VIGESIMOSEXTO DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
CICLO "A"


Primera lectura: Ezequiel 18, 25-28
Salmo responsorial: Salmo 24
Segunda lectura: Filipenses 2, 1-11
 

EVANGELIO
Mateo 21, 28-32

 28-A ver, ¿qué os parece? Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero diciéndole: «Hijo, ve hoy a trabajar en la viña». 29Le contestó: «No quiero»; pero después sin­tió remordimiento y fue.         

30Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Este con­testó: «Por supuesto, señor», pero no fue. 31¿Cuál de los dos cumplió la voluntad del padre?

Contestaron ellos:

-El primero.

Jesús les dijo:

-Os aseguro que los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera para entrar en el reino de Dios. 32Porque Juan os enseñó el camino para ser justos y no le creís­teis; en cambio, los recaudadores y las prostitutas le creye­ron. Pero vosotros, ni aun después de ver aquello habéis sentido remordimiento ni le habéis creído.




COMENTARIOS

 I

 DECIR O HACER

Entre estos dos verbos hay un abismo. Una cosa es decir, otra hacer, y otra, más difícil todavía, la conjunción de las dos mediante         la "y". Tan difícil es esta unión que el refranero la ha consagrado con un adagio popular: "Del dicho al hecho hay gran trecho". Los italianos, con su lenguaje tan imaginativo y dulce, identifican este trecho con el mar.

 Hablar es práctica común en nuestro tiempo. Todo el mundo habla, discursea, echa peroratas inmensas, sentando cátedra sobre la vida y sus más diversas realidades: políticos, eclesiásticos, oradores de profesión, diputados, senadores, artesanos de la palabra. Todos hablan y cada vez más, hasta el punto de que nuestra cultura sufre ya una grave inflación de palabras.

 A base de hablar y hablar estamos llegando a una situación curiosa: el lenguaje está a punto de convertirse en objeto de sí mismo: se habla por hablar. Lo importante es tener la palabra o la respuesta oportuna, la frase ocurrente, escribir el discurso de turno o la pastoral del momento. Y con tanto hablar, la palabra se devalúa por instantes -como el dinero-. Los oyentes, destinatarios de tanta palabra vana, están perdiendo la fe en la eficacia de la misma. Hemos caído, una vez más, en la eterna tentación humana: la palabrería.

 También en la Religión. Recordemos los tiempos del reclinatorio en propiedad de la señora -rica, por lo general- de rosario en mano, rezado a ritmo de abanico y acompañamiento sonoro de pulseras y joyas: todo un símbolo de vana religiosidad. Quienes así frecuentaban el templo, haciendo de la religión pura palabrería, rezo y culto vacío, solían convivir en la vida de cada día con la injusticia o con una moral clasista distante del Evangelio. La religión estaba de las puertas del templo para adentro; se medía por horas de rezo y culto.

 Jesús se cansó de este tipo de religiosidad. Y dirigió una parábola -la de los dos hilos. a los habladores de la religión y de la política judías: sacerdotes y ancianos o senadores.

 "Un padre tenía dos hijos. Se acercó al primero y le dijo: Hijo, ve hoy a trabajar en la viña. El le contestó: No quiero. Pero después se arrepintió y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. El le contestó: Voy, Señor. Pero no fue. ¿Quién de los dos hizo lo que quería el padre? Contestaron: El primero. Jesús les dijo: Os aseguro que los publicanos y las prostitutas os llevan la delantera en el camino del Reino de Dios".

 Quienes no se atrevían ni siquiera a hablar en público, prostitutas y publicanos; quienes, en el caso de hablar, no serian ni creídos ni escuchados, precederán a los portavoces oficiales de la religión y de la política judías, sacerdotes y senadores. ¿Por qué? Sencillamente porque aquellos, viendo la veracidad del mensaje de Jesús y libres de prejuicios teológicos o eclesiásticos, se aprestaron a ponerlo en práctica. Quien actúa, lleva la delantera en el Reino, dice Jesús.

 Con sus rezos y ritos, con sus celebraciones e incienso, los observantes de la religión oficial judía pretendían encubrir su falta de fe en Dios y su vida de espaldas al prójimo. ¡Ay!, que lo que califica al hombre ante Dios no son sus hábitos devotos, su palabrería o rezaduría -"quien dice sí"- o su falta de religiosidad -"quien dice no"-sino la respuesta de la vida a la voluntad de Dios, amando de obra -y no sólo de palabra- al prójimo. De ahí que, en cristiano, el verdadero culto sea el amor al prójimo y el único sacrificio agradable a Dios, la ofrenda de uno mismo por amor.

