CUARTO DOMINGO DE PASCUA
CICLO "A"


Primera lectura: Hechos de los apóstoles 2,14a. 336-41
Salmo responsorial: Salmo 22
Segunda lectura: 1 Pedro 2,20b-25

 
EVANGELIO
Juan 10, 1-10

1Sí, os lo aseguro: Quien no entra por la puerta en el recinto de las ovejas, sino trepando por otro lado, ése es un ladrón y un bandido. 2Quien entra por la puerta es pastor de las ovejas; 3a ése le abre el portero y las ovejas escuchan su voz. A las ovejas propias las llama por su nombre y las va sacando; 4cuando ha empujado fuera a todas las suyas, camina delante de ellas, y las ovejas lo siguen porque conocen su voz. 5A un extraño, en cambio, no lo seguirán, huirán de él, porque no conocen la voz de los extraños.
            6Esta semejanza les puso Jesús, pero ellos no entendieron a qué se refería.
            7 Entonces añadió Jesús: -Pues sí, os aseguro que yo soy la puerta de las ovejas. 8Todos los que han venido antes de mí son ladrones y bandidos, pero las ovejas no les han hecho caso. 9Yo soy la puerta; el que entre por mí quedará a salvo, podrá entrar y salir y encontrará pastos. 10El ladrón no viene más que para robar, sacrificar y destruir. Yo he venido para que tengan vida y les rebose.




COMENTARIOS

I

 MODELO DE PASTOR

Con el comienzo de la primavera, los pastores cananeos se disponían a partir con el rebaño en busca de pastos. .Era un momento decisivo y peligroso. Salir con el rebaño suponía abandonar la seguridad de la propia tierra para salir en busca de lo desconocido. Había que tomar ciertas precauciones. An­tes de partir, los pastores celebraban una fiesta de despedida. Sacrificaban un animal joven a la divinidad para obtener de ella, a cambio, la fecundidad y la prosperidad del ganado. La víctima era asada al fuego, no se le podía romper ningun hue­so. Con su sangre untaban los palos de la tienda para alejar epidemias o calamidades. El rito pretendía ser garantía de pro­tección de los peligros que surgieran durante el desplazamiento de los pastores con el rebaño. En una noche de primavera, noche de luna llena, se reunían para comer el animal sacrifi­cado. La cena solía ser de pie, con el atuendo de quien está preparado para una larga marcha: báculo en mano y sandalias en los pies. En torno a la cena se cernía un cierto aire de rito mágico. Después se partía.

La imagen del pastor que guía al rebaño es una de las pre­feridas del evangelista Juan al referirse a Jesús. La utilizó en un polémico discurso de su evangelio para presentar al Maes­tro nazareno como el pastor ideal, el pastor modelo, el buen pastor frente a los pastores de oficio: asalariados, ladrones y bandidos más que pastores.

«Si, os lo aseguro -decía Jesús a los fariseos-; el que no entra por la puerta en el recinto de las ovejas, sino saltan­do por otro lado, ése es un ladrón y un bandido... El ladrón no viene más que para robar, matar y perder. Yo he venido para que vivan y estén llenos de vida: yo soy el modelo de pastor. El pastor modelo se desprende de su vida por las ove­jas; el asalariado, como no es pastor ni las ovejas son suyas, cuando ve venir al lobo, deja las ovejas y echa a correr y el lobo las arrebata y dispersa; porque a un asalariado no le im­portan las ovejas. Yo soy el modelo de pastor: conozco las mías y las mías me conocen a mí, igual que mi Padre me co­noce y yo conozco al Padre; además, me desprendo de la vida por las ovejas» (Jn 10,lss).

Al terminar aquel discurso, los oyentes se sintieron inter­pelados. Las opiniones se dividieron. «Muchos decían: -Está loco de atar, ¿por qué lo escucháis? Otros replicaban: -Esas no son palabras de loco, ¿puede un loco abrir los ojos de los ciegos?» Por si acaso, los fariseos trataron de «prenderlo» para quitarlo de la circulación, «pero se les escabuyó de las manos» (Jn 10,39).

