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 INFORMACIÓN Y OPINIÓN
 
¿Hasta qué punto debe mostrarse agresivo Israel?

MICHAEL WALZER
 

Israel se encuentra en estos momentos en guerra con un enemigo cuya hostilidad es extrema, explícita e incontenible, y está guiada por una ideología de odio religioso. Pero se trata de un enemigo que no dispone de ejército; que carece de estructura institucional y de una cadena de mando visible; que no reconoce el principio legal y ético de inmunidad de los no combatientes; y que, de hecho, no admite ninguna regla de combate. ¿Cómo puede uno -cómo puede cualquiera- luchar contra un enemigo así? No puedo tratar temas como la estrategia y las tácticas de una lucha semejante. Cómo asestar un golpe efectivo, cómo evitar una escalada peligrosa, son cuestiones importantes, pero no de mi incumbencia. La cuestión que yo quiero abordar tiene que ver con la moralidad y la política.

 La parte fácil de la respuesta es decir lo que en justicia no se puede hacer. No puede haber ataques directos contra objetivos civiles (aunque el enemigo no crea en la existencia de civiles), y este principio constituye también una importante limitación para los ataques contra infraestructuras económicas. Cuando escribí sobre la primera guerra de Irak, en 1991, alegué que la decisión estadounidense de atacar "sistemas de comunicación y transporte, instalaciones de suministro eléctrico, edificios gubernamentales de cualquier tipo, estaciones de bombeo de agua y plantas purificadoras" era un error. "El seleccionar determinadas infraestructuras como blanco es fácil de justificar: los puentes por los que se transportan las provisiones al ejército en el campo de batalla son un claro ejemplo. Pero la electricidad y el agua... son equiparables a la comida: ambas son necesarias para la supervivencia y la actividad cotidiana de las tropas, pero son igualmente necesarias para todos los demás. Atacarlas supone un ataque contra la sociedad civil... Son las consecuencias militares, si es que las hay, las que son colaterales". Este razonamiento tenía y tiene carácter general; es claramente válido para los ataques israelíes contra las estaciones de suministro eléctrico en Gaza y Líbano.

 El argumento es, en este caso, prudencial y ético a la vez. Al reducir la calidad de vida en Gaza, ya de por sí baja, se pretende presionar a los responsables políticos de los habitantes de esta zona de forma que los mismos, se espera, arremetan contra las fuerzas ocultas que atacan a Israel. En Líbano, en donde dichas fuerzas no están tan ocultas, se ha aplicado la misma lógica. Sólo que nadie asume la responsabilidad en ninguno de los dos casos o, mejor dicho, aquellos que podrían asumirla optaron hace mucho tiempo por no hacerlo. Los líderes del Estado soberano de Líbano aseguran que carecen de control sobre la parte sur del país y, lo que es aún más sorprendente, que no tienen obligación alguna de ejercerlo. Aun así, es poco probable que los ciudadanos palestinos atribuyan la responsabilidad de su destino a alguien que no sean los israelíes y, aunque los libaneses tendrán más discernimiento, gran parte de la culpa seguirá recayendo en Israel. Hamás y Hezbolá se nutren del sufrimiento que sus actividades provocan, y una respuesta israelí que no hace sino aumentar este sufrimiento sólo les dará más alas.

 ¿Qué puede hacer Israel entonces? Uno de los principios importantes de la teoría sobre la guerra justa es que si bien la justicia puede descartar muchas modalidades de enfrentamiento, no puede descartar el enfrentamiento en sí, ya que éste es en ocasiones necesario tanto desde un punto de vista ético como político. La respuesta militar a la captura de tres soldados israelíes no era, literalmente, necesaria; en el pasado Israel ha optado por negociar en lugar de luchar y luego ha intercambiado prisioneros. Ahora bien, puesto que Hamás y Hezbolá describen dichas capturas como operaciones militares legítimas -actos de guerra-, difícilmente pueden alegar que los actos de guerra cometidos en respuesta sean ilegales. Las nuevas acciones tienen que ser proporcionadas, pero dado que el objetivo de Israel es impedir futuras incursiones, además de rescatar a los soldados, la proporcionalidad no sólo debe medirse en relación con lo que Hamás y Hezbolá ya han hecho, sino también conaquello que intentan hacer (y ambas dicen que están haciendo).

 El objetivo israelí más importante tanto en el norte como en el sur es prevenir los ataques con cohetes contra su población civil, y, en este sentido, su respuesta claramente satisface el requisito de la necesidad. El fin primordial de cualquier Estado es defender la vida de sus ciudadanos; ningún Estado puede tolerar ataques indiscriminados con cohetes contra sus pueblos y ciudades. Desde que Israel se retiró del norte de Gaza hace un año se han disparado 700 cohetes desde esa zona; imaginemos la respuesta estadounidense si se lanzase un número similar de proyectiles sobre Buffalo y Detroit desde una tierra de nadie canadiense. Da igual que los cohetes arrojados desde Gaza apenas hayan causado daños; la intención con la que se dispara cada uno de ellos es destruir alguna casa o colegio y, tarde o temprano, dicha intención se verá materializada. Israel ha esperado durante mucho tiempo que tanto la Autoridad Palestina como el Gobierno libanés se ocupen del lanzamiento de cohetes desde Gaza y del incremento de estas armas en la frontera libanesa. En este último caso esperaba también la intervención de la ONU, que tiene desplegada una fuerza en el sur de Líbano encargada de "restaurar la paz y la seguridad internacionales", pero que no obstante ha asistido al despliegue de miles de cohetes sin hacer nada al respecto. Hace un par de años, el Consejo de Seguridad aprobó una resolución en la que exigía el desarme de Hezbolá; es de suponer que sus tropas se habrán percatado de que esto no ha sucedido. Ahora Israel ha decidido con razón que no tiene más remedio que sacar los cohetes él mismo. Sólo que, una vez más, ¿cómo puede hacerlo?

