SÉPTIMO DOMINGO DE PASCUA. LA ASCENSIÓN DEL SEÑOR
CICLO "A"


Primera lectura: Hechos de los apóstoles 1, 1-11
Salmo responsorial: Salmo 46
Segunda lectura:  Efesios 1, 17-23


EVANGELIO
Mateo 28, 16-20

 16Los once discípulos fueron a Galilea al monte donde Jesús los había citado. 17A1 verlo se postraron ante él, los mismos que habían dudado. 18Jesús se acercó y les habló así:

-Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tie­rra. 19Id y haced discípulos de todas las naciones, bauti­zadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo  20y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mi­rad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad.




COMENTARIOS

I

 Esto de la Trinidad, tal y como lo han predicado, suena a "música celestial". Es un misterio, se ha dicho; no hay quien lo entienda. Al fin y al cabo, por mucho que nos esforcemos, nunca vamos a poder desvelarlo. "Un sólo Dios y tres personas distintas. El Padre es Dios, el Hijo es Dios y el Espíritu Santo es Dios".

Cuando para la mayoría de los cristianos el misterio de la Trinidad está entre paréntesis, hablar ahora de ella y de sus implicaciones en la vida ciudadana puede parecer el colmo de la paradoja. Pero, a pesar de todos los pesares, vamos a intentarlo porque, si creemos que el hombre está hecho a imagen de Dios, nos debe preocupar conocer su verdadero rostro para entender el nuestro.

Las ideas que tenemos de Dios, por regla general, no son demasiado cristianas, digámoslo abiertamente. Se han infiltrado en el cristianismo cuando éste se sumergió en la cultura griega. En el mejor de los casos son herencia del judaísmo.

Para unos Dios es "ese algo que mueve todo esto por ahí arriba", el principio y fin de todo, lo del "motor inmóvil" de Aristóteles, o aquello de la "inteligencia creadora" que apunta Platón en el Filebo. Para otros, Dios es alguien, pero implacable, irascible, celoso, vengativo, justiciero, aguafiestas, tapahuecos, inmóvil, impasible... Imágenes de un Dios cancelado por Jesús hace veinte siglos. Dios no es así.

Dios no es algo, sino alguien. Nos lo dijo Jesús: "Cuando oréis decid: Padre..." (en arameo, la lengua hablada de Jesús: "abbá" = papá). Que a Dios se le llamaba Padre estaba dicho y descubierto muchos siglos antes de Jesús. En oraciones sumerias como el Himno de Ur a Sin, dios lunar, el orante lo invoca como "Padre magnánimo y misericordioso en cuya mano está la vida de la nación entera". Lo nuevo y provocativo es que Jesús le llame "papá".

Pero hoy que está en crisis la imagen del padre, que hay crisis de autoridad, ¿debemos seguir hablando de Dios como Padre-papá? ¿No será contraproducente? ¿Qué clase de padre es Dios?

Dios, el Dios de Jesús, es padre, pero no paternalista ni autoritario. En esto radica la crisis de autoridad que atravesamos. Juan dice en su Evangelio: "El padre y yo somos una misma cosa" y Jesús dice a su Padre: "Yo sé que siempre me escuchas". La primacía del Padre en la Trinidad no se ejerce en menosprecio o anulación del Hijo, sino con una autoridad que resulta paradójica: "El Padre ama al Hijo y lo ha puesto todo en sus manos". Confianza y entrega plena es el clima de las relaciones entre Padre e Hijo.

Dios es también Hijo (palabra que proviene del latin "filius" y ésta de "filum"= hilo). Dicho de otro modo, Dios es dependiente. En toda familia, el hijo depende al nacer de los padres, pero para subsistir como persona tiene que cortar el cordón umbilical. Dependencia originaria y autonomía consecuente. En nuestra sociedad se da actualmente un rechazo del padre por parte de los hijos, de la autoridad por parte de los gobernados; se puede hablar ya de un mundo que abandona su ser patriarcal. ¿Y no será porque el padre corta la aspiración del hijo y porque el hijo, al subrayar su libertad, no reconoce su dependencia del padre? En la Trinidad divina no sucede así. El Hijo no rechaza al Padre. Es camino e imagen del mismo. "Quien me ve a mí ve al Padre". No hay dominación sufrida por el Hijo, ni anarquía reivindicada en Jesús. Hay amor que lo iguala todo, gracias al Espíritu.

