PRIMER DOMINGO DE CUARESMA
CICLO "A"


Primera lectura: Génesis 2, 7-9; 3, 1-7
Salmo responsorial: Salmo 50
Segunda lectura: Romanos 5, 12-19

EVANGELIO
Mateo 4, 1-11

 4 1Entonces fue conducido Jesús al desierto por el Espí­ritu, para que el diablo lo tentara. 2Ayunó cuarenta días con sus noches y al final sintió hambre.

3E1 tentador se le acercó y le dijo:

-Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se convier­tan en panes.

4Le contestó:

-Está escrito: «No sólo de pan vive el hombre, sino también de todo lo que diga Dios por su boca» (Dt 8,3).

5Entonces se lo llevó el diablo a la ciudad santa, lo puso en el alero del templo 6y le dijo:

-Si eres Hijo de Dios, tírate abajo; porque está es­crito: «A sus ángeles ha dado órdenes para que cuiden de ti»; y también: «te llevarán en volandas, para que tu pie no tropiece con piedras» (Sal 91,11-12).

7Jesús le repuso:

-También está escrito: «No tentarás al Señor tu Dios» (Dt 6,16).

8Todavía lo llevó el diablo a un monte altísimo y le mostró todos los reinos del mundo con su gloria, 9diciéndole:

-Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje.

10Entonces le replicó Jesús:

-Vete, Satanás, porque está escrito: «Al Señor tu Dios rendirás homenaje y sólo a él prestarás servicio» (Dt 6,13).

11Entonces lo dejó el diablo; en esto se acercaron unos ángeles y se pusieron a servirle.




COMENTARIOS

 I

 ¿EL SEÑOR DE LOS SEÑORES?

Un título que con cierta frecuencia se da a Dios en el Anti­guo Testamento es el de «El Señor de los Señores», indicando que él está por encima de todos los poderes y de todos los po­derosos de la tierra. Desde un cierto punto de vista, esto es y seguirá siendo cierto: nadie es más grande en amor que el Pa­dre de Jesús. Ahora bien: si con esa expresión alguien quiere divinizar el poder en su origen o en su ejercicio..., pues resulta que, ya desde el principio de su actividad, el Espíritu empuja a Jesús para que deje claro que el poder humano, en su triple manifestación (riqueza, honores y dominio), no procede ni pertenece a Dios, sino a su adversario. Por eso, ni poseer el poder ni coquetear con los poderosos favorece la expansión del evangelio. ¿Lo acabaremos de entender alguna vez?

 
UN RELATO EJEMPLAR

El relato de las tentaciones es un relato ejemplar, esto es, está hecho para que sirva de ejemplo a los seguidores de Jesús. El evangelista reúne en una única narración los obstáculos más importantes que todos aquellos que no van a aceptar el modo de ser Mesías de Jesús van a ponerle en el desarrollo de su mi­sión, y la correspondiente reacción de Jesús; las tentaciones, presentes a lo largo de toda su actividad pública, son todos los intentos de desviar a Jesús del camino indicado por el Padre; son, pues, las resistencias que encuentra el mensaje de Jesús: las que se le opusieron cuando lo proclamó por primera vez y las que encuentra cada vez que alguien se plantea la posibilidad de aceptarlo y de vivirlo.

El propósito del evangelista al construir este relato y colo­carlo al principio del evangelio es advertir a los que se sientan atraídos por el proyecto de Jesús que, para seguirlo, hay que romper con ciertos valores, propios de este mundo, pero total­mente incompatibles con Dios y con el mundo que él quiere. Por eso presentan a Jesús despreciando, desde el principio, el atractivo que pudieran tener esos valores: para que sirva de ejemplo a sus seguidores.

 
CONVERTIR LAS PIEDRAS EN PAN...

«Si eres hijo de Dios, di que las piedras estas se conviertan en panes».