Jesús definió en aquel día en qué consiste la quintaesencia del pastor. Ser pastor, dirigir, gobernar es ir en la vida por delante de los demás con obras y palabras, vivir para el otro y no a costa del otro, firmar un compromiso de permanencia sin límite junto al pueblo, entablar una relación personal con él, conocer su nombre y su vida, compartir gozos y esperanzas, tristezas y angustias.

Por eso no se puede ser pastor, ni dirigente, ni guía del pueblo desde una oficina, desde un palacio o desde un templo. Sólo puede ser pastor quien marcha con el pueblo, quien vive con él, quien sabe de sus dolores porque los experimenta, quien corre sus mismos riesgos y quien, a pesar de todos los pesares, va por delante.

Este es el modelo de pastor, encarnado en Jesús de Naza­ret. «Mis ovejas escuchan mi voz, y yo las conozco y ellas me siguen, y yo les doy vida eterna; no perecerán para siempre y nadie las arrebatará de mi mano» (Jn 10,27-30). Quienes no siguen este modelo de pastor son asalariados, gente que se mueve por otros intereses distintos de los del pueblo a quien dicen servir, sirviéndose de él. Son más los asalariados que los pastores. Y así estamos...

 


 
II

 
OTRO PASTOR, OTRAS OVEJAS

Los jerarcas político-religiosos de Israel habían esclavizado al pueblo, dominándolo por medio del miedo a Dios. Y Dios no consiente que el pueblo que El liberó sea sometido  y además en su nombre- al miedo y a la esclavitud. Para eso llega un nuevo pastor al que corresponderán ovejas -¡no borregos!- de otro estilo.

 
EL MIEDO DE LOS PASTORES

Tenían miedo los pastores de Israel. Jesús acababa de decir que él era «el modelo de pastor», y eso los había llenado de preocupación. Por eso se dirigieron a Jesús, que «paseaba en el templo por el pórtico de Salomón», lo rodearon y, nervio­sos, les preguntaron: «¿Hasta cuándo vas a no dejarnos vivir? Si eres tú el Mesías; dínoslo abiertamente» Jn 10,24). Se entiende su miedo. Los antiguos profetas de Israel se habían enfrentado en muchas ocasiones a los dirigentes llamándolos malos pastores, dedicados a explotar al pueblo en beneficio propio (Jn 10,21; 23,2-7; 25,34-38; Ex 34). Jesús acababa de echarles en cara que, para mantener sus privilegios, estaban dispuestos a todo: a mentir, a matar..., comparándolos con el pastor mercenario a quien «no le importan las ovejas» (Jn 10,11-12). Seguramente presentían que se iba a cumplir la amenaza de aquellos profetas: Dios iba a pastorear su rebaño, iba a ocuparse de su pueblo, mediante un enviado suyo, que arrancaría las ovejas del dominio de los malos pastores (Ex 34,22-24; véase también Sal 23). Por eso, si Jesús era de verdad el Mesías..., se les acababa lo que para ellos era su medio de vida, sus privilegios, la posibilidad de aprovecharse, en beneficio propio de la fe de la gente sencilla. Ya no van a poder seguir asustando a la gente con la amenaza de un Dios cruel ni la van a mantener sumisa diciendo que no se puede saber con seguridad si Dios los habrá perdonado o no; se les acabará el negocio en que han convertido la religión y se derrumbárá el orgullo que sienten por ser -por haberse arrogado ese papel- los intermediarios de Dios. Es lógico su nerviosismo: Jesús acaba de decir que va a dejar vacía la institución religiosa («A las ovejas propias las llama por su nombre y las va sacando...», 10,3), se ha puesto como modelo de pastor porque él da la vida por sus ovejas (10,11) y ha dicho que Dios, el Padre, está con él, mostrándole su amor y garantizando que nadie podrá arrebatarle definitivamente la vida que él da libremente (10,17-18). Si es cierto lo que afirma Jesús y no una fanfarronada...

