos daríamos cuenta, pero sería así.

 
Por eso, y para no precipitarnos, puede ser oportuno comenzar este balance recordando que también a la Modernidad (en sus inicios) se la desautorizó como intrínsecamente falsa: por ejemplo con el argumento de que hablaba de los derechos del hombre en lugar de los derechos de Dios. Convendría no perder de vista que ese lenguaje teológico para nosotros tan familiar (el de un Rahner, el de un Metz, hasta el mismo lenguaje wojtilianao sobre los derechos del hombre), son en realidad una recuperación tardía que se realiza luego de haber negado el pan y la sal a aquella Modernidad naciente.

 
¿Diremos ahora con la misma precipitación que la PM es intrínsecamente falsa, aunque aleguemos para ello que ignora los derechos del hombre, o cualquier otra razón aparentemente irrefutable?. A mí no me gustaría proceder así. Y por eso quisiera comenzar este balance provisional atendiendo a los aspectos que pueden ser más positivos del fenómeno posmoderno.

 

3.1. VALORES DE LA POSMODERNIDAD

3.1.1. Siempre ha sido mucho más fácil acertar en la crítica de defectos que en la solución positiva con que se pretende sustituirlos. Si recordamos esto no nos será difícil sospechar que quizás la PM tiene toda la razón en su crítica a una Modernidad que se apoyaba casi toda en el «mito del futuro mejor» y en la hipocresía de llamar liberación (o cualquier otra divina palabra) a lo que no era más que «la real gana». Desmascarar esa hybris de la Modernidad era absolutamente necesario. Recordarle al infatuado hombre moderno (parodiando al viejo poeta):

 
como a nuestro parecer
cualquiera tiempo futuro
será mejor,

 

 
 
 

 es por sí mismo un acto de valentía y lúcida honradez: el hombre es en algún sentido más pequeño de lo que pretende, y la realidad de este valle de lágrimas quizá «no da mucho más de sí». Denunciar esto es un primer valor de la PM (16).
 

3.1.2. Además es posible percibir un sentido de dignidad y de amor a lo bello en medio de esta tragedia de la mediocridad, un innegable afán de dignificar (siquiera sea con algo de estilo) esa «insoportable entidad de lo leve», que quizá sería el verdadero significado del conocido título de M. Kundera. Un afán muy amenazado pero que, por ejemplo, es aún claramente perceptible en un Nietzsche quien, en muchas de sus páginas y de sus aforismos, es uno de los padres de la PM: un Nietzsche sin superhombre, pero con su sentido dionisíaco de lo trágico. La única pregunta que me suscita este segundo valor es si, a la larga, logrará mantenerse y dignificar esa levedad del ser, o si más bien no estará fatalmente amenazado por la vulgaridad, aún más insoportable que la levedad. Hay razones para sospechar que estamos viviendo ya, en muchos posmodernos, un afán de nietzscheanismo sin dignidad, desde el momento en que se atisba que la dignidad nietzscheana también acaba teniendo su tragedia: el drama de la locura de Nietzsche.

 
Esto me sugiere una cuestión ulterior, a la que quizá nos arroja la misma PM, desde dentro de ella misma: ¿no será que -para lograr corregir un poco la finitud- es preciso no instalarse en la finitud? Al menos a este nivel de pregunta y de sospecha siempre acuciante, creo yo que semejante cuestión no debe ser eludida (17).

 
Pero en cualquier caso, y desde los dos valores enunciados, podría seguirse una conclusión formulable más o menos así: la busca de lo comunicativo (aunque pequeño y aún no encontrado) ha pasado por encima del afán de lo productivo. Esto nos llevaría al último valor que queremos señalar.

 
3.1.3. Heidegger ha citado varias veces aquel verso de Holderlin; "ahora que somos diálogo. Según Vattimo ese ser-diálogo acontecería como consecuencia de la imposibilidad de la metafísica (18). El texto completo de Holderlin dice en realidad: «el hombre ha aprendido mucho y ha dado nombre a muchas cosas celestiales, desde que nosotros somos un diálogo y podemos oírnos unos a otros». A mi modo de ver, en esta estrofa sería todavía moderna la consecuencia: que el hombre haya dado nombre a realidades celestiales. Pero sería posmoderno el enunciado: que somos un diálogo.

