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 INFORMACIÓN Y OPINIÓN
 
África, no escuches al papa

PEDRO GÓMEZ

Es evidente que "el sida no se resuelve con preservativos", como afirmó el papa Benito XVI en Camerún; pero no es menos evidente que el uso del preservativo resulta muy recomendable para solventar muchos problemas, entre ellos el de la propagación del virus del sida, poniendo una barrera más a su transmisión.

El documento del concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual (Gaudium et spes, número 50) afirmó el principio de paternidad y maternidad responsables, en función de los hijos que se puedan educar dignamente. Sin embargo, poco después, el papa Pablo VI cometió un tremendo error al publicar, en 1968, la "encíclica de la píldora", la Humanae vitae, que prohibía los métodos "artificiales" de regulación de la natalidad. Lo hizo en contra del consejo de la comisión pontificia y desestimando el parecer de gran número de obispos y de conferencias episcopales europeas, como la alemana y la holandesa, por no hablar de la mayoría de los católicos, que se sintieron defraudados. Desde entonces, el empecinamiento del sistema vaticano ha llevado a la jerarquía católica a posiciones aberrantes, como la mantenida en la Conferencia Internacional sobre Población y Desarrollo, en El Cairo, 1994, donde los emisarios de Juan Pablo II boicotearon el acuerdo final, haciendo frente común con los representantes de los regímenes islámicos más retrógrados.

Desde el punto de vista de cualquier ética razonable, la distinción entre medios "naturales" y "artificiales" para la regulación de la fecundidad no pasa de ser una falacia insostenible. Los medios usuales y normales en nuestra sociedad no son ni buenos ni malos en sí mismos, sino meros recursos prácticos a disposición de los progenitores, que son quienes deben decidir en el ejercicio de su libertad y responsabilidad.

La reiteración papal de esa prohibición del preservativo carece de sentido. Pero en el contexto africano en que habló le hizo cobrar un sentido escandalosamente funesto, que nos ha llenado de vergüenza e indignación a multitud de católicos de todo el mundo. ¿Cómo se puede sostener algo así, precisamente en África?

África es un continente que cuenta, en la actualidad, con una población de 925 millones de habitantes. De ellos, 500 millones son tan pobres que subsisten con menos de dos euros al día. Los jóvenes suman un 28% de esa población. Los niños sin escolarizar representan el 30%. Las mujeres tienen cinco hijos de promedio. El 10% de las madres tienen menos de 19 años. La mortalidad infantil alcanza al 15% de los niños menores de cinco años. La esperanza de vida del continente da una media inferior a los 50 años. África tiene el índice de desarrollo humano más bajo del planeta, según datos de la ONU. Muchos de sus países se encuentran sin autosuficiencia alimentaria, sin abastecimiento de agua, sin red de saneamiento. Y por si fuera poco, suman ya 26 millones las personas infectadas por el virus del sida.

A pesar de ese cúmulo de calamidades que describe pálidamente la situación de aplastante miseria que soporta, África aumenta sin cesar su población, que, según las previsiones, va a superar los 2.000 millones para el año 2050: la mayor explosión demográfica conocida en toda la historia de la especie humana. ¿Cómo calificar, ante esa realidad, el mensaje natalista del papa Benito XVI? Uno piensa que la distribución masiva de preservativos, en efecto, no va a solucionar este descomunal problema, ¡pero algo ayudaría! Y haría falta una considerable ayuda mundial, sensatamente condicionada al desarrollo de programas de información y asesoramiento a las mujeres y sus parejas, con vistas a la regulación responsable de la natalidad. Porque África no es solo un problema africano. Es necesario despertar la conciencia de que, aquí y en otras regiones del planeta, el decrecimiento demográfico es un deber moral fundamental y una urgencia política de primera importancia, nada menos que para la supervivencia de la humanidad.

Somos católicos y de ninguna manera estamos contra la misión que corresponda al primado del papa romano. Lo que estamos es enormemente preocupados por la deriva preconciliar, anticientífica y sectaria que empuja a buena parte de la jerarquía de la Iglesia católica, con la curia vaticana y el papa a la cabeza. Los laicos católicos no tenemos fuerza ni cauces para decir basta, pero es lo que queremos expresar, indignados porque a nadie en nuestra Iglesia parece importarle nuestras razones ni nuestra fe. Por eso, tal como están las cosas, solicitamos con cristiana indignación, pero también compasivamente, la pronta jubilación del papa Benito XVI. Quizá, para apoyar esta petición, fuera bueno recoger firmas por las parroquias y catedrales y a través de Internet.

Cuaresma de 2009.

 
 
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