CUARTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Sofonías 2,3; 3,12-13
Salmo interleccional: Salmo 145
Segunda lectura: 1 Corintios 1,26-31

EVANGELIO
Mateo 5,1-12a

5 1Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. 2É1 tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

3Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.

4Dichosos los que sufren,

porque ésos van a recibir el consuelo.

5Dichosos los sometidos,

porque ésos van a heredar la tierra.

6Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados.

7Dichosos los que prestan ayuda,

porque ésos van a recibir ayuda.

8Dichosos los limpios de corazón,

porque ésos van a ver a Dios.

9Dichosos los que trabajan por la paz,

porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.

10Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.

11Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. 12Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.




COMENTARIOS

I

LOS OTROS SANTOS

Los cartujos suelen decir que "para tener un santo cartujo, un cartujo tendría que dejar de ser santo". De hecho, el proceso de canonización de un difunto es algo sumamente complicado; la investigación sobre la vida del sujeto en cuestión dura bastantes años y mueve cantidad de profesionales: abogados, jueces, notarios, peritos y testigos. Para ello se requiere, entre otras cosas, invertir una buena suma de dinero. Así es: para llegar a ser santo no basta con haber llevado una vida ejemplar -cosa ya de suyo dificil-, se requiere además haber sido rico, gozar de poder e influencia, incluso después de muerto, o tener un buen padrino con fuerte respaldo económico que promueva la causa en Roma. ¿Hubiera llegado Jesús de Nazaret a los altares por este camino? Ironías de la vida...

No era así al principio. Los santos no lo eran por designación romana o pontificia, sino por aclamación popular. Esta fue la práctica de la Iglesia durante casi todo el primer milenio. Después las cosas se degradaron. No debe extrañar, por tanto, que no haya apenas pobres en el santoral...

Examinando el santoral católico, se ha encontrado que de 1938 casos estudiados de santos canonizados, el 78% de los santos y beatos han pertenecido a la clase alta; el 17% a la clase media, y sólamente el 5% a la clase baja estadística que recoge el teólogo José María Castillo en su artículo "Lectura materialista del santoral", (Misión abierta 2, 1981,150), quien concluye: "En conjunto los datos invitan a preguntarse si no hay una marcada tendencia en la historia de la Iglesia a identificarse más de la cuenta con los valores de las clases dominantes". El ascenso de tal cantidad de santos de la clase alta a los altares lleva a pensar que, en cierto modo, la Iglesia canoniza las virtudes de los hombres de dicha clase, proponiéndolos como modelo al resto de los cristianos, para bien de la Iglesia misma y de los fieles.

¿Qué pensará de todo esto Jesús dé Nazaret? Alguna de sus ideas al respecto la podemos deducir del Evangelio. Cuando pronunció su discurso inaugural -el sermón de la montaña-, discurso en que expuso el modo de comportarse de los que son ya ciudadanos del Reino de Dios hoy diríamos "santos"- comenzó diciendo: "Dichosos vosotros los pobres, porque vuestro es el Reino de Dios. Dichosos los que ahora pasáis hambre, porque os saciarán. Dichosos los que ahora lloráis, porque reiréis. Y el evangelista Mateo, más exigente todavía, corrige la primera bienaventuranza diciendo: "Dichosos los pobres de espíritu", esto es, los que han elegido ser pobres como estilo de vida, conscientes de que no se puede servir a dos señores tan opuestos como Dios y el dinero.

A las tres bienaventuranzas primeras, Lucas añade tres malaventuras: "Pero ¡ay de vosotros, los ricos, porque habéis recibido vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros, los que ahora estáis saciados, porque tendréis hambre! ¡Ay de los que ahora reís, porque os lamentaréis y lloraréis!". Así de crudas son las palabras de Jesús.

Los primeros, los pobres que pasan hambre y lloran, los hemos colocado en la cola hasta en el santoral. Apenas hay sitio para ellos en los altares. Pero éstos, según Jesús, son los "otros santos"; santos pobres de quienes nadie se acuerda, pero que ocupan el primer puesto en el "hit parade" de la eternidad. A ellos rendimos hoy nuestro homenaje, con el deseo de que cambien las cosas en el futuro. Que Dios nos oiga...