Porque Dios, finalmente, es Espíritu. Como viento y fuego, calor, libertad, amor. Sin el Espíritu la relación Padre-Hijo se convierte en tortura y martirio de frialdad y desamor.

Y aquí es donde la Trinidad se convierte en lección de vida ciudadana. Autoridad y paternidad en nuestra sociedad, sí; pero no autoritarismo ni paternalismo. Dependencia de hijos a padres, pero sin atentar contra la autonomía de cada uno. Y sobre todo amor, libertad, escucha, calor de hogar.



 

II

Esta es la Buena Noticia, el corazón del evangelio: Dios ya no se llama Dios, sino Padre, o mejor, «Papá», que sería la expresión española más cercana a la que usaba Jesús, «abba», y que, según San Pablo, es también la que gritan, a una sola voz, el Espíritu y nuestro espíritu (Rom 8,15-16).

"Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tierra. Id y haced discípulos de todas las naciones, bautizándolos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mirad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad".

 VINCULADOS AL PADRE...

No. Dios no es un amo. Y nosotros no somos sus siervos. A pesar de algunas expresiones que se conservan todavía en ciertas oraciones del Misal Romano. Dios no quiere siervos, quiere hijos.

Si observamos con atención la imagen de Dios que ofrecen las distintas religiones de la tierra, al menos las más conocidas, veremos que en todas ellas Dios es presentado como el amo absoluto de todas las cosas: de la vida y de la muerte, de la felicidad y de la desgracia, de las cosas y de las personas. Y esta imagen de un dios-amo acaba siempre siendo utilizada para justificar la existencia de otros amos, éstos de tejas para abajo.

Esta es la inmensa revolución que se produce con el men­saje de Jesús de Nazaret: Dios ya no se llama «el Señor», se llama ¡Padre! Ya no se puede justificar ninguna esclavitud; ninguna actitud servil está justificada. Porque los hombres, para Dios, ya no son siervos, sino hijos.

A este respecto, es interesante recordar la respuesta que recibe de su padre - figura de «el Padre»- el hijo mayor de la parábola del hijo pródigo (Lc 15,11-32). Éste se quejaba porque su padre, para celebrar la vuelta de su hermano menor -que había abandonado a su padre y a su familia y que volvía después de haberse dado la buena vida y de haber despilfarra­do toda su herencia-, había mandado matar el ternero ceba­do, mientras que a él, que siempre había sido muy obediente y sumiso, jamás le había dado ni siquiera un cabrito para celebrar una fiesta con sus amigos. A esta queja el padre responde: «Hijo, ¡ si tú estás siempre conmigo y todo lo mío es tuyo!». Aquel pobre muchacho era seguramente muy bue­no..., pero ¡no sabía vivir como hijo! «... en tantos años como te sirvo sin saltarme nunca un mandato tuyo... » Con estas palabras había iniciado su queja ante su padre. Y quizá porque no sabía vivir como hijo no era capaz de comportarse como hermano.

 
...Y AL HIJO..

No le bastó con negarse a ser amo para ser Padre; Dios quiso también ser hermano. Y en el Hijo del Hombre se hizo presente en el mundo de los hombres. Y lo hizo tan en serio, que desde ese mismo momento ya no se puede llegar al Padre si no es a través del Hijo del Hombre. Y no se puede ser hijo si no se quiere ser hermano.

No hay más remedio que aceptarlo así, porque él así lo ha querido, o mejor, porque ésa es la realidad de Dios, porque Dios es así.

Para conocer a Dios, al Padre, tenemos que empezar por conocer a aquel que, sin demasiadas teologías, sino con su vida, con la entrega de su vida, con su muerte por amor..., ha sido y sigue siendo la explicación de Dios, a quien nadie ha visto jamás (Jn 1,18).