 A quienes han separado la religión de la vida, el decir del hacer, el rezar del actuar, pertenezcan a la jerarquía o al pueblo, va dirigida esta parábola evangélica. En todo caso, no olvidemos que agrada a Dios quien habla menos y hace más.

 


 
II

 BUENOS Y MALOS

El cine, sobre todo las películas que nos llegan de los Es­tados Unidos de América del Norte, nos ha acostumbrado desde pequeños a dividir a los hombres en buenos y malos, adjudicando siempre el papel de buenos a los que mandan o a los que vencen y el de malos a los grupos marginados y a los que son derrotados. Pero, mire usted por donde, Jesús de Na­zaret no está de acuerdo con los ideólogos de Hollywood.

 
SUMOS SACERDOTES Y SENADORES

«En aquel tiempo, dijo Jesús a los sumos sacerdotes y a los sena­dores:»

 Eran los miembros de la clase dirigente en lo religioso y en lo económico. Los senadores representaban a las familias de la aristocracia de Palestina, por lo general grandes terrate­nientes con muchos intereses que defender; los sumos sacer­dotes ocupaban el escalón más alto de la jerarquía religiosa y dirigían todo el funcionamiento del templo de Jerusalén, del que obtenían pingües beneficios. Los dos grupos, senadores y sumos sacerdotes, constituían el partido saduceo, y junto con los letrados, que pertenecían en su mayoría al partido fari­seo, formaban el Gran Consejo, el gobierno autónomo judío. Eran de ideología conservadora tanto en lo político como en lo religioso -en realidad tenían mucho que conservar-, se en­tendían bien con los invasores del Imperio romano y no desea­ban cambiar nada de una situación en la que gozaban de tantos privilegios. Y aunque en realidad no representaban a nadie, puesto que eran los romanos quienes les permitían seguir ocu­pando sus cargos -incluso los religiosos- y manteniendo la propiedad de sus tierras, se consideraban los más genuinos representantes del pueblo de Israel, del pueblo elegido de Dios.

 

RECAUDADORES Y PROSTITUTAS

Marginados de aquella sociedad. Los recaudadores eran los que cobraban los impuestos para los romanos. Tenían mala fama por dos razones: la primera porque colaboraban con el imperio invasor; la segunda porque con frecuencia cobraban más de lo que estaba establecido y se quedaban con la dife­rencia. Nadie quería tratos con ellos y todos los despreciaban. Las prostitutas) como en todos sitios, eran consideradas lo más bajo de la sociedad por poner en venta su cuerpo y amar a jor­nal, probablemente porque era el único salario que podían llevar a casa. Ellos y ellas, aunque fueran judíos de raza, no eran considerados miembros del pueblo de Dios y, desde el punto de vista religioso, eran tratados como los renegados o los paganos.

Los sumos sacerdotes y los senadores colaboraban con los romanos, pero su colaboración se desarrollaba a alto nivel. Y, por supuesto, no se prostituían; pero eran culpables dé la infidelidad de la esposa del Señor, Israel y habían convertido la religión en un negocio (Mt 21,12-17). Los recaudadores roba­ban, pero seguro que mucho menos que los salarios que los terratenientes dejaban de pagar a sus jornaleros; las prostitu­tas vendían su amor por algunas monedas, pero seguro que muchas menos que las que los sacerdotes obtenían dando a cambio, decían ellos, el perdón -el amor- de Dios. En ellos, en las prostitutas y recaudadores, se derramaba todo el des­precio del pueblo; los sumos sacerdotes y senadores, en cam­bio, eran la gente de Orden) la gente respetable.

 
LOS DOS HIJOS

Jesús propone a los sumos sacerdotes y senadores una pa­rábola que los retrata con toda fidelidad: «Un hombre tenía dos hijos. Se acercó al primero diciéndole: 'Hijo, ve hoy a tra­bajar en la viña'. Le contestó: 'No quiero'; pero después tuvo remordimiento y fue. Se acercó al segundo y le dijo lo mismo. Este contestó: 'Por supuesto, señor', pero no fue».