II

DIOS NO QUIERE POBRES

Dios no quiere que haya pobres. No. La pobreza no es bue­na: hace sufrir a los hombres, a los que Dios ama; y porque los ama, Dios no quiere que los hombres sufran. Otra cosa es que Dios, que no es neutral, tenga sus preferencias por los po­bres. Algo que, por otra parte, es lógico: un buen padre quiere siempre más al más débil de sus hijos.

LA POBREZA NO ES UNA VIRTUD

No. La pobreza no es una virtud que haga a los hombres más agradables a Dios. Como tampoco lo es el sufrimiento. Durante demasiado tiempo se ha presentado a Dios, sin duda sin pretender tal cosa, como un sádico que se complacía con el sufrimiento de los hombres. Durante demasiado tiempo se ha propuesto la resignación ante el sufrimiento injusto como una virtud cristiana. En realidad, pretendiéndolo o no, se esta­ba justificando la injusticia e impidiendo que los que la sufrían se rebelaran contra ella.

DIOS NO HACE POBRES A LOS POBRES

Otra de las cosas que se le han achacado a Dios es que la distribución de la riqueza es algo que se le debe atribuir a él: Dios hace pobres a los pobres y ricos a los ricos; pero claro, como los pobres lo pasan muy mal en esta vida, si aquí son dóciles y resignados y no se rebelan contra tal situación queri­da por Dios... recibirán un gran premio... ¡en la otra vida! Y así, además de justificar la injusticia, se hace a Dios culpa­ble de ella. Y los verdaderos culpables, ¡ a vivir tranquilos sin que nadie los moleste! Y, además, con la conciencia tranquila.

HAY POBRES PORQUE HAY RICOS

Sin embargo, de una breve lectura de los textos del Anti­guo Testamento, especialmente los de los profetas, se deduce que hay pobres porque hay ricos, que los pobres son los empo­brecidos por la ambición y el egoísmo de los ricos: «El Señor viene a entablar un pleito con los jefes y príncipes de su pueblo.

-Vosotros devastabais las viñas, tenéis en casa lo robado al pobre. ¿Qué es eso? ¿Trituráis a mi pueblo, moléis el rostro de los desvali­dos?» (Is 3,14-15).

DIOS AMA A LOS POBRES

Dios, según los escritos que consideramos palabra de Dios, no se hace responsable de que exista la pobreza entre los hom­bres. Los verdaderos responsables somos los hombres mismos. Unos más: los que se aprovechan de la situación, los que, gracias a la pobreza de muchos, viven en la opulencia. Otros menos, pero también culpables: los que aceptan sin luchar la situación por comodidad, por miedo o por mantener la espe­ranza de pasar un día a formar parte de la minoría de privile­giados. Y ¡atención! Que en el mundo en que vivimos esto no es un problema de particulares, de individuos. Si en tiempo de Isaías se podía decir que, en lo que se refiere a tos individuos, la pobreza era consecuencia de la voracidad de los ricos, hoy tenemos que decir que, en lo que se refiere a los pueblos, la pobreza de los países pobres es consecuencia de los abusos y de la insaciable ambición de los países ricos. Por tanto, no le col­guemos a Dios las culpas de Otros; no atribuyamos a Dios nuestras propias culpas.

Eso sí, Dios ama a los pobres de una manera especial. Pero precisamente porque ama a los pobres quiere que dejen de serlo. La pobreza hace sufrir. Y Dios, que ama a todos los hombres, no quiere que ninguno sufra; y por eso muestra una mayor preferencia por los que sufren, por los que están más faltos de amor, de justicia, de pan...

DICHOSOS LOS POBRES

La primera bienaventuranza no es, por tanto, una invita­ción a la resignación. Al contrario, es una llamada, una voca­ción, a la lucha contra la pobreza de los hombres y de los pueblos.

En efecto: «Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey», es una invitación a hacerse pobres realmente. Pero no para quedarse en la pobreza, sino para construir un mundo en el que no haya pobres: es una llamada a romper con la ambición y con el deseo de tener cada vez más; es una propuesta de solidaridad -la solidaridad con los más débiles es la expresión social del auténtico amor cristiano- con los pobres.

