DECIMOSEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Sabiduría 12, 13. 16-19
Salmo responsorial: Salmo 85
Segunda lectura: Romanos 8, 26-27


EVANGELIO
Mateo 13, 24-43

 24Les propuso otra parábola:

-Se parece el reino de Dios á un hombre que sembró semilla buena en su campo; 25mientras todos dormían llegó su enemigo, sembró cizaña entre el trigo y se mar­chó.

26Cuando brotaron los tallos y se formó la espiga apa­reció también la cizaña. 27Los obreros fueron a decirle al propietario:

-Señor, ¿no sembraste en tu campo semilla buena? ¿Cómo resulta entonces que sale cizaña?

28É1 les declaró:

-Es obra de un enemigo.

Los obreros le preguntaron:

-¿Quieres que vayamos a escardaría?

29Respondió él:

-No, por si acaso al escardar la cizaña arrancáis con ella el trigo. 30Dejadlos crecer juntos hasta la siega. Al tiempo de la siega diré a los segadores: Entresacad primero la cizaña y atadla en gavillas para quemarla; el trigo, almacenadlo en mi granero.

31Les propuso otra parábola:

-Se parece el reino de Dios al grano de mostaza que un hombre sembró en s~ campo; 32siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece sale por encima de las horta­lizas y se hace un árbol, hasta el punto que vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

33Les dijo otra parábola:

-Se parece el reino de Dios a la levadura que metió una mujer en medio quintal de harina todo acabo por fermentar.

34Todo eso se lo expuso Jesús a las multitudes en para bolas; sin parábolas no les exponía nada, 35para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Abriré mis labios para decir parábolas,

     proclamaré cosas escondidas

    desde que empezó el mundo (Sal 78,2).

36Luego dejó a la multitud y se fue a la casa. Los discípulos se le acercaron a pedirle:

            -Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

            37Él les contestó:

            -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre; 38el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los secuaces del Malo; 39el enemigo que la siembra es el diablo, la cosecha es el fin de esta edad; los segadores, los ángeles. 40Lo mismo que la cizaña se entresaca y se quema, sucederá al fin de esta edad: 41el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, escardarán de su reino todos los escándalos y a los que cometen la iniquidad 42y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes. 43Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre.

            Quien tenga oídos, que escuche.




COMENTARIOS

 I

 DE LO PEQUEÑO Y DE LO GRANDE

La vida está llena de pequeñeces. Lo de cada día es insignificante, intrascendente, difícilmente fotografiable y publicable. Se confunde con la monotonía, lo gris, lo improductivo, lo despreciable. No es noticia.

La noticia se reserva a los hechos extraordinarios, a todo lo que está fuera de lo ordinario y, en cierto modo, desordena desencajando la vida. La atención de los medios de comunicación en sus primeras páginas está centrada fundamentalmente en los grandes acontecimientos, los logros o quiebras de la vida e historia de individuos o grupos. Cuando prestan atención a lo cotidiano, lo hacen dándole carácter de extraordinariedad ineludible.

A pesar de todo eso, habría que llegar a descubrir la grandeza de lo cotidiano;  debería haber cada semana un telediario  para amas de casa o padres de familia, para estudiantes o trabajadores, para ciudadanos sin relevancia, a los que se les propusiera en la pantalla la utopía de descubrir y aceptar la grandeza de su vida oculta, la transcendencia de su intrascendencia, la riqueza de su pobreza o de su austeridad. Tal vez habría menos frustraciones y decrecería el numero de neuróticos.

Porque si examinamos en profundidad nuestro ser de humanos, debemos reconocer, paradójicamente, que casi todas las cosas grandes, que nos hacen vivir y soñar, son pequeñas. Un apretón de manos, una sonrisa, la amistad, el amor o el encuentro con los otros son la plataforma del más grande de los sueños: la felicidad, aspiración común que se consigue a base de cosas pequeñas, aparentemente intrascendentes. Sólo quien está atento a esas insignificancias, puede comenzar una andadura de dioses. El camino de la grandeza humana pasa inexorablemente por la experiencia profunda de lo cotidiano.

Lo verdaderamente grande no es lo espectacular confundimos grandeza con espectáculo- como si la vida fuera ejercicio circense. Lo mas grande es la vida misma, con su mosaico de minucias, vivida minuto a minuto, con intensidad y en profundidad. Con esta dimensión y desde esta óptica, las cosas pequeñas se llenan de valor, se autotrascienden, se magnifican...

