VIGÉSIMO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Isaías 56, 1. 6-7
Salmo responsorial: Salmo 66
Segunda lectura: Romanos 11, 13-15. 29-32
 

EVANGELIO
Mateo 15, 21-28

 21Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22y hubo una mujer cananea, de aquella región, que salió y se puso a gritarle:

-Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo.

23É1 no le contestó palabra. Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle:

-Atiéndela, que viene detrás gritando.

24Él les replicó:

-Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel.

25Ella los alcanzó y sé puso a suplicarle:

-¡ Socórreme, Señor!

26Jesús le contestó:

-No está bien quitarle el pan a los hijos para echár­selo a los perros.

27Pero ella repuso:

-Anda, Señor, que también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos.

28Jesús le dijo:

-¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas.

En aquel momento quedó curada su hija.




COMENTARIOS

I

  UN MUNDO DE PERROS

Los humanos tenemos la tremenda manía de colocarnos mutuamente etiquetas. Y las etiquetas que nos ponemos son como caricaturas que resaltan una de nuestras facetas, la más destacada. Hay quien nace bueno o malo, listo o torpe, marginado o integrado en la sociedad, y campea por la vida y de por vida como si estuviera obligado a ejercerlo ininterrumpidamente. Si se sale del papel, cae en desgracia.

 En las películas del Oeste, más dañinas que los desnudos escénicos, desde los primeros fotogramas se presenta un protagonista -el bueno- y su antagonista -el malo- luchando frente a frente. Algo similar ocurre en las poco afortunadas películas de indios y americanos. Desde niños nos habían metido tan dentro la bondad de los americanos y la maldad de los indios, que parecía imposible invertir los papeles. La historia, pienso, la escriben los conquistadores para afirmar su poderío. Y ellos asignan el papel que cada país o raza tiene que representar en la escena mundana.

 "Buenos y malos". Hemos partido el mundo en dos, con un muro berliniano infranqueable entre ellos. Dos mundos que se rechazan en bloque sin reconocer que los buenos pueden tener algo de malo, y los malos, de bueno. Pero no hay que alarmarse. Esto viene de antiguo. Siempre existieron dos mundos.

 Cuenta el Evangelio que Jesús salió un día de su país hacia la región de Tiro y Sidón. Una mujer pagana se le acercó para pedirle la curación de su hija endemoniada. Jesús, participando de Is mentalidad de la época, respondió a su súplica de un modo un tanto descortés: "No está bien echar a los perros el pan de los hijos". "Los perros" era el término despectivo e injurioso con que los judíos designaban a los paganos, oficialmente malos. El mundo andaba ya dividido en bloques, como hoy.

 Y fue precisamente una mujer pagana, un perro, la que hizo cambiar a Jesús de modo de pensar. "Tienes razón, Señor, le dijo. Pero también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de los amos". También los oficialmente tratados de malos tenemos derecho a vivir y a gozar de la salud. También los endemoniados paganos.

 Jesús se rindió ante la evidencia. Las flores pueden nacer en los estercoleros y, a veces, más bellas, por más abono natural. Las dificultades forjan los espíritus más aguerridos. "Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas -apostilló el Maestro.

 Curando a su hija, Jesús sentó las bases para hacer de los dos mundos -judío y pagano- uno. No hay ni buenos ni malos oficiales. Son las obras, la fe en aquel caso, quienes hablan de la bondad o maldad de las personas. Y son malos todos aquellos que, por su bondad oficial y reconocida, etiquetan de malos a los que no son como ellos. Por este camino convertimos nuestro mundo en un mundo de perros...

 


 
II

 HAY QUE REBELARSE

No se puede soportar resignadamente la injusticia. Los que dicen que el mundo está organizado de acuerdo con la volun­tad de Dios y que hay que resignarse con el lugar que él ha señalado a cada uno, o no conocen el mensaje de Jesús o, sen­cillamente, mienten. Ante la injusticia hay que rebelarse, o no se podrá participar de la liberación que ofrece Jesús.

 

UN EVANGELIO DIFÍCIL

Es chocante la lectura del evangelio de este domingo. En una primera lectura es casi imposible ponerlo de acuerdo con el resto del evangelio.