Terminemos ya con esa resignación falsamente cristiana que es cómplice de la injusticia establecida; acabemos de una vez con esa mal llamada caridad cristiana, que no es otra cosa que un tranquilizante para las conciencias de los culpables de la pobreza. Destruyamos la miseria, el hambre, la incultura..., porque es posible que la pobreza sea el camino más corto para llegar al cielo, pero es el primero de los obstáculos para que el cielo baje a la tierra. Y éste es el proyecto de Dios.

Dios ama a los pobres. Por eso no quiere pobres; y por eso serán dichosos los que eligen ser pobres para poder dedi­carse a construir un mundo en el que no haya pobres. Porque en ese mundo Dios será el rey.




III

vv. 1-2: Al ver Jesús las multitudes subió al monte, se sentó y se le acercaron sus discípulos. É1 tomó la palabra y se puso a enseñarles así:

 Cada una de las bienaventuranzas está constituida por dos miembros: el primero enuncia una opción, estado o actividad; el segundo, una promesa. Cada una va precedida de la promesa de felicidad («dichosos»). El código de la nueva alianza no impone pre­ceptos imperativos; se enuncia como promesa e invitación.

De las ocho bienaventuranzas hay que destacar la primera y la última, que tienen idéntico el segundo miembro y la promesa en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey». Cada una de las otras seis tiene un segundo miembro diferente y la promesa vale para el futuro próximo («van a recibir, van a heredar, etc.»). De estas seis, las tres primeras (vv. 4.5.6) mencionan en el primer miembro un estado doloroso para el hombre, del que se promete la liberación. La cuarta, quinta y sexta (vv. 7.8.9), en cambio, enuncian una actividad, estado o disposición del hombre favorable y beneficiosa para su prójimo, que lleva también su correspondien­te promesa del futuro.

v. 3: Dichosos los que eligen ser pobres, porque ésos tienen a Dios por rey.

«Los que eligen ser pobres » El texto griego se presta a dos interpretaciones: 1) pobres en cuanto al espíritu y 2) pobres por el espíritu. La primera, a su vez puede tener un sentido peyorativo («los de pocas cualidades») o bien el de «los interiormente despegados del dinero», aunque lo posean en abundancia Este último sentido está excluido por el significado del termino «pobres» ('anawim/'aniyim), por la explicación dada por Jesús mismo en la sección 6,19-24 y por la condición puesta al joven rico para seguir a Jesús y así entrar en el reino de Dios (19, 21-24).

En la tradición judía, los términos 'anawim/'aniyim designaban a los pobres sociológicos, que ponían su esperanza en Dios por no encontrar apoyo ni justicia en la sociedad. Jesús recoge este sen­tido e invita a elegir la condición de pobre (opción contra el dinero y el rango social), poniéndose en manos de Dios

El término «espíritu», en la concepción semítica, connota siempre fuerza y actividad vital. En este texto donde va articulado y sin referencia a una mención anterior, denota el «espíritu del hombre» (artículo posesivo). En la antropología del AT, el hombre posee «espíritu» y «corazón» Ambos términos designan su interiori­dad; el primero, en cuanto dinámica, su actividad en acto; el segundo, en cuanto estática, los estados interiores o disposiciones habituales que orientan su actividad (cf. 5,8). La interioridad del hombre pasa a la actividad en cuanto inteligencia, decisión o sentimiento. Dado que lo que Jesús propone es una opción por la pobreza, el acto que la realiza es la decisión de la voluntad. El sentido de la bienaventuranza es, por tanto, «los pobres por decisión»,          oponiéndose a «los pobres por necesidad». Es la interpretación que Jesús mismo propone en 6,24, la opción entre dos señores, Dios y el dinero. Transponiendo el nombre verbal «decisión» a forma conjugada, se tiene «los que deciden» o «eligen ser pobres».

Como se ve, además del sentido bíblico del término «pobres» y de los textos paralelos de Mt citados más arriba (6,19-24; 19,21-24), el significado de «espíritu» (acto) en la antropología semítica, con­trapuesto al de «corazón» (disposición/estado), basta para excluir la interpretación «pobres en cuanto al espíritu».

