DECIMOQUINTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Isaías 55, 10-11
Salmo responsorial: Salmo 64
Segunda lectura: Romanos 8, 18-23 


EVANGELIO
Mateo 13, 1-23

 13 1Aquel día salió Jesús de casa y se sentó junto al mar.

2Se congregaron alrededor de él grandes multitudes; él en­tonces se subió a una barca y se quedó sentado allí; toda la multitud se quedó en la playa. 3Les habló de muchas cosas en parábolas:

-Salió el sembrador a sembrar. 4Al sembrar, unos granos cayeron junto al camino; vinieron los pájaros y se los comieron. 5Otros cayeron en terreno rocoso, donde apenas tenían tierra; como la tierra no era profunda, bro­taron en seguida; 6pero en cuanto salió el sol se abrasaron y, por falta de raíz, se secaron. 7Otros cayeron entre zarzas; las zarzas crecieron y los ahogaron. 8Otros caye­ron en tierra buena y fueron dando fruto: unos, ciento; otros, sesenta; otros treinta. 9¡Quien tenga oídos, que es­cuche!

10Se le acercaron los discípulos y le preguntaron:

-¿Por qué razón les habías en parábolas?

11El les contestó:

-A vosotros se os han dado a conocer los secretos del reinado de Dios; a ellos, en cambio, no se les han dado; 12y al que produce se le dará hasta que le sobre, mientras al que no produce se le quitará hasta lo que ha recibido. 13Por esa razón les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender. 14Se cumple en ellos la profecía de Isaías:

Por mucho que oigáis no entenderéis,

por mucho que veáis no percibiréis:

15Porque está embotada la mente de este pueblo;

son duros de oído, han cerrado los ojos

para no ver con los ojos ni oír con los oídos

ni entender con la mente

ni convertirse para que yo los cure (Is 6,9-10).

16¡Dichosos, en cambio, vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen! 17Pues os aseguro que mu­chos profetas y justos desearon ver lo que veis vosotros, y no lo vieron, y oír lo que oís vosotros, y no lo oyeron.

18Escuchad ahora vosotros la parábola del sembrador: 19Siempre que uno escucha el mensaje del Reino y no lo entiende, viene el Malo y se lleva lo sembrado en su corazón: eso es «lo sembrado junto al camino». 20«El que reci­bió la semilla en terreno rocoso» es ese que escucha el mensaje y lo acepta en seguida con alegría;  21pero no tiene raíces, es inconstante, y en cuanto surge una dificultad o persecución por el mensaje, falla. 22«El que recibió la se­milla entre zarzas» es ese que escucha el mensaje, pero el agobio de esta vida y la seducción de la riqueza lo ahogan y se queda estéril. 23«El que recibió la semilla en tierra buena» es ese que escucha el mensaje y lo entiende; ése sí da fruto y produce en un caso ciento, en otro sesenta, en otro treinta.




COMENTARIOS

 I

 UNA PARÁBOLA PARA TIEMPOS DE CRISIS

La parábola es como un juego entre el narrador y el oyente, entre el autor y el lector. En cuanto tal es abierta y puede ser comprendida por todos. Pero no es un juego inocente. Se produce necesariamente en un contexto vital, y esto le confiere un carácter crítico y subversivo. Hay una especie de juego sordo entre el narrador y el oyente en el que cada uno se sitúa en su propia vida y circunstancias, sintiéndose constantemente aludido. El que oye la parábola se siente interpelado, no puede permanecer indiferente, se adhiere a ella o la rechaza, pues la parábola toca las fibras más íntimas de su ser.

 Una vez oída, la parábola necesita ser explicada. El oyente, al entrar en el mundo de la ficción narrativa, se introduce en una nueva comprensión de sí mismo, de su vida, de sus circunstancias y de su mundo habitual, y arroja nueva luz sobre su yo. Si el que narra una parábola ha tenido que realizar una transposición entre el mundo real y el de la ficción literaria

-"el Reino de los cielos se parece a un sembrador"- quien la oye tiene que hacer realidad la ficción y vivir de acuerdo con lo narrado.