 Primera prueba: el Adversario (eso es lo que significan las palabras diablo y Satanás, el Adversario, el enemigo del hom­bre, el enemigo de Dios) propone a Jesús que use su fuerza de Hijo de Dios para satisfacer su hambre; que utilice a Dios en su propio beneficio, y que olvide la Palabra de Dios, según la cual el hambre se saciará definitivamente cuando haya solida­ridad. La abundancia ha de ser consecuencia del compartir lo que se tiene, la satisfacción plena de las necesidades del hom­bre -la paz- queda garantizada por el Padre y la seguridad del hombre reside en su fidelidad al plan de Dios.

Una tentación que se ha presentado repetidamente a lo largo de la historia y a la que, personal y colectivamente, he­mos sucumbido una y otra vez: siempre que hemos usado a Dios para saciar mi hambre, para llenar mi bolsillo o, quizá con más frecuencia, para hinchar mi vanidad. Una tentación a la que hemos sucumbido cada vez que hemos utilizado a Dios olvidándonos de Dios.

 
Y A DIOS EN UN MAGO

«Si eres hijo de Dios, tírate abajo; porque está escrito: 'A sus ánge­les ha dado órdenes para que cuiden de ti'; y también: 'te llevarán en volandas, para que tu pie no tropiece con piedras'».

 Esta es la segunda. Ya que no quiere usar a Dios en bene­ficio propio, que presente una imagen falseada de Dios: un Dios que se dedica a hacer milagritos espectaculares como si de un prestidigitador se tratara; un Dios al que le interesa más su éxito que la felicidad de sus criaturas. Y, por eso, un Dios al que se puede manejar, al que se le puede obligar a rea­lizar hechos portentosos porque sí, aunque estos no tengan nada que ver con su plan de liberación. Se propone a Jesús que acepte sin espíritu crítico alguno las costumbres, las tra­diciones, que, aunque se llamen populares, están fomentadas por las clases privilegiadas (según una tradición judía, el Me­sías tenía que aparecer espectacularmente en el patio del tem­plo de Jerusalén).

¿Verdad que esta tentación también ha sido un peligro constante en nuestra historia? Determinados modos de enten­der y presentar la realeza de Dios, la religiosidad popular basada en apariciones, milagros... Así, si no se solucionaban los problemas de este mundo, a nadie se le ocurriría buscar a los responsables de tejas abajo; y si de camino se podía participar del triunfo de Dios... Por supuesto, el prestigio conseguido se utilizaría en favor de Dios, para favorecer la expansión de su Reino...

«No tentarás al Señor tu Dios».

 
TODO TE LO DARE

«Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje».

 Esta es la más grave lo que el Adversario propone a Jesús es que utilice el poder -«le mostró todos los reinos del mun­do con su esplendor... te daré todo eso...»- como medio para instaurar y propagar el reinado de Dios. Le propone que en lugar del camino del servicio hasta la muerte, escoja el del triunfo; en lugar de la fraternidad, el dominio; en lugar de la solidaridad con los pobres, la riqueza. Otra vez el «seréis como dioses» (Gn 3,5).

Lo más sorprendente de esta tentación -sobre todo des­pués de casi dos mil años de cristianismo- es descubrir que el poder no pertenece a Dios, sino al Adversario, y que, por tanto, el poder no sirve para extender el reinado de Dios, sino para todo lo contrario. Y que el señor de los señores de este mundo no es el Padre de Jesús, sino su Adversario, al que hay que estar dispuesto a rendir culto si se quiere poseer el poder: «Te daré todo eso si te postras y me rindes homenaje».

Y es que deberíamos tenerlo claro desde que tomó par­tido en favor de un pueblo de esclavos- Dios no está con los señores, sino con el servicio.