 
Es decir: es posmoderna la tesis heideggeriana de que la verdad no reside en el juicio. No es por tanto una especie de «fotografía» del ser. Pero si no existe esa fotografía, sí que hay la posibilidad de sentarse y dialogar. Es decir: queda la verdad como acogida abierta, la verdad como comunión. Sin que nadie pretenda venir al diálogo con toda la verdad ya construida, como una pretensión absoluta. Algo de esto parece decir Heidegger en su famoso escrito sobre la esencia de la verdad. Y algo de esto explicaría el desconcierto de la PM ante todos los dogmatismos (marxistas, musulmanes, batasuneros o católicos..., todos por igual).

 
Pues bien: desde este valor, yo quisiera preguntarme también por la necesidad de su superación, en una especie de pequeño análisis trascendental del diálogo. En primer lugar, parece necesario afirmar que si dialogamos es porque no somos tan radicalmente distintos, sino que algo en común tenemos (llámesele la razón, la humanidad o como se prefiera). En segundo lugar también cabe establecer que si dialogamos es porque «alguien somos». Y en este sentido puede decirse que una identificación global y una identidad personal son condiciones de posibilidad del hecho mismo del diálogo.

 
Pero el hecho es que, aun siendo alguien y teniendo una identificación global, podemos acabar matándonos a menos que añadamos: si dialogamos es porque el otro es alguien. Sin este tercer factor no acaba de nacer el diálogo. Y esto es lo que parece convertirse para la PM en una llamada a la ética que la supera, pero que está detectada también por el mismo Vattimo:

 
«El pensamiento europeo, nacido de los griegos -dice Levinas- siempre trató de formularse en conceptos generales; por ejemplo, y sobre todo, el concepto de ser el concepto de hombre, etc. con el fin de controlar por adelantado todo lo que la experiencia nos ofrece. Así? de acuerdo con el concepto general de hombre, el prójimo que me encuentro no será más que un ejemplar de una especie que ya conozco (y que domino). Pero considerar al otro hombre sólo como un ejemplar de la humanidad es la máxima violencia, ya que no lo respeta en lo que tiene de particular, de imprevisible y, en el fondo, de infinito»(19).

 
Todos estos y otros valores de la PM son importantes y de recuperación necesaria. Pero la manera como aquí los hemos presentado (como transidos por la pregunta o la llamada hacia su propia trascendencia) nos lleva hacia los aspectos más cuestionables o que más perplejidad humana crean, de nuestra PM.

 

3.2. PREGUNTAS Y AMENAZAS DE LA POSMODERNIDAD

De entrada, y para mantenerme en paralelismo con lo que antes he dicho, me gustaría apuntar que, si malo es el mito del futuro, no parece mejor sustituirlo por otro mito del presente, por el mito del momento. Y que si malo es hacer «la real gana» llamándole hipócritamente liberación, tampoco se arregla demasiado con hacerla llamándole «real gana». Es una conducta tan reactiva que no se la puede mirar como definitiva. El dolor del mundo, y el dolor que causamos los hombres, también sigue estando ahí y clamando cuándo «apretamos el acelerador». Y apretar el acelerador a tiempo, parece que sólo conduce a sustituir la hipocresía en el hablar por la hipocresía en el mirar...

 
Estas sospechas se vuelven particularmente angustiosas cuando intentamos mirar un poco hacia adelante, calcular la probable evolución de las actitudes posmodernas, y preguntarnos sencillamente: ¿en qué puede ir a dar todo esto?. Entonces afluye otra vez una serie de preguntas como éstas:

 
3.2.1. A pesar de su vuelta a la realidad ¿no acaba siendo la PM una especie de «principio de placer» como protesta contra el «principio de realidad» (más que en integración con él)?. O, con terminología menos freudiana y más sencilla: ¿no amenaza la PM con ir a dar en un individualismo irredento, que no es sólo posmoderno, sino muy antiguo en Occidente?. Si en definitiva:

 
opino con Sade que al deseo los frenos le sientan fatal,
nunca entiendo el móvil del crimen, a menos que sea pasional...
y siempre que la muerte viene tras mi pista me escapo por pies,

