Laicos
 -
 
 
 INFORMACIÓN Y OPINIÓN

Escribir en un mundo sin paz
Discurso de Günter Grass en la inauguración del 72º Congreso del PEN Internacional 

GÜNTER GRASS
 

Quien escribe sabe que la duda ha de tender cables en el camino de la fe, para que tropiece y no nos anime esperanza alguna, porque sólo podría ser la esperanza de despeñarnos. Por eso hay que advertirlo de antemano: el lema de este congreso del PEN que se celebra en Berlín -Escribir en un mundo sin paz- podría hacer suponer o incluso pretender confirmar la piadosa patraña de que alguna vez hubo un mundo en paz. ¡No! Siempre ha habido, más cerca o más lejos, alguna guerra. A menudo se ha camuflado como "pacificación" o "normalización", pero mortífera ha sido siempre. Tampoco han faltado cantares de gesta ni sobrias descripciones de guerras gálicas o de otra índole. En nuestros tiempos nos entreteníamos, en la pantalla o en la tele, con películas de emoción intensificada por efectos especiales, inspiradas en las inevitables historias bélicas: héroes a montones otra vez.

 Europa, que a lo largo de los siglos ha demostrado ser impulsora permanente de la guerra, se ha permitido a veces treguas, aunque sólo en el continente. Sin embargo, para no perder la práctica o para salvaguardar los intereses de sus distintos Estados, por lo general enemistados entre sí, ha librado en todo el mundo guerras de conquista y colonización. Más aún: durante esas treguas, un sinnúmero de inventos pioneros, hasta cuando sus autores sólo ofrecían pacíficamente la técnica necesaria para el antiquísimo sueño del hombre de volar como Ícaro, han servido prioritariamente para la guerra, la guerra moderna. Lo mismo que, desde la antigüedad, se llamó concisamente al conflicto bélico "padre de todas las cosas".

 Siempre ha habido guerra. Y los propios tratados de paz encerraban, consciente o inconscientemente, los gérmenes de guerras futuras, tanto si se negociaban en Versalles como en el westfálico Münster. Además, los preparativos para la guerra no dependen ni dependían sólo de sistemas de armas que rápidamente envejecen; la antigua forma de hacer a los pueblos obedientes y sumisos gracias a escaseces manipulables ha resultado eficaz desde los tiempos bíblicos hasta la globalizada actualidad. En su primer discurso en las Naciones Unidas, Willy Brandt lo llamó por su nombre: "¡También el hambre es una guerra!", dijo hace más de tres decenios, en la época de la guerra fría. Las pautas de mortalidad y las estadísticas del hambre siguen confirmando su diagnóstico. Quien domina el mercado de los productos de alimentación y, por consiguiente, regula mediante los precios la abundancia o la escasez no tiene necesidad de guerras convencionales.

Gritos sofocados
¿Qué pasa con la escritura en un mundo en donde la ausencia de paz es constante? Los literatos, es decir, todos los que escanden versos, desplazan acentos, crean palabras o repiten gritos sofocados, los poetas que riman compulsivamente y los que no riman, todos, hombres y mujeres del simple acontecer verbal, participaron y participan en la guerra, desde Troya hasta Bagdad: lamentándose métricamente, informando con objetividad, conjurando la paz unas veces, ansiosos de heroicidades otras. La manida frase "cuando las armas hablan, callan las musas" puede rebatirse fácilmente.

 Para no salir de este país: los alemanes que, a falta de conquistas en ultramar, durante más de treinta años se permitieron hacer de una disputa religiosa una guerra civil, invitando a la carnicería a sus vecinos europeos, apenas se apercibieron durante aquella época asesina del renacer de una joven literatura que todavía buscaba a tientas, pero nos han quedado los poemas escritos en 1636 por el entonces veinteañero Andreas Gryphius (...)

 Los escritores somos expoliadores de cadáveres. Vivimos de hallazgos, y por eso también de los oxidados despojos de la guerra. Recorremos los campos de batalla y las escombreras hace tiempo edificados y encontramos el botón de uniforme abandonado, la muñeca de celuloide milagrosamente intacta. Restos como ésos nos hablan de soldados despedazados, de niños sepultados.

 Por mucho que nos guste situar el argumento en pacíficas campiñas, azulados paisajes ondulados o estados de ánimo sumamente íntimos, la guerra no cesa en nosotros. Hasta los autores nacidos después de mi generación, a los que, en los tiempos del rearme y los ensayos de primeros ataques nucleares, se les prometió la paz mediante la disuasión mutua, miran, en cuanto hojean los salvados álbumes de familia, muy serios y recién casados, la foto del bisabuelo o del abuelo: uno se desangró en la batalla de desgaste por Verdún, el otro reventó durante el combate de los carros de Kursk, y quieren ya ser recordados, es decir revividos, aunque sólo sea sobre el papel.

