VIGESIMOPRIMER DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Isaías 22, 19-23
Salmo responsorial: Salmo 137
Segunda lectura: Romanos 11, 33-36
 

EVANGELIO
Mateo 16, 13-20

 13Al llegar a la región de Cesarea de Filipo, Jesús preguntó a sus discípulos:

-¿Quién dice la gente que es el Hijo del hombre?

14Contestaron ellos:

-Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jerernías o uno de los profetas.

15E1 les pregunto:

-Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?

16Simón Pedro tomó la palabra y dijo:

-Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo.

17Jesús le respondió:

-¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás! Porque eso no ha salido de ti, te lo ha revelado mi Padre del cielo. 18Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad y el poder de la muerte no la derrotará. 19Te daré las llaves del reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que des­ates en la tierra quedará desatado en el cielo.

            20Y prohibió a sus discípulos decir a nadie que él era el Mesías.




COMENTARIOS

 I

 LASTRE DE SIGLOS

Mientras la larga fila de cardenales de anacrónico y pomposo atuendo se postraba ante Juan Pablo II para rendirle pleitesía y obediencia en el día de la inauguración de su pontificado, la coral del Vaticano repetía sin cesar: "Tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y el poder de la muerte no la derrotará. Te daré las llaves del Reino de Dios; así, lo que ates en la tierra quedará atado en el cielo, y lo que desates en la tierra quedará desatado en el cielo". Son palabras de Jesús a Pedro. Con anterioridad el Maestro nazareno había preguntado a sus discípulos: "Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?". Pedro, como portavoz del grupo, se adelanto. en la respuesta: "Tú eres el Mesías, el hijo de Dios vivo

 Las palabras de Jesús a Pedro se han interpretado de un modo excesivamente personalista, aplicadas en exclusiva al Papa durante siglos. El absolutismo histórico del sucesor de Pedro -del que quedan aún restos en la persona del actual Pontífice- su personalismo y autoritarismo se han basado en una abusiva interpretación de las mismas. Por eso conviene precisar qué es lo que Jesús prometió y a quién.

 En primer lugar hay que decir que el poder de atar y desatar, simbolizado en la entrega de llaves, reside en todo el grupo de discípulos y no sólo en Pedro. Lo que Jesús prometió a Pedro, se lo concedería más tarde a todos los discípulos. Lo leemos en el Evangelio de Mateo (18,18): "Os aseguro que todo lo que atéis en la tierra quedará atado en el cielo, y todo lo que desatéis en la tierra quedará desatado en el cielo".

 En segundo lugar, Pedro es la piedra sobre la que Jesús edificará la Iglesia, en la medida en que hace de portavoz y expresa la fe de un grupo de discípulos que reconoce en Jesús al Mesías, al hijo de Dios vivo. Dicho de otro modo, la afirmación de Pedro "Tú eres el Mesías", y no su persona, débil y voluble, es la piedra sobre la que Jesús -y no Pedro- edificará la Iglesia.

 Entendidas así las cosas, pienso que el gobierno de la Iglesia, encomendado a los Sumos Pontífices -título de emperadores e impropio del Papa- debiera ser democrático. El personalismo del Vicario de Cristo, tan celosamente fomentado por los jerarcas vaticanos y sus delegados de provincias, los obispos, no tiene base en el Evangelio. Si el Papa, como Pedro, es portavoz de un grupo, esto quiere decir que, dentro del grupo de los cristianos que forman la Iglesia, todos tienen derecho a hablar y expresar su opinión. Todos deberían tener voz y voto. No debiera haber nada reservado exclusivamente a la persona del Papa, sin antes haber pasado por el Colegio Episcopal, que tiene autoridad en tanto en cuanto representa al pueblo de Dios. La autoridad del Papa debe ser, por tanto, el resultado de una escucha atenta y obediente al pueblo, a quien el refranero otorga autoridad divina: Vox populi, vox Dei.

 Digámoslo claro, la Iglesia no está fundada sobre la persona del Papa que "a rey muerto, rey puesto", sino sobre la confesión de Pedro, portavoz de un puñado de discípulos ilusionados con su Maestro.