 Veamos como ejemplo la parábola del sembrador. Jesús la pronuncia cuando su vida pública de predicador itinerante está a mitad de camino y ha comenzado un período de crisis. Tras los éxitos y triunfos iniciales, se le han ido poniendo las cosas difíciles. Los jefes religiosos le han declarado la guerra; los fariseos lo consideran un aliado de Satanás y "planean el modo de acabar con él". El pueblo está a la espectativa sin darle plenamente su adhesión. Incluso ha tenido serios problemas con su familia y sus paisanos: "Sólo en su tierra y en su casa desprecian a un profeta". Un puñado insignificante de discípulos permanece a su lado, sin entender del todo las cosas de su Maestro.

 Casi toda la semilla de Evangelio, sembrada por Jesús, ha caído en terreno baldío. ¿Todo ha sido un fracaso? Sus enemigos se ríen, la gente se decepciona. Y Jesús sale al paso con la parábola. Cuatro de los seis versículos que tiene describen el fracaso re~ de la semilla. En todos los casos hay un rasgo común: un elemento destructor que impide o aniquila la germinación incipiente: los pájaros, el sol, las piedras, las espinas. Sólo una parte del terreno sembrado acepta la semilla. En esta, los resultados superan lo inesperado: cada grano produce cien, sesenta o treinta. Un fruto de ilusión.

 La parábola se convierte así en un canto a la esperanza: no nos vencerán quienes ponen resistencia al Evangelio. El fracaso aparente del cristiano-sembrador entra en el programa. Más aún, es semilla fecundidad. Sentir y sufrir la resistencia, la contrariedad y la oposición se convierte paradójicamente en camino de eficacia y fecundidad.

 

Como el sembrador, el Reino de Dios no se instaurará en el mundo sino a través de numerosos e impresionantes fracasos. Esto es lo que ni los fariseos ni las turbas- ni siquiera nosotros, cristianos del siglo veinte- podemos comprender. Nos gustaría el éxito, el triunfo arrollador y casi categórico del Evangelio en medio de nuestro mundo. Nos duele y nos desmoraliza demasiado la resistencia y la oposición. Nos cansamos, nos desilusionamos.

 También Jesús pasó por ahí. Y aquel día, en lugar de tirar la toalla, se puso a soñar y contó la parábola del sembrador, que siembra cosecha de fecundidad con semilla de esperanza. Una parábola para tiempos de crisis.

 


 
II

 PREPARAR LA TIERRA

La palabra de Dios, y en concreto el mensaje de Jesús, no echa raíces en cualquier sitio. Como una semilla cualquiera, necesita que la tierra en la que cae esté preparada para reci­birla. Si no es así. la semilla se perderá y la tierra quedará infecunda.

 EL POR QUÉ DE LAS PARABOLAS

Al terminar Jesús de exponer la parábola del sembrador, sus discípulos le preguntan por qué razón utiliza este medio para dirigirse a la gente. Las parábolas no exponen el mensaje directamente, sino mediante comparaciones, y es necesario in­terpretarlas; los mismos discípulos se ven en la necesidad de pedir a Jesús que les explique algunas parábolas. ¿ Por qué, pues, las parábolas?

El mensaje de Jesús es, en el sentido más serio del térmi­no, revolucionario: va dirigido a sustituir un modo de vida por otro nuevo; es la propuesta que Dios hace a los hombres: atreveos a vivir como hijos míos, atreveos a vivir como herma­nos. Es un mensaje de alegría y de liberación, una invitación a la más profunda reconciliación del hombre consigo mismo, con sus semejantes y con Dios, que se ofrece a ser Padre por encima de razas y de tradiciones religiosas (Jesús se pone a predicar en el mar, zona de frontera con los paganos).

Pero para que este nuevo modo de vivir sea posible, los hombres deben liberarse primero de todos aquellos sistemas sociales, políticos o religiosos que no les permiten percibir cuando ven ni oír cuando escuchan. Porque el mensaje que Jesús proclama no se puede aceptar si no hay unas condiciones mínimas de libertad y de autonomía personal.