Jesús amaba lo cotidiano y lo pequeño: las flores, los pájaros, la amistad, la comida, los niños, los pequeños e insignificantes de este mundo. El creía en la fecundidad de lo pequeño. Y cuando quiso hablarnos de Dios y de su Reino decía: "El reino de los cielos -lo más grande- se parece a un grano de mostaza -semilla pequeña e insignificante- que un hombre sembró en su campo". Esa ínfima semilla, con el tiempo, llega a ser un arbusto que alcanza hasta cuatro metros de altura, ofreciendo cobijo a las aves del cielo. "El reino de los cielos -añadía- se parece a un puñado de levadura" que se pierde en la masa y hace que el pan resulte esponjoso y comestible.

El reino de los cielos es algo insignificante en sus inicios, pero fecundo. Con nuestra manía de grandeza, la palabra "reino" nos sugiere coronas, espadas, dominio, poderío, riqueza y honores; "los cielos" son lo inalcanzable, lo inasible, la terminal, pero nunca el comienzo o trayecto de la vida. Hemos hecho del Reino de los cielos algo dificilmente descubrible o encontrable. O está más allá y no lo alcanzamos, o si está más acá, no lo vemos. Y Jesús diría: ni más acá ni más allá; el Reino de los cielos está dentro de vosotros y comienza cuando se vive la vida en profundidad, hacia adentro, desde abajo y con los de abajo, vuelto a los demás. Empieza aquí abajo con lo intrascendente, con una sonrisa, un apretón de manos, un encuentro, la amistad, la solidaridad o el amor, con la vida misma y su monotonía cotidiana. Dejémosnos de grandezas...

 


 
II

 NI INTOLERANCIA, NI TRIUNFALISMO, NI INDIFERENCIA

Ni intolerancia ni triunfalismo; indiferencia ante los pro­blemas del mundo, tampoco. El trabajo oculto de la levadura que va haciendo fermentar a toda la masa: el compromiso fir­me y sereno de colaborar en el nacimiento de una nueva hu­manidad.

 

LA PARÁBOLA DE LA CIZAÑA

La comunidad cristiana no va a estar fuera del mundo; los problemas, las contradicciones, las servidumbres de la sociedad humana le afectarán, porque será parte de ella. Por eso no se podrá evitar que las malas hierbas, sembradas por quienes si­guen oponiéndose a un mundo de hermanos, aparezcan en la parcela en la que se intenta dar el fruto propio de quienes han optado por el reino de Dios.

La mala hierba acompañará durante mucho tiempo al buen trigo; y si se intenta arrancar por las bravas a aquélla, se pon­drá en peligro también éste. Primero porque, durante todo el período de su crecimiento, el trigo y la cizaña pueden confun­dirse: sólo se puede decir que la hierba es definitivamente mala si, cuando llega la hora de la madurez, se agosta sin dar fruto. Y en segundo lugar, porque no nos corresponde a nos­otros decidir qué se debe hacer con la hierba mala.

Con esta parábola Jesús previene a sus discípulos para que eviten un excesivo celo, para que no tengan demasiada prisa en condenar a «los malos», para que no pretendan convertirse en jueces de sus semejantes. Lamentablemente, no todos los que se llamen cristianos serán  seremos- coherentes y fieles a nuestros compromisos. Será necesaria una labor de discerni­miento; a veces no habrá más remedio que denunciar o poner fin a determinados comportamientos claramente contrarios al evangelio. Pero sin mandar a nadie a la hoguera, sin negar a nadie su oportunidad. Porque, además, la hierba de la que aquí se trata, el ser humano, puede cambiar, dejar de ser hier­ba mala y convertirse en buena.

 

EL GRANO DE MOSTAZA

Tampoco está justificado el triunfalismo. El ideal de la comunidad cristiana es ser una gran familia, cuanto más grande mejor; pero nunca un imperio.

Jesús contradice con esta parábola las esperanzas triunfa­listas de sus paisanos, de sus propios discípulos; ellos espera­ban que se cumpliera tal cual la profecía de Ezequiel (17, 22-24), que anuncia que Israel, a quien compara con un cedro frondoso plantado en un monte encumbrado y señero, volverá a ser una nación fuerte y poderosa, que dominará sobre todas las demás.