 Qué lejos está aún el camino que va del Papa a Pedro. Qué trabajo cuesta reconocer en el "Santo Padre" al sencillo pescador galileo. Aquel Pedro al que todos llamaron de tú, hoy -en la persona del Pontífice- está situado entre los grandes de la tierra, con innumerables títulos y atenciones que hablan de poder y grandeza a todos los niveles: Jefe de Estado, Sumo Pontífice, Santo Padre, Vicario de Cristo... Sólo uno debiera practicar quien ostenta el máximo servicio en la Iglesia: Siervo de los siervos de Dios. Pero de verdad. Ayudémosle a desprenderse de tanto lastre de siglos.

 


 
II

 Y VOSOTROS, ¿QUÉ DECÍS?

La pregunta se mantiene planteada. Quien quiera conside­rarse seguidor de Jesús debe responder. Y no vale una res­puesta cualquiera. Ni siquiera es suficiente responder que Je­sús es el Hijo de Dios: hay que decir de qué Dios hablamos. Porque Jesús es Hijo del Dios de la Vida.

 
¿UNO MÁS?

Fuera del país de Israel, en donde la esperanza en un me­sías hijo de David no tiene sentido, Jesús plantea a sus discí­pulos una pregunta fundamental: ¿Qué es lo que se ha enten­dido de su persona, de su mensaje, de su actividad? «¿Quién dice la gente que es el Hombre? »

Las respuestas indican que, para la mayoría de la gente, el mensaje de Jesús no ha llegado a romper la dura coraza de las tradiciones y creencias más o menos populares: «Unos que Juan Bautista, otros que Elías, otros que Jeremías o uno de los profetas». Todas las respuestas que recuerdan los discí­pulos se mantienen en el más estricto ámbito de la religión judía: Jesús es otro de los muchos hombres que Dios ha en­viado a su pueblo, como Juan Bautista, Elías, Jeremías... Alguien que les recuerda otra vez que constituyen el pueblo ele­gido del Señor, el compromiso que asumieron con él al aceptar la alianza del Sinaí y la obligación que tienen de cumplir sus leyes y mandatos, poniendo el énfasis quizá -a Jesús lo colo­can en la línea de los profetas- en aquellos mandamientos que se refieren a la práctica de la justicia y el amor dentro del pueblo. Uno más. Cierto que suscita el interés, que atrae por su manera de hablar, ....... Parece que nadie se ha dado cuenta de la novedad tan radical que Jesús representa y de lo absolutamente nuevas que son sus propuestas.

 
HIJO DE DIOS VIVO

Pero lo que quería Jesús no era informarse de lo que decía la gente; era la respuesta de sus discípulos la que de verdad le interesaba: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?» Asumien­do la representación de los demás discípulos, responde Pedro.

Al contar este episodio, Marcos y Lucas dicen que Pedro respondió: «El Mesías» y «El Mesías de Dios», respectiva­mente. Según estos dos evangelistas, los discípulos habían des­cubierto ya que Jesús era el Mesías, peto el concepto que te­nían de mesías era el del líder nacionalista de las tradiciones judías. Mateo, que como cada evangelista tiene su manera par­ticular de presentar el mensaje de Jesús, pone en boca de Pe­dro una respuesta más completa: «Tú eres el Mesías, el Hijo de Dios vivo». No es cuestión que nos deba interesar mucho cuál de las tres respuestas fue la que realmente pronunció Pedro. Lo que Mateo quiere es explicar a sus lectores cuál es el auténtico mesianismo de Jesús.

Jesús es el Mesías, pero no un mesías cualquiera; él es el Hijo de Dios; Mateo ya lo había dicho: Jesús es «Dios con nosotros» (Mt 1,23). Jesús no es sólo un enviado de Dios; es el Hombre-Dios, es el rostro humano de Dios (véase el comen­tario del domingo vigésimo noveno del tiempo ordinario).

Pero es hijo no de un Dios cualquiera, sino del Dios vivo, esto es, del Dios que defiende la vida, que da la vida, del Dios que quiere ser Padre. Y porque es hijo de ese Dios, participa naturalmente de su vida, por lo que, al final, vencerá a la muerte y ofrecerá su vida para que todos puedan llegar a ser hijos y hermanos.

 
CIMENTADA EN ROCA

A la respuesta de Pedro, Jesús reacciona con una bienaven­turanza: « ¡Dichoso tú, Simón, hijo de Jonás!», mostrándose de acuerdo con su contenido. La respuesta de Pedro, añade Jesús, procede de Dios mismo, de su Padre: «Porque eso no te lo ha revelado nadie de carne y hueso, sino mi Padre del cielo».