Por eso los dirigentes, sintiéndose amenazados, se defien­den como pueden, incluso negando, como en el caso del ciego de nacimiento (9,1-38), la evidencia de la vida que sobreabun­daba gracias a la actividad de Jesús. Y aconsejan a la gente que no lo escuchen, que está loco, que está poseído por un demonio (8,48; 9,22.24).

 

LO QUE MÁS IMPORTA

Mis ovejas escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen, yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano. Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno.

 

Lo que los dirigentes quieren es recobrar el control sobre la gente. ¿Qué va a ser de ellos si no lo consiguen?

Es posible que, aparentemente, tengan éxito: habrá mu­chos que, faltándoles el valor necesario para asumir la libertad con todos sus riesgos, vuelvan a someterse al miedo que ellos imponen y, dominados por ese miedo, lleguen a pedir la muerte para quien los quiere liberar (véase 18,35; 19,6-7.12: el término los judíos usado en estos lugares se refiere a los dirigentes judíos y puede englobar también a sus partidarios).

Pero los que han escuchado y aceptado el mensaje de Jesús, los que han empezado a ponerlo en práctica, los que han gustado ya el sabor de la vida que los hace hijos (1,12-13), de la verdad que los hace libres (8,32.36) y del amor que los hace hermanos (13,34-35; 15,12-17), no se van a dejar embau­car de nuevo. Esas son las ovejas de Jesús, aquellos que, haciendo uso de la puerta abierta por la que se puede entrar y salir (10,7-9), han roto con todo lo que significa opresión de la persona humana y se han puesto del lado de Jesús, haciendo propia la tarea de este pastor que han aceptado libremente, por quien se sienten conocidos y queridos y en cuya mano se sienten seguros: «Yo las conozco y ellas me siguen, yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano». Porque, y esto es lo princi­pal, Jesús va a defenderlos, incluso con la vida, pues para él ellos son «lo que más importa».

Esas ovejas no son borregos que se dejan llevar, pasivos, sin iniciativa... Precisamente porque están con Jesús, tienen que ser personas libres, adultos, que saben escuchar y que han tenido que responder responsablemente a un mensaje que les asegura definitivamente la vida; ellos son la nueva humanidad, la semilla de un mundo nuevo en el que, si tiene que haber pastores, tendrán que serlo al estilo de Jesús.

Los jerarcas no aceptaron las palabras de Jesús. No podían aceptar un Dios que se hace visible en la débil carne de un hombre de pueblo y que pone esa carne al servicio de la liberación de su pueblo. Y como no podían acabar con Dios, intentaron, otra vez, ocultarlo destruyendo aquella carne en la que se manifestaba: «Los dirigentes cogieron de nuevo piedras para apedrearlo» (10,31).

 


 
III

 27-30 Mis ovejas escuchan mi voz: yo las conozco y ellas me siguen, yo les doy vida definitiva y no se perderán jamás ni nadie las arrancará de mi mano. Lo que me ha entregado mi Padre es lo que más importa, y nadie puede arrancar nada de la mano del Padre. Yo y el Padre somos uno».

Los que son de Jesús lo escuchan, es decir, le prestan adhe­sión, no de palabra o de principio, sino de conducta y de vida (me siguen), comprometiéndose con él y como él a entregarse sin reservas a liberar y promocionar al hombre. Jesús comunica a los que lo siguen una vida que supera la muerte y les da la seguridad (no se perderán jamás), y esa fuerza de vida, que es el Espíritu, los une a él de tal modo que nadie podrá separarlos de su persona.

Para Jesús,  lo más importante es el fruto de su obra, la nueva humanidad que él ha de constituir con los hombres que el Padre le ha entregado (6,37.44.65), completando en ellos la creación con el Espíritu. En el caso del ciego, ellos han intentado "arrancarlo" de la mano de Jesús, pero no lo han conseguido. La vida que había experimentado hizo a ese hombre capaz de resistir a las presiones de los dirigentes.

Estar en la mano de Jesús es lo mismo que estar en la del Padre, porque el Padre está presente y se manifiesta en Jesús y, a través de él, realiza su obra creadora, que lleva a cumplimiento su designio (5,17.30; 6,38-40).

