25 de diciembre

NATIVIDAD DEL SEÑOR
CICLO "A"


Primera lectura: Isaías 52, 7-10
Salmo responsorial: Salmo 97
Segunda lectura: Hebreos 1, 1-6
 

EVANGELIO
Juan 1, 1-18

 1 1   Al principio ya existía la Palabra

                       y la palabra se dirigía a Dios

           y la Palabra era Dios.

2     Ella al principio se dirigía a Dios.

 

3     Mediante ella existió todo,

           sin ella no existió cosa alguna

           de lo que existe.

4     Ella contenía vida

           y la vida era la luz del hombre:

5              esa luz brilla en la tiniebla

           y la tiniebla no la ha apagado.

 

6                        Apareció un hombre enviado de parte de Dios,

                        su nombre era Juan;

                        éste vino para un testimonio,

7                                  para dar testimonio de la luz,

                       de modo que, por él, todos llegasen a creer.

8                        No era él la luz,

                       vino sólo para dar testimonio de la luz.

 

9    Era ella la luz verdadera.

            la que ilumina a todo hombre

            llegando al mundo.

10   En el mundo estaba

            y, aunque el mundo existió mediante ella,

            el mundo no la reconoció.

 

11   Vino a su casa,

             pero los suyos no la acogieron.

12   En cambio, a cuantos la han aceptado.

             los ha hecho capaces de hacerse hijos de Dios:

             a esos que mantienen la adhesión a su persona;

13   1os que no han nacido de mera sangre derramada

             ni por mero designio de una carne

             ni por mero designio de un varón,

             sino que han nacido de Dios.

 

14   Así que la Palabra se hizo hombre,

             acampó entre nosotros

             y hemos contemplado su gloria

             -la gloria que un hijo único recibe de su padre-

             plenitud de amor y lealtad.

 

15                                 Juan da testimonio de él

                              y sigue gritando:

                              - Este es de quien yo dije:

                                "El que llega detrás de mí

                                estaba ya presente antes que yo,

                                porque existía primero que yo".

 

16   La prueba es que de su plenitud

              todos nosotros hemos recibido:

              un amor que responde a su amor.

 

17    Porque la Ley se dio

         por medio de Moisés;

      el amor y la lealtad han existido

               por medio de Jesús Mesías.

 

18   A la divinidad nadie la ha visto nunca;

               un Hijo único, Dios,

               el que está de cara al Padre,

               él ha sido la explicación.

 


 

COMENTARIOS

 I

 
A DIOS NADIE LO HA VISTO JAMÁS

¿ Quién es Dios? De las muchas imágenes de Dios que a lo largo de la historia del hombre se han propuesto como autén­ticas, ¿cuál es la que corresponde al ser de Dios? ¿Cómo es Dios realmente? ¿Amable, severo, comprensivo, implacable, amo, justiciero, cercano, lejano, misericordioso, cruel, amo, liberador...? A lo largo de la historia muchos han sido los que han hablado de Dios; muchos los dioses de los que han habla­do. Pero la pregunta continúa exigiendo una respuesta clara, convincente, definitiva. ¿Dónde se podrá encontrar esa res­puesta?

 

NADIE LO HA VISTO...

No. «A Dios nadie lo ha visto jamás». Ni Moisés, ni los profetas, ni los sabios de Israel. Tampoco los filósofos, ni los sacerdotes de ninguna de las religiones de la tierra. Por eso las imágenes de Dios que esos hombres presentan son incom­pletas y, por tanto, parcialmente falsas. Entonces... ¿cómo encontrar a Dios? ¿ Cómo reconocer al Dios verdadero?

Por supuesto, Dios no juega con nosotros al escondite ni a las adivinanzas. Dios se manifiesta siempre tal cual es; pero el hombre es tan pequeño que nunca podrá comprenderlo del todo. Y cuando habla de Dios, siempre habla del pedazo de Dios que él ha podido conocer. O  y esto ya es peor  del dios que a él le interesa. Y eso que quien debía haber hecho presente a Dios en el mundo era el hombre mismo, creado a imagen y semejanza de Dios (Gn 1,26-28; véase también Sal 8). Pero el ser humano escogió otro papel (Gn 3,5-6).