 entonces no será difícil imaginar que aquel «hombre blanco con lengua de serpiente», que no cumplía sus promesas y que se codeaba con el otro gran presidente, le llamara un día por teléfono a Joaquín Sabina para explicarle su conducta, y le dijera sencillamente: «mola más tu egoísmo que el socialismo de Tierno». Porque el problema es que el crimen, aunque sea pasional, también produce víctimas, y hay veces en que no se puede escapar por pies de la muerte más que colgándosela a otro. Negar esto sería desconocer esa realidad ante la cual la PM ha querido precisamente no ser ciega. Y sin embargo, el Sabina despectivo, que percibe mordazmente la existencia de «mujeres que dicen que sí cuando dicen que no», o «que buscan deseo y encuentran piedad», no parece dispuesto a preguntarse a sí mismo si el hecho de que existan mujeres así no tendrá nada que ver con el pequeño detalle de que hay muchos varones que dicen que no cuando dicen que sí, o que anuncian piedad cuando empuñan deseo... Era una pregunta tentadora, sobre todo dado el gusto de nuestro poeta por la agudeza mental y el retruécano afortunado. Pero cuando se trata de uno mismo parece que no hay nada que preguntar: sólo aquel «¿qué voy a hacerle yo si me gusta así?». Y basta. Dudo mucho de que con esto hayamos salido de las «divinas palabras».
 
3.2.2. Lo anterior es para mí la pregunta más importante ahora. Pero se puede llegar a conclusiones parecidas pensando en otras amenazas. Por ejemplo; en los elementos de agresividad latentes en la PM (aunque quizá latentes como autodefensa; pero ¡esa ha sido siempre la justificación de todas las agresividades!). Cuando Sabina denuncia a todos los trepadores que antaño le despreciaron y ahora le rodean, cuando les grita «No, no, no... ya está marchita la margarita», está quizá recayendo otra vez en una forma de divinas palabras. O con otro ejemplo, ajeno a los textos que aquí hemos comentado: un día me comenta un amigo que Fernando Savater ha escrito un artículo realmente intolerante para protestar contra la intolerancia esencial a todo lo religioso (20). Mi comentario es que quizá la intolerancia no se debe a una incoherencia personal de Savater: quizá es que algún «fanatismo», es esencial a todo lo humano, en cuanto que lo que percibimos como verdad (aunque no le llamemos dogma) lo percibimos como absoluto. Savater tenía, por desgracia, bastante razón en varias alusiones de aquel artículo. Pero ¿cómo expresar lo absoluto de una razón, sin dar sensación de intolerancia? ¿No pone esto de relieve que el hombre necesita alguna dosis de absolutez, aun para defender lo relativo?

 
En mi opinión, algo de esto se mostraría también atendiendo a la evolución de los nacionalismos en los últimos años: parece como si hubieran pasado de ser liberación de un pueblo, a ser mayúsculas (o divinas palabras) de un grupo. (En mi modesta opinión, ETA por ejemplo se habría encontrado metida en esta evolución sin haberse enterado de nada; y esto sería parte de su drama). Este ejemplo, sólo rápidamente evocado ¿no vuelve a mostrar que la PM sólo puede mantenerse como tal a base de algo que no es nada posmoderno? ¿O que el hombre necesita alguna »divina palabra» hasta para mantener sus palabra sencillas y humanas?...

 
O dicho de otra manera: el individualismo tan radical de que hace gala la PM (y aun sin olvidar que todo enfermo y todo sufriente tiende a volverse individualista), ¿no lleva por su misma dinámica a la lucha de todos contra todos, en lugar de llevar a la convivencia de todos con todos?. Para llegar hasta esto último ¿no es absolutamente necesario algún proyecto supraindividual en el que todos tienen que morir un poco? Y aquí ¿no se encuentra la PM en la alternativa de destruirse, o trascenderse a sí misma?(21).

 
Esta pregunta podemos dejarla colgada por el momento. Con los rasgos positivos y negativos que hemos ido intentando apuntar, quizá sea posible esbozar ya un pequeño balance.


4. BALANCE

4.1. Dicho cristianamente podríamos formular así: la PM tiene razón en protestar contra la divinización de la historia: pero no la tiene en cuanto hace esa protesta perdiendo la dimensión teologal de la historia.