Nunca había formulado antes Jesús tan claramente esta afirmación-clave del evangelio: Yo y el Padre somos uno. La identificación entre Jesús y el Padre excluye toda instancia superior. La oposición a Jesús es oposición a Dios.

 


 

IV

 La 1ª lectura, tomada del libro de los Hechos, pertenece al discurso de Pedro, ante el pueblo reunido en Jerusalén, a raíz del hecho de Pentecostés. Después de interpretarles el fenómeno de las lenguas diversas en que hablaban los discípulos invadidos por el Espíritu Divino, Pedro les evoca la vida y la obra de Jesús, les anuncia el "Kerygma", la proclamación solemne de la Buena Nueva, del Evangelio: Cristo ha muerto por nuestros pecados, ha sido sepultado y al tercer día Dios lo hizo levantarse de la muerte librándolo de la corrupción del sepulcro y sentándolo a su derecha, como habían anunciado los profetas. Se trata ya, evidentemente, de una primera elaboración teológica del llamado «kerigma», o síntesis o núcleo de la predicación.

Lógicamente, esa formulación del kerigma está condicionada por su contexto social e histórico. No es que porque aparezca en el Nuevo Testamento ya haya de ser tenida como intocable e ininterpretable. Las palabras, las fórmulas, los elementos mismos que componen ese kerigma, hoy nos pueden parecer extraños, ininteligibles para nuestra mentalidad actual. Es normal, y por eso es también normal que la comunidad cristiana tiene el deber de evolucionar, de recrear los símbolos. La fe no es un «depósito» donde es retenida y guardada, sino una fuente, un manantial, que se mantiene idéntico a sí mismo precisamente entregando siempre agua nueva.

En muchos países tropicales son casi desconocidos los rebaños de ovejas cuidadas por su pastor. Eran y son muy comunes en el mundo antiguo de toda la cuenca del Mediterráneo. Muy probablemente Jesús fue pastor de los rebaños comunales en Nazaret, o acompañó al pastoreo a los muchachos de su edad. Por eso en su predicación abundan las imágenes tomadas de esa práctica de la vida rural de Palestina. En el evangelio de Juan la sencilla parábola sinóptica de la oveja perdida (Mt 18,12-14; Lc 15,3-7) se convierte en una bella y larga alegoría en la que Jesús se presenta como el Buen Pastor, dueño del rebaño por el cual se interesa, no como los ladrones y salteadores que escalan las paredes del redil para matar y robar. Él entra por la puerta del redil, el portero le abre, El saca a las ovejas a pastar y ellas conocen su voz. La alegoría llega a un punto culminante cuando Jesús dice ser "la puerta de las ovejas", por donde ellas entran y salen del redil a los pastos y al agua abundante. Por supuesto que en la alegoría el rebaño, las ovejas, somos los discípulos, los miembros de la comunidad cristiana. La alegoría del Buen Pastor está inspirada en el largo capítulo 34 del profeta Ezequiel en el que se reprocha a las autoridades judías no haber sabido pastorear al pueblo y Dios promete asumir Él mismo este papel enviando a un descendiente de David.

La imagen del Buen Pastor tuvo un éxito notable entre los cristianos quienes, ya desde los primeros siglos de la iglesia, representaron a Jesús como Buen Pastor cargando sobre sus hombros un cordero o una oveja. Tales representaciones se conservan en las catacumbas romanas y en numerosos sarcófagos de distinta procedencia. La imagen sugiere la ternura de Cristo y su amor solícito por los miembros de su comunidad, su mansedumbre y paciencia, cualidades que se asignan convencionalmente a los pastores, incluso su entrega hasta la muerte pues, como dice en el evangelio de hoy "el buen pastor da la vida por sus ovejas".

