ESTUDIOS 

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Confrontación histórica entre islam y cristiandad


PEDRO GÓMEZ

 
Vaya por delante que aquí no pretendo contar una breve la historia de la civilización musulmana, ni siquiera una sucinta historia de las relaciones entre islam y cristiandad, sino tan solo pintar un esquemático cuadro impresionista de las principales confrontaciones, desde cierta perspectiva que realza el problema y su persistencia en el tiempo. Para empezar, en España, las representaciones llamadas de moros y cristianos han conservado la memoria teatralmente codificada de acontecimientos históricos, en los que se confrontaron dos religiones, o mejor, dos sociedades construidas bajo el influjo de dos religiones: la cristiana y la islámica. Este tipo de confrontación se produjo no solo en la Península Ibérica, sino, con perfiles propios, en otros confines alcanzados por la expansión de los imperios musulmanes.


Las representaciones populares de moros y cristianos en su conjunto (véase Gómez García 1992, 1995, 1996, 2008) son más fieles a la verdad histórica que esa variante revisionista que, en un patético ejercicio más de magia que de política, aprobó en noviembre de 2009 el Congreso de los Diputados, en Madrid: una petición de perdón a los moriscos expulsados en el siglo XVII, ahora, cuando todos los protagonistas, tanto ofensores como ofendidos, llevan casi cuatrocientos años bajo tierra. La verdad de lo ocurrido es, sin duda, amarga y trágica. Pero ¿qué sentido tiene engañarse, tratando de sustituir la historia de los hechos por un simulacro moralizante, en aras de una dudosa pleitesía política?


En nuestro caso, la historia levanta acta de las derrotas de los moros y el triunfo de los cristianos, así como del desenlace final con la expulsión de los moriscos, en 1609, por orden del Estado absolutista. Así se cerró una época, mediante una resolución política acorde con el espíritu del Barroco. Aquel desenlace, evidentemente, no puede satisfacer a una mentalidad democrática moderna (como tampoco a quienes pretenden una vuelta al medievo); pero, para bien y para mal, la historia es irreversible en sus acontecimientos, aunque sus estructuras sean a veces bastante más duraderas en el tiempo. En otra parte, he analizado y criticado la insuficiencia de la «solución» barroca (Gómez García 2008: pág. 102), porque no sirve en absoluto para arreglar el conflicto. También preguntaba por la posibilidad de ir más allá, y en qué condiciones.


La situación de nuestros días es la resultante de una evolución enormemente paradójica. Por un lado, Europa y Occidente han avanzado en la línea de la libertad religiosa, reconocida incluso por la Iglesia católica y recuperada por las naciones que soportaron el ateísmo confesional soviético. Por otro lado, en cambio, los mundos del islam se hallan soliviantados por movimientos islamistas que reclaman la restauración de la charía, legislación medieval que regula minuciosamente todos los aspectos de la vida del musulmán, confundiendo lo religioso con lo político y lo social. Se diría que la modernización no ha penetrado apenas, o ha fracasado, o se busca desesperadamente. Los proyectos políticos islamistas oscurecen el horizonte como amenaza de una regresión de alcance catastrófico universal, por su oposición a la idea de los derechos humanos y al primado de la razón humana. Sin haberlo previsto, parece como si estuviéramos abocados a una nueva confrontación de «moros y cristianos»; un conflicto, además que afecta no solo a España, sino a Europa y al mundo entero.

 

Está claro que el planteamiento de la transformación política en términos religiosos resulta extraño a nuestra mentalidad; pero no es así para los fervorosos creyentes que alardean de su lucha por implantar la justicia de la ley islámica o incluso por destruir el modo de vida de las sociedades modernas con el fin de islamizarlas. Deberíamos entender que lo que a nosotros nos parece una demencia inconcebible es para ellos la mentalidad normal, más aún, la verdadera visión del mundo legitimada por la idea de Dios que se piensa en sus cabezas. Europa y la comunidad internacional, sin excluir a los países musulmanes (que también cuentan con pensadores reformistas), tendrán que promover todo tipo de estrategias para reafirmar y regenerar los logros de la modernidad, la ilustración, la democracia, los derechos humanos, el pluralismo y la convivencia en una civilización mundial.

 

 

1. Un esquema de las confrontaciones entre musulmanes y cristianos

 

¿Será posible tratar desapasionadamente de los puntos de fricción entre el islam y el cristianismo, y –lo que no es lo mismo– entre el islam y el mundo moderno? Tal como están las cosas, no queda más remedio que hablar, debatir la cuestión, reexaminar la historia. Aunque esto nos lleve acaso, paradójicamente, a producir una nueva versión de las relaciones entre moros y cristianos, con rasgos peculiares, que se agregaría a la serie de las que han ido sucediéndose, pero mirando a un entendimiento.


Los dramas de moros y cristianos estrictamente tales remiten a una coyuntura española, a un contexto barroco, a un paradigma católico tridentino, a un orden político absolutista; pero, como he indicado, no se circunscriben ahí. Su significado se comprenderá mucho mejor si levantamos la mirada más allá del enclave geográfico y si no lo aislamos de un antes y un después en el tiempo histórico. Representan solo unos fotogramas que se insertan en una película mucho más larga, en un proceso macrohistórico multisecular de interacciones. En realidad, su contenido nos remite a un problema estructural a escala mucho más amplia, que afecta a las complejas relaciones entre lo que, simplificando, se ha denominado la cristiandad y el islam, entre imperios de signo cristiano e imperios de signo islámico. En los dos términos, enormemente cargados con toda clase de denotaciones fácticas y connotaciones simbólicas e imaginarias, se ha destacado sobre todo la significación religiosa. Este ha sido el aspecto que se ha considerado más determinante en la mayoría de los contextos, exceptuando sin duda el de la modernidad ilustrada, industrial y democrática. Aunque bien es verdad que, en el mundo actual, la rémora no procede solo del islamismo, sino de todas las corrientes de filosofía política que se oponen a cualquier proceso de modernización. No obstante, aquí me limito solo a determinados aspectos concernientes al islam.


Así pues, será muy clarificador ampliar el panorama, más allá del fragmento o secuencia de las gestas hispánicas de moros y cristianos, y contemplar lo que aconteció en la historia. A nadie se le oculta que el planteamiento polémico viene dado ya desde los orígenes: se remonta atrás hasta el siglo VII. Y a través del tiempo, los incontables desenlaces de los conflictos y los apaciguamientos coyunturales no han alcanzado una estabilidad duradera. Menos aún hoy, a la vista de las convulsiones que agitan a los países musulmanes y ante la deriva terrorista de algunos movimientos islamistas radicales.