 
Dicho de manera mas laica podríamos formular así: la PM sucumbe ante la famosa pregunta de A. Camus: ¿tiene un hombre derecho a ser feliz en una ciudad invadida por la peste? Por más que el posmoderno reivindique ese derecho se encontrará con que no es posible, aunque sólo sea por la amenaza. Y al final resultará que no se podrá ser feliz sin unas fuerzas del orden cada vez más «fuertes».

 
Pero yo creo que no sólo por la amenaza sino también por la conciencia. En una línea semejante a la de Camus, afirma otro personaje de Le diable et le bon Dieu de J.P. Sartre; «en esta tierra sangrante toda alegría es obscena». Quizá sea esa la única obscenidad o el verdadero sentido de toda obscenidad. Porque el dolor sigue estando ahí. Y si quizá no depende de nosotros el enjugarlo del todo, sí que depende de nosotros el aumentarlo, e incluso el aumentarlo «sin querer». Pues como escribió muy agudamente Vázquez Montalbán: «cada neopositivismo tiene la realidad que se merece».(22)

 
Si esto es así, podríamos estar plenamente de acuerdo en que toda Modernidad sin una dosis de PM se convierte en puro fundamentalismo, o en un fanatismo acrítico. Pero deberíamos convenir también en que un exceso de esa dosis amenaza con convertirse en puro veneno: la sola PM irá degenerando en una complicidad cada vez menos encubierta, y una colaboración cada vez más hipócrita con todos los franquismo, los pinochetismos y los reaganismos de la historia humana. La receta posmoderna ya la utilizó aquel ministro franquista que escribió un libro sobre «El ocaso de las ideologías». Tal ocaso -tan posmoderno él- implicaba subliminalmente la aurora de la dictadura...

 
Y por eso, lo que hay que decir a la PM no es aquello de «ten cuidado con la nicotina, ten cuidado con la Josefina o ten cuidado con el Paternina». No. La verdadera advertencia será mas bien esta otra: «eh Sabina, ten cuidado con América Latina».

 
4.2. Nuestro balance no sería justo si, a la vez que presenta las preguntas que nosostros le hacemos a la PM, no presentara también las preguntas que la PM nos deja a nosotros. Preguntas que quizá son algo más que cuestiones; son tareas a emprender, si es que, por amor a los hombres, queremos que la llamada PM sea sólo una etapa necesaria pero transitoria en la historia del genero humano. Pues la enfermedad no se arregla diagnosticándola; es preciso saber además cómo salir y hacia donde. Pues parece claro que ya no podemos regresar a aquel talante «quinceañero» de nuestra pasada Modernidad.

 
Pues bien: en este contexto son dos las preguntas que a mí me resultan fundamentales y que resumen el reto de la PM. Helas aquí:
a) ¿Cómo dar alguna vigencia a la esperanza utópica del hombre de tal modo que éste, ni crea posible vivir en «la ciudad de la alegría», ni tampoco se sienta viviendo siempre en la «calle Melancolía»?

 
b) ¿Donde encontrar la fuerza para una transformación del deseo egoísta, de tal modo que el hombre ni se sienta fatalmente encadenado a el, ni vía el desprendimiento de él como mera represión? Pues sí, al comienzo de este trabajo hicimos alusión a la teoría de Buda sobre el deseo y el dolor, habría que concluir ahora que la PM, mientras ha caído en una especie de «nirvana» respecto al afán de transformar al mundo, sin embargo no ha eliminado el deseo del «güisqui sin soda». Se ha limitado a decir «¿que voy a hacerle yo?». Pero cabría preguntar si ello ha sido así por debilidad personal, o por sola inconsecuencia, o por algún atisbo de que, a pesar de todo, vale más vivir con deseo y con dolor que «morir» en la insensibilidad del nirvana. Que ese atisbo es bien legítimo lo expresan aquellos versos de M. Machado: «el cuerpo joven pero el alma helada, -sé que voy a morir porque no amo ya nada».

 
Y si ese atisbo es real ¿cómo se explica y cómo manejarlo? He aquí otra variante de esta misma cuestión.


5. POSMODERNIDAD E IGLESIA INSTITUCIÓN*

1) La posmodernidad parece tener su correspondiente paralelismo religioso en la actual restauración eclesial. Parece salir al encuentro de la tradicional «antimodernidad» de la Iglesia, si bien por razones distintas (la antimodernidad de la Iglesia obedecía a miedo o retraso; la de la PM obedece más bien a desengaño o cansancio). Pero, en la medida en que Vaticano II representaba un proyecto de reconciliación entre la Iglesia y la Modernidad, puede hablarse ahora de la actual restauración eclesial como «posvaticanidad».