Jesús ha vuelto a dejar claro, una vez más, en una polé­mica con los letrados de Jerusalén (Mt 15,1-20), que las tradi­ciones de los judíos, y concretamente aquellas que favorecen la incomunicación entre los hombres (por ejemplo, la doctrina sobre lo puro y lo impuro), o las que justifican la insolidaridad (la costumbre de ofrecer una limosna al templo para, en ade­lante, quedar descargado de la obligación de atender a los pa­dres ancianos), no tienen valor alguno y que lo verdaderamen­te importante es el hombre, su corazón, su interior. ¿Cómo se entiende que, inmediatamente después, Jesús se encuentre con una mujer que lo busca angustiada porque tiene a su hija en­ferma y la desprecie porque no es judía?

 

UNA MUJER RESIGNADA

Por la manera de presentarla, esta mujer, aunque no es judía de raza, vive de siempre en Palestina y conoce las tradi­ciones del pueblo de Israel; no se explicaría, si no es así, que llamara a Jesús «Hijo de David»: «Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi 'hija tiene un demonio muy malo».

Sorprende la aparente indiferencia de Jesús, que continúa caminando sin hacer caso a los gritos de la mujer. Sólo se de­tiene ante el ruego de los discípulos: «Atiéndela, que viene detrás gritando». La respuesta de Jesús desconcierta todavía más: «Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel».

Jesús no aceptaba el título «Hijo de David» que los israe­litas daban al Mesías porque suponía un mesianismo naciona­lista, violento y realizado desde el poder. Y lo que parece que más le irrita en este episodio es que sea precisamente la vícti­ma de esa ideología excluyente quien la haya asumido como propia: la mujer, por no ser del pueblo del que David fue rey está considerada como una persona de segunda categoría. Y ella se resigna ante esa situación, la acepta, no la discute, no se rebela ante la injusticia.

Al decir «Me han enviado sólo para las ovejas decarriadas de Israel», Jesús no está expresando su pensamiento, sino el de aquella mujer y, seguramente, el de sus mismos discípulos.

 

CON MUCHO AMOR, CON MUCHA FE

Sólo entendiéndolas así tienen algún sentido las palabras de Jesús; y si se tomaran como expresión de su pensamiento, la segunda intervención de Jesús sería, en él, todavía más in­comprensible que la primera.

Ante la insistencia de la mujer: «¡Socórreme, Señor!», Je­sús replica con esta frase: «No está bien quitarle el pan a los hijos para echárselo a los perros». No, éste no es el mismo Jesús que había atendido ya a un pagano, un centurión de la legión romana que se había dirigido a él pidiéndole la salud de un criado suyo (Mt 8,5-14); que había liberado de su aliena­ción (de sus demonios) a dos endemoniados paganos (8,28-9,1); que había acogido entre sus discípulos a un recaudador de impuestos (Mt 9,9-12). Decididamente, no. Jesús no piensa así. Está dando una lección a aquella mujer y a todos los pre­sentes: si uno acepta la esclavitud, la discriminación, la margi­nación sin rebelarse, éstas son las consecuencias.

 Jesús no va a dejar desamparada a aquella mujer. Ante todo porque Jesús nunca pasa indiferente ante el dolor huma­no; y luego porque en aquella mujer hay dos valores que es necesario resaltar y potenciar.

 El primero es su amor. El amor hacia su hija, que es quizá lo que, equivocadamente, la lleva a adoptar aquella actitud conformista y resignada: tiene a su hija enferma y está dis­puesta a hacer por ella todo lo que sea necesario.

 En segundo lugar, la resignación no ha apagado del todo su deseo de liberación, y ella ha descubierto en Jesús y en su mensaje el camino más seguro hacia la libertad. La enfermedad de aquella chiquilla es en realidad la mentalidad que refleja la resignación de su madre: la aceptación de que hay, y tiene que seguir habiendo, diferencias entre los seres humanos. La mujer no discute esta idea, pero parece pedir a Jesús que no se la tome al pie de la letra: «Anda, Señor, que también los perros comen las migajas que caen de la mesa de sus amos». Anda, Señor -parece decir la mujer cananea-, no niegues algún tipo de participación en tu proyecto a los que no pertenecemos a Israel. Deja que caminemos contigo hacia la libertad, haz para nosotros un poco de sitio en tu casa...

Jesús, entonces, valora este atisbo de rebeldía interpretán­dolo como una importante manifestación de fe: « ¡ Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas». Y le concede todo lo que le pide: «En aquel momento quedó curada su hija».

