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 INFORMACIÓN Y OPINIÓN
 
Jon Sobrino, entre el martirio y la liberación

JUAN JOSÉ TAMAYO
 

Sobrino es uno de los más cualificados teólogos latinoamericanos de la liberación. Su pensamiento está influido por los teólogos Karl Rahner y Jürgen Moltmann y por la filosofía de Xavier Zubiri a través de Ignacio Ellacuría. Pero no se limita a reproducir escolarmente la enseñanza de sus maestros. Su principal aportación  radica en la historificación de los contenidos teológicos, y su re-ubicación y recategorización  en el contexto de los oprimidos. 

Su influencia va más allá de América Latina y se extiende a otros contextos del Tercer Mundo y del Primer Mundo. Sus investigaciones son una de las elaboraciones teológicas más consistentes y mejor fundamentadas de la teología latinoamericana y, en general, de la teología católica posconciliar. Así lo reconocía Jürgen Moltmann comentando la “obra mayor” de la que son editores Ellacuría y Sobrino Mysterium liberationis. Conceptos fundamentales de la teología de la liberación. Desde hace seis lustros ha venido siendo objeto de una intensa vigilancia doctrinal por parte de la Congregación para la Doctrina de la Fe, que ha desembocado en una severa condena de su cristología, no sin antes tergiversar sus textos. 

Cinco son los campos de reflexión en los que el teólogo hispano-salvadoreño ha hecho aportaciones relevantes: el método teológico, la reflexión sobre Jesús de Nazaret, la concepción de la Iglesia, la espiritualidad y Dios. Todo ello en el horizonte de la teología de la liberación, de la que es uno de sus principales teóricos.

La teología de Sobrino tiene una ubicación bien definida: las mayorías populares de América Latina, y muy especialmente de El Salvador, pequeño país centroamericano desangrando por una guerra de casi veinte años con más de 80.000 muertos y cientos de miles de desplazados y exiliados. El horizonte de su reflexión es el principio-misericordia. La teología, cree, no puede limitarse a ser una fría y objetivista inteligencia de la fe que pase de largo ante el sufrimiento de los seres humanos, como el sacerdote y el levita de la Parábola del Buen Samaritano. Ha de entenderse, más bien, como inteligencia del amor y de la misericordia, que se hace cargo del dolor de las víctimas desde la com-pasión, denuncia a quienes lo provocan y toma partido por los empobrecidos. La misericordia no es sólo un sentimiento anímico que se mueva en la superficie y se quede en las obras piadoso-caritativas, sino que, a su juicio,  informa todas las dimensiones del ser humano y de la existencia cristiana: conocimiento, esperanza, praxis, celebración, etc. El referente de esta teología misericorde y compasiva es el Buen Samaritano. 

Junto con otros teólogos de la liberación, como Leonardo Boff y Juan Luis Segundo, ha contribuido de manera decisiva al desarrollo de una cristología latinoamericana elaborada desde el mundo de los pobres como lugar social-teologal, que da que pensar, capacita a pensar, enseña a pensar y lleva derechamente a Jesús de Nazaret, el Cristo Liberador. Es una cristología guiada por el principio ético de la parcialidad a favor de los empobrecidos y por los principios hermenéuticos de la esperanza y la praxis. 

Su primera obra cristológica data de 1976: Cristología desde América Latina. La clave es el seguimiento de Jesús. Seis años más tarde aparecía Jesús en América Latina. La tercera obra de su corpus cristológico es Jesucristo liberador. Lectura histórico-teológica de Jesús de Nazaret, publicada en 1991. La cuarta y última es La fe en Jesucristo. Ensayo desde las víctimas, de 1998. 