Los oyentes de Jesús están dominados por la ideología que defiende un nacionalismo exclusivista que siguen defendiendo la mayoría de los grupos que tienen influencia en la mentali­dad del pueblo; algunos de estos oyentes quizá estarían dis­puestos a aceptar un Dios Padre... de Israel; pero jamás acep­tarían considerarse hermanos de los paganos.

Esta es la razón por la que Jesús habla en parábolas: al presentar por primera vez el mensaje, o algún aspecto del mis­mo, no quiere espantarlos; quiere despertar el interés de sus oyentes para que, intentando interpretar el sentido de las pa­rábolas, empiecen a pensar por sí mismos, primer paso para romper las cadenas de la ideología que los esclaviza; entonces podrán convertirse, comprender y aceptar el mensaje de Jesús «Por esta razón les hablo en parábolas, porque miran sin ver y escuchan sin oír ni entender».

 

LAS DIVERSAS CLASES DE TIERRA

Las distintas clases de tierra no representan a diversas ca­tegorías de hombres; la tierra del hombre es siempre buena; el problema es cómo la prepara cada cual para recibir la se­milla.

Tiene su tierra como «el camino» quien sigue ambicionan­do el poder, quien sigue pensando que los hombres sólo son iguales en teoría, quien no ha rechazado todavía la idea de que es posible convertir este mundo en un mundo de hermanos desde una estructura de poder. «El Malo», el mismo que en el desierto intentó desviar a Jesús del camino que el Padre le había trazado para la realización de su misión (Mt 4,1-11), se encargará de hacer que desaparezca todo trazo de la semilla que se intentó sembrar en aquel hombre.

«El terreno rocoso». Cuando a una persona se le ofrece la posibilidad de cambiar, se suscita en ella una lucha entre el es­fuerzo que tiene que realizar para que se produzca el cambio y la comodidad que supone el quedarse en donde se está. El mensaje de Jesús, ya lo hemos dicho, es un proyecto de cam­bio radical; ante él hay quien tiene una primera reacción de alegría, de interés por las nuevas perspectivas que se le abren; pero, al final, asusta demasiado el cambio, vence la comodi­dad, falla la constancia, y la planta, apenas nacida, se pierde.

«Las zarzas» son la injusticia de la riqueza, practicada o padecida. «El agobio de esta vida» es la preocupación de quien, víctima de un injusto reparto de los bienes de la tierra, no tiene la supervivencia asegurada y no sabe que la manera más cierta de asegurarla no es la obsesión por la comida, la bebida y el vestido, sino el trabajo para que reine la justicia de Dios (Mt 6,25-33); «la seducción de la riqueza» es la ido­latría de quien ha hecho su dios al dinero (Mt 6,24).

Y «la tierra buena»... es la libertad del hombre que escu­cha y puede elegir; y su generosidad, que lo lleva a aceptar y a hacer propio el proyecto que Jesús presenta en las bienaven­turanzas, y su esfuerzo y su trabajo para que se realicen las condiciones que hagan posible para todos los hombres la reali­zación de la promesa de Jesús: «Seréis dichosos» (Mt 5,1-12).

 


 
III

 vv. 1-9. Mt sitúa el discurso de las parábolas el mismo día de los su­cesos anteriores; quiere, por tanto, enlazarlo con ellos. De hecho, la mención del reinado de Dios que sufre violencia se halla en 11,12, y el tema central de las parábolas será precisamente el reinado de Dios. Puede decirse, por tanto, que el discurso (13,1-52) y la escena de Nazaret (13,53-58) terminan la sección.