No. El reino de Dios, tal y como Jesús lo presenta, ni será una prolongación de Israel (nace de una semilla nueva, no de un esqueje del viejo árbol) ni sufre delirios de grandeza; le bastará con ser un árbol grande, más ancho que alto (sólo más alto que las hortalizas), para poder acoger a cuantos, proce­dentes de cualquier lugar, busquen la hospitalidad de su som­bra. Esa es la grandeza que quiere Jesús para el grupo de sus seguidores: una inagotable capacidad de acogida para poder ser el lugar de encuentro de todos los hombres que busquen compañía, comprensión, amor, solidaridad...

 

LA LEVADURA

Todo lo anterior no significa que la comunidad cristiana, la Iglesia, renuncie a intervenir en la marcha de la historia humana. Esa es la misión de la Iglesia: intervenir en la marcha de la historia, empujando para que esa historia marche en la dirección que señala el proyecto de Dios. Pero no de cualquier forma.

Lo que Jesús crea no es un movimiento político (quede esto claro: ni una democracia cristiana, ni un socialismo cris­tiano, ni mucho menos un fascismo cristiano). Pero, repitá­moslo, eso no significa que los problemas, las necesidades, los sufrimientos, las angustias y las justas esperanzas de los hom­bres y de los pueblos deban quedar fuera del interés y de la actividad de los cristianos.

El problema es el método. Por un lado, el evangelio no se puede imponer por la fuerza; y, por otro lado, el mensaje de Jesús no se puede reducir a una opción política más. La comu­nidad cristiana debe influir en la transformación de la sociedad humana con su vida: viviendo en medio de la sociedad humana y mostrando que es posible una manera alternativa de vivir, de tal modo que quienes, en contacto con la comunidad o con alguno de sus miembros, vayan conociendo este estilo de vida se convenzan de que esa manera de vivir es lo que realmente interesa a los hombres; y, poco a poco, pero constantemente, vaya aumentando el número de quienes adoptan el modelo de vida y de convivencia que propone Jesús.

Cuestión aparte es el compromiso político de cada uno de los cristianos, o las mediaciones sociopolíticas que puede nece­sitar el creyente para hacer eficaz su compromiso cristiano con la justicia. En esta cuestión no entramos -no la prejuzgamos, por tanto- en este comentario.

 


 
III

 vv. 24-30. Terminado el aparte con sus discípulos, vuelve Jesús a dirigirse a las multitudes (cf. 13,34). El término con que Mt introduce esta parábola y la siguiente («propuso», gr. paretheken) se encuentra en Ex 19,7 y Dt 4,44, donde Moisés propone al pueblo la Ley que lo obliga. Se trata, pues, de principios fundamentales para el rei­nado de Dios.

Mt omite la parábola de la «tierra automática» de Mc 4,26-29 y la sustituye por la del trigo y la cizaña. Al decir «otra parábola» la pone en conexión con la del sembrador. Pero así como ésta no trataba directamente del reino, sino de las actitudes del hombre ante el mensaje del reino, en la de la cizaña, en cambio, trata di­rectamente del reinado de Dios.

La presencia de malas hierbas en un campo es cosa normal. El rasgo peculiar de la parábola es que se atribuya  a un enemigo, también sembrador, que actúa clandestinamente («mientras dor­mían»). La cizaña tiene fuertes raíces, entrelazadas con las del tri­go, y, al arrancarla, podría arrancarse él trigo al mismo tiempo; Es imposible eliminar lo malo sin daño de lo bueno. En el reino hay que tolerar la presencia de lo bueno y lo malo, como Dios la tolera én su creación (5,45), respetando la libertad de los hombres. Hasta la cosecha hay que tener paciencia y dejar que crezcan juntas. La cizaña se manifiesta cuando el trigo da fruto (cf. 3,8.10; 7,17-19; 12,33; 21,43). correspondencias entre 3,12 y 13,30: uso del verbo «quemar» (katakaiô) y de «granero» (apothêkê). Jesús co­rrige, pues, la visión del judaísmo, formulada por Juan Bautista, de un juicio inmediato y definitivo. Este no se verificará en la época histórica del reinó. Los obreros, en cambio, pretenden que el juicio se realice inmediatamente.

 

vv. 31-32: Les propuso otra parábola: -Se parece el reino de Dios al grano de mostaza que un hombre sembró en su campo;  32siendo la más pequeña de las semillas, cuando crece sale por encima de las horta­lizas y se hace un árbol, hasta el punto que vienen los pájaros a anidar en sus ramas.