Y para vincularse al Padre hay que vincularse al Hijo y solidarizarse con él en la realización del proyecto de liberación que, por medio de él, el Padre ofreció y sigue ofreciendo a la humanidad: convertir este mundo en un mundo de her­manos.

 
Y AL ESPÍRITU

Ese Espíritu que nos hace hijos. Y porque nos hace hijos nos hace libres y nos hace hermanos.

El Espíritu es la vida que el Padre nos comunica, es el amor con que nos ama y la fuerza con que nos capacita para amar. Y porque es garantía y es amor, es garantía y testimonio de liberación y de libertad: «No recibisteis un espíritu que os haga esclavos y os vuelva al temor; recibisteis un espíritu que os hace hijos y que nos permite gritar ¡Abba! ¡Padre!» (Rom 8,15).

Ya no se puede seguir diciendo que el principio de la sabiduría es temer al Señor (Prov 1,7); el Espíritu de Jesús, que es el espíritu de amor, se encarga de que no volvamos a recaer en el temor... porque «el amor acabado echa fuera el temor» (1 Jn 4,18).

Bien están las teologías que intentan explicar cómo Dios puede ser a la vez uno y trino; pero quizá el evangelio lo que nos propone es que intentemos vivir vinculados al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo sin permitir que otras cadenas hagan ineficaz la sangre del Mesías.

 


 
III

 Mt 28,16.17: Los once discípulos fueron a Galilea al monte donde Jesús los había citado. 17A1 verlo se postraron ante él, los mismos que habían dudado.

. «Los once discípulos»: falta uno, Judas el traidor, repre­sentante del Israel histórico que ha pedido la crucifixión de Jesús. El Israel mesiánico se forma sin integrar al antiguo pueblo como tal. La expresión «los once discípulos», que excluye la existencia de otros discípulos (cf. 10,1: «sus doce discípulos»), muestra cla­ramente que el número es simbólico y que «los Doce / Once» abar­can a todos los discípulos de Jesús, fuese cual fuese su número.

En relación con la defección del Israel histórico está la ida a Galilea. Jerusalén, capital de Israel, queda atrás y no va a ser objeto de misión. La misión en Israel la han hecho Jesús (15,24) y los discípulos (10,6). Ahora que Israel ha rechazado al Mesías, la misión se dirigirá a los paganos. Galilea es el punto de arran­que, pues es la tierra limítrofe con las naciones paganas (cf. 8,28; 15,21). «El monte», como en 5,1, representa la esfera divina, la del Espíritu; desde ella va a enviar Jesús a los suyos. La presencia de Jesús en Galilea conecta al resucitado con el Jesús histórico, que ejerció su actividad en esa región.

Los discípulos se postran ante Jesús, mostrando su fe en él como Hijo de Dios (cf. 14,33), pero al mismo tiempo dudan  El verbo «dudar/vacilar» se encuentra en el evangelio solamente aquí y en 14,31, donde delataba la falta de fe de Pedro, que lo llevó a hundirse en el agua. La escena está también en relación con la transfiguración: la realidad de Jesús ahora es la misma que se manifestó allí; la transfiguración anticipaba la resurrección. Teniendo en cuenta estos datos, la duda significa que los discípulos no tienen fe suficiente para asumir el destino de Jesús. Según Mt, es la primera vez que tienen experiencia del resucitado, el vencedor de la muerte; saben que han de afrontar la muerte para llegar a este estado. Como Pedro en 14,31, no se sienten capaces de realizar en sí mismos la condición divina que ven en Jesús.

v.v.18-20: Jesús se acercó y les habló así: -Se me ha dado plena autoridad en el cielo y en la tie­rra. 19Id y haced discípulos de todas las naciones, bauti­zadlos para vincularlos al Padre y al Hijo y al Espíritu Santo  20y enseñadles a guardar todo lo que os mandé; mi­rad que yo estoy con vosotros cada día, hasta el fin de esta edad.

. Durante la vida mortal de Jesús, «el Hombre» había tenido potestad «en la tierra» (9,6); ahora, después de su resurrec­ción, sentado a la derecha del Padre (26,64), su autoridad, como la de éste, se extiende a tierra y cielo. A través de la cruz ha llegado a la plena condición divina.