Ellos son el hijo aquel que siempre decía que sí a su Pa­dre, pero que nunca hacía lo que su Padre le encargaba; man­tienen la apariencia de ser fieles a Dios, pero han descuidado el trabajo de su viña. LO que les pasa es que, de tanto mentirle a la gente, se han acabado por creer su propia mentira, e insta­lados cómodamente en su pecado, se sienten seguros en sus privilegios y se ofenden si alguien -Juan Bautista, por ejem­pío- les dice que también ellos tienen necesidad de enmen­darse (Mt 3,7-10). ¿Cómo podrían hacerlo, si ellos son el últi­mo criterio para decidir lo que es bueno y lo que es malo?

Los otros, los recaudadores y las prostitutas, tienen con­ciencia clara de que su modo de vivir no es el mejor, y sopor­tan su pecado como lo que es: una esclavitud que una sociedad hipócrita les impone, un peso que no les permite alzar la ca­beza y reivindicar su dignidad de seres creados a la imagen de Dios e invitados a ser sus hijos. Y sienten la necesidad de salir de aquella situación. Por eso, cuando escuchan que de parte de Dios alguien les dice que para ellos todavía hay una posibi­lidad de vivir como personas, de recobrar su dignidad piso­teada y perdida, y de restablecer su amistad con Dios, acogen esa esperanza con la alegría del que siente la necesidad de ser salvado, de ser liberado del desprecio y de la marginación.

Por eso, dice Jesús: «Os aseguro que los recaudadores y las prostitutas os llevan la delantera para entrar en el reino de Dios».

¿A quién dirigiría hoy Jesús esta parábola?

 


 
III

 Los adversarios de Jesús responden según el claro contenido de la parábola, pero Jesús les lanza inmediatamente la aplicación, que los pone por debajo de las dos categorías más despreciadas de Israel: recaudadores y prostitutas. En el AT, el conjunto de Israel era el hijo de Dios (Os 11,1; Ex 4,22). Ahora Jesús distingue en Israel dos clases de hijos, que representan a las dos categorías que se distinguían en tiempos de Jesús: los pecadores y los justos (cf. 9,13). Los primeros eran los que no observaban la ley y hacían caso omiso de las prescripciones rabínicas (recaudadores y pros­titutas), quienes, según la doctrina del judaísmo, no tenían parte en el mundo futuro; los segundos, los que se preciaban de observar la Ley (aquí, los jefes del pueblo).

El «hoy» de la parábola indica que Dios pide una decisión en un tiempo o plazo determinado.

La última frase se refiere a la situación del momento. Tampoco ahora, después del tiempo transcurrido y viendo el cambio ope­rado por Juan en los pecadores, han querido comprender el ca­rácter divino de su misión. Son las supremas autoridades, entre ellas las religiosas, las que no cumplen la voluntad de Dios.

Bajo la respetuosa actitud de los dirigentes hacia Dios, se es­conde su absoluta infidelidad hacia él.

La parábola, que denuncia esta hipocresía, es, al mismo tiempo, una llamada a la conversión.

 


 
IV

La conversión de aquellos que el sistema religioso considera pecadores debería ser una señal profética con el poder de arrastrar a todos hacia el camino del bien. Sin embargo, esto no es lo que ocurre. Cada sistema religioso organiza sus valores en escalas jerárquicas en las que cuenta más la posición que la propia conciencia. El profeta Ezequiel y el evangelio se refieren a esta terrible realidad: los que se consideran a sí mismos salvados son incapaces de cambiar su manera de pensar para abrirse a la acción de Dios. Los más ilustres representantes de la religión (sacerdotes judíos, fariseos, escribas, etc.) incurren en el pecado de la falsa conciencia religiosa, es decir en la pretensión injustificada de considerarse salvados por sus propios méritos y no por la gracia de Dios. Pablo nos presenta una aguda reflexión sobre este problema y nos llama la atención sobre aquellos elementos de discernimiento que nos permiten evaluar nuestras prácticas cotidianas a la diáfana luz del amor misericordioso y del servicio solidario.