«La casa» de la que sale Jesús representa el círculo de sus discípulos de la escena anterior (cf. 13,36). Su salida está en rela­ción con la del sembrador (3b). Sale a la orilla del mar, que es la frontera entre Israel y los pueblos paganos, el lugar donde ha­bía llamado a los primeros discípulos (4,18). La subida a la barca para enseñar («se quedó sentado», cf. 5,1) es paralela a la de Mc 4,1. La enseñanza comienza directamente con las parábolas (en Mc 4,12 hay dos comienzos de enseñanza). La parábola del sembrador o de los cuatro terrenos presenta mínimas diferencias de redacción con la de Mc 4,3-9.

 v. 10. Aparte con los discípulos. La pregunta de éstos es explícita (cf. Mc 4,10). No ven la razón de que Jesús hable en parábolas a la multitud. Piensan, por tanto, que el mensaje es directamente accesible a todos.

 v. 11. La razón de la diferencia entre los discípulos y la gente es que aquéllos han recibido un conocimiento que no se ha dado a los otros. «Se os ha dado indeterminación que supone como agente a Dios o, mejor a Jesús mismo que ejerce en la tierra las funciones divinas (cf. 1,23, 9,6). La palabra «secreto/misterio» usa­da en el AT a partir de Daniel denotaba una realidad de los tiempos finales (escatológico mesiánica) que Dios solo puede revelar (Dn 2,27-30.47), la de un reino eterno. No es que Jesús discrimine entre discípulos y gente sino que la distinta situación de unos y otros con relación a el hace que el conocimiento y la experiencia del reinado de Dios sean diferentes en ambos los discípulos, que han seguido a Jesús tienen la clave para interpretar su enseñanza y actividad en las que se manifiestan los secretos del reinado de Dios, es decir, el modo como el reinado se instaura. supresión del exclusivismo israelita llamada de todos los pueblos al reinado de Dios, reino basado en opciones  contrarias a la doctrina del Mesías triunfador sentido del hombre sobre la Ley. Las multitudes siguen aferradas a su espíritu nacionalista según la tradición de los letrados aunque escuchan a Jesús presencian su actividad y la admiran no acaban de darle su adhesión, por ello no entienden. El mensaje no puede entenderse por la mera exposición; para captarlo hay que romper con la ideología oficial del judaísmo. La gente es im­potente para hacerlo. La doctrina propuesta por la institución los aprisiona hasta tal punto que neutraliza y anula el impacto que produce en ellos el contacto con Jesús.

 v. 12. Dicho proverbial: ante el mensaje, hay quienes lo asimilan y producen los frutos correspondientes; ésos recibirán con creces. «Se les dará» está en paralelo con el anterior «se os ha dado». Quien responde irá teniendo un conocimiento cada vez más profundo que le permitirá una praxis más semejante a la de Jesús. Los que no responden, como son los de fuera, aunque han escuchado la ense­ñanza de Jesús y han presenciado su actividad, perderán incluso eso que han recibido. En la explicación que sigue aclara Jesús que es «el Malo» o «Satanás», el poder y su ideología (cf. 4,8-10), encar­nado para la gente que lo escucha en la institución judía, quien arrebata el mensaje recibido, impidiendo su posible asimilación.

En cuanto a la traducción de este pasaje, hay que tener en cuenta que el verbo «tener» («al que tiene se le dará») es la forma estática y resultativa de varios verbos dinámicos: «obtener», «ga­nar», «negociar», «comprar», «coger», «recibir». En este caso, por su relación con la parábola anterior, el dicho se refiere a la fecundidad expresada en v. 8, la del grano que cae en tierra buena o, equivalentemente, a la correspondencia a la invita­ción hecha en las bienaventuranzas. Los que no han dado el paso ni hecho la opción, alienados por la ideología que profesan, no producen y perderán el mensaje recibido.

 vv. 13-15. Jesús manifiesta la razón de su enseñanza en parábolas. Responde a un hecho: que las multitudes no perciben ni compren­den. Jesús no las fuerza. Hasta ahora se ha expresado y ha actuado claramente, pero la gente no ha entendido; falta así la base para con­tinuar la exposición del mensaje en toda su amplitud y radicalidad. Lo propone por eso en forma velada; las parábolas deben estimu­larlos a pensar por si mismos, a ver si de este modo llegan a cuestionarse los principios ideológicos que les impiden entender. Se repiten las circunstancias del tiempo del Isaías: el pueblo está cerrado al mensaje.

 vv. 16-17. También los discípulos ven y oyen, y deben saber apre­ciar el privilegio que supone escuchar y ver actuar a Jesús. Lo que ellos ven y oyen fue el anhelo de los profetas y de los justos. Es­tas dos categorías integran el verdadero pueblo de Dios. «Los justos» son los que aceptaron la enseñanza de los profetas y com­partieron su expectación.