Segunda parábola preceptiva que corresponde a Mc 4,30-32. Comparada con la profecía de Ez 17,23, a la que se enlaza por la mención de los pájaros, muestra su sentido polémico: El rei­nado de Dios no será un gran cedro que domina a todos los ár­boles del bosque, sino un modesto arbolito que sube por encima de las legumbres de un huerto. No procederá de lo ya existente (cogollo del cedro, Ez 17,22); es una planta nueva. Para ponderar la pequeñez de algo se comparaba con el grano de mostaza. Con­traste entre la pequeñez de la semilla y el árbol que resulta. A este modesto árbol confluirán los pueblos paganos (los pájaros).

Jesús se opone así frontalmente a la esperanza de grandeza y de dominio universal propia del mesianismo nacionalista. Israel no dominará a las demás naciones ni el reinado de Dios tendrá en la historia la figura de un gran imperio. Por eso habla en parábolas, porque la multitud, imbuida de nacionalismo, no podría aceptar la exposición abierta de esta realidad.

 

vv.33: Les dijo otra parábola: -Se parece el reino de Dios a la levadura que metió una mujer en medio quintal de harina todo acabo por fermentar.

«Medio quintal»: lit. «tres sata». El saton era una medida de unos 14 kilos; en total, unos 42 kilos de harina, cantidad enorme para un pellizco de levadura. En la traducción se ha buscado un equivalente aproximado que dé la sensación de gran cantidad. «Tres medidas», sin indicar de algún modo su gran capacidad, no expre­saría la oposición que establece el texto, paralela a la del grano de mostaza con el árbol que resulta.

Eficacia de la levadura en la masa. Todo acabará por realizarse. La pequeñez del grano de mostaza y la levadura y su efecto des­proporcionado coinciden con lo expresado en 5,17s. Todo se reali­zará a partir de los mandamientos mínimos. La levadura no se confunde con la masa, pero actúa sobre ella. Esta parábola com­pleta la del grano de mostaza. No solamente hay hombres que acuden al reino, sino que la presencia de éste influye en toda la humanidad, hasta llevarla a su madurez. La mujer «mete» (lit. «ocultó») la levadura en la masa; el reinado de Dios actúa desde dentro de la humanidad misma, desde lo más profundo de ella. Así como la parábola anterior se fijaba sobre todo en su aspecto externo y visible, ésta considera su acción invisible, a la que no se puede poner límite y que no puede constatarse hasta el final. Re­fleja un poco la situación y el optimismo de la parábola de la semilla y la tierra de Mc 4,26-29, pero a nivel global.

 vv. 34-35: Todo eso se lo expuso Jesús a las multitudes en para bolas; sin parábolas no les exponía nada, 35para que se cumpliese el oráculo del profeta:

Abriré mis labios para decir parábolas,

     proclamaré cosas escondidas

    desde que empezó el mundo (Sal 78,2)..

En el hecho de que Jesús hable en parábolas a las mul­titudes ve Mt el cumplimiento de Sal 78,2; para él, todo el AT tiene valor profético (cf. 5,17; 11,13). La mención de las parábolas y de las multitudes cierra ]a inclusión abierta en 13,3. La razón de este hecho es la aducida antes por Jesús mismo: las multitudes están incapacitadas para recibir el mensaje claramente, debido a la ideología mesiánica nacionalista que espera la restauración gloriosa del reino de Israel.

"Las cosas escondidas" corresponden al secreto del reino (13,10). Nunca se había dado una revelación semejante del reinado de Dios.

Estas parábolas revelan un concepto de Dios muy diferente del que aparece en el AT. No es el Dios triunfador, sino el Dios hu­milde; dentro de la historia su obra no es esplendorosa, sino mo­desta (mostaza); no se hace sin obstáculos, sino entre ellos (cizaña). El amor es al mismo tiempo fuerte y débil. Termina aquí la instrucción a las multitudes.

 

v. 36: Luego dejó a la multitud y se fue a la casa. Los discípulos se le acercaron a pedirle: -Acláranos la parábola de la cizaña en el campo.

. Vuelta a la casa de donde había salido (13,1), es decir, a la so­ledad con el grupo de discípulos. Éstos no han comprendido la parábola de la cizaña. La explicación muestra el interés catequé­tico que esta parábola tiene para Mt.

v. 37: Él les contestó: -El que siembra la buena semilla es el Hijo del hombre...