 También los autores a los que las acreditadas penas de amor ayudan a escribir, y para los que sigue siendo digno de ser contado el eterno triángulo amoroso con sus variaciones -porque la pasión, la servidumbre sexual, los susurros de almohada y los celos, con asesinato o sin él, siguen siendo rentables-, se encuentran de pronto, durante la búsqueda del amante desaparecido, ante agujeros dejados por esta o aquella guerra y tienen que ponerse a balbucear, porque el padre de la amante no quiere dejar de ganar en la mesa las batallas hace tiempo perdidas. El amor transcurre entonces de una forma secundaria, y parece gracioso en comparación con tantas bajas en hilera.

 ¿Se puede narrar la guerra? ¿No acecha la anécdota, ofreciéndose enseguida en cuanto se ha superado el peligro? ¿Cómo se lee una trama bélica, cuando se incluye en el hilo narrativo de un superviviente que, necesariamente centrado en sí mismo, tiene que hablar continuamente en primera persona, esforzándose por recuperar sus defectuosos recuerdos? ¿Puede reflejarse con los medios de la literatura, aunque sólo sea aproximadamente, el caos organizado de una guerra? ¿O está el narrador en condiciones, en el mejor de los casos, de llenar las lagunas que le dejó el historiador abonado a la prueba documental? ¿Qué ocurrió entre las batallas fechadas? ¿Cómo transcurría la vida cotidiana tras el frente? ¿A quién hay que temer más: al enemigo o a la policía militar? ¿Qué es lo que no se encuentra en las estadísticas?

La Guerra Civil española
Cuando hace veinte años se celebró en Hamburgo el 49º Congreso del PEN Internacional, la reunión tuvo por tema La historia contemporánea en el espejo de la literatura internacional. También entonces me correspondió el honor de pronunciar el discurso inaugural, que llevaba por título El escritor como contemporáneo. Y en mi discurso puse como ejemplo la participación de escritores contemporáneos en la Guerra Civil española. Porque, como ningún otro acontecimiento, aquel ensayo para la segunda guerra mundial que pronto comenzaría se reflejó en testimonios literarios, en parte durante la contienda y en parte después de ella.

 Por mencionar sólo algunos nombres: Neruda y Hemingway, Orwell y Malraux, Bernanos y Koestler, Kisch y Regler estuvieron allí como testigos presenciales. Cité la novela de Gustav Regler La oreja de Malco y el Homenaje a Cataluña de George Orwell, porque ambos autores revelaron en sus libros la traición de los comunistas a la República Española y el terror de la policía secreta soviética (la GPU) en la época de Stalin. Por ello, ambos autores quedaron proscritos en el campo comunista. Durante decenios. Porque cuando, hace veinte años, se habló en el congreso del PEN en Hamburgo de los libros de esos dos escritores -todavía se extendía el Muro, y Europa, como consecuencia de la guerra fría, seguía dividida en Este y Oeste-, los libros mencionados estaban aún prohibidos en el Este.

 De forma igualmente impetuosa se desarrolló el debate que siguió a mi discurso. Todavía entonces, los testigos contemporáneos de la Guerra Civil española tuvieron en los ideólogos el efecto perturbador que Orwell y Regler, en su tiempo, habían provocado intencionadamente: en aras de la verdad, ¡quisieron esclarecer los hechos a toda costa!

 ¿Por qué esta mirada atrás? El lema de aquel congreso del PEN, que entretanto parece histórico, está próximo al de este congreso. También en el actual mundo sin paz continúa la contemporaneidad de los autores. La política de poder y el cinismo del poder fueron y siguen siendo determinantes. La única diferencia reside en que entonces las dos potencias mundiales, muy atómicamente armadas, se encontraban frente a frente, y cada una de ellas, considerándose potencia imperial, es decir, sin escrúpulos, hacía sus guerras, ya fuera en Vietnam, ya en Afganistán. Actualmente -lo que no ha resultado un beneficio- estamos entregados a la soberbia de una sola gran potencia, cuya búsqueda de un nuevo enemigo se ha visto coronada por el éxito. Quiere vencer por la fuerza al terrorismo, en parte causado por ella misma porque -véase Bin Laden- lo ha cultivado. Sin embargo, esa guerra querida por ella, que desprecia las leyes del mundo civilizado, fomenta el terror y no puede acabar nunca.