 


 
II

 v. 1. La narración de la tentación está íntimamente ligada a la del bautismo, como lo muestra la repetición de la partícula tem­poral entonces (3,13; 4,1.5.10.11). El Espíritu conduce a Jesús a un desierto determinado (el desierto), pero cuya localización no se especifica, al contrario del caso de Juan Bautista (3,1: el desierto de Judea). El desierto adonde es conducido recuerda el del éxodo de Israel, donde el pueblo fue infiel a Dios (Ex 17,1-7); adquiere así un valor teológico. El objetivo del Espíritu es que Jesús sea ten­tado. Se trata, pues, de una confrontación entre el Espíritu de Dios en Jesús y Satanás, para demostrar la fuerza del Mesías. Queda así claro desde el principio que Jesús no va a sucumbir a esas tentaciones. El relato de éstas pretende demostrar solamente cuáles han sido y son las tentaciones propias de los que se arrogan un me­sianismo y a las cuales otros hombres han sucumbido. Jesús, sin embargo, no es un Mesías cualquiera (cf. 24,23s), sino el Mesías de Dios. Las tres tentaciones anticipan las propuestas contrarias a su mesianismo que Jesús irá rechazando a lo largo de su vida.

v. 2. El ayuno de Jesús, «cuarenta días y cuarenta noches», no es ritual o devocional; éste cesaba a la puesta del sol. Es un ayuno ininterrumpido. Mc 1,12s no lo menciona; Lc 4,2 evita el término «ayuno». Alude a los ayunos de Moisés (Ex 34,28; Dt 9,9-11) y de Elías (1 Re 19,8), las dos figuras que resumen el AT (la Ley y los Profetas). Dada, sin embargo, la total diversidad de circunstancias, el paralelo subraya únicamente que Jesús no es inferior a las grandes figuras del pasado. Aun físicamente exhausto, vence sin dificultad a Satanás; tal es la fuerza que le ha comunicado el Espíritu.

El ayuno de Jesús no es preparatorio ni pretende obtener do­nes divinos. El don por excelencia, el Espíritu de Dios, le ha sido comunicado antes. Representa, en cambio, la absoluta fidelidad a su misión incluso en circunstancias extremas.

v. 3. El tentador es llamado antes «el diablo» y más tarde «Sa­tanás». El significado de ambos términos, griego y hebreo, es el mismo: «el adversario», el enemigo del hombre y, en consecuen­cia, de Jesús, el Salvador (1,23). Su propósito es, por tanto, desviar a Jesús de su misión, inducirlo a cambiar el carácter de su me­sianismo, expuesto en 3,16s, impidiendo así que la obra salvadora se lleve a efecto. El tentador se dirige a Jesús dando por supuesto (si  ya que) que es el Hijo de Dios, es decir, el Mesías. Lo invita a dar una orden: «que estas piedras se conviertan en panes». Su intención es que Jesús utilice la fuerza que le confiere su condición y remedie su propia necesidad con un milagro.

La mención de los panes relaciona este texto con los dos epi­sodios donde Jesús alimenta a una multitud compartiendo el pan después de bendecir a Dios o darle gracias (14,l7ss; 15,34ss). La abundancia de pan, implícita en la propuesta del tentador (estas piedras) no será efecto de un despliegue de poder; se obtendrá continuando en el compartir la generosidad divina (cf. 14,l7ss).

La tentación quiere inducir a Jesús a obrar en propio beneficio sin contar con el plan de Dios. Sería un ateísmo práctico y una adopción del egoísmo como norma de vida, que destruiría su com­promiso de entregar incluso su vida para salvar el hombre (3,15; cf. 26,53).

v. 4. Para responder al tentador usa Jesús un texto de la Escri­tura (Dt 8,3). El texto indica que el alimento no es lo único que mantiene la vida del hombre. También la palabra de Dios es para él alimento, pues la vida física no adquiere sentido más que poten­ciada por la que Dios comunica. En Dt 8,2s la palabra de Dios que alimenta se pone en relación con el maná; quiere decir que Dios no abandona nunca a sus fieles ni los deja sucumbir en la necesi­dad. Jesús sabe, por tanto, que Dios le ha de proporcionar alimento y no teme por su vida. En la fidelidad al plan de Dios está su seguridad.