«El Hijo del hombre» es el que siembra, y el campo es el mundo: el mensaje evangélico accesible a la humanidad entera no es el del Mesías judío, sino el del Hijo del hom­bre. El mensaje contiene así lo que es el Hijo Hombre según el proyecto creador, tanto en su dimensión individual (hijo de Dios) como so­cial (el reinado de Dios).

Jesús no explica la parábola paso por paso, se limita a dar las claves de lectura.

«El Hijo del hombre»: sembrar no era función de la figura huma­na de Dn 7,13 ni de «el Hijo del hombre» del Libro de Henoc, ni siquiera del Mesías según la idea transmitida. Al emplear Jesús esta expre­sión la vacía de toda posible alusión a un personaje determinado, mostrando que no la utiliza como título.      

vv. 38-40: el campo es el mundo; la buena semilla son los ciudadanos del Reino; la cizaña son los secuaces del Malo; 39el enemigo que la siembra es el diablo, la cosecha es el fin de esta edad; los segadores, los ángeles. 40Lo mismo que la cizaña se entresaca y se quema, sucederá al fin de esta edad...

Es curioso que la buena semilla no sea el mensaje, sino «los ciudadanos del reino». Esta expresión había aparecido en 8,12, pero aquí no se refiere a los israelitas, sino a los que han hecho suyo el mensaje de Jesús. Son los que cumplen el programa anunciado en las bienaventuranzas (5,3-10), código del reino. Frente a éstos, que trabajan por la paz (5,9) y colaboran en la obra de salvación, aparecen otros, sus antagonistas, «los secuaces del Malo», es de­cir, los que siguen el programa opuesto, sintetizado en las tenta­ciones de Jesús: los partidarios del poder, el prestigio y la riqueza. De hecho, el que hace surgir en el mundo la oposición al programa de Jesús es «el diablo», encarnación del poder en todas sus ma­nifestaciones. La victoria del reinado de Dios no es, pues, inme­diata; encuentra un constante antagonismo (cf. 5,10). Éste no es un mal que existía ya antes, sino nuevo, subsiguiente a la siembra hecha por el Hijo del hombre. No puede identificarse, por tanto, con los sistemas existentes, sino con las desviaciones que aparecen bajo el nombre cristiano. El pasaje está en relación con el de los «falsos profetas» (7,15-20); son los árboles que dan frutos malos (7,17s). La contradicción dentro de la comunidad cristiana existirá siempre mientras dure su etapa histórica, y no hay que empeñarse en so­lucionarla antes de tiempo. La separación se hace en la etapa pos­histórica inaugurada por «el fin de esta edad», que es al mismo tiempo su culminación (cf. 24,3; 28,20).

“El fin de esta edad” no ha de confundirse simplemente con «el fin del mundo». Tie­ne un aspecto individual, que coincide con la muerte física, y otro social, el fin de la historia (cf. 28,20). Con imágenes tradicionales (envío de los ángeles, destrucción de los inicuos) se describe la suerte de «los secuaces del Malo». Mt precisa quiénes son éstos: «los escándalos», producidos por la ambición de poder (el uso del abstracto alude con más claridad a 18,6-9), que hacen fallar a otros en la fe, y «los que cometen la iniquidad». Este último apelativo está aplicado por Mt a discípulos no comprometidos (7,21-23). La cizaña representa, pues, 1) a los que se arrogan un rango, despre­ciando a los demás (ambición de poder, tercera tentación), y 2) a los que usan de los dones para utilidad o prestigio propio y no para el bien de los otros (primera y segunda tentación).

v. 41: el Hijo del hombre enviará a sus ángeles, escardarán de su reino todos los escándalos y a los que cometen la iniquidad...

En este pasaje se menciona por primera vez «el reino del Hijo del hombre». Según 9,6, la autoridad compete al Hijo del hombre en la tierra. El reinado del Hijo del hombre es una manera de designar la fase histórica del reinado de Dios (cf. 16,28; 25,34: «el rey»).

v. 42: y los arrojarán al horno encendido; allí será el llanto y el rechinar de dientes.