 

LA LUZ Y LA TINIEBLA

El hombre quiso ser como Dios, y entonces se construyó la imagen de Dios que a él más le convenía. Y así, desde el principio han sido impuestas a la humanidad imágenes de Dios que favorecían los intereses de quienes se habían endiosado. ¿Que interesaba justificar el poder? Pues un Dios a imagen y semejanza de los poderosos y, además, justificador de su po­der. ¿Que había que justificar la pena de muerte? Pues un Dios que aniquila a sus adversarios. ¿Que hacía falta justificar la propiedad privada? Pues un Dios que hace ricos a unos y pobres a otros, según le parece oportuno. ¿Que era necesario mantener tranquilo al pueblo? Pues un Dios caprichoso que manda más males que bienes, y ante el que hay que estar agra­decido a veces, resignado casi siempre, esperando que no se acuerde demasiado de nosotros. Esta es la tiniebla que quiso, y no pudo, apagar la luz. Pero la luz brilló en medio de la tiniebla para que los hombres pudieran, finalmente, ver claro: «... esa luz brilla en la tiniebla y la tiniebla no la ha apagado».

 

LA EXPLICACIÓN

«Al principio ya existía la Palabra, y la Palabra se dirigía a Dios, y la Palabra era Dios. Ella, al principio, se dirigía a Dios... Así que la Palabra se hizo hombre, acampó entre nos­otros y hemos contemplado su gloria  la gloria que un hijo único recibe de su padre, plenitud de amor y lealtad».

La Palabra, el proyecto que Dios tenía para la humanidad desde el principio; la Palabra, que siempre existió en constante diálogo con Dios, se hizo carne, se hizo presente entre los hombres en un hombre: Jesús de Nazaret. El, que hablaba de un Dios que no convenía a los poderosos de su tiempo (ni a los de ningún tiempo), sufrió por eso el rechazo del sistema («... el mundo no la reconoció») y el de los suyos («Vino a su casa, pero los suyos no la acogieron»), fue considerado hereje y peligroso para la seguridad nacional> marginado y persegui­do; pero en su amor, fiel hasta la muerte, brilló la gloria de Dios. Así fue la explicación: «A la divinidad nadie la ha visto nunca; un Hijo único, Dios, el que está de cara al Padre, él ha sido la explicación». El, con su vida y con su muerte, nos ha mostrado el verdadero ser de Dios: amor leal. Pero esta expli­cación tiene una dificultad: no se entiende mientras no se practica «un amor que responda a su amor». ¡ Qué sorpresa! La explicación de Dios es la realización de un proyecto de hombre: amor leal.

 

CAPACES DE HACERSE HIJOS DE DIOS

Sí. Realmente es una sorpresa: conocer a Dios haciéndose hombres. Alcanzar la máxima dignidad de personas humanas llegando a ser hijos de Dios. Y ambas cosas mediante una sola actividad: la práctica del amor fraterno. Este es el único cami­no cristiano para conocer de verdad a Dios: conocer a Jesús de Nazaret, reconocerlo como la luz que ilumina este mundo; realizar, como hizo él, el proyecto de hombre que en él Dios nos propone: un hombre que se sabe hermano de los hombres y que por ellos está dispuesto a dar la vida... con la fuerza del amor de Dios. He aquí la respuesta cristiana a la pregunta so­bre Dios: desde el punto de vista cristiano, sólo Jesús nos lleva a Dios; con él, el hombre nos lleva a Dios. A través de los her­manos se llega al Padre.