Esa fe confesada por Pedro y que tiene su origen en el Padre, dice Jesús que es la roca sobre la que se fundamenta la comunidad -de la que Pedro forma parte-, que deberá continuar su tarea en el mundo cuando él se marche: «Ahora te digo yo: Tú eres Piedra, y sobre esa roca voy a edificar mi comunidad, y el poder de la muerte no la derrotará». Jesús compara su comunidad con un edificio que hunde sus cimien­tos en una roca: esa roca es la fe que acaba de confesar Pedro. Y dará tal estabilidad y seguridad a la comunidad, que, supe­rando problemas y dificultades, garantiza la pervivencia de la comunidad, que ha de seguir adelante hasta que se logre ple­namente el proyecto de Jesús.

Todos están invitados a incorporarse a este proyecto y a esta comunidad. Y es a todos sus miembros -las palabras que aquí dirige Jesús a Pedro las dirigirá poco después (Mt 18, 15-18) a todos los discípulos; Pedro, igual que al responder, representa aquí a todo el grupo, a quienes da autoridad para abrir las puertas de la casa a los que quieran participar de la vida de la comunidad; no deberán pasar más que los que con­fiesen su fe en el Hijo del Dios vivo; a los que crean en otro mesías o en un mesías diferente, a los que se empeñen en ne­gar que el Padre no es Dios de muertos ni de muerte, sino que es un Dios vivo que da vida..., no tendrán más remedio que cerrarles las puertas. Dios respaldará su decisión.

 


 
III

 v. 13. El paso a la parte pagana del lago (16,5) tenía por objeto salir del territorio judío. Cesarea de Filipo era la capital del terri­torio gobernado por este tetrarca, hermano de Herodes Antipas (cf. Lc 3,1). Para proponer a sus discípulos la cuestión de su iden­tidad, Jesús los saca del territorio donde reina la concepción del Mesías davídico.

Primera pregunta: cuál es la opinión de la gente (los hombres) sobre Jesús («el Hijo del hombre»  «el Hombre»). El Hombre es el portador del Espíritu de Dios (cf. 3,16s); por contraste, «los hombres» en general son los que no están animados por ese Es­píritu, los que no descubren la acción divina en la realidad de Jesús.

«El Hombre/este Hombre»: la expresión se refiere claramente a Jesús, en paralelo con la primera persona («yo») de la pregunta siguiente (15). Este pasaje muestra con toda evidencia que Mt no interpreta «el Hijo del hombre» como un título mesiánico. Resul­taría ridículo que Jesús, cuando va a proponer a los discípulos la pregunta decisiva, les dé la solución por adelantado; incomprensi­ble sería, además, la declaración de que Pedro había recibido tal conocimiento por revelación del Padre (17), si Jesús mismo se lo había dicho antes.

 v. 14.   La gente asimila a Jesús a personajes conocidos del AT. O bien es una reencarnación de Juan Bautista (cf. 14,2) o Elías, cuyo retorno estaba anunciado por Mal 3,23; Eclo 48,10. Para Je­remías, cf. 2 Mac 15,l3ss. En todo caso, ven en Jesús una conti­nuidad con el pasado, un enviado de Dios como los del AT. No captan su condición única ni su originalidad. No descubren la no­vedad del Mesías ni comprenden, por tanto, su figura.

 vv. 15-16. Pregunta a los discípulos, que han acompañado a Jesús en su actividad y han recibido su enseñanza. Simón Pedro (nombre más sobrenombre por el que era conocido, cf. 4,18; 10,2) toma la iniciativa y se hace espontáneamente el portayoz del grupo.

Las palabras de Pedro son una perfecta profesión de fe cris­tiana. Mt no se contenta con la expresión de Mc 8,29: «Tú eres el Mesías», que Jesús rechaza por reflejar la concepción popular del mesianismo (cf. Lc 9,20: «el Mesías de Dios»  «el Ungido por Dios»). La expresión de Mt la completa, oponiendo el Mesías Hijo de Dios (cf. 3,17; 17,5) al Mesías hijo de David de la expectación general. «Hijo» se es no sólo por haber nacido de Dios, sino por actuar como Dios mismo. «El hijo de Dios» equivale a la fórmula «Dios entre nosotros» (1,23). «Vivo» (cf. 2 Re 19,4.16 [LXX]; Is 37, 4.17; Os 2,1; Dn 6,21) opone el Dios verdadero a los ídolos muertos; significa el que posee la vida y la comunica: vivo y vivificante, Dios activo y salvador (Dt 5,26; Sal 84,3; Jr 5,2). También el Hijo es, por tanto, dador de vida y vencedor de la muerte.