Los ataques del terrorismo islámico a intereses y personas de países occidentales, así como las amenazas a los que ellos –extemporáneamente– llaman «cruzados», y los llamamientos en nombre de lo más sagrado a la conquista de Al Ándalus y de Europa no son cosa pasada, propia de los libros de historia o de las novelas de aventuras, sino noticias alarmantes de la prensa de estos últimos años, hasta hoy mismo. Es verdad que en los movimientos wahabíes o salafistas, o yihadistas, o fundamentalistas islámicos en general, todo nos resulta anacrónico; pero no lo son las masas que los siguen, los medios tecnológicos y las armas mortíferas que manejan y los daños que causan y pueden amplificar. Porque no por lo erróneo y anacrónico del planteamiento son menos reales y actuales sus perniciosos efectos.


Es necesario rememorar la historia, prestar atención a su dinámica y destacar algunos hechos que conviene no olvidar, sobre todo ante ese delirante discurso que convoca a recuperar la «tierra del islam». En rigor, a la muerte de Mahoma, esa tierra no abarcaba más que una porción de Arabia: la zona costera del Mar Rojo, con unas cuantas ciudades, parte del desierto y algunos de los oasis que jalonaban la ruta de las caravanas hacia el norte.


La historia resulta enconadamente compleja y es forzosa una drástica simplificación, que tendrá la ventaja de poner de relieve los hechos más significativos para nuestro propósito. Dicha historia se podría contar, de manera muy esquemática, así: El Imperio Romano, desde tiempos de Augusto y durante los primeros siglos de nuestra era, extendía sus fronteras por todas las regiones que circundan el mar Mediterráneo, incluyendo Europa hasta el Rhin y el Danubio, Asia Menor, Siria y Palestina hasta el Éufrates, Egipto, Abisinia y Norte de África hasta el Sáhara. La religión cristiana, que a partir de la segunda mitad del siglo I había empezado a difundirse en medio de graves conflictos con el poder, empezó a ser favorecida por el emperador Constantino a principios del siglo IV (Edicto de Milán, 313), y luego declarada religión única y oficial por el emperador Teodosio I, a fines del mismo siglo (392). Desde entonces, el Imperio Romano se convirtió en imperio cristiano, apoyado en la filosofía y el arte griegos, el derecho, las instituciones y las legiones romanas, la fe y la caridad de la Iglesia cristiana. La gran Iglesia católica (católico significa universal), en cuanto Iglesia imperial que definió su credo unitario en el concilio de Nicea (325), constituyó la cristiandad antigua, organizada territorialmente en cinco patriarcados. Estos patriarcados cubrían todo el imperio y recibían el nombre de sus metrópolis: Jerusalén(1), Antioquía, Alejandría, Constantinopla y Roma.


La división administrativa del imperio entre occidente y oriente no alteró esa organización básica de la cristiandad ni afectó al ideal del Imperio universal, indisociablemente romano y cristiano. Lo que sí se produjo fue el desplazamiento del centro de gravedad de Roma a Constantinopla, agudizado por las irrupciones germánicas, durante los siglos V al VII. Esto queda refrendado por el hecho de que los primeros siete concilios ecuménicos del cristianismo se celebraran en ciudades de oriente. Hay que destacar el hecho de que, al disolverse el Imperio de occidente, no se rompió la unidad civilizatoria y económica, mantenida por la Iglesia y por el comercio mediterráneo respectivamente. En ella se integraron los nuevos reinos surgidos tras las invasiones de los germanos, cristianizados y romanizados, y –siguiendo al historiador Henri Pirenne– no hubo cambio de época histórica hasta principios del siglo VIII (véase Pirenne 1971, págs. 10-20). Fue entonces cuando se dio una transición abrupta a otra época.


Lo que aconteció fue que aquella situación de la cristiandad establecida se vio gravemente conmocionada por la imprevista irrupción de un nuevo poder en la escena histórica. Como es sabido, en el primer tercio del siglo VII, se gestaba un movimiento religioso-político fundado por Abu l-Qasim Ibn Abdallah, más conocido por el sobrenombre de Mahoma (en árabe Muhammad, que en español significa Alabado o Bendito).

 

El islam surgió en la desértica Península Arábiga, en un contexto social caracterizado por el proceso de unificación de las tribus árabes hacia la formación de un Estado, seguida luego por la expansión en un Imperio. En cuanto religión, el mahometismo(2) recogió tradiciones de sectas judías y cristianas marginales, elaborándolas de tal forma que en muchos aspectos entrañaba una regresión a los teologúmenos más arcaicos de la Biblia hebrea, del Yahveh belicoso y vengador. Sobre esta reformulación del monoteísmo (dicho sin adornos retóricos ni idealizaciones mistificadoras) se fundaba una sociedad teocrática, férreamente sometida a una legislación tenida como revelada por Dios y soporte, de hecho, de un poder despótico, reforzado mediante un severo régimen de amenazas y castigos, que llamaba a la guerra de expansión en nombre de la fe, con la promesa bien tangible de reparto del botín conquistado, aparte de maravillosas compensaciones en el paraíso de ultratumba.


Después de un decenio de predicación en La Meca, sin mucho éxito, Mahoma dio un giro hacia la creación de una comunidad a la vez religiosa y guerrera, acaudillada por el «profeta armado». A partir del año 622, desde la ciudad de Yatrib (luego llamada Medina) donde se había refugiado, Mahoma dirigió una incesante guerra de hostigamiento, hasta conseguir la rendición de La Meca, ciudad donde entró como general victorioso en 630. Porque cabe opinar a favor o en contra de si Abu l-Qasim era un profeta enviado por Dios (algo solo objeto de creencia); pero lo que es irrebatible, por ser un hecho histórico corroborado por las propias fuentes árabes (Ibn Ishaq), es que fue un caudillo militar implacable y a menudo de una gran crueldad, hasta el final de sus días (véase Elorza, Ballester y Borreguero 2005). Una vez tomada La Meca, conquistó buena parte de Arabia, uniendo bajo su mando a numerosas tribus, en un Estado emergente. Como en todos los procesos formativos de un Estado, sin duda se alcanzó un progreso frente a los códigos tribales precedentes y se prohibieron algunas costumbres bárbaras, al tiempo que se ponía fin relativamente a la guerra a muerte entre unas tribus y otras. Cuando falleció Mahoma, en 632, a consecuencia del envenenamiento sufrido con ocasión de la conquista del asentamiento judío de Jaibar, los califas que le sucedieron sofocaron las revueltas, ampliaron su dominación y, en poco tiempo, construyeron un Imperio musulmán. Esto se hizo a costa de territorios del Imperio Romano/Bizantino (hacia el norte y el oeste) y del Imperio Persa sasánida (hacia el este).