 
2) En este contexto, la critica del mundo a la Iglesia cambia de sentido. El mundo ya no atacará a la Iglesia por ser «infiel» a su utopía evangélica, sino que tratará de «ponerla en evidencia», para mostrar que tampoco la Iglesia tiene utopía, que tampoco ella cree -al menos prácticamente- en esas Divinas Palabras que predica, y que vive centrada sobre sí misma y sobre sus propios intereses. El cristiano comprometido ya no se encuentra hoy con militantes que le acusan, sino más bien con perdonavidas que sonríen ante él. Al tratar de este modo a la Iglesia, la PM intenta justificar su renuncia a los ideales de la Modernidad, aduciendo la renuncia de la Iglesia a los ideales evangélicos.

 
3) Precisamente por eso, en este nuevo contexto cambia también de sentido la crítica profética hecha desde el interior de la Iglesia misma y desde una eclesialidad irrenunciable. Ahora no significa «alianza» con los enemigos de la Iglesia, sino testimonio de que en la Iglesia sigue funcionando la instancia de lo utópico, que la Iglesia no puede renunciar al Evangelio ni aun cuando siente que le viene grande. Porque el Evangelio la constituye como Iglesia aunque, a la vez, no la deje vivir tranquila. Por otro lado, la palabra libre y dialogal en el seno de Iglesia, cuando es realmente evangélica, sale al encuentro de ese afán por una comunidad dediálogo que es el mayor resto de utopía que perdura en la PM.

 

 
 
 

6. LA INTERPELACIÓN DE LAS IGLESIAS LATINOAMERICANAS**

 
La trayectoria de América Latina no ha sido exactamente la misma que la del Primer Mundo, a pesar de la enorme colonización cultural. No cabe hablar allí de una modernidad revolucionaria y una posmodernidad desengañada. Ello permite hoy constatar algunas diferencias culturales, que se convierten en interpelaciones para la Europa posmoderna y para los iglesias europeas.

 
1) Interpelación por su misma realidad. la historia de su sufrimiento no ha terminado. Y ello lanza la pregunta de si ese «fin de la historia», que proclama la PM es, en realidad, el fin de toda historia o solo de la historia que escriben los vencedores. Es la interpelación de que no podemos seguir «fingiendo que no los conocemos», para luego decir que «no sabíamos nada» (como intentaron hacer muchos alemanes al revelarse los horrores de los campos de concentración nazis). Los países del Tercer Mundo son, en algún sentido, nuestro «campos de concentración y, por eso, es interesada la pretensión posmoderna de descalificar toda preocupación hacia ellos, calificándola despectivamente de «tercermundista».

 
2) Interpelación también por su fe. Al tomar tan en serio al hombre Jesús y su muerte, frente a todos los religiosismos abstractos occidentales, testifican que no creen en ningunas mayúsculas meramente formales y en ninguna palabra pseudodivina, sino en la Palabra de Dios hecha palabra humana, en las «mayúsculas» despojadas de su condición «divina» para entrar en las minúsculas de nuestra realidad.

 
Al tomar tan en serio el seguimiento de Jesús y el Sermón del Monte, percibe que la «locura de la cruz» y la .« necesidad de las bienaventuranzas» no pueden proclamarse como Gran Palabra mágica, sino que sólo se vuelven creíbles desde una práctica modesta de acercamiento a ellas. De ahí deriva un compromiso que no se funda en promesas infalibles de futuros mejores, ni en ilusas esperanzas mesiánicas, sino en el amor al hermano sufriente, que abre hasta Dios mismo todo compromiso terrestre. (Por eso, uno de los capítulos teológicos que han nacido en la teología de la liberación, han sido las teologías «del cautiverio» y del martirio).

 
3) Interpelación finalmente a las mismas iglesias occidentales: no sólo por el número de católicos latinoamericanos (para el ano 2000 se cacula que serán la mitad de la Iglesia Católica), ni sólo por su debilidad (casi todas las decisiones que afectan a su futuro pasan por nuestras manos), sino también por su novedad: por realidades como las comunidades de base, por buscar a Dios «en la calle y no en la curia» (Casaldáliga), por no separar el sacramento «del altar» del sacramento «del pobre», y por la exigencia evangélica que todo esto implica para la institución eclesial.