 

UNA NUEVA HUMANIDAD

De este modo, la comunidad cristiana se constituye en el lugar en el que Dios se hace presente en el mundo. Pero esta presencia no es algo jurídico (¿se atrevería alguien a atar a Dios mediante un vínculo jurídico humano?); es consecuencia, primero, del amor de Dios, y después, de la respuesta que a ese amor den los hombres, constituidos en la familia de los hijos de Dios: «... a cuantos la han aceptado, los ha hecho ca­paces de hacerse hijos de Dios». ¿Quién lo iba a decir? Sí. Se conoce a Dios construyendo una nueva humanidad, se le siente cerca viviendo según el estilo de esa humanidad nueva, se hace presente al Padre mostrando a los hombres que pueden ser her­manos... «con un amor que responda a su amor».

 


 

II

 

MUNDO NUEVO

El Nuevo Mundo, descubierto por Colón, se ha vuelto viejo. Tanto o más viejo que el Viejo Mundo; se puede decir que ha envejecido prematuramente. Con los medios de comunicación y el constante intercambio a todos los niveles, ese Nuevo Mundo corrió de prisa los siglos que lo separaban del Viejo Continente; incluso le ha sacado la delantera, si pensamos en los Estados Unidos de América, uno de los dos platillos de la balanza que hacen imposible la verdadera convivencia humana internacional. En el otro platillo está la URSS.

 Dos mundos -ya viejos- que debieran ofrecer luz a la humanidad y no tinieblas. Del uno -América- nos llegan las luces de neón del desarrollo y de la falsa libertad de la sociedad de consumo; del otro -Rusia-, la amenaza del totalitarismo, según dicen, en bien de la colectividad. En ambos la verdadera libertad, plataforma que hace posible el desarrollo plenamente humano, ha sido amordazada. Como resultado, el hombre se ve hoy frustrado, fracasado, desencantado.

 Vamos a soñar un poco, que la humanidad está falta de sueños y éstos -desde la más remota antigüedad hasta Freud- tienen mucha importancia. Pienso que algo está cambiando radicalmente en nuestra sociedad: Está naciendo otro mundo. Cada día hay más hombres -muy pocos todavía, sin embargo- que no quieren vivir envueltos en esta tiniebla de sociedad; estos no tienen conciencia de ser ciudadanos de un país, sino del Universo; son como profetas de un mundo nuevo; pequeños movimientos, insignificantes, débiles, como niño que nace, que anuncian la venida utópica, pero posible, de otra sociedad: movimientos pacifistas, ecologistas, antimilitaristas, organizaciones internacionales en pro de la paz y de los derechos humanos que se debaten por sobrevivir, medio aplastadas por los poderosos de la tierra.

 Sólo tienen por fuerza la potencia de su voz, la veracidad de sus denuncias, la firmeza de sus buenos propósitos, la utopía de sus proyectos, la buena voluntad y la capacidad de soñar de sus componentes.

 Son como un rayo de luz que rasga la tiniebla de un mundo cuya enfermedad diagnosticó Juan Evangelista en los albores de nuestra era con estas palabras: "Al principio existía la Palabra... Ella contenía vida y esta vida era la luz del hombre; la luz brilla en las tinieblas, pero las tinieblas no la recibieron. En el mundo estuvo y, aunque el mundo se hizo mediante ella, el mundo no la conoció".

 Esta ha sido la situación desde el principio hasta Jesús, la palabra de Dios "que se hizo hombre y plantó su tienda entre nosotros". Desde siempre -dice Juan- hubo en el seno de este mundo una lucha entre la luz y las tinieblas, entre lo nuevo y lo viejo, entre la vida y la muerte.

 Tinieblas y mundo, como sistema de opresiones, se corresponden. Quien brinda por la luz rompe la copa de las tinieblas, este orden inhumano e injusto, por insolidario, donde imperan otros señores distintos del amor, el único seguro servidor de los humanos.

 Jesús de Nazaret -luz del mundo- con su estilo de vida y su palabra, apuntó a ese mundo nuevo que muchos, hoy día, sin conocer al Maestro nazareno, están alumbrando con su lucha tenaz.