Surgidos del desierto y aprovechando el mutuo debilitamiento de las grandes potencias de la época, el Imperio Bizantino y el Imperio Persa, los árabes musulmanes conquistaron amplias regiones y formaron un imperio propio. Lo consiguieron en virtud del impulso ideológico de la nueva religión y la organización militar articulada para lo que entendían como combate por la fe (yihad). El significado pragmático de esa palabra queda incuestionablemente claro después de la hégira (en contextos donde la traducción adecuada es cada vez más la de «guerra» contra el infiel). Mahoma interpreta la historia universal como manifestación ininterrumpida de Dios, a cuya divina voluntad debe someterse todo ser humano. Lo sintetiza de manera contundente el conocido historiador de las religiones Mircea Eliade: «Es, por consiguiente, indispensable la guerra total y permanente para convertir el mundo entero al monoteísmo» (1983, pág. 92). Su expansión fulminante haría cambiar de época: «El orden mundial que había sobrevivido a las invasiones germánicas no pudo hacerlo a la del Islam, que se proyectó en el curso de la historia con la fuerza elemental de un cataclismo cósmico» (Pirenne 1971, pág. 19).


Cuando utilizo aquí el concepto de confrontación, este no se refiere a un choque puntual entre sociedades o Estados, sino a un proceso sostenido en el tiempo, plasmado en una cadena de acontecimientos que no solo se deben a causas coyunturales, sino que obedecen, a la vez, a mecanismos más profundos y persistentes, capaces de dar juego en contextos históricos muy distantes.

 

 

Primera confrontación: la comunidad protoislámica contra Bizancio

 

En la primera ola de conquistas, acaece en sentido muy real la primera confrontación islamo-cristiana. El hecho es que los ejércitos de la primera comunidad protoislámica, con capital en Medina, atacaron y ocuparon militarmente amplias provincias del Imperio Bizantino. Desde el punto de vista geopolítico, la expansión del islam se produjo ocupando y sometiendo tierras y ciudades que eran cristianas desde hacía siglos. De tal manera que de los cinco patriarcados de la Iglesia, se apoderaron completamente de tres, y parcialmente de los otros dos. La realidad documentada es que el islam como imperio naciente, organizado militarmente y en nombre de la fe en Alá, agredió a los territorios de la cristiandad, en toda regla, desde el mismo momento en que hacía su aparición en la escena de la historia.


El primer califa, Abu Bakr (632-634), unificó toda Arabia. En seguida, inició la expansión territorial hacia el norte. Los árabes musulmanes derribaron, en el primer enfrentamiento, al Imperio Persa sasánida (633-644). Al mismo tiempo, desataron sucesivos ataques contra el Imperio Bizantino, penetrando en Siria y Palestina (en 633). El segundo califa, Omar (634-644), arrebató a Bizancio toda Siria, con Damasco (ocupada en 635) y, tras la gran victoria del río Yarmuk (636), tomó la ciudad de Antioquía (que cayó en 637)(3), así como Palestina con Jerusalén (conquistada en 638). Sin darse un respiro, dirigió su expedición de conquista hacia el oeste: Atacó a Egipto (639) hasta la rendición de Alejandría (642). Continuó la ofensiva por las provincias bizantinas de África (643-708). En tiempos del tercer califa, Utmán (644-656), se apoderaron de Libia (647) y Trípoli; por mar, ocuparon Chipre (649) y Rodas (654), y saquearon Sicilia (652). A la vez, por el norte de Siria, avanzaron hasta Armenia (653). La flota musulmana derrotó a la bizantina en Félix (655). Todo esto, en tan solo veinte años. Entonces, el califa Alí acordó una tregua con los bizantinos (658).

 

 

Segunda confrontación: el califato árabe omeya invade Hispania

 

La segunda oleada de conquistas, tras la guerra civil árabe, produjo una nueva gran confrontación entre el islam y la cristiandad. Durante el mandato del fundador de la dinastía omeya, el califa Muawiya (661-680), que trasladó la capital de Medina a Damasco, los musulmanes reanudaron la ofensiva en el norte de África. Desde el año 670, hostigaron al Exarcado de Cartago, hasta arrasar la capital (en 698), siendo califa Abd al-Malik. El camino hacia occidente aún tropezó con la resistencia de los bereberes; pero, en 705, asentado ya su poder sobre la antigua Mauretania, Musa fue nombrado primer gobernador. Poco después, en 711, pasaron a la Península Ibérica y llevaron a cabo la conquista del Reino visigodo cristiano de Hispania (711-718). Numerosas diócesis dependientes del patriarcado latino de Roma habían quedado destruidas y ocupadas antes de que el empuje musulmán quedara agotado: «Su avance invasor no cesará hasta comienzos del siglo VIII, cuando los muros de Constantinopla por una parte (717) y los soldados de Carlos Martel (732) por otra rompen su gran ofensiva envolvente contra los dos flancos de la cristiandad» (Pirenne 1971, pág. 19).


Así pues, la expansión islámica sobre Europa fue frenada, en oriente, por los bizantinos, cuya capital Constantinopla había sufrido un duro asedio árabe entre 668-669 y nuevos ataques entre 674-678, frustrados por la flota bizantina de Constantino IV. En fin, la ciudad rechazó el último asedio dirigido por árabes, en 717-718. Mientras tanto, en occidente, los ejércitos musulmanes, que habían sobrepasado los Pirineos, fueron derrotados por los francos en Poitiers, el año 732, y obligados a retirarse al sur de la cordillera. En otros escenarios de Asia oriental, la expansión militar islámica y árabe también llegó a su límite, al ser detenida en los confines de India (Multan, 713) y más tarde en China (Talas, 751). «De este modo acaba la supremacía militar del Imperio árabe. Las futuras irrupciones y conquistas del islam serán obra de unos musulmanes salidos de otras raíces étnicas» (Eliade 1983, pág. 95).


En apenas un siglo, la fuerza conquistadora del Imperio islámico destruyó el mundo antiguo, terminó con la comunidad mediterránea y, en particular, supuso para la cristiandad una catástrofe de magnitud histórica y mundial. Como escribe Hans Küng: «Las grandes Iglesias latinas de Tertuliano, Cipriano y Agustín desaparecieron. Los patriarcados de Alejandría, Antioquía y Jerusalén perdieron toda su importancia. En resumen: las regiones originarias del cristianismo (Palestina, Siria, Egipto y el norte de África) están ‘perdidas’ desde entonces para el cristianismo; las conquistas de las cruzadas no pasarán de ser puros episodios» (Küng 1994, pág. 353).