 

 
 
 



 

NOTAS

*Reproducimos muy resurgidas, y casi en forma de tesis, las otras dos partes del trabajo.
** Esta tercera parte se expone mediante un comentario al libro de poemas del obispo Casaldáliga: «El tiempo y la esperas» /Sal Terrae 1986/. En las poesías de ese libro puede encontrarse material muy apto, tanto para mostrar las tesis aquí enunciadas, como para contraponer a los versos de J. Sabina expuestos en la primera parte,).

1. G. VATTIMO, El fin de la Modernidad, Barcelona 1986.

2 Cf. J.M. ROVIRA BELLOSO, Fe i cultura al nostre temps. Barcelona 1987.

3. Citaré las siguientes canciones y con las abreviaturas que aquí indico: OL = Ocupen su localilad. / CMJ = Cuando era más joven. / P = Princesa. / HM = Hay mujeres. / ZN = Zumo de neón. / JAP = El joven aprendiz de pintor. / CDCC = Cómo decirte, como contarte. / TI = Tratado de impaciencia. / QD = «Que demasiao». / JL = .Juana la Loca. / CM = Calle Melancolía. / PHJ = Pongamos que hablo de Joaquín. CC = Caballo de cartón. / Cl = Cuervo ingenuo. / GSS = Güisqui sin soda. / RE = Rebajas de enero. / AA = Adiós, adiós. / PA = Pisa el acelerador. / PHM = Pongamos que hablo de Madrid. ! ES = Eh Sabina.

4. Mirando ya al caso español es inevitable la pregunta sobre el enorme papel que ha debido .jugar en nuestra posmodernidad todo el desengaño producido por el PSOE. La increíble mayoría de 1982 era, sobre todo, expresión de una ilusión, más aún: de una confianza. Y la cadena de decepciones con que el PSOE ha respondido a aquella ilusión es precisamente el tema de la canción «Cuervo ingénuo», de J. Sabina:

Tú decir que, si te votan, - tú sacarnos de la OTAN.
Tú convencer mucha gente, -tú ganar gran elección.
Ahora tú mandar nación, - ahora tú ser presidente.
Hoy decir que esa Alianza - ser de toda confianza.
incluso muy conveniente - Lo que antes ser muy mal,
permanecer todo igual - y resultar excelente.
Tú tirar muchos millones - en comprar tontos aviones
al otro gran Presidente. - En lugar de recortar
loco gasto militar, - tú ser su mejor cliente

 Si los «nuevos filósofos» franceses, resultados de mayo del 68, se confesaban «hijosde Marx y de la Cocacola» los posmodernos españoles parecen «hijos de M. Boyer y de Isabel Preysler», con la diferencia de que todavía parecen desconocer a sus padres Nuestro cantante habla más bien de «hijo de la derrota y el alcohol», pero creo que está en el mismo camino: la derrota de que «socialistas de toda la vida» descubran ya maduros «los grandes valores del mercado», y el alcohol que «se sube a la cabeza» como una mujer fatal.

5. Sobre otra posible recuperación de la ética en la PM, ver lo que diremos más abajo de la nota 19.

6. Esto se percibe por ejemplo en esa canción aguafuerte y autorretrato de nuestro autor, que se titula «Pongamos que hablo de Joaquín». .Junto a las llamadas a «vivir a tope», y a resistir con «un buen tinto y una buena titi», afloran también frases como éstas: «amigo de causas perdidas -desde aquel mayo de París»..., «medio profeta medio quinqui»..., «tirando a zurdo en sus ideas -por donde escora Bakunin»... Esta última alusión también es de interés y habremos de comentarla.

7. Sobre los orígenes religiosos de ese milenarismo, remito al libro de N. COHN (En pos del milenio, Barral 1972), dado que ahora no podemos entrar ahí. Habría que analizar no sólo el carácter religioso de los milenarismos, sino su dura represión por las iglesias, y lo que significa el que este dato del inconsciente europeo reaparezca en la conciencia moderna, desgajado ya de su raíz religiosa.

