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¿Qué futuro tiene Dios?

JUAN-JOSÉ TAMAYO

- Las previsiones hechas por no pocos sociólogos de la religión e importantes pensadores posreligiosos -incluidos los «teólogos de la muerte de Dios»- durante las cinco últimas décadas pueden resumirse así: a) el proceso de secularización se va a extender como una mancha de aceite por todas las sociedades occidentales; b) las religiones no lograrán sobrevivir al siglo XX y se convertirán en un fenómeno residual, sin relevancia sociocultural alguna; c) el anuncio nietzscheano de la «muerte de Dios» está a punto de hacerse realidad. Se creía que el avance del pensamiento crítico de la modernidad llevaba consigo el retroceso del pensamiento mítico de las religiones. Cuanto más territorio ganaba la modernidad, más perdían las religiones. Más aún, se consideraba la supresión de la religión como un factor de progreso y de emancipación de la humanidad. Además, el final de las religiones parecía corresponderse con el final de las ideologías y de las utopías. Ya no había lugar para sobresaltos. Todo estaba bajo control.

Sin embargo, a las puertas del siglo XXI, las previsiones liquidacionistas de Dios están muy lejos de cumplirse, y sus autores no se ganarían la vida como adivinos. Haciendo un poco de historia, cabe recordar que, a finales de la década de los setenta del siglo XX, se produjo la llamada «revancha de Dios» o «sorpresa divina». Algunas religiones recuperaron el protagonismo político y social que habían perdido en décadas anteriores. Sus dioses, tras un largo período de ocultamiento y silencio, se hicieron visibles a través de regímenes teocráticos y audibles por medio de sus telepredicadores fundamentalistas. Sus líderes religiosos salieron de los recintos sagrados en que vivían recluidos, entraron en la vida pública y tomaron las riendas de los poderes del Estado, imponiendo por decreto a la ciudadanía el propio sistema de creencias y unas normas estrictas de moralidad.

Si de la recuperación de la función sociopolítica de las religiones pasamos al ámbito de la experiencia, puede observarse una revalorización de la subjetividad, que se corresponde con el proceso de desinstitucionalización de las creencias y de personalización de la fe. El escritor y político francés André Malraux anunció que el siglo XXI sería espiritual o no sería nada. Y no parece que se equivocara en el pronóstico. El actual despertar espiritual se canaliza a través de los llamados nuevos movimientos religiosos. La mayoría de ellos suelen dar prioridad a la experiencia directa de lo divino sobre los razonamientos y al fervor emocional sobre el pensamiento racional. Operan con una concepción holística -no fragmentada- de la realidad y se apoyan en certezas intuitivas, más que en verdades dogmáticas. Buscan una comunidad de apoyo para la reafirmación del yo y, a veces, adoptan actitudes contraculturales.

El teólogo alemán Karl Rahner predijo que el hombre religioso del siglo XXI sería místico o no sería nada. Y parece haber acertado. Estamos asistiendo a una revalorización de la mística tanto en sus formas profanas como religiosas, que nada tienen de alienantes y mucho de subversivas. La mística es el grado sumo de la experiencia religiosa y el elemento de mayor convergencia entre las religiones. Los místicos nunca han provocado guerras de religión. La idea de Dios, que constituye una de las principales fuentes de divergencia entre los teólogos de las distintas religiones, se convierte en punto de coincidencia entre los místicos. Para ellos, Dios es el indecible, el innombrable, el irrepresentable, el elusivo. Es Misterio y, como tal, inmanipulable y contrario a la magia. A él se refiere Saramago cuando escribe: «Dios es el silencio del Universo, y el ser humano el grito que da sentido a ese silencio».

Ese Dios sí tiene futuro, lo mismo que el Dios de la libertad y de la esperanza, de la liberación y de la compasión. Sin embargo, el Dios del teísmo político, del lado del poder, el de la teodicea, insensible al sufrimiento de las víctimas, y el de la ortodoxia doctrinal, ajeno a la vida, carece de presente y de futuro.
 

El País, 2 enero 2000