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El nacimiento del Mesías 

JUAN-JOSÉ TAMAYO 

 
- Las recientes investigaciones sobre el judaísmo de la época de Jesús, y muy especialmente las llevadas a cabo en torno al Nuevo Testamento, han hecho importantes aportaciones de cara al conocimiento del Jesús histórico. Los métodos histórico-críticos (historia de las formas, historia de la redacción) e histórico-sociológicos y antropológicos (antropología cultural, historia social y económica, ciencias sociales) aplicados al estudio de la literatura cristiana primitiva han contribuido a cuestionar algunas de las tradiciones más arraigadas en el cristianismo, ya bimilenario. Dos de ellas son la fecha y el lugar de nacimiento de Jesús; la primera se encuentra en la base del calendario de Occidente; la segunda constituye uno de los motivos principales de la Navidad.

Apenas contamos con documentos históricamente fiables que nos informen sobre el nacimiento de Jesús. Por una parte, los historiadores romanos y judíos no nos han dejado ninguno. Por otra, dentro de los escritos del Nuevo Testamento sólo los evangelistas Mateo y Lucas hablan de él en dos textos independientes entre sí, que son conocidos como "relatos de la infancia". Ellos han alimentado la piedad cristiana popular y el imaginario colectivo de Occidente, y son una importante fuente de inspiración de poetas, artistas y narradores. A su vez, han sido objeto de crítica -también de burla- en entornos culturales racionalistas y secularizados, ajenos al mundo de los símbolos y los mitos. Se trata, en realidad, de dos textos pertenecientes a un género literario peculiar, el de los relatos de nacimiento e infancia de los grandes héroes -tanto judíos como paganos-, que poseen una gran dosis de fantasía, aparecen envueltos en múltiples motivos legendarios y nos familiarizan con el mundo de lo sobrenatural y milagroso: apariciones de ángeles, concepción virginal, estrella que guía la ruta de los Magos, precocidad del niño Jesús, escenas truculentas como el asesinato de los inocentes, etcétera.

Entre ambos relatos se observan importantes divergencias, e incluso contradicciones -por ejemplo, en la información sobre los viajes de María y José, en los esquemas geográficos, etcétera-, que ponen seriamente en cuestión su historicidad. Parece claro que los autores no pretendían narrar los hechos tal como sucedieron. Su plan literario responde a una intención teológica bien concreta, que más adelante explicitaré. Son, además, textos aislados, a los que no vuelven a referirse ni los evangelios citados ni los otros dos. Tampoco la primera predicación cristiana incorpora nada de lo descrito en ellos.

Con todo, hay algunos datos que los especialistas tienden a considerar históricos. Éste es el caso de la fecha del nacimiento de Jesús. Mateo (2, 1) y Lucas (1, 5) coinciden en que Jesús nació durante el reinado de Herodes el Grande, que gobernó Judea, Idumea, Samaria, Galilea, Perea y otras regiones de Haurán, del año 37 al 4 antes de Cristo. Mateo sugiere que pudo nacer al final de dicho reinado. La fecha más verosímil está entre el 4 y el 6 antes de Cristo. Ésa parece ser la más acorde con otros datos cronológicos de la vida de Jesús proporcionados por los evangelios.

Sin embargo, nuestro calendario no se atiene a esas fechas. El error se debe al cálculo incorrecto realizado por el monje del siglo VI Dionisio el Exiguo, que fue quien fijó la división de la historia en dos etapas: antes de Cristo y después de Cristo. Él propuso que los cristianos debían establecer la cuenta de los años partiendo del nacimiento de Cristo y no desde el reinado de Diocleciano, emperador romano que había perseguido a los cristianos con especial severidad, como tampoco desde la fundación de Roma (ab Urbe condita). Pero se equivocó en cuatro o seis años a la hora de fijar la fecha de la muerte de Herodes el Grande y, en consecuencia, también la del nacimiento de Jesús. Si damos por buena la fecha del 6 al 4 antes de Cristo -y parece que hay que darla, porque el consenso entre los expertos es muy elevado-, el dos mil aniversario del nacimiento de Jesús habría tenido ya lugar entre el 1994 y 1996. Según esto, el próximo año 2000 habría perdido todo el sentido simbólico que se le quiere dar.