El objetivo de la reflexión cristológica de Sobrino es recuperar al Jesús histórico y lo más histórico de Jesús de Nazaret: su práctica liberadora, que constituye el ámbito privilegiado para acceder a Jesús en su totalidad y para elaborar una cristología históricamente significativa. Subraya el carácter relacional de Jesús con respecto a  Dios y su Reino. Jesús no es para sí lo absolutamente último. Su persona está referida al Reino como utopía de la liberación integral que va historizándose y a Dios en quien tiene puesta su confianza. Pone el acento en la cruz y la resurrección. De la primera destaca tres aspectos inseparables: el histórico, que intenta responder a la pregunta “por qué matan a Jesús”; el teológico, que concierne al sentido de esa muerte y responde a la pregunta “por qué muere Jesús”; y la conjunción de ambas, que relaciona la muerte de Cristo con el Dios crucificado y con los pueblos crucificados de la tierra. Su reflexión sobre la resurrección se centra en el Dios de Jesús que hace justicia a las víctimas poniéndose de su lado y devolviéndoles la vida. Tema central en la cristología de Sobrino es el seguimiento de Jesús, que representa la exigencia específica del propio Jesús, la condición epistemológica para su conocimiento y el principio estructurante y jerarquizador de la vida cristiana. 

Sobrino ha desarrollado una amplia producción eclesiológica, articulada en torno a los pobres, que son el principio de constitución, estructuración, organización y misión de la Iglesia, la mediación última de la realidad trascendental de la Iglesia, así como la encarnación y la manifestación del Espíritu de Jesús. Los pobres señalan la dirección a seguir por las estructuras administrativas, cultuales y dogmáticas de la Iglesia. La nueva forma de ser Iglesia es la Iglesia de los pobres, donde se realizan mejor que en otras formas eclesiales las notas características de la Iglesia cristiana: unidad, santidad, catolicidad y apostolicidad. Así lo pone de manifiesto en Resurrección de la verdadera Iglesia.

La espiritualidad es otro de los campos donde la reflexión de Sobrino brilla con luz propia. El teólogo hispano-salvadoreño saca a la espiritualidad cristiana del mundo de la ascética, la sitúa en el horizonte de una antropología unitaria y la integra en la teología, y en concreto en una teología liberadora. La espiritualidad no es una actividad autónoma del sujeto, sino que está relacionada con la totalidad de lo real. Es constitutiva del ser humano como lo son la corporeidad, la socializad y la practicidad y se convierte en una dimensión tan primigenia y necesaria del ser cristiano como la liberación. Sobrino destaca la conexión la conexión entre espíritu y práctica, liberación y seguimiento de Jesús, vida espiritual y existencia histórica. La liberación necesita tanto de la práctica como del espíritu. Sin espíritu, la práctica se ve amenazada de degeneración; sin práctica, el espíritu permanece vago, indefinido, con tendencia a generar alienación. La vida espiritual ha de verificarse históricamente en la práctica de la justicia. La santidad no puede quedarse en la esfera privada, sino que tiene que influir en el cambio de las estructuras. El encuentro entre espiritualidad y liberación da como resultado la “santidad política”. En definitiva, la dualidad espiritualidad-liberación, cree Sobrino, expresa la totalidad del ser humano. 

En su reflexión sobre Dios parte de la experiencia religiosa latinoamericana, que le lleva a descubrir tres dimensiones fundamentales: el Dios de la vida, el Dios de la historia y el Dios del misterio. En un continente donde la vida de las mayorías oprimidas se ve amenazada a diario, Dios aparece constitutivamente como generador, defensor y garante de la vida, y es experimentado como protesta última contra la muerte de sus criaturas. En América Latina lo opuesto a la fe en Dios no es el ateísmo, sino la idolatría, el culto a los ídolos de la muerte. La afirmación del Dios de la vida lleva derechamente a optar por la vida de los pobres e incluso a dar la propia vida como hizo Jesús. Aun cuando Dios no puede historificarse de forma adecuada, sí pone en marcha realidades históricas, a las que da una dirección y un significado último. La fe en Dios da forma histórica a la utopía de Dios. El Dios de Jesús que se revela como Dios de los pobres, sigue siendo misterio que, en su cercanía a los seres humanos, es mayor que las ideas y expectativas que podamos forjarnos de él; misterio inmanipulable que desenmascara las falsificaciones y manipulaciones de la religión. 

El asesinato de seis compañeros jesuitas y de dos mujeres salvadoreñas en noviembre de 1989 a manos de miembros del Ejército salvadoreño, estableció un antes y un después en la vida y la obra de Sobrino, marcadas desde entonces por el sello del martirio. Seguro que la condena del Vaticano dejará menos huella en su vida y en su trabajo intelectual que la muerte de sus hermanos de la UCA. 
 

EL PAÍS, 13 de marzo 2007
 
 
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