Aunque Jesús dice que los discípulos ven y oyen, no afirma que perciban y entiendan. De ahí que también a ellos a veces ha­ble en parábolas. La condición para que Jesús pueda hablar claro es la adhesión a él y a su programa. Cuando les explica las pará­bolas, por propia iniciativa (13,18-23.49-50) o a petición de los dis­cípulos (13,3643), es señal de que no las han entendido, pero, al mismo tiempo, de que son capaces de aceptar el mensaje que con­tienen. Otras veces, en cambio, no se las explica: esto indica que aún existe en ellos algún obstáculo -algún aspecto de la ideología del judaísmo que los incapacita para aceptar la enseñanza con­tenida en ellas.

 v. 18. Sin reproche alguno, Jesús explica a los su­yos la parábola del sembrador. Lo que siembra el sembrador es el mensaje del reino contenido en las bienaventuranzas, en particu­lar en la primera y la última: la opción que hace entrar en el reino y la situación de persecución que la fidelidad a esa op­ción comporta. Constituye el núcleo de «los secretos del reino».

 v. 19. Mt pone cada caso en singular (Mc en plural) y, como Mc, describe cuatro actitudes posibles en el mismo hombre. No sólo hay que oír, hay también que entender. Si no se entien­de, es decir, si no se toma el mensaje por norma de conducta perso­nal, «el Malo», el tentador, lo arrebata. Son las tentaciones análogas a las de Jesús en el desierto, en particular la de gloria y poder, las que quitan el mensaje, que no deja huella en el hombre. Por otra parte, «malos» son los fariseos y los letrados y fa­riseos que piden a Jesús una señal. Como se ha visto, es la institución judía la que, con su doctrina del Mesías poderoso, encarna a Satanás. Es, pues, la ideología del poder la que anula el mensaje. Este se siembra «en el corazón», es decir, en el interior del hombre; es allí donde ha de realizarse la deci­sión. Pero el tentador lo quita antes de que ésta se realice. La expresión «junto al camino» reaparece en 20,30, referida a los dos ciegos que aclaman a Jesús como «Hijo de David», es decir, como Mesías según las categorías del judaísmo.

 vv. 20-21. Caso del hombre superficial que, aunque haga la op­ción, no se mantiene fiel a ella; corresponde al que edificó su casa sobre arena.

 vv. 22-23. Las preocupaciones de esta vida y la seducción de las riquezas están explicadas por Jesús en 6,25-34; también ellas hacen ser infiel a la opción inicial (5,3; cf. 19,23-25). El último caso, el de la tierra buena, corresponde al que fundó su casa sobre roca. Se observa el fuerte sentido del verbo «entender»: signi­fica «abrazar, hacer suyo, tomar por norma de la propia vida».

La parábola y su explicación exponen, por tanto, las posibles actitudes con que un hombre puede presentarse ante el mensaje. Son un aviso de Jesús. No da él por descontado el éxito; éste depende del hombre mismo. El reinado de Dios no va a implan­tarse sin la colaboración humana; no va a ser impuesto desde arriba ni de modo repentino; necesita ser acogido por el hombre y producir en él el fruto correspondiente. El mensaje no es aceptable sin más para todos: hace faltar estar libre, en primer lugar, de la estima y ambición del poder (19). En segundo lugar, necesita que el hombre lo haga suyo, de modo que sea inseparable de él pase lo que pase (20s). En tercer lugar, el hombre tiene que des­prenderse de todo agobio por la subsistencia y del deseo de comodidad (22). Jesús indica, por tanto, las diversas causas del fracaso del mensaje, que pueden coexistir en el mismo individuo.