«Tienen a Dios por rey». El griego basileia no significa aquí «reino», sino «reinado» (cf. 3,2). «Suyo es el reinado de Dios» quiere decir que este reinado se ejerce sobre ellos, que sólo sobre ellos (ésos) actúa Dios como rey. La traducción requiere una fórmula que exprese el sentido activo de basileia.

Los efectos negativos de la opción por la pobreza (necesidad, dependencia) quedan neutralizados por la declaración de Jesús: «Dichosos». Cuando Dios reina sobre los hombres, se produce la felicidad. Esto significa que esos pobres no van a carecer de lo necesario ni van a tener que someterse a otros para obtener el sustento. La pobreza a la que Jesús invita significa una renuncia a acumular y retener bienes, a considerar algo como exclusivamente propio; estos pobres estarán siempre dispuestos a compartir lo que tengan. Así lo explica Jesús en los episodios de los panes (14, 13-23; 15,32-39).

Esta es la buena noticia a los pobres, el fin de su miseria, anun­ciado por Is 61,1 (cf. Mt 11,5).

La opción inicial que propone Jesús realiza lo prescrito por el primer mandamiento de Moisés. «No tendrás otros dioses frente a mí» (Dt 5,7). La idolatría que amenazaba a Israel en sus prime­ros tiempos se concreta en la posesión de la riqueza (cf. Mt 6,24). Por eso, el enunciado de esta bienaventuranza, como el de las que siguen, es exclusivo: porque «ésos», y no otros, «tienen a Dios por rey». Solamente los que han roto con el ídolo del dinero entran en el reino de Dios. La opción por la pobreza es la puerta de en­trada en el reino y la que incorpora a la nueva alianza.

En relación con la proclamación de Jesús: «Enmendaos, que está cerca el reinado de Dios», la opción propuesta por la primera bienaventuranza lleva a su perfección la metanoia o enmienda, pues quien elige ser pobre renunciando a acaparar riquezas, y con ello al rango y al dominio, excluye de su vida toda posibilidad de in­justicia.

v. 4: Dichosos los que sufren,

porque ésos van a recibir el consuelo.

Comienzan las tres bienaventuranzas que mencionan una si­tuación negativa del hombre y la correspondiente promesa de libe­ración. «Los que sufren»: el verbo griego denota un dolor profun­do que no puede menos de manifestarse al exterior. No se trata de un dolor cualquiera; el texto está inspirado en Is 61,1, donde los que sufren forman parte de la enumeración que incluye a los cau­tivos y prisioneros. En el texto profético se trata de la opresión de Israel, y el Señor promete su consuelo para sacar a su pueblo de la aflicción, del luto y del abatimiento.

«Los que sufren» son, por tanto, víctimas de una opresión tan dura que no pueden contener su dolor. Como en Is 61,1, el consue­lo significa el fin de la opresión.

v. 5: Dichosos los sometidos,

porque ésos van a heredar la tierra.

 El texto de esta bienaventuranza reproduce casi literalmente Sal 37,11. En el salmo, los praeis son los 'anawim o pobres que por la codicia de los malvados han perdido su independencia económica (tierra, terreno) y su libertad y tienen que vivir sometidos a los poderosos que los han despojado. Su situación es tal que no pueden siquiera expresar su protesta. A éstos Jesús promete no ya la posesión de un terreno como patrimonio familiar, sino la de «la tierra» a todos en común (cf. Dt 4). La universalidad de esa «tierra» indica la restitución de la libertad y la independencia con una plenitud no conocida antes.

v. 6: Dichosos los que tienen hambre y sed de esa justicia, porque ésos van a ser saciados.

Las dos bienaventuranzas anteriores se condensan en ésta. «Los que tienen hambre y sed de la justicia (= de esa justicia).» El hambre y la sed indican el anhelo vehemente de algo indispensable para la vida. La justicia es al hombre tan necesaria como la comida y la bebida; sin ella se encuentra en un estado de muerte. La justi­cia a que se refiere la bienaventuranza es la expresada antes: verse libres de la opresión, gozar de independencia y libertad. Jesús pro­mete que ese anhelo va a ser saciado, es decir, que en la sociedad humana según el proyecto divino, «el reino de Dios», no quedará rastro de injusticia.

v. 7: Dichosos los que prestan ayuda,

porque ésos van a recibir ayuda.