Si evocamos el final del mundo antiguo y los inicios de la edad media, el panorama mundial presentaba cuatro grandes civilizaciones más o menos equivalentes entre sí: Europa, Oriente Medio, India y China. En ellas se habían afianzado básicamente cuatro grandes tradiciones religiosas, respectivamente: el cristianismo, el zoroastrismo, el brahmanismo y el budismo chino en coexistencia con el confucianismo y el taoísmo. Al analizar la geografía histórica de las religiones, Frank Whaling señala cómo esa evolución se alteró bruscamente con la irrupción islámica: «De las cuatro grandes religiones, el cristianismo europeo fue la más asediada, por el islam al sur y por los tártaros y los mongoles al este» (Whaling 1999, pág. 26). Esta tendencia no daría un giro hasta el auge de Occidente y la difusión de su religión, a partir del año 1500, fecha en la que podemos marcar la apertura de la era mundial.

 

 

Tercera confrontación: en la época abasí, hostigamientos y cruzadas

 

La historia no se detiene con la primera gran expansión islámica, sino que prosigue sinuosa pero persistentemente a través de las sucesivas épocas. Musulmanes y cristianos avanzan o retroceden, reavivan sus conflictos fronterizos y, en ocasiones, aciertan a vivir en paz. Aunque bien visto, el conflicto es permanente también en el seno del islam desde el principio. Ya el califa Alí se había visto envuelto en una guerra civil por la sucesión al califato, tras cuya pérdida (661) se escindieron sus partidarios, los chiíes. A mediados del siglo VIII, Abu-l Abbas aplastó a los omeyas y, en 750, implantó la dinastía califal abasí y construyó una nueva capital en Bagdad (en 762). Este período bagdadí marcó el final del islam predominantemente árabe. Los abasíes integraron por igual a todos los conversos y asimilaron la herencia cultural persa y mediterránea, organizando un imperio universal, en el que se desarrolló la charía y se oficializaron las cuatro escuelas jurídicas clásicas o ritos ortodoxos suníes (malikí, hanafí, shafií y hanbalí).


Mientras, en el mundo cristiano occidental, obligado a desplazarse del Mediterráneo hacia el interior del continente, se consolidó durante un tiempo el Imperio Franco, que sentó las bases de la Europa medieval. Era un efecto de la invasión musulmana. En frase concisa: «Carlomagno resulta inconcebible sin Mahoma» (Pirenne 1971, pág. 22). Al amanecer el siglo IX, había cobrado cuerpo la idea de reinstaurar el Imperio Romano, una idea inspiradora, preñada de consecuencias políticas de largo alcance. En navidad del año 800, en Roma, el papa León III coronó como emperador de los romanos a Carlomagno. Dado que aún persistía la unidad eclesial de la cristiandad y el ideal de un único imperio universal cristiano, el nuevo emperador franco hizo que su dignidad imperial fuera reconocida por Miguel I, emperador de Bizancio, en 812. El Imperio Carolingio se consideraba, pues, como el Imperio Romano de Occidente restaurado; aunque como tal se disgregó pronto, en 889. Unos decenios más tarde, volvió a recomponerse en Europa central como Sacro Imperio Romano Germánico, con Otón I, en 962. Este ideal que vincula lo romano, lo cristiano y lo germánico permanecerá vivo durante mil años, orientando con gran fuerza ideológica la política europea y amoldando sus formas a los agitados cambios de época.

El hostigamiento bélico de los musulmanes a las tierras cristianas fue una constante durante los siglos IX y X. Por ejemplo, a fines del siglo IX, se perdió Sicilia, Cerdeña y Córcega, tomadas por los sarracenos. Con todo, el califato abasí sufrió un largo debilitamiento, que se relaciona con el surgimiento de nuevos poderes islámicos (los fatimíes en Egipto, siglos X-XII) o islamizados (los turcos y los mogoles, de procedencia asiática).


A principios del siglo XI, en el año 1009, la basílica del Santo Sepulcro de Jerusalén fue incendiada y destruida por orden de al-Hakim, califa fatimí de Egipto. Al parecer, la noticia conmocionó a Europa occidental. Más tarde, en el último tercio del mismo siglo, emergió frente a Bizancio un nuevo poder hegemonizado por poblaciones turcas islamizadas. Se trataba de los turcos selyuquíes (o selyúcidas), dinastía fundada por Sulaymán Ibn Qutulmish, en 1056. Saquearon Jerusalén, en 1070. Bajo el mando del sultán Alp Arslán, infligieron una enorme derrota al ejército del emperador bizantino Romano IV en la batalla de Manzikert (1071), región armenia. A partir de ahí, fueron poco a poco despojando a los bizantinos de casi toda la parte asiática de su imperio. Estos selyuquíes, tras una importante victoria sobre los bizantinos en 1176, en Frigia, se extendieron por Asia Menor y establecieron allí el sultanato de Anatolia, que duró hasta mitad del siglo XIII, cuando fueron desbaratados por la invasión de los mongoles, los mismos que pusieron fin al califato abasí, arrasando Bagdad, en 1258.


Hacia finales del siglo XI, la alarma por la creciente expansión de los selyuquíes, los desmanes que cometían contra los peregrinos cristianos y el nuevo asedio de Constantinopla, en 1091, están entre los motivos que se utilizaron para la movilización de las cruzadas, que enfrentaron a la cristiandad occidental con el islam, con el propósito declarado de «defender los Santos Lugares y recuperar Tierra Santa». El hecho es que los ejércitos de la primera cruzada, convocada por el papa Urbano II en 1095, arrebataron Jerusalén y Antioquía, en 1099. No nos detenemos en la compleja historia de las cruzadas, que marcan otra línea de conflicto (en realidad, no solo con el islam, sino con la ortodoxia bizantina(4), separada de Roma desde 1054). Consignemos que, en 1291, tras la caída de San Juan de Acre, tomada por el sultán mameluco de Egipto, los últimos cruzados abandonaron sus últimos fortines.


En el mundo musulmán abasí, después de haberse desarrollado una filosofía y una teología racional (la mutazila), desde finales del siglo XI (con la prohibición de la filosofía de Ibn Rushd y la exaltación del fideísmo de al-Ghazali) se impuso sin restricciones el irracionalismo. La desaparición del pensamiento racional se consumó en el siglo XIII (con el conservadurismo de Ibn Taimiya), consolidándose una conjunción del doctrinarismo jurídico de los ulemas y el fideísmo propio de las hermandades sufíes. Desde entonces, la corriente tradicionalista copó totalmente la ortodoxia del islam, hasta nuestros días. En contraste, recordemos que, precisamente en ese período, fue cuando se fundaron las universidades medievales cristianas (Bolonia, en 1088; Oxford, en 1096; París, en 1150; Módena, en 1175; Palencia, en 1208; Cambridge, en 1209; Salamanca, en 1218; etc.).