 


 
IV

 El libro del profeta Isaías se divide en tres parte: la primera la podemos llamar el libro de la denuncia; la segunda el libro del anuncio y la tercera la consolación. El texto que hoy leemos pertenece a esta última sección del libro y nos da ya una pista para la interpretación del pasaje. Isaías III nos presenta una comparación que subraya el papel fundamental de la palabra de Dios para que se verifique la eficacia de su obra o acción. La palabra de Dios es entonces la lluvia que hace fecundos incluso los terrenos más áridos y duros. Se describe todo el ciclo completo del agua, desde su precipitación como gotas en las nubes, pasando por su acción benéfica en el terreno cultivado, hasta su retorno al cielo, lista para emprender de nuevo su cometido. De igual forma la palabra de Dios, que parte rauda de la boca de Dios, hace fértil el campo cultivado y realiza el cometido para el que fue enviada.

Esta comparación nos ayuda a comprender que la palabra que Dios nos comunica no gira en el vacío, sino que se dirige a los ‘terrenos cultivados’, o sea , a todas las personas que con devoción y cariño preparan su mente y sus afectos para que sea eficaz la palabra que ellos reciben de Dios por medio de los profetas. De este modo la comparación resalta dos elementos muy importantes: la palabra se dirige a los ‘terrenos cultivados’ donde la semilla ya reposa y la palabra retorna a su fuente de origen.

El evangelio de Mateo complementa esta imagen tan poderosa y sugestiva con la ‘parábola del sembrador’. En esta parábola los elementos decisivos son la excelente calidad de la semilla y la disposición del terreno. El sembrador lanza una semilla de excelente calidad y lo hace con la generosidad y esperanza de quien ama su campo de cultivo. No ahorra esfuerzo ni semillas; las coloca incluso en lugares en donde no cabría esperar ningún resultado ya que su interés no es conservar sino esperar que esa semilla haga fructificar todos los sectores de su parcela. El otro elemento decisivo, el terreno, responde de diferente manera según la ‘calidad’ de la tierra. La buena disposición de cada pedazo de la parcela constituye el factor desicivo para el éxito de la empresa. La semilla es buena, pero no siempre el terreno que responde de manera desigual.

La interpretación de la parábola que aparece en la sección siguiente del evangelio, nos da una claves poderosas de comprensión. La disposición del terreno se refiere a la actitud de las personas. Algunas se dejan cultivar y ofrecen una tierra apta donde la semilla echa raíces profundas. Otras, en cambio, ofrecen terrenos donde la semilla se pierde por exceso de dureza, por descuido, superficialidad o negligencia. Tanto el grupo representado por los buenos terrenos, como el grupo representado por los terrenos no receptivos, hacen parte de la misma parcela. Los dos están en la misma geografía, en la misma historia y en el mismo momento. No hay excusa válida para justificar la falta de acogida y de respuesta.

Esta parábola se refiere a una realidad de la comunidad cristiana sobre la que ya se había hecho una profunda recepción. En la comunidad, representada por la parcela, se encuentran terrenos, es decir personas, con diferentes actitudes y proyectos. No se puede saber de antemano que respuesta va a dar cada quien. Lo único que se sabe es que el sembrador reparte con generosidad su fértil semilla. Sin embargo, en el desarrollo del proceso de cultivo se sabe quien es apto y quien no. Pero no basados en criterios arbitrarios, sino en el fruto que cada quien muestra. La expresión ‘dar frutos’ tiene un valor muy preciso en la Biblia y se refiere siempre a la respuesta positiva del ser humano al proyecto de Dios. Pero no a cualquier proyecto presentado en nombre de Dios, sino a la propuesta de los profetas que Jesús de Nazaret ha llamado ‘reinado de Dios’. Es decir, una experiencia humana donde sea posible al amor solidario, la libertad para hacer el bien y la justicia responsable.

La parábola del sembrador nos pone en contacto con la profecía consoladora de Isaías. La palabra de Dios actúa en la historia humana en las personas que cultivan el terreno sorprendente del amor solidario, de la escucha atenta del hermano y del servicio generoso y desinteresado a los excluidos. La palabra de Dios se hace fecunda en las comunidades y personas que asumen una actitud responsable ante la historia y no permiten que la ‘buena nueva del evangelio’ se convierta en consigna barata ni en cliché de espiritualizaciones alienadoras y superfluas, sino que procuran siempre que la palabra del profeta sea eficaz en la historia.