Comienzan las bienaventuranzas que mencionan una actividad o estado positivos. «Los que prestan ayuda»: no se trata de misericordia como sentimiento sino como obra ( = obras de misericordia); es decir, de prestar ayuda al que lo necesita en cualquier terreno, en primer lugar en lo corporal (cf 25, 35s) Dios derramará su ayuda sobre los que se portan así

v. 8: Dichosos los limpios de corazón,

porque ésos van a ver a Dios.

La expresión «los limpios de corazón» está tomada de Sal 24,4, donde «el limpio de corazón» se encuentra en paralelo con «el de manos inocentes». «Limpio de corazón» es el que no abriga malas intenciones contra su prójimo; «las manos inocentes» indican la conducta irreprochable. En el salmo se explican ambas frases por «el que no se apega a un ídolo ni jura en falso a su prójimo» (LXX). En la primera bienaventuranza, Jesús ha identifi­cado al ídolo con la riqueza (5,3; cf. 6,24); es el hombre codicioso el que tiene una conducta malvada. Lo que sale del corazón y mancha al hombre se describe en Mt 16,19: los malos designios, que desembocan en las malas acciones. La limpieza de corazón, disposición permanente, se traduce en transparencia y sinceridad de conducta y crea una sociedad donde reina la confianza mutua.

A «los limpios de corazón» les promete Jesús que «verán a Dios», es decir, que tendrán una profunda y constante experiencia de Dios en su vida. Esta bienaventuranza contrasta con el concepto de pureza según la Ley; la pureza o limpieza ante Dios no se con­sigue con ritos ni observancias, sino con la buena disposición hacia los demás y la sinceridad de conducta. La conciencia de la propia impureza retraía de la presencia divina (cf. Is 6,5) y el co­razón puro era una aspiración del hombre (Sal 51,12). Para Jesús, el corazón puro no es sólo una posibilidad, sino la realidad que corresponde a los suyos. En el AT, el lugar de la presencia de Dios era el templo (Sal 24,3; 42,3.5; 43,3); su función ha cesado de exis­tir: Dios se manifiesta directa y personalmente al hombre.

v. 9: Dichosos los que trabajan por la paz,

porque a ésos los va a llamar Dios hijos suyos.

«La paz» tiene el sentido semítico de la prosperidad, tran­quilidad, derecho y justicia; significa, en suma, la felicidad del hombre individual y socialmente considerado. Esta bienaventuran­za condensa las dos anteriores: en una sociedad donde todos están dispuestos a prestar ayuda y donde nadie abriga malas intenciones contra los demás, se realiza plenamente la justicia y se alcanza la felicidad del hombre. A los que trabajan por esta felicidad promete Jesús que «Dios los llamará hijos suyos»; es decir, esta acti­vidad hace al hombre semejante a Dios por ser la misma que él ejerce con los hombres. Como cima de las promesas se enuncia la relación filial de los individuos con Dios, que incluye recibir la ayuda que él presta y tener la experiencia de Dios en la propia vida. El reinado de Dios es el de un Padre que comunica vida y ama al hijo. Cesa, pues, la relación con Dios como Soberano propia de la antigua alianza, sustituida por la relación de confianza, intimidad y colaboración del Padre con los hijos.

v. 10: Dichosos los que viven perseguidos por su fidelidad, porque ésos tienen a Dios por rey.

La última bienaventuranza, que completa la primera, expo­ne la situación en que viven los que han hecho la opción contra el dinero. La sociedad basada en la ambición de poder, gloria y ri­queza (4,9) no puede tolerar la existencia y actividad de grupos cuyo modo de vivir niega las bases de su sistema. Consecuencia inevitable de la opción por el reinado de Dios es la persecución. Esta, sin embargo, no representa un fracaso, sino un éxito («Dichosos») y, aunque en medio de la dificultad, es fuente de alegría, pues el reinado de Dios se ejerce eficazmente sobre esos hombres.

