Contra Europa Laica

 

PEDRO GÓMEZ


Dejemos aparte la buena voluntad que se le supone a las personas. Analicemos la política y la ideología presentes en las campañas de Laicismo.org y Europa Laica. Véase en Internet: http://www.laicismo.org/europa_laica


Puesto que hay bastante confusión en las ideas y en el uso de las palabras, nos puede ayudar el establecer una clara distinción entre laicidad y laicismo. Convengamos en que la laicidad del Estado tiene como cometido garantizar el pluralismo de la sociedad, sobre todo la libertad de pensamiento y creencia, en un marco de respeto a las libertades de todos. Y convengamos en que el laicismo, en cambio, combate contra la pluralidad existente con la pretensión de imponer su visión del mundo, marcadamente antirreligiosa. La laicidad significa, entonces, neutralidad respecto a los valores particulares y religiosos, y funda las instituciones del Estado en un mínimo de valores y normas legales comunes al conjunto de la sociedad. En concreto, el fin de la laicidad se cumple básicamente en la separación entre Iglesia y Estado. El lado positivo de la separación es la independencia de la política respecto a la religión, lo que a su vez libera a la religión de su servidumbre a la política.


El Estado moderno y democrático debe ser laico, en el sentido de asumir la separación entre la política y la religión, o cualquier otra ideología que la sustituya. Pero, si el Estado se inhibe de adoptar e imponer una religión y una moral, es precisamente para que la sociedad civil y sus organizaciones no estatales puedan libremente desarrollarse conforme a sus valores y creencias.


Confundir Estado y sociedad civil es lo propio de la mentalidad totalitaria. La sociedad y su historia concreta configuran muchos aspectos del sistema social. Y no cabe esperar que el Estado sea el que lo determine todo, como en el modelo de la dictadura del proletariado. La interrelación entre sociedad y Estado es compleja en cada contexto y ha de contar con la realidad histórica. El aparato del Estado cumple funciones en relación con la sociedad y sus diversas instituciones, a veces públicas, aunque no estatales. Debe operar políticamente en favor del bienestar social, pero no produciéndolo él, sino estableciendo el marco de las condiciones constitucionales, regulando la mediación en los conflictos, garantizando las libertades de la sociedad civil. La laicidad del Estado no obsta para que éste negocie con las organizaciones de la sociedad civil, siempre que se mantenga la autonomía específica de cada esfera.


Los ideólogos del laicismo y la plataforma Europa Laica (financiada por la Fundación Pluralismo y Convivencia, dependiente del Ministerio de Justicia) postulan un "Estado laico". España lo es ya constitucionalmente. En realidad, lo que ellos quieren es un Estado laicista, que persiga la presencia de la religión en la sociedad y, sobre todo, que haga la vida imposible a las instituciones de la Iglesia católica. Así se desprende del análisis sus textos, su propaganda y sus campañas abiertas en Internet. Una concentración laicista reciente, convocada por la red de Europa Laica, fue apoyada por Izquierda Unida, por asociaciones de ateos y librepensadores y por varios colectivos del izquierdismo católico de base. Es decir, por una confluencia extraña entre el estalinismo residual, el anticlericalismo de un sector del PSOE, el liberalismo doctrinario de cierta masonería y el buenismo desinformado de algunos cristianos progresistas.


Todos ellos instrumentalizan un laicismo ya sobrepasado, pero útil para la batalla particular de cada uno. No hay que ser un lince para ver que todas las reivindicaciones que esgrimen bajo la pancarta de "por un Estado laico" apuntan directamente contra la religión y sus instituciones presentes en nuestra sociedad. Esas vanguardias de la redención laicista, según la línea constante de sus escritos y declaraciones, tienen como meta ideal -digámoslo sin eufemismos- la supresión indiscriminada de la religión y en especial el debilitamiento de la Iglesia católica y del cristianismo.


Entre sus consignas, reclaman la "escuela laica" y la retirada de la financiación a los colegios concertados. Con esto están abogando por la liquidación de los colegios que no son propiedad del Estado, es decir, que son en su mayoría de instituciones de la Iglesia. Así de claro. En España, afecta aproximadamente a un 30% de la enseñanza primaria y un 15% de la secundaria. Si se suprimiera la financiación estatal, la consecuencia inmediata sería que en pocos meses tendrían que cerrar los centros, dejando a los profesores en el desempleo y a cientos de miles de niños en la calle. Sin ir más lejos, algunos de nuestros amigos se quedaría sin trabajo en los colegios concertados. Compañeros nuestros comunitarios, cuyos nombres todos conocemos, con niños en edad escolar y en colegios concertados y de la Iglesia... podrían ver a sus hijos sin escolarizar.


También han lanzado una "Campaña por una Universidad Pública y Laica", una vez más disimulando lo que eso significa: la supresión de las universidades privadas. Parece mentira que también en esto haya católicos conscientes que han firmado, pidiendo de hecho el cierre de las universidades de la Iglesia (las universidades de Comillas, Deusto, Salamanca, Navarra, Murcia, etc. y las numerosas facultades asociadas). Resulta sencillamente indignante esta reclamación de un confesionalismo ateo del Estado. Es indecente este camuflar bajo la etiqueta laica una agresión extemporánea contra la sociedad civil, cuyos derechos debe amparar la verdadera laicidad.


Lo peor de todo radica en la política de eliminación del pluralismo en la enseñanza, ya de por sí bastante limitado. El ideal de estos laicistas militantes parece estar en la completa estatalización del sistema educativo, al modo de los regímenes autoritarios y totalitarios. Es de temer que el Observatorio de la Laicidad, que han creado, degenere -si no lo ha hecho ya- en un sistema de difamación y delación contra el ejercicio de la libertad religiosa y de conciencia.


Más allá de esas convocatorias bajo lemas aparentemente progresistas, subyace una guerra persistente. Los cristianos que simpatizan con esa causa deberían pararse a pensar en serio si su objetivo no es ya reformar la Iglesia, sino destruirla. Se puede y se debe hacer crítica de la Iglesia institucional con argumentos del Evangelio, no con los de sus enemigos. Europa Laica está haciendo un uso indebido de la religión para la confrontación política. Se presentan como laicos, pero actúan como talibanes.


Defendamos la laicidad del Estado, la que garantiza el pluralismo, la libertad de conciencia y de religión. No olvidemos que el laicista odia a muerte la laicidad.