Pablo, en la Carta a los Romanos, nos propone esta misma reflexión: la creación, el terreno fértil que Dios ha dado al ser humano en la historia (Gn 2, 4-25), aguarda con impaciencia la realización de la obra de Cristo en toda la humanidad. La propuesta de Jesús nos abre a la esperanza de un futuro en el que la Humanidad se reconoce en la justicia y en el amor solidario y no en la muerte y la guerra.

 



Para la revisión de vida

 Dios ha sembrado su palabra en mi vida. ¿Cómo la he acogido yo? ¿Se ha secado o ha fructificado? ¿Cuánto, cómo?

 

Para la reunión de grupo

Somos una generación que entiende la Biblia de forma muy diferente a como la han mirado y leído las anteriores generaciones de cristianos. Hagamos un elenco de cuáles podrían ser estas diferencias. Comentarlas después una a una.

“La Biblia no es «la» palabra de Dios” sino que “la Biblia es palabra de Dios”: comentar la distinción. (Hay muchas otras «palabras de Dios»; la Biblia puede ser -a lo más, y sólo para nosotros- la «palabra de Dios por antonomasia».

La palabra de Dios es viva y eficaz... Sugerir cuáles pueden ser «amores equivocados» hacia la palabra de Dios: una lista de posibles fundamentalismos bíblicos...

Dice san Pablo que "la creación entera gime con dolores de parto...". Se trata de un mensaje distinto de aquél del génesis, que pone a toda la naturaleza a los pies del ser humano, para que sea dominada y explotada enteramente a su servicio. Se ha acusado a la Biblia y a la tradición cristiana de tener una visión excesivamente antropocéntrica de la naturaleza... Una nueva actitud sería la de comprender que el ser humano no puede explotar la naturaleza pensando en el propio interés, sino que tiene también la responsabilidad de “cuidar” la tierra, ser no el dueño de la naturaleza sino el hermano mayor de todos los seres, que asume su responsabilidad de cuidar a los hermanos menores.

Aparte de la aplicación fácil de la parábola del sembrador, subsiste el problema de esas alusiones que Jesús parece desvelar: no se explica, para que algunos no entiendan... Comentar en el grupo qué puede significar eso...

 

Para la oración de los fieles

Por toda la Iglesia, para que su palabra sea veraz y eficaz como lo es la Palabra del Padre. Oremos.

Por todos aquellos que desprestigian sus palabras con sus hechos, para que recapaciten y hagan que su vida sea coherente con lo que anuncian y prometen. Oremos.

Por todos los que tienen la misión de predicar el Evangelio, para que anuncien una fe viva, liberadora, salvífica y transformadora de personas y sociedades. Oremos.

Por todas las personas que trabajan para dar a luz un mundo nuevo y mejor, para que continúen en la lucha sin desfallecer. Oremos.

Por todos los que sufren por cualquier causa, para que la Palabra de Dios siembre en ellos la paz y la esperanza. Oremos.

Por todos nosotros, para que tengamos cada día más abiertos el oído y el corazón a la palabra de Dios. Oremos.

 

Oración comunitaria

 Señor, que la luz de tu Palabra sea siempre guía en nuestra vida; y que tu amor germine en nosotros, para que podamos dar frutos de vida entre nuestros hermanos, de modo que todos alcancemos la libertad, el gozo y la paz. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén.

 Oh Dios, misterio inefable, cuya palabra inunda al ser humano, a todos los seres humanos, y a todo el cosmos, atrayendo hacia adentro y hacia arriba la flecha de la evolución... Queremos expresarte nuestro deseo de participar en esa marcha ascendente e interiorizante de todos los seres hacia ti, ayudados por esa palabra tuya que podemos descubrir omnipresente en toda la realidad. Tú que vives y alientas e inspiras, desde siempre, por milenios y milenios. Amén.

 

Los comentarios que se adjuntan se toman de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org