En virtud de esa autoridad universal, los manda en misión al mundo entero. Va a realizarse la promesa de Dios a Abrahán (Gn 17,4s; 22,18); toda la humanidad va a constituir el Israel definitivo. «Id» muestra que Galilea es el punto de partida. La misión con­siste en hacer discípulos, en proclamar el mensaje de Jesús para que los hombres sigan sus enseñanzas, aprendan su mensaje y lo practiquen.

Para ello, el primer medio es el bautismo. En el evangelio han aparecido dos bautismos, el de Juan, con agua, y el de Jesús, en su aspecto positivo, con Espíritu; en su aspecto negativo (atribui­do por Juan Bautista y que no pertenece a la misión), con fuego (cf. 3,11). El bautismo con agua es signo de arrepentimiento y en­mienda (3,6.8); sólo el bautismo con Espíritu vincula con el Pa­dre, con Jesús y con el Espíritu mismo. Mt indica la vinculación personal (= nombre) que se produce en el bautismo: el hombre queda vinculado al Espíritu, que completa su ser y lo pone en la línea del «Hombre» (cf. 3,16); por ser el Es­píritu, exhalado por Jesús en su muerte, el mismo Espíritu de Jesús, vincula a él porque produce la unidad de Espíritu; pero el Espíritu que recibió Jesús era el Espíritu de Dios (3,16), que lo hacia Hijo; por él reciben también los hombres la calidad de hijos del Padre y hermanos de Jesús (28,10). A la escucha y aceptación del mensaje sigue, pues, el bautismo del Espíritu, dado directa­mente por Jesús (3,11). Mt, que tiene una fuerte tradición judía, incluye probablemente en el encargo «bautizadlos» ambos bautis­mos el de agua, administrado por los discípulos, y el del Espíritu, obra de Jesús.

El segundo medio para hacer discípulos es la instrucción o en­señanza que lleva a la práctica. No se trata ya de un primer acer­camiento a Jesús por la audición del mensaje, sino de la práctica de éste. Jesús no encarga a sus discípulos enseñar doctrina (cf. 23, 8), sino «practicar todo cuanto os he mandado». Hay que aclarar el contenido de la enseñanza. En Mt, el verbo «mandar», con su­jeto Jesús, ha aparecido solamente en 17,9, donde prohibe a Pedro, Santiago y Juan decir nada de la visión que han tenido (la transfi­guración) hasta después de su resurrección. Esta orden no ofrece paralelo con el contenido de 28,20. Para encontrar un paralelo hay que remitirse al término entolé, «orden, mandamiento, encargo», de la misma raíz. Ahora bien, la única vez que aparece «manda­miento» sin referirse a los del AT (cf. 15,3; 19,17; 22,36.38.40) es en 5,19, donde denota las bienaventuranzas. Éstas son los manda­mientos de Jesús que toman el puesto de los de Moisés. Por otra parte, la frase «todo lo que yo os he mandado» es la misma que se usa a menudo para referirse a la antigua Ley (cf. Ex 23,22; 25,21; 29,35; 34,11.18.32; 40,16; Dt 1,41; 61.3, etc.). Jesús encarga a los suyos enseñar el código de la nueva alianza (cf. 26,28), que se com­pendia en las bienaventuranzas propuestas en su primer discurso (5,3-10). Nótese la oposición entre 5,19: «el que se exima de uno de estos mandamientos mínimos y lo enseñe así a los hombres» (motivo de exclusión del reino), y la totalidad que exige Jesús en la enseñanza y observancia: «todo lo que os he mandado».

Los que van a enseñar esto a las naciones han de practicarlo (cf. 5,19: «el que lo practica y enseña»). La comunidad con su modo de obrar y su fidelidad al mensaje de Jesús, constituye la escuela de iniciación para los nuevos adeptos.