 


 

III

 

vv. 1-18. Introducción (1-2). El término griego logos sintetiza dos conceptos del AT: el de palabra/potencia creadora (Gn 1) y el de sabiduría crea­dora (Prov 8,22-24.27; Eclo 1,1.4-6.9; Sab 8,4; 9;1.9; Sal 104,24). El logos o Palabra formula el proyecto de Dios (sabiduría), que existe antes de la creación y la guía, y, en cuanto potencia, lo realiza. En v. 1, la Palabra representa el proyecto formulado, cuyo contenido está expre­sado en lc: la Palabra era Dios o, ateniéndonos al significado de la Pa­labra en este pasaje: un Dios era el proyecto. Éste consistía, por tanto, en que el hombre tuviese la condición divina, que fuese igual a Dios. El proyecto es la palabra divina absoluta y relativiza todas las demás pala­bras, en particular, las de la antigua Ley: a las diez palabras (decálogo) se opone la única palabra que las sustituye. Paralelamente, todos los ideales humanos propuestos en la antigua alianza quedan superados al conocerse en Jesús el verdadero proyecto de Dios sobre el hombre. Este proyecto, concebido en la mente divina, es personificado por Jn, quien lo presenta como el interlocutor de Dios. Expresa con esta espe­cie de soliloquio divino (el proyecto se dirigía/interpelaba a Dios) una urgencia: la del amor de Dios por realizarlo.

La antigua humanidad. El rechazo del proyecto de Dios (3-10). Existe la actividad creadora del proyecto/palabra; que se traduce en co­municar la vida que contiene. Vida (= plenitud de vida), se opone a la existencia que no merece ese nombre; la plenitud de vida es la luz, la verdad del hombre (4). Consecuencia: no existe una verdad anterior a la vida ni independiente de ella: no hay más verdad que el esplendor de la vida misma; la aspiración a la vida plena guía al hombre, y la experien­cia de ella le va descubriendo la verdad. Es decir, la verdad es la vida misma en cuanto se puede conocer, experimentar y formular. Donde hay vida, hay verdad; donde no hay vida, no hay verdad.

La luz/vida tiene un enemigo, la tiniebla, que pretende extinguir la luz (5). Es una entidad activa y maléfica: a la luz/ vida se opone la ti­niebla/muerte. La tiniebla aparece después de la luz (no como en Gn 1); es decir, la aspiración a la vida es componente del ser -del hombre, por ser la vida el contenido del proyecto creador, del que el hombre es resultado. La tiniebla no se opone a la vida en sí misma, sino a la luz/verdad, a la vida en cuanto puede ser conocida. Es una antiverdad, una falsa ideología (8,44: la mentira) que, al ser aceptada, ciega al hom­bre, impidiéndole conocer el proyecto creador, expresión del amor de Dios por él, y sofocando su aspiración a la plenitud.

A pesar del esfuerzo por extinguirla, la vida/luz sirve de orientación y de meta a la humanidad. El hombre puede comprender qué significa una vida plenamente humana y a ella ha aspirado siempre, aun cuando por culpa de otros hombres tuviera que vivir sometido a una condición inhumana. Los dominados por la tiniebla son muertos en vida.

En medio de la antigua humanidad y de la dialéctica luz/tiniebla se presenta Juan (6-8), mensajero enviado por Dios para dar testimonio a los hombres acerca de la luz/vida, avivando la percepción de su existen­cia y el deseo de alcanzarla; de rechazo, denuncia la tiniebla y su activi­dad. Su bautismo simbolizará la ruptura con la tiniebla.