El hecho de que en la primera y última bienaventuranzas la promesa se encuentre en presente: «porque ésos tienen a Dios por rey», y las demás en futuro: «van a ser consolados», etc., indica que las promesas de futuro son efecto de la opción por la pobreza y de la fidelidad a ella. Se distinguen, pues, dos planos: el del grupo que se adhiere a Jesús y da el paso cumpliendo la opción propuesta por él, y el efecto de esto en la humanidad. En otras palabras, la existencia del grupo que opta radicalmente contra los valores de la sociedad provoca una liberación progresiva de los oprimidos (vv. 4-6) y va creando una sociedad nueva (vv. 7-9). La obra liberadora de Dios y de Jesús con la humanidad está vincu­lada a la existencia del grupo humano que renuncia a la idolatría del dinero y crea el ámbito para el reinado de Dios.

Aunque Jesús dirige su enseñanza a sus discípulos (5,2), las bienaventuranzas se encuentran en tercera persona, son invitacio­nes abiertas a todo hombre. La multitud que ha quedado al pie del monte, pero que escucha sus palabras (7, 28) puede considerarse invitada a aceptar el programa de Jesús. La nueva alianza no está destinada solamente a Israel, sino a la humanidad entera. Según la concepción de Mt, el Israel mesiánico comprende a todos los pueblos, que pasan a ser hijos de Abrahán (3, 9) Por eso la genealogía del Mesías no comenzaba con Adán, sino con Abrahán (1,2), pues con él se inició la formación de la humanidad según el proyecto de Dios: la integración de la humanidad en el pueblo del Mesías (1,21), el descendiente de Abrahán, será el cumplimiento de la promesa.

En las bienaventuranzas promulga Jesús el estatuto del Israel mesiánico y constituye el nuevo pueblo representado en este pasaje por los discípulos que suben al monte con él. De ahí que Mt, al contrario de Mc (3,13-19), no narre la constitución de los Doce, sino solamente su misión (10,1ss). El número Doce es el del Israel mesiá­nico, fundado con las bienaventuranzas o código de la alianza. «Los doce discípulos» (10,2) representan a todos los seguidores de Jesús, sea cual fuera su número.

vv. 11-12: Dichosos vosotros cuando os insulten, os persigan y os calumnien de cualquier modo por causa mía. Estad alegres y contentos, que grande es la recompensa que Dios os da; porque lo mismo persiguieron a los profetas que os han precedido.

Desarrolla Jesús para sus discípulos la última bienaven­turanza, la más paradójica de todas La persecución mencionada en 5,10 se explicita en insulto, persecución y calumnia por causa de Jesús. La sociedad ejerce sobre la comunidad una presión que tiene diversas manifestaciones más o menos cruentas. Busca desacreditar al grupo cristiano, presentar de él una imagen adversa, y puede llegar a la persecución abierta. El motivo de esa hostilidad no puede ser otro que la fidelidad a Jesús y a su programa. La reacción de los discípulos ante la persecución ha de ser de alegría. Tendrán una gran recompensa.

La locución del original («en los cielos») designa a Dios como agente (« desde los cielos»); él actúa como rey de los que viven perseguidos; ésa es su recompensa. Los discípulos toman en la historia el puesto de los profetas de antaño, pero, según este pa­saje, la acción profética es la vida misma según el programa propuesto por Jesús. La persecución no es, por tanto, motivo de depresión o desánimo; todo lo contrario, ella demuestra que la vida de los discípulos causa impacto en la sociedad ambiente, y éste es su éxito. Relacionando estas palabras de Jesús con el conjunto de las bienaventuranzas, puede afirmarse que la vida de la comunidad va produciendo la liberación prometida en los sectores oprimidos de la sociedad y a eso se debe la persecución de que es objeto.




IV

El "Sermón de la Montaña" es uno de los sermones más famosos y recordados de Jesús. Aquí nos detenemos en su introducción, más conocida como "Las Bienaventuranzas", pues el sermón es mucho más largo, va hasta 7,29 donde concluye diciendo que la gente quedó asombrada de su doctrina "porque les enseñaba como quien tiene autoridad, y no como sus escribas".

¿Por qué puede causar asombro esta enseñanza de Jesús? Veamos de cerca las Bienaventuranzas e intentemos una respuesta.