 

 

Cuarta confrontación: la expansión del Imperio Otomano

 

Al finalizar el siglo XIII (1299), se forjaba otro poder musulmán con futuro: los turcos otomanos. Acaudillados por el rey Osmán I (u Otmán, de donde otomanos), se impusieron en Anatolia y, llevando adelante la yihad, fueron expandiéndose a costa del ya mermado territorio del cristiano Imperio Bizantino. Los turcos otomanos capturaron Bursa (1325), que convirtieron en capital, y Nicea (1331), creando un reino poderoso y bien organizado. En 1354 conquistaron Gallípoli, en la costa continental europea y bizantina, que serviría como cabeza de puente y base para su posterior avance por el sureste de Europa. En 1359, el sultán Orhán I atacó las murallas de Constantinopla, pero fue rechazado. En 1361, los otomanos de Murad I tomaron Adrianópolis (actual Edirne), adonde trasladaron su capital. En 1363, conquistaron Felipópolis (hoy Plovdiv). En 1366, una cruzada convocada por el papa contra la amenaza turca acabó en completo fracaso. En 1389, el mismo sultán –que murió en combate– derrotó a los serbios en la batalla de Kosovo, abriendo la puerta de penetración en los Balcanes. En 1390, Bayaceto I (o Bayazid) completó la expulsión de los bizantinos de toda la costa occidental de Anatolia y conquistó Grecia: Atenas caería en 1397. Constantinopla volvió a ser sometida a terribles asedios por Bayaceto, en 1391 y 1396 –en un cerco de seis años–; luego, en 1411, por Musa; y en 1422, por Murad II, antes del asalto turcomusulmán definitivo. Estos cuatro asedios ocurrieron precisamente siendo emperador Manuel II Paleólogo –el que, en discusión con un sabio islámico, había argumentado que el uso de la violencia es contrario a la naturaleza de Dios–.


El 29 de mayo de 1453, ante el imponente acoso de los jenízaros del sultán turco otomano Mehmed II, al que apellidarían el Conquistador, se desmoronaron finalmente las fortificaciones de Constantinopla. Allí murió luchando su último emperador Constantino XI Paleólogo, con lo que desaparecía el Imperio Romano Bizantino, por entonces ya apenas el vestigio de un reino impotente y abandonado. Había caído la Segunda Roma. Así, «para la cristiandad, tras la temprana pérdida de la tierra tradicional cristiana en Oriente Próximo y en el norte de África, también el gran baluarte oriental, Bizancio, caía ahora en manos del islam» (Küng 1994, pág. 269). La antigua capital del Imperio Romano se convirtió en capital del Imperio Otomano. Esta gesta de los otomanos abrió las puertas al lanzamiento de una tercera ola de conquistas del islam sobre Europa. Los ejércitos turcos no dejarían de ensanchar desde los Balcanes la tierra europea conquistada, durante el siglo XVI, y de constituir un serio peligro para Europa occidental por espacio de dos siglos.

 

Las tropas otomanas de Solimán I el Magnífico tomaron Belgrado (1521), derrotaron a los húngaros en la batalla de Mohács (1526) y llegaron hasta las puertas de Viena, que sitiaron en 1529; pero fueron vencidas por el emperador Fernando I de Habsburgo. La posterior derrota de la flota turca de Selim II en la batalla de Lepanto (1571), frente a la Liga Santa, formada por España (Felipe II), Venecia y el Papado (Pío V), consiguió que se mantuviera cierta contención del Imperio Otomano en las fronteras del Mediterráneo y de los Balcanes. Pero todavía en 1683, los otomanos volvieron a atacar Viena, aunque solo obtuvieron un nuevo fracaso.


El Imperio Otomano alcanzó su esplendor unificando gran parte del mundo islámico, extendiéndose en Europa hasta Budapest y Odessa, incluyendo Grecia y los Balcanes, los territorios junto al Mar Negro, Asia Menor, Oriente Medio, Arabia, Egipto y el norte de África.


Regresando a otras coordenadas, en 1492, había caído el reino nazarí de Granada, último bastión musulmán en la Península Ibérica, al tiempo que se iniciaba la formación de la España unificada y su imperio colonial. Como ya he señalado, hubo sublevaciones de moriscos, una guerra en Las Alpujarras y otros episodios que desembocaron en la expulsión de los musulmanes de España por Felipe III, a comienzos del siglo XVII.


En Europa central, mientras tanto, el Sacro Imperio Romano Germánico simbolizaba esa utopía milenaria de la unidad cristiana, incluso por encima de las escisiones introducidas por la Reforma protestante. Así, por ejemplo, Carlos V (_1558) ostentaba como su principal título el de Romanorum Imperator. Los avatares de esa institución imperial terminaron definitivamente en 1806, siendo su último emperador «romano» Francisco II. Ese año, en efecto, el Sacro Imperio fue disuelto por decreto de Napoleón Bonaparte, que se había coronado emperador de los franceses dos años antes. Con la Revolución Francesa se produce una decisiva inflexión en la historia de Europa y de Occidente, tradicionalmente cristianos. Mirando en perspectiva, se despliega la Ilustración, la industrialización, la democratización y el proceso de secularización concomitante. En una palabra, la modernización se yergue como el nuevo horizonte de orden civilizatorio, con su inédita dinámica de mundialización. La matriz religiosa va pasando a un segundo plano, cediendo paulatinamente el protagonismo público a los derechos humanos y a la ciudadanía política.

 

 

Quinta confrontación: declive del islam, influjo occidental y yihadismo

 

El Imperio Otomano se encontraba ya en pleno estancamiento y decadencia a fines del siglo XVIII, cuando Napoleón desembarcó en Egipto (en 1798), como un episodio pasajero. A partir de esta época, el auge de la ciencia, la revolución industrial y el moderno armamento europeo ejercieron una gran fascinación en los países musulmanes, donde se dejará sentir el influjo de occidente. A pesar de los pasos hacia la modernización impulsados por los sultanes de Estambul, desde la segunda mitad del siglo XIX se produjo un imparable declive interno, hasta el punto de que, tras el desastre de la Primera Guerra Mundial se llegó al final del califato otomano, abolido formalmente por Kemal Atatürk, en 1923, dando así nacimiento a la Turquía contemporánea, despojada ya de su imperio. Arabia se había sublevado ya contra los otomanos y creó el actual reino saudí en 1932.