 


 
III

 vv. 21-23: Jesús se marchó de allí y se retiró al país de Tiro y Sidón. 22y hubo una mujer cananea, de aquella región, que salió y se puso a gritarle: -Señor, Hijo de David, ten compasión de mí. Mi hija tiene un demonio muy malo. 23É1 no le contestó palabra.

La violenta ruptura de Jesús con la doctrina oficial, des­crita en el episodio anterior, lo lleva a salir del país judío.

Es allí donde se encuentra una mujer cananea. Se llamaban cananeos los fenicios que vivían en el territorio ocupado después por los hebreos. Esta designación ar­caica indica que la mujer, aunque pagana, vive entre las israelitas (Mc, «griega», es decir, pagana, «fenicia de Siria»).

Por eso se dirige a Jesús llamándolo «Hijo de David»; muestra así conocer la tradición judía (cf. 9,27; 12,23). Con ello reconoce que la misión de Jesús se limita a Israel. El título de «Señor» es el que dan a Jesús sus discípulos (14,28.30).

vv. 23-26: Entonces los discípulos se le acercaron a rogarle: -Atiéndela, que viene detrás gritando. 24Él les replicó: -Me han enviado sólo para las ovejas descarriadas de Israel. 25Ella los alcanzó y sé puso a suplicarle: -¡ Socórreme, Señor!

«Atiéndela» (en griego, apolyson autên). El verbo significa no sólo «despedir/despachar», sino también atender a una súplica, conce­der una gracia; cf. Mt 18,27. La réplica de Jesús a los discípulos indica ser éste el sentido del texto. «Las ovejas descarriadas», cf. Ez 34,4.6.16; Jr 10,21; Sal 119,176.

La condición de «Hijo» depende de la fe de la persona (cf. 9,2). La aparente repulsa de Jesús estimula la fe de la mujer pagana. Aun reconociendo que no tiene derecho a pedir ayuda, espera ob­tenerla. Como en el caso del centurión (8,10), la fe le obtiene la curación, en espera de la salvación definitiva.

La integración de los paganos en el reino, o, lo que es lo mismo, en el Israel mesiánico, tendrá lugar después de la muerte de Jesús.

Existe un paralelo con el caso del endemoniado sordo y mudo (12,22). En ninguno de los dos pasajes se dice que Jesús expulse al demonio, pero el individuo queda curado. En ambos casos, el demonio o ideología que posee a la persona es la del privilegio de Israel (12,23; 15,22: [el] hijo de David); tampoco la mujer cree en la igualdad de Israel y los paganos; ella misma se considera in­ferior.

vv. 26-28: Jesús le contestó: -No está bien quitarle el pan a los hijos para echár­selo a los perros. 27Pero ella repuso: -Anda, Señor, que también los perros se comen las migajas que caen de la mesa de sus amos. 28Jesús le dijo: -¡Qué grande es tu fe, mujer! Que se cumpla lo que deseas. En aquel momento quedó curada su hija.

La respuesta brusca de Jesús la lleva a afirmar que la compa­sión está por encima de la discriminación entre pueblos. Sólo en­tonces Jesús cura a la hija. El caso de la mujer es semejante al del centurión que impide a Jesús entrar en su casa. Uno y otra se consideran inferiores a Israel, pero, a pesar de eso, ambos reco­nocen en Jesús una bondad que supera los límites de este pueblo. Esta fe obtiene la curación. Por eso, la frase final en cada episodio (8,13; 15,28) es la misma.

La cananea y su hija, como el paralítico y sus portadores, son dos personajes que representan a un mismo actante, aquí el paganismo. El estado de la hija figura la condición de los paganos, poseídos por una ideología contraria a Dios; la petición de la madre repre­senta el anhelo de encontrar salvación en Jesús.

 


 
IV

 A la vuelta del exilio, los discípulos de Isaías recobran las enseñanzas del profeta del siglo VII y proponen al nuevo Israel, en proceso de formación, que se abra a los valores de la universalidad y el ecumenismo. La apertura, sin embargo, no se basa en un compromiso diplomático ni en una ilusión quimérica sino en la causa universal de la Justicia. La tercera parte del libro de Isaías no propone que todas las religiones de su época se reúnan bajo la única bandera del pontificado de Jerusalén, sino que el pueblo que está naciendo después de cincuenta años de exilio sea el aglutinador de las aspiraciones más legítimas de la humanidad.