La última frase de Jesús es una promesa que mira sobre todo a la misión. No van a estar solos en ella, Jesús va a acompañar­los en su labor (cf. Ag 1,13). Así se cumplirá el contenido de su nombre, Emmanuel: «Dios entre nosotros» (1,23). Juntos van a beber el vino nuevo de la entrega total (cf. 26,29). Tal situación du­rará hasta el fin de esta edad, que coincide con el del mundo, es decir, durante todo el tiempo del reinado de «el Hombre» en la historia (13,41). Después quedará solamente el reinado del Padre (13,48; 26,29), fase definitiva del reinado de Dios.

 


 
IV

 La primera lectura de la liturgia nos ofrece el relato de la Ascensión del Señor cuyo objetivo fundamental es trazar los rasgos específicos de la esperanza cristiana. Jesús, nuevo Elías, asciende a los cielos y este hecho no significa el fin de la historia deseado por los discípulos según se refleja en su pregunta: «¿Es ahora cuando vas a restaurar el reino para Israel?» (v.6). Se trata por el contrario, del tiempo del testimonio que prepara ese final. En el salmo interleccional se proclama la entronización de Dios como «emperador» y «rey» de toda la tierra y la carta a los cristianos de Éfeso conecta el señorío del Mesías Jesús a la comprensión que deben tener los miembros de la comunidad eclesial sobre la esperanza a la que «abre su llamamiento» (1,18) .

El evangelio, final del relato de Mateo, vuelve a subrayar esa conexión. Comprende las circunstancias del último encuentro entre Jesús y sus discípulos (vv. 16-17) y las palabras finales del Señor a su comunidad (vv. 18-20).

Respecto a las circunstancias, el texto sitúa la escena en una montaña de la Galilea. Se produce en ella la teofanía del Resucitado que debe colocarse en relación con la montaña de la Tentación y con la montaña de la Transfiguración. Se anticipa, así el Señorío de Jesús, tema principal que se desprenden de las palabras que éste pronuncia.

Lejos del centro de la dirigencia religiosa, Jesús se encuentra con los Once. El número es el resultado de la sustracción de Judas de la cifra original de los Doce discípulos y significa la totalidad de los seguidores de Jesús que no defeccionaron. Todos ellos son beneficiarios de la experiencia del Resucitado.

Ante esa experiencia su actitud es una mezcla de adoración y de duda. Como Pedro ante el embate de las olas (cf Mt 14,23-33), la comunidad lleva en su seno estos dos sentimientos contradictorios. Ambos son los dos únicos textos de Mateo que combinan los verbos que se refieren a esos dos sentimientos.

Las palabras de Jesús se dirigen a fortalecer la fe comunitaria desde un encargo en que están implicados tres personajes: Jesús, el círculo de los discípulos y «todos los pueblos». Respecto a sí mismo, Jesús afirma que ha recibido «plena autoridad en el cielo y en la tierra» (v. 18). Para el evangelista, la autoridad ocupa un puesto importante en la presentación de Jesús. Este, al inicio de su actividad, había rechazado la última propuesta del diablo en orden recibir «todos los reinos del mundo» (cf Mt 4,8-10), los discípulos habían visto actuante en Jesús el significado del poder divino pero debían mantenerlo en secreto (cf Mt 16,28-17,9). Ahora es el momento de la proclamación de ese señorío, recibido por Jesús del Padre.

Los elementos que subrayan el universalismo son acumulados en este breve pasaje. Junto a «cielo y tierra» y la mención de los «pueblos» se da una significativa repetición del término «todo», «plena autoridad» (v. 18), «todos los pueblos» (v. 19), «todo lo que les mandé» (v. 19), «cada día» (v. 20). La obediencia al querer divino confiere a Jesús un señorío universal que se ejerce sobre toda realidad creada.

Este señorío universal es el fundamento para la existencia de la realidad eclesial. El encuentro con Jesús Resucitado establece la Iglesia en el momento de la irrupción gratuita y definitiva de Aquel que ha sido entronizado a la derecha del Padre. De esta forma se inicia una nueva era con la presencia definitiva del Enmanuel, el Dios con nosotros.