8. Quizás también porque hubo otro fallo en la Modernidad naciente, que fue querer transformar el mundo sin arreglar la «lucha de clases» (o mejor formulado: la agresión de clases) existente en el mundo. Esto parecía presuponer que la educación (aunque se la llamara ,-del género humano- ) no era pensada para todos, sino sólo para aquellos que se creían ser «el auténtico» género humano, los «auténticos» ciudadanos, que eran los burgueses... Este aspecto no quisiera ignorarlo, aunque ahora tampoco lo considere en mi análisis. Incluso se le podría fechar en 1848, año de la revolución social fracasada.

9. A las cuales ahora yo no juzgo ni tengo datos para hacerlo. Pero sí que evoco la reacción de Domitila ante esa identificación. Cf. D. BARRIOS, Si me permiten hablar. Ed. Siglo XXI.

10. G. VATTIMO coincide también en señalar a Nietzsche y a Heidegger como mentores de la PM (cf. Op. cit., passim, o p. ej. p. 9).

11. Remito el significativo título (y obra) de J. F. SCHMUCHKER, Adorno Logik des Zerfalls, Stuttgart 1977.

12. En este sentido habría que añadir que una obra como la de Y. MASSUDA, (La sociedad informatizada como sociedad posindustrial, Tecnos 1984), a pesar de lo «ultimísimo» de su título es todavía una obra típica de la Modernidad. Y sus desarrollos le parecen a la PM «demasiado esquemáticos y analíticamente ingenuos» (la expresión es de CARLOS MOYA, en su capítulo-colaboración al libro Utopía y Posmodernidad, Salamanca 1986, p. 56). Massuda está convencido de que el hombre no se puede autodestruir y, por eso, espera y pronostica un buen uso de la revolución informática: sus mayores peligros serían, paradójicamente, sus mayores garantías. En cambio la PM parece temer lo contrario: el género humano se puede autodestruir (¡por eso se descuelga de él individualísticamente!). O «se puede morir de hambre en el paraíso» (expresión de A. GORZ en Les chemis du Paradis, París 1983); y por tanto el progreso puede reducirse simplemente a que los antropófagos coman «con tenedor y cuchillo y no con los dedos» pero sin haber dejado de ser antropófagos.

13. «EI socialismo del futuro no debe esperar nada de los profetas ni exigir de nadie que esté dispuesto a dar su vida por los demás» (Ideas para el socialismo del futuro, por M.A. Quintanilla y R. Vargas Machuca. En Noticias Obreras n. 960(15-30 sept. 1987) p. 668). La frase resulta una obviedad si se limita a decir que nadie puede exigir eso a otro: pero, por eso mismo, parece sugerir que nadie tiene que sentirse llamado a dar la vida por nadie ni exigirse eso a si mismo. La línea que empalma esta frase de muchos posmarxistas con el marxismo de antaño, pasa probablemente por estas palabras de K. Marx en La ideología alemana: «los comunistas, lejos de preconizar el egoísmo contra la abnegación o la abnegación contra el egoísmo, demuestran en cambio que tal contradicción tiene una base material, con lo que ella desaparece por sí misma». La gran sorpresa se produjo cuando, cambiada la base material, la contradicción no desapareció por sí misma. Entonces la PM ha tenido que optar entre los dos miembros del dilema marxiano. Y, como no tenía ninguna razón para optar por el segundo. optó por el primero: por el egoísmo contra la abnegación o que «nadie tiene que dar su vida por nadie». Y el problema es que, mientras se escribe eso, se sigue exigiendo fácticamente a muchos que den su vida por nosotros: se le exige eso a los parados, a los nuevos pobres, al Tercer Mundo y a todas las víctimas de programas económicos racionalmente perfectos gracias a cuyas víctimas no tenemos que morir nosotros ni un poquito así, mientras ellos mueren del todo o casi del todo.

14. ¿Por qué no decirlo? «El socialismo del futuro no está obligado a romper con la sociedad burguesa» (Ibid. id).

