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 INFORMACIÓN Y OPINIÓN
 
El Papa aprende una lección

HANS KÜNG
 

Durante su reciente visita a Turquía, el papa Benedicto XVI no se limitó a la retórica amistosa. El teólogo no se ha convertido en diplomático, como sugirieron algunos comentaristas, pero su estancia en el país turco demostró que, desde su discurso del 12 de septiembre en Ratisbona, el Papa ha aprendido la lección.

Los comentarios sobre el islam que citó en su discurso de Ratisbona no sólo eran poco diplomáticos, sino que estaban equivocados. Las enseñanzas del profeta Mahoma no fueron en absoluto inhumanas. Elevó a las tribus árabes al nivel de una religión monoteísta y ética. El islam no es una religión violenta, sino una religión de sumisión al Dios único, el mismo Dios de los judíos y los cristianos. Y Alá -nombre con el que también se refieren a Dios los árabes cristianos- no es un Dios arbitrario, sino un Dios de justicia y misericordia.

Es evidente que el Papa ha aprendido una lección, porque la polémica conferencia de Ratisbona ya se ha publicado en una tercera versión revisada, en la que se han hecho correcciones sutiles en 30 páginas y se han añadido 13 notas a pie de página con aclaraciones. No obstante, la aclaración podría ir mucho más allá: por ejemplo, la teología musulmana otorga especial importancia a la afirmación de que la fe musulmana es racional y no exige creer en ningún dogma que se oponga a la razón.

En beneficio del Papa, 38 distinguidos eruditos musulmanes de todo el mundo han respondido punto por punto, con una frialdad admirable, a las confusiones y malas interpretaciones más habituales entre los cristianos. Esto, en sí mismo, es un paso sin precedentes. Y es importante además porque refuta, por fin, el extendido tópico de que los musulmanes no quieren el diálogo.

En su viaje a Turquía, el Papa no repitió las citas sobre el islam que había hecho en Ratisbona. Al contrario, se mostró dispuesto a aprender sobre el islam -personalmente y en público- del presidente de la autoridad religiosa estatal, Alí Bardakoglu. Era lo que correspondía tras el llamamiento del propio Papa a mantener un diálogo sincero, puesto que un requisito de ese diálogo es que cada una de las partes tenga acceso a una información seria sobre la otra religión.

Otro requisito es la empatía, la sensibilidad hacia los demás, y en este aspecto Benedicto XVI también ha aprendido la lección. Claramente escandalizado por la enérgica e incluso violenta reacción del mundo musulmán a sus palabras, el Papa mostró en Turquía una empatía con la que seguramente no se habría permitido ni soñar en Ratisbona. Estuvo admirablemente contenido en Hagia Sophia, el museo y antigua mezquita que se construyó como iglesia cristiana. Rezó en silencio con el gran muftí en la Mezquita Azul, el equivalente musulmán de Hagia Sophia. Después ondeó una bandera turca.

Muchas veces, esas imágenes y esos gestos son más eficaces que las palabras. Pero no sirven de nada si no van seguidos de un compromiso de diálogo permanente. Y, además de la información y la empatía, dicho diálogo necesita un tercer elemento: la reflexión y la autocrítica por parte de ambos interlocutores.

A este respecto, por ejemplo, el documento Dominus Jesus -publicado por el cardenal Joseph Ratzinger en el año 2000, cinco años antes de ser elegido Papa- tiene una urgente necesidad de revisión. Este documento renueva con frialdad dogmática la arrogante afirmación de la Iglesia Católica de que ella es superior a otras iglesias y otras religiones, una pretensión que la mayoría de la gente creía ya abandonada desde el Concilio Vaticano II (1962-1965).

Ahora bien, si la Iglesia Católica necesita adoptar un tono menos presuntuoso respecto a otras confesiones, también los países musulmanes, como Turquía, deben mejorar en el trato que ofrecen a sus minorías religiosas.

La clave es la libertad religiosa. Bajo el gobierno de Erdogan, Turquía está llevando a cabo un experimento histórico, el de ver hasta qué punto puede ser compatible un Estado laico con el islam. La Iglesia Católica tardó siglos -hasta el Concilio Vaticano II- en aceptar los derechos humanos y especialmente la libertad de culto, pero al final acabó haciéndolo. El islam también debería ser capaz de ello.

La evolución de Turquía se sigue muy de cerca en todo el mundo islámico: ¿logrará emprender una vía entre el laicismo que vaen contra de la religión y el fundamentalismo religioso? En cualquier caso, los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001 y fechas posteriores han suscitado un intenso debate sobre la violencia y el terrorismo en muchos países musulmanes. Y ése también es un dato importante para un diálogo sincero.