 v. 17. A la profesión de fe de Simón Pedro responde Jesús con una bienaventuranza. Llama a Pedro por su nombre: «Simón». «Bar-Jona» puede ser su patronímico: hijo de Jonás; se ha inter­pretado también como «revolucionario», en paralelo con Simón el Fanático o zelota (10,4). Jesús declara dichoso a Simón por el don recibido. Es el Padre de Jesús (correspondencia con «el Hijo de Dios vivo») quien revela a los hombres la verdadera identidad de éste. Relación con 11,25-27: es el Padre quien revela el Hijo a la gente sencilla y el Hijo quien revela al Padre.

Pedro pertenece a la categoría de los sencillos, no a la de los sabios y entendidos, y ha recibido esa revelación. Es decir, los dis­cípulos han aceptado el aviso de Jesús de no dejarse influenciar por la doctrina de los fariseos y saduceos (16,12) y están en disposición de recibir la revelación del Padre, es decir, de comprender el sen­tido profundo de las obras de Jesús, en particular de lo expresado en los episodios de los panes (cf. 16,9s). Han comprendido que su mesianismo no necesita más señales para ser reconocido. La reve­lación del Padre no es, por tanto, un privilegio de Pedro; está ofre­cida a todos, pero sólo los «sencillos» están en disposición de reci­birla. Se refiere al sentido de la obra mesiánica de Jesús.

«Mi Padre del cielo» está en paralelo con «Padre nuestro del cielo» (6,9). Los que reciben del Padre la revelación sobre Jesús son los que ven en Jesús la imagen del Padre (el Hijo), y los que reciben de Jesús la experiencia de Dios como Padre (bautismo con Espíritu Santo) pueden invocarlo como tal.

 v. 18. Jesús responde a la profesión de fe de Pedro (16: «Tú eres»; 18: «Ahora te digo yo: Tú eres»). Lo mismo que, en la de­claración de Pedro, «Mesías» no es un nombre sino indica una función, así «Piedra» en la declaración de Jesús.

Hay en ella dos términos, «piedra» y «roca», que no son equiva­lentes. En griego, petros es nombre común, no propio, y significa una piedra que puede moverse e incluso lanzarse (2 Mac 1,16; 4,41: piedras que se arrojan). La «roca», en cambio, gr. petra, es símbo­lo de la firmeza inconmovible. En este sentido usa Mt el término en 7,24.25, donde constituye el cimiento de «la casa», figura del hombre mismo.

v. 19. Con dos imágenes paralelas se describen ciertas funciones de los creyentes. En la primera, el reino de Dios se identifica con la iglesia o comunidad mesiánica. Continúa la imagen de la ciudad con puertas. Los creyentes, representados por Pedro, tienen las llaves, es decir, son los que abren o cierran, admiten o rechazan (cf. Is 22,22). Se opone esta figura a la que Jesús utilizará en su denuncia de los fariseos (23,13), quienes cierran a los hombres el reino de Dios. La misión de los discípulos es la opuesta: abrirlo a los hombres.

Sin embargo, no todos pueden ser admitidos, o no todos pueden permanecer en él, y esto se explicita en la frase siguiente. “Atar, desatar” se refiere a tomar decisiones en relación con la entrada o no en el reino de Dios. La expresión es rabínica. Procede de la función judicial, que puede mandar a prisión y dejar libre. Los rabinos la aplicaron a la explicación de la Ley con el sentido de declarar algo permitido o no permitido. Pero, en este pasaje, el paralelo con las llaves muestra que se trata de acción, no de en­señanza.

El pasaje no está aislado en Mt. Su antecedente se encuentra en la curación del paralítico, donde los espectadores alababan a Dios «por haber dado tal autoridad a los hombres» (9,8). La «autoridad» de que habla el pasaje está tipificada en Jesús, el que tiene autori­dad para cancelar pecados en la tierra (9,6). Esa misma es la que transmite a los miembros de su comunidad (“desatar”). Se trata de borrar el pasado de injusticia permitiendo al hombre comenzar una vida nueva en la comunidad de Jesús. Otro pasaje que explica el alcance de la autoridad que Jesús concede se encuentra en 18, 15-18.     Se trata allí de excluir a un miembro de la comunidad («atar») declarando su pecado.