«El horno de fuego» es imagen de la escatología judaica, equi­valente a la de la gehenna (5,22: «el quemadero»). «El llanto y el rechinar de dientes» es la suerte destinada al Israel infiel (cf. 8,12; además, 13,50; 22,13; 24,51; 25,30). La fase poshistórica del reino se llama «el reinado del Padre» (cf. 26,29).

v. 43: Entonces los justos brillarán como el sol en el reino de su padre. «Los justos brillarán» es una frase que alude a Dn 12,3; Eclo 50,7. «Los justos» equivalen a «los ciudadanos del reino» (= la buena semi­lla). No son ya «los justos» del AT (cf. 1,19; 13,17; 23,29), sino los que han practicado una fidelidad bien superior a la de los letrados y fariseos (5,20), por atenerse a las bienaventuranzas promulgadas por Jesús.

«El reino del Padre de los justos»: éstos son, por tanto, los lla­mados «hijos de Dios», los que han trabajado por la paz (5,9). Se delimita se modo el significado de «los secuaces del Malo»; son los que se han opuesto al desarrollo y felicidad del hombre por pretender poder o por desentenderse del prójimo.

v. 43b: Quien tenga oídos, que escuche...

Jesús añade este aviso, mostrando la importancia de la explicación dada. Esta es una advertencia a los suyos. En realidad, cualquier discípulo puede convertirse en cizaña: basta que ceda a la instigación del «diablo», al ansia de poder y prestigio en la comunidad. La suerte que le espera es la destrucción.

 


 
IV

 Hoy, como en tiempos de Jesús y durante toda la historia de la humanidad, solemos dividir y “organizar” aparentemente la sociedad con criterios que consideramos muchas veces correctos: buenos y malos deben estar separados y puestos en extremos opuestos.

Esta práctica de dividir entre buenos y malos, era frecuentemente aceptada por muchos grupos en el tiempo de Jesús por diversos criterios religiosos (fariseos y esenios) igualmente que por los grupos económicos y políticos (herodianos, saduceos y celotes), pues todos ellos veían como opositores a quienes no pensaban, creían u opinaban según sus mismos criterios.

Jesús sabía que Dios está en todas partes y a todos acoge, y lo expresa simbólicamente, sembrando respeto por los demás y creando paciencia y esperanza frente a aquellos seres humanos que se han demorado en alcanzar niveles de humanidad suficientes en igualdad y justicia, por el egoísmo que empobrece y empequeñece nuestra humanidad. Jesús llama a la apertura de la mente y el corazón para acoger con esperanza (no pasivamente y con indiferencia) a quienes aparecen ante nuestra forma de vida como diferentes (que solemos catalogar como “malos”). Necesitamos tener apertura para acoger con pluralismo la diferencia, que siempre va a estar presente en nuestra humanidad.

No hay que ignorar en la parábola de la cizaña la presencia del mal en la historia, como lo reconoce Jesús en la presencia del enemigo que siembra la cizaña en el campo. Quiere llamarnos la atención de que no hay que buscar con afán, y posiblemente confundir la semilla buena con la semilla mala. Muchas veces dividir la humanidad entre buenos muy buenos, y malos muy malos, ofreciendo el premio de la salvación para los primeros y la condenación para los segundos, puede ocasionarnos equivocaciones irreparables. Sólo a Dios le corresponde juzgar, con inmensa justicia y misericordia, a cada ser humano, como sólo Dios lo sabe hacer.

Por creernos muchas veces con el poder y la autoridad, nos atribuimos en nuestra conciencia actitudes que excluyen y separan a unos de otros; nuestra autosuficiencia egoísta separa en la práctica cotidiana a personas que por su situación socio-económica o ideológica, son marginados y excluidos por una sociedad dividida en el poder, olvidando que todos y todas somos hermanos y hermanas que compartimos una misma humanidad.

El Reino debe implicar para el seguidor de Jesús una acción transformadora en la vida cotidiana, que llegue hasta lo más profundo del actuar de cada ser humano, y el llamado permanente a la búsqueda y construcción de un mundo más humano, no sólo para unos pocos, sino para todos. Las estructuras basadas en la injusticia no crean el bien necesario para que el mundo avance, sino que generan más muerte y división en la humanidad, atacando con su fuerza destructora cualquier propuesta alternativa de construcción de una nueva humanidad.