vv. 5-6. Para tentarlo de nuevo, el Adversario se lleva a Jesús a la «ciudad santa», denominación que designa a Jerusalén en cuanto sede del templo, lugar de la presencia divina. Coloca a Jesús en el ale­ro del templo, saliente que dominaba los patios del gran recinto. En la creencia judía éste era el lugar donde había de manifestarse el Mesías y hacer su proclama a Israel (S.-B. IV, 873). El había de derrotar inmediatamente a los paganos y restaurar la gloria del pueblo elegido. La tentación es, por tanto, una invitación a acomodarse a las doctrinas mesiánicas en vigor en su tiempo. No solamente lo invita a encarnar la figura del Mesías triunfador, sino, además, a tirarse desde aquella altura, para cumplir un hecho pro­digioso que probase al pueblo que Dios estaba con él. Se apoya en un texto de la Escritura (Sal 91,11s). El texto del salmo se refiere a la protección que Dios dispensa a sus fieles, amparándo­los de toda desgracia. El tentador propone a Jesús, en cambio, que provoque él mismo la situación de peligro, forzando la acción de Dios. Así como en la anterior lo incitaba a un ateísmo práctico, desentendiéndose del plan de Dios, en ésta lo invita a un provi­dencialismo literalista e irresponsable. También de este modo se contradice al plan de Dios, que colabora con el hombre según las circunstancias que se presentan, pero no ha prometido apoyar su temeridad.

v. 7. La respuesta de Jesús, que reproduce el texto de Dt 6,16, considera que aceptar la propuesta del tentador significa tentar a Dios, es decir, forzar su acción sin motivo. El texto del Dt 6,16 re­mite al episodio relatado en Ex 17,1-7, donde los israelitas desafían a Dios a probar que realmente está con ellos. Jesús no necesita tal testimonio extraordinario. La presencia de Dios en él se manifestará con otras señales.

La tentación siguiente está estrechamente unida a la anterior. Al ver que Jesús ha rechazado la gloria del Mesías de Israel, el tentador le propone la última y definitiva tentación. El monte altísimo indi­ca, en primer lugar, la suprema condición divina, según el simbolis­mo del monte como lugar de Dios o de los dioses (cf. Ex 13,3; 24,9-11: el Sinaí; Dt 11,29; 27,12s; Jos 8,33: los montes Ebal y Garizín, desde donde se pronuncian las bendiciones y maldiciones divinas; 1 Re 18,42: Elías ora en la cima del Carmelo; Sal 2,6; 43,3; 74,2: el monte Sión; Is 65,7; Jr 3,6.23; Os 4,13, etc.: cultos paganos en montes o colinas). Desde allí domina todos los reinos del mundo. Satanás saca, por tanto, a Jesús de la estrechez de la nación judía, para ofre­cerle el imperio universal. Nótese que en aquel tiempo los emperado­res romanos se atribuían la condición divina. Satanás ofrece a Jesús el poder en su triple dimensión de riqueza, prestigio y dominio (la gloria del mundo). Puede darlo porque le pertenece. El evangelista califica así de satánicos el poder y la gloria del mundo. La única condición que pone el tentador a Jesús consiste en que le rinda homenaje a él como a su propio soberano. Aquí descubre su juego. Pretende que en lugar de salvar a la humanidad se haga súbdito y agente del enemigo del hombre, frustrando para siempre el designio de Dios. El pasaje enseña que utilizar el poder, con sus presupuestos de riqueza y prestigio, para propagar el reinado de Dios significa traicionar el designio divino que pretende salvar al hombre. El único verdadero salvador es el que, lejos de dominar al hombre, da su vida por él (3,13-17). La pretensión del diablo de ser reconocido por Jesús como soberano indica que la ambición de poder hace al hombre idólatra, pues sustituye al verdadero Dios por otro. La figura de «Satanás», el adversario, encarna el poder que tienta la ambición del hombre y lo convierte en enemi­go del género humano.

v. 10-11. La respuesta de Jesús está de algún modo separada de esta última tentación y unida estrechamente a la derrota de Sata­nás (4,10.11: repetición de «entonces»).