Resumiendo lo dicho: Simón Pedro, el primero que profesa la fe en Jesús con una fórmula que describe perfectamente su ser y su misión, se hace prototipo de todos los creyentes. Con éstos, Jesús construye la nueva sociedad humana, que tiene por funda­mento inamovible esa fe. Apoyada en ese cimiento, la comunidad de Jesús podrá resistir todos los embates de las fuerzas enemigas, representadas por los perseguidores. Los miembros de la comuni­dad pueden admitir en ella (llaves) y así dar a los hombres que buscan salvación la oportunidad de encontrarla; pueden también excluir a aquellos que la rechazan. Sus decisiones están refrenda­das por Dios mismo.

 v. 20.   La fórmula que Jesús prohibe divulgar no es la misma que Pedro ha expresado, sino más breve: que es el Mesías. Esta ex­presión aislada daría pie al equivoco: la gente la interpretaría en el sentido corriente, del Mesías davídico nacionalista y violento.

 


 
IV

 El texto de Isaías se refiere, con mucha probabilidad, a la época inmediatamente anterior a la primera deportación. Recordemos que como represalia a un intento de rebelión, el imperio babilónico exilió, en el año 597 a.e.c, a los miembros más prestantes de la sociedad y los trasladó a varias ciudades y campos de Mesopotamia. Esto significó un duro golpe para las pretensiones de la familia monárquica que se consideraba inamovible del trono.

La profecía de Natán que, en realidad, era una exhortación para que el rey se mantuviera fiel a la voluntad del Señor, se había convertido ya en la época salomónica en un recurso ideológico para legitimar el monopolio del poder. Al inicio del siglo VI la situación de Judá cambió completamente con la entrada en escena del imperio babilónico, que pretendió crear un imperio mediante el sometimiento de todos los pequeños reinos y el control de las tribus dispersas por toda el llamado «Creciente Fértil». Jerusalén era sólo una fortaleza más a conquistar.

La profecía de David se dirige contra las pretensiones de la clase dirigente que se consideraba la propietaria perpetua del trono. El caso más patético era el de los primeros ministros que remplazaban al rey en su ausencia. Estos personajes, casi siempre provenientes de la alta aristocracia, cobraban singular importancia cuando podían gobernar el país y darse todos los honores regularmente reservados al rey.

Parece que el mayordomo del palacio real de Jerusalén, llamado Sobna, se excedió en sus pretensiones y no se contentó con ostentar la ‘banda’ del rey sino que convirtió las llaves del palacio en símbolo de su creciente poder. Todas estas manifestaciones de arrogancia ponían en evidencia cuán arruinadas estaban las instituciones monárquicas y el grado extremo de decadencia en el que había caído la corte. Isaías pronuncia un oráculo de condenación contra este ministro presuntuoso, denunciando todas las arbitrariedades que había cometido y anunciándole cuál sería el final de todas sus hazañas. El que se había construido una tumba elegante moriría en un campo desolado en tierras extranjeras. La llave que el primer ministro ostentaba, terminaría en manos de otra persona más capaz. Los caminos del Señor no son los del individuo engreído y alienado. Todo lo que un sistema social construye sobre la explotación, el abuso del derecho y la falsedad, termina irremediablemente condenado a la insignificancia.

Pablo, haciendo eco de los himnos a la sabiduría, recuerda la distancia enorme que hay entre las absurdas pretensiones individualistas y megalómanas, y el sabio designio de Dios que dispone únicamente lo que es provechoso para el ser humano.

Esa contraposición entre las desmedidas pretensiones de ciertos individuos y grupos sedientos de poder y los insondables caminos del Señor, se hace patente en el episodio del evangelio. A la mitad del camino de Jerusalén, o sea, en la exacta mitad del proceso de formación de los discípulos, Jesús los interroga sobre aquello que han podido captar en el tiempo en que los ha acompañado y orientado.

Las respuestas nos sorprenden. De una parte el gentío que sigue a Jesús lo identifica correctamente como uno de los profetas. De otra, el grupo en la voz de Pedro lo reconoce correctamente como Mesías e Hijo de Dios. Pero, subsiste un problema de fondo: tanto la multitud como los discípulos quieren imponerle a Jesús un estilo de ser profeta y una manera de ser Mesías. Discípulos y muchedumbre piden lo que es contrario a la voluntad de Dios e inconsecuente con la enseñanza de Jesús. Pareciera que el enorme esfuerzo de Jesús no hubiese surtido el efecto esperado, y que los discípulos, en lugar de cambiar de mentalidad, hubieran afianzado sus antiguas y erráticas ideas. Sin embargo, el evangelio nos quiere mostrar que los discípulos aún deben pasar por la experiencia de la cruz para comprender el verdadero alcance de las palabras y obras de Jesús.