 El argumento crucial es el uso palestino de escudos humanos. Los filósofos académicos han escrito largo y tendido sobre estos "escudos inocentes", ya que estos hombres y mujeres explotados de forma radical (pero puede que, en ocasiones, con su consentimiento) plantean un dilema que pone a prueba la habilidad dialéctica de los filósofos. A los soldados israelíes no se les exige tener dotes dialécticas, pero, por un lado, se supone que deben hacer todo cuanto esté en su mano para prevenir la muerte de civiles, y, por otro, se espera que luchen contra un enemigo que se esconde detrás de civiles. Así que (citando una famosa frase de Trotski), aunque puede que a ellos no les interese la dialéctica, la dialéctica sí que está interesada en ellos.

 No hay una solución palmaria para su dilema. Cuando los militantes palestinos lanzan ataques con cohetes desde zonas civiles, ellos, y sólo ellos, son los responsables de la muerte de civiles que causa el contraataque israelí. Pero (prosigue el enfrentamiento dialéctico) a los soldados israelíes se les exige que apunten con la mayor precisión posible a los militantes, que asuman riesgos para poder hacerlo y que suspendan los contraataques que puedan acarrear la muerte de un gran número de civiles. Esta última exigencia supone que, en algunas ocasiones, la utilización de escudos humanos por parte de los palestinos, aunque sea una forma cruel e inmoral de luchar, también es efectiva. Funciona porque para los israelíes es éticamente correcto y a la vez políticamente inteligente el minimizar -y hacer ver que minimizan- las bajas civiles. No obstante, minimizar no significa evitar por completo: la población civil seguirá sufriendo en tanto en cuanto el lado palestino (o el lado libanés) no adopte medidas para poner fin a los ataques con cohetes. Desde ese lado, aunque no desde el lado israelí, lo que se debe hacer probablemente se podría hacer sin causar daños a la población civil.

 Hace poco me pidieron que firmase una condena a la operación israelí en Gaza, una declaración en la que se afirmaba que los ataques con cohetes y la incursión militar que habían desembocado en la captura de Gilad Shalit eran sencillamente una consecuencia inevitable de la ocupación israelí: "No habrá paz y seguridad hasta que no acabe la ocupación". Estoy seguro de que en el pasado algunos ataques palestinos estuvieron motivados por la experiencia de la ocupación. Pero eso es algo que hoy en día ha dejado de ser verdad. Hamás ha seguido atacando después de la retirada israelí de Gaza y después de la formación de un gobierno que se ha comprometido (o que se había comprometido hasta que se produjeron los ataques) a efectuar una gran retirada de Cisjordania. De igual modo, los ataques de Hezbolá se produjeron después de que los israelíes se retiraran de Líbano. El objetivo de estos militantes no es crear un Estado palestino junto a Israel, sino destruir Israel. Hay que reconocer que se trata de un objetivo a largo plazo que se deriva de una interpretación religiosa de la historia. A los seglares y a los pragmáticos les cuesta mucho aceptar dicha interpretación, y no digamos comprenderla.

 Por el contrario, la respuesta israelí sólo tiene un objetivo a corto plazo: poner fin a los ataques en sus fronteras. Hasta que no se consiga eso, ningún Gobierno israelí dará un paso más para emprender otra retirada. De hecho, probablemente sea verdad que los ataques de Hamás y Hezbolá ya hayan hecho imposible cualquier futura retirada unilateral. Israel necesita un socio en el otro lado que sea, ante todo, capaz de mantener la seguridad en la nueva frontera y que, además, esté realmente dispuesto a hacerlo. No puedo pretender que las operaciones militares que Israel ha puesto en marcha vayan a producir un socio así. En el mejor de los casos, el ejército y la fuerza aérea debilitarán la capacidad de Hamás y Hezbolá para atacar Israel, pero no le harán cambiar su decisión. Lo más probable es que la comunidad internacional -Estados Unidos, Europa, Naciones Unidas y algunos Estados árabes- tenga que intervenir para que el ejército libanés se instale en el sur del país y, una vez que esté allí, transformarlo en una fuerza efectiva. Y hará falta una coalición similar para apadrinar y apoyar a un Gobierno palestino comprometido con dos Estados con una frontera permanente y pacífica, y preparado para reducir a los militantes religiosos que se oponen a semejante compromiso. Hasta que no exista un ejército libanés efectivo y un Gobierno palestino que crea en la coexistencia, Israel tiene derecho a actuar, dentro de los límites dialécticos, en su propio nombre.
 

Michael Walzer es colaborador y codirector de The New Republic. © The New Republic.

EL PAÍS  -  Opinión - 26-07-2006 

 
 
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