Este «relato de vocación» de la comunidad eclesial describe la transmisión que le hace Jesús de «todo su poder». Gracias a él pueden convocar a nuevos discípulos mediante el bautismo y la enseñanza. Por el bautismo, Jesús había iniciado el cumplimiento definitivo de la justicia del Reino (Mt 3,15), igualmente el bautismo cristiano injerta a cada bautizado en la misma dinámica. Junto al bautismo, el otro rasgo característico de la existencia cristiana es la «enseñanza». No se trata de una teoría que se debe proclamar, sino de la Buena Noticia del Reino frente a la cual todo creyente es un seguidor al que se exige un comportamiento coherente. Se trata de «guardar todo lo que les mandé». De esa forma, toda obra y palabra de Jesús se convierten en punto de referencia que se debe tener presente en la propia vida.

El mandato de Jesús compromete a toda la comunidad eclesial y la responsabiliza frente a todas las naciones. Aunque ya iniciado en el círculo de los discípulos, el señorío de Jesús no puede agotarse al interno de la vida de las comunidades cristianas. Para ello cuenta con la asistencia de su Señor: «Yo estaré con ustedes». Esta asistencia suministra el coraje necesario para superar todos los temores y tempestades y confiere un ámbito ilimitado para la actuación de la salvación.

Pero para ello, se exige de la Iglesia la misma obediencia de Jesús. Sólo en el rechazo del poder de dominio, en la obediencia filial al Padre, podrá realizar su tarea. Este «manifiesto» final del Señor Resucitado liga íntimamente la misión de la Iglesia al camino recorrido históricamente por Jesús de Nazaret, Hombre y Dios.

 



Para la revisión de vida

 -Que el Dios del señor Jesucristo os dé espíritu de sabiduría e ilumine los ojos de vuestro corazón par que comprendáis cuál es la esperanza...: pedir insistentemente ese espíritu de sabiduría, y la luz que ilumine los "ojos del corazón", para "comprender la esperanza"...

  -Superar todo resabio de espiritualismo y toda falta de fe; combinar adecuadamente en mi vida el cielo y la tierra, el idealismo y el realismo, la utopía y el compromiso, la escatología y la historia...

 

Para la reunión de grupo

La Ascensión del Señor, ¿fue un hecho histórico, físico, espiritual, teológico...?

¿Cuál es el mensaje fundamental del misterio de la Ascensión?

La tierra es el único camino que tenemos para ir al cielo... Comentar esta famosa sentencia del famoso misionólogo P. Charles.

[El "texto complementario", de Boff, que sugerimos (http://servicioskoinonia.org/biblico/textos/ascension.htm), se presta muy bien a ser utilizado como una sesión de estudio bíblico, porque, sobe el caso concretote la Ascensión, involucra varios temas fundamentales de la comprensión de la Biblia, así como otros respecto a la cosmovisión -cielo, tierra, tiempo, eternidad...-.]

 

Para la oración de los fieles

Para que los cristianos no perdamos de vista al Señor Jesús, el hermano mayor a quien pretendemos seguir, roguemos al Señor...

Por todos los cristianos que están "ahí plantados mirando al cielo", descuidando los problemas de la tierra, y pensando que los asuntos de este mundo les distraen de los bienes celestes; para que superen el espiritualismo dualista...

Por los hombres y mujeres que sólo miran a la tierra, para que nuestro testimonio de una fe que no aliena sino que libera les lleve a descubrir que la fe es capaz de humanizar y dar profundidad a sus vidas...

Para que los cristianos sepamos combinar adecuadamente el cielo y la tierra, el más allá y el más acá, la trascendencia y la inmanencia, la fe y las obras, la esperanza y el compromiso aquí y ahora...

Para que la fe en la victoria de la vida sobre la muerte nos dé una reserva de esperanza inclaudicable que contagie a nuestros hermanos...

 

Oración comunitaria

Oh Dios, Padre nuestro y de nuestro hermano mayor Jesús; danos tu Espíritu de sabiduría, e ilumina los ojos de nuestro corazón, para que comprendamos cuál es la esperanza a la que nos llamas, cuál la riqueza de la gloria que das en herencia a los santos, y cuál la extraordinaria grandeza de tu poder para con nosotros. Por nuestro Señor J.C.


Los comentarios que se adjuntan se toman de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

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