En cualquier caso, la fecha es sólo aproximada. Lo que no debe de extrañar, ya que lo mismo sucede con otros personajes relevantes de la época grecorromana, por ejemplo: Nerva, Trajano, Herodes Antipa, Poncio Pilato. Ahora bien, teniendo en cuenta que Jesús fue, según la certera observación de John P. Meier, "un judío marginal" en la historia grecorromana, esta aproximación cronológica me parece más que suficiente.

Mateo (2, 1) y Lucas (2, 4-7) coinciden también en señalar a Belén como lugar del nacimiento de Jesús. Sin embargo, este dato no parece histórico. Para esta valoración me atengo al cualificado criterio del biblista católico Raymond E. Brown, recientemente fallecido, para quien las probabilidades están más frecuentemente en contra de la historicidad que en favor de ella". Dicho criterio es ampliamente compartido, hoy, por los expertos.

Conviene recordar a este respecto que, fuera de los relatos de la infancia de Mateo y Lucas, Belén no vuelve a ser citado en los evangelios ni en los Hechos de los Apóstoles como lugar del nacimiento de Jesús. Sólo en el evangelio de Juan encontramos un texto que recoge las discusiones de los judíos en torno a la procedencia del "Cristo" y muestra la desconfianza de quienes no aceptaban su origen galileo (7, 41-42). Aun dentro de su ambigüedad, dicho texto viene a confirmar que Jesús no era oriundo de Belén, sino de Galilea, zona fronteriza considerada pagana (era llamada "Galilea de los gentiles") por los judíos ortodoxos e, históricamente, ámbito de importantes movimientos revolucionarios. El lugar concreto del nacimiento de Jesús parece ser el pueblo de Nazaret, perteneciente a la Baja Galilea. En numerosas ocasiones los evangelios y el libro de Hechos de los Apóstoles presentan a Jesús como oriundo de ese pueblo y le llaman el nazareno. Ahora bien, Nazaret no es una aldea de cuento, un pueblecito de fábula, un lugar de ensueño donde viviera apaciblemente la "sagrada familia". Es tierra conflictiva, rebelde, donde se tejen esperanzas y sueños de liberación en clave de resistencia. Ahí nació Jesús y en ese clima creció y se educó.

Aun cuando no debemos excluir taxativamente a Belén como lugar de nacimiento de Jesús, creo que puede afirmarse con John P. Meier, uno de los más cualificados investigadores en torno al Jesús histórico de nuestra época, que ese dato no debe entenderse como un acontecimiento histórico, sino como una verdad teológica en la modalidad de un relato histórico -que sólo lo es en apariencia- cuya pretensión es mostrar la mesianidad y el origen davídico de Jesús. El Mesías, según el profeta Miqueas, debía nacer en Belén de Judá, patria del rey David. Así respondían los evangelistas a los judíos que no podían creer en un mesías nacido en Galilea.

Es posible que el presente análisis histórico-crítico sobre el nacimiento de Jesús no modifique ni el calendario de los actos religiosos, culturales y políticos programados en el Occidente cristiano para el año 2000 ni la celebración -religiosa y comercial- presente y futura de la Navidad. Tampoco lo pretendo. Mi intención es mucho más modesta. Por una parte, quiero evitar la confusión entre lo histórico, lo lengendario y lo mítico, si bien debe reconocerse su propia función a cada uno de esos niveles. "También Prometeo era un mito" y, como tal, es portador de utopía, decía con razón el filósofo Ernst Bloch. Por otra, deseo que no se caiga en la magia de las cifras del calendario, que tienen su función pedagógica, es verdad, pero pueden desembocar en el más craso fatalismo negador de la libertad. Y, sobre todo, creo necesario frenar a tiempo el avance de las tendencias milenaristas que amenazan con hundir a la sociedad en el irracionalismo. 

Juan-José Tamayo es teólogo y autor de Imágenes de Jesús.
 

El País, 24 diciembre 1999