Los hechos históricos nos muestran cómo, al correr el siglo XIX, la extrema debilidad del mundo del islam no fue capaz de impedir que potencias europeas interfirieran en él con actuaciones colonialistas, que a su vez suscitaron movimientos de liberación. Holanda convirtió Indonesia en colonia nacionalizada entre 1800 y 1949. Gran Bretaña impuso su gobierno indirecto en India, entre 1848 y 1947; y estableció un protectorado en Egipto, de 1882 a 1922. Persia sufrió acometidas del Imperio Ruso y del Imperio Británico, pero sin perder la independencia. Tras la disolución del Imperio Otomano, Irak fue controlado por Gran Bretaña entre 1920 y 1932, y ocupado militarmente durante la Segunda Guerra Mundial, hasta 1947. La Sociedad de Naciones apoyó el mandato británico sobre Palestina, desde 1918 hasta 1948; y asimismo el mandato francés sobre Siria y Líbano, entre 1918 y 1946. Italia colonizó Libia desde 1912 hasta su independencia en 1951. Francia estableció progresivamente una colonia en Argelia, de 1830 a 1962; en Túnez, de 1881 a 1956; y un protectorado en Marruecos, de 1912 a 1956.


Inmediatamente después de terminar la Segunda Guerra Mundial, llegó un proceso general de independencia de los países colonizados, de modo que los países musulmanes se constituyeron en Estados, reinos o repúblicas, desde el Magreb hasta Pakistán e Indonesia. Lo cierto es que llevan entre noventa años y medio siglo, cuando menos, de independencia nacional, con el destino formalmente en sus propias manos. Sin embargo, hasta ahora no parece que los esfuerzos de desarrollo y modernización hayan conseguido despegar y consolidarse. Tanto el panarabismo como el panislamismo han fracasado. Todo esto puede explicar el estado de agitación y frustración de esos países, y sin duda ha alimentado la reacción de movimientos salafistas y fundamentalistas islámicos. Estos levantan hoy bandera no solo de retorno a la charía, a la supuesta pureza del islam de los antepasados o de los califas bien guiados, sino que fomentan la represión de los cristianos del propio país, a la vez que relanzan un proyecto de violento rechazo contra Occidente. Las acciones terroristas de Al Qaeda y otras organizaciones islamistas similares, en los últimos quince años, representan el extremo más agresivo. Los ideólogos que se presentan a sí mismos como moderados sostienen que «se trata no de modernizar el islam, sino de islamizar la modernidad» (Tariq Ramadan).


Por lo demás, el eufemismo de la «alianza de civilizaciones», propuesto como coartada para no mencionar siquiera el conflicto existente, no parece que vaya a contribuir a nada realmente importante, cuando ha optado desde el principio por escamotear dónde están los problemas, por olvidar la historia, por inventar protagonistas inexistentes en cuanto sujetos de acción (esas «civilizaciones») y, en definitiva, por no llamar a las cosas por su nombre, sembrando así confusión.

 

 

2. La tolerancia y el acoso a las iglesias cristianas antiguas bajo el islam

 

Desde el siglo VIII en adelante, en las regiones dominadas por el islam, las iglesias cristianas como comunidades organizadas y con su jerarquía se vieron abocadas a suertes muy cambiantes. Las que no fueron destruidas y sobrevivieron al primer impacto obtuvieron el estatuto otorgado de súbditos «protegidos» (dimmies), que es la fórmula musulmana de tolerancia del otro, situado siempre en un plano de subordinación. Sin negar que hubo períodos de efectiva «tolerancia», también es cierto que hubo represión directa sobre los cristianos en las sociedades musulmanas y que esto es una constante que llega hasta nuestros días. Basta repasar la hemeroteca para encontrar casos recientes de ataques violentos o de persecución jurídica en Pakistán, Malasia, Arabia, Irán, Irak, Líbano, Egipto, Argelia, Nigeria e incluso Turquía.


Nos estamos refiriendo especialmente a la suerte de iglesias, poco conocidas en Occidente, que datan de los primeros siglos del cristianismo y que, por tanto, son en esas tierras muy anteriores a la llegada de los musulmanes, que luego las dominaron. Haré solo una reseña muy sumaria de ellas.


La gran Iglesia ortodoxa greco-bizantina del patriarcado constantinopolitano fue barrida de Asia Menor (a partir del siglo XI) y en los Balcanes (a partir del siglo XIV). En cambio, se expandió entre los pueblos eslavos y, sobre todo, en Rusia.


Algunas iglesias minoritarias de oriente medio y norte de África están unidas a las grandes iglesias, sea a la ortodoxa de Constantinopla (Estambul) o a la católica romana. Por ejemplo, mantienen la comunión con Roma grupos de armenios, de caldeos y de coptos; y también la Iglesia apostólica siríaca maronita, en Líbano, Chipre, Siria, Palestina y Egipto (en total, unos tres millones de fieles cristianos).


Aparte están una serie de iglesias provenientes de los antiguos patriarcados de Antioquía, Jerusalén y Alejandría, cuya característica común estriba en su rechazo del concilio de Calcedonia (año 451) y la profesión del monofisismo, o afirmación de una sola naturaleza unida, teoándrica, en Jesucristo, frente a la definición calcedoniense de dos naturalezas, humana y divina. Mencionaré muy brevemente cuáles son esas iglesias (véase Algermissen 1964).


La Iglesia apostólica armenia, o gregoriana, de confesión monofisita, ubicada al noreste de Anatolia, soportó la persecución de los turcos selyuquíes, de los mongoles y de los mamelucos, entre el siglo XIII y XV. En las postrimerías del Imperio Otomano, padecieron el genocidio armenio en el siglo XX. Hoy son unos seis o siete millones, en Armenia y muy dispersos por Turquía, Georgia, Rusia, Siria, Irán. La máxima cabeza espiritual de esta iglesia reside en Etchmiadzin, República Armenia.


La Iglesia ortodoxa siríaca de Antioquía, o siriana, de tradición jacobita, defensora también del monofisismo, fue destruida por Tamerlán (Timur Lang), en su campaña de 1399. Actualmente la componen 500.000 fieles en Siria, Líbano, Turquía, Israel; sin contar sus seguidores en India. El patriarca siríaco de Antioquía tiene su sede en Damasco, Siria.


La Iglesia ortodoxa copta de Alejandría, monofisita, fue inicialmente tolerada, pero luego oprimida por el califa fatimí al-Hakim (principios del siglo XI) y sistemáticamente expoliada bajo las dinastías de los mamelucos (siglos XIV-XV). En la actualidad, en Egipto, Sudán y la diáspora, los coptos ortodoxos suman alrededor de ocho millones. El papa copto tiene hoy su sede en El Cairo.