Los discípulos de Isaías son conscientes del peligro que subyace al nacionalismo exacerbado. La unidad étnica, cultural e ideológica de un pueblo no le da derecho a despreciar a los demás, bajo el pretexto de una falsa superioridad. Cada pueblo puede sólo ser superior a sí mismo en cada momento de la historia. Y esta superioridad consiste en transformar todas las decadentes tendencias centralistas, alienadoras y clasistas, en una consciencia de sus propias potencialidades de apertura universalista y de esfuerzo de comunión.

El nuevo Templo, como símbolo de la esperanza y la resurrección de un pueblo, debía convertirse en una institución que animara los procesos de integración universal. El Templo, como casa de Dios, debía estar abierto a los creyentes en el Dios de la Justicia y el Amor, cuya religión se inspira en el respeto por los más débiles y en la defensa de los excluidos.

Sin embargo, esta propuesta no tuvo casi ninguna resonancia y se convirtió en un sueño, en una esperanza para el futuro, en una utopía que impaciente aguarda a su realizador. Cuando Jesús expulsa a los mercaderes del Templo proclama a voz en cuello «mi casa será casa de oración», la propuesta del libro de Isaías. El Templo, aun desde mucho antes de que apareciera Jesús, se había convertido en el fortín de los terratenientes y en el depósito de los fondos económicos de toda la nación. Había pasado de ser patrimonio de un pueblo a ser una cueva donde los explotadores ponían a salvo sus riquezas mal habidas. El enfrentamiento con los mercaderes tenía por objetivo no sólo reivindicar la sacralidad del espacio, sino, sobretodo, la necesidad de devolverle al Templo su función como baluarte de la justicia y de la apertura económica. Los guardias del templo cerraban el paso a los creyentes de otras nacionalidades, pero abrían las puertas a los traficantes que venían a hacer negocios sucios.

En ese proceso de ruptura con la decadencia del Templo y con la élite que lo manipulaba se enmarca el episodio de la mujer cananea. Jesús se había retirado hacia una región extranjera, no muy lejos de Galilea. Las fuertes presiones del poder central imponían fuertes limitaciones a su actividad misionera. Su obra a favor de los pobres, enfermos y marginados encontraba una gran resistencia, incluso entre el pueblo más sencillo y entre sus propios seguidores. El encuentro con la mujer cananea, doblemente marginada por su condición de mujer y de extranjera, transforma todos los paradigmas con los que Jesús interpretaba su propia misión. La mujer extranjera rompe todos los esquemas de cortesía y buen gusto que en las sociedades antiguas tenían un carácter no sólo indicativo sino obligatorio. Existían reglas estrictas para controlar el trato entre una mujer y un varón que no fuera de la propia familia. Los gritos desesperados de la mujer y sus exigencias ponían los pelos de punta no solo a los discípulos sino al evangelista que nos narra este relato. Con todo, la escena nos conmueve porque muestra cómo la auténtica fe se salta todos los esquemas y persigue, con vehemencia, lo que se propone.

Los discípulos, desesperados más por la impaciencia que por la compasión, median ante Jesús para ponerle fin a los ruegos de la mujer.  El evangelista, entonces, pone en labios de Jesús una respuesta típica de un predicador judío: «Sólo me han enviado a las ovejas descarriadas de Israel», para explicar cuál debería ser la actitud de Jesús. Por fortuna, la mujer, haciendo a un lado los prejuicios raciales ajenos, corta el camino a Jesús y lo obliga a dialogar. Cuál no sería la sorpresa de Jesús al encontrar en esta mujer, sola y con una hija enferma, una fe que contrastaba con la incredulidad de sus paisanos. Como Elías al comienzo de su misión, Jesús comprende que aunque la misión comienza por casa, no puede excluir a aquellos auténticos creyentes en el Dios de la Solidaridad, la Justicia y el Derecho. Por esta razón, su palabra abandona la pedantería del discurso nacionalista y se acoge a la universal comunión de los seguidores del Dios de la Vida.

Pablo, en la misma línea, abandona los inútiles esfuerzos por abrir a Israel a la esperanza profética y acepta la propuesta de los creyentes de otras naciones que están dispuestas a formar las nuevas comunidades abiertas, ecuménicas y solidarias.