Jesús da una orden a Satanás, llamándolo por su designación hebrea, término teológico. Su respuesta es tan definitiva como la tentación misma y ocasiona la derrota del tentador. Aduce Jesús un texto del AT (Dt 6,13), situado en el mismo contexto del anterior:

Dios es único y, por tanto, exclusivo. No se puede servir a dos señores (cf. 6,24). Esta fidelidad a Dios solo y, en consecuencia, a su voluntad produce la derrota del adversario. En cambio, Jesús recibe la ayuda de «los ángeles», cuyo significado se irá viendo a lo largo del evangelio.

Es de notar que ninguno de los tres textos del Deuteronomio usados por Jesús para responder a las tentaciones tiene carácter mesiánico; se aplican por el contrario, a todo israelita y, más en general, a todo hombre. La razón es que la misión mesiánica de Jesús no es exclusiva suya; se extiende a todos sus seguidores. El Mesías es el modelo de Hombre (el Hijo del hombre). Sus actitudes y conducta son las que hacen llegar al hombre a su plenitud.

 


 
III

 Los comentarios bíblico-litúrgicos para ayudar a la elaboración de las homilías dominicales de este típico “domingo de las tentaciones”, el primero de cuaresma, suelen presentar en esta ocasión un sencillo paralelismo antagónico: la primera tentación fue la que se le presentó a Eva, que acabó en el pecado, y ha habido otra escena de tentación, la de Jesús en el desierto, que acabó en victoria, de la que podemos tomar ejemplo. En esta línea es muy fácil encontrar comentarios en la red. Por eso mismo quisiéramos nosotros hacer esta vez una aportación en sentido crítico. Obviamente, este aspecto no será apropiado para convertirlo sin más en una homilía... pero creemos que tampoco sería bueno que una homilía olvide este aspecto crítico. En cada caso, cada agente de pastoral sabrá lo que su comunidad necesita, y sabrá encontrarlo en otros puntos de servicio bíblico-litúrgico de internet.

La primera lectura de este domingo reúne, resumidamente, dos importantes relatos bíblicos: el de la creación y el del pecado original. Son muy significativos, muy importantes, y hoy día, también muy problemáticos.

Es importante hacer recordar a los oyentes que estos textos, y todos los que forman el grupo de los once primeros capítulos del Génesis, que se refieren a los inicios de la «historia de la Salvación», han sido entendidos desde siempre de un modo literal. Todas las generaciones que nos precedieron en la fe los entendieron así. Seguramente que nuestros padres - y ciertamente nuestros abuelos- nunca pensaron otra cosa, y muchos cristianos actuales también lo piensan. Desde tiempo inmemorial, estos textos han fungido para muchísimas generaciones, como la fuente de su comprensión del mundo y de la historia. Las “coordenadas generales” que estos mitos trazan (Dios arriba, naturaleza abajo, un acto de creación, una creación distinta del ser humano, Dios que prohíbe comer el fruto del árbol, la desobediencia del ser humano que se convierte en el «pecado original» que transformará la suerte de toda la humanidad posterior, el papel especialmente importante de la mujer en este pecado, el enfado de Dios, su ruptura de relaciones con la Humanidad después de comer el fruto prohibido...), han sido para toda esa humanidad judeocristiana de los tres mil últimos años, el “paradigma” desde el que han entendido tanto el mundo, como a Dios, como a sí mismos, es decir, la realidad entera. Estamos ante unos mitos religiosos ante los que hay que descalzarse, como quien pisa tierra sagrada.