La luz verdadera (9) se opone a las luces falsas o parciales, cuyo prototipo había sido la Ley (Sal 119,105; Sab 18,4; Eclo 45,17 LXX). La luz no sólo brilla (1,5), sino que ilumina, llega y pretende comuni­carle a todo hombre: a pesar de las tinieblas y de las falsas luces, -el hombre podía experimentar el anhelo de vida; la plenitud contenida en el proyecto creador se le presentaba siempre como ideal y meta. Su an­helo de vida y de plenitud era criterio para distinguir entre luces verda­deras y falsas. Pero la humanidad no reconoce el proyecto ni hace caso de la interpelación (10); aunque le era connatural, lo rechazó y con ello rechazó la vida. Dominada por las ideologías contrarias a la vida (la ti­niebla/muerte), se negó a responder al ideal al que estaba destinada por la creación misma. Tal era su situación hasta la llegada histórica de la Palabra: la ideología/tiniebla represora de la vida le quitaba hasta el de­seo de la propia plenitud.

Centro del prologo El proyecto creador realizado en la historia (11-13). En paralelo con la llegada de Juan Bautista esta la de Jesús El es el Hombre Dios (3) el proyecto realizado la palabra creadora la vida y la luz (8 12 9 5) Su presencia histórica se verifico en su propio pueblo (su casa), pero aquel pueblo no lo acepto (11) Fracaso de la antigua alianza, que debía haber preparado a Israel para este momento. Se ha interpuesto la tiniebla, es decir, la ideología mantenida por la institución judía la absolutización de la Ley y los principios nacionalistas (12,34 40) En su nombre se condenara a Jesús (19 7)

Hay quienes lo aceptan (12), sobre todo fuera de su pueblo, liberándose del :dominio de la tiniebla Ser hijo se demuestra con el modo de obrar. La capacidad de ser hijos de Dios se confiere con el nacer de Dios hacerse hijo indica el crecimiento fruto de una actividad semejante a- la de Dios mismo Dios no anula al hombre sino que- colabora con él. La actividad del cristiano no es la de Dios en el hombre, sino la de Dios con el hombre Aceptar a Jesús consiste en darle la adhesión personal en su calidad de proyecto realizado y en aceptar la vida que comunica en cuanto palabra creadora No pide Jn la adhesión a una ideología ni a una verdad revelada sino a la persona de Jesús, modelo y dador- de vida que Dios ofrece a la humanidad

La capacidad de hacerse hijos de Dios supone un nuevo nacimiento Este, que- se identifica con la recepción del Espíritu (3 5) procede de la muerte de Jesús (sangre derramada) del propósito de su actividad histórica («carne»), de su propósito personal («varón») pero no en cuanto meros hechos humanos sino en cuanto en ellos se expresa y se hace eficaz la Palabra/Proyecto que es Dios (1,1) (13)  Esta calidad/nombre de Jesús (12) es la que percibe el que le mantiene su adhe­sión.

La nueva humanidad (14-17). La comunidad (nosotros) que ha aceptado a Jesús habla de la llegada de éste en términos de experiencia, la propia de los que lo han aceptado y, con ello, han nacido de Dios.

El proyecto divino, la plenitud de vida, se ha realizado en un hom­bre sujeto a la muerte (hombre/carne) (14). Por vez primera aparece la meta de la creación: el Hombre-Dios. Su presencia se interpreta en clave de éxodo, es decir, de liberación de toda esclavitud: acampar hace alusión a la antigua Tienda del Encuentro, morada de Dios entre los is­raelitas durante su peregrinación por el desierto (Ex 33,7-10). En el nuevo éxodo, el lugar donde Dios habita es un hombre, Jesús. La gloria era el resplandor de la presencia divina, que, durante el éxodo de Israel, aparecía en particular sobre el santuario (Ex 40,34-38). Para la nueva humanidad en camino, la presencia activa de Dios resplandece en el hombre Jesús. No hay distancia entre Dios y los hombres; en Jesús, su presencia es inmediata para todos.

El hijo único es el heredero universal del Padre y todo lo que éste tiene le pertenece; el Padre le comunica su misma gloria, haciendo al Hijo igual a él. Su gloria es su plenitud de amor y lealtad (cf. Éx 34,6): amor gratuito y generoso que se traduce en don/entrega y que no se desmiente ni falla nunca (lealtad). Como la luz es el resplandor de la vida, la gloria es el resplandor del amor leal. Si la vida es un dinamismo, su actividad es el amor: vivir es amar y amar es comunicar vida (14).