No podemos olvidar que la buena noticia que Jesús vino a anunciar (el Reino) es una Buena Nueva para los pobres, en la que de ahora en adelante Jesús y sus discípulos lucharán por una sociedad igualitaria. Comprender el valor de lo pequeño, de lo pobre, como opción fundamental de Jesús y de quienes proseguimos su causa, debe ser una denuncia permanente contra tantas formas de opresión y marginación de estructuras injustas que deshumanizan a tantas personas y comunidades, en donde vive ocultamente el valor de la grandeza del Reino cuando se construye organización y se promueven los valores del Reino.

 Dicho esto, abordemos un segundo nivel más crítico en este comentario.

Esta parábola puede resultar alienante si se toma como una invitación a la inactividad, o a la suspensión de nuestra responsabilidad, para dejarla en las manos de Dios: él sería quien al final de la historia, más allá de la historia, debiera poner las cosas y las personas en su lugar... Esta idea de un Dios «premiador de buenos y castigador de malos», que contabiliza nuestras acciones y por cada una de ellas nos dará un premio o un castigo, ha sido una idea central de la cosmovisión cristiana clásica. El miedo a la condenación eterna, pieza central de la bóveda de la cosmovisión cristiana clásica medieval y barroca, está en la misma línea. ¿Qué decir de todo ello hoy?

Es obvio que conforme pasa el tiempo estas convicciones fundamentales del pensamiento cristiano van pasando a segundo plano, dejan de estar presentes, no se mentan, incluso se evitan positivamente... Diríamos que ésa es una manifestación más del famoso «eclipse de lo sagrado» que se da en nuestra sociedad moderna. Si nuestros abuelos y sus generaciones anteriores vivieron en una sociedad que transparentaba la eternidad, la vida del más allá, con sus evidentes y lógicos premios y castigos, hoy vivimos, por el contrario, en una sociedad –y con una epistemología- en la que nos es difícil imaginar y pensar la vida del más allá de la muerte, los premios y los castigos de Dios, la separación post mortem del trigo y de la cizaña.

No vamos a pretender aquí resolver el asunto, ni abordar el tema en profundidad. Sólo queremos llamar críticamente la atención sobre él haciendo algunas afirmaciones.

Sea la primera la de reconocer que ya no se puede seguir hablando del más allá con la ingenuidad y la rotundidad con la que durante siglos se ha hablado: el tema merece una revisión profunda, y en todo caso no permite las afirmaciones clásicas con su escandalosa simplicidad.

Buena parte de las descripciones de los premios y castigos eternos hoy aparecen como antropomorfismos insostenibles, respecto a los que no sólo merece la pena no dar más pábulo, sino que es importante también reconocerlos explícitamente como tales, liberando de ese modo la fe de la obligación de compartir esas creencias mitológicas.

Es necesario tomar conciencia de la urgencia de una revisión a fondo de la posición de la fe cristiana respecto al más allá. Habitualmente hemos dado por bueno y por supuesto el dato de la vida más allá de la muerte, como si fuera un artículo de fe obvio, indiscutible. Y en efecto, normalmente ha quedado enteramente fuera de las crisis renovadoras de la fe en las décadas pasadas. El Concilio Vaticano II y su renovación simplemente envió a la trastera el conjunto de imágenes medievales y barrocas que aún estaban en circulación, y propició una relectura de la escatología en la línea del personalismo y del existencialismo, que realmente supusieron una brisa de aire fresco. La teología de la liberación, por su parte, simplemente añadió una lectura histórico-escatológica de la realidad (caminamos hacia el Reino) y la perspectiva de la opción por los pobres (redescubiertos como los «jueces escatológicos universales», Mt 25, 31ss), pero dejó intactas las afirmaciones centrales, sin llegar siquiera a plantearse su cuestionamiento (el libro exponente máximo de la escatología de la teología de la liberación es «Hablemos de la otra vida», de Leonardo BOFF, Sal Terrae, Santander, 1978).

Hoy, el nuevo paradigma de «revisión del sentido y la identidad misma de la religión», exigen dejar de vivir de rentas, dejar de repetir incuestionadamente lo de siempre, y plantearse de nuevo las preguntas más radicales: ¿existe realmente la vida más allá de la muerte? ¿Nos ha sido realmente revelada? ¿Cuándo, dónde, cómo? ¿Forma parte del contenido mismo de la fe cristiana? ¿Se puede ser cristiano aceptando la inseguridad y la oscuridad que la ciencia actual confiesa respecto a este tema?