La imagen de «ovejas y pastores» ha de ser manejada con cuidado, porque puede justificar la dualidad de clases en la Iglesia. Esta dualidad no es un temor utópico, sino que ha sido una realidad pesada y dominante. El Concilio Vaticano I declaró: «La Iglesia de Cristo no es una comunidad de iguales, en la que todos los fieles tuvieran los mismos derechos, sino que es una sociedad de desiguales, no sólo porque entre los fieles unos son clérigos y otros laicos, sino, de una manera especial, porque en la Iglesia reside el poder que viene de Dios, por el que a unos es dado santificar, enseñar y gobernar, y a otros no» (Constitución sobre la Iglesia, 1870). Pío XI, por su parte, decía: «La Iglesia es, por la fuerza misma de su naturaleza, una sociedad desigual. Comprende dos categorías de personas: los pastores y el rebaño, los que están colocados en los distintos grados de la jerarquía, y la multitud de los fieles. Y estas categorías, hasta tal punto son distintas entre sí, que sólo en la jerarquía residen el derecho y la autoridad necesarios para promover y dirigir a todos los miembros hacia el fin de la sociedad. En cuanto a la multitud, no tiene otro derecho que el de dejarse conducir y seguir dócilmente a sus pastores» (Vehementer Nos, 1906). La verdad es que estas categorías de «pastores y rebaño», a lo largo de la historia de la Iglesia han funcionado casi siempre -al menos en el segundo milenio- de una forma que hoy nos resulta sencillamente inaceptable. Hay que tener mucho cuidado de que nuestra forma de utilizarlas no vehicule una justificación inconsciente de las clases en la Iglesia.

El Concilio Vaticano II supuso un cambio radical en este sentido, con aquella su insistencia en que más importante que las diferencias de ministerio o servicio en la Iglesia es la común dignidad de los miembros del Pueblo de Dios (el lugar más simbólico a este respecto es el capítulo segundo de la Lumen Gentium del Vaticano II).

Como es sabido, en las últimas décadas se ha dado un retroceso claro hacia una centralización y falta de democracia. La queja de que Roma no valora la «colegialidad episcopal» es un clamor universal. La práctica de los Sínodos episcopales que se puso en marcha tras el concilio, fue rebajada a reuniones meramente consultivas. Las Conferencias Episcopales Nacionales, verdadero símbolo de la renovación conciliar, fueron declaradas por el cardenal Ratzinger como carentes de base teológica. Los «consejos pastorales» y los «consejos presbiterales» establecidos por la práctica posconciliar como instrumentos de participación y democratización, casi han sido abandonados, por falta de ambiente. La feligresía de una parroquia, o de una diócesis, puede tener unánimemente una opinión, pero si el párroco o el obispo piensa lo contrario, no hay nada que discutir en la actual estructura canónica clerical y autoritaria. «La voz del Pueblo, es la voz de Dios»... en todas partes menos en la Iglesia, pues en ésta, para el pueblo la única voz segura de Dios es la de la Jerarquía. Así la Iglesia se ha convertido -como gusta de decir Hans Küng- en «la última monarquía absoluta de Occidente». A quien no está de acuerdo se le responde que «la Iglesia no es una democracia», y es cierto, porque es mucho más que eso: es una comunidad, en la que todos los métodos participativos democráticos deberían quedarse cortos ante el ejercicio efectivo de la «comunión y participación». En semejante contexto eclesial, ¿se puede hablar ingenuamente de «el buen pastor y del rebaño a él confiado» con toda inocencia e  ingenuidad? El Concilio Vaticano II lo dijo con máxima autoridad: «Debemos tener conciencia de las deficiencias de la Iglesia y combatirlas con la máxima energía» (Gaudium et Spes 43).

En la Iglesia de Aquel que dijo que quien quisiera ser el primero fuese el último y el servidor de todos, en algún sentido, todos somos pastores de todos, todos somos responsables y todos podemos aportar. No se niega el papel de la coordinación y del gobierno. Lo que se niega es su sacralización, la teología que justifica ideológicamente el poder autoritario que no se somete al discernimiento comunitario ni a la crítica democrática. ¿Qué la Iglesia no es una democracia? Debe ser mucho más que una democracia. Y, desde luego: no ha de ser un rebaño.

 



Para la revisión de vida

La imagen del Buen Pastor debe evocar en nosotros a esa persona que cuida y protege las ovejas encomendadas a su cuidado. ¿Tengo yo esa sensación de paz, seguridad y confianza que debe darme el sentirme en buenas manos, en las manos de Dios Padre que "pastorea mi alma"?