La comunidad narra el testimonio de Juan (15), que ve confirmado por su propia experiencia. Jesús llega después de Juan, pero se pone de­lante de él. La comunidad narra el testimonio de Juan, que ve confir­mado por su propia experiencia. La Palabra/Sabiduría, ahora realizada en Jesús, estaba presente en el mundo desde el principio de la humani­dad (1,4: «la luz del hombre») y es la misma que existía ya «al principio» (1,1). Juan resume aquí, en sentido inverso, las tres etapas de la Palabra/proyecto: su existencia antes de la creación (existía primero que yo), su presencia en la humanidad (estaba ya presente antes que yo), su realización histórica en Jesús (el que llega detrás de mí).

Al nuevo éxodo y a la nueva alianza se invita a la humanidad entera. No desembocan, por tanto, en la formación de un nuevo pueblo, sino en la de una nueva humanidad. La comunidad tiene conciencia de per­tenecer a ella.

Lo específico cristiano (todos nosotros) es la experiencia y participa­ción del amor-vida que está en Jesús (16). El Hijo, heredero universal (14), hace a los suyos partícipes de su misma herencia. La prueba palpa­ble de la realidad y de la acción de Jesús es el amor que existe en la co­munidad; se muestra en una actividad como la suya, que lleva a realizar el designio divino, es decir, a trabajar por la plenitud humana.

La nueva comunidad humana existe en virtud de la nueva y directa relación del hombre con Dios (nueva alianza), inaugurada y hecha posi­ble por Jesús (17). La antigua relación, mediada por la Ley mosaica, ha caducado. Gracias a la obra de Jesús pueden existir en los hombres el amor y la lealtad propios de Dios mismo (14); con ello culmina la obra creadora de Dios y se establece la nueva relación/alianza. La Ley era exterior, el amor es interior y transforma al hombre, haciéndose consti­tutivo de su ser Jr 31,31-34; Ex 36,25-28). El código externo pierde su validez y su razón de existir.

Colofón (18). Moisés y todos los intermediarios de la antigua alianza habían tenido sólo un conocimiento mediato de Dios (Éx 33,20-23). Por eso la Ley no consiguió reflejar la realidad de Dios. Todas las ex­plicaciones de Dios dadas antes de Jesús eran parciales o falsas; el AT era sólo anuncio, preparación o figura del tiempo del Mesías.

La teología del hombre-imagen de Dios queda superada; el proyecto creador sólo llega a su término con el Hombre-Hijo, a quien el Padre comunica su propia vida/amor. Unicamente Jesús, el Hijo único/amado, que tiene la condición divina, puede expresar lo que Dios es: el Padre que está total e incondicionalmente en favor del hombre, el que; por amor, le comunica su propia vida. Jesús lo explica con su persona y ac­tividad. El es el punto de partida, el único dato de experiencia al al­cance del hombre para conocer al verdadero Dios. Toda idea de Dios que no corresponda a lo que es Jesús es un invento humano sin valor. Jesús es, de modo inseparable, la verdad del hombre y la verdad de Dios: manifiesta lo que es el hombre por ser la realización plena del proyecto creador, el modelo de Hombre; manifiesta lo que es Dios ha­ciendo presente y visible el amor incondicional del Padre, al entregar su vida para dar vida a los hombres.

 


 

IV

 Hoy celebramos la fiesta del nacimiento de Jesús de Nazaret, pero en realidad en esta fiesta hay muchos componentes, de muy diverso género, y no sería bueno tratarlos todos como dimensiones teológicas racionalmente interpretables. Hay también elementos culturales, sociales, históricos, afectivos... Esta mezcla hace desaconsejable echar mano sólo de la lupa teológica racional. Quizá es ésta una fiesta en la que hay que dejar a un lado esa perspectiva, y hacernos niños, y celebrar con la ingenuidad de ese niño/a que todos/as llevamos dentro.