Es importante recordar a los oyentes que hoy no creemos que estos relatos haya que entenderlos así, literalmente. Es decir: que hoy sabemos que la Biblia no puede decirnos cómo fue el origen del cosmos, ni el del ser humano. Que la Biblia no contiene mensajes de física, ni de química, ni de biología evolutiva, ni de geofísica o astrofísica... que nos informen sobre todos esos campos. Y que por tanto se puede ser cristiano y aceptar razonablemente lo que la ciencia nos dice hoy, incluidas las opiniones contrarias a tantas afirmaciones y supuestos incluidos en estos relatos bíblicos.

Es importante hacer caer en la cuenta de que esta nueva manera de entender los textos bíblicos no fue fruto de un descubrimiento fácil e ingenuo, sino una trabajosa intuición de los biblistas y teólogos, seguida de un difícil proceso de elaboración, y que durante todo ese tiempo hubieron de enfrentarse a la oposición y a la condena de las autoridades de sus respectivas Iglesias. En el campo de los católicos, apenas hace 100 años que Roma volvía a proclamar el carácter histórico de los once capítulos primeros del génesis, y reiteraba la condena a quien se atreviera a pensar lo contrario.

Todo cristiano medianamente formado puede tener su opinión sobre el origen del mundo, igual que puede tener sus opiniones en política, en medicina o en psicología, libremente, sin coacción, y sin que haya ninguna opinión oficial de la Iglesia en esos campos. Los relatos bíblicos están en otro plano, un plano simbólico, que no afecta al campo autónomo de la ciencia.

Hay que aclarar que hoy no sostenemos que el símbolo judeo-cristiano del llamado «pecado original» tenga un fundamento histórico. No hay por qué sostenerlo. Más bien resulta prácticamente imposible, por cuanto lo más probable es que no hubo un solo filón de surgimiento de nuestra especie y el poligenismo es hoy la opinión más común de la ciencia. La proclamación que la Iglesia católica hizo del monogenismo en el siglo pasado se debió al espejismo de pensar que el significado del símbolo del pecado original dependía efectivamente de un pecado histórico que habría cometido una primera pareja de la que descendemos absolutamente todos los hombres y mujeres.

Especialmente importante es aclarar que hoy día resulta del todo inverosímil -teológicamente hablando- todo el conjunto simbólico de la tentación y el pecado original: pensar que toda la humanidad esté en una situación de postración espiritual (que sea una «massa damnata», una multitud condenada, como decía san Agustín) a raíz de un supuesto primer pecado de una supuesta primera pareja, y pensar que debido a él Dios rompió sus relaciones con la Humanidad, y que esa ruptura no sería solventada sino con la sangre de la muerte en cruz del Hijo de Dios, tal y como ha sido presentado por la tradición más común y constante del cristianismo, resulta hoy inaceptable, y que por tanto deben sentirse aliviados todos los que se sienten incómodos ante las acostumbradas explicaciones homiléticas al respecto, tan parecidas a las catequesis infantiles que recibimos cuando fuimos niños.

Otras varias salvedades y comentarios críticos también muy importantes se podrían hacer entre los temas implicados en esos dos grandes relatos bíblicos que han sido juntados en la primera lectura de este domingo (por ejemplo sobre la «transcendencia» de Dios que ahí se presenta como obvia, sobre la imagen misma de “theos”, la visión negativa de la realidad que conlleva la creencia en un primer «pecado primordial», la terrible culpabilización e inferiorización de la mujer causada por ese texto...). Ya hemos dicho que no pretendemos que esta lista de advertencias críticas sea el contenido de una homilía, sino simplemente un trasfondo crítico a tener en cuenta a la hora de hablar de las “tentaciones” y del “pecado”, para lo que sin duda se encontrará mucho material en los numerosos portales de servicio bíblico de la red.

Es importante que digamos claramente, e insistamos, en que se puede ser cristiano y ser persona de hoy en sus opiniones científicas. Y que hay otras formas de hablar del la realidad del mal y del pecado, que la de tomar como única referencia unos mitos religiosos elaborados hace dos milenios y medio.