La Iglesia ortodoxa copta de Etiopía, no calcedoniense, resistió con persistencia la presión del vecino islam y se mantiene desde los primeros siglos. Cuenta hoy con unos 30 millones de fieles. La sede del patriarca etíope está en Addis Abeba (Etiopía). En años muy recientes, ha obtenido la autonomía jurisdiccional la Iglesia ortodoxa copta de Eritrea, con sede en Asmara (Eritrea) y 1.700.000 fieles.


Más allá de las iglesias del antiguo territorio bizantino, encontramos la Iglesia asiria de oriente, de origen nestoriano, también conocida como caldea. Ya desde el año 431 llevaba una vida autónoma. Evangelizaron hacia el oriente asiático, hasta el norte de India y parte de China. Pero los ejércitos mongoles de Tamerlán, islamizados, masacraron a los cristianos nestorianos, a fines del siglo XIV. Hoy son en torno a 400.000 fieles, localizados en Irán, Irak, Siria y Estados Unidos. El patriarca de esta iglesia reside actualmente en Morton Grove, Illinois, Estados Unidos.


Y, por otra parte, la Iglesia ortodoxa siria malankara, o tomasiana –ya que la tradición afirma que su origen se remonta a la predicación del apóstol Tomás–, creció en la parte suroccidental de India. Estrechamente conectada con la iglesia siria oriental, acepta como esta los tres primeros concilios ecuménicos. Ha llevado una existencia muy azarosa. En la actualidad, la mayoría de sus miembros, alrededor de 2,5 millones, residen en la región de Kerala (India).


Esta coexistencia de siglos en condiciones adversas e inestables ha marcado, sin duda, una frontera interna entre cristianismo e islamismo, en el mismo interior de los países musulmanes, quizá poco conocida; una contraposición a todas luces irresoluble. Ni las episódicas cruzadas(5) ni los decenios del colonialismo beneficiaron gran cosa a esas iglesias cristianas, ni se avanzó nunca en un diálogo para el mutuo reconocimiento. Todo dependió fundamentalmente de los avatares políticos, de la potencia dominante, de la fase de auge o decadencia. Resulta sorprendente, por ejemplo, que, cuando Ali Bey visitó Jerusalén, en el verano de 1807, la mayoría de los habitantes de lo que entonces no pasaba de ser una pequeña ciudad de treinta mil almas eran cristianos, aunque de varias confesiones:

 

«Cuéntanse en Jerusalén más de siete mil musulmanes y de ellos dos mil en estado de tomar armas, y más de veinte mil cristianos de diferentes ritos: maronitas, griegos reunidos, griegos cismáticos, católicos romanos y latinos, armenios, etc. Los judíos son en corto número. Toda esta multitud de individuos de diversos cultos se tratan de cismáticos e infieles; creyendo cada rito firmemente poseer solo la verdadera luz del cielo y tener derecho exclusivo al paraíso, envía caritativamente al infierno al resto de los hombres que no son de su opinión» (Badía 1814, pág. 435).

 

No obstante, el ambiente resultaba notablemente liberal en las relaciones sociales, los negocios y las diversiones: «Los sectarios de Jesucristo van indistintamente mezclados con los discípulos de Mahoma, produciendo dicha amalgama en Jerusalén una libertad mucho más extensa que en algún otro país sujeto al islamismo» (Badía 1814, pág. 436).


En la actualidad, la prohibición de la presencia pública del cristianismo y de cualquier acto de proselitismo cristiano es general en los países musulmanes, en algunos de los cuales constituye un delito severamente castigado. El hecho es que los cristianos autóctonos siguen sufriendo una persecución a veces sistemática, desde Indonesia a Marruecos, especialmente en Irán, Irak, Siria, Líbano, Egipto y Sudán. Las noticias sobre persecución legal, ataques violentos y exilio forzado aparecen con frecuencia en la prensa. Volveré sobre este asunto más adelante, en el capítulo sexto.

 

 

3. La significación de los hechos históricos para el presente

 

Después de haber descrito, hasta aquí, lo que ha acontecido en la historia, ateniéndome a hechos conocidos, ¿cómo podemos comprender su significado? Descifrar el significado equivale a saber de dónde proceden las ideas que invocan los protagonistas del acontecer, captar qué tendencias sociales se imponen, qué finalidades humanas se alcanzan. En medio del fragor de lo que pasa, está en juego el rumbo que lleva la evolución social e histórica, así como la cuestión de discernir qué medios y qué fines hemos de tener por logros y proyectos defendibles como mejores para beneficio de la humanidad real y concreta.


Cada acontecimiento nos evoca momentos y contextos muy diferentes de la historia. Pero, cuando los consideramos en interrelación, puede evidenciarse una constante a través del tiempo. De la correlación observada emerge de pronto el sentido que se encuentra virtualmente en cada uno de ellos y actualizado solo en parte, por lo que tomado aisladamente resulta poco o nada inteligible. Esa multitud de hechos rememorados comportan un mismo significado de fondo que, en términos generales, nos emplaza a replantear el papel de la religión en la sociedad, la relación de la religión con el poder político y con la justificación de la violencia.


Es muy verosímil que Samuel Huntington no lleve razón en su tesis sobre el «conflicto de civilizaciones». Ni siquiera está claro qué es una civilización. No obstante, es cierto que en el plano histórico-social y en el plano religioso ha habido y hay, a veces latente, una contraposición entre la tradición islámica y la tradición cristiana. Y esa tensión, bajo múltiples caras, presenta una historia tan larga como la que va desde el siglo VII al presente.


En concreto, los hechos históricos más arriba aludidos nos muestran indiscutiblemente la recurrencia de una confrontación, en distintos lugares y épocas, entre sujetos políticos muy diferentes, pero marcados todo el tiempo por una adscripción religiosa: una de signo musulmán y otra de signo cristiano. Es lo que se traslada al plano imaginario en las dramatizaciones de moros y cristianos. Sin duda, ocurre algo similar en otros escenarios más lejanos, allí donde existen fronteras del islam con otras religiones.


Partimos de una época anterior al surgimiento del islam, en la que se constituyó el Imperio Romano, cristianizado en el siglo IV. Este encarna uno de los protagonistas de la historia de la confrontación. Es evidente que su mensaje religioso y su proceso civilizatorio provienen de muy lejos, de siglos antes del nacimiento de Mahoma, y atraviesa por innumerables encrucijadas y vicisitudes de todo tipo. En el mundo cristiano podemos descubrir la existencia de una idea matriz, que actuó durante siglos como ideal regulador de las construcciones civilizatorias que se han reclamado herederas de Grecia y Roma, en el helenismo, en la cristiandad medieval y el Renacimiento y, mutatis mutandis, en la modernidad occidental. Se trata de un modelo mítico y utópico, indudablemente, pero no solo eso, puesto que ha estado presente como fermento en la evolución política, económica y cultural (véase Lenoir 2007). El ideal universalista de la romanidad y la cristiandad cruza toda la historia de las sociedades europeas y en él se han integrado todas las poblaciones inmigrantes, incluidos los germanos y los eslavos, grupos hebreos (por ejemplo, los judíos conversos, o marranos, desde el siglo XV) y numerosos musulmanes (por ejemplo, los moriscos conversos en el siglo XVI español); además, se ha expandido ampliamente por otros continentes.