El profeta Ezequiel le llama la atención a su pueblo, envuelto en intrigas y completamente enajenado por las permanentes conspiraciones contra el imperio babilonio. La situación era extremadamente precaria luego de la primera deportación en el año 597 a.e.c. Los lideres del pueblo habían sido obligados a marchar a tierras extranjeras y vivían en condiciones extremadamente precarias. La situación en Jerusalén era extremadamente volátil. La falta de discernimiento, la manipulación de los sentimientos patrióticos y el oportunismo de los nuevos lideres los dejaban a la merced de una nueva y devastadora intervención de Babilonia como efectivamente ocurrió en el año 587 a.e.c. En medio de tanta tensión, caos y confusión el profeta hace un llamado a la cordura y al buen juicio. La falsa consciencia religiosa estaba inflando los planes de las autoridades del Templo y de los altos funcionarios de la corte. Se consideraban a sí mismos propietarios de la salvación y personas más allá del ‘bien y del mal’. Ezequiel los llama a la humildad y la honestidad, al servicio al pueblo y a la justicia, pues, en nombre del bien de la patria no cesaban de cometer crímenes e injusticias que contradecían el fundamento jurídico y ético de la alianza de Yahvé con su pueblo. Considerarse a si mismo justo, mientras se comenten las peores atrocidades no es sino un engaño inútil. El bien consiste en el respeto del derecho y en la práctica de la justicia.

La parábola que hoy nos propone Jesús, denuncia igualmente la falsa conciencia religiosa. La viña es la realidad del mundo, en la que el trabajo siempre es arduo y urgente. A esa viña el Padre envía a sus dos hijos. La respuesta de los dos es ambigua. Sin embargo, sólo el compromiso del que inicialmente se había negado al trabajo nos permite descubrir quién actúo coherentemente. De este modo Jesús denuncia a aquellos dirigentes y a todo el pueblo que públicamente se compromete a servir al Señor, pero que es incapaz de obrar de acuerdo con sus palabras. Actitud que contrasta con aquellos que aunque parecen negarse al servicio, terminan dando lo mejor de sí en la transformación de la viña.

Esta parábola plantea un dilema que pone al descubierto la praxis de sus oyentes y que, leída a la luz de los acontecimientos de la época de Jesús nos muestra cómo los que eran considerados pecadores por el aparato religioso eran, en realidad, los únicos atentos a la voz del profeta. La conversión no es un asunto de solemnes proclamas o de prolongados ejercicios piadosos, sino un llamado impostergable a la justicia y al discernimiento. Las palabras de Jesús herían la sensibilidad religiosa de sus contemporáneos que se consideraban auténticos seguidores de Yavé e inigualables hombres de fe, porque colocaba delante de ellos el testimonio de aquellas personas que eran consideradas una lacra social: las prostitutas y los publicanos.

Prostitutas y publicanos no sólo eran profesiones terriblemente despreciadas, sino que quienes las ejercían eran considerados personas asquerosas e inadmisibles entre la gente de bien. Jesús ridiculiza todas esas valoraciones lanzadas desde los pedestales del sistema religioso y muestra, con los hechos, que ni siquiera la presencia de un profeta tan grande como Juan Bautista es capaz de transformar las conciencias anquilosadas y estériles de aquellos que se consideran salvados únicamente por el alto cargo que ejercen en el aparato religioso.

Pablo nos muestra la misma realidad, desde el interior de la comunidad cristiana. Los creyentes, por sus mismas buenas intenciones, están más expuestos a crearse una falsa conciencia religiosa que los lleve a considerarse superiores a los demás o definitivamente salvados. El único criterio para determinar la autenticidad de las prácticas cristianas es lo que el llama ‘entrañas de misericordia’, o sea, el amor incondicional por aquellas personas excluidas y víctimas de la opresión y la miseria. Para Pablo, los cristianos no se pueden examinar únicamente a la luz de criterios piadosos, sino a la luz de la práctica de Jesús que actuó siempre en el mundo con entrañas de misericordia.

Más allá de una interpretación limitada al contexto judío del momento de Jesús, esta palabra suya puede y debe elevarse a categoría universal y a principio teórico: el de la primacía del hacer sobre el decir, de la praxis sobre la teoría. Un hermano dijo que sí, muy dispuesto, pero sus hechos desmintieron sus palabras: su palabra verdadera, su palabra práctica, fue un no. El otro hermano pareció estar desde el princpio fuera del camino de la salvación, por sus palabras negativas e inaceptables; pero a pesar de sus palabras, él de hecho fue a la viña, «hizo» la voluntad del Padre. Decir/hacer, teoría/praxis: el Evangelio está claramente decantado a un lado, sin vacilaciones, en estas disyuntivas.

