Laicos
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 INFORMACIÓN Y OPINIÓN
 
La crisis de la familia

JOSÉ M. CASTILLO
 

En casi todo el mundo el debate sobre la familia aumenta cada día. Se palpa aquí uno de los cambios más profundos que está acarreando la globalización. ¿Es esto esperanzador o constituye una amenaza?
 
Estoy hablando de un fenómeno demasiado complejo que no se puede despachar en un artículo de periódico. De todas formas, hay cosas que se saben con suficiente seguridad. De esas cosas, me limito a recordar aquí algunas: 1) La familia tradicional era, sobre todo, una unidad económica, especialmente en las clases acomodadas y en la aristocracia, ya que la trasmisión de la propiedad era la base principal del matrimonio. 2) Durante siglos, en Europa, la gente no se solía casar por motivaciones amorosas o sexuales. 3) La desigualdad entre hombres y mujeres (en el trabajo, cultura y libertad sexual) era intrínseca a la familia. 4) La sexualidad matrimonial estaba orientada a la reproducción. 5) Abundaban los hombres que se valían de amantes y prostitutas, pero tenían que asegurarse de que sus mujeres eran las madres de sus hijos legalmente reconocidos. 6) La sexualidad estaba ligada a la virtud femenina, mientras que las aventuras amorosas se veían como un signo de virilidad. 7) Las mujeres eran generalmente consideradas propiedad de los maridos. 8) En la familia tradicional, no sólo las mujeres tenían sus derechos muy limitados, tampoco los niños tenían derechos. 9) Como no había control de natalidad, la sexualidad femenina se relacionaba directamente con el parto. 10) A partir del final de la 
segunda guerra mundial, se acentúa un proceso de cambio con el progresivo acceso de la mujer al trabajo fuera del hogar. 11) Así ha ido creciendo la aspiración de las mujeres a la igualdad de derechos con los hombres. 12) Además, la sexualidad se ha ido desligando de su sola posible realización en el matrimonio. 13) El cambio más importante se ha dado cuando la pareja ha empezado a cobrar ventaja sobre el matrimonio, ya que el centro de la vida familiar no es ya el problema económico sino el amor, con la atracción sexual que el amor de pareja exige.
 
Por supuesto, en todo esto ha habido (y hay) excepciones. Pero sabemos que las excepciones no hacen la regla. Lo que está claro es que, el núcleo de la familia está determinado cada vez menos por intereses económicos o de posición social. También es claro que ha aumentado la igualdad de derechos de hombres y mujeres. Y sobre todo es evidente que el núcleo que une a la familia está cada día más condicionado por el amor. Me refiero a lo que acertadamente se ha denominado la 'relación pura', es decir, la relación basada en la comunicación emocional, en la que las recompensas derivadas de dicha comunicación son la base primordial para que este tipo de relación se mantenga (A. Giddens). Además, en la relación pura, es esencial la transparencia entre las personas y el constante interés por entender el punto de vista del otro. Si algo hay claro, en este momento, es que una familia se mantiene si este tipo de relación está asegurada. Si no lo está, la familia se rompe relativamente pronto y, fuera de casos excepcionales, cada cual echa por su camino.
 
El problema más serio, que esto ha planteado, es la inestabilidad de matrimonios y parejas. Las separaciones, los divorcios, las familias rotas aumentan de forma alarmante. Porque, con frecuencia, la comunicación emocional en la relación pura es inestable. La gente ya no aguanta seguir unidos por otros motivos o intereses. Y la consecuencia inmediata de esto es la violencia. Las mujeres, en 
una sociedad que es todavía demasiado machista, se llevan la peor parte. Pero mucha gente no cae en la cuenta de que, a la larga, es peor aún lo que pasa con los niños. Porque la felicidad de las personas no se predica ni se enseña, sino que se contagia. Y es evidente que una casa, en la que los niños crecen en un ambiente de tensiones, crispación, resentimientos y violencias, es el ambiente 
en el que, por más regalos y caprichos que se les permitan a los niños, es un criadero de criaturas desequilibradas, rotas por dentro y, como es lógico, futuros reproductores del desquiciamiento y violencia que viven los padres.
 
Estamos pagando las consecuencias de una sociedad, unas instituciones y una religión que se han preocupado más por mantener el puritanismo y las tradiciones de tiempos pasados que por educar a las nuevas generaciones en el respeto, la igualdad de derechos y deberes, la capacidad para afrontar las privaciones y sufrimientos que la vida inevitablemente lleva consigo y, más que nada, educar a todos en lo que es y exige la 'relación pura', tal como la acabo de explicar. Lo que más daño ha hecho no es la sociedad 'secular', sino la sociedad 'consumista', la sociedad del bienestar y de la satisfacción inmediata. Esto es lo que los niños y jóvenes integran en sus vidas. Porque es lo que, con demasiada frecuencia, ven en sus padres y educadores. Ahora bien, eso tiene un poder de atracción que es muy superior a la oferta de sentido que pueden hacer los predicadores de la moral o de la religión. A no ser en los casos de aquellas personas que necesitan de alguien (un confesor, un catequista...) que les libere del peso de la libertad. En este caso, estamos hablando de gentes con patologías cuyo destino más frecuente es acabar en grupos fundamentalistas o sectarios. Pero, ¿puede ser eso la solución que la sociedad entera necesita en la actual crisis de la familia?
 
Granada Hoy, julio 2006.
 
 
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