 

Para la reunión de grupo

Jesús resucitado es nuestro Maestro y Pastor, que nos muestra el camino que nos lleva a la Vida. Pero, a pesar de las advertencias de Jesús, luego nos hemos echado encima muchos «pastores», que muchas veces sólo son asalariados, o funcionarios, cuando no ambiciosos y engreídos, que quieren suplanta al único Pastor y que "sólo se predican a sí mismos". No puede ocurrir que, en la práctica, el pastoreo de Jesús queda opacado por tantos otros pastores intermedios que acaben impidiéndonos tener con él una relación tan directa con él como la que puede tener cualquier otro "pastor intermediario". ¿No habría que rescatar la idea de que, en realidad, Pastor sólo hay uno y todos nosotros tenemos igual derecho de relación directa con él?

La "apertura a los gentiles" que se dio en los tiempos primeros del cristianismo, no es un tema cerrado y concluido. Tiene proyecciones ulteriores en la historia colectiva de los discípulos, que siempre tienen que ir saliendo de sus guetos y abriéndose a nuevas formas de "gentilidad". ¿Será que también hoy la Iglesia está -estamos- muy encerrada en su lenguaje, en sus cosas, en un envejecido e inamovible estilo de celebrar, de creer, de organizar... que mantiene alejados a muchos "gentiles" de hoy día que, de buena gana entrarían en nuestra comunión si nosotros abriéramos las cerrajas que nos encierran? Hoy los gentiles que esperan se les una buena nueva (nueva) sobre la resurrección de Jesús, son el mundo de la increencia, de los alejados, los no practicantes, los que huyen de nuestra fría iglesia hacia experiencias religiosas más cálidas... ¿Qué se debería abrir? ¿Qué se debería abandonar? ¿Qué se debería incorporar?

Leer y comentar los párrafos del Vaticano I y de Pío XI transcritos en el comentario de más arriba. Compararlos con lo que dice el Vaticano II en el capítulo segundo de la Lumen Gentium, o concretamente en su número 32. Comentar.

 

Para la oración de los fieles

Para que quienes ejercen su ministerio en la Iglesia lo hagan desde el servicio y no desde el autoritarismo o el afán de dominio. Roguemos al Señor...

Para que los pobres y explotados de nuestra sociedad encuentren también en los cristianos apoyo y solidaridad. Roguemos...

Para que todos aquellos que escuchan la voz del Señor llamándoles al servicio de la Comunidad, respondan con valentía al don del Espíritu. Roguemos...

Para que el Señor Jesucristo, que ha vencido el dolor y la muerte, se acuerde de los pobres, afligidos, enfermos y moribundos, y a nosotros nos haga solidarios con ellos. Roguemos...

Para que los gobernantes estén siempre atentos a las inquietudes y necesidades de los pueblos, y den justa respuesta a sus aspiraciones de paz, justicia e igualdad. Roguemos...

Para que todos los que sufren persecución por causa de su fidelidad al Reino, se mantengan firmes y nunca duden del Amor de Dios, que resucita a los muertos. Roguemos...

 

Oración comunitaria

 Pastor bueno, puerta de la Vida, cuida de todos nosotros, y ya que nos alegramos por la alegría de la Pascua, danos fuerza para trabajar con coraje por el Reino, y el gozo de verlo crecer poco a poco en el mundo, de modo que la fraternidad universal sea cada día más real entre nosotros. Nosotros te lo pedimos con la mirada puesta en Jesús de Nazaret, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

 Dios, nuestro Padre, que has dado a la Iglesia el gozo pascual de la Resurrección; concédenos también la paz y la confianza de saber que, en medio de los problemas y las dificultades de la vida, que nunca faltan, estamos siempre en tus manos, pues nos has hecho hijos e hijas tuyos y nada hemos de temer. Nosotros te lo pedimos por Jesucristo, nuestro Buen Pastor. Amén.

 

Los comentarios que se adjuntan se toman de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org