1. "...de ellos es el reino de los cielos"

El reino de Dios ("de los cielos" es el ya conocido circunloquio para evitar "pronunciar el nombre de Dios en vano") es de los pobres en espíritu y de los perseguidos por causa de la justicia. Quienes no ponen su fe, su confianza y su esperanza en los bienes materiales pero que a la vez son perseguidos porque luchan por la justicia. Ambas condiciones indispensables para que Dios reine. La primera condición es renunciar a la riqueza y a la ambición de riqueza. Esta condición es la puerta de entrada al reino de Dios, pues elimina la raíz de la injusticia, de la acumulación, del éxito individual, de la insolidaridad y del dominio sobre otras personas y sobre la naturaleza. La segunda condición favorece la construcción de nuevas relaciones entre los seres humanos capaces de hacerles más sencillos y más felices, pero a la vez, suficiente motivo de persecución por parte de quienes se sienten amenazados por tal transformación.

2. "...poseerán en herencia la tierra, serán consolados, serán saciados"

Tres promesas de Dios para pasar de una situación negativa a otra positiva: de la opresión a la liberación, del sufrimiento al consuelo, de la injusticia a la justicia. El reino de Dios abre un horizonte de vida y de esperanza para la humanidad pobre y oprimida. Enciende una luz en medio de la oscuridad. Insiste en la posibilidad de una vida digna y agradable a ser alcanzada por quienes no disfrutan hoy de ella. Vale la pena, en medio de las adversidades, atreverse a soñar en "otro mundo posible". Salir de la opresión es posible. Salir del sometimiento es posible. Alcanzar la justicia anhelada es posible. Abrir este horizonte de posibilidades, constituye una buena nueva cuando precisamente todo horizonte para la justicia ha sido cerrado. Ver una alternativa de vida digna para todas y para todos, abre caminos de superación y de lucha.

3. "...los misericordiosos, los limpios de corazón, los que buscan la paz"

Son las actitudes y los objetivos los que mueven el trabajo para hacer realidad una nueva humanidad. Son los rasgos propios de la comunidad de seguidoras y seguidores de Jesús. Sólo que estas actitudes y rasgos vienen como consecuencia de haber renunciado a la riqueza y a la ambición de riqueza, y de poner toda a la vida en el trabajo por la justicia. Al mismo tiempo son los rasgos de la humanidad nueva que tanto anhelamos y que ya podemos ver en las personas y las comunidades que se esfuerzan por ser misericordiosas, por tener limpios los corazones y por buscar incansablemente la paz. Este es el principal programa de vida de la comunidad discipular: contribuir con la creación de un mundo justo, solidario y feliz. Quienes viven la misericordia, experimentan la misericordia de Dios. Quienes alcanzan la limpieza del corazón ya tienen a Dios en sus vidas. Quienes trabajan por la paz experimentan a Dios como Madre y como Padre. Esta manera de ser, de sentir y de actuar es condición necesaria para testimoniar.

4. "...de la misma manera persiguieron a los profetas"

La comunidad cristiana que asume el estilo de vida que propone las bienaventuranzas choca con la sociedad que vive otro estilo de vida. La comunidad discipular a la que se refiere las bienaventuranzas se convierte en molestia y amenaza para la sociedad. Su testimonio de vida, sus actividades, su espiritualidad mina los cimientos en donde la sociedad injusta se edifica. No es de extrañar entonces las injurias, las persecuciones, las calumnias que buscan debilitar, confundir y destruir a la comunidad fiel. En medio de las hostilidades la comunidad está llamada a resistir, a vencer la angustia y la desesperanza. La alegría y el regocijo en Dios será la fuente del coraje, de la resistencia y de la esperanza. Es el testimonio de los profetas presente en las comunidades que viven intensamente el discipulado.

5. "...bienaventuradas, bienaventurados"

¿A qué "bienaventuranzas" se oponen estas bienaventuranzas? ¿Por qué esta insistencia de Jesús en afirmar las bienaventuranzas? Frente a las bienaventuranzas (o más bien el "éxito") que promete la sociedad injusta e insolidaria, Jesús proclama ocho veces en donde se encuentra y cuáles son las bienaventuranzas del reino de Dios. La verdadera felicidad se encuentra en una sociedad justa, misericordiosa, pacífica. La sociedad injusta ofrece felicidad en el egoísmo, el éxito personal, la acumulación. El reino de Dios ofrece felicidad en el amor, en la sinceridad, en la sencillez. La sociedad injusta a costa de la infelicidad de la mayoría, crea la felicidad de la minoría. La propuesta de Jesús en el sermón de la montaña es la de eliminar toda opresión y toda injusticia procurando la felicidad y la vida en abundancia para todas y para todos.

