Una reforma de la Iglesia todavía pendiente

JUAN A. ESTRADA

En octubre de este año se cumple el cincuenta aniversario del comienzo del Concilio Vaticano II. No faltarán conmemoraciones y estudios que analicen el acontecimiento más importante de la Iglesia católica en el siglo XX. Sin embargo, a la luz de la actual situación del catolicismo, ya se puede hablar de un fracaso y de una oportunidad histórica malograda. La situación de la Iglesia hoy es tan crítica o más que hace 50 años y la evangelización que buscaba el Jubileo del 2000 pasa por una reforma de la Iglesia, que se quedó a mitad de camino. Ya se habla de un Concilio Vaticano III, cuando todavía no se ha realizado el programa del Vaticano II.

El Concilio fue una decisión del papa Juan XXIII y contó con la oposición mayoritaria de la curia romana. El Papa quería la Iglesia se pusiera al día, de ahí el eslogan del aggiornamento. Las estructuras institucionales, las formas de gobierno, las doctrinas, los sacramentos y la pastoral necesitaban una renovación en profundidad. El Concilio no tuvo miedo de hablar de "reforma" (la Iglesia, llamada a una reforma permanente, que necesita continuamente como institución humana: UR 6), emprendida por la Iglesia misma y no como reacción a la protestante. Esa reforma pasaba por la de la curia romana y la del gobierno de la Iglesia. El Concilio fue la primera experiencia de globalización de cerca de tres mil obispos reunidos en Roma. Las llamadas a cambiar la estructura central de la Iglesia fueron abrumadoras, en contra del centralismo romano, de la escasa autonomía de sus iglesias, del aislamiento de cada obispo al tratar directamente con las congregaciones romanas y de la necesidad de adaptarlas al siglo XX.

Pablo VI recogió algunas demandas, procedió a internacionalizar la curia y a disminuir el peso de italianos y europeos; a poner un límite de edad a los obispos y a los cardenales electores; y a instaurar un sínodo episcopal que se reuniría regularmente y que sería autónomo de la curia romana. A estas iniciativas se opuso un sector importante de las congregaciones romanas, así como la minoría conciliar que se convirtió en mayoritaria durante el pontificado de Juan Pablo II. Las propuestas del Concilio quedaron a mitad de camino y se frustraron porque los encargados de llevarlas a cabo fueron muchos de los que se opusieron a las iniciativas conciliares.

Cincuenta años después, la necesidad de una reforma de la curia, de las congregaciones y del gobierno pontificio permanecen. Ha fallado la ansiada transformación de las estructuras y modo de gobierno, y se amontonan los escándalos, los problemas y el desconcierto de los católicos. Primero fue el escándalo de la pederastia: no solo los miles de casos que aparecieron, sino el silencio continuado y la protección de los causantes, a costa de las víctimas. Ahora el panorama se complica y se publican cartas de nuncios que hablan de corrupción y de abusos económicos, de los cuales ha habido otros casos en los últimos decenios. Y se añaden ataques contra el secretario de Estado; anuncios de un supuesto plan para acabar con el papa, que vuelve a recordar a Juan Pablo I; filtraciones de documentossecretos por prelados; enfrentamientos y luchas de poder. L'Osservatore Romano se refirió al papa como el pastor entre los lobos.

Algo huele a podrido en la cúpula de la Iglesia. El poder corrompe a las personas en las instituciones, y las religiosas no se escapan. La necesaria reforma de hace 50 años sigue pendiente y es más necesaria que nunca. Incluso la internacionalización parece frenada y el reciente cónclave de cardenales es marcadamente europeo e italiano (casi la mitad de los cardenales electores pertenecen a la curia romana y África e Hispanoamérica han sido omitidas). Demográficamente, el peso del catolicismo está en América, pero son europeos los que presiden el gobierno de la Iglesia. A esto se añade un proceso en marcha que busca minimizar el Concilio, maximizar la continuidad con el Vaticano I y silenciar lo que tuvo de ruptura y de discontinuidad. El mismo Ratzinger habló del Vaticano II como un contra-Syllabus, es decir, como una corrección del rumbo antimodernista que tuvo el siglo XIX. Esto es lo que rechazaron los más conservadores y lo que se impulsa hoy en algunos círculos eclesiales que ven a la sociedad como una amenaza y tienen nostalgia del modelo de Iglesia y de teología que existía antes. Juan XXIII los llamó "profetas de calamidades", porque solo ven errores y cosas negativas en la evolución histórica.

El fracaso se muestra en que el Vaticano II es un Concilio ignorado por los jóvenes y muy olvidado por los mayores. Sin embargo, la reforma de la Iglesia, de la curia romana y de la forma de gobierno papal es más necesaria que nunca, como ya advirtió Pablo VI, que buscaba otra forma de ejercer el primado. La involución del post-concilio paró el dinamismo reformador de éste y ahora es difícil dar otro impulso a la renovación. La figura estelar de Juan Pablo II tapó los problemas que se amontonaban, pero los papas pasan y la curia permanece. El gobierno de la Iglesia necesita instituciones, pero las que hay pertenecen más a la época de la monarquía papal que al siglo XXI. La sociedad civil ha avanzado rápidamente los últimos decenios, pero la Iglesia católica se ha vuelto estática y alérgica a los cambios. Hay cada vez más distancia entre la sensibilidad mayoritaria de los ciudadanos y la que prevalece en la jerarquía eclesiástica. Los intentos de la colegialidad, de potenciar las conferencias episcopales nacionales, de otros procedimientos en el nombramiento de obispos y de la promover a los seglares en una iglesia clerical han fracasado en buena parte. El problema es que si la Iglesia no se renueva en profundidad, puede surgir algo peor que en el siglo XVI, la deserción masiva de muchos católicos que encuentran en la Iglesia un obstáculo más que una ayuda para su fe y compromiso cristiano.

DIARIO DE SEVILLA, 3 marzo 2012.