 



Para la revisión de vida

 Los “dos hermanos” tan contrapuestos de la parábola de Jesús se dan en cada una de nuestras vidas. A veces decimos que sí, pero es que no, y otras veces decimos no, pero resulta que sí… Sólo Jesús fue «sólo sí sin sombra de no»… ¿Cómo va esta contradicción en mi vida? ¿Qué partes de mi vida traicionan mi generosidad y mi buena intención? ¿Cómo puedo hacer para dar más coherencia a mi vida?

 

Para la reunión de grupo

El tema de la parábola de los dos hermanos es el clásico y tan recurrente tema evangélico de la praxis como criterio de discernimiento. Las palabras valen si van acompañadas de la praxis. Nuestra calidad evangélica se mide en la acción, no en las palabras. Comentar.

El himno que Pablo toma de la comunidad cristiana y transcribe en su carta nos sirve de testimonio «arqueológico» de la reflexión cristológica de las primeras comunidades. Podría decirse, en algún sentido, que Jesús fue «un hecho bruto», y que después comenzó el tiempo de las interpretaciones. Ya en el mismo Nuevo Testamento hay cristologías diferentes. Nosotros, con frecuencia, las hemos mezclado todas, hemos hecho un único coctail, y pensamos que la cristología es una y que ha sido siempre –y no podrá ser sino- la misma, «única». Cristología única que, además, atribuimos a Jesús, como si él mismo la hubiera dictado. La cristología es hoy día el tratado teológico más en cuestión. El grupo puede pedir a un especialista que les presente sintéticamente la problemática actual de la cristología. La revista RELaT (http://servicioskoinonia.org/relat) tiene bastantes artículos accesibles sobre el tema. Los grupos más preparados pueden tomar de la RELaT el texto de John Hick, o –en Brasil- su libro “La metáfora del Dios encarnado”, colección «Tiempo Axial», Ed. Abya Yala, Quito 2004 (www.latinoamericana.org/tiempoaxial); edición brasileña: Vozes, Petrópolis 2001.

Una palabra clásica de José Martí dice: «Hay momentos, en los que la única manera de decir es hacer». Comentar.

 

Para la oración de los fieles

- Por la Iglesia, para que sea maestra de actitudes abiertas y comprensivas y se comprometa seriamente por hacer un mundo mejor. Oremos.

- Por todos los gobernantes, para que busquen decidida y solidariamente el respeto de los derechos humanos y favorezcan la solidaridad entre los pueblos. Oremos.

- Por todos los pueblos del mundo, para que encuentro el camino del entendimiento desde la justicia social y la solidaridad fraterna. Oremos.

 - Por los pobres, los oprimidos y los marginados, para que nuestra solidaridad con sus problemas les haga recuperar la esperanza. Oremos.

- Por nuestros familiares, amigos y bienhechores, por las personas a las que queremos y las que nos quieren, por cuantos se han encomendado a nuestras oraciones. Oremos.

- Por nuestra comunidad, para que sea consecuente con el “sí” que hemos dado a Jesús y su Evangelio, y no se quede sólo en buenas palabras. Oremos.

 

Oración comunitaria

 Oh Dios que en todas las grandes religiones nos muestras la necesidad de coherencia entre la palabra y la acción; danos el coraje necesario para que purifiquemos nuestro corazón y fortalezcamos nuestra voluntad, de manera que entre uno y otra haya en nuestras vidas una total afinidad, tal como nosotros lo experimentamos en Jesús, nuestro hermano mayor, que vive y ama contigo por los siglos. Amén.

 Señor, que quieres darte a conocer como el Padre misericordioso que nos perdona y nos da siempre una nueva oportunidad; derrama incesantemente tu amor sobre nosotros para que, renovados por tu amor, vivamos siendo siempre coherentes con el “sí” que te hemos dado. Por Jesucristo.


Estos comentarios están tomados de diversos libros, editados por Ediciones El Almendro de Córdoba, a saber:
- Jesús Peláez: La otra lectura de los Evangelios, I y II. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Rafael García Avilés: Llamados a ser libres. No la ley, sino el hombre. Ciclo A,B,C. Ediciones El Almendro, Córdoba.
- Juan Mateos y Fernando Camacho: Marcos. Texto y comentario. Ediciones El Almendro.
        - Juan. Texto y comentario. Ediciones El Almendro. Más información sobre estos libros en www.elalmendro.org
        - El evangelio de Mateo. Lectura comentada. Ediciones Cristiandad, Madrid.
Acompaña siempre otro comentario tomado de la Confederación Internacional Claretiana de Latinoamérica: Diario bíblico

www.koinonia.org