 Con ello no me refiero sólo a la actual guerra con Irak, que dura ya tres años. Alternativamente, y al mismo tiempo, se llama a las dictaduras -y no falta donde elegir- Estados bribones, lo que normalmente consolida la estructura de poder fundamentalista en esos países fanfarronamente amenazados con ataques militares. Da igual que sean declaradas potencias del mal Irán, Corea del Norte o Siria, porque esa política no puede ser más estúpida y, por tanto, más peligrosa. Incluso se amenaza con repetir un crimen de guerra: el empleo de armas atómicas. Sin embargo, el mundo entero hace oídos sordos y se finge impotente. En el mejor de los casos, deniega su participación en otras guerras previsibles. De manera ejemplar, el Gobierno francés y el Gobierno alemán dijeron que no -y luego se les unió el español, rompiendo su complicidad con Estados Unidos, esa gran potencia que actuaba como compulsivamente de una forma criminal-, pero, a pesar de las mentiras descubiertas y de la vergüenza de la práctica evidente de torturas, el Gobierno inglés sigue haciéndose el sordo y actuando como si pudiera y debiera continuar la tradición del Imperio Británico, el despiadado dominio colonial... y eso bajo la dirección del Partido Laborista.

 Esa obsequiosa fidelidad a la alianza provocó protestas: en diciembre del pasado año se dio publicidad al discurso del premio Nobel Harold Pinter. En su texto, ejemplarmente desprovisto de florituras, el dramaturgo se confesó primero escritor y luego ciudadano inglés. Cuando se pudo disponer de su amargo discurso, que no perdonaba a nadie, es decir, dejaba al descubierto todos nuestros fracasos y considerados encubrimientos, se desencadenaron en este país, hasta en el suplemento del Frankfurter Allgemeine Zeitung, ataques furiosos. Un crítico teatral llamado Stadelmaier trató de ridiculizar y descalificar a Pinter, llamándole viejo izquierdista cuyas obras de teatro habían pasado de moda hacía tiempo. Ante la revelación de verdades ocultas tras los aplacamientos y el tejido de mentiras, la gente se escandalizó. Alguien, un escritor, uno de nosotros, había hecho uso del derecho de acusar en un mundo sin paz. (...)

Cuestiones de Pinter
En su discurso, Harold Pinter formuló la pregunta: "¿Cuántas personas hay que matar para poder ser considerado asesino de masas y criminal de guerra?".

 La pregunta no puede desecharse a la ligera como simple retórica, porque se refiere al acreditado e hipócrita comportamiento numérico de Occidente, al recuento de víctimas. Sin duda nos esforzamos contablemente por enumerar las víctimas de ataques terroristas -y su número es suficientemente aterrador-, pero nadie cuenta los cadáveres después de los ataques estadounidenses con bombas y misiles. Sea en la segunda o en la tercera guerra del Golfo -la primera la hizo Sadam Husein, apoyado por Estados Unidos de América, contra Irán-, unas estimaciones groseras permiten suponer que cientos de miles.

 Sin duda, de los 2.400 soldados estadounidenses caídos en la actual guerra de Irak, cuidadosamente contados, hay que lamentar cada uno de ellos como un muerto innecesario, pero esa lista de bajas no puede justificar a posteriori una guerra iniciada contra derecho y criminalmente dirigida, ni, desde luego, compensar la enorme cifra de mujeres y niños muertos y mutilados, que desde el punto de vista occidental se trivializa con la bárbara expresión de daños colaterales. Así, según la valoración occidental, no sólo hay personas vivas, sino también personas muertas de primera, segunda o tercera clase; no obstante, todas ellas son víctimas de un terrorismo recíproco.

 Harold Pinter dio nombre a la injusticia. De forma ejemplar demostró lo que puede lograrse al "escribir en un mundo sin paz". Nosotros los escritores estamos llamados a contar los muertos no sólo de otra manera, es decir, más allá de cualquier toma de partido, sino también, por razón de nuestro especial talento, separando cada muerto, sea amigo o enemigo, mujer o niño, de la masa de los sepultados sin nombre, a fin de que sea reconocible como víctima de un proceso que se llama guerra y tiene muchas causas.

 ¿Quién la quiso? ¿Qué mentiras velaron su objetivo? ¿Quién se beneficia de ella? ¿Qué valores bursátiles hace subir? ¿Quién suministró las armas que han causado tantas muertes? Y más aún que la cuestión judicial de a quién corresponde la culpa, debe preocuparnos saber desde cuándo nos convertimos también en culpables.