Por el lado de los otros protagonistas enfrentados, el desarrollo del califato omeya y abasí y de los sucesivos imperios islámicos incorpora a su manera la herencia grecorromana, así como otros legados de la Persia sasánida y de India. Aparece como un proyecto de vocación universalista que, más allá del inicial predominio árabe, asimila a persas y norteafricanos, a mongoles y turcos, a asiáticos y subsaharianos. Y también a europeos del sur. Sin negar que ha habido conversiones en un sentido o en otro, es un hecho notable que los seguidores del Corán acertaron a levantar las barreras ideológicas y políticas más impermeables de las que tengamos noticia.


Parece inevitable que dos mensajes religiosos que, de modo análogo, se conciben a sí mismos como universales resulten incompatibles entre sí, porque ambos aspiran estructuralmente a ocupar el espacio del otro. Hay una línea de demarcación, visible y mental, que ha prevalecido prácticamente infranqueable hasta hoy. Esto no quiere decir que se lo tengan que plantear de la misma manera, ya que en ciertos enfoques y planteamientos cabe discernir un diferente significado de los hechos, a pesar de las analogías. El mensaje evangélico cristiano se presenta dirigido a todas las naciones, apelando a cada persona a la conversión a Dios y al seguimiento de Cristo. El mensaje coránico conmina a que cada humano reconozca al musulmán que lleva dentro y confiese su fe en Dios/Alá y se someta en los términos que exige Mahoma (que es, para el punto de vista islámico, el transmisor de la voluntad divina).

Las expansiones imperiales del islam son acontecimientos políticos y militares, claro está, pero en la mente de sus protagonistas se ven como cumplimiento de un mandato divino, como un deber religioso. De ahí la coherencia subjetiva de quienes se proponen recuperar las tierras que alguna vez fueron musulmanas (por inaceptable que sea la idea de que un territorio profese alguna fe) y de quienes legitiman su derecho a la conquista del mundo entero en nombre de Alá. Esta es, a mi juicio, la clave fundamental de interpretación de los hechos históricos de la confrontación entre musulmanes y cristianos, que radica en la subjetividad de unos y otros. Los condicionamientos materiales que explican la historia seguramente son dispares en cada época, y pueden analizarse, pero además hay que tener en cuenta la importancia de esta invariante teológica, que no ha dejado de estar subyacente durante los últimos catorce siglos.


Mientras no se salga del paradigma mental donde opera esa invariante teológica, no cabe esperar que deje de reavivarse y resurgir la secular confrontación, puesto que ese recurso ideológico/religioso permanece ahí, en la reserva, como un poderoso instrumento del que echar mano en momentos de crisis o de gestación de un nuevo núcleo de poder. Mientras siga teniendo un sentido, para unos destinatarios sin mejor horizonte, la llamada al combate por Dios (yihad) cobrará actualidad con la virtualidad intrínsecamente política que le es inherente. Y como en toda creencia religiosa, la referencia al pasado mitificado constituye un componente de la actuación en el presente, reforzada por la eficacia simbólica del relato sagrado en el comportamiento de los creyentes.


Todo enfrentamiento con los musulmanes, sea de cristianos, o de judíos, o de budistas, o de hinduistas, comporta una dimensión teológica, de autocomprensión de la propia fe y de la fe del otro. Implica una problemática hermenéutica, de interpretación. Y muy probablemente será imposible dialogar con quien por principio rechaza toda interpretación y se atiene a un literalismo del texto –que en eso consiste el fundamentalismo–. El fundamentalista se caracteriza entre otras cosas porque ignora que es fundamentalista; si fuera capaz de reconocerlo, estaría empezando a dudar de su verdad absoluta. Esta esclerosis dogmática es un riesgo en el que ha incurrido la historia de todas las tradiciones religiosas y filosóficas sin excepción, pero, cuando se vuelve dominante, produce ceguera masiva e invencible a sus seguidores. De ahí que la controversia teológica no deba temerse ni rehuirse, pues es una garantía del pensamiento sano. En ella, la pretensión de verdad y el concepto de revelación serán asuntos de importancia crucial.


Otra cuestión es si, en la conciencia y en el mundo modernos, no han quedado sobrepasados los planteamientos religiosos y confesionales del pasado, al encontrarnos todos inmersos en un contexto mental, científico, económico, político, social y cultural de alcance global. Pero, por lo pronto, nos encontramos con la realidad de la llegada e inserción masiva de población musulmana en los países europeos, acontecimiento que suscita muchas preguntas sobre el presente y el fututo del islam y el de Europa.



Notas

1. Después de su destrucción en la guerra judía, en el año 70, los romanos reconstruyeron la ciudad con el nombre de Colonia Aelia Capitolina. Más tarde, tras la cristianización del imperio, recuperaría su nombre original, Jerusalén.


2. No existe razón alguna convincente para autocensurarse y evitar este término, cuyo significado denotativo, según el diccionario, es sencillamente «religión fundada por Mahoma», salvo que uno se pliegue a la creencia de aquellos que afirman contra toda evidencia histórica que no es Mahoma, sino Alá, el fundador del islamismo. Esta última denominación, que el diccionario define como «conjunto de dogmas y preceptos morales que constituyen la religión de Mahoma», posee un sentido genérico para designar esta religión, y es un término atestiguado al menos desde el siglo VIII (en la versión latina de la controversia entre un sarraceno y un cristiano, de Juan Damasceno, se habla del Eslamismum que Muchamethus anunció). Hoy se observa, en algunos autores, una tendencia a distinguir entre «islam» e «islamismo», reservando este último término para el islam político.


3. Antioquía, que perteneció a la Siria romana, se halla actualmente en territorio turco.


4. Las cruzadas se convirtieron también en guerra contra Bizancio. En la cuarta cruzada, los ejércitos occidentales conquistaron Constantinopla, en 1204, e instauraron allí un imperio latino que duró hasta 1261.


5. Los resultados políticos y religiosos de las cruzadas fueron efímeros, pues tanto el reino de Jerusalén como los principados de Edessa y Antioquía fueron pronto reconquistados por los musulmanes en el siglo XII.