Pero digamos una palabra sobre cada lectura.

La lectura de Isaías es un canto de alabanza de la próxima liberación de Jerusalén. Dos imágenes enmarcan la lectura, por una parte la de los mensajeros que sobre los montes de Judá traen la noticia de la próxima liberación, y gritan: ¡Yahvé reina! La segunda imagen es la de los centinelas que prorrumpen en júbilo porque ven el retorno de Yahvé a Sión y exclaman alborozados como el Señor ha consolado a su pueblo y ha rescatado a Jerusalén. Y es que en el contexto en que se escribe el libro de Isaías, la mayoría del pueblo de Israel se encuentra exiliado en Babilonia, son esclavos de los Asirios. Sin embargo, ven como muy positivo que Darío asuma el poder, pues ponen sus esperanzas en que el será el «rescatador», que les permitirá retornar a su tierra. Esta realidad es inminente, por lo que el escritor canta ya la alegría del retorno a la tierra. Para nosotros hoy, esos pies del mensajero anuncian el nacimiento del Señor, y nosotros, como los centinelas, proclamamos alegres la presencia del salvador que se hace vida en medio de nosotros.

El salmo responsorial corresponde a un himno de alabanza dirigido a Yahvé porque ha obrado maravillas y porque ha revelado la justicia a las naciones acordándose de la lealtad de Dios a Israel. El salmista invita a toda la creación (mar, ríos y montes) a aclamar a Yahvé que llega a juzgar el mundo con justicia y los pueblos con equidad. Esa felicidad la compartimos nosotros con el salmista cuando recibimos a Jesús que llega, que nace. Él es Dios mismo que se convierte en Buena Noticia, anuncio de salvación para todos los pueblos, que asume nuestra condición humana y por ello estamos alegres y cantamos llenos de júbilo y esperanza.

La carta a los hebreos refuerza aún más la alegría de esta celebración de la Natividad del Señor Jesús. Expresa que «muchas veces y de múltiples maneras habló Dios en el pasado a nuestros padres por medio de los profetas, pero en estos últimos tiempos nos habló por medio de su Hijo a quien instituyó heredero de todo. Hermanos, estamos en los últimos tiempos pues la revelación a llegado a su plenitud en Jesucristo. Él es imagen de Dios invisible, quien le ve a él ve al Padre; pues al asumir la condición humana y al nacer en un establo, como un hombre pobre; Dios se ha manifestado como solidario con todos los hombres de la tierra y por medio de Jesús ha mostrado el camino de la salvación.

La liturgia de hoy, la de la misa del día, como la más solemne –porque otra es la de la media noche–, proclama el prólogo del evangelio de Juan. Un texto bien solemne, y muy especial. Haríamos mal en leerlo como cualquier otro de los relatos evangélicos de la Navidad, en torno al nacimiento de Jesús, como los evangelios de la infancia. El texto de Juan pudo ser escrito treinta años más tarde, el último de entre los textos evangélicos hoy canónicos, en torno al año 100 d.C. Entenderlo como un relato «descriptivo» que nos trasmite información sobre «cómo sucedieron las cosas», información transmitida a Juan evangelista por revelación directa. Hoy la ciencia bíblica enfoca este texto con otra luz, conoce mejor su naturaleza y sabe que se trata de otra cosa.

En todo caso, es un texto clave, uno de los pocos textos de los que se puede decir que han sido sencillamente decisivos para la configuración concreta del desarrollo del cristianismo. Muchos opinan que, hablando de una manera cuasiliteraria, fue Pablo el creador del cristianismo, más que los evangelios sinópticos por ejemplo. Otra opinión también común es la de que quien fundó el cristianismo fue Juan, al fundamentarlo con esta visión fantástica genial que catapultó la reflexión sobre Jesús a su máxima dimensión.