 ¿Cuando dijimos que no, sólo con desgana? ¿Cuando nos dejamos persuadir de que no era nuestra guerra? ¿Cuando creímos, al adaptar el proverbio "cuando hablan las armas, callan las musas", quedar bien con todos los que siempre opinaron que el escritor debía ocuparse del acontecer vulgar, es decir, mantenerse lejos de la sucia política y conservar limpio el arte? ¿Cuando nos refugiamos modosamente en el silencio? Hablo por experiencia. Tenía dieciséis años cuando fui soldado. A los diecisiete aprendí a tener miedo. Y sin embargo, creí hasta el fin, cuando hacía ya tiempo que todo estaba hecho añicos, en la victoria final.

 Desde entonces, la guerra, ni siquiera durante esas treguas que se llaman paz, quiere cesar en mí. Es como un temblor posterior o un estremecimiento de aviso. Una comezón que vuelve. Los crímenes que corren parejos a sus huellas en el camino -sea al avanzar, sea al retroceder- no prescriben. Sobrevivir a la guerra se debió sólo a un capricho del destino. Desde entonces, sus ruidos retumban en mis oídos. Escribiera lo que escribiera, la guerra siempre insistía -aunque sólo fuera en frases subordinadas- en desarrollar su trama. La guerra se ríe de los acuerdos de paz. Se compara con sus iguales, se jacta del material que cada vez despliega, compensa muertos con muertos. Y a los escritores nos demuestra que las palabras, por acertadas que sean, no pueden pararla. Preguntada, se cuenta entre los derechos humanos. Tan sublime continúa. Sin embargo, su sublimidad se tambalea cada vez que las risas la dejan en evidencia. Quizá por eso nuestro barroco compañero Grimmelshausen puso como lema a su novela Simplicisimus lo que había comprendido cada vez mejor durante treinta años de guerra: "Me ha producido gran placer / con risas la verdad hacer saber".

 Porque, por mucha cara seria que pongan, los partidarios de la guerra son ridículos. Siempre que sus mentiras carecen de atractivo, enganchan a Dios en el tiro. Sean Bush o Blair, llevan la hipocresía escrita en el rostro. Se parecen a aquellos sacerdotes y misioneros que, desde antiguo, bendecían las armas y, con la Biblia, llevaban la muerte a lejanos países. Como han sido caricaturizados con frecuencia, se han convertido en caricatura de ellos mismos. De manera que debemos reírnos de ellos. Quizá se podría, como en el cuento de Andersen en que al final queda el emperador desnudo, dejar al descubierto con una carcajada interminable al uno y al otro, a ambos fantoches, a fin de que desaparecieran con sus lacayos.

Fantoche con lacayos
Sin embargo -oigo ya reparos-, de qué sirve todo esto. Inmediatamente habrá otro fantoche con sus lacayos que, como enviado de Dios y ungido, justificará con mentiras la próxima guerra. Siempre ha sido así.

 Sí. Siempre se decía, después de la última guerra: ¡nunca más! Se hacían juramentos. En una talla en madera de mi maestro Otto Pankok, Cristo rompía demostrativamente un fusil. Nos asegurábamos mutuamente que aprenderíamos de la historia. Las Naciones Unidas tomaban decisiones a favor de la paz, que, bajo la férula del derecho de veto de las grandes potencias, sólo tenían efecto en el papel. Nunca han faltado palabras de exhortación, movidas por las preocupaciones. Surgían movimientos por la paz, se disolvían, volvían a encontrar adeptos y volvían a disolverse. Ridiculizados como "buena gente", muchos se resignaban. Sólo la guerra seguía teniendo aliento. Y cuando descansaba un poco era sólo para inventarse nuevos enemigos, desarrollar nuevos sistemas de armas y ponerlos en el mercado libre: armas de más alcance aún, de más precisión, enriquecidas con uranio; armas que cubren amplias superficies y son despiadadamente letales.

 Eso pasaba en un mundo sin paz. Los escritores estábamos presentes, en silencio o protestando. Escribir se ha escrito siempre: a favor o en contra. Lo sabemos por reiterada experiencia. Cuando la guerra de Irak que aún dura amenazaba comenzar como si fuese deseada por Estados Unidos, y cuando luego comenzó en la televisión, suciamente real y a la vez limpiamente enfocada , me manifesté en público también. Al principio y al final de un texto cité un poema que escribió el poeta alemán Matthias Claudius. En su lamento habla la impotencia. Una impotencia que debemos confesarnos, sin guardar silencio por ello. Lo mismo que no calló Matthias Claudius, dejándonos su Canción de guerra, que sigue siendo válida:

 "¡Hay guerra! ¡Guerra! ¡Ángel de Dios y mío / defiéndenos, que tu voz se escuche! / Por desgracia hay guerra... y lo que ansío / ¡es no ser culpable de que se luche!".
 

EL PAÍS - DOMINGO - 28-05-2006 
 
 
 -