Finalizamos diciendo que ya que tantas veces hemos insistido en el pecado original y en sus fatales consecuencias para toda la humanidad, sería bueno compensar esa actitud refiriéndonos a lo que hoy intuye la teología de frontera: que, más bien, lo original no fue un pecado, sino una bendición... Puede ayudar el libro de FOX, Mathew, “Original Blessing”, Bear & Company 1983; traducción: La bendición original. Una nueva espiritualidad para el hombre del siglo XXI, Obelisco, Barcelona 2002, 410 pp.

 



Para la revisión de vida

Comienza uno de los llamados «tiempos fuertes» del año litúrgico. No precisamente un tiempo «light», ni siquiera un tiempo ordinario. ¿Qué voy a hacer para que esta Cuaresma no se me pase sin darme cuenta, sino viviéndola a fondo? La Cuaresma es una «cuenta regresiva» de 40 días hasta la Pascua… El objetivo al que apuntamos desde el principio de la Cuaresma es la Pascua misma…

 

Para la reunión de grupo

El objetivo del relato del pecado de Adán y Eva no es contar un pecado concreto, por muy importante que pudiera ser; el texto es un «mito» bíblico para algo más profundo: «explicar» la presencia del mal en el mundo. ¿Por qué hay mal? ¿Por qué el dolor? ¿Por qué la muerte?... De eso es de lo que el relato bíblico está hablando, a su manera «mítica». ¿Podemos expresar nosotros su mensaje de una forma más “racional” o “teológica”? O sea: ¿cuál es el mensaje teológico del mito del pecado original?

Con el relato de las tentaciones de Jesús ocurre algo parecido: no es la crónica o el reportaje periodístico de algo que le pasó a Jesús, sino una composición simbólica que quiere darnos un mensaje teológico. Las tres tentaciones que se dice que sufre Jesús corresponden a tres grandes dimensiones de la respuesta de fe del pueblo de Israel (de ahí su correspondencia con el Primer [o Antiguo] Testamento) y de todo ser humano. ¿Cuáles son esas grandes dimensiones? ¿Estamos de acuerdo con esa teología? Veinte siglos más tarde, ¿lo expresaríamos nosotros igualmente o con alguna variante añadida?

El teólogo Mathew Fox insiste en que el verdadero principio de nuestra historia no es un pecado original, sino una «bendición original»... Comentar.

 

Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia confíe siempre y por encima de todo en la Palabra de Dios y en su fuerza liberadora. Roguemos al Señor...

Para que hagamos caso a las voces que nos llaman a buscar una sociedad más justa y un ser humano más fraterno. Roguemos...

Para que nos reafirmemos cada día en nuestra fe en un Dios de vida y de vivos. Roguemos...

Para que, frente al individualismo y el egoísmo, nosotros pongamos el valor de la solidaridad entre las personas. Roguemos...

Para que seamos conscientes de que Dios está siempre a nuestro lado, aunque a veces no lo parezca, en la tentación y en las dificultades. Roguemos...

Para que la Eucaristía que celebra nuestra comunidad nos anime a ser más consecuentes con nuestra fe y nuestra esperanza. Roguemos...

 

Oración comunitaria

Oh Dios que sabes que nuestra vida humana está sometida a tantos influjos, presiones, tentaciones, repulsiones… y también a tantos estímulos, inspiraciones y buenos ejemplos; te pedimos que la atracción y el influjo del bien sea mucho más fuerte en nuestra vida que la tentación y la fuerza del mal, y que el ejemplo modélico de Jesús nos ayude a seguirle por el camino del amor y del bien. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

 Señor, tú que animas nuestra fe, consolidas nuestra esperanza y fortaleces nuestro amor, haz que apostemos siempre por el bien, la justicia y la paz, de modo que tu Reino crezca siempre, superando toda tentación de construir este mundo y esta sociedad sin contar contigo en nuestra vida. Te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org