Más allá de lo que de este texto hubiera de ser retenido o no, la dimensión de encarnación que daría al cristianismo lo ha marcado, realmente. Encarnación, y su complemento, la divinización, son como una columna vertebral del cristianismo, y una de las marcas registradas de su espiritualidad y su compromiso histórico.

En la dimensión concreta de la historicidad, ya sabemos: no tenemos ninguna noticia histórica de la fecha del nacimiento de Jesús. El 25 de diciembre fue tomado de la fiesta romana del nacimiento del Sol, pues a partir de ese día –hoy sabemos que no exactamente– comienza a aumentar el tiempo de insolación (en el hemisferio norte, obviamente); el Sol superaba su período anterior invernal, de muerte y disminución. Si a Jesús se le llamaba «el Sol de Justicia», qué mejor fecha para datar su nacimiento que el día del nacimiento del Sol astronómico, que en el mundo romano era considerado divino.

Puede ser interesante tener la curiosidad de examinar la letra de algunos de los «villancicos» tradicionales más comunes. Podrá observarse que en muchos casos su letra, en verdad, es teológicamente pobre, y a veces, realmente insostenible. «Pero funciona», es decir: en el sentimiento religioso, la racionalidad tiene poco que decir. Lo religioso es pluridimensional; es también afectivo, estético, fruitivo, contemplativo... y sí, también intelectual y racional.

Pero hoy, Navidad, manda el Niño Jesús, y el niño que llevamos dentro cada uno de nosotros. Démosle libertad completa.

 


 

Para la revisión de vida

En todo caso, la Navidad es fiesta de humanización, que celebra lo más humano de la vida: el amor, la ternura, la familia, la solidaridad... ¿Qué debo hacer para que no se me escape la Navidad, para vivirla a fondo?

 

Para la reunión de grupo

Recordemos la «infraestructura» de la fiesta de la Navidad: Coincide con el comienzo del invierno astronómico, cuando los días comienzan a crecer... Era una fiesta también romana, y fue la Iglesia quien «cristianizó» esa fiesta poniendo en ella la celebración del nacimiento de Jesús. ¿Qué nos inspira todo esto?

 En el centro de la Navidad está el tema de la encarnación: Dios se ha hecho ser humano. Si el grupo lo cree oportuno, comentar el conocido tema de «La metáfora del Dios encarnado», título del libro de John Hick. (En la RELaT –servicioskoinonia.org/relat– hay dos capítulos del mismo; ver el libro en tiempoaxial.org)

La navidad es en algunos países el período en que más suicidios se producen, sobre todo por parte de personas que viven solas, apartadas de la familia, o sin familia... Todos podemos aventurar una interpretación y hacer alguna reflexión.

 

Para la oración de los fieles

Por todos los hombres y mujeres del mundo, especialmente por los más necesitados, para que acojan con amor y alegría al Dios que a todos sale al encuentro, a cada uno por sus propios caminos religiosos, roguemos al Señor

Para que el nacimiento de Jesús nos dé la confianza y el optimismo de saber que Dios no abandona a la Humanidad, y que a toda ella la guía y conduce...

Para que el ambiente social navideño vaya acompañado en nuestras vidas por una vivencia intensa del misterio de la navidad, con oración y contemplación llena de paz y de agradecimiento...

Por todos los que están lejos de sus hogares, o no tienen familia, o están en soledad obligada o voluntaria; para que experimenten gozosamente la comunión y el amor por encima del cerco soledad que les rodea...

Para que el ambiente de la navidad propicie en nuestros hogares el necesario clima de amor y ternura que durante la vida diaria nos es más difícil...

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre nuestro, que en Jesús nos has dado tu Palabra, hecha carne y sangre, fuerza y ternura, muerte y resurrección; te pedimos nos des la fuerza necesaria para seguir sus pasos por el camino que él nos trazó para llegar hasta ti, abrazando en nuestro caminar hacia ti a todos los hermanos y hermanas. Por Jesucristo Nuestro Señor.

 

Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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