15. Aunque sólo sea en una nota, porque no cabe en el texto, me gustaría llamar la atención sobre el problema que plantea a la PM la constatación de que (al igual o más aún que las personas), las instituciones humanas no suelen ser en realidad términos medios («ni buenos ni malos»), o fundidos grises de poca bondad y poca maldad, sino que son más bien extremos paradójicos: buenos y malos a la vez y, en ocasiones, con cosas muy buenas y muy malas. Este dato -que va siendo constatado por muchos y en muchas partes- no permite los antiguos juicios de indentificación institucional «tolerante pero total» fruto de un balance global. Sólo permite provisionalidades o parcialidades. Y esto lleva a la desintitucionalización, si no queremos que lleve al profetismo (que cuando es auténtico, resulta más doloroso para el profeta que para sus mismos oyentes).
   Que una tal desinstitucionalización es típica de la PM me parece claro (ahí están los descensos de militancia política, sindical o eclesial).
   Pero, contra lo que suele decirse, NO deriva sólo de la incapacidad de compromiso de los sujetos sino también de la incapacidad de las instituciones para «merecer» ese compromiso. Y la única alternativa que la PM vislumbra (y rechaza con razón) es ese fundamentalismo premoderno (pero muy actual) que se extiende desde el Irán a Estados unidos, pasando por Herri Batasuna. De ahí la importancia de lo que diremos en la tercera parte sobre el profetismo intraeclesial.

16. No para dármelas de profeta pero sí para que se vea que no estoy ahora haciendo «de la necesidad virtud» me permito evocar que este tipo de denuncias constituyeron un de mis puntos de confrontación con las ideologías revolucionarias de antaño. Me permito recordar en este sentido la contraposición entre «la realidad como absoluto» y «la realidad como maldición» propuesta (en 1974) en el último capítulo de mi Cristología; así como la crítica a Marx y la Biblia de J.P. Miranda (escrita en 1973), y el artículo Socialismo como espiritualidad de (1975) en el que subrayé como aportaciones de la fe a la revolución cosas como la «liberación de todo ensueño milenarista», la «voluntad insobornable de rigor en el análisis» y el «no hacer la revolución en provecho propio». (Cf. ambos escritos en Teología de cada día, Salamanca 1976 (2.a ed.) pp. 390-418. Remito asímismo a las frecuentes alusiones al tema de Acceso a Jesús (1 ,d ed. 1979) y al Manifiesto para un pesimismo cariñoso (en Este es el Hombre, Madrid 1986, [3a. ed.j pp. 202-212).

17. Enuncio sólo la pregunta, porque la he tratado más detenidamente (valiéndome de la misma referencia a Tierno Galván aludida en el texto), en mi reciente reflexión: Proyecto de hermano, Visión creyente del hombre, Santander 1987, pp. 104-108.

18. Cf. Op. cit., cap. IX

19. ver El País, 8 enero 1987, p. 9. Vattimo hace allí una calurosa apelación a Levinas, contra los maestros de la sospecha, precisamente porque la PM ha aprendido que tras la pretendida destrucción de las ideologías que estos maestros llevan a cabo, sigue sin quedar ninguna verdad absoluta sino otra nueva ideología. La apelación de Lévinas a lo absoluto del «otro», jugaría un papel de destructora de ideologías. Pero quisiera añadir que muchos posmodernos no comparten ese entusiasmo de Vattimo por Lévinas sino todo lo contrario. Lo cual es coherente con la forma como aquí lo hemos presentado: como una llamada a la PM a superarse a sí misma desde dentro de ella misma.

20. El Pais, 8 sep. 1987. (Embajador en el infierno)

21. Esto es algo bastante sabido. En economía lo demostró p. ej. Ricardo contra el optimismo de Adam Smith (quién, de todos modos, ya contaba con algún tipo de factor supraindividual: sólo que éste era benéfico e independiente del hombre: era aquella famosa mano in visible que lo armoniza todo como un l.deus ex machina. Ahora se trata de comprender que lo que Ricardo demostró, no ocurre sólo en economía sino en todos los campos de la vida. Y que la economía no es aquí más que un reflejo del ser humano.
   Por eso quisiera añadir ahora, que independientemente del uso que el gobierno haga de la recaudación fiscal (lo cual es una cuestión importantísima e ineludible, pero es otra cuestión), una de las cosas más posmodernas que yo conozco es la ira con que la derecha bien situada de nuestro país trina contra la política fiscal del gobierno. En este punto, la PM resulta ser de lo más anticuado.

22. Cf. El País, 26 oct. 1987.