Un diálogo constructivo entre cristianos y musulmanes no debe construir nuevos muros contra la modernidad laica. La principal función de la religión no es oponerse sino apoyar, estar al lado de los hombres y mujeres de hoy.

Es cierto que la inevitable secularización de la modernidad ha llevado en parte al consumismo, el relativismo y el nihilismo, con consecuencias inhumanas. En este sentido, la crítica que le hacen el islam y el cristianismo está justificada.

Pero el cristianismo y el islam también han tenido a menudo consecuencias inhumanas. Hoy deben demostrar que son defensores de la humanidad y, por fortuna, muchas veces lo hacen. Y esa entrega a la humanidad debe llevarse a cabo indudablemente en compañía de hombres y mujeres de pensamiento laico, partiendo de los valores y criterios comunes que llamamos ética humana o ética global.

¿Y qué hay de la Iglesia Ortodoxa? El objetivo principal de la visita a Turquía era mejorar las relaciones con ella. Este Papa ha hecho mejoras en las relaciones con el islam, pero ¿ha progresado algo con sus hermanos cristianos?

Prácticamente nada. Con todas las lecciones que el Papa ha aprendido en otras áreas, en este frente no ha ocurrido casi nada. Es verdad que Benedicto XVI ha dicho a menudo que uno de sus objetivos es la unidad plena entre la Iglesia Católica y la Iglesia Ortodoxa, lo mismo que dijeron sus predecesores Pablo VI y Juan Pablo II. Ahora, igual que ellos, ha vuelto a invitar a los dirigentes ortodoxos a participar en un diálogo fraterno para determinar nuevas formas posibles de ejercer el ministerio de Pedro sin dejar de respetar su naturaleza y su esencia.

¿A qué se refiere con eso? ¿Qué está ocurriendo?

Dedicar más años a trabajar en comisiones sobre diversos aspectos del papado es completamente superfluo. Hace mucho tiempo que están sobre el tapete las soluciones propuestas por teólogos y comisiones, y Roma las ha ignorado. No faltan los conocimientos teológicos. Lo que falta por parte de Roma es la voluntad de renunciar, en un espíritu cristiano, a las pretensiones de poder.

¿Qué dirían los jefes supremos de nuestras iglesias si los cristianos quisieran reconciliarse pero se limitaran a anunciar todo el tiempo conversaciones, pequeños pasos, más oraciones y la fe en el Espíritu Santo? Seguramente se impacientarían y exigirían más compromiso, más honradez y más deseo de asumir riesgos, de avanzar en el amor y la transparencia.

¿Posee Benedicto esa voluntad de compromiso, esa fuerza?Su encuentro con el patriarca Bartolomé I -un patriarca abierto al ecumenismo- fue decepcionante. No pasó realmente del beso fraternal que se dieron Pablo VI y el patriarca Atenágoras en Jerusalén, en 1964.

Entonces se revocaron las excomuniones mutuas de 1054, el año del cisma. ¿Por qué no restablecer la antigua comunión ahora, más de cuarenta años después de aquella reunión en Jerusalén, con una celebración compartida de la eucaristía? En vez de eso, en Estambul, el obispo de la Vieja Roma se limitó a asistir pasivamente a una eucaristía celebrada por el obispo de la Nueva Roma.

El principal obstáculo para restablecer la antigua unidad de la Iglesia es y sigue siendo la idea de que el Papa tiene poder sobre las iglesias orientales, una afirmación que se remonta al siglo XI. Como escribió mi colega de Tubinga, Joseph Ratzinger -en un texto que aún podía encontrarse impreso en 1982-, Roma no debe exigir a Oriente ninguna doctrina de primacía más que la que se formuló y practicó en el primer milenio.

De ser así, no habría ni una primacía de jurisdicción muy poco bíblica sobre las iglesias orientales -que Roma reclama sólo desde el siglo XI-, ni una primacía honorífica de escasas consecuencias. Por el contrario, de acuerdo con la tradición común del primer milenio, el obispo de Roma debería tener estrictamente una primacía pastoral ecuménica. Juan XXIII puede servir de ejemplo: en general, se limitó a ser un dirigente espiritual, capaz de inspirar, mediar y coordinar.

Mi consejo amistoso al papa Benedicto XVI sería: ¡aprenda, por favor, del profesor de Tubinga Joseph Ratzinger!
 

EL PAÍS, 24/12/2006
 
 
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