La misma lógica propuesta por Mateo, es la que recuerda Pablo a la comunidad de Corinto, donde la fuerza de Dios se concreta en personas que no son fuertes ni sabias en la consideración de la opinión común pero que saben concretar la presencia de Cristo, fuerza y sabiduría de Dios, para que el "que está orgulloso, esté orgulloso en el Señor".



 

Para la revisión de vida

 Las Bienaventuranzas no son una teoría, ni siquiera "el programa" que propone Jesús, sino una de las mejores descripciones de lo que Jesús mismo fue y vivió. ¿Ocurre lo mismo conmigo? ¿Me describen las bienaventuranzas? ¿Acaso alguna de las malaventuranzas (Lc 6, 24-26)?


Para la reunión de grupo

¿Qué fue aquel "resto de Israel", los "anawin", los pobres de espíritu? ¿Qué es ser "pobre de espíritu?

En la comunidad de Pablo se han congregado los pobres... ¿Cómo están los pobres en nuestras comunidades: presentes o ausentes, a gusto o a disgusto, como sujetos o como objetos, como protagonistas o callados y dejándose guiar?

"Bienaventurados los pobres de espíritu" es una de las frases del evangelio que más tinta han hecho correr. Si según Mateo Jesús habló de "pobres de espíritu" en el "sermón del monte", y según Lucas habló de "pobres" (sin más) en el mismo sermón (pero que fue pronunciado "en un llano", Lc 6,17), ¿a quién hacemos caso? ¿"Pobres", o "pobres de espíritu"? ¿O serán complementarios los dos conceptos? ¿Cómo, en qué?

Ellacuría decía que la mejor traducción de "pobres de espíritu" hoy sería "pobres con espíritu"... Comentar.

Para el tratamiento del tema de "Los pobres de Yavé" puede servir el folleto bíblico de igual título, de Albert GÉLIN, que se puede recoger en http://servicioskoinonia.org/biblioteca/biblica

Lucas nos trasmite las bienaventuranzas complementándolas con las "malaventuranzas". ¿Es bueno el contraste? ¿Qué añade?


Para la oración de los fieles

Para que no deje de haber siempre en el mundo un "resto de Israel", personas humildes y sencillas que con fe en Dios mantengan firmes los valores del amor y de la esperanza, roguemos al Señor...

Por todas las comunidades cristianas donde se reúnen y participan los más pobres, para que nunca les decepcione la Iglesia...

Para que la Iglesia se examine mirándose constantemente en el espejo de las bienaventuranzas...

Por los que se consideran "pobres de espíritu" muy lejos de la pobreza y de los pobres, para que el Señor les haga ver que ése no fue el camino que Él siguió...

Para que nuestra eucaristía dominical sea siempre un espacio privilegiado de oración y de encuentro comunitario...

Para que el evangelio de las bienaventuranzas nos haga realmente "dichosos" y demos testimonio de que en verdad el Evangelio es "buena noticia"...


Oración comunitaria

 Dios Padre y Madre universal, que por medio de Jesús -junto con tantos otros Maestros espirituales como has suscitado en la historia-, has manifestado a nuestro mundo el camino de la felicidad, de la bienaventuranza; haz que nuestra vida religiosa sea siempre una ayuda para alcanzar la felicidad que Tú esperas de nosotros, y a la que nos llamas y empujas, para que contribuyamos eficazmente a la paz y la felicidad del mundo. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

  Dios-Misterio sin fondo, Presencia inasible, Claridad sin cuerpo, Palabra silenciosa... Comunícanos la Fuerza de tu presencia, para que sepamos contemplare presente en todo, dando vida y plenitud a todo lo que existe, absorbiendo nosotros mismos tu Fuerza, para vivir inmersos en tu Ser, que es Bienaventuranza inefable y permanente. Empápanos en tu Felicidad eterna. Amén.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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