Jesús sí es el Mesías, pero no el Mesías triunfalista y prepotente del nacionalismo exacerbado, sino una persona al servicio de las más hondas y profundas Causas humanas. Jesús sí es el profeta; pero no el profeta que anuncia la supremacía de la propia religión o de la ideología de su grupo, sino el profeta del amor, la justicia y la paz.

Las tres lecturas nos muestran cuán impredecibles y certeras son las sendas de Dios y cuán caducos y esquemáticos son nuestros trillados caminos. El evangelio nos invita a aprender de Jesús cuál es el camino auténtico que nos conduce al Padre, porque «no todo el que dice: Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos».

 



Para la revisión de vida

 La pregunta de Jesús “y ustedes, ¿quién dicen que soy yo?”, también va dirigida a nosotros, a la Iglesia de hoy, a mi comunidad, a mí… ¿Quién digo yo que es Jesús? ¿Qué es Jesús para mí?

 

Para la reunión de grupo

El texto del evangelio de hoy es un texto claramente no histórico, sino pospacual. La comunidad cristiana va reelaborando su fe, más allá de lo que Jesús hizo y dijo. Hoy es un consenso entre los especialistas que Jesús nunca se presentó así a sí mismo. Como de ha dicho después, «el mensajero se convirtió en el mensaje». Comentar esta frase.

Puestos a responder cada uno de nosotros en nuestro corazón a la pregunta de «quién dicen que soy yo», podríamos competir a ver quién dice sobre Jesús las cosas más maravillosas, más encomiadoras, más absolutas… ¿Pero será que no hay límite por ese camino? ¿O habrá que distinguir qué tipo de lenguaje estamos utilizando, si estamos utilizando un lenguaje «confesional», de amor y reverencia, metafórico... o un lenguaje con pretensión de exactitud, de verdad objetiva, de respaldo ontológico sobre lo que afirma...?

¿Se puede absolutizar a Jesús? El cristianismo es cristocéntrico o teocéntrico?

Comentar este texto de Dostoiewsky: «Creo que no existe nada más bello, más profundo, más atrayente, más viril y más perfecto que Cristo; y me lo digo a mí mismo, con un amor más celoso que cuanto existe o puede existir. Y si alguien me probara que Cristo está fuera de la verdad y que ésta no se halla en él, prefiero permanecer con Cristo a permanecer con la verdad». (Correspondence I (Paris 1961) 157, en carta a la baronesa von Wizine).

 

Para la oración de los fieles

Para que la Iglesia, con su testimonio, comparta humildemente con los no cristianos su fe y su amor, consecuencia de nuestro seguimiento de Jesús. Roguemos al Señor.

Para que nuestra sociedad sepa dar a las cosas su justo valor y ponga su confianza sólo en quien de verdad le puede dar la libertad y la vida. Roguemos...

Para que nuestros gobernantes rechacen toda tentación de prepotencia y todo afán de convertirse en señores de los hombres. Roguemos...

Para que sepamos reconocer siempre la voluntad de Dios en los acontecimientos y en las personas, y confiemos en Él incluso en aquellos momentos en que no lo entendamos. Roguemos...

Para que para proclamemos en todo momento que Jesús nos lleva siempre más allá de sí mismo, hacia el Padre, hacia el Reino de Dios. Roguemos...

 

Oración comunitaria

 Dios, Padre nuestro, que unes los corazones de tus fieles en un mismo deseo; inspira a tu pueblo el amor a tu voluntad y la firme esperanza en tus promesas para que, en medio de las dificultades de la vida, mantenga siempre firme su confianza en Ti y goce de la verdadera alegría. Por Jesucristo.

 Dios Padre que te has hecho presente de un modo inefable en el amor extremo que nuestro hermano Jesús ha vivido; haz que, como Él mismo quiso, no nos detengamos en Él, sino que su palabra y su ejemplo sean siempre para nosotros camino hacia la realización de tu voluntad, el Reinado de la Vida y de Amor. Por Jesucristo.


Los comentarios que se adjuntan se toman de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org