Ciertamente, no son preguntas para el hombre y la mujer de la calle que prefieran seguir viviendo en una edición renovada de la «fe del carbonero». No son tampoco preguntas a difundir imprudentemente, ni trofeos para exhibirse como abanderado de la crítica y el esnobismo. Pero son preguntas que los responsables han de plantearse alguna vez en la intimidad de su fe, para que sondeando la dificultad del misterio, tomen la determinación de ser muy respetuosos en su lenguaje y no seguir viviendo de las rentas de afirmaciones que hoy son de hecho tan increíbles como incuestionadas, tan insostenibles como irresponsables.

El tema sólo está iniciado. Invitamos al lector a tirar del hijo y seguir profundizando, tanto desde el estudio de la teología como en su oración y su fe.

 



Para la revisión de vida

 El Reino de Dios se nos presenta en el evangelio como una comunidad de trigo y de cizaña, de justos y pecadores; o mejor aún: como una comunidad de personas a la vez justas y pecadoras. ¿Admito que yo pertenezco a la humanidad, y a la Iglesia, con mis obras buenas y malas, con mis pecados y virtudes? ¿Sé tener paciencia conmigo mismo y con los demás, como el amo del campo de la parábola?

 

Para la reunión de grupo

Caer en la cuenta de que la fe en la resurrección y en la vida eterna no es un dato supuesto y evidente en la sociedad actual. Buscar en internet (y otros medios) datos sobre esta fe, estadísticas de encuestas. ¿Qué cree la gente «normal»? Traer al grupo esta información y comentar entre todos. [Cf los datos que se aportan en uno de los ítems «para la reunión de grupo» del domingo próximo, aquí en este mismo Servicio Bíblico Latinoamericano»].

¿Qué dice la ciencia actual respecto al más allá de la muerte? ¿Existe alguna compatibilidad, intercomunicación, entre la creencia clásica cristiana en el más allá y la ciencia actual?

¿Qué dicen las ciencias de las religiones sobre la creencia en la inmortalidad o la fe en la vida eterna? ¿Cómo se formó esa creencia? ¿Qué peso de validez objetiva tiene? ¿Es una proyección de nuestros deseos o es un dato de la realidad con el que debemos contar?

La fe en el cielo y en el infierno –dejemos por un momento a un lado el purgatorio, y no mentemos siquiera el limbo-, ¿forman parte de la fe cristiana esencial? ¿Se puede ser cristiano sin creer en ellos?

 

Para la oración de los fieles

Por todo el Pueblo de Dios, para que sea testigo vivo y eficaz de la presencia de Dios en medio del mundo. Roguemos al Señor.

Por todas las personas de buena voluntad que, desde cualquier credo o ideología, trabajan por el progreso del mundo, para que el Padre aliente y sostenga sus esfuerzos. Roguemos...

Por los evangelizadores, que quieren ser levadura en medio del mundo, para que aumenten en cantidad y en calidad. Roguemos...

Por todos los que tienen poder y autoridad de cualquier tipo, para que los utilicen en bien de sus subordinados y no en provecho propio. Roguemos...

Por las Iglesias perseguidas por su fidelidad al Evangelio, para que encuentren pronto situaciones de libertad y respeto. Roguemos...

Por todos y cada uno de nosotros, para que seamos se embajadores de buena semilla y tolerantes con todos. Roguemos...

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre nuestro, que vienes hasta nosotros en Jesús de Nazaret, en su palabra y en sus obras; queremos darte las gracias por esa presencia tuya en medio de nosotros; que ella nos ayude a profundizar en nuestra vida cristiana para que tengamos una fe cabal que nos haga vivir conforme a lo que creemos. Nosotros te lo pedimos por Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro. Amén

 O bien:

 Oh Dios, misterio insondable en el que los humanos, desde sus orígenes biológicos ancestrales, han proyectado la necesidad que siempre han sentido de que la justicia/injusticia terrena sea completada y confirmada más allá de su muerte. Ayúdanos a comprender qué es lo que esta «exigencia absoluta de justicia» significa, y qué de la Realidad (tuya y nuestra y del cosmos) respalda la veracidad de nuestros sentimientos y pretensiones. En todo caso, aceptamos vivir y ser en y ante el misterio que eres y que somos. Nosotros te lo expresamos recorriendo el camino que nos ayuda a abrir Jesús, hijo tuyo y hermano nuestro, en comunión con todos los hombres y mujeres buscadores de tu rostro milenios adentro en la historia. Amén.


Los comentarios que se adjuntan se toman de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org