En nuestro tiempo continuamos sin romper con tantos mecanismos que marginan y alejan a tantos auténticos creyentes en el Dios de la Vida, únicamente porque son diferentes a nosotros por su nacionalidad, clase social, estado civil o preferencia afectiva. ¡Esperemos que alguna buena mujer nos dé la catequesis de la misericordia y la solidaridad!

Por lo que se refiere a la misión «misionera» de los cristianos, bien sabemos que la letra del texto del evangelio de hoy bien podría inducirnos a error, pues hoy día la misión no puede estar centrada en ninguna clase restrictiva de ovejas, ni las de Israel, ni las del cristianismo,ni mucho menos las «católicas». La misión ha roto todas las fronteras, y sólo reconoce como objetivo el reinado del Dios de la Vida y de la Justicia. La misión ya no es ni puede ser chauvinista, porque hoy no cabe entenderla sino como «Misión por el Reino», por la Utopía del Reinado del Dios de la Vida, que es siempre un Dios inabarcablemente plural en sus manifestaciones, en sus revelaciones, en sus caminos...

 



Para la revisión de vida

 En ésta y otras ocasiones, Jesús alaba la «fe» de un «extranjero», o sea, de una persona que no era judía, que tenía «otra religión». ¿Cómo está nuestra capacidad de reconocer y hasta de admirar los valores –religiosos incluso- que viven otras personas que no son de nuestra religión? ¿Cómo valoramos el mundo islámico, los emigrantes, los no creyentes, los agnósticos...?

 

Para la reunión de grupo

Me han enviado sólo a las ovejas descarriadas de Israel. Probablemente Jesús no dijo tal cosa en respuesta a que una extrajera le pidiera un milagro… El texto recoge una composición elaborada tratando de responder más bien al pensamiento de la primitiva comunidad cristiana. Pero en todo caso, el evangelio presenta signos de que Jesús tuvo tal vez una primera etapa no universalista, una etapa limitada en su perspectivas a Israel. ¿Cómo explicarlo? ¿Diríamos que Jesús fue creciendo... no sólo «en edad sabiduría y gracia», sino también en teología y en conciencia misionera...?

La mujer cananea es uno de los varios casos que aparecen en el evangelio en que Jesús alaba la fe de personas que no son miembros del Pueblo de Dios e incluso las pone por encima de los miembros del pueblo de Dios. Sobre esto cabe preguntarnos: ¿Es que en el Pueblo de Dios, «ni son todos los que están, ni están todos los que son»?

Un paso más: ¿Es que hay sólo un Pueblo de Dios, o habrá muchos Pueblos de Dios?

La teología actual de la «misión» acentúa que la misión no tiene como objetivo «convertir a otros a nuestra religión», sino –como no podía ser de otra manera, siguiendo a Jesús- construir el Reino de Dios. Es Misión-por-el-Reino. Comentar esto subrayando las diferencias con las antiguas concepciones de la misión.

 

Para la oración de los fieles

Para que, como Jesús, seamos capaces de ver la «fe» y los admirables valores religiosos de muchos hermanos y hermanas que no pertenecen al Pueblo de Dos. Roguemos al Señor.

Para que tengamos una mente abierta, un corazón generoso y una esperanza optimista. Roguemos...

Para que el mundo actual se embarque hacia la superación de los enfrentamientos étnicos y culturales. Roguemos...

Por la paz en la tierra de Jesús, Palestina, Israel; para que se llegue pronto a una solución que contemple los derechos de todos. Roguemos...

 

Oración comunitaria

 Oh Dios de todos los pueblos, que has escogido y llamado a todos para que cada uno se encontrara contigo por su propio camino, el camino ancestral por el que tú le has acompañado siempre con cariño paterno y cercanía materna. Danos el optimismo de la fe que sabe descubrir la presencia del Reino y de la «fe» también en los hombres y mujeres de otros Pueblos que hasta ahora nos han parecido equivocadamente «alejados». Ayúdanos a hacer nuestros la esperanza y el optimismo que Jesús nos manifiesta en el Evangelio. Nosotros te lo pedimos apoyados en el ejemplo de Jesús, hijo tuyo, hermano nuestro. Amén.


Los comentarios que se adjuntan se toman de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org